lunes, 1 de mayo de 2017

MANN, EL CERVANTINO

MANN, EL CERVANTINO

Por José Joaquín Blanco


Thomas Mann, acosado por los nazis, abandonó Alemania el 11 de febrero de 1933. El 19 de mayo se embarcó a los Estados Unidos, en una gira de conferencias. Durante los diez días de viaje en trasatlántico llevó un diario en el que narraba los pormenores de la vida en el barco y sus comentarios de lectura. Iba leyendo el Quijote, en la traducción alemana, que califica de espléndida, de Ludwig Tieck.
         ¿Por qué precisamente el Quijote? Para escribir un gran ensayo. El ya nobelizado Mann, famoso en el mundo entero como novelista, traía la espina enterrada de su fracaso en el ensayo, especialmente sonado con su ultrapolítico libro Reflexiones de un hombre impolítico (1918) y diversas conferencias y escritos en periódicos y revistas.
         No es inexplicable ese fracaso. El pensamiento de Thomas Mann fue las más de las veces confuso, altanero, esnobistamente conservador (reaccionarismo chic) y escandaloso. Sobre todo confuso: a veces defendió el autoritarismo y la guerra, a veces la democracia y la paz. Arbitrariamente calificaba de “sano” o “enfermo” cuanto le venía en gana. Casi siempre dijo las cosas impropias en momentos inoportunos. Aunque tuvo el tino de prever con ejemplares claridad y pánico los horrores del nazismo, sus escritos también mostraban un odio high brow, algo anacrónico y cascarrabias, a la modernidad, al pensamiento y a la cultura del siglo XX, a las vanguardias literarias, a la izquierda y a las pasiones de su tiempo. ¡Con cuánta belicosidad odiaba a Bertold Brecht el pacifista Thomas Mann!
         Un odio tieso, aristocrático y académico. No abundaban en sus ensayos la generosidad, la compasión, el sentido del humor ni el hambre de vida de sus novelas. Quizás había dos Thomas Mann, que él luchaba por unificar: el amplio y revolucionario narrador, creador e inventor de nuevas realidades, y el estrecho ensayista, nostálgico de la ilustración de sus profesores y de la Edad de Oro del orden alemán anterior a la Primera Guerra Mundial.
         En sus ensayos, artículos, conferencias, diarios y cartas regaña, insulta, simplifica, excomulga y maldice con una intemperancia y un desprecio aristocráticos casi inconcebibles en el libérrimo inventor de Los Buddenbrook. A ratos el más que “decadente” autor de La muerte en Venecia se pone a ensalzar las buenas costumbres y el sometimiento a la moral burguesa como un rutinario pero energúmeno predicador luterano. Sospecho que lo mismo ocurría en sus conversaciones, que tan dolorosos conflictos le provocaron con su hermano Heinrich y con su hijo Klaus. Los admiradores de sus novelas preferían desconocer que existían sus ensayos.
         Pero no había contradicción de fondo. Era el mismo Thomas Mann: soberano, profundo, innovador en las novelas; y novato, improvisado en el ensayo: seguidor de la vieja tradición intelectual alemana de los dómines, e incontinente denostador de algunos rebeldes, como Nietzsche, a los que en el fondo admiraba, pero que inevitablemente lo hacían rabiar y a quienes con clic automático culpaba de todos los males de su tiempo. Baste recordar, en un mismo libro, los “intelectuales” rollazos indigestos de Naphta y Settembrini, al lado de las culminantes escenas de la tormenta de nieve o de la radiografía amorosa de La montaña mágica.
         Pero Thomas Mann intuía que, sencillamente, no le había concedido al ensayo el trabajo y la pasión que desbordaba en los relatos; que sus ensayos eran diferentes a las novelas no porque los orientara otro pensamiento, sino porque estaban menos trabajados y vividos, y se propuso aprender a ser un buen ensayista. Un ensayista que mereciera estar al lado del novelista Thomas Mann. No lo lograría, pero avanzaría mucho a partir de los años viente con sus estudios de Goethe, Wagner, Schiller, Chéjov, Miguel Ángel, Schopenhauer, Nietzsche y Freud.
         El Quijote era otra de sus ambiciones ensayísticas. Por desgracia, no escribió el gran ensayo cervantino que ambicionaba, pero sí un notable cuaderno con notas de lectura: Meerfahrt mit Don Quijote, traducido al castellano como Travesía marítima con Don Quijote (Madrid, Ed. Júcar). Diez días de un diario de lectura a bordo del trasatlántico, del 19 al 29 de mayo de 1933.
         Además, Mann buscaba en Cervantes inspiración para su nueva manera de narrar: la novela de ideas o de mitos, de José y sus hermanos, Lotte en Weimar y Doktor Faustus, y para sus intentos de una narrativa esencialmente cómica (Félix Krull el impostor; pero también pasajes de José y Lotte), y una nueva inspiración moral, la del hombre renacentista dotado de no sé qué mitologías de la bondad cristiana que ve resplandecer, más que en nadie, en ese Cervantes que ama a los desprotegidos y a los perseguidos (los moriscos) sin llamar a la guerra contra el rey ni contra la nobleza española de su tiempo. Don Quijote como un humanitario no-revolucionario, un humanitario sin incendios, que no convoca a ninguna hostilidad sino a un profundo respeto apacible y bondadoso por la naturaleza humana en toda su diversidad, asumiendo las palizas que se niega a dar otros (aunque haga la finta de arremeter contra ellos lanza en ristre: ya sabemos que resultarán molinos de viento o borregos), incluso a sus enemigos: “y precisamente en su unión psicológica, en su humorístico entrecruzamiento [de la humillación y el ensalzamiento del ingenioso hidalgo] se manifiesta en qué alto grado el Quijote es producto de la cultura cristiana, de la psicología y humanidad cristianas, y lo que el Cristianismo, pues, significa eternamente para el mundo, para la creación poética, para lo específicamente humano” y bla bla bla pum pum bla bla... ¡aghhh!
         Thomas Mann aborda algunos de los puntos centrales del ingenioso hidalgo. Por ejemplo, la modestia de su composición. Para Mann no existe un libro sistemático, sino una idea sencilla, cómica, que se fue poblando de enormes connotaciones por añadidura, sin teoría ni deliberación. No un prestablecido sistema de un Don Quijote noble, ideal y espiritual contra un Sancho o un mundo populares, reales y vulgares; sino la modesta idea cómica de ese par de deschavetados que quieren vivir la vida como si fuera una  delirante fantasía libresca, y reciben puras palizas; y luego la propia fábula va adquiriendo por sí misma todo tipo de riquezas imprevistas: “Yo considero como regla que las grandes obras fueron resultado de intenciones modestas. La ambición no debe estar al principio, no debe anteceder la obra, sino irse formando con ella, que, por su parte, quiere hacerse mayor de lo que creía el alegremente sorprendido artista; esa ambición debe estar unida a la obra y no al yo de su creador. No hay nada más falso que la ambición abstracta y previa, la ambición en sí e independiente de la obra, la pálida ambición del yo. El que así es se comporta como un águila enferma”. (¿De veras no hay un yo artístico e intelectual desorbitado ni una prestablecida teoría descomunal en La montaña mágica, en José y sus hermanos, en Doktor Faustus? ¿De veras fueron fábulas sencillitas que espontáneamente, “por sí mismas”, crecieron a las dimensiones del mito, en contra de la modestia artesanal de su “alegremente sorprendido autor”?)
         Por “águilas enfermas” Mann entiende a los niezscheanos artistas modernos que se proponen previamente crear obras para protestar contra el mundo y cambiarlo. No soporta esa pasión intelectual, que él llama engreimiento y enfermedad. Admira en cambio al sanote artista-artesano de otros tiempos que empieza escribiendo a la buena de Dios una fábula modesta que le crece sin premeditación, hasta lograr “por sí misma” esa idea de cambio o de protesta contra el mundo, y de paso, con toda naturalidad, una obra maestra.
         Esa no premeditada grandeza del Quijote lo obsesiona. En la primera parte encuentra una fábula modesta, que busca sobre todo divertir con los recursos artesanales de las situaciones cómicas, de las palizas y las comilonas, de los enredos hilarantes; ese Quijote jocoso de los batanes y los molinos de viento, de los vómitos y los excrementos, de los sesos de requesón.
         El público amaba tanto tal tipo de literatura que el Quijote se volvió instantáneamente un best-seller. Nadie veía en ese Quijote toda la enciclopedia filosófica en que lo hemos convertido. Y no lo era. Tan no lo era, que algún extraño autor, embozado en el seudónimo Alonso F. de Avellaneda, escribe tranquilamente una segunda parte que tuvo tanta aceptación como la primera de Cervantes. No se vio la diferencia, para nada.
         Nuestra lealtad al bueno de don Miguel nos ha hecho odiar sin justicia al “maldito” Avellaneda. La verdad es que el Quijote “falso” de Avellaneda no es una mala novela. Todo lo contrario. Debiéramos contarla también entre lo mejor de la narrativa mundial de su momento. Tan buena que se acusó de su autoría a los mayores escritores de su tiempo, como Lope de Vega, ¡y al propio Cervantes, más que capaz de estas travesuras-de-travesuras-de-travesuras!
         Les gustó mucho a los lectores, y provocó el pánico de Cervantes, quien precisamente para combatirla escribió su segunda parte. Yo diría más, que el Quijote de Avellaneda es más fiel al primer Quijote cervantino que la segunda parte del propio Cervantes, quien en ésta se aparta de su fábula original para escribir una historia diferente, más personal, sentida y elaborada. Ahora sí con yo y con teoría, ahora sí un “águila enferma”.
         “Cervantes había vivido el hecho de que un engendro que se presentaba como continuación de su obra hubiese también ‘corrido por el orbe’ y se leyese con la misma ansia que ella. La obra copiaba sus más toscas cualidades de éxito: la comicidad de la locura apaleada, y la gula de los campesinos; sólo con ello salía adelante; la intimidad, el arte de la lengua, la melancolía y profundidad humana de la obra estaban ausentes en este segundo libro, y, cosa aterradora, no se habían echado en falta. La masa, así parecía, no encontraba diferencia alguna”. (Verdad a medias: no fue “la masa” quien la aclamó, sino la minoría ilustrada, exactamente los mismos lectores que encumbraron a Cervantes; no es Avellaneda más “superficial” que el teatro de capa y espada de su época, y que bastantes pasajes del propio don Miguel. Sólo nos resulta “detestable” porque lo confrontamos con la ulterior divinización de Cervantes, y porque no le perdonamos haber hecho sufrir a nuestro querido manco. Pero gracias precisamente a Avellaneda tenemos la segunda parte del Don Quijote. Como en el tema borgiano de “el traidor y el héroe”, el cual estatuye que precisamente Judas permitió la redención operada por Cristo, gracias a Avellaneda se logró la proeza de Cervantes.)
         Toda la carga de humanismo, de filosofía, de dolorida autobiografía indirecta que encontramos sobre todo en la segunda parte cervantina del Quijote se debió a este azar, sin el cual ni siquiera se habría escrito. Cervantes mismo lo confiesa. Y saca a Don Quijote y a Sancho a desmentir los “embustes” de Avellaneda —aventuras bastante fieles a su primer Quijote—, y a establecer su exclusiva propiedad de autor sobre todo el quijotismo.
         Pero Cervantes no tenía razón:
         1) En esa época no privaban los derechos de autor, ni era considerado “plagio” el retomar anécdotas, estilos ni ideas de otros autores para hacer relatos propios. El propio Cervantes llena su libro de préstamos evidentes de otros autores de novelas pastoriles, picarescas, “bizantinas” (la aventura por la aventura) y de caballería. Avellaneda no cometió otro pecado que el del propio Cervantes con respecto a otros autores (Apuleyo, Luciano de Samósata, Amadís de Gaula, Jorge de Montemayor y el millón de referencias que citan los cervantinos).
         2) Cervantes mismo jugó a negarse la propiedad de la historia, atribuyéndola al moro Cide Hamete Benengeli. Él sólo traducía, glosaba, divulgaba. Y no sólo eso: en un tour de force que sigue causando pasmo, hace que sus personajes vuelvan a las aventuras ya que el mundo las ha leído en libros, tanto de Cervantes como de Avellaneda, y que discutan lo publicado. Todos son autores de algo. Sancho también es todo un autor del Quijote, pues le contradice y corrige al ingenioso hidalgo tales o cuales pasajes (y hasta llegan a una tregua: cada cual se queda con su propia versión de la identidad de Dulcinea o de la Cueva de Montesinos: cada cual es autor de su propio Don Quijote, y santa paz).
         Lo mismo los duques, los curas, los bachilleres y cuantos lectores del primer Quijote y del de Avellaneda encuentran a su paso, así como (conjeturalmente) de otras páginas de Cide Hamete Benengeli que ellos conocen, pero nosotros no, porque no todo lo que el “autor” moro escribió fue traducido por los “autores” castellanos. (Horroricemos pues a la academia: Avellaneda era un buen tipo que realizó un trabajo honrado y talentoso; su Quijote “falso” podría leerse aún con bastante placer si nos permitiéramos tal deslealtad hacia Cervantes. Lo que no haremos: estamos engagés con nuestro flaco.)
         Este curioso azar, el de que otro fuera autor de la propia obra durante sus mismos días, llevó a Cervantes a proseguir su fábula en un tono y en terrenos en los que no tuviera competencia alguna: a personalizarla. A Mann le conmueven el humanismo, la inteligencia y el “mundo vivido”, la intrahistoria cervantina, pero confiesa que en cuanto fábula, en cuanto relato, la segunda es inferior a la primera parte (y, acaso, al libro de Avellaneda). Dejó de ser mera fábula, para convertirse en otras cosa. El libro le creció al autor, desbordó su modesta, artesanal intención de divertir. “La estimación que Cervantes tiene por la criatura de su propia invención cómica ha ido creciendo de continuo durante la narración, y este proceso es quizá lo más atractivo de toda la novela; es por sí mismo una novela y coincide con la creciente estima por la obra misma, la cual fue concebida humildemente como cruda broma satírica, sin imaginarse en qué rango simbólico y humano estaba destinada a integrarse la figura del héroe. Este cambio de enfoque permite y opera una amplia solidaridad del autor con su héroe, la tendencia a igualar su categoría a la propia, a convertirle en su bocina de ideas y opiniones y a sustituir por dignidad espiritual y buena educación la más alta bizarría caballeresca, que es la extravagante, y llega a la madurez en Don Quijote, pese a todo lo lastimoso de su apariencia. Precisamente el espíritu y forma de expresión de su señor es lo que con frecuencia determina la admiración sin límites de Sancho y que otros se sientan también atraídos en grado sumo”.
         Divertido en este laberinto de autorías y en esta subversión de la novela contra el novelista, Mann acusa a Cervantes de su único error narrativo: matar al Quijote. No lo mató, dice, por necesidad novelesca, sino para estatuir que ya estaba bien muerto, de modo que nadie se atreviera a escribirle más aventuras. “Me inclino a encontrar más bien flojo el final del Quijote. La muerte opera aquí, ante todo, como medida de seguridad que preserva de futuros desmanes literarios a la figura central, y recibe por ello un tinte algo literario y de artificio, que no llega a captarnos. Una cosa es que un personaje querido se le muera al autor y otra que se le deje morir, que se disponga y anuncie su muerte para que ningún otro pueda hacerle caminar en el mundo. Es una muerte de literatura, una muerte por celos...”


sábado, 1 de abril de 2017

RICARDO GARIBAY

PASOS DE RICARDO GARIBAY


Of all places, Ricardo Garibay (1923-1999) nació precisamente en Tulancingo, Hgo., como Gabriel Vargas, el autor de La Familia Burrón, el luchador El Santo y el boxeador Pipino Cuevas. Cuna es destino. ¡Cuidado con los “tulancinguenses ilustres”!
         Fue un escritor prolífico y tumultuoso, con un oído insuperable para reproducir el habla coloquial y multiplicarla y exagerarla hasta la extravagancia; con una vocación satírica que no se prohibía el humor más grueso y grandes obsesiones eróticas.
         Su obra conocida es vasta, y la menos identificada —hasta qué punto intervino en ciertos guiones del cine mexicano oficialista o comercial— igualmente numerosa. Sé que inventó El Milusos; no he comprobado su participación legendaria en ciertas películas donde María Félix grita leperadas de guerrillera: “¡Échenles mentadas, que esas también duelen!”
         Se suele alabar su temprana novelita memoriosa, Beber un cáliz, de indudable valor lírico, pero que acaso resulte lo menos garibayano de Garibay, quien quedará probablemente representado por sus novelas y crónicas satíricas de regusto parrandero y populachero, con absoluta entrega a un callejero México-Pandemonium de cantinas y burdeles: Bellísima bahía, Acapulco, La casa que arde de noche, Las glorias del gran Púas... Un Aristófanes o Petronio de la segunda mitad del siglo. Creo que Garibay alcanza su mejor definición cuando ríe con carcajadas estridentes de sus Lisístratas tumultuosas.
         Garibay siempre fue un escritor incómodo en la cultura de su tiempo. Se negó (como Revueltas, Efraín Huerta, Ramón Rubín, Rafel Bernal, Sabines, Arreola, José Agustín) a incrustrarse en la Ecclesia visible de la mafia literaria que, a partir de los años cincuenta, instituyó el sistema de elogios-favores mutuos y distribuyó rangos y jerarquías entre los escritores mexicanos. O fue expulsado de ella. Desde sus principios representó, con Luis Spota, el prototipo de lo que no debía escribirse, mientras Paz, Yáñez, Rulfo y Fuentes edificaban los modelos tutelares obligatorios para todos los narradores.
         Esta independencia o marginamiento de Ricardo Garibay se antoja hoy en día más confusa y contradictoria de lo que pareció en su tiempo. Posaba como un anti-intelectual profesional, un vitalista hemingwayiano, enemigo de los “señoritos intelectualoides” de la mafia y del boom latinoamericano. Pero no era tal, o no lo era tanto: consiguió incluso programas de televisión (oficial) para disertar a su gusto (con escasos conocimientos) sobre Shakespeare o Dante.
         Aparecía, o se le hacía aparecer, como un anacronismo. Un autor grueso, sin la sofisticación modernizante, estetizante o intelectualizante de Yáñez, Rulfo y Fuentes. Un Mariano Azuela redivivo, que continuaba en la segunda mitad del siglo las caricaturas hiperrealistas de principios. (Otra vez la Pintada, la Malhora, los catrines y “los de abajo”, Sendas perdidas, Nueva burguesía.) ¿Lo era? Sin duda en estos tiempos “posmodernos” resulta sencillamente un autor jocundo, seducido por su amplio Satiricón mexicano.
         Aunque fue traducido y obtuvo algunos honores en el extranjero, su vocación siguió un rumbo profundamente local. No hay mexican curios en sus novelas, sino la farsa despiadada de la vida mexicana, que sólo el desprejuiciado lector local aquilata, y al turista y al mexicanólogo resulta desagradable o “superficial”. Mucha realidad, pocos museos; una celebración de la cotidianidad “vulgar” y no de los mitos. El anti-Fuentes. Garibay no escribe narraciones para ilustrar metáforas o doctrinas “profundas” de lo mexicano, sino para celebrar y zaherir al mismo tiempo, identificándose con ellos, los episodios grotescos o burdos, pero siempre encendidos, de nuestra sociedad moderna.
         Era un oso de gran orgullo, fértil y desbocado. Se hizo odiar por la cultura institucional, la cual no le regateó desaires, como negarle distinciones y premios más que merecidos. En mitad del escándalo se le negó el Premio Nacional de Literatura e, inicialmente, la categoría de emérito en el Sistema Nacional de Creadores de Arte. Un anti-García Terrés, ese inocuo canónigo perpetuo. Tampoco ingresó a la Academia de la Lengua ni al Colegio Nacional.
         Escribió la obra que quiso, como quiso. Fue uno de nuestros narradores más independientes. Dotado de un ego tremebundo, enarboló su heterodoxia y su orgullo feroces contra capillas y alianzas. Fue el rey absoluto de todos sus dominios. Se atrevió a lo comercial: a confiar en la taquilla, y no tanto en los pactos y jerarquías gremiales-burocráticos.
         Más que en cualquier otro autor, el habla del México de su tiempo prospera y resplandece en sus novelas “superficiales”, fársicas, carcajeantes, con trazos gruesos de muralista y pronta hilaridad de historieta. Querían ser eso: superficies narrativas, personajes y episodios plenos en sí mismos, menos que representaciones o metáforas de teorías sociales, estéticas o políticas.
         Este autor menospreciado por las instituciones y las mafias —era toda una institución, toda una mafia rugiente y absolutista en sí mismo— siempre contó con lectores apasionados. Fue uno de los cronistas más leídos durante su paso por Excélsior.
         Menospreciada por la política cultural y las modas ideológicas de su tiempo, su obra probablemente magnifique y realce su valor en años futuros, libre ya de batallas y de polémicas apolilladas, concentrada en su pasión y valores narrativos, que nadie se atrevió a negarle en vida. Simplemente parecían “burdos y superficiales” para cierta pedantería culturalista en el poder. La burda y superficial era, por el contrario, esa pedantería institucional y prepotente, vociferaba Garibay a la menor oportunidad, entre rayos y centellas, ajos y cebollas.



miércoles, 1 de marzo de 2017

JOSEPHSON

JOSEPHSON: VIVIR ENTRE SURREALISTAS

Por José Joaquín Blanco

Siguiendo el trayecto de casi toda la “generación perdida”, Matthew Josephson (1899-1978) emigró a París a principios de los años veinte en busca de una cultura libre y moderna, lo que significaba sobre todo alcohol y costumbres liberales, a diferencia del puritanismo prohibicionista de los Estados Unidos. Ah, y claro, tras “un nuevo sentido de la vida”.
         Siempre asombrará que precisamente los jóvenes norteamericanos letrados, y exactamente en la época de mayor auge industrial y comercial de su país, se hayan sentido anticuados y provincianos frente a una Europa golpeada por la Primera Guerra Mundial. Millones de familias europeas, por el contrario, emigraban a los Estados Unidos en busca de lo mismo: modernidad, libertad, además de progreso económico. ¿De veras Nueva York era tan provinciana entre sus rascacielos frente a un París de pobretonas cantinas y buhardillas, o a un prostibulario Berlín en bancarrota?
         ¿No sería más bien que el Establishment cultural, el de la Genteel Tradition, tenía tanto éxito local que, para combatirlo, los jóvenes rebeldes tuvieron que ir a pedir consejo y ayuda a los jóvenes vanguardistas europeos, quienes gozaban de un campo libre, pues sus viejos patriarcas de la moral, la estética y el nacionalismo habían quedado debilitados por el caso Dreyfus y el desastre europeo de la guerra?  André Gide no tuvo que emigrar a Greenwich Village para darle su buena tunda a Maurice Barrès.
         Josephson recuerda su exilio europeo en Mi vida entre los surrealistas (1962), cuarenta años después de su periplo mítico, y consigna que, en realidad, la dorada Europa debía sus resplandores a su golpeado tipo de cambio. Los jóvenes norteamericanos, quienes recibían algunos dólares de casa, podían llevar ahí una agitada vida turística y bohemia por meses o pocos años, mientras que en su patria debían trabajar duro como empleados para apenas subsistir. En Austria, por ejemplo, una opípara cena con chicas y cerveza costaba, en dólares, lo que un sándwich en Estados Unidos. Años veinte.
         ¿La cultura francesa moderna les era tan necesaria? Sólo relativa e indirectamente. Fuera de ciertos cafés y círculos de Montparnasse y de Montmartre, la sociedad francesa resultaba tan puritana y conservadora como la norteamericana; e incluso en ellos, lo común era que los artistas y escritores europeos no quisieran mezclarse con los bohemios turistas de los Estados Unidos. “París era una fiesta”, efectivamente, pero sólo de norteamericanos para norteamericanos: una especie de Greenwich Village más barato y tolerante para las borracheras.
         De hecho, las grandes obras de Scott-Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Wolfe, Crane, Wilder, Dos Passos, Wilson, Cummings debían más al propio impulso de la literatura en lengua inglesa, a sus gurús como Eliot, Pound, Sherwood Anderson, Joyce y Gertrude Stein, que a Proust, Valéry, Gide, Rilke, Saint-John Perse, Claudel, Mann o Jules Romains.
         Unas vacaciones ilusorias, ahora se diría “virtuales”, en las que los norteamericanos representaban sus sueños bohemios con y para otros norteamericanos, mientras Europa seguía su propia vida y su propia cultura casi sin advertirlos, desdeñándolos como meros turistas pintorescos. Y admiraba en cambio la cultura “popular” norteamericana que no emigraba, la que triunfaba en su propio país, la típica: el cine, el jazz, las tiras cómicas, los relatos de detectives, los dibujos y slogans publicitarios...
         De todos esos emigrados sólo Matthew Josephson logró integrarse a un medio verdaderamente francés, y se propuso asumir una corriente cultural verdaderamente francesa: el dadaísmo y el surrealismo. Su entusiasmo por Tristan Tzara, André Breton, Louis Aragon, Paul Éluard, Philippe Soupault, Robert Desnos, Benjamin Péret, Max Ernst, etcétera, fue prontamente recompensado por ellos, quienes lo acogieron en calidad de agente aduanero: Josephson se encargaría de exportar el dadaísmo y el surrealismo a la lengua inglesa y a los Estados Unidos.
         Para ello fundó o colaboró decisivamente en tres revistas modernísimas, modestas (de hasta 3 mil ejemplares) pero internacionales, destinadas a predicar el evangelio de Dadá, de Breton, de Picasso y del arte abstracto en los Estados Unidos y entre los turistas norteamericanos en toda Europa: Secession, Broom y transition. (Esa aventura terminó sobre todo porque el Servicio de Correos de Estados Unidos, menos tolerante que el europeo, prohibió la circulación de Broom, acusándola de pornografía.)
         Sin embargo, a pesar de su entusiasmo, Matthew Josephson seguía siendo radicalmente un buen turistón norteamericano: inocentón y serio. Se tragaba con todo y pelos demasiados cuentos y luego se indignaba por haber sido timado; abjuraba de sus errores y escribía contra sus antiguos aliados. Ya decía Gide que el mayor admirador de hoy será el primer detractor mañana. Pero no hay rencor, sino crítica leal, sentido común y amistosa travesura en sus detracciones. Los propios surrealistas se dijeron peores cosas unos de otros durante sus excomuniones y linchamientos impresos. Con el tiempo Matty Josephson llegó a reconciliarse hasta con Aragon y con Breton (1941), cuando éstos ya se odiaban a muerte. Renegó de sus ideas dadaísta-surrealistas, no de sus afectos.
         Al regresar a los Estados Unidos y experimentar el casino brutal de las finanzas (tuvo que trabajar como corredor de bolsa, lo que le provocó una postración nerviosa), la depresión económica y la política de los años treinta, dejó de admirar y de creer en sus gurús dadaísta-surrealistas.
         La vida y el futuro estaban en otras partes. Los buscó en la biografía literaria, donde logró muchos éxitos (sobre Zola, Rousseau, Victor Hugo, Stendhal) y en la biografía sociológica de Edison y los grandes capitalistas norteamericanos: The Rubber Barons. The Great American Capitalists, 1861-1900 y The Money Lords. The Great Finance Capitalists, 1925-1950.
         Entretanto sufrió su mayor desastre: la pérdida del reino que había soñado en París. Este entrañable camarada de Hart Crane, no llegó a ser el poeta dadaísta de Nueva York, con versos que sonaran como slogans y jinggles comerciales, una sarcástica parodia verbal de la civilización industrial. Un Dadá en Wall Street. Desde hace décadas su poesía se recuerda poco.
         Mi vida entre los surrealistas (1962), traducida con un extravagante casticismo por Agustí Bartra —v. gr.: traduce los vagabundeos de un yanqui de Brooklin en Austria  como “andorrear”—, ofrece retratos y crónicas cariñosas de ese grupo, pero totalmente desilusionadas y críticas. Estos estrepitosos Profesionales de la Inmoralidad, estos escandalizadores que jamás se habían metido a un burdel y que no se emborrachaban nunca, o poco. Estos señoritos que exigían a sus seguidores el abandono “de todo”, pero se negaban a ganarse la vida como asalariados, y vivían como dandys de parasitar o de asaltar a sus ricas familias. Estos detractores de todo arte antiguo, del que no poseían cuadros, y ensalzadores casi venales del nuevo, con el que traficaban descaradamente (Breton se hizo rico en la compraventa formal, con galería y todo, de los cuadros de sus elogiados: no atacaba a Picasso, hiciera lo que hiciera, porque vendía bien; si a Max Ernst, porque no parecía vender tanto). Todas esas consagraciones y excomuniones de Breton que no admitían mayores explicaciones que el protagonismo vedetista del pontífice y un ansia de popularidad que no conseguía con la venta de sus poemas: necesitaba escándalos. Esos torerazos de salón. Esos chicos tímidos que sólo se volvían bravucones ante los flashs de la prensa. Esos...
         En una ocasión [Philippe] Soupault llegó demasiado lejos con sus bromas e incurrió en la censura de sus cofrades. Estábamos en el Cintra, una noche, Breton con su esposa, Soupault con la suya, y yo con la mía; y Ribémont-Dessaignes, Vitrac, Baron y Péret también estaban presentes, sin compañera. Era un período de tensión creciente; la “conspiración Dadá” se hacía repetitiva, como declaró Breton; buscaba insistentemente “algo nuevo”. Dando un puñetazo sobre la mesa, exclamó Breton:
         —Pero ¡esto es tan estúpido! Estoy aburrido de todo. ¿Quién tiene alguna idea?
         -Allons à un bordel —dijo uno de los presentes, probablemente Vitrac, riendo.
         Inmediatamente se puso a votación y se aprobó la idea de trasladar nuestra reunión, por aquella noche, a un burdel. Mi esposa y yo nunca habíamos visto el interior de un burdel, pero estuvimos de acuerdo en visitar uno de ellos. Breton consintió de mala gana, aunque tampoco había ido nunca a un lugar semejante.
         —Conozco uno que está muy bien —dijo Soupault—. Está cerca de aquí. Vamos.
         —¿Con nuestras mujeres? —pregunté.
         —Bueno, ¡puede divertirlas!
         Salimos, dudando de que Philippe llevase a cabo seriamente su idea. Desde la avenida de la Opéra entramos en una calle lateral, nos detuvimos delante de una casa de departamentos elegante y, mientras Breton todavía hacía objeciones a Philippe, éste tocó el timbre. Soupault dijo que aquella casa era un lugar favorito de los senadores y los grandes políticos.
         Una linda criatura nos introdujo en un gran salón, lleno de sofás acojinados, sillones, espejos, lámparas rosadas y la tradicional pianola. La madame apareció; nos miró de arriba abajo fríamente, encontrándonos algo extraños, en compañía de tres jóvenes matronas vestidas sencillamente y de aspecto respetable.
         —¿Qué gustarán tomar las señoras y los caballeros? ¿Champaña a setenta y cinco francos o a cien francos?
         Con mucha autoridad, Philippe pidió el champaña más barato. Con la bebida, entró en tumulto un rebaño de ocho o diez cortesanas de varios tamaños y volúmenes, profiriendo alegres gritos de bienvenida; luego, cuando se dieron cuenta de nuestras acompañantes femeninas, nos miraron con asombro. Se alinearon a un lado de la sala, con breves taparrabos y ligeros sostenes que, no obstante, procedieron a quitarse.
         —Mostradnos vuestros trucos —dijo uno de nuestro grupo.
         Las muchachas, todas a la vez, se arrodillaron en el suelo y empezaron a hacer lascivos movimientos y ademanes hacia nosotros, de modo desmañado y mecánico. Soupault siguió mirándolas cómicamente; pero Breton se enojó, o fingió enojarse. Llevaba, como siempre, su pesado y nudoso bastón, con el que golpeaba el suelo impacientemente. Todos los del grupo sentíanse incómodos y nadie sabía qué pasaría después. Nuestras señoras, entretanto, miraban cortésmente con impecables modales burgueses.
         —Esto es repugnante —gritó Breton por fin—, un espectáculo vergonzoso... ¿Cómo pudiste traernos a un lugar como este? —añadió, dirigiéndose, con cólera, a Soupault.
         Philippe se echó a reír y dijo a la madame:
         —Lléveselas. ¿Quizás sería mejor el “champaña a cien francos”?
         La madame, una mujer imponente con un rostro de expresión severa, parecía estar ya harta de nosotros.
         —Espero que saldrán sin alboroto —dijo—. Aquí no nos gusta el desorden ni el ruido.
         Philippe sacó un fajo de billetes, pero ella lo rechazó cortésmente y dijo, mientras salíamos:
         —No se molesten en probar en la casa contigua, porque pertenece a la misma empresa.
         Los caminos del destino siempre sorprenden. Matthew Josephson obtuvo como resultado de su época dadaísta-surrealista ¡una enorme admiración por Zola, Victor Hugo, Stendhal y Rousseau!, a cuyo estudio dedicaría su vida madura, en libros que comparten la primavera del mejor ensayo literario norteamericano:
         En el famoso círculo de amigos de Zola, se encontraban Flaubert, Turguénev, Daudet, los hermanos Goncourt, Maupassant, Huysmans y el pintor Paul Cézanne, que fue su amigo de la adolescencia. A través de su correspondencia, notas y escritos autobiográficos encontrados en los papeles de Zola, llegué a conocerlos muy bien, como si se encontraran presentes ante mí; había incluso algunas transcripciones textuales de las cenas periódicas en las que se reunían “los Cuatro Grandes”, Flaubert, Daudet, Edmond de Goncourt y Zola, que se encuentran en el Diario de los Goncourt. En mi imaginación conversaba con ellos mientras caminaba por las estrechas calles del Palais Royal, cerca de la Biblioteca. En cierta medida, vivía la vida de Zola. Malcolm Cowley, al describir mi método de escribir una biografía, lo calificó de “inmersión” en cada tema a que me dedico. Llegó hasta a afirmar que tiendo a imitar a cada personaje sobre el que escribo, tanto en sus rasgos malos como en los buenos, lo cual resulta una divertida exageración.
         Como Van Wyck Brooks, Edmund Wilson y Malcolm Cowley, Matthew Josephson se opuso tanto a los laberintos tecnicistas universitarios como a los laberintos metafóricos de los parnasianos metaforistas o filosóficos. El ensayo razonable, documentado, legible como reportaje literario. Hoy en día es poco visitado. Las monografías literarias se han vuelto monopolio de la industria universitaria.
         No sólo el género de la biografía (Lytton Strachey le enseñó a final de cuentas más que Breton), sino el estilo llano del reportaje literario (a la manera de Van Wyck Brooks y de Edmund Wilson) se le ofrecieron como una liberación: escapar del ghetto de las minúsculas y fanáticas capillas universitarias o de los parvos parnasos irresponsables e infatuados, en busca del “lector común”. ¿En última instancia no es ése el objetivo paradójico de toda literatura: extremar el arte literario... para llegar al Lector Común? Dice Josephson: “Algunos de los autores más recónditos o ‘impopulares’, incluyendo a Henry James, según he descubierto, siempre han anhelado secretamente un público más numeroso que el que les es concedido.” Bueno, pues a darle la bienvenida, pero sin devaluar el arte de la literatura: la ambición más altiva que pueda concebir un escritor.
         El principal encanto, sin embargo, de Mi vida entre los surrealistas está en lo que no tiene que ver con ellos, sino con la respuesta profunda de los escritores norteamericanos al evangelio dadaísta-surrealista que Josephson les predicaba durante los años veinte. Las respuestas escépticas o indignadas de autores como H. L. Mencken, Edmund Wilson, E. E. Cummings, Hart Crane, Malcolm Cowley, Allen Tate, Kenneth Burke, Paul Rosenfeld...
         Al final de la década, y al final de este libro, le ocurrió a Josephson un accidente terrible. Se incendió su departamento, y al pretender rescatar algo de sus cuadros y de su biblioteca quedó atrapado entre las llamas una media hora. Se salvó de milagro después de mes y medio de hospitalización. No he leído en ninguna otra parte mejor relato de un incendio que el que concluye Mi vida entre los surrealistas  (Tr. A. Bartra, México, Joaquín Mortiz, 1963) Cf. Malcolm Cowley: Exile’s return, Nueva York, The Viking Press, 1951 y A Second Flowering. Works and Days of the Lost Generation, Nueva York, The Viking Press, 1974; Edmund Wilson registra y parodia el dadaísmo de Matty Josephson en The Shores of Light. A Literary Chronicle of the 1920s and 1930s, Nueva York, The Noonday Press, 1967 (“The Poet’s Return”).



miércoles, 1 de febrero de 2017

JORGE LÓPEZ PÁEZ

UN PRÓLOGO PARA JORGE LÓPEZ PÁEZ*

En los numerosos cuentos y novelas (novelas-de-cuentos) de Jorge López Páez (1922) destaca el júbilo de narrar la minuciosa vida cotidiana, incluso íntima, a ratos solitaria o pueblerina, a veces urbana y cosmopolita. Desde los chismes del fogón de las tías y el patio o el jardín de los primos hasta las intrigas y rumores agridulces de pretenciosas oficinas de secretarías de Estado y embajadas (“El nuevo embajador”), espectaculares casonas de fiestas extrañas (“Ahí estaba Elizabeth Taylor”), perfiles enigmáticos de prestigios escandalosos (“Una estrella del cine nacional”) y diversas aventuras de viaje, en el WC de los antiguos ferrocarriles (“El viaje con Sigfrida”) o en las albercas seminudistas de los nuevos balnearios tropicales (“Pájaro sonámbulo”).
Sabe expresar con una fresca naturalidad los días y las penumbras, las ironías y los terrores de la clase media mexicana en las más diversas arrugas del mapa. Episodios comunes que se nos vuelven experiencias extraordinarias precisamente por su inmediatez. Adquieren el espesor de la vida inmediata. El jubiloso cantor de lo inmediato.
         Sus recursos suelen ser increíblemente sencillos: por ejemplo, un hombre recibe en su cama de accidentado la visita de su compadre, y ya; no se necesitan más estructuras narrativas: agarran, platican y corre en borbotón toda una detallista vida de traileros. Una paridora tenaz —lleva siete hijos de padres diferentes a sus apenas veintitrés años— va a platicar con Doña Herlinda, quien nomás se ocupa de servirle incontables caballitos de tequila para destrabarle, pero por completo, la lengua. Y ya.
         La destreza y las virtudes narrativas de Jorge López Páez aparecen desde sus primeros libros. Inició su obra de narrador desde buena altura y no ha conocido caídas. Asombra esta calidad permanente, y su lealtad al mundo tan local —sobre todo el de la nueva clase media de la nueva provincia mexicana, con coches, cassettes, salones de belleza, Disneylandia, VIPS, palenques, vacaciones en la playa, confidencias maternales frente a enormes, norteños T-Bone; o la capital con sus casonas de políticos y sus palaciegas bodas desairadas, “Los invitados de piedra”—, que escogió desde un principio y ha venido poblando y expandiendo en una quincena de títulos.
Muchas veces nos contará la experiencia de dos o tres niños intrigados frente a los embrollos de los adultos, y siempre habrá una historia fresca.
         Son inevitables la verosimilitud, la transparencia, la amenidad, la gracia de López Páez; su irreverencia más sonriente que retadora frente al matrimonio, la maternidad, el sexo, la política, la religión. A ratos me da la impresión de un Voltaire en guayabera, paladeando una horchata, mientras parece referir con toda la tranquilidad del mundo una simple historia familiar a los vecinos decentes, muertos de risa... quienes sólo demasiado tarde se darán cuenta de haber sido cómplices de tamañas inconveniencias. Y para entonces ya resultaría ridículo llamarse a escándalo (“Vientos del Caribe”). Otras veces simplemente recupera atmósferas, olores, texturas, instantes del tiempo perdido, que lo ha hechizado y a cuyo embrujo nos invita.
         Un autor de estilo tan esencial —lo que no lo esclaviza a la gramática hipernormativa, ni le impide los coloquialismos y modismos, ni las bromas; un prosista que no se espanta ante la repetición de palabras ni ante las cacofonías—, tan preocupado por mirar claramente su realidad común, más allá de “efectos de pluma” y de teorías o de modas culteranas, causó escándalo desde el principio.
         Había terrores como de cine de La Nouvelle Vague en ese mundano Pepe Prida (1965), quien se atrevía a un cierto amoralismo desenfadado, del todo extraño en las letras mexicanas, y dramas amorosos y sexuales en Los invitados de piedra (1961) y Hacia el amargo mar (1964); doblemente intensos porque rehuían la moda de la epatante “literatura del mal”, entonces tan socorrida como snob, y sólo abrían los panoramas del desastre interior con una mirada objetiva, sucinta y... mordaz. Eran contemporáneos de La Nouvelle Vague, pero surgidos de la mordacidad que también goza “el santo olor de la panadería”.
Recuerdo haber leído esos libros por primera vez en los pasillos de San Ildefonso, durante mi preparatoria, en los años sesenta, y la curiosa sensación de una provincia mexicana que a ratos se me volvía en la lectura película francesa o italiana de “arte”, se decir: de las prohibidas, que apenas se exhibían en las reseñas o festivales de cine, o en los clandestinos cineclubs universitarios.
         Jorge López Páez se presentaba como un modernizador que no inventaba “golpes de novedad” artificiosos, calcándolos de títulos extranjeros, sino espiando las nuevas vueltas de las costumbres locales, desmenuzándolas, desarrollándolas en su propio medio nativo. Ahí estaban completas: sólo faltaba verlas, oírlas, expresarlas. No hay autor más universal que quien descifra cabalmente su propia aldea o ciudad. Lo universal en lo inmediato.
         Un modernizador a quien las escenas o episodios de la carne erizada, o del instinto en desazón, no lo alejaban del paraíso. Concibió dos de los mayores paraísos de su tiempo, ambos desde la perspectiva infantil: El solitario Atlántico (1959), que podemos leer ya como relato, ya como poemas en prosa (acaso se trate del título donde se preocupó más por asuntos de estilo, de una prosa con intenciones estéticas) ahincado en la provincia profunda; y Mi hermano Carlos (1965), en la gran ciudad, que ahora nos parecería inverosímil: ¿Existieron de veras esas sonrientes calles arboladas, esos hogares siempre abiertos y con bardas muy bajas, meramente ornamentales, que las palomillas de niños saltaban de casa en casa en una diversión interminable, apenas contrapunteada por el espíritu y la carne atormentados que vislumbraban, casi sin entenderlos, casi sin creerlos, en gestos espiados de los adultos? ¡Hay que ver lo que es hoy en día, lo que ya era en los años setenta la Colonia del Valle!
         Quizás jamás se haya escrito, y por supuesto no se ven perspectivas de que pueda escribirse, un panorama tan pacífico, alegre y fresco de la Ciudad de México, como ése. Una Nueva Arcadia Mexicana. Qué rara esa “ciudad jardín” de Mi hermano Carlos, sin embargo contemporánea a las visiones espeluznantes del Distrito Federal de Revueltas, Spota, Garibay, Fuentes, José Agustín... ¿No la estaría soñando un niño desde “el solitario Atlántico”, uno de esos niños de provincia que creían que las grandes ciudades eran cuentos de hadas?
Los niños son personajes privilegiados de su narrativa:  basta señalar la intensidad y la ternura, la complejidad emotiva e imaginaria, el mundo más que reducido, multiplicado al cifrarse en dos inagotables prismas: su amiga y “El chupamirto” para el chamaquillo tan tempranamente codicioso y sensual del cuento que lleva ese título. El extraño mundo de la gran capital desde la perspectiva de una niña, hija de sirvienta, en “La tarde de Tula”.
         Los niños, los jóvenes, las solteras y viudas, los solos, los desamados, los “equívocos”, son los personajes favoritos de López Páez, siempre ubicados en su proporción natural, sin énfasis o dramatizaciones, pero cada vez más proclives a los bordes del humor e incluso de la ironía inesperada, se diría insólita, como en Doña Herlinda y su hijo y sus otros hijos (1993).
         Aunque el tema homosexual es sólo uno los múltiples asuntos de la variada obra de López Páez, y acostumbra asomar con decoro y pudor, el lector contemporáneo debe reconocer que su invención de las intrincadas e hilarantes aventuras del muchacho gay y su cómplice y celestinesca madre Doña Herlinda permitieron (especialmente a partir de su versión cinematográfica, que anunció al público general la obra de un autor por entonces sólo conocido por la muy estrecha minoría mexicana de los lectores de narraciones), a mediados de los años ochenta, uno de los íconos más sonrientes de la llamada “cultura gay”, o de la expresión de la vida y los asuntos de la vida homosexual en las artes y los medios de comunicación en lengua castellana. El homosexual, reducido hasta entonces a la nota roja o a un lacrimoso payaso de carpa, encontró un superior registro cómico. Como El vampiro de la Colonia Roma (1979), de Luis Zapata, ése y otros relatos de López Páez brillaron con un gesto de modernidad, tolerancia y optimismo –siempre iluminados por la ironía, incluso con fulgores ácidos- en el momento en que la cultura y la sociedad mexicana parecían decidirse por un modo de vida moderno y tolerante. Amplió y renovó la comedia de la sociedad mexicana y del tratamiento literario de la vida homosexual.
Doña Herlinda se erigió entonces como uno de los personajes imaginarios más célebres, queridos y exitosos de la narrativa mexicana de finales del siglo xx. Pero el cine suele ser demasiado rápido, traicionero y cruel: a principios del siglo xxi la película (un tanto experimental, torpe, improvisada, que en su momento por eso mismo pareció tanto más fresca y verista) desmerece frente al sucinto cuento “Doña Herlinda y su hijo”, que llama a gritos una nueva versión teatral o cinematográfica. Semejantes personajes cómicos suelen fulgurar en el foro o en la pantalla ante la risas multitudinarias.  
         En otras páginas encontramos los paraísos raigales de la infancia y de los rincones natales, estremecimientos del amor, el sexo, la desventura, el terror, la curiosidad de los viajes; también paraísos de comedia, con un humor que asimismo busca menos la “máquina teatral” de la risa estallante que el acento genuino de la realidad, hasta en su perspectiva naif, como De Jalisco las tapatías (1999), que asume un poco como símbolo las viejas postales coloreadas a mano. Pero hay que andarse con cautela. La cortesía, la economía de recursos, el aire pintoresco, la bonhomía vecinal, sólo preparan el zarpazo cáustico o crítico.
         Siempre se han reconocido la destreza, la limpieza, el sabor a verdad recién bebida del pozo, la economía narrativa de López Páez. También lo que se llamó su “verismo” —en oposición al viejo realismo estridente y sistemático—, no como afán teórico sino como búsqueda de la natural correspondencia entre el relato y la realidad: el color local, la cercanía de lo narrado con lo que el lector mexicano ha vivido.
         En este sentido, cabe destacar su independencia. Miembro de una talentosa generación o grupo de narradores —entre los que abundaban los veracruzanos (recuerdo sobre todo a Galindo, Carballido y Melo), sin desplazar a compañeros de otras regiones (Magaña, Castellanos, Luisa Josefina Hernández, Garro, Ramón Rubín, el poblano Pitol) y que florecieron en los años sesenta, particularmente en la Colección Ficción de la Universidad Veracruzana—, siguió un estilo, un camino y un mundo imaginario únicos. Se diría que sin dudas. Que no los tuvo que buscar mucho: que ya eran suyos desde un principio.
         No podía ser más escueta, más auténticamente costumbrista, más fatalmente verosímil la desgracia del empleado pobre con una empleada algo adinerada de VIPS, en el cuento “La prima”. Aplaudamos también en López Páez a uno de los cronistas de VIPS. (Diría Rilke: Todos los cronistas de VIPS son terribles.)
         La voz narrativa de Jorge López Páez, siempre bien templada, nerviosa y dominada por un ritmo secreto que confiere a sus obras una sensación de redondez, de paisajes al mismo tiempo sucintos y plenos, atiende con la misma pasión los detalles de las costumbres y del habla, que las grandes líneas de las emociones, los sentimientos y las ideas.
         Pocos autores proporcionan en sus textos, como él, la sensación de mundos vividos tan de cerca. Se les recuerda menos como textos que como memorias pobladas de sensorialidad, objetos y gestos que son en sí mismos “tonos, claves, silencios, alteraciones” principales, así aparezcan breve o lateralmente en los relatos. El lector juraría que no ha leído esas cosas: que las ha vivido ahí mismo: que es el lector —por un prodigioso trueque de posiciones— quien las está contando.
         A López Páez le gusta conceder la voz narrativa a las mujeres, especialmente cuando se ponen evocativas. Seguramente porque usan un lenguaje coloquial más locuaz, colorido y chistoso y, como por ahí se dice en especial de las tapatías, porque sólo dejan de hablar cuando tienen comida en la boca. No abandonan un instante sus mil y una noches tapatías entre tamalada y pozolada. Para no hablar de las interminables tequiladas de Doña Herlinda. Sus relatoras recorren los registros del candor y la gracia infantiles –cuando cuentan, por ejemplo, con la más sonriente alegría del mundo, paso a paso, como brincando la rayuela con sus ricitos y su faldita, una espantosa historia de vejez y deficiencia mental desamparadas-; de la feroz malicia y hasta del humor loco.
         Sin intentar generalizaciones odiosas, sería interesante comparar los cuentos donde la voz narrativa reside en niños, o en adultos que se sumergen en su propia  infancia —mayor travesura e intensidad lírica—; en mujeres —más detallada descripción de la vida cotidiana y social, más fiesta y color local, mejor conversación franca e irónica, cuando no sarcástica—; o en hombres adultos —menor tono confesional, más silencios; pinceladas rápidas, bruscas o entrecortadas, como en el cuento de “Los compadres”.
         En décadas pasadas, remolcada por utopías o delirios teorizantes, ideológicos o modernizantes, la literatura mexicana ha querido parecerse más a las modas europea y norteamericana que a su propia tradición. No está mal tener presentes las brújulas culturales metropolitanas, que al fin y al cabo nos siguen dirigiendo. Pero ha sido una imperdonable distracción, una injusticia, un empobrecimiento, olvidar o menospreciar obras que quisieron enfrentarse con ojos concretos a nuestra realidad inmediata.
         Se tildó de arcaicas, provincianas o costumbristas, y se procedió a silenciarlas, obras como Los signos del zodiaco, de Magaña, El lugar donde crece la hierba, de Luisa Josefina Hernández, El Bordo, de Sergio Galindo, o algunas de López Páez, que sin embargo llegan al nuevo siglo con cabales actualidad y frescura.
         Pero ellos estaban seguros de su apuesta, que han ganado plenamente. En 1964, Hacia el amargo mar apareció con una solapa anónima, cuyos términos podrían suscribirse en 2002: Reproduzco un párrafo:
         “Hacia el amargo mar, que presenta este número de Ficción, está realizada en una escuela que más podría ser considerada como verismo narrativo que como verismo literario. En ella se desarrolla una historia común, con implicaciones comunes, sin cosa sorpresiva alguna; pero al cabo de su lectura queda en el lector la sensación de haber presenciado de cerca los hechos, casi de haber participado en ellos. Lo extraordinario está en la fidelidad con que se siguen los pormenores de un estrato social de clase media, cuyos personajes rondan y palpan la corrupción a cada momento, como las mariposas nocturnas la llama o la luz de una bujía”.
         Sólo cabría añadir que toda su obra está teñida de una misión moral, una crítica de la moral social mexicana. O inmoral, en el sentido en que André Gide escribió El inmoralista. Sin grandes discursos ni aspavientos, con sus cuentos familiares, López Páez ha denunciado, casi siempre con incorregible alegría, las hipocresías y atavismos de nuestra sociedad. Ha hecho más en este sentido que tantos librotes de sicoanálisis, de teorías sexológicas y religiosas, o de “literatura del mal”.
         Y sin arrojar jamás la primera piedra —de hecho, sin arrojar ninguna piedra— contra la mujer adúltera ni contra el fanfarrón hipócrita. Cuenta el México en que vivimos tal cual es, y castiga nuestros tartufismos especialmente con las armas de la broma (incluso la broma pesada) y de la ironía (aun la más irreverente) de sobremesa, sin olvidar sus inevitables caballitos de tequila, que nos ayudan a deglutirlas mejor, y a reírnos —o a hacer como que nos reímos— hasta de nuestros aspectos más patéticos.

* Prólogo para una antología de sus cuentos por la UNAM                                                              


jueves, 1 de diciembre de 2016

NERVO

LOS CUENTOS DE AMADO NERVO

NERVO Y LOS FILISTEOS
De la misma manera que su poesía, la prosa narrativa de Amado Nervo (1870-1919) representa un afanoso compromiso entre el exigente arte modernista y las restringidas luces del público al que el autor se dirigía en los últimos lustros del siglo XIX y los primeros del XX.
Era un público mayoritariamente femenino, con escasa escolaridad pese a sus pretensiones de mediana o mayor riqueza, a caballo entre la cultura católica más tradicionalista (provinciana, pacata, conservadora) y las novedades escandalosas de la cultura francesa del fin de siglo (positivismo, sensualidad, diabolismo, espiritismo y teosofía, lujos y leyendas orientales, adulterio y amor libre: “decadentismo”), introducidas por el periodismo literario y las novedades editoriales importadas de París.
La obra de Nervo es muy vasta y variada, a pesar de su muerte temprana, hacia sus cincuenta años (su angustia ante la Revolución Mexicana y la Primera Guerra Mundial, así como algunos desgastes, enfermedades y desgracias personales parecen envejecerlo desde los cuarenta años: cuesta trabajo aceptar que sus fastidiosos poemas de acedía y resignación a la Nada, sus “muero porque no muero”, sus despedidas del mundo -“¡Vida nada te debo, Vida estamos en paz!”- y sus verbosos desagrados de la carne fueron escritos por un hombre todavía bastante joven), y ofrece argumentos para todo tipo de tesis.
Su conjunto, sin embargo, señala a un autor mucho menos “heroico” (en el sentido de combatir la cultura tradicional) o radical que Darío, Lugones o Tablada, y mucho más preocupado por agradar a su público. Suele ser menos “raro”, menos exótico, menos esteta que otros modernistas; se acerca más a las ideas comunes en su época de la religión, de las buenas costumbres, del patriotismo, de los sentimientos meramente románticos, incluso de las modas: automovilismo, deportes chic, cine mudo, subconsciente, trastornos psíquicos, espiritismo. De hecho, abjuró en su última década incluso de los rasgos estetizantes de su juventud modernista, en busca de un estilo más simple y de un pensamiento más acorde con el de la clase media hispánica. Abjuró de las “extravagancias”, diabolismos y “mallarmeísmos” modernistas (como se ve en muchos de sus ensayos críticos, especialmente en Juana de Asbaje, 1910), y con ello de casi todo su arte literario, en busca de una dudosa “elevación” metafísica expresada en los términos más llanos y fáciles.
Dice bien Manuel Durán en el prólogo regular a su mala selección de Cuentos y crónicas de Amado Nervo (UNAM, 1971): “Nervo escribe, pues, no sólo para los iniciados, sino también para los filisteos”. (“Filisteos” es un anglicismo para “burguesotes”; Nervo los llamaba “emburguesados”.) No lo hizo por mera inmoralidad o venalidad –a pesar de sus enormes éxitos literarios, de sus comisiones periodísticas (financiado por Rafael Reyes Spíndola, de El Imparcial) y educativas (gracias al ministro Justo Sierra, previo acuerdo con Porfirio Díaz) y de sus puestos diplomáticos (con Carranza), ganaba poco y vivió casi en la pobreza-, sino por la ambición de ser un escritor profesional, un escritor con público, y no un anacoreta estético (aunque como tal guste posar en sus poemas).
Esa ambición exige rendir grandes concesiones a los prejuicios y modas del público, como lo vemos en casi cualquier autor “de arrastre” de nuestro siglo. La moralina católica y el pacato, mustio decentismo pequeñoburgués, pesan más en Nervo que en cualquier otro gran escritor mexicano, López Velarde incluido. Hasta en el Nervo más osado hay todo un minucioso reglamento de buenas costumbres, un protocolo del comme il faut. Es también un efusivo adulador de los poderosos y los potentados.
En sus artículos críticos, representa con frecuencia el papel de un malhumorado prefecto conventual que se impacienta y regaña ante cualquier inquietud, cualquier travesura: quiere, por ejemplo, que los gobiernos ¡prohiban oficialmente las zarzuelas, tandas y sketches del “género chico”, porque corrompen las costumbres y el idioma! ¿Quiénes conformaban los gobiernos hispanoamericanos hacia 1910? Casi puros tiranos terribles.
De ahí que haya resultado, especialmente en su poesía, pero también en ciertas narraciones, ensayos y artículos, uno de los autores más populares de su época en toda Hispanoamérica. Y expurgando algunos textos temerarios, por lo general poco divulgados, como los seleccionados por Pacheco en su Antología del modernismo, devino uno de los poetas más “convenientes”, más aprobados por padres de familia, curas y maestros de escuela. (En tal sentido, como el poeta que se portaba muy bien y rezaba con constancia y devoción, salvo deslices perdonables, lo elogia el padre Alfonso Méndez Plancarte en el prólogo a sus Poemas completos). Hasta la fecha, según afirma Luis Miguel Aguilar en su Poesía popular mexicana, representa el autor que mayor cantidad de poemas ha legado a nuestra memoria popular... y a la declamación en ceremonias y medios de comunicación, al estudio en las escuelas primaria y secundaria tanto clericales como oficiales. (Por lo demás, Nervo defendía precisamente ese tipo de poemas como parte esencial de la educación pública, como se ve en los “informes” sobre los sistemas educativos europeos que rendía al ministro Justo Sierra: fue pues ejemplarizante, sermoneador, oratorio y didáctico adrede).
Por ello mismo, al menos desde los años veinte, Nervo empezó a resentir el desprecio de los pequeños sectores más ilustrados y modernos del público, y por supuesto de los nuevos escritores. Chocaban su frecuente chabacanería, sus golpes de pecho frente a unas trenzas de mujer, sus poemas que casi o sin el casi imitaban plegarias u oraciones religiosas, su simplismo expresivo y mental. Sus bodas “blancas” de Baudelaire con Ripalda. (Entre indignado y lastimero, dio acuse de recibo a estos reproches desde 1910, en un párrafo de Juana de Asbaje.)

EL BACHILLER
Siempre se ha sabido, sin embargo, que hay varios Nervo; que tiene textos difíciles e inteligentes, de notables audacias culturales y estéticas. Uno de estos “otros Nervo” es el narrador de muchos cuentos y “novelas”, en realidad relatos largos, como “El bachiller”, “El donador de almas”, “Pascual Aguilera”, etcétera.
Aunque estos cuentos también se dirigen principalmente al gran público (con frecuencia se publicaron en revistas, periódicos y ediciones importantes), y no a minorías muy avanzadas, muestran a un Nervo más complejo, culto y divertido que el de los poemas famosos. Trata de ser libertino, espiritista, diabolista, sarcástico, decadentista y algo “inconveniente”. Todo un mundo sensorial y mental, que se interesa incluso en la ciencia y en la ciencia ficción (una operación quirúrgica concede al paciente la posibilidad de ver el futuro, lo que le echa a perder la vida, en “El sexto sentido”).
“El bachiller”, por ejemplo, narra la aburrida historia del seminarista que se debate entre la castidad y el deseo de mujer, sólo que se resuelve con un final desaforado: el seminarista trata de escapar de su conflicto con el recurso del teólogo Orígenes: la castración. Pero a diferencia de otros modernistas, que encontrarían en la mutilación de los genitales una gran oportunidad para muchas “misas negras” (dirigidas al deleite exclusivo de iniciados, en revistas y libros marginales), Nervo recuerda que está escribiendo para un amplio público asustadizo, y narra elípticamente el hecho. Tenemos al seminarista asaltado por los besos de la mujer deseada:
         “Había caído de sus rodillas, con sus ropas, el cuaderno que leía, y la palabra Orígenes, título del capítulo consabido, se ofreció a un punto de su mirada. Una idea tremenda surgió entonces en su mente... Era la única tabla salvadora... Asunción estrechaba más el amoroso lazo y dejaba su alma en sus besos. El bachiller afirmó, con el puño crispado, la plegadera, y la agitó algunos momentos, exhalando un gemido. Asunción vio correr a torrentes la sangre...”, etcétera.
“El bachiller” fue uno de los primeros escritos famosos de Nervo, y acaso el único que atizó el escándalo público en quien se creería ahora el menos escandaloso de nuestros autores.

AVES DEL PARAÍSO
A caballo pues entre las audacias de la nueva cultura francesa y del más radical modernismo hispanoamericano, por una parte, y la cultura social (parroquial y espesa) de su público, por la otra, Nervo publicó miles de páginas. Es mucho más abundante su prosa que su poesía (de cualquier modo muy voluminosa, especialmente en la última década, cuando dijo que sólo deseaba el silencio). E indudablemente mejor, aunque la memoria popular haya privilegiado durante un siglo una veintena de sus poemas más religiosos, patrióticos o románticos.
Mucho le ayudaron, en México, el canto a los héroes; y en el extranjero, la tragedia lírica de su viudez, como el Orfeo en busca de La amada inmóvil, así como sus pretensiones de filósofo popular, al mismo tiempo católico y budista: buena parte de los poemas de su última década son lecciones simplificadas de filosofía estoica, indostana y cristiana para el lector sencillo que no podía descifrar tratados.
“Mejor” la prosa, porque en relatos y crónicas Nervo se siente más libre y encuentra mejores oportunidades de desarrollar sus preocupaciones e intereses intelectuales y estéticos. No iban a ser necesariamente memorizados por las señoritas de buena sociedad, quienes de cualquier manera se asomarían a ellos, por lo que habría que tenerles cierta consideración, pero limitada. En muchos de sus poemas, en cambio, jamás se apartaba de su vista, en primer plano, el inmenso coro de escolares o señoritas de buena sociedad a punto de memorizar “un nuevo poema de Nervo” para la próxima ceremonia o tertulia. Quizás aspiró también, en su última etapa, a compartir el prestigio de los devocionarios, de los Ejercicios espirituales o La imitación de Cristo de Kempis: escribir poesía de edificación devota. Lo logró durante muchos años.
La verdad es que, a pesar de todo, siempre resulta un escritor excelente. El don de la lengua literaria se le dio con esa naturalidad abundante y precisa, casi biológica, que vemos en Reyes o en Paz. Así como le fluye, límpida y memorable, la versificación, deja correr la prosa con una musicalidad y una exactitud sorprendentes, incluso o sobre todo cuando escribe de prisa y sobre casi nada, en crónicas y artículos. Sencillamente no sabe escribir mal:
“Para escribir un artículo no se necesita más que un asunto: lo demás... es lo de menos. Hay en esto del periodismo mucho de maquinal. Lo más importante es saber bordar en el vacío, esto es, llenar las cuartillas de reglamento con cualquier cosa. El periodista que es hábil en su métier [oficio], de nada, como Dios, hace un mundo de artículos... Prometedme un asunto diario, y en nombre de mi conocimiento del ‘oficio’ os prometo un artículo diario; advirtiendo que no se necesita un gran asunto. Dénmelo ustedes mediano, grande o pequeño, que el artículo saldrá... Desplúmese, por curiosidad, un ave del paraíso, y véase lo que queda. Así, exactamente, son muchos artículos de esos que divierten y aun encantan: aves del paraíso multicolores. Arranquen ustedes las plumas y hallarán... nada entre dos platos”.
Lo dicho: como si nada, al correr de la pluma, “aves del paraíso multicolores”. Tal es la prosa de Nervo, y el placer de su lectura, intenso frente a la página, y luego difícil de explicar o analizar en un comentario crítico. Su gran tema es su gran lenguaje. Y cuando hay que “fusilarse” parcialmente otra obra, lo hace con toda tranquilidad, sin correr el trámite de mencionar la fuente: que el lector enterado disfrute el juego; así, por ejemplo, retoma el fusilamiento trucado de Tosca, y con título y todo “La novia de Corintio” de Goethe. Hay muchos préstamos de Verne y Wells en sus incursiones de ciencia ficción aplicadas a la conciencia humana, a los viajes en el tiempo, a la inmortalidad, a existencias o personalidades múltiples o paralelas.
Resulta uno de los prosistas de su tiempo que menos ha envejecido, acaso por esa inestable distancia hacia el lenguaje preciosista del modernismo, por esa relativa fidelidad al habla común del público (como publicaba mucho en España, su prosa se llenó de españolismos, como los “magüer” o los “la habló, la dijo”); por su deseo de claridad y de amenidad: por su compromiso parcial con el público “filisteo”, que le impidió las extravagancias estetizantes del modernismo que muy pronto pasaron de moda. No suena hoy tan fechado como el Azul de Rubén Darío o La guerra gaucha de Lugones.
Como estos autores, sin embargo, influyó más en el verso que en la prosa por su extraordinario oído para el metro y su empeño y su facilidad para reciclar y combinar todos los metros conocidos en la versificación española y algunos de otras lenguas romances; tanto más si se considera que fue el modernismo hispanoamericano el último momento en que la poesía castellana otorgó prioridad a la música: al metro, al ritmo y a la rima, disciplinas en que Nervo resultó un artífice prodigioso. Después de él, el culto de la-metáfora-por-la-metáfora-misma tiranizó la poesía, como se observa ya en sus sucesores inmediatos: Ramón López Velarde y Alfonso Reyes. Lo mejor de  Nervo era la suntuosidad sonora; de ahí la pobreza de los poemas últimos en que se despojó de la artesanía del metro.
Su periodismo –“aves del paraíso, fuegos fatuos”- es aun mejor, a ratos, que la prosa de los cuentos, y revela al hombre cultísimo (Zola, Mallarmé, Wagner, Nietzsche, William James, Bergson, D’Annunzio, Maeterlinck, Francis Jammes, H. G. Wells, incluso Picasso y Eldgar) que intenta esconder en la mayor parte de su poesía “simple”.
El prosista formidable, hoy en día sólo para iniciados, es uno de los “otros Nervo” que el lector puede encontrar en las Obras completas, Ed. de Francisco González Guerrero y Alfonso Méndez Plancarte, con sendos ensayos preliminares (Editorial Aguilar). (Entre los estudios de su obra está el clásico de Alfonso Reyes: Tránsito de Amado Nervo, en sus Obras completas, Fondo de Cultura Económica; y la revisión académica de Manuel Durán: Genio y figura de Amado Nervo, Buenos Aires, Eudeba, 1968).

EL DONADOR DE ALMAS
“El donador de almas” figura como uno de sus relatos más risueños. Entreveo en esta broma astrológica y hasta cabalística la sonrisa “zumbona” de Anatole France (que se delata aún más claramente en “El ángel caído”). Es uno de los varios relatos espiritistas, que incluso podríamos llamar fantásticos, erigiendo así a Nervo en un caso raro dentro de una literatura, como la mexicana, tan sometida al realismo.
Un hombre, médico de profesión, se enamora del alma de una mujer. La mujer está físicamente recluida en un convento, pero cae dormida y su alma escapa y va a enamorarlo. El hombre la entretiene un día demasiado, de modo que el cuerpo de la recluida muere en el convento, y queda el alma flotando en el espacio, urgida de otro cuerpo en qué sustentarse, o se desvanecerá sin remedio. No hay cuerpo a la vista donde alojar al alma amada y desesperada. El hombre le ofrece entonces la mitad de su cerebro.
¡Por fin se consuma el Arquetipo! El Andrógino platónico, el Hermafrodita original, el hombre-mujer, la pareja en una sola entidad, la unión perfecta. Pero empiezan a aparecer ciertos inconvenientes: por ejemplo, la tentación de realizar físicamente ese amor, pero en un solo cuerpo. El “místico” Amado Nervo se encuentra en el brete de narrar estas “dos almas en un solo cuerpo”, que se regodean en la vulgar e innombrable masturbación. Habrá que contarlo todo con prudencia y elipsis.  A Nervo nunca le falta ingenio:
         “No hay manera de expresar el contentamiento y deleite de los dos hemisferios del cerebro del doctor. ¡Se amaban! ¡Y de qué suerte! ¡Como a nadie que no sea Dios le ha sido dado amarse en toda la extensión de los tiempos y en toda la infinidad del Universo mundo! ¡El doctor era, en efecto, como un dios! ¡Se amaba de amor a sí mismo! [...] Cierto, algunas veces, tales y cuales miserias fisiológicas ruborizaban al doctor por ministerio de su semicerebro”.

NARRACIONES Y POEMAS EN PROSA
El Nervo narrador gravita en torno a Maupassant (v. gr. el adulterio como surtidor de diversiones, en “Una mentira”), a Anatole France, y hasta, por desgracia, a Paul Bourget (la manía de “psicologizar” a sus personajes, mediante meros juegos de palabras, algo pedantescos).
Pero es un conversador fascinante y humorístico. No se adivina tal vocación por la travesura, los juegos impropios, las ironías libertinas en sus “tan sentidos” poemas. Por ello gana en los relatos largos. Cuenta incluso con relatos históricos: “Mencía”, en ciertas ediciones titulado “El sueño”, que es al mismo tiempo un juego calderoniano sobre el trueque de sueño y realidad, un viaje al pasado o desde el Toledo del Greco y Felipe II al siglo XX, y un alarde de erudición y virtuosismo en filología y cultura hispánicas; con curiosas invenciones de algún Mefistófeles dedicado al bien como “acto gratuito” (“El diablo desinteresado”); con apologías del peligro como “El diamante de la inquietud”, donde se postula que toda la dicha humana reside en su precariedad: el goce seguro y durable no constituye felicidad alguna, sino ennui, spleen; y extrañas incursiones en los terrenos de la personalidad o conciencia doble o múltiple (“Amnesia”).
En los relatos largos, que llama novelas pero que son cuentos que el lector alcanza cómodamente a disfrutar de una sola sentada, puede permitirse todo tipo de ires y venires verbales; y se desvanece un tanto en los cortos (Cuentos misteriosos, así como “poemas en prosa” dispersos en varios títulos misceláneos), más restringidos a la viñeta simbólica o fabulesca, más próximos a sus poemas, o las parábolas de un Nietzsche, de un Tagore, de un Gibrán Jalil Gibrán, de Pierre Louys, o del Gide de Los alimentos terrestres, con sus aires de profundidad a ratos dudosa mediante enigmas preciosistas.
“Prosas poemáticas”, dirían los académicos cursis. Son las que Manuel Durán, pasándose de listo, privilegia en su fastidiosa “antología” de Cuentos y crónicas de Nervo, que parece compuesta adrede para ahuyentar a los lectores. Error: Nervo es mejor narrador cuando poetiza menos: cuando construye anécdotas y crea personajes enteros, y trama, describe y bromea sobre material menos lírico o simbólico. Como en tantos simbolistas y surrealistas, también en él la “prosa poética” se antoja a ratos una forma pretenciosa de la charlatanería espiritualoide. Also sprach Nervo. (“Metafisiqueos” la llamaba él mismo.) Y por lo demás, no la necesita en cuanto narrador: sabe contar muy bien una historia propiamente dicha, y tiene una decena de relatos largos excelentes. Queden las parábolas y viñetas simbólicas para su poesía “espiritual y profunda”.
De cualquier modo, en todos sus textos narrativos, como en sus artículos y crónicas, fluye numeroso y feliz el genio de la lengua, como no se había visto antes en la literatura mexicana, salvo Gutiérrez Nájera.

PASCUAL AGUILERA
“Pascual Aguilera” me parece el relato más logrado. Sus escenas rancheras asombran por su facilidad. Retratos al natural precisos y rápidos. Se acercan al ideal, tan buscado en el siglo XIX, de narrar como idilio la vida de un rancho o de una hacienda. Aquí se permite Nervo dos momentos escabrosos.
Ha muerto el hacendado, dejando como herederos a un muchacho de incontrolable lujuria y a la viuda devota, aún joven, su madrastra. Como un anticipo de Allá en el Rancho Grande, el chamaco hacendado trata de arrancarle la primicia a una preciosa ranchera que está a punto de casarse con un trabajador de la hacienda. La muchacha se defiende y salva su honor, pero luego, recordando los forcejeos furiosos del fallido violador, conoce a solas su primer orgasmo, en plenas vísperas de su boda:
         “Refugio volvió a la cama y se echó en ella sollozando. Diría todo a Santiago [su novio]... Pero no se lo dijo. ¿La hubiera él creído ilesa? Ya libre de todo riesgo, sola ya, su carne se rebeló empero de un modo extraño, y el recuerdo de la brutal audacia que estuvo a punto de hacerla víctima, fue un excitante poderoso. Si en aquellos momentos hubiera vuelto Pascual, habríala poseído. Sus deseos indefinidos de virgen tumultuaban por el brusco sacudimiento despertados... Las repugnancias que Pascual le inspiraba desaparecían. Continuaría odiándole mañana, mas ahora le deseaba; revolcábase en el húmedo lecho, dolorida y anhelosa, paseando por su cuerpo las manos temblorosas con suaves e inconscientes caricias. Y aquella noche Refugio tuvo la primera revelación del amor...”
         El novio de la chica era un ranchero fornido, guapote, casi Tito Guízar. No había modo de enfrentarlo físicamente. La viuda virtuosa, además, se interponía como la fiel protectora de Refugio. Pascual Aguilera debió asistir, impotente y pálido, a toda la boda ranchera, minuciosa y magníficamente narrada, con platillos regionales, jaripeos y jineteadas, jarabes y zapateados.
Pero en la noche, desde su ventana, Pascual divisó la cabaña semialumbrada donde se consumaba la boda; y fuera de sí, rabioso de lujuria y despecho, loco y ciego, asaltó a la única mujer a la mano: la viuda virtuosa, su madrastra. No le quedó a Nervo otro recurso, después de este arrebato, que matar al lujurioso, quien sucumbió en cuanto consumó sus furias nada menos que por toda “una hemorragia cerebral con inundación ventricular, ocasionada por alguna intensa conmoción fisiológica debida a la histeria mental”, y dejar a la viuda llorando a mares en el confesionario.
         Probablemente Amado Nervo jamás escapará de los emblemas, tan simplotes y tan queridos, de la veintena de poemas popularísimos que toda Hispanoamérica ha memorizado y declamado durante un siglo. Pero en sus gruesas Obras completas nos aguardan los “otros Nervo”, sorpresivos y estimulantes. Menos devotos y sermoneadores. Menos recitadores de Kempis. Con menor turismo teosófico. Menos cerradores de ojos ante la vida por “miedo de amar con locura, de abrir mis heridas que suelen sangrar”. Menos llorón o azucarado y más capaz de sonrisas y hasta de carcajadas mefistofélicas. Mucho más complejo y terrenal. En su prosa no aparece tanto ese “melancólico caballero del Greco”, como pretendía definirlo Tablada, sino un jocundo aventurero de muchas vidas.
Se alza, sin duda, como uno de los autores más dotados de toda nuestra historia literaria. Acaso ya sea tiempo de que la opinión culta le levante el castigo o el ninguneo con que se le ha cobrado su desmesurado, ciertamente abusivo, éxito popular. Pocas veces la lengua castellana se ha visto más rica y feliz en México que en los variados escritos, desde luego siempre sujetos a polémicas parciales, de Amado Nervo.