sábado, 1 de abril de 2017

RICARDO GARIBAY

PASOS DE RICARDO GARIBAY


Of all places, Ricardo Garibay (1923-1999) nació precisamente en Tulancingo, Hgo., como Gabriel Vargas, el autor de La Familia Burrón, el luchador El Santo y el boxeador Pipino Cuevas. Cuna es destino. ¡Cuidado con los “tulancinguenses ilustres”!
         Fue un escritor prolífico y tumultuoso, con un oído insuperable para reproducir el habla coloquial y multiplicarla y exagerarla hasta la extravagancia; con una vocación satírica que no se prohibía el humor más grueso y grandes obsesiones eróticas.
         Su obra conocida es vasta, y la menos identificada —hasta qué punto intervino en ciertos guiones del cine mexicano oficialista o comercial— igualmente numerosa. Sé que inventó El Milusos; no he comprobado su participación legendaria en ciertas películas donde María Félix grita leperadas de guerrillera: “¡Échenles mentadas, que esas también duelen!”
         Se suele alabar su temprana novelita memoriosa, Beber un cáliz, de indudable valor lírico, pero que acaso resulte lo menos garibayano de Garibay, quien quedará probablemente representado por sus novelas y crónicas satíricas de regusto parrandero y populachero, con absoluta entrega a un callejero México-Pandemonium de cantinas y burdeles: Bellísima bahía, Acapulco, La casa que arde de noche, Las glorias del gran Púas... Un Aristófanes o Petronio de la segunda mitad del siglo. Creo que Garibay alcanza su mejor definición cuando ríe con carcajadas estridentes de sus Lisístratas tumultuosas.
         Garibay siempre fue un escritor incómodo en la cultura de su tiempo. Se negó (como Revueltas, Efraín Huerta, Ramón Rubín, Rafel Bernal, Sabines, Arreola, José Agustín) a incrustrarse en la Ecclesia visible de la mafia literaria que, a partir de los años cincuenta, instituyó el sistema de elogios-favores mutuos y distribuyó rangos y jerarquías entre los escritores mexicanos. O fue expulsado de ella. Desde sus principios representó, con Luis Spota, el prototipo de lo que no debía escribirse, mientras Paz, Yáñez, Rulfo y Fuentes edificaban los modelos tutelares obligatorios para todos los narradores.
         Esta independencia o marginamiento de Ricardo Garibay se antoja hoy en día más confusa y contradictoria de lo que pareció en su tiempo. Posaba como un anti-intelectual profesional, un vitalista hemingwayiano, enemigo de los “señoritos intelectualoides” de la mafia y del boom latinoamericano. Pero no era tal, o no lo era tanto: consiguió incluso programas de televisión (oficial) para disertar a su gusto (con escasos conocimientos) sobre Shakespeare o Dante.
         Aparecía, o se le hacía aparecer, como un anacronismo. Un autor grueso, sin la sofisticación modernizante, estetizante o intelectualizante de Yáñez, Rulfo y Fuentes. Un Mariano Azuela redivivo, que continuaba en la segunda mitad del siglo las caricaturas hiperrealistas de principios. (Otra vez la Pintada, la Malhora, los catrines y “los de abajo”, Sendas perdidas, Nueva burguesía.) ¿Lo era? Sin duda en estos tiempos “posmodernos” resulta sencillamente un autor jocundo, seducido por su amplio Satiricón mexicano.
         Aunque fue traducido y obtuvo algunos honores en el extranjero, su vocación siguió un rumbo profundamente local. No hay mexican curios en sus novelas, sino la farsa despiadada de la vida mexicana, que sólo el desprejuiciado lector local aquilata, y al turista y al mexicanólogo resulta desagradable o “superficial”. Mucha realidad, pocos museos; una celebración de la cotidianidad “vulgar” y no de los mitos. El anti-Fuentes. Garibay no escribe narraciones para ilustrar metáforas o doctrinas “profundas” de lo mexicano, sino para celebrar y zaherir al mismo tiempo, identificándose con ellos, los episodios grotescos o burdos, pero siempre encendidos, de nuestra sociedad moderna.
         Era un oso de gran orgullo, fértil y desbocado. Se hizo odiar por la cultura institucional, la cual no le regateó desaires, como negarle distinciones y premios más que merecidos. En mitad del escándalo se le negó el Premio Nacional de Literatura e, inicialmente, la categoría de emérito en el Sistema Nacional de Creadores de Arte. Un anti-García Terrés, ese inocuo canónigo perpetuo. Tampoco ingresó a la Academia de la Lengua ni al Colegio Nacional.
         Escribió la obra que quiso, como quiso. Fue uno de nuestros narradores más independientes. Dotado de un ego tremebundo, enarboló su heterodoxia y su orgullo feroces contra capillas y alianzas. Fue el rey absoluto de todos sus dominios. Se atrevió a lo comercial: a confiar en la taquilla, y no tanto en los pactos y jerarquías gremiales-burocráticos.
         Más que en cualquier otro autor, el habla del México de su tiempo prospera y resplandece en sus novelas “superficiales”, fársicas, carcajeantes, con trazos gruesos de muralista y pronta hilaridad de historieta. Querían ser eso: superficies narrativas, personajes y episodios plenos en sí mismos, menos que representaciones o metáforas de teorías sociales, estéticas o políticas.
         Este autor menospreciado por las instituciones y las mafias —era toda una institución, toda una mafia rugiente y absolutista en sí mismo— siempre contó con lectores apasionados. Fue uno de los cronistas más leídos durante su paso por Excélsior.
         Menospreciada por la política cultural y las modas ideológicas de su tiempo, su obra probablemente magnifique y realce su valor en años futuros, libre ya de batallas y de polémicas apolilladas, concentrada en su pasión y valores narrativos, que nadie se atrevió a negarle en vida. Simplemente parecían “burdos y superficiales” para cierta pedantería culturalista en el poder. La burda y superficial era, por el contrario, esa pedantería institucional y prepotente, vociferaba Garibay a la menor oportunidad, entre rayos y centellas, ajos y cebollas.



miércoles, 1 de marzo de 2017

JOSEPHSON

JOSEPHSON: VIVIR ENTRE SURREALISTAS

Por José Joaquín Blanco

Siguiendo el trayecto de casi toda la “generación perdida”, Matthew Josephson (1899-1978) emigró a París a principios de los años veinte en busca de una cultura libre y moderna, lo que significaba sobre todo alcohol y costumbres liberales, a diferencia del puritanismo prohibicionista de los Estados Unidos. Ah, y claro, tras “un nuevo sentido de la vida”.
         Siempre asombrará que precisamente los jóvenes norteamericanos letrados, y exactamente en la época de mayor auge industrial y comercial de su país, se hayan sentido anticuados y provincianos frente a una Europa golpeada por la Primera Guerra Mundial. Millones de familias europeas, por el contrario, emigraban a los Estados Unidos en busca de lo mismo: modernidad, libertad, además de progreso económico. ¿De veras Nueva York era tan provinciana entre sus rascacielos frente a un París de pobretonas cantinas y buhardillas, o a un prostibulario Berlín en bancarrota?
         ¿No sería más bien que el Establishment cultural, el de la Genteel Tradition, tenía tanto éxito local que, para combatirlo, los jóvenes rebeldes tuvieron que ir a pedir consejo y ayuda a los jóvenes vanguardistas europeos, quienes gozaban de un campo libre, pues sus viejos patriarcas de la moral, la estética y el nacionalismo habían quedado debilitados por el caso Dreyfus y el desastre europeo de la guerra?  André Gide no tuvo que emigrar a Greenwich Village para darle su buena tunda a Maurice Barrès.
         Josephson recuerda su exilio europeo en Mi vida entre los surrealistas (1962), cuarenta años después de su periplo mítico, y consigna que, en realidad, la dorada Europa debía sus resplandores a su golpeado tipo de cambio. Los jóvenes norteamericanos, quienes recibían algunos dólares de casa, podían llevar ahí una agitada vida turística y bohemia por meses o pocos años, mientras que en su patria debían trabajar duro como empleados para apenas subsistir. En Austria, por ejemplo, una opípara cena con chicas y cerveza costaba, en dólares, lo que un sándwich en Estados Unidos. Años veinte.
         ¿La cultura francesa moderna les era tan necesaria? Sólo relativa e indirectamente. Fuera de ciertos cafés y círculos de Montparnasse y de Montmartre, la sociedad francesa resultaba tan puritana y conservadora como la norteamericana; e incluso en ellos, lo común era que los artistas y escritores europeos no quisieran mezclarse con los bohemios turistas de los Estados Unidos. “París era una fiesta”, efectivamente, pero sólo de norteamericanos para norteamericanos: una especie de Greenwich Village más barato y tolerante para las borracheras.
         De hecho, las grandes obras de Scott-Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Wolfe, Crane, Wilder, Dos Passos, Wilson, Cummings debían más al propio impulso de la literatura en lengua inglesa, a sus gurús como Eliot, Pound, Sherwood Anderson, Joyce y Gertrude Stein, que a Proust, Valéry, Gide, Rilke, Saint-John Perse, Claudel, Mann o Jules Romains.
         Unas vacaciones ilusorias, ahora se diría “virtuales”, en las que los norteamericanos representaban sus sueños bohemios con y para otros norteamericanos, mientras Europa seguía su propia vida y su propia cultura casi sin advertirlos, desdeñándolos como meros turistas pintorescos. Y admiraba en cambio la cultura “popular” norteamericana que no emigraba, la que triunfaba en su propio país, la típica: el cine, el jazz, las tiras cómicas, los relatos de detectives, los dibujos y slogans publicitarios...
         De todos esos emigrados sólo Matthew Josephson logró integrarse a un medio verdaderamente francés, y se propuso asumir una corriente cultural verdaderamente francesa: el dadaísmo y el surrealismo. Su entusiasmo por Tristan Tzara, André Breton, Louis Aragon, Paul Éluard, Philippe Soupault, Robert Desnos, Benjamin Péret, Max Ernst, etcétera, fue prontamente recompensado por ellos, quienes lo acogieron en calidad de agente aduanero: Josephson se encargaría de exportar el dadaísmo y el surrealismo a la lengua inglesa y a los Estados Unidos.
         Para ello fundó o colaboró decisivamente en tres revistas modernísimas, modestas (de hasta 3 mil ejemplares) pero internacionales, destinadas a predicar el evangelio de Dadá, de Breton, de Picasso y del arte abstracto en los Estados Unidos y entre los turistas norteamericanos en toda Europa: Secession, Broom y transition. (Esa aventura terminó sobre todo porque el Servicio de Correos de Estados Unidos, menos tolerante que el europeo, prohibió la circulación de Broom, acusándola de pornografía.)
         Sin embargo, a pesar de su entusiasmo, Matthew Josephson seguía siendo radicalmente un buen turistón norteamericano: inocentón y serio. Se tragaba con todo y pelos demasiados cuentos y luego se indignaba por haber sido timado; abjuraba de sus errores y escribía contra sus antiguos aliados. Ya decía Gide que el mayor admirador de hoy será el primer detractor mañana. Pero no hay rencor, sino crítica leal, sentido común y amistosa travesura en sus detracciones. Los propios surrealistas se dijeron peores cosas unos de otros durante sus excomuniones y linchamientos impresos. Con el tiempo Matty Josephson llegó a reconciliarse hasta con Aragon y con Breton (1941), cuando éstos ya se odiaban a muerte. Renegó de sus ideas dadaísta-surrealistas, no de sus afectos.
         Al regresar a los Estados Unidos y experimentar el casino brutal de las finanzas (tuvo que trabajar como corredor de bolsa, lo que le provocó una postración nerviosa), la depresión económica y la política de los años treinta, dejó de admirar y de creer en sus gurús dadaísta-surrealistas.
         La vida y el futuro estaban en otras partes. Los buscó en la biografía literaria, donde logró muchos éxitos (sobre Zola, Rousseau, Victor Hugo, Stendhal) y en la biografía sociológica de Edison y los grandes capitalistas norteamericanos: The Rubber Barons. The Great American Capitalists, 1861-1900 y The Money Lords. The Great Finance Capitalists, 1925-1950.
         Entretanto sufrió su mayor desastre: la pérdida del reino que había soñado en París. Este entrañable camarada de Hart Crane, no llegó a ser el poeta dadaísta de Nueva York, con versos que sonaran como slogans y jinggles comerciales, una sarcástica parodia verbal de la civilización industrial. Un Dadá en Wall Street. Desde hace décadas su poesía se recuerda poco.
         Mi vida entre los surrealistas (1962), traducida con un extravagante casticismo por Agustí Bartra —v. gr.: traduce los vagabundeos de un yanqui de Brooklin en Austria  como “andorrear”—, ofrece retratos y crónicas cariñosas de ese grupo, pero totalmente desilusionadas y críticas. Estos estrepitosos Profesionales de la Inmoralidad, estos escandalizadores que jamás se habían metido a un burdel y que no se emborrachaban nunca, o poco. Estos señoritos que exigían a sus seguidores el abandono “de todo”, pero se negaban a ganarse la vida como asalariados, y vivían como dandys de parasitar o de asaltar a sus ricas familias. Estos detractores de todo arte antiguo, del que no poseían cuadros, y ensalzadores casi venales del nuevo, con el que traficaban descaradamente (Breton se hizo rico en la compraventa formal, con galería y todo, de los cuadros de sus elogiados: no atacaba a Picasso, hiciera lo que hiciera, porque vendía bien; si a Max Ernst, porque no parecía vender tanto). Todas esas consagraciones y excomuniones de Breton que no admitían mayores explicaciones que el protagonismo vedetista del pontífice y un ansia de popularidad que no conseguía con la venta de sus poemas: necesitaba escándalos. Esos torerazos de salón. Esos chicos tímidos que sólo se volvían bravucones ante los flashs de la prensa. Esos...
         En una ocasión [Philippe] Soupault llegó demasiado lejos con sus bromas e incurrió en la censura de sus cofrades. Estábamos en el Cintra, una noche, Breton con su esposa, Soupault con la suya, y yo con la mía; y Ribémont-Dessaignes, Vitrac, Baron y Péret también estaban presentes, sin compañera. Era un período de tensión creciente; la “conspiración Dadá” se hacía repetitiva, como declaró Breton; buscaba insistentemente “algo nuevo”. Dando un puñetazo sobre la mesa, exclamó Breton:
         —Pero ¡esto es tan estúpido! Estoy aburrido de todo. ¿Quién tiene alguna idea?
         -Allons à un bordel —dijo uno de los presentes, probablemente Vitrac, riendo.
         Inmediatamente se puso a votación y se aprobó la idea de trasladar nuestra reunión, por aquella noche, a un burdel. Mi esposa y yo nunca habíamos visto el interior de un burdel, pero estuvimos de acuerdo en visitar uno de ellos. Breton consintió de mala gana, aunque tampoco había ido nunca a un lugar semejante.
         —Conozco uno que está muy bien —dijo Soupault—. Está cerca de aquí. Vamos.
         —¿Con nuestras mujeres? —pregunté.
         —Bueno, ¡puede divertirlas!
         Salimos, dudando de que Philippe llevase a cabo seriamente su idea. Desde la avenida de la Opéra entramos en una calle lateral, nos detuvimos delante de una casa de departamentos elegante y, mientras Breton todavía hacía objeciones a Philippe, éste tocó el timbre. Soupault dijo que aquella casa era un lugar favorito de los senadores y los grandes políticos.
         Una linda criatura nos introdujo en un gran salón, lleno de sofás acojinados, sillones, espejos, lámparas rosadas y la tradicional pianola. La madame apareció; nos miró de arriba abajo fríamente, encontrándonos algo extraños, en compañía de tres jóvenes matronas vestidas sencillamente y de aspecto respetable.
         —¿Qué gustarán tomar las señoras y los caballeros? ¿Champaña a setenta y cinco francos o a cien francos?
         Con mucha autoridad, Philippe pidió el champaña más barato. Con la bebida, entró en tumulto un rebaño de ocho o diez cortesanas de varios tamaños y volúmenes, profiriendo alegres gritos de bienvenida; luego, cuando se dieron cuenta de nuestras acompañantes femeninas, nos miraron con asombro. Se alinearon a un lado de la sala, con breves taparrabos y ligeros sostenes que, no obstante, procedieron a quitarse.
         —Mostradnos vuestros trucos —dijo uno de nuestro grupo.
         Las muchachas, todas a la vez, se arrodillaron en el suelo y empezaron a hacer lascivos movimientos y ademanes hacia nosotros, de modo desmañado y mecánico. Soupault siguió mirándolas cómicamente; pero Breton se enojó, o fingió enojarse. Llevaba, como siempre, su pesado y nudoso bastón, con el que golpeaba el suelo impacientemente. Todos los del grupo sentíanse incómodos y nadie sabía qué pasaría después. Nuestras señoras, entretanto, miraban cortésmente con impecables modales burgueses.
         —Esto es repugnante —gritó Breton por fin—, un espectáculo vergonzoso... ¿Cómo pudiste traernos a un lugar como este? —añadió, dirigiéndose, con cólera, a Soupault.
         Philippe se echó a reír y dijo a la madame:
         —Lléveselas. ¿Quizás sería mejor el “champaña a cien francos”?
         La madame, una mujer imponente con un rostro de expresión severa, parecía estar ya harta de nosotros.
         —Espero que saldrán sin alboroto —dijo—. Aquí no nos gusta el desorden ni el ruido.
         Philippe sacó un fajo de billetes, pero ella lo rechazó cortésmente y dijo, mientras salíamos:
         —No se molesten en probar en la casa contigua, porque pertenece a la misma empresa.
         Los caminos del destino siempre sorprenden. Matthew Josephson obtuvo como resultado de su época dadaísta-surrealista ¡una enorme admiración por Zola, Victor Hugo, Stendhal y Rousseau!, a cuyo estudio dedicaría su vida madura, en libros que comparten la primavera del mejor ensayo literario norteamericano:
         En el famoso círculo de amigos de Zola, se encontraban Flaubert, Turguénev, Daudet, los hermanos Goncourt, Maupassant, Huysmans y el pintor Paul Cézanne, que fue su amigo de la adolescencia. A través de su correspondencia, notas y escritos autobiográficos encontrados en los papeles de Zola, llegué a conocerlos muy bien, como si se encontraran presentes ante mí; había incluso algunas transcripciones textuales de las cenas periódicas en las que se reunían “los Cuatro Grandes”, Flaubert, Daudet, Edmond de Goncourt y Zola, que se encuentran en el Diario de los Goncourt. En mi imaginación conversaba con ellos mientras caminaba por las estrechas calles del Palais Royal, cerca de la Biblioteca. En cierta medida, vivía la vida de Zola. Malcolm Cowley, al describir mi método de escribir una biografía, lo calificó de “inmersión” en cada tema a que me dedico. Llegó hasta a afirmar que tiendo a imitar a cada personaje sobre el que escribo, tanto en sus rasgos malos como en los buenos, lo cual resulta una divertida exageración.
         Como Van Wyck Brooks, Edmund Wilson y Malcolm Cowley, Matthew Josephson se opuso tanto a los laberintos tecnicistas universitarios como a los laberintos metafóricos de los parnasianos metaforistas o filosóficos. El ensayo razonable, documentado, legible como reportaje literario. Hoy en día es poco visitado. Las monografías literarias se han vuelto monopolio de la industria universitaria.
         No sólo el género de la biografía (Lytton Strachey le enseñó a final de cuentas más que Breton), sino el estilo llano del reportaje literario (a la manera de Van Wyck Brooks y de Edmund Wilson) se le ofrecieron como una liberación: escapar del ghetto de las minúsculas y fanáticas capillas universitarias o de los parvos parnasos irresponsables e infatuados, en busca del “lector común”. ¿En última instancia no es ése el objetivo paradójico de toda literatura: extremar el arte literario... para llegar al Lector Común? Dice Josephson: “Algunos de los autores más recónditos o ‘impopulares’, incluyendo a Henry James, según he descubierto, siempre han anhelado secretamente un público más numeroso que el que les es concedido.” Bueno, pues a darle la bienvenida, pero sin devaluar el arte de la literatura: la ambición más altiva que pueda concebir un escritor.
         El principal encanto, sin embargo, de Mi vida entre los surrealistas está en lo que no tiene que ver con ellos, sino con la respuesta profunda de los escritores norteamericanos al evangelio dadaísta-surrealista que Josephson les predicaba durante los años veinte. Las respuestas escépticas o indignadas de autores como H. L. Mencken, Edmund Wilson, E. E. Cummings, Hart Crane, Malcolm Cowley, Allen Tate, Kenneth Burke, Paul Rosenfeld...
         Al final de la década, y al final de este libro, le ocurrió a Josephson un accidente terrible. Se incendió su departamento, y al pretender rescatar algo de sus cuadros y de su biblioteca quedó atrapado entre las llamas una media hora. Se salvó de milagro después de mes y medio de hospitalización. No he leído en ninguna otra parte mejor relato de un incendio que el que concluye Mi vida entre los surrealistas  (Tr. A. Bartra, México, Joaquín Mortiz, 1963) Cf. Malcolm Cowley: Exile’s return, Nueva York, The Viking Press, 1951 y A Second Flowering. Works and Days of the Lost Generation, Nueva York, The Viking Press, 1974; Edmund Wilson registra y parodia el dadaísmo de Matty Josephson en The Shores of Light. A Literary Chronicle of the 1920s and 1930s, Nueva York, The Noonday Press, 1967 (“The Poet’s Return”).



miércoles, 1 de febrero de 2017

JORGE LÓPEZ PÁEZ

UN PRÓLOGO PARA JORGE LÓPEZ PÁEZ*

En los numerosos cuentos y novelas (novelas-de-cuentos) de Jorge López Páez (1922) destaca el júbilo de narrar la minuciosa vida cotidiana, incluso íntima, a ratos solitaria o pueblerina, a veces urbana y cosmopolita. Desde los chismes del fogón de las tías y el patio o el jardín de los primos hasta las intrigas y rumores agridulces de pretenciosas oficinas de secretarías de Estado y embajadas (“El nuevo embajador”), espectaculares casonas de fiestas extrañas (“Ahí estaba Elizabeth Taylor”), perfiles enigmáticos de prestigios escandalosos (“Una estrella del cine nacional”) y diversas aventuras de viaje, en el WC de los antiguos ferrocarriles (“El viaje con Sigfrida”) o en las albercas seminudistas de los nuevos balnearios tropicales (“Pájaro sonámbulo”).
Sabe expresar con una fresca naturalidad los días y las penumbras, las ironías y los terrores de la clase media mexicana en las más diversas arrugas del mapa. Episodios comunes que se nos vuelven experiencias extraordinarias precisamente por su inmediatez. Adquieren el espesor de la vida inmediata. El jubiloso cantor de lo inmediato.
         Sus recursos suelen ser increíblemente sencillos: por ejemplo, un hombre recibe en su cama de accidentado la visita de su compadre, y ya; no se necesitan más estructuras narrativas: agarran, platican y corre en borbotón toda una detallista vida de traileros. Una paridora tenaz —lleva siete hijos de padres diferentes a sus apenas veintitrés años— va a platicar con Doña Herlinda, quien nomás se ocupa de servirle incontables caballitos de tequila para destrabarle, pero por completo, la lengua. Y ya.
         La destreza y las virtudes narrativas de Jorge López Páez aparecen desde sus primeros libros. Inició su obra de narrador desde buena altura y no ha conocido caídas. Asombra esta calidad permanente, y su lealtad al mundo tan local —sobre todo el de la nueva clase media de la nueva provincia mexicana, con coches, cassettes, salones de belleza, Disneylandia, VIPS, palenques, vacaciones en la playa, confidencias maternales frente a enormes, norteños T-Bone; o la capital con sus casonas de políticos y sus palaciegas bodas desairadas, “Los invitados de piedra”—, que escogió desde un principio y ha venido poblando y expandiendo en una quincena de títulos.
Muchas veces nos contará la experiencia de dos o tres niños intrigados frente a los embrollos de los adultos, y siempre habrá una historia fresca.
         Son inevitables la verosimilitud, la transparencia, la amenidad, la gracia de López Páez; su irreverencia más sonriente que retadora frente al matrimonio, la maternidad, el sexo, la política, la religión. A ratos me da la impresión de un Voltaire en guayabera, paladeando una horchata, mientras parece referir con toda la tranquilidad del mundo una simple historia familiar a los vecinos decentes, muertos de risa... quienes sólo demasiado tarde se darán cuenta de haber sido cómplices de tamañas inconveniencias. Y para entonces ya resultaría ridículo llamarse a escándalo (“Vientos del Caribe”). Otras veces simplemente recupera atmósferas, olores, texturas, instantes del tiempo perdido, que lo ha hechizado y a cuyo embrujo nos invita.
         Un autor de estilo tan esencial —lo que no lo esclaviza a la gramática hipernormativa, ni le impide los coloquialismos y modismos, ni las bromas; un prosista que no se espanta ante la repetición de palabras ni ante las cacofonías—, tan preocupado por mirar claramente su realidad común, más allá de “efectos de pluma” y de teorías o de modas culteranas, causó escándalo desde el principio.
         Había terrores como de cine de La Nouvelle Vague en ese mundano Pepe Prida (1965), quien se atrevía a un cierto amoralismo desenfadado, del todo extraño en las letras mexicanas, y dramas amorosos y sexuales en Los invitados de piedra (1961) y Hacia el amargo mar (1964); doblemente intensos porque rehuían la moda de la epatante “literatura del mal”, entonces tan socorrida como snob, y sólo abrían los panoramas del desastre interior con una mirada objetiva, sucinta y... mordaz. Eran contemporáneos de La Nouvelle Vague, pero surgidos de la mordacidad que también goza “el santo olor de la panadería”.
Recuerdo haber leído esos libros por primera vez en los pasillos de San Ildefonso, durante mi preparatoria, en los años sesenta, y la curiosa sensación de una provincia mexicana que a ratos se me volvía en la lectura película francesa o italiana de “arte”, se decir: de las prohibidas, que apenas se exhibían en las reseñas o festivales de cine, o en los clandestinos cineclubs universitarios.
         Jorge López Páez se presentaba como un modernizador que no inventaba “golpes de novedad” artificiosos, calcándolos de títulos extranjeros, sino espiando las nuevas vueltas de las costumbres locales, desmenuzándolas, desarrollándolas en su propio medio nativo. Ahí estaban completas: sólo faltaba verlas, oírlas, expresarlas. No hay autor más universal que quien descifra cabalmente su propia aldea o ciudad. Lo universal en lo inmediato.
         Un modernizador a quien las escenas o episodios de la carne erizada, o del instinto en desazón, no lo alejaban del paraíso. Concibió dos de los mayores paraísos de su tiempo, ambos desde la perspectiva infantil: El solitario Atlántico (1959), que podemos leer ya como relato, ya como poemas en prosa (acaso se trate del título donde se preocupó más por asuntos de estilo, de una prosa con intenciones estéticas) ahincado en la provincia profunda; y Mi hermano Carlos (1965), en la gran ciudad, que ahora nos parecería inverosímil: ¿Existieron de veras esas sonrientes calles arboladas, esos hogares siempre abiertos y con bardas muy bajas, meramente ornamentales, que las palomillas de niños saltaban de casa en casa en una diversión interminable, apenas contrapunteada por el espíritu y la carne atormentados que vislumbraban, casi sin entenderlos, casi sin creerlos, en gestos espiados de los adultos? ¡Hay que ver lo que es hoy en día, lo que ya era en los años setenta la Colonia del Valle!
         Quizás jamás se haya escrito, y por supuesto no se ven perspectivas de que pueda escribirse, un panorama tan pacífico, alegre y fresco de la Ciudad de México, como ése. Una Nueva Arcadia Mexicana. Qué rara esa “ciudad jardín” de Mi hermano Carlos, sin embargo contemporánea a las visiones espeluznantes del Distrito Federal de Revueltas, Spota, Garibay, Fuentes, José Agustín... ¿No la estaría soñando un niño desde “el solitario Atlántico”, uno de esos niños de provincia que creían que las grandes ciudades eran cuentos de hadas?
Los niños son personajes privilegiados de su narrativa:  basta señalar la intensidad y la ternura, la complejidad emotiva e imaginaria, el mundo más que reducido, multiplicado al cifrarse en dos inagotables prismas: su amiga y “El chupamirto” para el chamaquillo tan tempranamente codicioso y sensual del cuento que lleva ese título. El extraño mundo de la gran capital desde la perspectiva de una niña, hija de sirvienta, en “La tarde de Tula”.
         Los niños, los jóvenes, las solteras y viudas, los solos, los desamados, los “equívocos”, son los personajes favoritos de López Páez, siempre ubicados en su proporción natural, sin énfasis o dramatizaciones, pero cada vez más proclives a los bordes del humor e incluso de la ironía inesperada, se diría insólita, como en Doña Herlinda y su hijo y sus otros hijos (1993).
         Aunque el tema homosexual es sólo uno los múltiples asuntos de la variada obra de López Páez, y acostumbra asomar con decoro y pudor, el lector contemporáneo debe reconocer que su invención de las intrincadas e hilarantes aventuras del muchacho gay y su cómplice y celestinesca madre Doña Herlinda permitieron (especialmente a partir de su versión cinematográfica, que anunció al público general la obra de un autor por entonces sólo conocido por la muy estrecha minoría mexicana de los lectores de narraciones), a mediados de los años ochenta, uno de los íconos más sonrientes de la llamada “cultura gay”, o de la expresión de la vida y los asuntos de la vida homosexual en las artes y los medios de comunicación en lengua castellana. El homosexual, reducido hasta entonces a la nota roja o a un lacrimoso payaso de carpa, encontró un superior registro cómico. Como El vampiro de la Colonia Roma (1979), de Luis Zapata, ése y otros relatos de López Páez brillaron con un gesto de modernidad, tolerancia y optimismo –siempre iluminados por la ironía, incluso con fulgores ácidos- en el momento en que la cultura y la sociedad mexicana parecían decidirse por un modo de vida moderno y tolerante. Amplió y renovó la comedia de la sociedad mexicana y del tratamiento literario de la vida homosexual.
Doña Herlinda se erigió entonces como uno de los personajes imaginarios más célebres, queridos y exitosos de la narrativa mexicana de finales del siglo xx. Pero el cine suele ser demasiado rápido, traicionero y cruel: a principios del siglo xxi la película (un tanto experimental, torpe, improvisada, que en su momento por eso mismo pareció tanto más fresca y verista) desmerece frente al sucinto cuento “Doña Herlinda y su hijo”, que llama a gritos una nueva versión teatral o cinematográfica. Semejantes personajes cómicos suelen fulgurar en el foro o en la pantalla ante la risas multitudinarias.  
         En otras páginas encontramos los paraísos raigales de la infancia y de los rincones natales, estremecimientos del amor, el sexo, la desventura, el terror, la curiosidad de los viajes; también paraísos de comedia, con un humor que asimismo busca menos la “máquina teatral” de la risa estallante que el acento genuino de la realidad, hasta en su perspectiva naif, como De Jalisco las tapatías (1999), que asume un poco como símbolo las viejas postales coloreadas a mano. Pero hay que andarse con cautela. La cortesía, la economía de recursos, el aire pintoresco, la bonhomía vecinal, sólo preparan el zarpazo cáustico o crítico.
         Siempre se han reconocido la destreza, la limpieza, el sabor a verdad recién bebida del pozo, la economía narrativa de López Páez. También lo que se llamó su “verismo” —en oposición al viejo realismo estridente y sistemático—, no como afán teórico sino como búsqueda de la natural correspondencia entre el relato y la realidad: el color local, la cercanía de lo narrado con lo que el lector mexicano ha vivido.
         En este sentido, cabe destacar su independencia. Miembro de una talentosa generación o grupo de narradores —entre los que abundaban los veracruzanos (recuerdo sobre todo a Galindo, Carballido y Melo), sin desplazar a compañeros de otras regiones (Magaña, Castellanos, Luisa Josefina Hernández, Garro, Ramón Rubín, el poblano Pitol) y que florecieron en los años sesenta, particularmente en la Colección Ficción de la Universidad Veracruzana—, siguió un estilo, un camino y un mundo imaginario únicos. Se diría que sin dudas. Que no los tuvo que buscar mucho: que ya eran suyos desde un principio.
         No podía ser más escueta, más auténticamente costumbrista, más fatalmente verosímil la desgracia del empleado pobre con una empleada algo adinerada de VIPS, en el cuento “La prima”. Aplaudamos también en López Páez a uno de los cronistas de VIPS. (Diría Rilke: Todos los cronistas de VIPS son terribles.)
         La voz narrativa de Jorge López Páez, siempre bien templada, nerviosa y dominada por un ritmo secreto que confiere a sus obras una sensación de redondez, de paisajes al mismo tiempo sucintos y plenos, atiende con la misma pasión los detalles de las costumbres y del habla, que las grandes líneas de las emociones, los sentimientos y las ideas.
         Pocos autores proporcionan en sus textos, como él, la sensación de mundos vividos tan de cerca. Se les recuerda menos como textos que como memorias pobladas de sensorialidad, objetos y gestos que son en sí mismos “tonos, claves, silencios, alteraciones” principales, así aparezcan breve o lateralmente en los relatos. El lector juraría que no ha leído esas cosas: que las ha vivido ahí mismo: que es el lector —por un prodigioso trueque de posiciones— quien las está contando.
         A López Páez le gusta conceder la voz narrativa a las mujeres, especialmente cuando se ponen evocativas. Seguramente porque usan un lenguaje coloquial más locuaz, colorido y chistoso y, como por ahí se dice en especial de las tapatías, porque sólo dejan de hablar cuando tienen comida en la boca. No abandonan un instante sus mil y una noches tapatías entre tamalada y pozolada. Para no hablar de las interminables tequiladas de Doña Herlinda. Sus relatoras recorren los registros del candor y la gracia infantiles –cuando cuentan, por ejemplo, con la más sonriente alegría del mundo, paso a paso, como brincando la rayuela con sus ricitos y su faldita, una espantosa historia de vejez y deficiencia mental desamparadas-; de la feroz malicia y hasta del humor loco.
         Sin intentar generalizaciones odiosas, sería interesante comparar los cuentos donde la voz narrativa reside en niños, o en adultos que se sumergen en su propia  infancia —mayor travesura e intensidad lírica—; en mujeres —más detallada descripción de la vida cotidiana y social, más fiesta y color local, mejor conversación franca e irónica, cuando no sarcástica—; o en hombres adultos —menor tono confesional, más silencios; pinceladas rápidas, bruscas o entrecortadas, como en el cuento de “Los compadres”.
         En décadas pasadas, remolcada por utopías o delirios teorizantes, ideológicos o modernizantes, la literatura mexicana ha querido parecerse más a las modas europea y norteamericana que a su propia tradición. No está mal tener presentes las brújulas culturales metropolitanas, que al fin y al cabo nos siguen dirigiendo. Pero ha sido una imperdonable distracción, una injusticia, un empobrecimiento, olvidar o menospreciar obras que quisieron enfrentarse con ojos concretos a nuestra realidad inmediata.
         Se tildó de arcaicas, provincianas o costumbristas, y se procedió a silenciarlas, obras como Los signos del zodiaco, de Magaña, El lugar donde crece la hierba, de Luisa Josefina Hernández, El Bordo, de Sergio Galindo, o algunas de López Páez, que sin embargo llegan al nuevo siglo con cabales actualidad y frescura.
         Pero ellos estaban seguros de su apuesta, que han ganado plenamente. En 1964, Hacia el amargo mar apareció con una solapa anónima, cuyos términos podrían suscribirse en 2002: Reproduzco un párrafo:
         “Hacia el amargo mar, que presenta este número de Ficción, está realizada en una escuela que más podría ser considerada como verismo narrativo que como verismo literario. En ella se desarrolla una historia común, con implicaciones comunes, sin cosa sorpresiva alguna; pero al cabo de su lectura queda en el lector la sensación de haber presenciado de cerca los hechos, casi de haber participado en ellos. Lo extraordinario está en la fidelidad con que se siguen los pormenores de un estrato social de clase media, cuyos personajes rondan y palpan la corrupción a cada momento, como las mariposas nocturnas la llama o la luz de una bujía”.
         Sólo cabría añadir que toda su obra está teñida de una misión moral, una crítica de la moral social mexicana. O inmoral, en el sentido en que André Gide escribió El inmoralista. Sin grandes discursos ni aspavientos, con sus cuentos familiares, López Páez ha denunciado, casi siempre con incorregible alegría, las hipocresías y atavismos de nuestra sociedad. Ha hecho más en este sentido que tantos librotes de sicoanálisis, de teorías sexológicas y religiosas, o de “literatura del mal”.
         Y sin arrojar jamás la primera piedra —de hecho, sin arrojar ninguna piedra— contra la mujer adúltera ni contra el fanfarrón hipócrita. Cuenta el México en que vivimos tal cual es, y castiga nuestros tartufismos especialmente con las armas de la broma (incluso la broma pesada) y de la ironía (aun la más irreverente) de sobremesa, sin olvidar sus inevitables caballitos de tequila, que nos ayudan a deglutirlas mejor, y a reírnos —o a hacer como que nos reímos— hasta de nuestros aspectos más patéticos.

* Prólogo para una antología de sus cuentos por la UNAM                                                              


jueves, 1 de diciembre de 2016

NERVO

LOS CUENTOS DE AMADO NERVO

NERVO Y LOS FILISTEOS
De la misma manera que su poesía, la prosa narrativa de Amado Nervo (1870-1919) representa un afanoso compromiso entre el exigente arte modernista y las restringidas luces del público al que el autor se dirigía en los últimos lustros del siglo XIX y los primeros del XX.
Era un público mayoritariamente femenino, con escasa escolaridad pese a sus pretensiones de mediana o mayor riqueza, a caballo entre la cultura católica más tradicionalista (provinciana, pacata, conservadora) y las novedades escandalosas de la cultura francesa del fin de siglo (positivismo, sensualidad, diabolismo, espiritismo y teosofía, lujos y leyendas orientales, adulterio y amor libre: “decadentismo”), introducidas por el periodismo literario y las novedades editoriales importadas de París.
La obra de Nervo es muy vasta y variada, a pesar de su muerte temprana, hacia sus cincuenta años (su angustia ante la Revolución Mexicana y la Primera Guerra Mundial, así como algunos desgastes, enfermedades y desgracias personales parecen envejecerlo desde los cuarenta años: cuesta trabajo aceptar que sus fastidiosos poemas de acedía y resignación a la Nada, sus “muero porque no muero”, sus despedidas del mundo -“¡Vida nada te debo, Vida estamos en paz!”- y sus verbosos desagrados de la carne fueron escritos por un hombre todavía bastante joven), y ofrece argumentos para todo tipo de tesis.
Su conjunto, sin embargo, señala a un autor mucho menos “heroico” (en el sentido de combatir la cultura tradicional) o radical que Darío, Lugones o Tablada, y mucho más preocupado por agradar a su público. Suele ser menos “raro”, menos exótico, menos esteta que otros modernistas; se acerca más a las ideas comunes en su época de la religión, de las buenas costumbres, del patriotismo, de los sentimientos meramente románticos, incluso de las modas: automovilismo, deportes chic, cine mudo, subconsciente, trastornos psíquicos, espiritismo. De hecho, abjuró en su última década incluso de los rasgos estetizantes de su juventud modernista, en busca de un estilo más simple y de un pensamiento más acorde con el de la clase media hispánica. Abjuró de las “extravagancias”, diabolismos y “mallarmeísmos” modernistas (como se ve en muchos de sus ensayos críticos, especialmente en Juana de Asbaje, 1910), y con ello de casi todo su arte literario, en busca de una dudosa “elevación” metafísica expresada en los términos más llanos y fáciles.
Dice bien Manuel Durán en el prólogo regular a su mala selección de Cuentos y crónicas de Amado Nervo (UNAM, 1971): “Nervo escribe, pues, no sólo para los iniciados, sino también para los filisteos”. (“Filisteos” es un anglicismo para “burguesotes”; Nervo los llamaba “emburguesados”.) No lo hizo por mera inmoralidad o venalidad –a pesar de sus enormes éxitos literarios, de sus comisiones periodísticas (financiado por Rafael Reyes Spíndola, de El Imparcial) y educativas (gracias al ministro Justo Sierra, previo acuerdo con Porfirio Díaz) y de sus puestos diplomáticos (con Carranza), ganaba poco y vivió casi en la pobreza-, sino por la ambición de ser un escritor profesional, un escritor con público, y no un anacoreta estético (aunque como tal guste posar en sus poemas).
Esa ambición exige rendir grandes concesiones a los prejuicios y modas del público, como lo vemos en casi cualquier autor “de arrastre” de nuestro siglo. La moralina católica y el pacato, mustio decentismo pequeñoburgués, pesan más en Nervo que en cualquier otro gran escritor mexicano, López Velarde incluido. Hasta en el Nervo más osado hay todo un minucioso reglamento de buenas costumbres, un protocolo del comme il faut. Es también un efusivo adulador de los poderosos y los potentados.
En sus artículos críticos, representa con frecuencia el papel de un malhumorado prefecto conventual que se impacienta y regaña ante cualquier inquietud, cualquier travesura: quiere, por ejemplo, que los gobiernos ¡prohiban oficialmente las zarzuelas, tandas y sketches del “género chico”, porque corrompen las costumbres y el idioma! ¿Quiénes conformaban los gobiernos hispanoamericanos hacia 1910? Casi puros tiranos terribles.
De ahí que haya resultado, especialmente en su poesía, pero también en ciertas narraciones, ensayos y artículos, uno de los autores más populares de su época en toda Hispanoamérica. Y expurgando algunos textos temerarios, por lo general poco divulgados, como los seleccionados por Pacheco en su Antología del modernismo, devino uno de los poetas más “convenientes”, más aprobados por padres de familia, curas y maestros de escuela. (En tal sentido, como el poeta que se portaba muy bien y rezaba con constancia y devoción, salvo deslices perdonables, lo elogia el padre Alfonso Méndez Plancarte en el prólogo a sus Poemas completos). Hasta la fecha, según afirma Luis Miguel Aguilar en su Poesía popular mexicana, representa el autor que mayor cantidad de poemas ha legado a nuestra memoria popular... y a la declamación en ceremonias y medios de comunicación, al estudio en las escuelas primaria y secundaria tanto clericales como oficiales. (Por lo demás, Nervo defendía precisamente ese tipo de poemas como parte esencial de la educación pública, como se ve en los “informes” sobre los sistemas educativos europeos que rendía al ministro Justo Sierra: fue pues ejemplarizante, sermoneador, oratorio y didáctico adrede).
Por ello mismo, al menos desde los años veinte, Nervo empezó a resentir el desprecio de los pequeños sectores más ilustrados y modernos del público, y por supuesto de los nuevos escritores. Chocaban su frecuente chabacanería, sus golpes de pecho frente a unas trenzas de mujer, sus poemas que casi o sin el casi imitaban plegarias u oraciones religiosas, su simplismo expresivo y mental. Sus bodas “blancas” de Baudelaire con Ripalda. (Entre indignado y lastimero, dio acuse de recibo a estos reproches desde 1910, en un párrafo de Juana de Asbaje.)

EL BACHILLER
Siempre se ha sabido, sin embargo, que hay varios Nervo; que tiene textos difíciles e inteligentes, de notables audacias culturales y estéticas. Uno de estos “otros Nervo” es el narrador de muchos cuentos y “novelas”, en realidad relatos largos, como “El bachiller”, “El donador de almas”, “Pascual Aguilera”, etcétera.
Aunque estos cuentos también se dirigen principalmente al gran público (con frecuencia se publicaron en revistas, periódicos y ediciones importantes), y no a minorías muy avanzadas, muestran a un Nervo más complejo, culto y divertido que el de los poemas famosos. Trata de ser libertino, espiritista, diabolista, sarcástico, decadentista y algo “inconveniente”. Todo un mundo sensorial y mental, que se interesa incluso en la ciencia y en la ciencia ficción (una operación quirúrgica concede al paciente la posibilidad de ver el futuro, lo que le echa a perder la vida, en “El sexto sentido”).
“El bachiller”, por ejemplo, narra la aburrida historia del seminarista que se debate entre la castidad y el deseo de mujer, sólo que se resuelve con un final desaforado: el seminarista trata de escapar de su conflicto con el recurso del teólogo Orígenes: la castración. Pero a diferencia de otros modernistas, que encontrarían en la mutilación de los genitales una gran oportunidad para muchas “misas negras” (dirigidas al deleite exclusivo de iniciados, en revistas y libros marginales), Nervo recuerda que está escribiendo para un amplio público asustadizo, y narra elípticamente el hecho. Tenemos al seminarista asaltado por los besos de la mujer deseada:
         “Había caído de sus rodillas, con sus ropas, el cuaderno que leía, y la palabra Orígenes, título del capítulo consabido, se ofreció a un punto de su mirada. Una idea tremenda surgió entonces en su mente... Era la única tabla salvadora... Asunción estrechaba más el amoroso lazo y dejaba su alma en sus besos. El bachiller afirmó, con el puño crispado, la plegadera, y la agitó algunos momentos, exhalando un gemido. Asunción vio correr a torrentes la sangre...”, etcétera.
“El bachiller” fue uno de los primeros escritos famosos de Nervo, y acaso el único que atizó el escándalo público en quien se creería ahora el menos escandaloso de nuestros autores.

AVES DEL PARAÍSO
A caballo pues entre las audacias de la nueva cultura francesa y del más radical modernismo hispanoamericano, por una parte, y la cultura social (parroquial y espesa) de su público, por la otra, Nervo publicó miles de páginas. Es mucho más abundante su prosa que su poesía (de cualquier modo muy voluminosa, especialmente en la última década, cuando dijo que sólo deseaba el silencio). E indudablemente mejor, aunque la memoria popular haya privilegiado durante un siglo una veintena de sus poemas más religiosos, patrióticos o románticos.
Mucho le ayudaron, en México, el canto a los héroes; y en el extranjero, la tragedia lírica de su viudez, como el Orfeo en busca de La amada inmóvil, así como sus pretensiones de filósofo popular, al mismo tiempo católico y budista: buena parte de los poemas de su última década son lecciones simplificadas de filosofía estoica, indostana y cristiana para el lector sencillo que no podía descifrar tratados.
“Mejor” la prosa, porque en relatos y crónicas Nervo se siente más libre y encuentra mejores oportunidades de desarrollar sus preocupaciones e intereses intelectuales y estéticos. No iban a ser necesariamente memorizados por las señoritas de buena sociedad, quienes de cualquier manera se asomarían a ellos, por lo que habría que tenerles cierta consideración, pero limitada. En muchos de sus poemas, en cambio, jamás se apartaba de su vista, en primer plano, el inmenso coro de escolares o señoritas de buena sociedad a punto de memorizar “un nuevo poema de Nervo” para la próxima ceremonia o tertulia. Quizás aspiró también, en su última etapa, a compartir el prestigio de los devocionarios, de los Ejercicios espirituales o La imitación de Cristo de Kempis: escribir poesía de edificación devota. Lo logró durante muchos años.
La verdad es que, a pesar de todo, siempre resulta un escritor excelente. El don de la lengua literaria se le dio con esa naturalidad abundante y precisa, casi biológica, que vemos en Reyes o en Paz. Así como le fluye, límpida y memorable, la versificación, deja correr la prosa con una musicalidad y una exactitud sorprendentes, incluso o sobre todo cuando escribe de prisa y sobre casi nada, en crónicas y artículos. Sencillamente no sabe escribir mal:
“Para escribir un artículo no se necesita más que un asunto: lo demás... es lo de menos. Hay en esto del periodismo mucho de maquinal. Lo más importante es saber bordar en el vacío, esto es, llenar las cuartillas de reglamento con cualquier cosa. El periodista que es hábil en su métier [oficio], de nada, como Dios, hace un mundo de artículos... Prometedme un asunto diario, y en nombre de mi conocimiento del ‘oficio’ os prometo un artículo diario; advirtiendo que no se necesita un gran asunto. Dénmelo ustedes mediano, grande o pequeño, que el artículo saldrá... Desplúmese, por curiosidad, un ave del paraíso, y véase lo que queda. Así, exactamente, son muchos artículos de esos que divierten y aun encantan: aves del paraíso multicolores. Arranquen ustedes las plumas y hallarán... nada entre dos platos”.
Lo dicho: como si nada, al correr de la pluma, “aves del paraíso multicolores”. Tal es la prosa de Nervo, y el placer de su lectura, intenso frente a la página, y luego difícil de explicar o analizar en un comentario crítico. Su gran tema es su gran lenguaje. Y cuando hay que “fusilarse” parcialmente otra obra, lo hace con toda tranquilidad, sin correr el trámite de mencionar la fuente: que el lector enterado disfrute el juego; así, por ejemplo, retoma el fusilamiento trucado de Tosca, y con título y todo “La novia de Corintio” de Goethe. Hay muchos préstamos de Verne y Wells en sus incursiones de ciencia ficción aplicadas a la conciencia humana, a los viajes en el tiempo, a la inmortalidad, a existencias o personalidades múltiples o paralelas.
Resulta uno de los prosistas de su tiempo que menos ha envejecido, acaso por esa inestable distancia hacia el lenguaje preciosista del modernismo, por esa relativa fidelidad al habla común del público (como publicaba mucho en España, su prosa se llenó de españolismos, como los “magüer” o los “la habló, la dijo”); por su deseo de claridad y de amenidad: por su compromiso parcial con el público “filisteo”, que le impidió las extravagancias estetizantes del modernismo que muy pronto pasaron de moda. No suena hoy tan fechado como el Azul de Rubén Darío o La guerra gaucha de Lugones.
Como estos autores, sin embargo, influyó más en el verso que en la prosa por su extraordinario oído para el metro y su empeño y su facilidad para reciclar y combinar todos los metros conocidos en la versificación española y algunos de otras lenguas romances; tanto más si se considera que fue el modernismo hispanoamericano el último momento en que la poesía castellana otorgó prioridad a la música: al metro, al ritmo y a la rima, disciplinas en que Nervo resultó un artífice prodigioso. Después de él, el culto de la-metáfora-por-la-metáfora-misma tiranizó la poesía, como se observa ya en sus sucesores inmediatos: Ramón López Velarde y Alfonso Reyes. Lo mejor de  Nervo era la suntuosidad sonora; de ahí la pobreza de los poemas últimos en que se despojó de la artesanía del metro.
Su periodismo –“aves del paraíso, fuegos fatuos”- es aun mejor, a ratos, que la prosa de los cuentos, y revela al hombre cultísimo (Zola, Mallarmé, Wagner, Nietzsche, William James, Bergson, D’Annunzio, Maeterlinck, Francis Jammes, H. G. Wells, incluso Picasso y Eldgar) que intenta esconder en la mayor parte de su poesía “simple”.
El prosista formidable, hoy en día sólo para iniciados, es uno de los “otros Nervo” que el lector puede encontrar en las Obras completas, Ed. de Francisco González Guerrero y Alfonso Méndez Plancarte, con sendos ensayos preliminares (Editorial Aguilar). (Entre los estudios de su obra está el clásico de Alfonso Reyes: Tránsito de Amado Nervo, en sus Obras completas, Fondo de Cultura Económica; y la revisión académica de Manuel Durán: Genio y figura de Amado Nervo, Buenos Aires, Eudeba, 1968).

EL DONADOR DE ALMAS
“El donador de almas” figura como uno de sus relatos más risueños. Entreveo en esta broma astrológica y hasta cabalística la sonrisa “zumbona” de Anatole France (que se delata aún más claramente en “El ángel caído”). Es uno de los varios relatos espiritistas, que incluso podríamos llamar fantásticos, erigiendo así a Nervo en un caso raro dentro de una literatura, como la mexicana, tan sometida al realismo.
Un hombre, médico de profesión, se enamora del alma de una mujer. La mujer está físicamente recluida en un convento, pero cae dormida y su alma escapa y va a enamorarlo. El hombre la entretiene un día demasiado, de modo que el cuerpo de la recluida muere en el convento, y queda el alma flotando en el espacio, urgida de otro cuerpo en qué sustentarse, o se desvanecerá sin remedio. No hay cuerpo a la vista donde alojar al alma amada y desesperada. El hombre le ofrece entonces la mitad de su cerebro.
¡Por fin se consuma el Arquetipo! El Andrógino platónico, el Hermafrodita original, el hombre-mujer, la pareja en una sola entidad, la unión perfecta. Pero empiezan a aparecer ciertos inconvenientes: por ejemplo, la tentación de realizar físicamente ese amor, pero en un solo cuerpo. El “místico” Amado Nervo se encuentra en el brete de narrar estas “dos almas en un solo cuerpo”, que se regodean en la vulgar e innombrable masturbación. Habrá que contarlo todo con prudencia y elipsis.  A Nervo nunca le falta ingenio:
         “No hay manera de expresar el contentamiento y deleite de los dos hemisferios del cerebro del doctor. ¡Se amaban! ¡Y de qué suerte! ¡Como a nadie que no sea Dios le ha sido dado amarse en toda la extensión de los tiempos y en toda la infinidad del Universo mundo! ¡El doctor era, en efecto, como un dios! ¡Se amaba de amor a sí mismo! [...] Cierto, algunas veces, tales y cuales miserias fisiológicas ruborizaban al doctor por ministerio de su semicerebro”.

NARRACIONES Y POEMAS EN PROSA
El Nervo narrador gravita en torno a Maupassant (v. gr. el adulterio como surtidor de diversiones, en “Una mentira”), a Anatole France, y hasta, por desgracia, a Paul Bourget (la manía de “psicologizar” a sus personajes, mediante meros juegos de palabras, algo pedantescos).
Pero es un conversador fascinante y humorístico. No se adivina tal vocación por la travesura, los juegos impropios, las ironías libertinas en sus “tan sentidos” poemas. Por ello gana en los relatos largos. Cuenta incluso con relatos históricos: “Mencía”, en ciertas ediciones titulado “El sueño”, que es al mismo tiempo un juego calderoniano sobre el trueque de sueño y realidad, un viaje al pasado o desde el Toledo del Greco y Felipe II al siglo XX, y un alarde de erudición y virtuosismo en filología y cultura hispánicas; con curiosas invenciones de algún Mefistófeles dedicado al bien como “acto gratuito” (“El diablo desinteresado”); con apologías del peligro como “El diamante de la inquietud”, donde se postula que toda la dicha humana reside en su precariedad: el goce seguro y durable no constituye felicidad alguna, sino ennui, spleen; y extrañas incursiones en los terrenos de la personalidad o conciencia doble o múltiple (“Amnesia”).
En los relatos largos, que llama novelas pero que son cuentos que el lector alcanza cómodamente a disfrutar de una sola sentada, puede permitirse todo tipo de ires y venires verbales; y se desvanece un tanto en los cortos (Cuentos misteriosos, así como “poemas en prosa” dispersos en varios títulos misceláneos), más restringidos a la viñeta simbólica o fabulesca, más próximos a sus poemas, o las parábolas de un Nietzsche, de un Tagore, de un Gibrán Jalil Gibrán, de Pierre Louys, o del Gide de Los alimentos terrestres, con sus aires de profundidad a ratos dudosa mediante enigmas preciosistas.
“Prosas poemáticas”, dirían los académicos cursis. Son las que Manuel Durán, pasándose de listo, privilegia en su fastidiosa “antología” de Cuentos y crónicas de Nervo, que parece compuesta adrede para ahuyentar a los lectores. Error: Nervo es mejor narrador cuando poetiza menos: cuando construye anécdotas y crea personajes enteros, y trama, describe y bromea sobre material menos lírico o simbólico. Como en tantos simbolistas y surrealistas, también en él la “prosa poética” se antoja a ratos una forma pretenciosa de la charlatanería espiritualoide. Also sprach Nervo. (“Metafisiqueos” la llamaba él mismo.) Y por lo demás, no la necesita en cuanto narrador: sabe contar muy bien una historia propiamente dicha, y tiene una decena de relatos largos excelentes. Queden las parábolas y viñetas simbólicas para su poesía “espiritual y profunda”.
De cualquier modo, en todos sus textos narrativos, como en sus artículos y crónicas, fluye numeroso y feliz el genio de la lengua, como no se había visto antes en la literatura mexicana, salvo Gutiérrez Nájera.

PASCUAL AGUILERA
“Pascual Aguilera” me parece el relato más logrado. Sus escenas rancheras asombran por su facilidad. Retratos al natural precisos y rápidos. Se acercan al ideal, tan buscado en el siglo XIX, de narrar como idilio la vida de un rancho o de una hacienda. Aquí se permite Nervo dos momentos escabrosos.
Ha muerto el hacendado, dejando como herederos a un muchacho de incontrolable lujuria y a la viuda devota, aún joven, su madrastra. Como un anticipo de Allá en el Rancho Grande, el chamaco hacendado trata de arrancarle la primicia a una preciosa ranchera que está a punto de casarse con un trabajador de la hacienda. La muchacha se defiende y salva su honor, pero luego, recordando los forcejeos furiosos del fallido violador, conoce a solas su primer orgasmo, en plenas vísperas de su boda:
         “Refugio volvió a la cama y se echó en ella sollozando. Diría todo a Santiago [su novio]... Pero no se lo dijo. ¿La hubiera él creído ilesa? Ya libre de todo riesgo, sola ya, su carne se rebeló empero de un modo extraño, y el recuerdo de la brutal audacia que estuvo a punto de hacerla víctima, fue un excitante poderoso. Si en aquellos momentos hubiera vuelto Pascual, habríala poseído. Sus deseos indefinidos de virgen tumultuaban por el brusco sacudimiento despertados... Las repugnancias que Pascual le inspiraba desaparecían. Continuaría odiándole mañana, mas ahora le deseaba; revolcábase en el húmedo lecho, dolorida y anhelosa, paseando por su cuerpo las manos temblorosas con suaves e inconscientes caricias. Y aquella noche Refugio tuvo la primera revelación del amor...”
         El novio de la chica era un ranchero fornido, guapote, casi Tito Guízar. No había modo de enfrentarlo físicamente. La viuda virtuosa, además, se interponía como la fiel protectora de Refugio. Pascual Aguilera debió asistir, impotente y pálido, a toda la boda ranchera, minuciosa y magníficamente narrada, con platillos regionales, jaripeos y jineteadas, jarabes y zapateados.
Pero en la noche, desde su ventana, Pascual divisó la cabaña semialumbrada donde se consumaba la boda; y fuera de sí, rabioso de lujuria y despecho, loco y ciego, asaltó a la única mujer a la mano: la viuda virtuosa, su madrastra. No le quedó a Nervo otro recurso, después de este arrebato, que matar al lujurioso, quien sucumbió en cuanto consumó sus furias nada menos que por toda “una hemorragia cerebral con inundación ventricular, ocasionada por alguna intensa conmoción fisiológica debida a la histeria mental”, y dejar a la viuda llorando a mares en el confesionario.
         Probablemente Amado Nervo jamás escapará de los emblemas, tan simplotes y tan queridos, de la veintena de poemas popularísimos que toda Hispanoamérica ha memorizado y declamado durante un siglo. Pero en sus gruesas Obras completas nos aguardan los “otros Nervo”, sorpresivos y estimulantes. Menos devotos y sermoneadores. Menos recitadores de Kempis. Con menor turismo teosófico. Menos cerradores de ojos ante la vida por “miedo de amar con locura, de abrir mis heridas que suelen sangrar”. Menos llorón o azucarado y más capaz de sonrisas y hasta de carcajadas mefistofélicas. Mucho más complejo y terrenal. En su prosa no aparece tanto ese “melancólico caballero del Greco”, como pretendía definirlo Tablada, sino un jocundo aventurero de muchas vidas.
Se alza, sin duda, como uno de los autores más dotados de toda nuestra historia literaria. Acaso ya sea tiempo de que la opinión culta le levante el castigo o el ninguneo con que se le ha cobrado su desmesurado, ciertamente abusivo, éxito popular. Pocas veces la lengua castellana se ha visto más rica y feliz en México que en los variados escritos, desde luego siempre sujetos a polémicas parciales, de Amado Nervo.


martes, 1 de noviembre de 2016

VASCONCELOS

VASCONCELOS REVISITADO
POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO
(Prólogo a la edición de Los Imprescindibles, en Ediciones Cal y Arena)                                                                  
1
El más importante e influyente de los intelectuales mexicanos, José Vasconcelos (1882 -1959), dio su primer grito de guerra, de rebeldía totalizante, con una convocatoria al antintelectualismo. Un antintelectualismo muy intelectual: el de Nietzsche, Schopenhauer, Wagner, Bergson, sus inspiraciones de toda la vida. En 1910 pronunció en el Ateneo de la Juventud la conferencia “Don Gabino Barreda y las ideas contemporáneas”, texto en el que se ha querido ver una liquidación del positivismo.
En realidad, salvo señalamientos menores y laterales, Vasconcelos no enjuicia tanto el positivismo mexicano en ese ensayo, ni denuncia las supersticiones comtianas de lo mesurable y comprobable, ese “método” de botica del conocimiento domesticado; ni las spencerianas de la superioridad racial, ni tantas otras como la aspiración a la superioridad social o a la rentabilidad económica sobre cualesquiera otros aspectos sociales, culturales o políticos, que fueron lo más visible y pernicioso del positivismo mexicano (y que a pesar de Vasconcelos, sobreviven tan campantes en el siglo XXI). Lo que fustiga ahí realmente es el conformista aparato del intelectualismo, el racionalismo, las supersticiones de la conciencia y del conocimiento del siglo XIX, que propiciaban una vida servil, limitada, ciega, vulgar, resignada, apoltronada (y que también, a pesar de Vasconcelos, gozan de cabal y renovada salud en nuestros días). El joven Vasconcelos desbordaba sus lecturas de Schopenhauer, Nietzsche, Bergson.
Lo que ahí propone es una fuga apocalíptica o una superación wagneriana de la conciencia y la cultura rumbo a categorías que todavía no llama con todas sus letras El Espíritu Santo, pero a las que alude como:  energía, vitalidad, espacios sin confín, libertad, ideal, universalidad etérea, poderoso desinterés, alto desdén, firme indiferencia, fulgor de grandeza serena, aventura sin cálculo y sin fin; y a las que no cree exitosas: las ve con “una emoción de catástrofe” que permite al hombre, así fracase, y el fracaso está garantizado, aspirar al Deseo y a lo Inaprensible. Prometeo, Zaratustra, Buda, Cristo, Quetzalcóatl, sus númenes de toda la vida.
Lo único importante era, pues, el instante humano de esa suicida rebeldía prometeica, de esa aspiración a lo absoluto, al espíritu, a la energía, al cosmos, a Dios o a los dioses, y luego la gran caída definitiva para reintegrarse en el cosmos panteísta –todos-somos-Dios-en-todo-desde-y–para-siempre- que fue su verdadera religión. No se trataba pues de proponer una filosofía practicable, eficiente, rentable y exitosa, sino una filosofía del sacrificio total a cambio de la experiencia de la vida como una breve y fatal aspiración a niveles superiores de existencia, de potencia o de voluntad, incluso a lo sobrehumano.
La finalidad del hombre y de la humanidad era sólo conocer esos instantes eternos de reto a su condición, de precipitación en el absoluto. Esos instantes eran la eternidad, esas catástrofes eran el éxito, esas muertes eran la vida. Sólo así se había vivido. Sólo así se había existido. No se oponía Vasconcelos únicamente a la mera visión utilitaria y cortoplacista de las recetas científicas y mercantiles de sus mayores, sino que a la sociedad y al individuo les exigía la sed de lo absoluto, de lo azaroso, de lo inagotablemente intenso, de lo inmortal, casi de lo divino. Se diría un hambre de autoexterminio a cambio de la experiencia de haberse atrevido a momentos de una vida alzada a su mayor potencia. Gólgota y Götterdämmerung, ascenso y derrumbe de Prometeo y de Quetzalcóatl, negación y plenitud del Buda.
El Zaratustra de Nietzsche ya aleteaba pues al lado de Vasconcelos en 1910, como lo haría hasta su muerte, un poco disfrazado de San Juan el Apocalíptico. En efecto, en 1957, a los 75 años, recoge en su recopilación de ensayos En el ocaso de mi vida un artículo curioso, “La B-H”, la bomba de hidrógeno, donde celebra que la fuerza o la energía nucleares, que al fin y al cabo no son sino otros nombres de ese viejo espíritu: el fuego, esté a punto de consumir y purificar el fallido experimento humano, a la sazón corrompido por “el comunismo, el humanismo y la mezcalina”, y así liberar el alma y el espíritu, “con un grito de júbilo”, del Anticristo Moderno rumbo a nuevos mundos o universos depurados, finalmente liberados y entregados a un nuevo ciclo del cosmos, del espíritu, de la divinidad o de la energía. La bomba de hidrógeno era la oportunidad de la humanidad fallida de 1957 de convertirse en un nuevo cosmos redimido por el fuego. En un nuevo avatar de ese universo-que-es-los-hombres-que-son-el-espíritu-que-es-Dios-que-es-Espíritu-Santo-donde-todo-y-todos-seguiremos-existiendo-eternamente-a-pesar-de-nuestra-insignificancia-y-pequeñez. Delirios, terrores y esperanzas de la guerra fría. Pero no exagera más que el Apocalipsis del seudo-san-Juan, que es un libro canónico.
         He querido acentuar uno de los primeros y uno de los últimos textos de Vasconcelos, para marcar la gran línea melódica invariable de su vida, a pesar de las teorías de los “varios Vasconcelos” y de sus múltiples sobresaltos ideológicos. El tema que la rigió; lo demás son variaciones. Desde un principio y hasta el final sus paisanos, tan sensatos y generalmente tan mediocres, acusaron a tal actitud de disparatada y de extravagante. Ya sabemos que los sensatos y los mediocres siempre se llevan las palmas de la sensatez y de la mediocridad. (Y de cualquier modo, precisamente a lo mismo pretendían aspirar muchas veces Caso y Reyes.) También la elogiaron como genial, inspirada, sublime, generosa, palabras que suenan mucho y cuestan poco, y que funcionan como homenaje ready made para todo mundo. Importa aplicarla al hombre que las enunció como programa de personalidad y de vida, y que explican en mucho tanto sus arrebatos portentosos de pensador, de educador y de político, como sus caídas biográficas e ideológicas. Tuvo sus precipitaciones a lo más alto y sus despeñaderos en catástrofe. Sus malquerientes suelen carecer de lo uno y de lo otro.
2
Varias veces asentó que su mayor exigencia como autor era seguir siendo leído durante cincuenta años. Llevamos más de un siglo leyéndolo. En parte, justo es decirlo, por el aura de su personalidad, por su mitología, por sus méritos y leyendas como educador y como rebelde político. Vasconcelos es un autor que siempre ha sido mucho más que sus textos; el personaje los ha sobrepujado y potenciado a menudo. Y en gran medida, son el asunto y la música misma de su literatura. Y también en gran medida, queremos a Vasconcelos precisamente por esos “disparates y extravagancias” sin las cuales no se explican, pero para nada, sus redentorismos culturales y políticos de los años veinte. Entreveo cierta inconsistencia en quien admira a Vasconcelos precisamente por esos entusiasmos delirantes y a la vez se los echa en cara.
Pero también se le ha leído por su escritura, y especialmente por uno de los libros más felices de nuestro siglo XX y de toda la bibliografía de memorias en castellano: el Ulises criollo (1935). Leemos en ese libro una representación apasionada de su infancia, de su familia, de los amigos, la escuela, los primeros amores; de la capital y la provincia, la frontera norte y las orillas del mar; del México porfiriano en que creció y se formó, de los paisajes, costumbres, ideas y emociones que lo conformaron hasta la muerte de Madero, cuando cruzaba la linde de sus treinta años de edad. No caben en ese libro sus escenas de bravura de educador y político protagónico, reservadas a los otros tomos de su autobiografía, pero ya está en él, más completa y vigorosa que en cualquier otra parte, su voluntad de reinventarse, de crear imaginativamente su memoria y su personalidad, su voz y su lenguaje.
Un poco para embromarlo, para atacarlo o para celebrarlo, se ha calificado como “novela” este tomo autobiográfico, como también se ha llamado “novela” a su Breve historia de México (de la que también se dijo –dizque un tal Octavio Guzmán, agazapado en el seudónimo Mateo Podán- que ni era breve, ni era historia, ni era de México; y en cierto sentido…) Un mínimo pudor de justicia debe reconocer que Vasconcelos, sean cuales fueren sus juicios y comentarios, no miente en los hechos. Sus memorias son auténticas y fieles memorias. Pero los tomos autobiográficos, como también sus títulos históricos y filosóficos, tienen mucho de novela en cuanto a la “voluntad” intelectual y estética que “representa” una realidad acatada. (“Voluntad”, “Representación”: Schopenhauer).
Podríamos decir que sí tiene mucho de novela de aventuras esta saga frenética, hiperestésica, radical, de un hombre en busca de sus hazañas-inmolaciones a lo ideal, a lo generoso, a lo intransigente, incluso a lo sobrehumano. Nos cuenta Vasconcelos quién fue y también la gran parábola de quién y de qué modo quiso ser; narra su vida real como si fuese imaginaria y se entrega a su personaje como a un avatar de Ulises, o de los seres imaginarios de Balzac, Dickens, Tolstoi, Dostoievski…
Escrita en un estilo rápido, casi periodístico –pero de un periodista que se sabía su Platón y su Nietzsche al dedillo, y que había sido formado por oradores célebres, lo que significa mucha música y contundencia en la prosa… y mucha manipulación, je, del auditorio--; desdeñoso de la mera literatura pero no de ciertos vuelos declamatorios, Vasconcelos escribe no como estaba codificado que debía escribirse la “buena” literatura, sino como quiso escribir; es decir, sin renunciar ni a su realidad ni a su alterego imaginario o mitológico. No hay un narrador especial (archiliterario o estetizante) para el Ulises criollo, a la manera de la prosa ultraliteraria de sus amigos Reyes, Guzmán, Torri: es el mismo narrador de los discursos de educador y de político, y del curioso filósofo que siempre trata de reducir todas las novedades del pensamiento y del conocimiento modernísimos a las pautas clásicas de Platón, de Plotino, del evangelio, de Buda, de Nietzsche y de la literatura budista o neobudista por entonces muy de moda por la concesión del Premio Nobel a Rabindranath Tagore.
¿Unas-memorias-que-parecen-ensayo-que-parece-artículos-filosóficos-o-políticos-que-parecen-novela? Todo eso y mucho más explican su éxito tan inmediato, tan vasto y tan  perdurable. Estas “impurezas” de tono y de género, estos mestizajes, esta voz miscelánea, que a ratos fueron consideradas como imperfecciones, en realidad son su perfección: son la voz precisa del hombre real y del alterego imaginario y mitológico que las escribió.
Suena chistoso que al otro gran libro de memorias de la literatura mexicana, las Memorias de mis tiempos de Guillermo Prieto, se le hayan hecho reparos semejantes. Pero un libro de memorias no es sólo la representación o escenificación verista de los recuerdos, sino sobre todo la voluntad, la creación voluntarista del autor sobre ellos, la conversión del relato en su propia voz, su propia mitología, su propia parábola. Prieto supo que su destino literario era trabajar como la voz y la imaginación y la mitología de Guillermo Prieto, y no a partir de otros códigos; lo supo asimismo Vasconcelos, quien no suele apreciar a Prieto. Hay una tercera gran autobiografía de la literatura mexicana, semejante en cuanto mezcla de géneros, recreación del yo real por el alterego imaginario-mitológico y la composición de un lenguaje único y misceláneo –ensayo, memoria, diatriba, defensa, lamentación, relato-, inventado expresamente para ese libro: la Respuesta a sor Filotea de la Cruz, de sor Juana.

3
Aunque ha conocido épocas y episodios de cierto desprecio y marginamiento político, académico, literario, mediático, en realidad Vasconcelos nunca ha sido ni desvalorizado ni revalorizado. Empezó desde lo alto, con sus amigos del Ateneo, en una de las pandillas más brillantes de toda nuestra historia cultural: Caso, Henríquez Ureña, Reyes, Martín Luis Guzmán, Torri, González Martínez, un parnaso como de veinte próceres, todos de mármol. Durante las épocas de persecución o menosprecio (especialmente durante el “pelelismo” callista, cuando se le insultó en un divertido mural de Rivera y se borró su retrato de un mural meramente decorativo de Montenegro), no escasearon ni las voces autorizadas ni las voces populares entre sus groupies… Pienso en Mariano Azuela, en Carlos Pellicer y otros Contemporáneos, en Alejandro Gómez Arias, en Manuel Moreno Sánchez, en Mauricio Magdaleno, en Andrés Henestrosa, en Luis Cardoza y Aragón…
Mi maestro Juan José Arreola recitaba de memoria, prácticamente levitando, con una dicción devota y en trance, los “Himnos breves”, como si se tratara de un salmo bíblico. Mi maestro Arturo Sotomayor nos decía, en pleno movimiento estudiantil de 1968, que no importaba tanto estar o no de acuerdo con sus extravagantes “vasconceladas”, que lo esencial era que “él sí había sido todo un hombre”, y que en su tiempo no había habido dos como él ni en la cultura ni en la política mexicanas. En mi casa siempre hubo libros de Vasconcelos que solían armar buenos debates en las sobremesas, y ése quizá marque el recuerdo cultural más remoto de mi infancia: discusiones acaloradas de los adultos, con intervalos de risas, sobre si Vasconcelos esto o Vasconcelos lo otro. Años después, por carta, mi padre cubano me comentaba sus recuerdos de la lectura de Ulises criollo durante su estancia en México. Una  bibliografía de encomios (y claro, de vituperios) sobre Vasconcelos se postularía infinita.
Sobre estas supuestas devaluaciones o revaloraciones deben señalarse, sin embargo, dos hechos duros: 1) Precisamente durante el cardenismo se publicaron y circularon exitosamente en México no menos de una docena de sus nuevos libros más aguerridos, incluyendo los cuatro tomos autobiográficos clásicos (el quinto, La flama, es muy posterior y casi postizo) y las primeras versiones de la Breve historia de México, y todos los antiguos. Fue con el presidente Cárdenas cuando regresó de su exilio. Se le atacó mucho en esa época, en la prensa y en medios oficiales, pues evidentemente la metralla de sus libros no iba a quedar sin respuesta, pero se le otorgaron enteras la libertad de expresión y de regresar al país. Fue el mayor bestseller de la época cardenista: docenas y docenas de miles de ejemplares. ¿Qué mejor homenaje pudo hacerle el presidente Cárdenas, a quien sin embargo Vasconcelos continuó atacando toda la vida? A partir del régimen de Cárdenas no se puede sostener que Vasconcelos fuese perseguido ni censurado. Sólo fue proscrito durante el “pelelismo” de los “títeres” de Calles (Portes Gil, Ortiz Rubio, Abelardo Rodríguez), 1929-1934, y simbólicamente –no se le desterró: se trató de un autoexilio, y no se prohibieron sus escritos ni se le abrió expediente penal por sus desacato y rebeldía frente al resultado electoral; aunque, claro, el riesgo existió- y sólo por su radical actitud de erigirse en el presidente “legítimo” en el exilio y reclamar enterita la presidencia. En el extranjero, desde sus embajadas, los diplomáticos mexicanos del “pelelismo”, como su viejo amigo el embajador Alfonso Reyes (Argentina y Brasil) y su no tan amigo pero de cualquier modo viejo colega el embajador Enrique González Martínez (España), combatían oficial y oficiosamente los “embustes” y “delirios” del “disparatado, chiflado” Vasconcelos.
En cambio, 2) La revaloración mediática y académica de Vasconcelos, por parte de la reciente derecha política, como enemigo de la revolución mexicana y del PRI, y su invención como improbable barón del Partido Acción Nacional, que se difundió a partir del régimen del presidente Miguel de la Madrid, fue un mero oportunismo político del nuevo rejuego de partidos y falsificó el perfil de Vasconcelos como el de un tecnócrata-demócrata a la manera del nuevo PAN o del PRI de la decadencia, cosa totalmente irreal. Lo usaron los panistas para prestigiar su considerable codicia no sólo política, también codicia de muchos millones.
Siempre he visto en Vasconcelos al deturpador de don Porfirio, al seguidor de Madero, al político-guerrillero de la Convención; al pasajero socio de Villa (y de muchos villistas y zapatistas, y hasta de más de un carranclán, como su querido adversario Luis Cabrera); al seguidor, admirador y compadrísimo de Álvaro Obregón, al compañero de gabinete de Calles. Estuvo pues más que integrado en la familia revolucionaria, y sobran los documentos, las fotos y hasta los filmes que lo demuestran.
Si bien luego, en el “pelelismo”, denunció ejemplar y a ratos heroicamente, la dictadura y las matanzas de los caudillos y caciques en el poder -sus compadres y socios de apenas ayer-, y los enfrentó en unas elecciones que se resolvieron como un fraude escandaloso (suficiente acaso para anular los comicios, pero no tanto para como declararse súbitamente vencedor, ni con mucho), no se integró entonces a la derecha anti-PNR, ni apoyó a los cristeros, ni al clero, ni a los militares rebeldes de 1929. Tampoco formó parte de los fundadores del PAN.
Fue simplemente un renegado y desertor de la revolución, que se mandaba y bastaba solo, con sus muchachos y sus humildes campesinos, algunas decenas de miles, pero no cientos de miles. Sus seguidores no fueron los derechistas, los ricos ni los mochos, sino los estudiantes, los campesinos y las clases medias que simplemente querían una vida sin matanzas ni autoritarismo político, y veían en él a un civil honrado, generoso y culto.
A su regresó al país ocupó un buen lugar dentro del banquete oficial de Ávila Camacho y de tres presidentes del PRI (Alemán, Ruiz Cortines y su amado discípulo López Mateos), quienes no le escatimaron los más altos y generosos honores, puestos y favores oficiales. Por lo demás, la arcaica derecha mexicana, mientras Vasconcelos vivió, sólo utilizó lateral y casi vergonzantemente algunas de sus estruendosas andanadas contrarrevolucionarias, fascistas y antizquierdistas, pero nunca quiso ni pudo incorporarlo abierta y formalmente a sus filas. Se trataba una arcaica derecha modosita, acomodaticia y negociadora, en sordina, que hacía mucho dinero a la sombra y con la colaboración de su dizque deturpado PRI:  Vasconcelos le resultaba extremadamente incómodo y peligroso por su escandaloso pasado-presente de conflictivo, estridente, adúltero público (exhibicionista) y nietzscheano. Cuando a través de la católica Editorial Jus, la Iglesia quiso aprovechar su literatura como mera propaganda ideológica, e imponer algunos de sus libros como textos escolares en instituciones religiosas, le exigió “expurgarlas” de expresiones sensuales como “senos turgentes” para no escandalizar a la mochería. Por lo demás, buena parte de sus inspiraciones “indostanas”, nietzscheanas y germanófilas resultaban flagrantemente heréticas y paganizantes para el clero, quien ha llenado su Index de libros prohibidos con inspiraciones muy parecidas a las suyas, y se castigaba su lectura con la excomunión.
Vasconcelos pues en vida resultó extremadamente incómodo también y sobre todo para la derecha, el clero y la figura pública de los grandes empresarios que no dejaban de hacer abundantes negocios con el régimen; de modo que se refugió a sus anchas en las administraciones culturales priístas donde, también algo incómodamente, se le brindaba un ceremonioso respeto como a exprócer genial, aunque ya algo chocho o chiflado. Y por lo demás, desde su pedestal de sabio oficialmente consagrado, despotricaba cuanto quería y contra quien quería no sólo en libros de gran venta sino en la prensa nacional de mayor tiraje, y también en la radio e incluso en la televisión (subsiste algún video).
Resulta pues totalmente ilegítima y hasta cómica, entonces, la expropiación de Vasconcelos por parte del PAN (como se trató en tiempos de los presidentes Fox y Calderón y de sus fallidos secretarios de Educación, como Reyes Tamez, Josefina Vázquez Mota, Lujambio). Lo que hay es un seguro, demostrable, evidente, Vasconcelos antiporfirista, maderista, villista, obregonista, avilacamachista y finalmente torresbodetista, bien asentado, con vendettas y escándalos, tanto en la familia revolucionaria como en la postrevolucionaria, hasta su muerte a la que no le fue ahorrada ninguna celebración oficial.
La panificación de Vasconcelos sólo añade una escena de color tartufesco a la farsa del oportunismo político de los años recientes. Fue destempladamente, en sus últimos tiempos, un fascista, un clerical y un reaccionario escandaloso, jamás un derechista políticamente correcto. Su fantasma tampoco cupo en los oportunistas nichos prefabricados de la reciente derecha política. Nunca supo ni quiso ser hombre de nichos, ni de altares, ni de edificantes panegíricos de estampita. Bravo por él. Escribió en una carta de 1935 sobre la iglesia: “Me interesa que el país sepa mi distanciamiento absoluto del elemento clerical, no obstante mi convicción de que debe darse a los católicos todo el derecho que tienen como mexicanos y como católicos”. Luego diría otras cosas.
Cuando los neovasconcelistas me hablan con demasiado entusiasmo de Vasconcelos como de un “apóstol de la democracia”, pienso que sí, claro: la campaña de 1929. Habló entonces mucho de la civilidad y de la paz y de la reconciliación nacional y del voto y de sustituir a Huichilobos (los demás) por Quetzalcóatl (sólo él mismo), y de muchas cosas así, qué lindo (tan lindo que muchos estudiantes e incluso campesinos se abalanzaron, presas del gran entusiasmo, del “fuego sagrado” del absoluto, contra las bayonetas y la metralla), aunque de sobra sabía él –y lo reconoce expresamente en El proconsulado- que todo el aparato y la estructura electorales en que accedió a participar estaban abrumadoramente controlados y hasta físicamente manipulados por el gobierno enemigo (caciques y presidentes municipales que de propia mano cruzaban todos los votos de su distrito), y que las fuerzas fácticas (militares, empresarios, caciques, curas, obreros sindicalizados) le eran también abrumadoramente adversos. Lo sabía. No contuvo a sus muchachos ni a sus campesinos. Los azuzó más y más, y luego miró a otro lado. Como con Antonieta Rivas Mercado.
Pienso en todo eso. Y no lo olvidé cuando escribí en mi librito de 1977, Se llamaba Vasconcelos, ciertas críticas a la poca consideración que el candidato arrebatado, pero consciente de que su hazaña electoral era meramente testimonial y simbólica, y que no habría elecciones efectivas ni podría rebelarse, tuvo ante la sangre de los otros: sobre todo los campesinos iletrados y los estudiantes casi adolescentes que no se ahorraron caer asesinados por policías, soldados y sicarios.
Me lo han reprochado, para mi asombro, porque no hice sino repetir la crítica de sus más dilectos y leales seguidores, como Carlos Pellicer, quien escribió entre otras cosas en 1960, en su “Elegía apasionada”, al año de su muerte:
Último día de junio en que hace un año,
la muerte arrancó un corazón lleno de fama,
de quien nació para encender hogueras
muchas veces buenas, pocas veces malas.
Dios mío, perdónalo.
Te pido también por los que murieron por su causa.
Te pido también por la hermosa mujer
que se suicidó por él una catedralicia mañana.
¡Dios mío! Ten piedad de aquel hombre
que llevaba estrellas en las manos
y un jardín de lujuria en la cara.
Por su soledad llena de estrellas,
perdónalo, Señor.
Por la noble mujer que lloró tanto a su lado,
perdónalo, Señor.
Por su placer en las contradicciones,
perdónalo, Señor.
Cuando veo o escucho a los neovasconcelistas oficiales de la neoderecha inventándose no sé qué santón de cromo y hojalata de Vasconcelos, recuerdo a los diez o doce viejos vasconcelistas auténticos, de toda la vida, siempre cercanos al corazón del prócer, con quienes pude conversar largamente gracias a los buenos oficios de mi maestro Carlos Pellicer. ¡No se parecen en nada, pero en nada! Estos viejos que hacia 1974 ó 1975 me hablaron horas de su profeta, al que veneraban y amaban sin ahorro, no eran para nada complacientes con las caídas del prócer en llamas. Le censuraban su crueldad con sus seres más cercanos, como su primera esposa, sus amantes Elena Arizmendi y Antonieta Rivas Mercado, entre otras (Bertha Singerman supo resistirse); le censuraban sobre todo que no hubiese protegido la sangre de los otros, de los muchachos adolescentes y de los campesinos de 1929, a los que arengó para que se inmolaran, como si tuviese modo o intención de defenderlos. Para ellos el apóstol y el mártir se llamaba Germán de Campo, el joven estudiante vasconcelista asesinado cuando arengaba en pleno mitin.
A ellos, los vasconcelistas verdaderos de toda la vida, varios de los cuales lo dejaron claramente escrito en sus libros y artículos, no era tan fácil hablar de un apóstol y santón de la democracia en 1929; ni del desplante de erigirse en presidente “legítimo” en rebeldía y largarse al exilio en una especie de tour de conferencias, en lugar de quedarse como paladín de la oposición y de defensor de la sangre y del proyecto político de sus suyos.
Tampoco eran complacientes con de su nazismo, ni con su  estridente y tardío clericalismo postizo (en realidad, Vasconcelos siempre fue más bien agnóstico-panteísta, y mucho más platónico o plotiniano, o nietzscheano, o budista, que mocho: siempre puntualmente hereje por los cuatro costados), ni con su fascismo hispánico (su propaganda a varios dictadores de España y América, en nada menos censurables que los revolucionarios y “peleles” mexicanos, como Franco y Perón), ni de… Que no me hablen del intachable, del recto, del riguroso, del estricto. También tenía lo suyo de bribón. Y bastante.
Sabían que la veneración y el amor más acendrados y efusivos no se enemistaban con la verdad de los hechos, y con la crítica, y con la sangre derramada de otros vasconcelistas. También pues pienso en eso cuando me hablan de su santón de la neoderecha pergeñado en lustros recientes. Recuerdo de paso la sardónica ironía de Pellicer cuando señalaba que el estentóreo homófobo que fue Vasconcelos, se hizo ayudar por todos los príncipes de la jotería ilustrada mexicana –puro genio- para sus principales campañas: Pellicer mismo, Novo, Villaurrutia, Torres Bodet, Montenegro y veinte más. “Los maricones no lo escandalizábamos en absoluto. Nos quería mucho, uno a uno. Nos protegió, nos defendió, nos estimuló personalmente, uno a uno. Pero no soportaba la idea digamos platónica de la inversión. La idea abstracta, general, universal, de la Inversión le resultaba caótica.  Nada carnal le escandalizaba, las ideas sí. Así eran sus contradicciones”. Pienso en el instigador y protector de los Contemporáneos, clamando en La flama contra la Sodoma Cultural de sus exefebitos adorados, sus defensores y discípulos, que tan duro y tan brillantemente trabajaron para él y a quienes lastimó tan gratuitamente.
Pienso en el frío cálculo con que, en su momento, trató a los cristeros, a quienes no apoyó sino hasta la retórica caritativa de La flama (1959), treinta años después, para asaltar póstumamente el martirologio cristero. Pienso en los conciliábulos en California, entre el desterrado Calles y el autoexiliado Vasconcelos, para derrocar a Cárdenas y entronizar en la silla presidencial a un nuevo “pelele” de facto, legitimado por una farsa electoral al vapor: ¡Vasconcelos mismo! ¿Apóstol de la democracia? Por favor.
Pienso en eso. Pienso en las brillantes mujeres, intelectuales y feministas, a las que conoció y sedujo así: modernas y creadoras, y luego hirió y abandonó porque las hembras se le helaban cuando pensaban demasiado. Pienso en su vocería del nazismo, que luego ocultó aviesamente a su biógrafo judío Itzahak Bar Lewaw, quien sólo descubrió años después de publicar su libro, que su héroe de la libertad y del humanismo había sido todo un vocero de Hitler en México, y que sólo había suspendido su nazismo por órdenes tajantes del presidente Ávila Camacho (órdenes un poco de hecho, pues incluyeron la clausura del local de Timón, la revista nazi de Vasconcelos), al declararle México la guerra al Eje. ¿Santón de cromo y hojalata de la neoderecha legalista, electorera, beatona? Pienso en eso.
Pero sobre todo pienso en Chapultepec, a propósito de apóstoles de la democracia. Año de 1923 bien presente tengo yo: El secretario de educación, obregonista de hueso colorado, asciende en su automóvil oficial la rampa del Castillo rumbo a la residencia oficial para solicitarle al tremendo caudillo Obregón su favor para lanzarse como candidato del régimen a la gubernatura de Oaxaca. Debemos agradecerle a Obregón que tajantemente se lo negara. Convencido de que con los sonorenses no tenía otro futuro político que el de educador decorativo o promotor cultural, pero ninguna oportunidad real de poder político efectivo,  Vasconcelos renuncia en valeroso desplante a la secretaría (en El desastre dice también tuvieron que ver algún crimen político y el ascenso del grupo callista) y se erige, berrinchudo, en un inesperado y súbito periodista de oposición, bastante cauto por lo demás durante los primeros tiempos de su revista La antorcha… Si el caudillo Obregón le hubiese concedido el capricho (¿y qué le costaba? ¿cuántos cargos repartió a personajes menos calificados y menos queridos?) nos habríamos quedado sin “apóstol de la democracia”… y tal vez sin Ulises criollo.
“El general Obregón, que acababa de declarar que era genial mi obra educativa, decidió que a Oaxaca la gobernase un pobre sujeto que antes del año se retiró él mismo abrumado por la responsabilidad que el azar le echara encima. En privado se dijo que el general Obregón opinaba que yo era mucho para Oaxaca… Yo era un águila, afirmó, y Oaxaca me iba a resultar una jaula… Necesitaba yo más espacio para mis aptitudes. A los pocos días amigos comunes sugirieron que si yo pasaba por Relaciones a platicar con el ministro seguramente ahí encontraría una buena comisión en Europa” (El desastre, “Vidas fósiles”).
Una parábola. En el principio estaba Obregón. Fue su capricho nombrar a su amigo Vasconcelos primero rector de la Universidad y luego secretario, para lo que hubo que modificar la novísima constitución revolucionaria, que expresamente atribuía a los municipios la educación oficial, e inventar una Secretaría de Educación Pública federal, al gusto del nuevo ministro;  probablemente Obregón nunca se enteró del calado social de la labor de Vasconcelos, pero sí de su gran aceptación popular y de su deslumbrante resonancia internacional. Sobre todo consideraba a Vasconcelos un funcionario brillante, eficiente, honesto y confiable, que había sabido oponerse a Carranza. No quiero ni imaginarme a Obregón y a Vasconcelos hablando de Buda y de Platón en los salones del Castillo de Chapultepec, aunque Obregón, poco letrado, solía simpatizar con los grandes intelectuales, como Valle-Inclán. Luego, creyendo a Pepe poco dotado para la rijosa política práctica regional, le negó la candidatura oficialista a la arisca gubernatura de Oaxaca: que Pepe mejor se quedara en la capital, en el nuevo palacio neocolonial que se había hecho construir y decorar a todo vapor tan a su capricho, en su despacho tan bonito, con su escritorio exquisitamente labrado (elefantes y todo) y el gran letrero inspirador con el nombre de Rabindranath Tagore y demás orientalismos de Montenegro: ahí quietecito, el queridísimo Pepe, su catrín intelectual, editando libritos, encargando muralitos, organizando conciertitos... Así fue como también Obregón inventó al más célebre opositor y propagandista de la contrarrevolución mexicana en la primera mitad del siglo XX. Dos veces loado sea Álvaro Obregón.

4
“Ajústense sus cinturones. Esta va a ser noche de turbulencias”, dijo inolvidablemente Bette Davis en All about Eve, jugando a imitar a Tallulah Bankhead. Quien quiera leer a Vasconcelos o sobre Vasconcelos, ajústese su cinturón: va a tener a bumping night. En él no hay estilizaciones, rutinas ni moralejas ejemplarizantes: todo es contradicción, arrebato, plena literatura. Lo vemos en lo peor y lo mejor, sin ahorro. Se entrega cada instante a su delirio, a su absoluto, con absoluta indiferencia de su carrera de prócer o de alma correcta.
Muchas veces señaló, sobre Dostoievski por ejemplo, que el mal y el bien, la sensatez y la locura, lo de arriba y lo de abajo, el vicio y la virtud eran meras ilusiones de nuestra ingenua representación de la realidad. Vistas en su movimiento continuo tales categorías no se diferenciaban, se mezclaban y combustían en el mismo fuego de la voluntad creadora, de l’élan vital (Bergson). De pronto, claro, trata de manipular el tablero: se acerca de rodillas a Dios, se entrega a todos los demonios, y nunca consigue trucar el movimiento perpetuo de su naturaleza. Así es la creación. Así es el espíritu. Así-es-el-universo-que-creamos-y-nos-crea.
         Por ilusoria que resulte desde la honda perspectiva de un Buda, de un Zaratustra, de un Prometeo, de un Cristo, de un Quetzalcóatl, no podemos eludir, durante nuestro falible transcurso terrestre, la realidad concreta y material, carne y hueso, sangre y sudor, de las personas y del mundo, de uno mismo, y hay que vivirlas como si fueran toda la realidad. Sabemos que es ilusoria, el Velo de Maya y esas cosas, pero es toda nuestra realidad. De ahí la extraordinaria sensibilidad de este espiritualista ante la miseria, la ignorancia, los abusos, la crueldad y las vicisitudes terrenales, y concretamente mexicanas.
Sus primeras campañas como educador –sin olvidar la curiosa edición “pacifista” del libro más guerrerista que la humanidad haya producido, la Ilíada, dizque para depurar a los nuevos lectores de la experiencia de las matanzas revolucionarias- fue la educación mediante el jabón, el bolillo, el peinado a rape y el baño semanal de los niños. Había hambruna, había desnutrición, había tifo. Estas catástrofes demasiado reales se impusieron de inmediato al espiritualista, que se puso también a predicar la gimnasia escolar y el amor maternal de las maestras como la mejor pedagogía improvisada.
Había también desestima, desprecio, horror y hasta pánico de uno mismo, por ser pobre y/o indio en un país tan clasista y tan racista. Esta realidad demasiado cruel e inmediata lo llevó a pedir a los pintores que exaltaran la fisonomía del indio, del campesino y del pobre en los murales. Poco después Rivera se pasó de la raya y también los exaltó como guerrilleros. Todos se pasaron de la raya (Orozco, Siqueiros), salvo acaso el buen Montenegro, pero Vasconcelos tenía una mente amplia y tolerante. Dio la bienvenida a toda la gente de talento, incluyendo a sus adversarios antirrevolucionarios, como López Velarde, a quien encargó La suave patria y cuyo funeral organizó y presidió. La reivindicación de todo lo indígena, de todo lo campesino, de todo lo popular, de todos los menesterosos, humillados y ofendidos, fue la extraña conclusión que produjeron las arrebatadas teorías de Nietzsche y Schopenhauer en su lector mexicano. También acogió a la izquierda: zapatistas, villistas, sindicalistas, socialistas, que también se pasaron de la raya, e incluso se le amotinaron, apersonados por ejemplo en Lombardo Toledano y Siqueiros.
¿Que no sabíamos lo suficiente de las culturas indígenas en 1920? ¡No hay que saber, sino inventar! Aplicar la voluntad sobre la representación: así, por ejemplo, sus primeras mitologías oficialistas de Quetzalcóatl recordaban más al Buda y a las civilizaciones de la India. ¿Qué mejor homenaje a Quetzalcóatl que reinventarlo como un Buda americano? Y de veras, de veras, ¿es imposible trazar analogías entre ellos, y entre ambos y Prometeo y Cristo y los héroes wagnerianos?
         El “disparatado y extravagante” Vasconcelos era además un brillante abogado pragmático. Conocía la realidad desde el punto de vista de los negocios. Buenísimo para los negocios el idealista disparatado. ¿Para qué la campaña de alfabetización? ¡Claro, para leer a Goethe, a Tolstoi, a Tagore; a Homero, a Eurípides, a Sófocles! Eso es el ideal. Pero también y sobre todo para que el indio, el desprotegido, el pobre, el peón, el obrero, entienda los contratos que firma, y pueda llevar las cuentas de su salario y de sus gastos. No andaba tan por las nubes entonces el espiritualista, delirante, extravagante o apocalíptico Vasconcelos.
¿Y cómo hacerlo sin dinero suficiente, sin maestros, sin escuelas, sin experiencia técnica? Llama a Prometeo para que auxilie al pragmatismo: crear una mística, revivir la caridad cristiana originaria (“inspírense en los frailes misioneros”) o la temprana filantropía masónica. Convoca a los voluntarios (muchos trabajaron gratis o con remuneración simbólica en los primeros tiempos, aunque el presidente Obregón fue muy generoso con el presupuesto educativo). Se trataba en principio de jabón, de baño semanal, de desayuno escolar (bolillo y atole), de ropa limpia, de restañar el amor propio, la autoestima y la dignidad y las expectativas que los niños han de crearse para luego auxiliarse a sí mismos.
Sobraban las mujeres viudas y solteras y casi ninguna mujer tenía un empleo formal en  el país desolado que salía de las terribles batallas: la nueva maestra no necesitaba sino saber unas cuantas letras, un poco de aritmética y todo su instinto maternal, al menos para empezar. Las maestras debían de erigirse en las madres del pueblo. Las escuelas se instituirían como las casas del pueblo. Todo lo demás se iría arreglando sobre la marcha. E importó a la chilena Gabriela Mistral para ofrecerles, más que instrucción, un ejemplo vivo, un tótem.
Con tal velocidad y con tal abundancia de iniciativas que marea, arrebataba inspiraciones pedagógicas donde quiera que las encontrara: lo mismo entre las comunidades pobres de Nueva Inglaterra, que también se estaban alfabetizando, que en la burocracia soviética planificada de Lunatcharski.  Pero no duró mucho Vasconcelos como rector-secretario de educación. Cosa de cuatro años. Después de su renuncia, todo el proyecto fue reformulado por pedagogos menos arrebatados, más documentados y pacientes… y más inclinados al socialismo, al indigenismo y al protestantismo.
Toda su épica como educador ha sido cantada con grandes palabras por todo mundo, menos por él. Su relato en el tomo correspondiente de su autobiografía, El desastre, decepciona por completo: entregado a su amargura, a su vendetta personal contra otros políticos, se olvida de cantar su propia hazaña y desperdicia demasiadas páginas en enumerar así, como pisando ascuas, sus afanes y rencillas, y en deturpar a los canallas y traidores que lo relevaron. Resultan mejor lectura, sobre el mismo asunto, su “Conferencia leída en el Continental Memorial Hall, de Washington” o el librito de “pedagogía estructurativa”  De Robinson a Odiseo.
De cualquier manera, es típico de Vasconcelos el resultar un desapegado, casi indiferente trovador de sus mejores hazañas. No necesitaba esforzarse mucho en cantarlas: ellas eran de bulto su mejor canto. Lo mismo ocurrirá con ese mero expediente documental de su campaña electoral, El proconsulado. Lo mejor de ambos volúmenes no es lo que toca a sus asuntos, sino estampas de viaje. Tocará a otros cantar sus mayores loores.
Siente desgana y hasta cierto asco de tomarse en serio en sus grandes logros. Prefiere entregarse al odio y al vituperio del enemigo, como un improvisado diablo castigador en algún círculo del infierno dantesco. Pobló sus tomos autobiográficos de los espantajos que odiaba en una especie de pesadilla infernal. Y más vale que quienes se acerquen a sus páginas, o a las que otros escriben sobre él, ajusten sus cinturones en  esa lectura turbulenta. Fasten your seatbelts! It’s going to be a bumping night!

5
Alguna vez su Breve historia de México fue de veras breve, pero su éxito descomunal (varios de sus libros se colocaron como súbitos bestsellers locales, especialmente éste, Ulises criollo y La tormenta) lo indujo a irlo engordando: es una gorda historia de México. Acaso la más regocijante de todas para los lectores burlones.
Hemos visto que pronto dejó de ser breve. ¿Pero alguna vez fue historia? Cuando trabajaba en mi librito vasconceliano, cayó en mis manos alguna entrevista para tesis con la bibliotecaria de la Universidad de Austin, ante cuyos ojos la redactó en unas cuantas semanas, jornadas de cinco o seis horas por día. Décadas después, la buena bibliotecaria norteamericana seguía sin reponerse de su escándalo ante el gran intelectual mexicano que pergeñaba al vapor cuartillas y cuartillas, solicitando unos cuantos libros en los que solamente pescaba algún dato, algún nombre, alguna fecha. ¿Así escriben su historia los mexicanos? Bueno, pues sí, y las mejores: con la pena…
Para entonces Vasconcelos se sabía de memoria lo que quería decir y solamente necesitaba refrescar ciertas referencias constantes a Lucas Alamán, a Bulnes, a su amigo Carlos Pereyra, al historiador eclesiástico Cuevas. Ya no quiso recordar el México a través de los siglos que en su juventud tanto celebró, ni a su otrora venerado Justo Sierra. En realidad, se trataba de un juego de masacre, de desgarrar el relato liberal-revolucionario de la Historia Patria, reivindicando a todos sus detractores, con la inigualable vena vasconceliana para la farsa, la parodia, el esperpento y la injuria. Como voltear un guante al revés: el superpatriota despechado arma un auto de fe de la historia patria.
No inventa un discurso antinacionalista, antindigenista, antiliberal, antirrevolucionario: ya estaba hecho. Retoma el pensamiento conservador de Alamán, las rabietas antijuaristas de Bulnes, el idilio de la hispanización de América de Pereyra, las bucólicas de la Iglesia caritativa y civilizadora de Cuevas, el variado y populoso salón de cachivaches del resentimiento de los derrotados conservadores antiguos, el resentimiento de los porfiristas y huertistas contra los revolucionarios, de los que él mismo formaba parte apenas antier, y los convierte en nuevas armas arrojadizas. Pero añade toda una escritura de venganza contra la patria traidora que, a su juicio, lo había abandonado.
Ese lenguaje, esos juegos de palabras, esas viñetas asesinas, esos enrevesamientos diabólicos, en su propia jocosidad ponían en ridículo no sólo el discurso oficial contemporáneo, sino asimismo el relato liberal, rivapalaciego y justosierresco, que Vasconcelos había amado de niño y de joven. Y del que quedan restos en sus ensayos juveniles y en sus propios textos de secretario de educación, cuando atronó varios discursos en loor de Quetzalcóatl y de Cuauhtémoc, uno de ellos en el Brasil al inaugurar en Río de Janeiro una réplica de la estatua de Reforma que fue a entregar de parte del presidente Obregón.
Ahora dice que a los indios no los liberan Quetzalcóatl ni Cuauhtémoc, ni los guerrilleros morenos, ni los secretarios de educación nietzscheanos y disparatados: ¡los liberan los burros, porque el burrito al menos los redimió de su folklórica tradición ancestral de tamemes!  ¿Y quién trajo a los burros liberadores de indios? Obvio: san Hernán Cortés, más mínimo y dulce que san Francisco de Asís. Así muchos golpes verbales de satírico formidable. Y la viñeta el burro como nuevo tlatoani de los indios.
Una curiosa asimilación de los hombres de la Reforma con los de la revolución, lo llevó a detestar a los liberales tanto como a sus exsocios revolucionarios: unos y otros, con los indios, conforman las bestias negras de su Breve historia. En realidad, no tenía mucha idea de lo que estaba diciendo. Poco antes de su muerte recibió el encargo de prologar La navidad en las montañas, de Altamirano, y lo aceptó relamiéndose los tupidos y canos bigotes ante un nuevo ejercicio de masacre, ¡y resultó que la novelita le encantaba! No había leído a Altamirano durante toda su vida. Dudo que tuviese la menor idea de la escritura de Prieto, Payno y Zarco. No hay constancia de que reconociera de Riva Palacio otra cosa que el México a través de los siglos, el obvio enemigo a vencer en su proyecto paródico (y que sigue gozando de bastante salud). Del propio Juárez sólo aceptó, según las diferentes épocas, los lugares comunes del panegírico o del vejamen. Con tal ignorancia y su temeridad tan conocida iba ligero de carga para las cabriolas de la diatriba. Me place, pues, recordar ahora uno de los momentos en que defendía engoladamente la tesis de que la Reforma había sido una revolución 100% noble traicionada por el despotismo de un Porfirio Díaz 100% perverso. Pronunció en Lima la conferencia “El movimiento intelectual contemporáneo de México” en 1916. Tenía 34 años y  ya había desempeñado altos cargos revolucionarios, entre otros el de secretario de educación en el efímero gobierno de La Convención:
“La Revolución de la Reforma es una de aquellas excepciones nobles. Tan pronto como asegura el triunfo, extiende su generosidad a los vencidos, garantiza a todos la libertad de pensar, consuma las desamortizaciones indispensables para la vida económica del pueblo (bis: consuma-las-desamortizaciones-indispensables-para-la-vida-económica-del-pueblo), establece otras muchas importantes reformas, y su proceso de adelanto no continúa porque la usurpación porfirista la detiene. La administración de este déspota enseña a burlar el funcionamiento de las instituciones, nada prepara, nada crea, sólo aprovecha una prosperidad material obtenida a costa de un verdadero remate de las riquezas públicas. En este período, la cultura, como el capital y el poder, se concentra en reducidos grupos, se convierte en prenda de lujo; cesa de ejercer influencia sobre las masas. Lo poco que hay de valor en la época se explica por el impulso del período antecedente”.
Atragantado con semejante pedazo “de la Minerva” del Vasconcelos revolucionario de 1916 me pregunto: ¿no se está burlando en la Breve historia de México sobre todo de sí mismo, de todas las ideas que profesaba o creía profesar, antes de su berrinche porque no le concedieron cierta gubernatura, cierta presidencia? ¿En realidad, los únicos crímenes de México no serían el no haberle satisfecho en bandeja de plata sus personales codicias de poder?
La Breve historia se inscribe sin desperdicio en la mejor literatura de combate, de diatriba, de parodia, de masacre intelectual de nuestra lengua. Y ahí sí que dolió. Parecía que derrumbaba al mismo tiempo Teotihuacán, la Columna de la Independencia y el Hemiciclo a Juárez; y a la revolución, que él mismo había encabezado con sus muchos compadres de todos los bandos, y a los pueblos indígenas, a los que tanto había ensalzado como ministro, castigándolos ahora con el insulto y el desprecio racistas, incluso siglos o milenios antes de la aparición en cinemascope y con tedeums de la Hispanidad conquistadora y misionera, que a la sazón, por cierto, nuevamente se enarbolaba en España con el golpe de estado de Franco.
Como don Quijote descabezando títeres, me imagino a Vasconcelos descabezando a los héroes de bronce en su teatro de bolsillo, en un panteón patrio con próceres de cartón y trapo. Literatura sí es, desde luego, y de la mejor y de la más rara: en la vena de Quevedo y de Novo. ¿Pero historia? Todos los historiadores serios lo negaron durante décadas, aunque reconocieran que a la historia oficial se le había pasado la mano a ratos al celebrar a sus héroes y explicar alegremente sus emotivas “victorias”, proezas y sacrificios. Pero eso era ideología, y de la desleal y disparatada; era sátira y combate de pastelazos, decían, no historia profesional.
Sin embargo, he aquí que en 1998 uno de los mayores historiógrafos mexicanos del siglo XX, Luis González y González, falla a favor de Vasconcelos y prologa la nueva edición de la Breve historia de Editorial Trillas: “Vasconcelos: el desenmascarador de la historia oficial”. Bueno, no tanto: los argumentos ya existían, lo que aportó fue su nombre, su pluma tremenda, su imaginación esperpéntica y masacradora, y claro: la gran popularidad del libro, que es uno de los aspectos que más elogia González. Curioso argumento historiográfico: las ventas. El otro: “sus virtudes terapéuticas”, “una posible liberación de siglo y medio de golpes, derrotas y tristezas, y de traumas mal digeridos” y encubiertos por la historia patria oficial del porfirismo y la de de los gobiernos posrevolucionarios.
Pero el circunspecto académico, a su vez célebre enemigo de la historia de bronce, se pasa de bronceador: González compara la autobiografía de Vasconcelos con la historia de Bernal Díaz del Castillo, ¡y a favor del primero! ¿Quienes predican el derribo de cierta “historia de bronce” no están tratando en realidad de sustituirla por otra más a su capricho, y con sobradamente más y más bronce? “La Historia verdadera de conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, es una enorme relación, un reportaje ingenuo cuya forma y con mayor lastre cultural repetirá, cuatrocientos años después, José Vasconcelos en Ulises criollo y en otros tres libros autobiográficos”. Ni duda cabe que Vasconcelos suscita veneraciones descomunales, incontinentes.
Sin embargo, el propio González tiene la honradez de señalar que apenas unos pocos años antes de este prólogo, en una obra titulada “75 años de investigación histórica en México”, él mismo simplemente “olvidó mencionar la Breve historia vasconceliana”… El entusiasmo de don Luis por el Vasconcelos historiador era, pues, muy reciente y tardío, en su alta ancianidad. No encuentra ningún otro historiador que tome en serio al libro de Vasconcelos como historiografía, y sí a una docena que lo deturpan sabrosamente en cuanto obra profesional de historia, aunque estén de acuerdo con algunas o muchas de sus desmitificaciones. Y eso que no menciona a Alfonso Reyes, a Cosío Villegas, a Silvio Zavala ni a O’Gorman. Y de paso me tunde por “izquierdista del 68”, al encontrarle peros historiográficos al libro de Vasconcelos, que por otro lado elogié y mucho en cuanto literatura satírica desde 1977: -Bueno, doctor, al menos yo nunca “olvidé mencionarlo”.
Sea como fuere, Vasconcelos aportó a miles y miles de lectores durante medio siglo, desde 1937 (libertad de expresión cardenista, no se puede obviar este detalle: el Vasconcelos “exiliado” fue estruendoso bestseller local gracias a las libertades cardenistas), la catarsis desbocada contra la opresión historiográfica de tanto almidón y de algunas (no tantas como dice González) “mentiras” oficiales. Fue un hito en la ideología, en el imaginario, en las emociones mismas de la nación mexicana. Yo lo llamo gran literatura. ¿Historia-historia?, ¿sin investigación, sin fuentes, sin método, sin discusión analítica, sin más discusión que los golpes de humor, de oratoria, de analogías y juegos de palabras, sin otro diseño que el esperpento y las caricaturas jocoso-macabras, en las que gana no la verdad, sino el furibundo, implacable talento literario? Gran libro en fin, que es lo que importa. -No hard feelings, don Luis, a propósito de pochismos.
Se podría fácilmente argüir que ninguno de los grandes historiadores liberales (Fray Servando, Lorenzo de Zavala, Mora, Zarco,  Payno, Prieto, Riva Palacio, Sierra), revolucionarios, izquierdistas, indigenistas  y hasta priístas (Molina Enríquez, Gamio, Cabrera, Sotelo Inclán, Silva Herzog, Reyes Heroles) responde a la caricatura que Vasconcelos hace de “la historia oficial”. Pero he encontrado un bravísimo trozo de “historia de bronce” que sí es toda la caricatura que subleva a Vasconcelos:
“¡Patria mexicana, es trágico tu signo; en tu historia se combina el monótono pavor con el milagro! Después de la Colonia cruel, mezquina, dolorosa, sombría, un maravilloso sueño se hace acción con el esfuerzo de los héroes fundadores: Hidalgo, Morelos, Mina, Guerrero, ¡aparición fugaz de águilas magníficas!
“Pero ellos no fueron sino simiente; otros aprovecharon sus sacrificios y desvirtuaron sus empresas: Iturbide es un presagio de Huerta. Largos años prevalecen la discordia y la ruina, la opresión y el crimen. Y cuando más irremediable aparecía el quebranto, nace de las secretas fuerzas del bien, de los inmaculados fondos que conserva la raza, otra docena heroica que se llamaba Ocampo, Lerdo, Prieto, Ramírez, Juárez; todos abnegados, firmes, buenos y libres. Algunos de ellos, vencedores en nobles lides, pudieron repetir con orgullo, la noche del quince, el grito sagrado de Dolores: ‘¡Mexicanos! ¡Viva la libertad!’”
Este patriotero discurso de 15 de septiembre es del propio José Vasconcelos y se llama “Cuando el águila destroce a la serpiente”; fue pronunciado apenas una década antes de redactar la Breve historia de México.

6
Como su compañero, casi siempre en discordia, de toda la vida, Alfonso Reyes, Vasconcelos hizo virtud de la necesidad y aprendió a escribir literatura, filosofía e historia en los periódicos. Poca gente leía libros en México.
Casi siempre esa es la forma que predomina, la del artículo y la crónica, en sus libros, incluso en los filosóficos. Supo dominar el género breve e inmediato del artículo apresurado. Más sabio que Reyes, no se resfriaba por los errores de composición o de erudición que cunden en tales ejercicios de improvisación a todo vapor. Había que producir rápido y en caliente, para el consumo inmediato y para el olvido también inmediato; eso implicaba cierta profesión de modestia: así no se componían las obras clásicas, las soberanamente ambiciosas. Pero fiel a su creencia o a su superstición en la esencia del ideal y en la nimiedad de los accidentes y de las contingencias, esperaba que el acendrado “contenido” y la energía de la invención y del lenguaje, redimieran la apresurada, a ratos desganada, mecánica, rutinaria composición formal.
Tal superstición no le funcionó en sus libros filosóficos, que no recibieron mayor reconocimiento de los conocedores que por su temeridad y su excentricidad. Los tomotes filosóficos son infumables, salvo ciertos artículos o crónicas intercalados sobre el disfrute concreto de tal obra, de tal paisaje. Eso no lo hace menos filósofo: su pensamiento campea vigoroso en todos sus escritos. Su filosofía está en todos ellos. Siempre está escribiendo al mismo tiempo y en el mismo texto filosofía, historia, literatura, ideología, sátira, arrebatos.
Esos textos cortos que formalmente parecen meros artículos, pero que implican una reflexión y una evolución más elaboradas, aparecen en todos sus grandes libros, y a ratos también se recopilaron en volúmenes misceláneos de periodismo. Hay pues un gran periodista escondido en toda su obra. Y como en el caso de Reyes, tenemos a un escritor de obras maestras en pequeños artículos.
Decía Pellicer que lo que más gustaba a Vasconcelos del planeta era el mar y el desierto. Mis recuerdos de lector son diferentes: pienso también en la vegetación y en escenas de viaje, viñetas de ciudades, sensualidades cotidianas como la comida; música, danzas, canciones. Practicó con alguna fortuna el cuento (fue gran admirador de Kipling), y sin ninguna el teatro y hasta el cine (un guión sobre Bolívar). Tampoco tuvo gran suerte, el Maestro por antonomasia, en los géneros académicos y de hecho practicó poco la docencia. De ahí acaso que se ponga tieso y fastidioso cuando intenta ser catedrático, en Metafísica, Ética, Lógica orgánica, Todología o Filosofía estética, por ejemplo. La Estética fue su libro filosófico más gustado.
Algunos poemas en prosa le salieron bien. Algunas páginas sobre música y baile: Mozart, Beethoven, Wagner, la zandunga igualmente capturaron su riqueza expresiva. Intentó algunas biografías espantositas, pues el gran deturpador no recibió el don del panegírico, y casi siempre cuando Vasconcelos trata de exaltar a alguien corre con mucha menor fortuna literaria que cuando lo masacra. Sus biografías encomiásticas de Hernán Cortés y Bolívar son más símbolos de su mitología personal que textos afortunados.
Intentó asimismo una especie de sociología lírica, basada en la intuición y la divagación, cuando las llamadas Ciencias Sociales todavía no estrenaban sus aparatos “científicos” o técnicos en América Latina, sobre su constante obsesión de la lucha entre los Estados Unidos y Latinoamérica (Calibán y Ariel, Monroe y Bolívar), y la supuesta inminente “hora de Iberoamérica” en el mundo, gracias a sus riquezas naturales y a su mestizaje de razas: La raza cósmica, Indología, Bolivarismo y monroísmo, así como conferencias diversas. Esa especie de sociología lírica o literaria era muy gustada durante la época de entreguerras en autores internacionales como el Conde Keyserling y Waldo Frank. Probablemente Vasconcelos fue su autor más destacado entre los latinoamericanos. En 1935 publicó en España un libro de pedagogía, De Robinson a Odiseo, que tiene el mérito de apoyarse cercanamente en su experiencia como secretario de educación.
Queda mucho en sus Obras completas, de las que hace medio siglo se publicaron cuatro gordísimos tomos en papel biblia, y acaso en las hemerotecas, de donde, sin embargo, no han aparecido sorpresas en medio siglo. Seguimos pues admirando al Vasconcelos que tantos lectores celebraban hacia 1940: Ulises criollo, La tormenta, Breve historia de México, los discursos, las secciones narrativas (viajes, paisajes) de La raza cósmica y las memorias, y un puñado de textos dispersos entre sus muchos títulos como Divagaciones literarias, Libros que leo sentado y libros que leo de pie, Pesimismo alegre, En el ocaso de mi vida, Temas contemporáneos
Al año de su muerte, Carlos Pellicer lo recordaba así en su “Elegía apasionada”:
Cuando el maestro José Clemente Orozco
pintó en Guadalajara su Hombre-Fuego,
yo, agua de las tierras tórridas,
pensé, todo quemado, en Vasconcelos.
                                              
JOSÉ JOAQUÍN BLANCO
                             DIRECCIÓN DE ESTUDIOS HISTÓRICOS, INAH