jueves, 1 de diciembre de 2011

MALCOLM COWLEY


MALCOLM COWLEY: GRINGO ROJO

Por José Joaquín Blanco

                                                

A principios de los años treinta, el editor literario de la revista The New Republic, Edmund Wilson, dejaba pasar meses sin presentarse a su oficina. Primero se dedicó a escribir en casa El castillo de Axel, un estudio de la nueva literatura europea, e inmediatamente después The American Jitters, reeditado como The American Earthquake: una colección de crónicas combativas sobre el crack de 1929 y la cara sucia del capitalismo y del gobierno norteamericanos en los años de la Gran Depresión. Hubo que buscarle un sucesor. Su escritorio fue ocupado por un poeta llamado Malcolm Cowley (autor de Blue Juniata).

          La obra de Cowley (1898-1989) tiene parentesco con la de Wilson. Ambos desearon dar al ensayo literario la claridad y la rapidez del buen reportaje; descreyeron de parnasos y ghettos de letrados en busca de una ilusión aun más quimérica que la del arte puro: el lector inteligente con amplios conocimientos e intereses culturales, al cual no se le debía hablar de la literatura-en-sí, sino siempre en su entretejido histórico, social, religioso, económico e incluso psicoanalítico; reconocieron que, al mismo tiempo, ocurría en los Estados Unidos un renacimiento cultural y una decadencia social de los principios mismos de la cultura tradicional, en aras del mercantilismo. Ambos admiraron las vanguardias europeas de los años veinte, se acercaron al comunismo a partir de 1929 —para alejarse de él a finales de los treintas—, y creyeron que la literatura moderna era sobre todo una nueva crítica de la vida, una escuela de libertades individuales y una forma de lucha contra un sistema político y social insoportable.

          Aquí las semejanzas cesan. Wilson parecía más europeo que norteamericano como hombre de letras; era mandarín, cosmopolita, aventurero, incansable, amigo de la polémica y de los grandes retos. Un erudito enfant terrible. Un Doctor Johnson en la Nueva York de las flappers.

          Cowley siempre buscó más la raíz regional que la universalidad; era lento, conciliador, limitado, y confiaba poco en su propia individualidad; prefería los consensos y se sobresaltaba ante la novedad y el ruido. Era The boy-next-door en el mundo sofisticado de la cultura. Un buen chico que estudiaba la literatura escandalosa de sus contemporáneos.

          La crítica literaria de Malcolm Cowley es en ocasiones estrecha y un tanto opaca, aunque siempre rigurosa y sólida: A Many-Windowed House (traducida al español como Facetas de la crítica. Ensayos sobre literatura y escritores norteamericanos, Tr. Agustín Bárcena, México, Editorial Pax, 1972), The Literary Situation, And I Worked at the Writer’s Trade, etc. Editó a Fauklner (con quien sostuvo una relación epistolar: The Faulkner-Cowley File) y a Scott-Fitzgerald; apadrinó a jóvenes escritores como John Cheever. Pero su destino fue el de cronista de su generación —”la generación perdida” (frase de Gertrude Stein)—, con un título que tuvo gran resonancia en los años cincuenta: Exile’s Return (1934, 1951; Nueva York, The Viking Press, 1951)), la crónica de los jóvenes escritores norteamericanos que partieron a Europa, especialmente a París, después de la Primera Guerra Mundial, para aprender la novedad europea de las vanguardias artísticas y la vida desbocada en los luminosos años veinte; y para alejarse del abrumador provincianismo puritano de los Estados Unidos: la juventud de Scott-Fitzgerald, Hemingway, Dos Passos, Hart Crane, Cummings, Thornton Wilder, Thomas Wolfe. Volvió al mismo asunto (de una manera más académica) en A Second Flowering. Works and Days of the Lost Generation (Nueva York, The Viking Press, 1974).

          Estos libros de Cowley entreveran el ensayo con el relato: narran el temperamento de una época, el espíritu de una aventura cultural. También son autobiografía.  A su modo, Cowley fue otro protagonista de su generación y le tocó sufrir sus huracanes, como el triángulo amoroso en que se vio comprometido con su primera esposa y el poeta Hart Crane; estuvo a punto de ser golpeado por la policía en la misma carretera apartada la misma noche que los sheriffs descalabraron a Waldo Frank y a otros escritores rojos que asistían a un mitin de huelguistas.  Fue sin embargo mucho más amigo de los escritores un tanto conservadores Allen Tate y Robert Penn Warren.

          En 1980 Malcolm Cowley escribió la continuación de su crónica: la literatura izquierdista norteamericana en los años treinta de la depresión económica, la represión, el desempleo, la miseria, la desesperación, la confusión, los mitos y las utopías sociales: The Dream of the Golden Mountains. Remembering the 1930s (Nueva York, The Viking Press, 1980).

          De André Gide a los escritores cubanos exiliados, suman legión los cronistas del “dios que falló”, del desencanto de los intelectuales que se fascinaron con la izquierda e incluso con el comunismo, sólo para descubrir que habían sido defraudados, e incluso que habían sido usados como “compañeros de ruta” de crímenes y desastres que ellos no decidieron, de los que ni siquiera fueron informados a tiempo: Silone, Koestler, Malraux, Orwell, Camus, Revueltas, Semprún...

          No es menos amarga la versión de Malcolm Cowley, pero ofrece la novedad del contexto norteamericano, muy diferente del europeo, aunque acaso parecido al mexicano en un aspecto: muchos de sus escritores y artistas abrazaron las causas de la izquierda e incluso del comunismo en los años treinta (Theodore Dreiser, James T. Farrell, Waldo Frank, Clifford Odets, Richard Wright, Michael Gold, Matthew Josephson, Joseph Freeman, John Dos Passos, Erskine Caldwell, Edmund Wilson, Hemingway, Scott-Fitzgerald, Steinbeck, entre los más famosos), pero la sociedad no los siguió.

          Había grandes marchas, huelgas y mítines; en las urnas, en cambio, el Partido Comunista, con toda la ayuda de su ejército de intelectuales rojos, no consiguió en su mayor momento (1932), sino unos 800 mil entre más de 45 millones de votos emitidos (una cifra parecida a la que obtuvo el Partido de la Prohibición del Alcohol).

          Malcolm Cowley se lamenta y se indigna de la mala memoria norteamericana. En los años setenta ya nadie quería acordarse en los Estados Unidos de la década en que se arruinó un tercio de su población, y cundió el desempleo, la miseria y el hambre incluso entre los profesionistas y obreros calificados de las ciudades y los granjeros independientes. Menos quería nadie acordarse de la aventura de varios cientos de escritores que anhelaban “arrebatarles el comunismo a los comunistas” (proclama de Edmund Wilson) y modificar el salvaje capitalismo de los Estados Unidos con técnicas soviéticas, como la economía planificada, o aplicando medidas liberales como la práctica de derechos hasta entonces sólo establecidos en la letra: huelga, expresión, agrupación, manifestación.

          El Gringo Rojo que narra Cowley es algo diferente del europeo. Asume el comunismo o el izquierdismo con mayor inocencia, como una religión: el puritanismo aplicado a la economía. Pero a la vez se escandaliza del desdén de esas corrientes europeas hacia la libertad y la personalidad individuales. Fue más sovietista que los soviets respecto a los proyectos económicos, pero mucho más descontento con las estructuras rojas que sus camaradas de otras partes del mundo. Recelaba del dictador providencial, de la Nomenklatura prepotente, de la disciplina ciega, militarizada; del secreto que rodeaba aun a las decisiones más menudas, de la delación como signo de ortodoxia, etc.  Ocurrió la paradoja de que quienes se hicieron rojos en los Estados Unidos eran los más liberales, y liberalismo y socialismo entraban en conflicto a cada momento público o privado de sus vidas.

          El terremoto norteamericano del crack de la bolsa y la depresión fue también un desastre cultural. También entró en crisis el sistema religioso. Las iglesias establecidas quedaron desprestigiadas ante mucha gente, que se lanzó en busca de nuevos evangelios. Visto dentro del propio contexto norteamericano, el comunismo no fue el gran enemigo del orden (de hecho, el fascismo declarado tuvo muchísimos más adeptos y votantes), sino uno más de los múltiples mesianismos que cundieron como diente de león en todo el mapa.  Los años treinta fueron también el paraíso de las nuevas sectas religiosas, de los métodos milagrosos de éxito, superación personal y supervivencia en veinte lecciones, y de cofradías excéntricas como los vegetarianistas, los rosacruces o los quiroprácticos.

          Pero ningún otro mesías fue tan amado por los escritores. Ningún otro sueño tuvo tantos adeptos en las letras y las artes.  Acaso gracias a sus resonancias cristianas y humanitarias. El comunismo, en teoría, combatía la discriminación racial y la opresión de la mujer; exaltaba el valor del trabajo y criticaba como robo la acumulación del capital y la usura financiera; exaltaba al hombre en sí, independientemente de su bolsillo y de sus propiedades, y le ofrecía espacios solidarios en los sindicatos y las agrupaciones gremiales y políticas; predicaba la educación del pueblo y la creación cultural para las masas (Proletcult); ofrecía al pueblo una sencilla explicación del mundo (opresores-oprimidos; explotación-revolución; burguesía-proletariado), pero revestida de seriedad con teorías y lenguajes cientificistas, casi teológicos. La izquierda parecía un cristianismo reformado por la cultura moderna: Lenin, un nuevo Lutero. (Años atrás, Emma Goldman, John Reed y algunas docenas de excéntricos de Greenwich Village habían abrevado del anarquismo europeo, con menor resonancia).

          Esta izquierda idealizada empezó a resquebrajarse a mediados de los años treinta, conforme los rumores de los juicios de Moscú, las ejecuciones sumarias y secretas, los campos de concentración y la verdadera práctica política del stalinismo se intensificaron, y ya no fue posible seguirlos considerando mentiras propagandísticas del capitalismo internacional o de los facciosos trotskistas. También se supo que la economía planificada soviética causaba enormes desastres, como la hambruna en Ucrania.

          Pero el sueño rojo norteamericano no sólo se desvaneció por las noticias de Moscú, sino por la experiencia de los propios cuadros políticos del comunismo local: estaban más abocados a los intereses internacionales de la Unión Soviética que a las necesidades del propio pueblo de los Estados Unidos; y mientras que su lucha contra el enemigo capitalista siempre fue oratoria y moral, se libraban sin descanso encarnizados combates internos por el poder entre los grupos, a veces ridículamente pequeños, de la propia izquierda norteamericana: los comunistas apaleaban a los socialistas y no a Wall Street ni a la policía.

          El New Deal y el gran negocio que fue para los Estados Unidos la Segunda Guerra Mundial reformaron y refrescaron las estructuras políticas y religiosas de ese país: lo convirtieron rápidamente en un imperio y en una sociedad afluente. Dos décadas después del crack había en los Estados Unidos una sociedad de consumo.

          La reforma económica no vino de Moscú, sino del Partido Demócrata: Franklin Delano Roosevelt. Pocos escritores lo siguieron por propio gusto —no era fácil predecir su triunfo, ni diferenciarlo del capitalismo antiguo, ni del fascismo—, pero él asedió con éxito a los escritores. Una de las razones de la eficaz y rápida desizquierdización del gremio fue una abundante oferta de empleo oficial a los escritores y artistas a través de programas gubernamentales de cultura: sólo en 1933 el gobierno contrató a 3 mil escritores y artistas.

          Por lo demás, la alianza durante la guerra entre los Estados Unidos y la URSS produjo una izquierda oficial oportunista, de un pragmatismo rosa cada vez más pálido. Se valía volver a ser pequeño-burgués, incluso superburgués, siempre y cuando se apoyara a la URSS. El izquierdismo como snobismo: en los años sesenta se hablaría del gringo rosa como de un radical chic.

          Cuando, diez años más tarde, renació la hostilidad entre ambas potencias, muy pocos norteamericanos quisieron regresar a la beligerancia roja, y a éstos se les persiguió ferozmente durante el macartismo: Dashiell Hammett fue encarcelado y vejado. Sin embargo, la cruzada macartista encontró escasos comunistas. Había ya más egiptólogos que gringos rojos en los Estados Unidos durante la época del presidente Eisenhower.

viernes, 4 de noviembre de 2011

MANUEL PAYNO


La novela folletinesca y Manuel Payno

(Ponencia presentada al Coloquio “Discursos urbanos” (INAH-ITESM-Instituto Mora), Museo Nacional de Antropología, 3-4 de noviembre de 2011.)

Por José Joaquín Blanco

Con la poesía romántica, los cuadros de costumbres y la novela de folletín se perfila la nueva literatura mexicana a mediados del siglo XIX, aunque todas estas formas tendrán en México una floración más tardía y acaso más duradera que en sus lugares de origen. Alexandre Dumas y Eugène Sue compartieron ese nicho de tótems para los escritores y lectores mexicanos con poetas como Victor Hugo o con cronistas costumbristas como Mesonero Romanos incluso hasta bien entrado el siglo veinte.

En novelas como Astucia, de Luis G. Inclán, El fistol del diablo y Los bandidos de Río Frío, de Manuel Payno, Monja, casada, virgen y mártir y Martín Garatuza, de Vicente Riva Palacio, entre muchas otras, se buscó una novela popular que fuese al mismo tiempo entretenimiento y pedagogía, modernidad y nostalgia, ficción y retrato de la realidad, imitación de pautas europeas y fundación de cierto nacionalismo literario. 

Muchos autores mexicanos quisieron contar una versión mexicana de Los tres mosqueteros y de Los misterios de París, instaurar en el entonces reducido perímetro de la ciudad de México los profusos laberintos parisinos y asimilar de algún modo los lujos y las emociones del Viejo Régimen francés, y hasta de la Edad Media, en el presente y en el pasado más o menos reciente de México.

Así, desde mediados del siglo XIX, muchos narradores, cronistas y dramaturgos locales ensoñaron la posibilidad de imitar Los misterios de París, de Eugène Sue, aplicado a la ciudad de México con ramificaciones a lo largo y ancho de la república, y lo lograron tardíamente con la novela Los bandidos de Río Frío de Manuel Payno, de la misma manera que, por ejemplo, los modelos novelísticos de Alexandre Dumas fueron seguidos en Astucia, de Luis G. Inclan, como una alegoría de Los tres mosqueteros, o que, tal vez, algo de las prisiones de El Conde de Montecristo asome en Memorias de un impostor, de Vicente Riva Palacio. De hecho, hay guiños de un misterioso laberinto a través de los siglos y de la varia geografía en otras novelas de Riva Palacio, como Monja, casada, virgen y mártir y Martín Garatuza.

         El género del folletón, surgido en Europa hacia 1830, ofrecía innumerables promesas para los escritores, los políticos y los educadores: 1) proponía una literatura popular, con lectores multitudinarios, como opción a la restrictiva literatura antigua, dedicada a élites restringidas; 2) instituía una literatura útil, que divulgara asuntos históricos y sociales, e incluso educara a las masas iletradas, como soñaba Altamirano, con sus frescos algo pueriles de grandes contrastes entre la bondad y la maldad, la virtud y el vicio, el triunfo y el fracaso; 3) su formato elástico y gigantesco permitía decirlo absolutamente todo, como un periódico infinito o una enciclopedia en marcha; 4) su alianza con el periodismo, pues las entregas se harían a través sobre todo de grandes periódicos, resolvía súbitamente los antes infranqueables obstáculos de financiamiento y distribución. Los folletones mexicanos tuvieron gran fortuna sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX.

         Para México, además, la proposición de un mapa enigmático, tal como el de Los misterios de París, encauzaba muchas pasiones y preocupaciones de nuestros autores románticos y liberales, tales como el subsuelo cultural de la ciudad y de la nación, los ruinosos misterios de las épocas prehispánica y novohispana, que por la misma época, a imitación de algunos narradores españoles y latinoamericanos como Mesonero Romanos y Ricardo Palma, recibía el curioso homenaje de un género misceláneo que solía llamarse “tradiciones”, o “cuadros de costumbres”, o bien: leyendas, mitos, cuentos, fábulas, y que consistía en acercarse a los datos, a los perfiles o a las atmósferas del pasado, al mismo tiempo con la perspectiva imaginaria y con la documentación histórica.  

Estas crónicas algo legendarias o fantasiosas sobre perfiles indígenas o coloniales también ocuparon a esos autores de textos breves incluso antes que el folletón, pero luego coincidieron con él, de modo que entre la nómina más lograda de los descifradores de los misterios nacionales habría que ubicar en primer término también a un libro de crónicas: México viejo, de Luis González Obregón, o a dos: si se le añade como continuación la otra recopilación: Las calles de México, e incluso a varios de sus discípulos colonialistas como Genaro Estrada y Artemio de Valle Arizpe, cuyos relatos histórico-fantásticos del pasado mexicano muchas veces conservan el formato, la utilería y el vestuario de episodios de novela folletinesca.

De hecho, esta suposición de que la ciudad de México constituía un mapa anfibio de realidad y leyenda, pasado y presente, modernidad y resabios antiguos incluso milenarios subsistirá a lo largo de todo el siglo XX y lo encontraremos en páginas de Elena Garro y de Carlos Fuentes, entre otros autores.

         Pero no sólo se imaginaba el misterio mexicano como el de realidades subterráneas, antiguas pero no desaparecidas, siempre a punto de regresar, lo mismo fuerzas prehispánicas que coloniales, sino también el de realidades morales, políticas y sociales disimuladas o escondidas a las que los autores debían descifrar, develar y denunciar.  Entre ellas, la corrupción del poder político que nos ofrece en Los bandidos de Río Frío, la escalofriante trama de una omnipotente banda de salteadores dirigidos precisamente desde Palacio Nacional por un político cercano al presidente Santa Anna. Otro de los misterios urgentes era la truculencia, la brutalidad y el oscurantismo del clero y de algunos aristócratas y potentados. Asimismo, las escenas de brutalidad y expoliaciones de la policía y la soldadesca avanzaban asimismo tramas rocambolescas tanto para el aparato del folletón como para la pequeña escena teatralizada, poetizada o simplemente recubierta de un halo legendario de las “tradiciones”.

         El folletín mexicano y su sucedáneo, el melodrama, también ofrecía posibilidades a la sed romántica de paisajes locales. Contar y contar calles, plazas, edificios, rincones, caminos, panoramas, viajes. El romanticismo fue la época del paisaje en la plástica, especialmente en la litografía, esa coetánea tanto del folletón como de las “tradiciones”. Contar y contar los paisajes de la gran ciudad y de la patria. De ahí cierto encabalgamiento con los libros de viajes y de memorias. En cierta medida, todos los folletones son libros de viajes y memorias de sus protagonistas. En ocasiones, en Payno por ejemplo, su novela entra a saco en sus memorias personales y encontramos abundante material idéntico en ambos libros. Curiosamente, por el contrario, Guillermo Prieto cuenta sus Memorias de mis tiempos como un gran folletón bufo de las aventuras de su vida. Las memorias de Prieto ahondan tanto en los misterios de México como la novela de bandidos de Payno, o el díptico de Vicente Riva Palacio, y como las “tradiciones mexicanas” de las varias recopilaciones de Luis González Obregón.

         El siglo XIX fue pródigo en libros de viajes, de memorias, de leyendas y de recuerdos. Cierta tensión de develar o descifrar misterios, paisajes inéditos, costumbres raras, situaciones extrañas aparece en muchos autores de cartas de viaje, como la Marquesa Calderón de la Barca, cuyo libro La vida en México también admite ciertos perfiles literarios de folletón, de tradición, de aventura, cuando traza los recuerdos que la sociedad mexicana conservaba de algún crimen de la época de Revillagigedo, o de algunos resplandores y deslices de la Güera Rodríguez, o bien de la truculenta identidad de los caudillos mexicanos a la manera de Santa Anna. No es el libro de la Marquesa una novela de folletón, pero sí un epistolario por entregas empapado de esa estética pintoresca y bufa, costumbrista y aventurera.

         No fueron pocos los novelistas, desde el anónimo Xicoténcatl, hasta las novelizaciones o alegorías legendarias de Eligio Ancona o Irineo Paz, que trataron de unir la novela histórica al folletón con resultados muy inciertos. En general, podríamos decir que en México la novela popular del siglo XIX tuvo aceptación sobre todo cuando predominaban los perfiles cómicos, truculentos o melodramáticos, y no tanto cuando buscaban rendir culto alegórico a los “mártires del Anáhuac”, a la Malinche o a Cuauhtémoc. Su difusión fue escasa y su recuerdo en la tradición literaria casi invisible. El público solicitaba entretenimiento más vivo y no tanto ceremonias estéticas o políticas. Hay que recordar, sin embargo, que Antonio Castro Leal encontró suficientes ensayos narrativos de este tipo, es decir novelas de tema histórico con cierta propensión al folletón, para llenar dos gruesos tomos titulados La novela del México Colonial.

         Luis G. Inclán, Payno, Prieto, Riva Palacio, Altamirano, Cuéllar, González Obregón, serían las estrellas en una nómina abundante de autores a quienes la época convulsa, o las dificultades de financiamiento y distribución, impidieron dejar la sólida obra literaria que ambicionaban. Pues a la manera del teatro, el género de folletón casi siempre exigía la complicidad financiera del público. Otros géneros pueden sobrevivir a un público renuente, o prescindir de él, pero el teatro cierra cuando no hay taquilla, y los periódicos no contratan novelas por entregas que no se venden. En realidad, incluso en casos tan célebres como Payno, Prieto, Riva Palacio y Altamirano, debemos aceptar que en su tiempo fueron algo heterodoxos como novelistas o folletinistas. Sus libros de vendieron poco, aunque en aquella época una pequeña difusión entre la élite liberal de militares, licenciados, burócratas era considerada un gran estímulo. Cuando vemos la enorme fortuna que lograron en México ciertos géneros periodísticos breves, como la crónica periodística, la semblanza,  la leyenda, la “tradición”, el relato de viajes o de recuerdos, y la escasa de géneros de mayor formato, como la novela o el teatro, hay que recordar que sencillamente abundaba el público para los primeros y no para los segundos.

*

A sus setenta años, poco antes de morir en su idílico San Ángel, Manuel Payno (1820-1894), escribió desde Francia y España, donde ocupaba cargos consulares, uno de los tabicazos más queridos de toda la novela mexicana, a solicitud de un editor español: Los bandidos de Río Frío (1889-1891), que originalmente apareció por entregas. Durante mucho tiempo circuló en una edición de cinco tomos.

Es la coronación y el mausoleo mexicanos del género narrativo del folletín, iniciado en Francia por Alexandre Dumas (1802-1870) y Eugène Sue (1804-1857), y que trataba de ganar para la lectura a las masas semiletradas, con relatos de escritura pretendidamente sencilla y tramas sobrecargadas de efectismos para “apasionar y azorar” todo el tiempo, buscando el suspenso y el pasmo en cada episodio.

Novelones como El conde de Montecristo y Los misterios de París encumbraron este género durante medio siglo. La mayoría de los folletines no lograron sólo ser simples, sino sobre todo pueriles y reiterativos –así como sus derivados electrónicos: radionovelas, telenovelas. Pero algunos se sostuvieron en el gusto de los lectores, y aun novelistas con ambiciones estéticas e intelectuales admitieron algunos de sus métodos y efectos: Balzac, Dickens, Víctor Hugo, Tolstoi y Dostoyevski. De hecho, casi toda la novela moderna, incluso la más estetizante o intelectual, resiente la herencia del folletín.

Para 1891 casi todos los compañeros de Payno, su época misma, estaban más que muertos, y también el tipo de novela en que creyeron: el folletín romántico, que fue el oportuno reino soberano de Vicente Riva Palacio (y su celebrado “realismo mágico” novohispano de Martín Garatuza, Memorias de un impostor; Monja, casada, virgen y mártir, etcétera), y que Antonio Castro Leal, en el prólogo de Los bandidos de Río Frío (Porrúa), declara extinto desde los años setenta del siglo XIX. Ya se leía en todo el mundo a Tolstoi y a Turguenev; a Flaubert, los Goncourt y Zola; a Stevenson y a Henry James. Y los nuevos novelistas mexicanos –Delgado, Rabasa- buscaban un realismo más riguroso, crítico y atemperado, dirigido por exigencias estéticas precisas.

El viejo Payno mostró ante todo una gran lealtad literaria consigo mismo y con su generación. No hizo caso de modas, escuelas ni cronologías. Acaso ni siquiera las entendió  (habla del “naturalismo” como de un mero realismo truculento). No se sintió aludido por los flaubertianos y demás críticos de la novela-fárrago. Incorregible, prediluviano lector de “el buen Sterne”, Sue, Dumas y Dickens, entre otros ídolos, escribió el tremendo novelón a su antigua manera, en la línea de sus novelas previas El fistol del diablo (1859) y El hombre de la situación (1861) –treinta años antes de Los bandidos de Río Frío-; es decir a saltos y tropezones, con sermones, discursos didácticos y melodramas y terrores embrolladísimos, “astracanescos” y algo ridículos, reiterativos y digresivos, como solía hacerse antes de que los genios europeos de la novela de la segunda mitad del siglo XIX hubieran puesto orden en el género y publicado modelos inexpugnables.

Un supuesto corresponsal anónimo, que pudiera parecerse a su amigo Guillermo Prieto (1818-1897), le dice al final de la novela: “Todo en ti se reduce a plática, y lo mismo un discurso en el Congreso, que una novela o que una charla insustancial en un café. No te ofendas por esto, pero de nada te ha servido leer a los clásicos... de todo el mundo. Tú has quedado el mismo, sin aprender de nada y sin corregirte de tus defectos...”

En efecto, la locuacidad incontenible de Payno no se arredra ante las exageraciones burdas y el trato chusco, casi esperpéntico, de algunos de sus episodios; ni ante la prosa sentimental más azucarada y trillada en los pasajes líricos y melodramáticos. En 1891 sigue en la situación folletinesca de 1859. Folletín y crónica, teatralidad y realidad se entrelazan: asesinatos hoooorribles y encendiiiiidos amoríos; coincidencias descabelladas, crímenes, batallas, asaltos, descuartizamientos, epidemias, naufragios; maldades inauditas, filantropías prodigiosas; vertiginosas vueltas de la fortuna de un puñado de personajes pintorescos, que se extravían y reencuentran a cada paso en sus episodios con cierta artificialidad teatral que permite todo tipo de avatares a su elenco de protagonistas.

Toda una variedad de mestizos, criollos y españoles; indios norteños (comanches) y mesoamericanos, asimilados a la civilización española o macehuales silvestres de etnias ignotas; arrieros, capataces o administradores y magnates; militares, diplomáticos, rebeldes alborotadores con fines de robo o contrabando; divas de ópera, catrines adoradores de las divas de la ópera; tahúres, ministros, gobernadores, políticos logreros, abarroteros, rateros y beatas.

Una frutera bellísima e inteligente, medio cacica; una familia de rancherillos que pretende descender de Moctezuma II y reclamar del nuevo gobierno independiente todo el vasto imperio de aquel, sin excluir a los ínclitos volcanes; un conde colérico y un marqués manirroto; muchos puesteros, pepenadores, chaluperos, trajineros, hierberas milagreras, artesanos, atoleros, leguleyos, jueces, rancheros, criadas. Un amorío secreto entre una condesita y un militar, con casi dos décadas de aventuras rocambolescas de su ilegítimo vástago extraviado desde bebé. Un ebanista terriblemente criminal, como para competir con los Endemoniados de Dostoyevski. Criadas enterradas vivas en cofres llenos de onzas de plata y millonarios catalépticos que parecen resucitar cuando cae y revienta su ataúd durante el entierro. Un valiente periódico que sabe corromperse todo el tiempo por todos lados; la soldadesca de la leva y hasta las fieras y alimañas de la naturaleza salvaje.

Es un cronista-titiretero, al mismo tiempo disparatado y convincente, de infernales tiraderos de basura, apestosas acequias, canales y lagos atareados y peligrosos, comilonas folklóricas suculentísimas; tianguis y ferias regionales (San Juan de los Lagos) más elaborados que el propio caos. Motines callejeros, caídas de ministerios, rebeliones; pleitos en cantinas; recauderías, hospicios, pasillos y antesalas gubernamentales, cárceles, tribunales y comisarías; charrerías y balacera. Asesinos devotísimos y curas expertos en escopetazos.

Los bandidos de Río Frío ofrece duelos de oligarcas fanfarrones de capa y espada y plebeyos ladrones con caretas de cartón, como de teatro de la legua; heroínas delirantes de ópera, calcadas de la Lucia de Lammermoor: desmelenadas y aullantes, corriendo hacia ninguna parte entre los bosques en sus “arias de locura”; redes de espías y contra-espías desde la esquina del mendigo hasta el dorado despacho presidencial de Palacio.

Así ajusticia la tropa a algunos bandidos:

         “Los soldados afanosos, riendo y contentos, como si se hubiesen sacado la lotería, pasaron unas reatas al cuello de aquellos cadáveres con los ojos todavía abiertos y vidriosos, y brotándoles sangre por una parte y por otra, los arrastraron hasta el pie de los oyameles, echaron en los brazos [ramas] más gruesos las reatas, tiraron del otro lado de ellos e izaron los cadáveres flexibles y descoyuntados, que se balanceaban y movían las piernas con el chiflón de viento que venía de cuando en cuando de las cañadas de la montaña” (p. 361).

         Un desfile judicial:

“Al indio enmascarado lo sacaron arrastrando por los pies... Al salir del agujero tropezó la cabeza... con una piedra y se le rasgó más la herida profunda que le había hecho Pantaleona en el cuello. Siguieron tirándolo de los pies, y la cabeza monstruosa iba dando saltos al chocar con las piedras redondas de la calle. Así llegaron hasta donde estaban las escaleras [de palo, que servían de camillas]. Lo amarraron en una de ellas por los pies y por el pecho y lo recargaron contra la pared del patio. La cabeza, chorreando sangre todavía, colgaba y pendía de un pedazo de pellejo. En seguida sacaron al remero [otro cadáver] con los retazos de cachetes y de nariz colgándole, y empapado en agua sangrienta, lo colocaron y lo amarraron de la misma manera en la otra escalera y lo arrimaron a la pared junto al otro muerto... -¡Tápenlos bien donde se debe y amárrenlos fuerte, no se vayan a voltear en el camino; tengan cuidado con la cabeza del indio, que ya se le cae y es necesario que llegue entero al juzgado!... Delante, un piquete de soldados; en seguida, las dos escaleras con los muertos... Así caminaron por la Santísima, Santa Inés, la Moneda y costado de Palacio. El cadáver del remero iba dejando un rastro de agua sanguinolenta e infecta que chorreaba, que atraía a los perros callejeros que entraban y salían  por entre la gente y las filas de los soldados, y que iban olfateando y se retiraban a poco, como con un visible disgusto, haciendo gestos y levantando las narices para que les entrase el aire y disipase los miasmas que habían respirado. La cabeza [del primero] tanto colgaba de un lado como de otro, siguiendo el movimiento y compás del menudo trote de los que cargaban la escalera; al fin, en uno de esos meneos lúgubres y amenazadores que asustaban y hacían retirar del balcón a las niñas curiosas que salían al escuchar el rumor insólito de la calle, la cabeza se desprendió del último pellejo que la sostenía y rodó por el suelo con una especie de violencia y de rabia, como si todavía tuviera vida y quisiese vengarse de Pantaleona. Enfrente al baluarte de Palacio se detuvo la procesión... La cabeza... fue perseguida en su fuga, agarrada por los cabellos erizos y cerdosos, colocada sobre la barriga del cuerpo con unos cordeles que le arrebataron a uno de los cargadores que estaban en la esquina...”, etcétera (pp.408-409).

Una novela fundamentalmente regionalista (aunque con notas de pie de página para los lectores españoles) y periodística: asienta en el curso del relato que su principal interés no es ella misma, su historia, sino sólo rescatar al filo de la pluma, según buenamente vengan a la mente del autor, a tiempo o a destiempo, cuadros de costumbres que supone casi desaparecidas, propias de principios de ese siglo XIX mexicano, en los que campea el espíritu del periodista raudo y polémico, exagerado y sensacionalista, sentimental y sermoneador, efusivo de opiniones sobre todo tipo de disciplinas y asuntos.

Pero a la vez con la gracia de un conversador probado que termina por ganarse con todo tipo de trucos al auditorio. Su modo de narrar, en opinión de Guillermo Prieto: “zurcía una leyenda fantástica, y llena de sal, de un estornudo, del alarido de un comanche o del suspiro de una monja desesperada”. Desde luego, tal magia no puede operar de manera continuada a lo largo de dos mil cuartillas a vuela pluma  y se llena de paja, repeticiones, chistes, comentarios digresivos. Acaso ni el propio autor tuvo siempre claras la extensión ni la arquitectura de su obra, y se limitaba a enviar a su editor buenamente capítulo tras capítulo, a fin de que se fueran publicando y vendiendo por entregas. Temía no vivir lo suficiente para terminarla.

No falta quien lo haya definido como un escritor-archivo (Alejandro Villaseñor): en sus novelas y relatos siempre encuentra la manera de ensartar coloridamente hechos de su tiempo y fragmentos extensos de sus propias Memorias (CNCA). Por otra parte, el supuesto corresponsal tan parecido a Prieto, así como Luis González Obregón (en su prólogo de 1928) y José Lorenzo Cossío trataron de identificar a las personas en que se inspiraban algunos personajes de Los bandidos de Río Frío.  Aunque Payno permite todas las libertades a su imaginación guasona, siempre de algún modo reportea: de suerte que tenemos un archivo en parte real y en parte mágico.

Y tal vez debamos a esa magia, a esas bromas y exageraciones, a su tendencia de sobrecargar incluso lo macabro y lo chusco, el que se tomen tan de buena gana descripciones del México de su tiempo que –semejantes en los datos básicos- hemos olvidado en los libros más sobrios de otros autores, incluso en otras obras menos desmesuradas del propio Payno.

La magia funcionó. A pesar de que durante el siglo XX predominó una crítica severa a las facilidades discursivas e imaginativas del XIX, y de que  tanto los tradicionalistas como los vanguardistas abominaron de la “escritura fácil” o charlatana y de las tramas chuscas, simplonas o teatrales, muchas generaciones de lectores, estudiosos e incluso novelistas modernos (Mariano Azuela) han perdonado de inmediato, casi ni siquiera las han tomado en cuenta, las múltiples ofensas literarias y novelísticas del terco autor démodé, folletinesco a destiempo, de lectura tan fatigosa y a ratos exasperante. Se quedan con el populoso panorama –crónica, fantasía y farsa a la vez- de la vida popular de las primeras décadas del México independiente: de su memorioso archivo mágico, teatralizado, casi carnavalesco, con fondo lamentable o macabro pero en un estilo frecuentemente jocoso.

El mamotreto “ilegible”, “descabellado”, “eterno”, ha recibido una estimación escolar y popular sin interrupciones, como ha ocurrido también con algunas novelas de Riva Palacio. Por caduco y desmesurado que resulte el sistema del folletín, les permitió a ambos un despliegue de la materia narrativa y un registro de la realidad social –incluso del habla y las costumbres- mayores que otros géneros novelísticos más prudentes y circunspectos. Se diría que el propio exceso folletinesco, en su libertinaje teatral, en su desbocada facilidad expresiva, en su cúmulo de licencias, protege y preserva de alguna manera la esencia social e histórica que estos dos novelistas atraparon en sus redes artificiosas. Hay que añadir su célebre habilidad como conversadores. Por lo demás, no es casual que ambos novelistas, y especialmente el viejo Payno de Los bandidos del Río Frío, hubiesen sido protagonistas de sus tiempos y conociesen su país al detalle: el folletín les permitió desbordar, pero a borbotones, su conocimiento abundante y auténtico de la antigua sociedad mexicana.

Así, no es fortuito, para señalar uno entre muchos asuntos, que precisamente el exministro de Hacienda Payno narre tan convincentemente cómo se falsificaba la moneda, se introducía el contrabando; se fabricaban joyas nuevas con las piedras preciosas desmontadas de joyas antiguas robadas; cómo se lavaba dinero, se defraudaba en los casinos, se filtraba la información sobre la circulación o el escondite de las riquezas. O bien cómo ciertos hacendados astutos (Escandón, los Peña) preferían entenderse amistosamente con bandidos “honrados” a que los protegiera bárbara y catastróficamente el “buen gobierno”.

Sobre el talento propiamente novelístico –la invención de personajes, tramas y episodios; el discurso narrativo- predomina en Payno el genio periodístico de la crónica y la caricatura (de Daumier o Iriarte a ciertas prefiguraciones de Posada). Ciertas convenciones del folletín tuvieron que imponerse: por ahí aparece un presidente idealizado (nada menos que Santa Anna, pues se trata de representar la Autoridad Suprema de la Nación), o un viejo Juez Incorruptible y Angélico (Don Pedro Martín de Olañeta), ya que de otro modo nadie desataría los nudos espeluznantes de los Malditos.

Sabemos que Payno no juzgaba tan maniquea ni tan mesiánicamente los embrollos de sus tiempos, pero el género folletinesco exigía tales convenciones de tramoya; así como la inocente, lírica locuacidad erótica ante ciertas heroínas (Casilda, Cecilia, Lucecilla). El folletín se proponía excitar eróticamente al lector mediante la reiteración infinita y directa de sus exuberancias; acaso el novelista juzgó que ahorrarse algo de sus encendidos piropos tan reiterados iría en detrimento de la historia. La economía, la oportunidad y la perspectiva de los recursos narrativos serían una lección de autores posteriores.

Novela “naturalista, humorística, de costumbres, de crímenes y de horrores”. Así la quería, como cuarenta años antes; además, sin “pasar los límites de la moral y de las conveniencias sociales, y que sin temor podrá ser leída aún por las personas más comedidas y timoratas” – asegura a fin de no limitar su mercado popular, aunque en realidad no se autocensura demasiado: insinúa socarronamente cuanto le viene en gana, especialmente en cuestiones eróticas (incluso alguna fantasía necrofílica con mención del Marqués de Sade y todo). De hecho, resulta un poco voyeur en ciertos episodios de baño o cuando quedan desnudas las damas asaltadas.

El afortunado título no lo escogió Payno. Él pretendía algo más general: las “Cosas de otro tiempo”, que sugiere el supuesto corresponsal anónimo, un “largo estudio de las costumbres mexicanas”, como dice él mismo (p. 544). Quería ofrecer no una mera sucesión de asaltos a diligencias, casonas y haciendas, sino todo un cajón de sastre del pasado santanista. El editor encontró más comercial la referencia a los temidos bandidos de Río Frío, a quienes, de hecho, no vemos entrar en acción sino ya que ha transcurrido una tercera parte del intimidatorio novelón “inacabable”, como lo califica el propio autor.

Payno se demora en personajes de casi dos décadas que de alguna manera terminarán en bandidos o tuvieron relación con ellos, obsedido por su gran tema circular: la persecución y el castigo oficiales del crimen suelen ser administrados por los propios criminales. Cuando parece que la justicia “ahora sí” funciona, sólo se trata de un montaje de farsa macabra (con ajusticiados inocentes, azarosos) para disfrazar con mayor eficacia la delincuencia organizada desde las cúpulas. No ha perdido actualidad el argumento central, tomado de la nota roja más sonada de 1839: la más temida banda de criminales del país en esa época, apoderada de los montes boscosos de Río Frío (y en realidad de buena parte de la nación), desde dónde cómodamente asaltaba las diligencias del principal camino del país (México-Puebla-Veracruz), estaba astuta y documentadamente dirigida desde el propio Palacio Nacional por un coronel muy bien situado en los altos mandos del régimen de Santa Anna: Juan Yáñez, a quien Payno hace llamar Relumbrón -y quien por cierto aparece de pronto en Panzacola, por Chimalistac, como recurso emergente de prestidigitador, hasta el último tercio de la novela, para reanimar la trama extenuada.

De hecho, este cripto-bandido oficial o presidencial obsesionó a toda la generación de Payno y dio lugar a una variada bibliografía; ya cuarenta años antes de Los bandidos de Río Frío, en 1851, Pantaleón Tovar lo había trabajado en Ironías de la vida –título que por cierto Payno retoma, como un guiño, en uno de sus capítulos-; según testimonio de Altamirano, también Tovar buscaba que la trama sólo fuese un pretexto para pasearse por el bullicioso laberinto popular de México a la manera de Los misterios de París.



Estorba un tanto al armatoste folletinesco, tan populoso y extravagante que le conviene al lector ir tomando nota, al margen, de los datos de los principales personajes y enredos, pues todo se revuelve a cada capítulo. Pero la perspectiva desoladora de una sociedad entera prácticamente desgarrada y enfangada en la picaresca, la truhanería, la indigencia y el llamado de las cavernas (v. gr.: sacrificios humanos de bebés a la Virgen de Guadalupe) habla mucho del país real que surgió de las guerras de Independencia.  Esa sociedad harapienta, pulquera y cuchillera, jalonada por la barbarie y la superstición, el horror y el desmadre, que trataron de civilizar desde cero los liberales, así fuesen los liberales heterodoxos, “tibios” o “traidores” (como se llegó a acusar a Payno durante las guerras de la Reforma y el Imperio): “esa especie de barbarie que todos toleran y a la que se acostumbran los mismos individuos a quienes daña” (prólogo). Un México delirante, sanguinario y cómico, en el fondo inmune a los cambios históricos o ideológicos, que anticipa muy claramente los paisajes y personajes de las revoluciones y revueltas del siglo XX (Guzmán, Azuela, Rulfo; las películas del Indio Fernández...)



Manuel Payno temía que el desarrollo porfiriano y los ferrocarriles hubiesen modificado tanto el panorama, como para ya no reconocerlo: “Tenemos que repetir a cada momento que México, en un período de diez años [1880-1890], ha cambiado de una manera tal que el mismo autor de esta obra, ausente hace años, si regresase creería que era otra nación distinta”. En realidad el lector mexicano actual lo reconoce no pocas veces al detalle, aun o sobre todo en el melodrama y el esperpento, y hasta con guiños familiares y risillas nerviosas -qué pena pero qué risa-; y hasta se siente convocado a la nostalgia por la “patria espeluznante” que dijera López Velarde.









domingo, 9 de octubre de 2011


IMBÉCILES ANÓNIMOS, DE JOSÉ MARIANO LEYVA

Por José Joaquín Blanco

Advierto en esta novela de Leyva, además de la intriga de crímenes con su entretejido de víctimas y verdugos y episodios terroríficos, una materia verbal hosca y ríspida para satirizar a una decena de personajes de tiempos recientes en México con sus desencantos, sus adicciones, sus pretensiones y sus fracasos.

Una diatriba ceremoniosa, formal, detallista, ácida, a menudo sentenciosa, que no sólo corre a cargo del autor de la novela, sino de otro autor-personaje dentro de la novela, curiosamente también llamado José Mariano Leyva, y de los demás personajes amargos y desencantados.

Un discurso colérico, pronto a las descalificaciones y a la caricatura, en la tradición moralizante de la sátira. Esta materia verbal hipercrítica no conforma sólo la voz o las voces de la novela, sino asimismo su espíritu, su pensamiento, su atmósfera y su emotividad exasperada.

Se perfila en cierto modo como un juicio sumario del “espíritu del tiempo” de años recientes entre personajes semi-ilustrados y semi-reventados a quienes alguna vez se definió como “posmodernos”, con sus lívidos banquetes de drogas, alcohol y sexo, no muy diferentes en realidad de los que se han registrado en otras épocas.

Ciertos desencantos, escepticismos y hastíos de los imponderables, o “imbéciles anónimos” de Leyva refractan a ratos guiños familiares de sus antecesores de hace más de medio siglo, como en La región más transparente, de Carlos Fuentes o Casi el paraíso, de Luis Spota, o en diversos relatos de Pitol y López Páez; o bien de hace más de un siglo, entre los “decadentes” porfirianos que el propio Leyva-autor estudia en otros textos, como historiador literario.

Sería insuficiente distinguir los personajes de esta novela del perfil de sus antecesores por un desencanto o un escepticismo ideológico. En realidad, no todo mundo era tan ideológico en los demonizados setentas, no todo mundo era intelectual, ni mucho menos.  Y ya desde entonces proliferaban el escepticismo y el desencanto.  Desde mucho antes.

Tal vez esta materia verbal, este discurso no sólo narrativo sino directamente emparentado con el ensayo, sea una contribución generacional de Leyva a los debates de los posmodernismos y generaciones equis o cero diversas que han fatigado el debate cultural durante lustros recientes.

Y en ese marco se traza el enconado hartazgo de lo que alguno de los dos autores Leyva y sus personajes consideran rasgos de la izquierda mexicana de hace veinte o cuarenta años, para no poco desconcierto de sus ya escasos y poco memoriosos sobrevivientes.

El pasado desde luego tiene mucho de imaginario, y sobre todo los pasados no tan remotos que todavía pueden ser sentidos con mucha parcialidad y caricaturizados con la cruda brutalidad con que se deturpa a un colega o a un vecino. A final de cuentas, la negación de las ideologías no es sino otra ideología más. La vida, como siempre, estaba sobre todo en otras cosas y en otras peripecias.

Envuelto en esta materia verbal y cultural, política y emotiva, se va desarrollando un curioso artefacto imaginativo. De una manera no distante de las de Pirandello o André Gide, quienes se complacían en inventar una historia en la que un autor participaba como uno más de los personajes que iba inventando sobre la marcha, José Mariano Leyva inventa un José Mariano Leyva que convoca a sus personajes a un fin de semana en una casa piranesiana en Cuernavaca, donde el terror golpea los desencantos, escepticismos e irrealidades de los personajes con un crimen tremendamente real que los involucra y marca a todos.

Pero que luego, en un retorcimiento narrativo admirable, se revierte contra el demiurgo-Leyva del autor-Leyva para revelarle, en venganza, terrores y crímenes aun más sólidamente reales y personales.

Parte de la eficacia de este libro admirable está en la conjunción del artefacto narrativo, de las peripecias de los crímenes, y de los crímenes dentro de los crímenes, y del discurso colérico y caricaturesco de la diatriba.

Con gran habilidad, Leyva segrega un justiciero discurso nihilista con el que convoca al lector a las polémicas políticas, culturales o conceptuales, mientras que sardónicamente teje, con ese mismo discurso, la telaraña del crimen en la que el personaje-Leyva atrapará a otros personajes quienes, a su vez -todos emitiendo aforismos sentenciosos posmodernos y generación equis-, con su música de mezclas electrónicas y su petulancia cibernética, sus drogas, sus tragos y sus narcisismos, van segregando una segunda tela de araña para castigar al zumbón demiurgo Leyva. Que se lo tenía bien merecido.

Encuentro en Imbéciles anónimos (Mondadori), de José Mariano Leyva, así, un artefacto terrorífico que esconde en el cogollo de su terror otro artefacto terrorífico, para delirio y pesadilla de recientes personajes desencontrados que esconden perfiles e historias de personajes de veinte o treinta años atrás. 

Así, el delirio se desdobla y se refleja, se refracta, se multiplica, en los laberínticos espejos deformantes de la vida y de la memoria. Una especie de fábula al cuadrado que sirve asimismo para anidar, en su urdimbre ceñida, la vida y la conciencia minuciosas de la media docena de personajes convocados a esta experiencia cruel de suspenso, crimen y reflexión sobre la vida al mismo tiempo vacua y violenta de los últimos tiempos.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

LA CULTURA MEXICANA DEL SIGLO XX

LA CULTURA MEXICANA DEL SIGLO XX

Por José Joaquín Blanco



(Conferencia pronunciada durante el Diplomado de Historia Contemporánea de la Dirección de Estudios Históricos del INAH, EL 7 de septiembre de 2011.)





EL PORFIRIATO Y “LA RELIGIÓN DE LA CIENCIA”



Al comenzar el siglo veinte, la palabra más grande en el panteón verbal del civismo mexicano era la Ciencia, con mayúscula, aun  más respetada, venerada y codiciada que sus compañeras Orden y Progreso.

Y efectivamente, desde la época de Juárez, y especialmente a partir de la restauración de la república, cuando se funda como el gran nido de todas las promesas la Escuela Nacional Preparatoria, bajo la advocación de las mitologías positivistas, los liberales creyeron que el culto de las ciencias sería el ábrete sésamo no sólo de la prosperidad sino de la “redención” nacional.

No se trataba de un mero deseo de conocimiento, sino de una verdadera ideología que triunfaba en el mundo, y especialmente en Francia, principal inspiradora de México, con el título de un célebre libro de Ernest Renan: La religión de la ciencia. La ciencia vendría a ocupar en el futuro inmediato el sitio que en el pasado mexicano había llenado la religión, y con alcances similares.

          Curiosamente, tal pretensión no era nueva: toda la ilustración novohipana del siglo XVIII la persiguió, la propagaron autores notables como Alzate y Bartolache, y se revela incluso en los escritos administrativos de los virreyes borbónicos. De hecho, hubo hazañas científicas y técnicas notables desde el siglo XVI, al día siguiente de la conquista, y talentos emblemáticos del XVII como Sor Juana y Sigüenza estaban totalmente inmersos en discusiones e imaginaciones científicas. El Barón de Humboldt encontró bastante desarrollo científico, especialmente relacionado en asuntos como las minas y las diversas ingenierías. En realidad, todos los elogios a la modernización científica porfiriana no superaron los de Humboldt a la borbónica. Y todo el siglo XX perseguiría ideales y esperanzas científicas.

          Lo característico del Porfiriato no fue entonces su interés o su codicia de las ciencias, sino el nivel ideológico a que las alzó, su “religión de la ciencia”. Esto se explica por el proceso de secularización de casi todas las sociedades católicas, encabezadas por la francesa, que trató de sustituir el pensamiento religioso con el pensamiento científico, con un fragor que no se dio en las sociedades protestantes, donde los científicos no fueron necesariamente anticlericales o jacobinos, sino pensadores tolerantes y hasta creyentes.

 En México la ciencia fue convocada con una misión ideológica de curarse del pasado, de los excesos y de las desventuras religiosas, retomando el impulso de los enciclopedistas.

Se dio incluso un revanchismo político de los republicanos contra los clericales, tanto en México como en Francia, como una especie de frenética necesidad secularizadora. En realidad, nuestros liberales de la Reforma no eran demasiado científicos ni demasiado anticlericales: en sus obras suelen aparecer como personajes naturalmente religiosos que se vieron forzados, por las urgencias políticas y la beligerante intransigencia del clero, a mostrarse más ultras de lo que realmente eran y querían ser.

En Francia también ocurrió que sólo a finales del siglo XIX y principios del siglo XX se lograron las metas anticlericales enunciadas por la Revolución Francesa, como la separación de la Iglesia y el Estado, la imposición de la educación laica y las leyes del divorcio, de modo que la civilizada Tercera República pareció a los católicos una conjura de francmasones. En México, aunque don Porfirio suavizó muchísimo la hostilidad liberal  anterior hacia el clero, conservó el poder adquirido por las instituciones políticas en las conquistas guerreras.

          No fue escaso el desarrollo científico del Porfiriato, aunque desde luego, como en las épocas de Humboldt, de Sigüenza o de Enrico Martínez durante los siglos precedentes, la enorme desigualdad social dejaba en desventaja, volvía casi invisibles, las conquistas educativas y de obras públicas que la ciencia lograba en escasos puntos del mapa, frente al gigantesco panorama arcaico y miserable.

Lo característico, sin embargo, fue la desproporción entre esa ideología científica, y sus ambiciones de una mentalidad moderna y próspera, y la realidad persistente que continuaba las pautas, las tradiciones, los episodios y los paisajes de la precariedad anterior. Claro que algo muy semejante podría decirse en nuestros días de vida social atrasada y precaria entre celulares, computadoras, vehículos y satélites.

          Siempre hubo grandes ingenieros y grandes obras de ingeniería en México. Los ferrocarriles, las fábricas y los centros urbanos del Porfiriato de alguna manera recuerdan las hazañas de las minas, los acueductos, los caminos, las iglesias y conventos y las ciudades o villas coloniales.

El Porfiriato añade, como embajadores científicos, dos misioneros sociales que empiezan a reemplazar a los curas, a los sacristanes y a los chamanes: los maestros de escuela y los médicos modernos, todos ellos de cualquier manera bastante escasos y precarios para las dimensiones de la sociedad mexicana, aunque notablemente más preparados y modernos que sus antecesores de pocas décadas. 

Aparecen también los productos manufacturados, como cosa de magia, y más inconcebibles todavía, los aparatos y las máquinas como trenes, telégrafos, teléfonos, hornos industriales; generadores, cables y lámparas eléctricas, el cine, el fonógrafo, las armas de fuego… Las mercancías industriales, las manufacturas, las máquinas, los aparatos, los vinos y conservas importados,  aunque no completamente desconocidos, se convirtieron en signos de identidad porfiriana.

          Cuando se predican con mucho énfasis las modernizaciones, las globalizaciones “neoliberales”, el llegar a tiempo al “banquete occidental de la cultura”, el “ser al fin contemporáneos de todos los hombres”, en realidad se olvida que siempre hemos comido ese pan con lo mismo. México se empezó a globalizar, uniformar, occidentalizar, homogeneizar según la norma europea desde el primer momento de la conquista: el castellano, la religión católica, las armas de acero y pólvora, el arado, el ganado, las gallinas, los carros tirados por bestias, las técnicas de minería, albañilería y ganadería, incluso la ropa y el calzado, así como los nuevos alimentos y bebidas del tipo del trigo, el vino, el arroz, la leche, los huevos; la aritmética, la burocracia, las leyes, los nuevos sistemas de peso y de medida, no constituyeron en su momento una revolución menos radical que la porfiriana o la “neoliberal” de fines del siglo XX.

          Pero esa obligación nacional de modernizarse por el camino de las ciencias y de las técnicas, de volverse muy técnico o muy científico o perecer, arrollado en el margen de la precariedad ancestral, fue un alta enseña porfiriana que todavía no cumplimos, y que todavía seguimos codiciando.

          Durante esa época la vida diaria se vio afectada por cambios cientificistas, como la aplicación del sistema métrico decimal que abolió los sistemas medievales de pesos y medidas (que sin embargo se siguieron usando durante décadas), las nuevas normas y trámites de civismo, de higiene y de buenas maneras. Incluso la religión se volvió algo burguesa y razonable, con obsesión por las buenas obras individuales y la invasión de la filantropía moderna en el concepto de caridad católica. Y apareció una extraña mezcla de religiosidad ancestral y de nuevas ideas, supersticiones y técnicas más o menos científicas, en la práctica mexicana del espiritismo, que tuvo una importancia enorme durante décadas, hasta los años veinte.

Los estudiantes se llenaron de obras extranjeras, sobre todo francesas, de asuntos científicos y técnicos, aunque desde los inicios de la Escuela Nacional Preparatoria se pidió a los profesores que escribieran manuales en español de sus disciplinas para atenuar la escasez, el costo y la dificultad de la lengua extraña en los textos académicos. Los manuales mexicanos calcaban o simplificaban sus modelos de derecho, medicina, ingeniería, ciencias diversas, técnicas agrícolas.

A mediados del Porfiriato el dominio del francés entre los estudiantes universitarios y la clase media ilustrada se había impuesto por completo, y esa fue una de las razones que explican el auge del modernismo en la poesía, que llegó a significar versos castellanos que parecieran franceses por su música y sus metáforas, y el naturalismo en la novela, aunque en cuestiones literarias la norma española mantuvo mucha de su fuerza.

Hubo mucho trabajo en la investigación, ordenación y divulgación de datos de todo tipo, lo mismo astronómicos que agronómicos. Se destacan en el Porfiriato figuras señeras en varias disciplinas (en poesía, Manuel Gutiérrez Nájera, Salvador Díaz Mirón, Manuel José Othón, Amado Nervo), pero sobre todo en el campo de la historia y de las ciencias sociales se forjó la norma del nacionalismo oficial que habría de prevalecer en lo sustancial por todo un siglo, con todo el panteón y el ritualismo cívicos que conocemos, y que ya aparece perfectamente codificado en la obra colectiva México a través de los siglos, coordinada  por Vicente Riva Palacio, y en diversos escritos de Justo Sierra como sus estudios de Juárez y de “la evolución política de México”. Hubo arquelogía e indigenismo muy voluntariosos. En muchas áreas como la pintura (con José María Velasco), la música de concierto, la escultura, la arquitectura se buscó el rigor y el nuevo tono europeo.

El novelista Manuel Payno sentía que la modernización porfiriana había cambiado tanto la vida mexicana que ya casi no la reconocía. Los petulantes jovencitos porfirianos consideraban a sus maestros liberales de la Reforma, a la manera de Guillermo Prieto, como figuras arcaicas, rústicas, casi prehistóricas. 

La petulancia de ciertas élites mexicanas al considerarse totalmente modernizadas, en  este caso afrancesadas, en un país de trogloditas y nacos, aunque ya  se había dado y continuó apareciendo, nunca había sonado con semejante fragor. Se diría que la modernidad, la ciencia y la tecnología servían sobre todo para diferenciarse a ésas pretendidas élites de la vasta plebe circundante, como de gente de un estrato geológico diferente. Tal petulancia se ha reeditado en los últimos lustros del Tratado de Libre Comercio y de nuevos trámites y rutinas tecnológicos.

Al despuntar el siglo XX, los mexicanos ilustrados se veían en un momento de optimismo, quizás incluso de apogeo cultural, como se evidenciaría en 1910 con los múltiples eventos de las fiestas del centenario de la Independencia. Y en gran medida tenían razón: el país llevaba tres décadas de relativa paz civil e incluso de crecimiento económico después de muchas de crisis y estancamiento.

          Además, el progreso porfiriano había introducido, diríase que de golpe, multitud de industrias, máquinas, instituciones y servicios modernos que cambiaban radicalmente el panorama tradicional: especialmente podríamos hablar de los ferrocarriles, de los edificios, de la electricidad, de las armas, de los automóviles y de las mercancías importadas. La clase media porfiriana en las ciudades ya se parecía bastante a la clase media de Europa y los Estados Unidos.

          Por otra parte, la facción política que había triunfado con Juárez había logrado imponerse, prosperar y conmemorarse: el liberalismo se había convertido en un sustituto muy eficaz, ya muy parecido al actual, de la religión, con un panteón de héroes, una estructura de símbolos, ideas e instituciones. En gran medida el nacionalismo mexicano del siglo XX siguió los lineamientos establecidos por Don Porfirio, apenas añadiéndole algunos nuevos de la Revolución: incluso la retórica de justicia social, protección de los obreros, campesinos, indios y pobres ya estaba de algún modo contemplada en el aparato porfiriano. Ya había sindicatos y leyes que favorecían de algún modo a los sindicatos, por ejemplo; de modo que una las razones de las sublevaciones revolucionarias fue que el gobierno no cumpliera con su propia legalidad. Cuando uno revisa los libros o diarios porfirianos destacan mucho más las similitudes con lo que el siglo XX consideró “nacionalismo revolucionario” que las diferencias: el PRI enriqueció poco, aunque enfatizó y potenció muchos aspectos, la idea liberal de nación que consolidó Don Porfirio.

          México estaba redefinido oficialmente no sólo por la Constitución del 57 y las Leyes de Reforma, sino con mayor extensión, ambición y minucia por la obra colectiva, dirigida por Vicente Riva Palacio, México a través de los siglos, cuya vigencia todavía se percibe en el siglo XXI.   Había un pensamiento liberal: laico, legalista, nacionalista, incluso estatista, que se complementaba con un discurso igualmente moderno de pretensiones científicas: el positivismo, que llegó a implicar una nueva religión y un nuevo conjunto de supersticiones y hasta dogmas científicos. La facción porfiriana privilegiada se denominaba precisamente Los Científicos. Los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, por lo demás, representan la consagración de ese pensamiento tanto político como filosófico o científico, que aquí parecía llegar a su culminación, aunque tanto el liberalismo como el positivismo ya se veían muy cuestionados en Estados Unidos y en los países de Europa donde habían surgido. Jurisconsultos, médicos, ingenieros, pensadores liberales-científicos, entre los que destacaba con mucho Justo Sierra, coronaban finalmente una ilustración mexicana moderna.

          Por esos años ocurre asimismo un gran movimiento poético latinoamericano, iniciado por el nicaragüense Rubén Darío, aunque ya había tenido antecedentes en el cubano José Martí, el colombiano José Asunción Silva y el mexicano Salvador Díaz Mirón, llamado Modernismo en alusión tanto a la Revista Moderna, el órgano mexicano que la divulgó, como a sus ideales de poner al día la cultura latinoamericana con la parisina.

Influida especialmente por el romanticismo y el simbolismo francés, así como por esa rama del simbolismo que se consideraba decadentismo o poesía maldita, esa poesía exigía una factura ambiciosamente artística, con mayores retos formales, gramaticales y retóricos, que pocas veces antes se habían impuesto entre nosotros. El metro, la música, el léxico alambicados, algo raros o novedosos, así como las invenciones atrevidamente sensuales, simbólicas, demonistas, esotéricas distinguían ese movimiento que tuvo como primer capital a Buenos Aires y, luego, a México.

Fueron muchos los poetas modernistas,  un estilo y una tendencia poéticos que duraron al menos hasta la muerte de Amado Nervo, su mayor exponente local, y que después siguieron influyendo en la cultura nacional a través de varias generaciones de poetas decadentistas o postmodernistas y sobre todo de letristas de boleros, como Agustín Lara. Es también esa época y escuela poéticas, la modernista, la única que verdaderamente llegó a un público amplio y duró mucho tiempo, aceptando que, desde luego, el modernismo adecuaba a sus ideales estilísticos mucho romanticismo.

          Por estos años, además, se decanta la corriente realista en la narrativa que ya habían cultivado los escritores románticos como Inclán, Payno, Riva Palacio y Frías, y aparece un buen número de novelistas y cuentistas que cantan, con acentuado tono localista, la vida ranchera o provinciana, e incluso los comienzos de las sociedades urbanas modernas. Pienso en  Cuéllar, Castera, Rafael Delgado, José López Portillo y Rojas, Angel de Campo Micrós. Federico Gamboa, más conocido por la mexicanización de la Naná de Zola en Santa, trató de naturalizar la principal moda francesa en la narrativa: el naturalismo. Otros, como Victoriano Salado Álvarez, intentaron unir historia y novela, un poco a la manera de Galdós, en su cadena de Episodios Nacionales, que narran toda la vida del México Independiente; o bien, como Luis González Obregón, continuaron la forma romántica de las “tradiciones”, pequeños relatos con factura artística pero asimismo con importante esencia histórica y documental, en sus relatos colonialistas del México viejo.

Todas estas tendencias seguirían prosperando a lo largo del siglo, con sus innovaciones particulares: el realismo criollista, provincianista o folklórico, también ayudó durante medio siglo a los narradores de la Revolución mexicana, especialmente Mariano Azuela y Martín Luis Guzmán; hubo toda una corriente de escritores colonialistas que prosiguieron el relato o la invención del México virreinal, especialmente Genaro Estrada y Artemio de Valle-Arizpe, y ya no sólo en los libros, sino también en discos, en la radio y el cine, se prosiguió el canto de una provincia mexicana idealizada de rancheros románticos, que llega al menos hasta Pedro Infante.



LAS LECCIONES DE LA REVOLUCIÓN



Frente al paisaje del país destruido, empobrecido, ensangrentado, desolado por las batallas revolucionarias, el poeta Ramón López Velarde encontró una “novedad de la patria”. Lo que quedaba de la patria una vez desvanecidos los grandes aparatos y negocios del poder porfiriano, sus promesas y ritos monumentales, sus mitos, órdenes y prestigios. Descubrió que al desaparecer el enorme milagro porfiriano quedaba todavía bastante patria, si se la sabía ver con ojos modestos, íntimos y sensatos. Quedaba la patria rural y pueblerina de cada día, sus episodios familiares y callejeros, los trabajos y gustos elementales. Fue a esa patria, equidistante tanto de la pomposidad porfiriana como de los estrépitos revolucionarios, a la que se decidió a cantar.

          Las tremendas batallas de la revolución, sus muertes y destrucciones frecuentemente tan desproporcionadas como inútiles, todas esas matanzas de pobres contra pobres sin mucha idea de por qué se combatía, toda la destrucción de la ardua obra material de labrantíos, edificios, puentes, minas despedazados porque sí, que se acompañó de largas épocas de hambruna, carestía, escasez, coincidieron con la Primera Guerra Mundial, de modo que el país quedó aislado, y en ese aislamiento las facciones se encarnizaban cada vez más y cada vez con menor sentido, hasta que la muerte, el hambre, las enfermedades desgastaron a la sociedad.

          La lógica oficialista de la revolución mexicana no prendió en la población sino hasta las épocas del cardenismo y del PRI, cuando se elaboró una complicada explicación de la necesidad de la lucha de los buenos, los oprimidos y los pobres contra los malos, los opresores y los opulentos. En la realidad de su circunstancia, casi siempre los supuestos buenos,  oprimidos y pobres se entremataron y se entredestruyeron unos a otros, mientras que los supuestos malos, opresores y opulentos consiguieron o salir del país con sus grandes fortunas o sobrevivir en el caos, a ratos incluso encabezándolo, rodeados de guardias que los protegieran.  Durante los años belicosos y en los inmediatamente posteriores, la apreciación que tuvo de todo ello la cultura fue de un caos delirante y desencadenado.

          Pese a todo, quedaban a la vista suficientes lecciones que se imponían por sí solas. Una de ellas era el gran olvido en que la sociedad mexicana, sus estratos ilustrados al menos, se tenía a sí misma sobre todo en sus perfiles populares, indígenas, campesinos, pobres, pueblerinos, arcaicos; en su entusiasmo por modernizarse a la manera francesa o norteamericana, se había anticipado demasiado y se pensaba como otra cosa harto diferente de lo que era en realidad. Se imaginaba con otro color de piel, otra talla, otras costumbres, otra cultura, otras necesidades. Y las desdichas revolucionarias la devolvían a su auténtico perfil, bastante parecido al de sus padres y sus abuelos. Había pues que volver a verse como indígenas o mestizos, o incluso como blancos ya muy comprometidos con los indígenas y mestizos, y no como esos fantoches ideales de simples europeizados.

Reaprender el modo de vida de la pobreza, o al menos de la modestia, y de las dimensiones aldeanas, a veces serranas, a veces tropicales, a veces áridas o montañosas; reasumir los colores y las formas del entorno, los alimentos, las costumbres que mal que bien habían funcionado durante generaciones, incluyendo las de la muy peculiar religión mexicana, que escandalizaba desde luego a los católicos europeos o norteamericanos. Reaprender la patria verdaderamente familiar, y no la de la propaganda política o comercial que se les había vendido y que había terminado por usurpar todo el espacio.

          Este es el sustrato de las diversas corrientes culturales y artísticas que, con mayor o menor talento, habría de surgir de la época revolucionaria y prevalecer hasta mediados del siglo XX: el descubrimiento del México cotidiano, ancestral, familiar o contiguo. No se trataba de una lección muy novedosa. Tenía hondos antecedentes.

Buena parte del nacionalismo, popularismo o folklorismo al que se recurrió entonces no era sino una actualización de instancias anteriores, de la Colonia o del siglo XIX, cuando las crisis económicas o sociales, o bien la mera realidad, invitaba a los estratos medios e incluso altos de la sociedad mexicana a “acriollarse”, a acogerse en lo que se les ofrecía de manera natural, fácil y barata,  en lugar de atenerse a los rigores exclusivistas de las normas europeas. Casi siempre esos estratos altos y medios tuvieron un gusto indiano o mexicanista en la comida, la ropa, los muebles, el habla, el trato con las diversas razas, castas o clases: buena parte de la imaginería del muralismo y de la escuela mexicana de pintura del siglo XX, ya existía en las artes coloniales o en el costumbrismo decimonónico.

          Otra novedad de la revolución fue una costumbre del pasado: la atracción por caudillos-bandidos, generalmente de origen popular y no tanto, como ocurrió en otros países latinoamericanos, de la casta militar. Muchos bandoleros, rebeldes y amotinados coloniales anticiparon los perfiles de Hidalgo, Morelos y Guerrero, y continuaron en los guerrilleros de la Reforma y el Porfiriato, del tipo de Heraclio Bernal, para reaparecer en Villa y Zapata. La ideología de esos caudillos era sucinta, popularista, el elogio del pobre y del oprimido, con resabios evangélicos, por más que sus intelectuales trataran de acercarla a corrientes teóricas anarquistas, agraristas, sindicalistas, socialistas o masónicas. La ideología era la identificación de la masa con el caudillo, un tanto monárquica y otro tanto clerical: esos caudillos eran pequeños reyes y pequeños obispos, desde el siglo XVI hasta principios del XX.

          Sea como fuere, por su simple desmoronamiento, la modernización europea y norteamericana del Porfiriato cedió a la actualización de esas tradiciones: el popularismo local y su refugio en caudillos-alzados-bandoleros en épocas de crisis. De ahí el prestigio popular de personajes como Zapata y Villa, y el escaso arraigo de figuras más profesionalmente militares o políticas a la manera de Carranza y Obregón.

         

EL ATENEO DE LA JUVENTUD



Quienes eran jóvenes -estudiantes o profesionistas- en los últimos años del Porfiriato albergaban, más que críticas concretas, un disgusto crítico hacia el porfirismo, que les parecía un liberalismo y un positivismo envejecidos, que se perpetuaban momificados en el poder cultural, como Don Porfirio lo hacía en la presidencia. Leían las novedades europeas, que reaccionaban contra el positivismo (Schopenhauer, Nietzsche, Croce, Tolstoi) y sobre todo buscaban una renovación o rejuvenecimiento de la cultura nacional, que ya llevaba medio siglo con más de lo mismo.

Para ese fin organizaron, sobre todo en 1910, diversas actividades culturales que criticaran la cultura establecida y divulgaran novedades. Apoyados en el dominicano Pedro Henríquez Ureña, jóvenes mexicanos como Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Antonio Caso, Enrique González Martínez dictaron diversos cursos o conferencias con que pretendían inaugurar un nuevo ciclo de la cultura mexicana.

          Los dos mayores ensayistas mexicanos de la primera mitad del siglo XX, Vasconcelos y Reyes, surgen de este estímulo. Ambos estudiaron derecho, es decir, su preparación profesional era la de abogados (la más cercana a la humanidades, pues todavía no había carreras especializadas en letras, filosofía, ciencias sociales), y sólo como autodidactas consiguieron el camino filosófico el primero, y el filológico el segundo. Las vocaciones de ambos resultan un tanto azarosas.

         José Vasconcelos simpatiza con Madero y con un recambio del poder en México. Estas simpatías lo llevan, por la fatalidad de los acontecimientos, a participar en la Revolución Mexicana de parte de los sonorenses, aunque siempre tuvo reservas tanto sobre la violencia militar como sobre las novedades socializantes, estatizantes o corporativas de su política. Llegó a ser, casi nominalmente, ministro de Educación durante el casi simbólico gobierno de la Convención de Aguascalientes, pero su gran oportunidad le vino con el ascenso al poder del general Obregón, quien, como un rey de viejos tiempos, le dio mano libre en su ministerio casi sin comprender sus alcances. Primero como rector de la Universidad y luego como Secretario de Educación, Vasconcelos impulsa un asombroso proyecto de cultura e instrucción que trataba de redimir al pueblo de la violencia y de la miseria mediante la higiene, el alfabeto, los conocimientos y las artes. Fue más un milagro de genio que un proyecto práctico, pero dio resultados asombrosos en sus apenas cuatro años de gestión vasconceliana que siguen, al menos en teoría, respetándose a la fecha. Primero, no solo inundó de escuelas elementales el país, sino que les dio un poder y un marco de acción desusados, y que eran necesarios tanto por el empobrecimiento de la sociedad después de la revolución como por la gran cantidad de niños huérfanos, abandonados o con poca atención familiar: la escuela debía enseñar antes que nada el jabón; debía proporcionarles a los niños al menos un buen alimento al día, que para muchos alumnos sería prácticamente el único (los desayunos escolares). Los niños debían aprender, en el primer esbozo del proyecto vasconceliano, apenas los rudimentos de las letras y los números para entender las leyes, los contratos e incrustarse en el mundo moderno. Se habilitaron profesores en cualquier adulto (a veces, incluso adolescentes) que supiera leer y contar. Se proveyó de textos estatales -que ahora serían sin duda considerados piratas- a las escuelas con ediciones masivas de clásicos, antologías, manuales, revistas.

          En el proyecto educativo de Vasconcelos las artes no representaban una mera decoración de la vida, sino el centro y el motor mismo de la vida, la redención, lo que enseñaría a los niños a amar la vida y no la violencia. Otro nuevo golpe de genio (aquí espontáneamente auxiliado por los artistas a quienes convocó) fue el de revalorar las artes y culturales populares, que eran las más cercanas a los niños y al pueblo, de donde salieron el muralismo, la escuela mexicana de pintura, el estímulo artesanal, la redignificación de los rasgos raciales que apuntaban hacia lo indígena. Esa vanguardia artística mexicana o revolucionaria que lanzó Vasconcelos, aunque tenía algunos antecedentes en el Porfiriato y el romanticismo, perdura hasta nuestros días. De ella emergieron el Doctor Atl, Orozco, Rivera, Frida Kahlo... Incluso llegó a la música culta, con menor empuje, pero registró obras notables de Carlos Chávez y Silvestre Revueltas. Esta revaloración o reapropiación del pasado indígena también influyó en la arquitectura, en diversas industrias (vestido, cerámica), en el cine, el teatro, las canciones.

          Contemporánea de intentos similares de redención popular como los emprendidos por los rusos, de Tolstoi a Lunatcharski, o por diversos educadores europeos y norteamericanos, e incluso en cierta medida reminiscente de los frailes españoles del siglo XVI que tomaron en sus manos la educación de algunas comunidades indígenas, fue ésta, la vasconcelista, la mayor gesta cultural de la Revolución y la más estimada tanto nacional o internacionalmente, para sorpresa del propio presidente Obregón, quien sólo pensaba en cierto gasto en el rubro educativo y cultural como una mera medida de prestigio político para su gobierno. Así, en sus informes, no se advierte para nada que sea consciente de la hazaña educativa: dice de la pintura mural, por ejemplo, “En este período se han decorado algunos edificios públicos a bajo costo”.

          Así como Obregón no entendía a Vasconcelos, aunque aprovechaba  su prestigió (lo envió a varias embajadas en Norte y Sudamérica), Vasconcelos no quería entender a Obregón... hasta que resultó demasiado tarde. Rompió con él, renunciando a la Secretaría de Educación Pública, cuando se hizo evidente que el grupo sonorense se perpetuaría en el poder a través de Calles. Años después, en 1929, se lanzó como candidato antirreeleccionista a la presidencia, en una especie de cruzada antidictatorial y antimilitar más que en una formal campaña electoral. Aunque no es creíble que ganase las elecciones, pues la mayoría del territorio nacional estaba controlada por los caciques ya organizados de algún modo, incluso antes del Partido Nacional Revolucionario, en torno a la jerarquía presidencial-militar, logró un evidente apoyo especialmente entre las clases medias e ilustradas, que no se le reconoció. El fraude tan descarado lo llevó a una especie de rebelión simbólica y al exilio, desde donde escribiría libros tremendamente sarcásticos y críticos contra los triunfadores revolucionarios, especialmente Ulises Criollo, de 1935.

          Por su parte, Alfonso Reyes siguió un rumbo inesperado. Hijo de uno de los mayores prohombres del Porfiriato, en quien muchas veces se pensó como sucesor de don Porfirio, pretendía una vida dedicada a la filología y a las humanidades. La muerte de su padre cuando intentaba, en rebelión contra Madero, tomar Palacio Nacional, lo dejó unos meses en incómoda relación con el dictador Victoriano Huerta, quien lo pretendía como secretario, mientras terminaba su licenciatura. Apenas recibido, su apellido fue premiado por el dictador con un alto puesto diplomático en París, que le sirvió de poco, pues pronto cayó el dictador, Carranza invalidó todos sus nombramientos y, además, estalló la Primera Guerra Mundial. El anterior “príncipe” mexicano debió sufrir pobrezas en Madrid unos cinco años, donde se contrató como auxiliar del gran filólogo español Ramón Menéndez Pidal. Concluida la Revolución, fue integrado al cuerpo diplomático y tuvo altos puestos en España, Francia, Argentina, Brasil y diversos congresos y organizaciones internacionales. Así, en unos veinticinco años de lejanía del país, se construyó una imagen que sería próspera a mediados de siglo: la del “mexicano universal” que se movía cómodamente en la cultura europea y en la diplomacia internacional. Aunque hasta 1938 las labores profesionales de Reyes eran estrictamente diplomáticas, dedicó mucho tiempo a la escritura de ensayos literarios de depurada expresión, así como a la divulgación en América Latina de temas europeos y clásicos. De regreso a México, a la vez que participaba, al lado de Torres Bodet, en la fundación de diversas instituciones como el Fondo de Cultura Económica, el Colegio de México y el Colegio Nacional, decidió dedicar sus últimas décadas a la divulgación en lengua española de los estudios europeos y norteamericanos sobre la Grecia clásica. Hasta ese momento, fue el más moderno e internacional de nuestros escritores, si no el más estimado en el extranjero (donde Amado Nervo tuvo acaso mayor repercusión). La amplia obra de Reyes es muy vasta y diversa, pero sobre todo destaca su exigencia de estándares internacionales, más bien europeos, para el ensayo mexicano.

          A lo largo del siglo, veremos que diferentes generaciones se ven influidas por alguna disciplina u orientación fundamental. La economía política, la sociología, la poesía, cuando no el simple llamado del mercado o de las pautas de las instituciones públicas y privadas fundamentales (que pidieron argumentos en favor del nacionalismo democrático y en contra del nazismo o del comunismo, por ejemplo). En el Ateneo de la Juventud, que reunió jóvenes humanistas de todas las disciplinas culturales: una generación de letrados profesionales más que de artistas o de ideólogos, advertimos como fuente esencial, con todo y sus contradicciones, la nueva filosofía idealista -o como quiera llamarse a la variedad de escuelas filosóficas opuestas al positivismo, especialmente inglesas, alemanas y francesas-, de ahí el magisterio ahora poco comprendido del filósofo más riguroso de su momento, Antonio Caso. Las obras de Reyes, de Vasconcelos, incluso la de González Martínez, aunque tengan otros méritos artísticos, filosóficos o ideológicos, no esconden esa ambición juvenil de los ateneístas de fundar una filosofía moderna en México. González Martínez le pedía más pensamiento a los poemas. Reyes y Vasconcelos escribieron libros de divulgación y experimentación filosóficas durante toda su vida, hasta poco antes de su muerte. Los nombres Schopenhauer, Nietzsche, Stirner, Croce, Bergson, Russell, Husserl, Whitehead, Toynbee,  iluminan a los ateneístas incluso cuando parezcan no hablar de filosofía, sino de cualquier otro asunto.



LA NOVELA DE LA REVOLUCIÓN



Nada más natural que narrar las guerras civiles. Ya lo habían hecho durante el siglo anterior muchos novelistas. El primer rasgo que habría que considerar de la llamada “Novela de la Revolución”, y especialmente en lo que concierne a sus dos mayores exponentes, Mariano Azuela y Martín Luis Guzmán, es que se trató en origen no de una conmemoración de esa revolución y de sus líderes, sino de una feroz crítica de su violencia. El ciclo lo inaugura Los de abajo (1915) de Azuela, con una descripción excepcionalmente apta y vívida de la crueldad, el absurdo y las condiciones miserables de las tropas villistas. Azuela dedicaría varios títulos a esas guerras, y muchos otros a la nueva sociedad moderna, con igual filo crítico. En realidad es un gran representante mexicano del realismo hispánico que se abandera en Pérez Galdós, aunque intentó frecuentar muchas fuentes y procedimientos.

          Martín Luis Guzmán, alguna vez secretario de Villa, tiene digamos dos vertientes en lo que respecta su tarea de novelar la revolución: la muy crítica, en El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, donde la narración está muy cerca de la crónica de la violencia y en ambos libros predominan, más que tramas novelescas, aspectos históricos poco disfrazados de esos años. A diferencia de Azuela, quien prefería cierto estilo pueblerino o provinciano, conversador, de realista algo apresurado, Guzmán es ya un intelectual ambicioso, un ensayista, un estilista de ambiciones estéticas superiores. El tono crítico de la Revolución se difuminó a su regreso a México, después de la guerra de España, cuando se dedicó a defender la memoria de Villa en unas llamadas Memorias de Pacho Villa y sobre todo a rescatar, ya sin crítica, casi con un impulso estatuario digno de las Vidas paralelas del helenístico Plutarco, las muertes de dos caudillos: don Porfirio y Carranza, en Muertes históricas.

          El tema de la Revolución Mexicana es, hasta la fecha, el más numerosa y felizmente tratado por la narrativa mexicana de todos los tiempos. Unas cuatro generaciones de escritores, de 1915 a los años ochentas, e incluso hasta la fecha, siguen abrevando en él. Si en un principio predominó la crítica de las matanzas, posteriormente los novelistas quisieron reivindicar al pueblo que guerreaba, su modo de vida, sus valores, su folclore, sus peripecias. sus mitos y sus caudillos. Es curioso que de todas las facciones revolucionarias, la preferida por la enorme mayoría de los novelistas sea la norteña, y en ella fundamentalmente la leyenda villista.

          A mediados de siglo el tema se depuró y encumbró con ejercicios estilísticos e ideológicos novedosos en cuatro novelas que por entonces constituían un orgullo nacional: Al filo del agua (1947) de Agustín Yáñez, Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo, y La región más transparente (1958) y La muerte de Artemio Cruz (1962) de Carlos Fuentes.

          Muy cercanas en estilo, en procedimiento e inquietudes con este realismo de la violencia guerrera de las novelas de la Revolución Mexicanos, surgieron otras novelas sobre muy diversos casos de violencia e injusticia social, desde todos los frentes, desde la llamada novela cristera hasta los relatos de autores comunistas; protestas contra caciques, recuperaciones antropológicas o reivindicaciones de pueblos indígenas, etcétera. En cierta manera, todo ello forma una sola corriente: el realismo campirano, de origen más o menos romántico -Astucia, de Inclán; Los bandidos de Río Frío, de Payno; Tomóchic, de Frías- que ya había interesado a la cultura mexicana del siglo XIX, y que incluso sigue en nuestros días, cuando hemos visto novelas históricas sobre tiempos virreinales, independentistas, santannistas, o del Imperio, o sobre rebeliones indígenas, e incesantes reciclajes de los caudillos de las guerras mexicanas, especialmente la Revolución.

          Frente a este conjunto, desmerecen un poco -a pesar de muchos logros particulares- intentos modernizadores de novelas urbanas, eróticas, intimistas o filosóficas, que todavía parecen primeros intentos de escapar del imperativo tema local -el realismo campirano, racial, violento- en busca de los temas de la literatura europea.



EL MURALISMO Y LA ESCUELA MEXICANA DE PINTURA



Mucho más trascendentes y afortunadas, tanto localmente como en el exterior, que la literatura, fueron los artes plásticas de acento nacionalista y revolucionario. Provienen del romanticismo, donde a imitación de los chulos y de las manolas españolas, pintamos nuestros chinacos y nuestras chinas poblanas. Saturnino Herrán logró, más allá de cualquier ideología, cuerpos señeros tanto del criollismo (sus tehuanas), del indigenismo (sus efebos prehispánicos), del popularismo (sus devotos en procesiones religiosas). Venían también del romanticismo el culto al paisaje, que ya había logrado culminaciones con Velasco y Atl, pero que siguieron presentes en todo el período de la pintura figurativa y nacionalista, es decir, hasta mediados del siglo XX, cuando aparecen los poetas geometristas, abstractos o experimentales de “la generación de la ruptura”.

          Siempre ha habido muralismo en México y en el mundo. Hay murales dentro de los edificios prehispánicos, en las capillas y conventos novohispanos, en los palacios y oficinas porfirianos. Lo novedoso fue el énfasis ideológico (de crítica al viejo régimen, cuando no de propaganda clara a la revolución y al comunismo) y ciertos alardes formales que alejaron la pintura de sus primeros modelos clásicos (que en Diego Rivera, por ejemplo, provenían del Renacimiento Italiano, como podemos verlo en “La Creación” del anfiteatro de San Ildefonso) para configurar grandes cartones o carteles que a ratos semejan caricaturas, monotes publicitarios, escenografías teatrales. Aunque los varios muralistas mexicanos reflejaron diversas tendencias ideológicas y formales, los unificó esta aventura de murales modernos, con formas del siglo XX, que ya no reflejaran directamente las formas históricas o clásicas, por lo que causaron impresión en todo el mundo. Tal vez ninguna aportación moderna de la cultura mexicana tuvo la recepción mundial que los murales, especialmente entre los años veinte y cincuenta.

          Los muralistas eran también pintores de caballete. Hubo mucha pintura nacionalista, folclórica, de caballete en el siglo XX, que aprovechó la revaloración vanguardista, surrealista, que se había hecho de las pinturas de los niños, de los locos o de los “primitivos”, para crear un estilo deliberadamente naif y local en formas y colores. Son un poco parientes del pop art publicitario norteamericano, que también en sus anuncios espectaculares simplificaba las figuras y exageraba los colores. Abraham Ángel, Manuel Rodríguez Lozano, Frida Kahlo, María Izquierdo, Julio Castellanos, Pablo O’Higgins, Agustín Lazo, Rufino Tamayo, Juan Soriano, Francisco Toledo son algunos de los nombres representativos de esa pintura que hizo de México un país de particular importancia en el mundo, muy superior a sus logros en otras artes. Los pintores, de hecho, constituyeron la vanguardia de las artes mexicanas en la primera mitad del siglo XX, y sólo posteriormente y como excepción se hablaría de otras vanguardias artísticas, como la música de Carlos Chávez y Silvestre Revueltas, que en realidad empezó a ser estimada por el público (y no sólo por los propios colegas) hasta finales del siglo.



VANGUARDIAS EUROPEAS CULTURALES Y POLÍTICAS; ESTRIDENTISMO, CONTEMPORÁNEOS



Aunque de hecho las vanguardias literarias europeas, especialmente el cubismo, el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo, no aparecieron formalmente en México sino a mediados de los años veinte, cuando se produjo la versión local del ultraísmo español, que llamaron “estridentismo”, ya encontramos un sesgo vanguardista desde una década antes en algunos poemas de Tablada y posteriormente de López Velarde, influidos por Laforgue, Apollinaire y sobre todo por el argentino Leopoldo Lugones.

Lo primero que anotaríamos es la ruptura sentimental. Después del auge emotivo de un Amado Nervo, López Velarde canta y registra una emotividad y un pensamiento mucho más complejos con un estilo irónico, que abusa con fines paródicos de rimas chuscas, imágenes populares, dobles sentidos, estampas provincianas o naïves, siempre a medio paso entre la risa y el llanto o el terror. Menos complejo pero igualmente eficaz, es el uso de los haikais japoneses en Tablada, que en realidad son más bien chistes o greguerías sobre asuntos locales. La poesía mexicana entonces declina sus fastos modernistas de lujo, ostentación artesanal, videncia, emotividad exaltada, religiosidad a toda pompa, por un minimalismo irónico, crítico, desencantado y sin embargo mucho más franco y entrañable que muchos textos modernistas y románticos. Además del lamento jocoserio de sus cuitas, en López Velarde encontramos la modernidad del poeta crítico y exigente que busca e inventa nuevos caminos y percepciones. Su minimalismo o detallismo tuvo una enorme repercusión como asunción y dignificación de lo propio, de la vida local, a pesar de los desastres y desencantos revolucionarios, y la Suave patria, por ejemplo, muestra un paisaje irónico y conmovido del país y de la sociedad realmente existentes, con toda su modestia, sus cariños y sus risas, en lugar de alegorías artificiosas y operísticas.

          Los “estridentistas” importan menos como literatura que como historia literaria: son un signo, poco valioso en sus textos concretos, del impacto vanguardista europeo. Menos estridentes, los Contemporáneos -Pellicer, Novo, Gorostiza, Villaurrutia- atemperan las extravagancias modernistas con una alianza con otras estéticas, como el regusto modernista en Pellicer, o la seriedad de Valéry y Gide en la composición de Gorostiza y Villaurrutia; Novo admitió además la influencia, desusada en México, de las vanguardias norteamericanas y su poesía prosaísta e imaginista. Estos cuatro poetas elevaron la poesía mexicana a estándares que nunca más han sido alcanzados, sino excepcionalmente por sucesores como Paz y Sabines.

          Contemporáneos es una generación difusa -los une la edad y la seriedad de su arte, pero todos los miembros se diferencian en estéticas, ideologías y trayectorias- que dominará toda la primera mitad del siglo XX con exigencias intelectuales desusadas, y con una actitud muy crítica tanto frente a las artes como frente a la política, lo que los volvió escritores muy incómodos para el Estado (que al cabo, sin embargo, terminó absorbiendo a muchos de sus integrantes) como para diversos sectores sociales. La ferocidad con que fueron atacados no se ha vuelto a ver: por ejemplo, el episodio del linchamiento mediático y gubernamental contra Jorge Cuesta y su revista Examen.

          Varios Contemporáneos se interesaron por las artes plásticas y el teatro. Novo añadió su extraño maridaje de arte y periodismo en las crónicas. Pellicer conservó mucho empuje modernista e incluso romántico en su nueva apropiación del nacionalismo y del paisaje. Todos en algún momento practicaron una poesía analítica, crítica, intimista, en lugar de la declamación o la ostentación verbales, que tampoco estuvieron ausentes. Gorostiza y Cuesta intentaron incluso propuestas filosóficas. La poesía intelectual de Octavio Paz sería impensable sin el antecedente de Contemporáneos, del mismo modo que el intimismo y la emotividad de Sabines recuerdan no pocas veces a Pellicer, aunque desde luego los nuevos poetas también recibían influencias europeas e hispanoamericanas.



LA MODERNIDAD NACIONALISTA, EL MILAGRO MEXICANO



Hacia 1939, es decir, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial no sabíamos que estaba ocurriendo un Milagro Mexicano, del que empezó a hablarse en los años cincuenta. Había una mezcla de descontento y de esperanzas con respecto al Estado postrevolucionario. Sin embargo, la paz postrevolucionaria y sus instituciones -la Secretaría de Educación Pública, las universidades, el Colegio de México, el Colegio Nacional, el Servicio Exterior- habían hecho posible un florecimiento desusadamente exitoso en muchas artes, especialmente las plásticas y literarias, aunque algo importante también se había avanzado en música, filosofía, teatro, cine.

Durante los años cuarenta, en la calma y el limbo en que quedó México durante la Guerra, esos frutos destacaron como una nueva atmósfera y casi una nueva cultura nacional, de las que se ennorgullecían tanto la sociedad como el Estado. Es entonces cuando se multiplican los estímulos gubernamentales, y en mucho menor medida, los privados, a las artes y las letras, que crean la ilusión óptica de un Estado Mecenas sumamente preocupado por la cultura nacional. Podríamos decir, más bien, que se trataba de un Estado necesitado de prestigios con los cuales mitigar las críticas a que se veía sometido por los hechos revolucionarios y por el sistema ineficiente y corrupto de las corporaciones estatistas de lo que se empezó a llamar el PRI, y cuya sombra se deja sentir durante toda la segunda mitad del siglo, aunque ya sin el entusiasmo ni los éxitos anteriores. Ese rico panorama es, sin embargo, el que permite los grandes títulos de los años cincuenta, como los títulos de Paz, Rulfo, Arreola, Fuentes, Sabines, Garro; primero Tamayo y algunos pintores ligados a Contemporáneos, como Agustín Lazo, y luego la denominada “Generación de la Ruptura” reaccionarán contra la ideología y la estética del muralismo y de la escuela mexicana de pintura desde los años cincuenta, época en la que aparece -no sin antecedentes- la necesidad de registrar en la narrativa la vida urbana y el intimismo moderno de personajes urbanos -erotismo, psicologismo-, que ya querían oponerse a los emblemas folklóricos anteriores. La propia ideología estatal se ve puesta en tela de juicio por varios frentes desde 1948, cuando tanto el demócrata Daniel Cosío Villegas como el comunista José Revueltas declaran difunta a la Revolución Mexicana, que era como declarar extinta la justificación esencial del régimen imperante.

          Aunque llegaron por lo general muy rápidamente a México las innovaciones culturales y tecnológicas europeas y norteamericanas -el cine, los discos, el teléfono, el telégrafo, el automóvil, la radio, la televisión-, la severa desigualdad social y sobre todo la miseria y la marginación rurales impidieron que estas novedades adquirieran antes de 1940 la fuerza que ya tenían en el resto del mundo. Las artes, los oficios y las instituciones antiguas siguieron prevaleciendo más que las grandes novedades del siglo veinte -la oratoria, la poesía, la pintura, el periodismo, la escuela, el púlpito-, y nos documentan mejor el espíritu de la sociedad mexicana que las nuevas formas tecnológicas y culturales hasta esa fecha. Entonces, cuando despega lo que se llamaría el Milagro Mexicano, cobijado por dos décadas de relaciones excepcionalmente favorables con los Estados Unidos, la Modernidad impone rápidamente su dominio, de modo que para la segunda mitad del siglo XX serán el cine, la radio, la televisión, la comunicación masiva, las nuevas tecnologías y el contagio casi inmediato con el modo de pensar occidental, especialmente norteamericano, los que guíen la cultura nacional, incluso entre los sectores menos ilustrados y hasta analfabetos. Para entonces las artes y humanidades tradicionales empezarán a ocupar un rango subalterno, aunque todavía prestigioso, en la vida del país.



DE LA REVOLUCIÓN PERMANENTE A LA CRISIS PERMANENTE



El proyecto modernizador de los gobiernos posrevolucionarios gozó de cuatro décadas de éxito y esplendor en el campo de la cultura; ya perfectamente establecido y hasta entronizado al fin de la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en el ideología, credo y ritual oficiales hasta, al menos, los temblores de 1985. No sin ironía se aplicaba el lema trotskista de la Revolución Permanente. Es decir, una vez institucionalizada por el PRI, la revolución se encauzaba en burocracia, en clase política, de manera infinita, eterna, hasta la consumación de los siglos.

          Todo parecía reconciliarse en el Modelo Mexicano en cuestiones de cultura. Lo universal se aliaba a lo nacional, la tradición a la ruptura, lo arcaico a lo presente. El culto a los milagros prehispánicos en continuos homenajes ultramodernos, con arquitecturas y tecnologías mediáticas supersónicas. La identidad nacional absorbía las pautas europeas y americanas más recientes, como en las obras de Octavio Paz y Carlos Fuentes, esa especie de dualidad sacramental de la segunda mitad del siglo, a la que solían acompañar figuras como Tamayo, una redescubierta Frida Kahlo (siempre admirada por los conocedores en México, pero cuyo culto protagónico empezó sólo en los años ochenta), Toledo; Chávez, Silvestre Revueltas (también rescatado del culto de unos cuantos enterados para protagonizar continuas actualizaciones apoteósicas también a partir de los ochenta).

          Algo, sin embargo, empezaba a desentonar: en la literatura, por ejemplo, el panorama urbano de las clases medias y las nuevas costumbres sentimentales, eróticas y culturales ya se diferenciaban demasiado de los textos de la primera mitad del siglo. Con García Ponce, Elizondo, Pitol, José Agustín, Luis Zapata, Enrique Serna se va configurando una narrativa diversa, propia de los nuevos tiempos.

          En las artes plásticas, aunque se siguió insistiendo en la iconografía de los muralistas y la Escuela Mexicana de Pintura, ya sin grandes talentos originales, pero con mucha nostalgia de los recicladores en la fotografía, el dibujo, el collage, el pastiche, la instalación. Formas nuevas con guiños al arsenal antiguo. Primero el abandono de la anécdota o la propaganda, y luego incluso de la propia figuración, apareció una vasta gama de imágenes más o menos abstractas, geometristas, neoexpresionistas, neoimpresionistas, revisionistas y sobre todo la interplástica o la plástica de alusiones, citas, parodias, adaptaciones, correciones a la imaginería antigua, hasta sucumbir en varias décadas de las llamadas “instalaciones” que con el nombre de happenings ya habían ocurrido en los años sesenta, y con cualesquiera otros nombres se habían insinuado desde las exposiciones más o menos surrealistas de los años treinta.

          Quizás lo más significativo de las últimas décadas del siglo XX es lo que malamente se ha llamado “cultura popular”, que permite una incorrecta asimilación con la antropología o el folklore, cuando debía llamarse a la manera norteamericana: “cultura pop”. A diferencia de los huapangos, corridos o rebozos de la cultura popular, que eran cultura en la que el pueblo sí tenía participación importante, en la “cultura pop” tenemos una industria del entretenimiento, de la publicidad, de la propaganda, de la técnica moderna que no se dirige a pueblo alguno, sino a consumidores cautivos. Es esa cultura de telenovelas, películas, videos, historietas, carteles, baladas, rolas gruperas, reguetones en estadios. Cultura, entretenimiento o publicidad para las masas creada, dirigida y administrada por industrias, a veces monopólicas, del entretenimiento y de la información. Como en otros países, esas formas y contenidos arrasaron con sus antecedentes por la propia fuerza de los medios electrónicos y masivos con que se lanzan, y por el reconocimiento de las masas ante esos medios y esas tecnologías que los identifican como seres ultramodernos en un mundo ultramoderno.

En ese nuevo absoluto pop los contenidos de adoración a la modernidad tecnológica, de hedonismo frenético, de exageración de los sentidos, de anarquismo efectista o atávico, de desplantes orgiásticos con rituales de sexo y droga, casi siempre ataviados con efectos de violencia, conforman el entretenimiento exacerbado de las masas de finales de siglo.

En el terreno ideológico, el desmoronamiento de la ideología anterior no produjo nuevos mensajes, salvo la negación de aquella ideología nacionalista, estatista, priísta. En lo que se dio por nombrar “transición democrática”, una transición que ya ha transitado más de treinta años, primero se retomaron todo tipo de categorías teóricas de la sociología europea, desde la Sociedad Civil de Gramsci, hasta los truísmos o tarabillas de la democracia electoral, que suelen resolverse en que la verdad es simplemente numérica, estadística, y que sólo se expresa en urnas y sondeos de opinión. Todo ello, desde luego, acompañado de legislaciones abundantes sobre derechos civiles y derechos humanos adoptados casi sin adaptación de los que se establecen en las legislaciones modernas de Occidente, especialmente la norteamericana y la española.

Con precisión un tanto chocante, el PRI, y con él toda la corriente del nacionalismo revolucionario del siglo XX, perdió la presidencia de la república en el año 2000, aunque conservó el poder en buena parte del mapa y de la sociedad. Pero ninguna opción la reemplazó. En realidad, nadie venció al PRI, como nadie venció al comunismo soviético: simplemente se pudrieron y se derrumbaron. Las opciones ideológicas de izquierda y derecha, aunque menos desprestigiadas que las del PRI, en la práctica resultaron igualmente anacrónicas: buena parte de sus reivindicaciones provienen al menos de los años treinta, cuando se conformó el PAN; las izquierdas, ya sin socialismo, hubieron de recurrir a un popularismo filantrópico o demagógico muchas veces rastreable en el siglo XIX, o antes, como el apego a la buena voluntad cristiana o franciscana de los caudillos iluminados y redentores en beneficio de los pobres y los desprotegidos. Se diría que el compás de espera entre una época y otra se hace esperar demasiado. Sea como fuere ni por el centro, ni por la derecha ni por la izquierda, el pasado es fácil de restaurar: su ciclo desgastó todas esas corrientes y sólo plantea interrogantes, esperanzas, desilusiones, caos espiritual.

En ese mar revuelto, sin embargo, se han ido incorporando, más por inercia de la modernidad occidental que por voluntad local, muchas formas de la vida social contemporánea, generalmente sólo establecidas como esperanzas propiciadoras en muchas leyes: derechos humanos, derechos civiles, feminismo, ecología, protección al menor, protección a la salud, etcétera.

El siglo XXI inventará su propia historia, claro, pero pareciera que se está tardando mucho en asentar sus trazos definitorios.