martes, 1 de agosto de 2017

LUIS GONZÁLEZ OBREGÓN

LUIS GONZÁLEZ OBREGÓN

Por José Joaquín Blanco y Jorge Olvera Ramos

(Prólogo a la antología de los Imprescindibles, de Ediciones Cal y Arena)

I
En este volumen el lector contemporáneo de Luis González Obregón encontrará al mismo tiempo diversión y conocimiento. “Instruir divirtiendo”, como exigían los clásicos a la escritura y la enseñanza de la historia. Amenidad, humor, atmósferas literarias finas y variadas, pintoresquismo, folklore, riqueza verbal, en una prosa sencilla que recupera y recrea buena parte de la antigua historia de México, especialmente la virreinal.
A pesar de sus minuciosos, obsesivos intereses de historiador y erudito, siempre guiados por un rigor académico extremo, Luis González Obregón no intentó un discurso espeso, metódico, exhaustivo, ideológico, en sistemáticos tomos, difíciles o indigestos, sino viñetas, artículos, ensayos de erudición conversada y sabrosa, de literatura “llena de gracia”, como diría su amigo Amado Nervo.
Esta manera peculiar de escribir historia recibió sobre todo la influencia de la literatura y del periodismo costumbristas, románticos y liberales, pero también de la visión popular (tradición oral), al mismo tiempo irónica y nostálgica, lírica y cómica, que conservaban o añoraban de su pasado algunos sectores de la sociedad mexicana, especialmente en lo que concierne a su capital, y que ofrecía, en la rememoración y recreación del pasado, un campo de conocimiento fecundo para la reflexión sobre la fuerza de las tradiciones, más que un discurso teórico sobre su evolución política, social, económica o cultural.
La historiografía enciclopédica, pedagógica, polémica, discursiva, ideológica, analítica, ocupó a lo largo del primer siglo del México Independiente a otros historiadores distinguidos, desde fray Servando Teresa de Mier (Historia de la revolución de Nueva España), Carlos María de Bustamante (Cuadro histórico de la revolución de la América mexicana), Lorenzo de Zavala (Ensayo histórico de las revoluciones de México), el Doctor José María Luis Mora (México y sus revoluciones), Lucas Alamán (Historia de México, Disertaciones) y Joaquín García Icazbalceta (Historiadores de México, Bibliografía mexicana del siglo XVI, Don fray Juan de Zumárraga), hasta Vicente Riva Palacio (México a través de los siglos, El libro rojo), Manuel Orozco y Berra (Diccionario universal de historia y geografía, Historia de la dominación española en México) y Justo Sierra (Evolución política del pueblo mexicano, Juárez: su obra y su tiempo), entre muchos otros.
Aquella otra “historia viva” de la tradición floreció en la marquesa Calderón de la Barca (La vida en México), en Guillermo Prieto (Memorias de mis tiempos), en Ignacio Manuel Altamirano (Paisajes y leyendas, tradiciones y costumbres de México), en José María Roa Bárcena (Recuerdos de la invasión norteamericana por un joven de entonces), en José María Marroqui (La Llorona, La Ciudad de México), en Antonio García Cubas (El libro de mis recuerdos, además de sus famosos diccionario y atlas históricos y geográficos), etcétera.
Como se ve, en ambas corrientes, la cientificista o academicista, volcada en atlas, tratados y diccionarios, y la tradicionalista, literaria o periodística, expresada en artículos, memorias, narraciones, viñetas “leyendas” y “tradiciones”, la labor historiográfica mexicana del siglo XIX se afanó con entusiasmo y eficacia notables.
Del lado de los conversadores, narradores o “cronistas”, Luis González Obregón señala la mayor altura en este empeño de escribir la historia de México a finales del siglo XIX y principios del XX. Erudición y recuperación del pasado, al mismo tiempo documental que tradicional, atendiendo (sin menoscabo del rigor profesional) sobre todo a la sazón y a la gracia. Casi diríamos poemas historiográficos. Hay que recordar que en su origen la Historia no sólo era conocimiento, sido también arte, musa, poesía.

II
La historia de la ciudad de México domina las indagaciones de Luis González Obregón: sus personajes, edificios, calles, leyendas y tradiciones reconstruyen para el lector contemporáneo la vida colonial: una sociedad estamental altamente jerarquizada, el desarrollo económico apoyado en privilegios y concesiones, la política ordenada bajo los postulados de un vasto orden imperial, el papel protagónico de la Iglesia, la abigarrada mezcla cultural en la vida capitalina. Buena parte de los rasgos distintivos del régimen virreinal desfilan en la prosa amena y fresca de sus artículos, monografías, ensayos, viñetas.
         “Instruir divirtiendo”. En sus divertidos relatos hallamos a un investigador que derrocha conocimiento de fuentes históricas, entonces poco accesibles, muchas veces inéditas. Cita con frecuencia a Orozco y Berra y a Riva Palacio, a Francisco Sedano y a su amigo José de Agreda y Sánchez; al mismo tiempo echa mano de los archivos recónditos, conoce de libros antiguos, descubre documentos importantes o curiosos, recurre a las leyendas y a los testimonios orales.
Todo ese cúmulo de información proporciona a sus crónicas no sólo riqueza y objetividad documentales, sino que logra imprimirles, con un gusto literario jamás igualado por otros autores de temas coloniales, el aroma de la época.
El lector contemporáneo encontrará aquí todos los elementos que exige el rigor académico: fuentes precisas, argumentaciones claras, demostraciones y conclusiones eficaces que transforman el trabajo erudito  en relatos amenos, de claridad inmediata, que jamás se podrán olvidar. Buena parte de los narradores colonialistas posteriores no hicieron sino recordarlo o glosarlo (frecuentemente hasta la exageración, el fastidio, la parodia).
Cuando se vuelve a la fuente mayor de la recuperación literaria colonial,  la de González Obregón, retomamos una literatura colonialista sin los defectos de sus epígonos. Fresca y eficaz, sencilla y lírica: en él se funden la investigación profunda de los documentos, el análisis de la información y la exposición sabrosa de un prosista brillante, capaz de lograr la excelencia con una audaz economía de recursos, de inolvidables dibujos de un solo trazo rápido, que incluso se permite la coquetería literaria de hasta parecer “descuidado”. No hay petulancia ni pedantería, grandilocuencia ni aparato. La creación ardua y la expresión sencilla, como querían, y a veces lo consiguieron, ciertos clásicos españoles del Siglo de Oro: fray Luis de León, Lope de Vega, Quevedo.

III
Fue Ignacio Manuel Altamirano, el maestro de la literatura mexicana de su siglo, quien despertó la vocación histórica del adolescente Luis González Obregón en las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria. Nuestro cronista siempre lo reconoció como su principal maestro.
De ahí en adelante el joven historiador hizo suyos todos los adelantos que la historia y las ciencias sociales lograban en todo el mundo a finales del siglo XIX: la proliferación de las excavaciones arqueológicas en varios continentes, el desciframiento de los textos (persas, egipcios), el descubrimiento de vastas y variadas culturas antiquísimas en Asia, el triunfo de la etnología que planteaba la diferencia entre las diversas comunidades humanas, la crítica de las teorías deterministas que reducían la historia de la humanidad a un cartabón eurocentrista; en fin, una multiplicación de los materiales y los métodos de estudio en las disciplinas históricas y sociales. Tal avance en el conocimiento condujo, en el ámbito académico, a la aparición de verdaderas escuelas de erudición en Europa y los Estados Unidos, que la cultura mexicana se propuso emular.
         Durante este período se libró en México una polémica, no necesariamente excluyente, entre los positivistas ortodoxos, cientificistas, amantes del dato y las teorías firmes, creyentes en el progreso perpetuo, y las viejas corrientes algo conservadoras y nostálgicas, renuentes a abandonar el paraíso perdido de su esplendor novohispano: su utopía de un imbatible espíritu hispánico y católico (por más que pareciera, por el momento, en derrota frente al empuje modernizador sajón o germánico), todo ello renovado, como había ocurrido en Francia durante la Restauración, por un espíritu romántico que ennoblecía y mitificaba el pasado.
En Francia, principal inspiradora de historiadores y literatos mexicanos, destacaron Augustin Thierry, Chateaubriand, Michelet, Renan, Taine, Sainte-Beuve. “La historia tendrá su Homero, como la poesía”, se había propuesto Thierry, en su reconstrucción de la Edad Media francesa. Escritores y lectores mexicanos vieron con asombro y envidia las obras del norteamericano Prescott sobre la conquista de México y del Perú y la historia de los Reyes Católicos.
En una trinchera, los “científicos” positivistas enarbolaban la evolución histórica y el progreso; en la otra, los eruditos tradicionalistas ironizaban sobre tal evolución: había algo más brillante y valioso que el progreso, era el pasado: “¡Visiten la Catedral de la ciudad de México, y docenas de templos, conventos y palacios por todo el mapa; vayan a Teotihuacan, a las ciudades mayas!”. En todo caso, México no debía cambiar tanto, ni siquiera para progresar, pues dejaba de ser él mismo. Debía conservar su identidad antigua, incluso en los aspectos modestos y aldeanos, premodernos y anacrónicos. López Velarde se haría eco de esa corriente en La suave Patria:

Patria, te doy de tu dicha la clave: 
Se siempre igual, fiel a tu espejo diario:
Cincuenta veces es igual el Ave
Taladrada en el hilo del rosario,
Y es más feliz que tú, Patria süave.

Modernizadores y tradicionalistas combatían la improvisación y la charlatanería anteriores de los historiadores aficionados, a la manera de Bustamante, y apostaban por la investigación rigurosa de fuentes publicadas o inéditas, por el trasiego de archivos, por la excavación de ruinas. Ambas corrientes se unían en un afán nacionalista, pero aquéllos buscaban en el pasado un estímulo del porvenir moderno (afrancesado o norteamericanizado), y éstos lo miraban con ensoñación a ratos hipnótica: una Edad de Oro virreinal, sin humillaciones por parte de las potencias extranjeras.
El punto de desacuerdo mayor entre ambas corrientes, que siguió manifestándose a lo largo del siglo XX, fue el relativo al trato que los modernizadores de la Reforma y el Porfiriato dieron a muchos monumentos coloniales: el derrumbe o la incuria. Para nuestros tradicionalistas no había teoría de evolución o progreso que justificara ningún atentado contra los monumentos del virreinato: levantar palacios modernos sobre las ruinas de viejos conventos constituía un asesinato de la belleza, de la esencia, del sueño más profundo de la nación. Mientras los modernizadores construían una nueva ciudad de México, émula de París o Nueva York en miniatura, Luis González Obregón recuperaba la antigua en el museo literario e histórico de sus libros. La crueldad y la destrucción de la Revolución de 1910 acentuó tal nostalgia. En sus últimos años, nuestro cronista veía no sólo el pasado, sino el presente moderno de México con antipatía y temor, a la vez que acentuaba su culto, su mitificación del país “viejo”.
Pero en su juventud, González Obregón muestra una actitud indecisa e incluyente. Rinde culto al pasado y disfruta del auge porfiriano. No se ciega ante la Edad de Oro: critica la injusticia, la fealdad, la insalubridad, la superstición de los buenos tiempos virreinales, tan apestosos, al igual que ironiza sobre las pretensiones de nuevo rico del México progresista y modernizador, tan ridículo y falso.
Ubicado pues entre estas dos corrientes, el joven Luis González Obregón desarrolló un estilo propio y peculiar. A este periodo corresponden los ensayos de México Viejo, escritos entre 1890 y 1895, cuando el “milagro porfiriano” brillaba en todo su esplendor. En ellos encontramos a un investigador apasionado que documenta cada una de sus afirmaciones, un hombre de acción que en su obra se mantiene al margen de compromisos políticos pero sin evadir juicios sobre la situación política de su presente. Un hombre variado e incluyente caracterizado por una notable templanza, siempre sensato, plantado en un terreno seguro: el de sus estudios, sus fuentes, sus reflexiones, su prosa.
Los protagonistas de sus ensayos no son procesos de desarrollo, ni flujos demográficos ni ciclos económicos; los artífices de sus historias son el arrogante conquistador, el escribientillo de oficina, el arriero de tierra adentro, el cura beato, el mayordomo de monjas, la criada de rebozo y la señora de mantilla que con sus vidas pacíficas o sus actos frenéticos nos muestran una sociedad compleja arraigada profundamente en la tradición.
Asuntos como la disputa entre los armeros y sastres por un lugar en la procesión del Corpus, las aventuras galantes de los conquistadores o los ahorcados de Romita le permiten ofrecer al lector contemporáneo un retrato vivo del México virreinal. 
Luis González Obregón vivió también la época posrevolucionaria: de este periodo son Las Calles de México. Aquí González Obregón se muestra ya ungido con el aura del historiador profesional. Las crónicas conservan la solidez argumentativa y el estilo ameno y conversado. El espíritu de un gran curioso aún sigue ahí pero asoma cierto desencanto acerca de la dirección que la Revolución, los Tiempos Modernos, e incluso el mero avance del Tiempo (¡cómo le molesta que se cambie el nombre a una calle, como si durante la época colonial no se hubiera cambiado el nombre de todas las calles docenas de veces!), había dado a la nueva sociedad.
Por otra parte, aunque González Obregón recibió una educación positivista jamás asumió la arrogancia de los “científicos”; ejerció su profesión de historiador con todo rigor, cuidando la técnica y disciplina  de los modelos  heredados de sus profesores, pero sin permitirse la declamación ni la profecía. Simplemente recuerda, saborea, recupera el pasado de “su” ciudad, que ya ve como fantasma, como una ciudad mental, hecha de documentos, sensaciones, emociones y pensamientos.
A un siglo de distancia, cuando en las investigaciones históricas prevalece la especialización y la fragmentación del conocimiento, y el afanoso cultivo de la ilegibilidad y la pedantería académicas, el trabajo historiográfico y literario de González Obregón adquiere una dimensión y una vigencia esenciales, renovadoras. Supo escribir y pensar formidablemente la historia de México. Una historia poderosa y llena de gracia.

IV
Desde el momento de su aparición, Amado Nervo supo reconocer en el guanajuatense por nacimiento y capitalino por elección, Luis González Obregón (1865-1938), autor de México viejo (1891-1895) –libro de juventud, concluido entre sus treinta y sus treinta y cinco años-, a un historiador-poeta; a un erudito e investigador que fue al mismo tiempo un creador de prosas particularmente eficaces y conmovedoras. Una galería de estampas hermosas de la historia de la ciudad, que no la adulan ni falsifican.
Estos valores se reafirman a un siglo de distancia. En gran medida, nos acercamos a la ciudad de México en los tiempos virreinales como González Obregón quiso y supo recuperarla y reinventarla. 
         Principal figura de la tendencia colonialista en la literatura mexicana, y autor con México viejo de su principal libro, nuestro cronista porfiriano se perfila sin embargo como su mayor excepción. Su temperamento es curioso: discípulo al mismo tiempo de liberales (Altamirano, Prieto) y conservadores (Alamán, García Icazbalceta), de los modernos hombres de la Reforma y de los vetustos eruditos melancólicos del antiguo orden español de fueros y privilegios, amigo de casi todos, logró capturar una visión del virreinato ajena a partidarismos.
Aunque resulta contemporáneo y amigo de los poetas modernistas, busca una estética diferente del modernismo: la del artículo costumbrista en que habían destacado los liberales, como Prieto, Altamirano y Riva Palacio.
En ello se diferencia de la posterior corriente colonialista: no intenta restaurar poderes abolidos ni vengar los agravios de los liberales y modernos contra el México antiguo; no inventa una “fabla del habedes” (término burlesco con que Genaro Estrada se burlaba de Valle Arizpe), una prosa de arcaísmos y ritos sintácticos y ortográficos como atavismos de abolengo, aunque no deje de usarlos de vez en vez como elemento de su estilo; no idealiza la mentalidad conventual y monárquica, ni se empeña en denostarla; no decora, con tramas de ópera, folletón, santoral o melodrama, el discurrir al mismo tiempo levítico y ranchero de la ciudad de México en la época novohispana.
No recurre a la oratoria ni al do de pecho, casi ni alza la voz; tampoco rompe en llanto al deplorar el tiempo perdido. Busca, con rigor historiográfico, la verdad; y la expresa con franqueza y sencillez casi coloquiales, no exentas de humor ni de melancolía, pero a la vez armadas de un gran sentido crítico y de una serenidad poco acostumbradas frente a una época y un asunto tan polémicos como la época colonial.
Los otros colonialistas mexicanos, en cambio, siempre exageran. Buscan esplendores, pathos, grandezas, abolengos, hecatombes, infamias, suntuosidades desmedidas y poco afianzadas en fuentes históricas. González Obregón, como su maestro y amigo Ricardo Palma (1833-1919), el autor de la mayor recuperación literaria de la América española en sus Tradiciones peruanas (1872-1906), pisa siempre sobre seguro, con conocimiento y escepticismo, con devoción y cariño atemperados por el sentido común y la experiencia del México real.
A diferencia de sus antecesores y contemporáneos (Ignacio Rodríguez Galván, el Conde de la Cortina, José María Roa Bárcena, Vicente Riva Palacio –en buena medida, México viejo surge del impulso de México a través de los siglos-, Justo Sierra O’Reilly, Francisco Sosa, Juan de Dios Peza, Marroqui), o de sus seguidores (Genaro Estrada, Julio Jiménez Rueda, Francisco Monterde, Artemio de Valle Arizpe), jamás olvida el país donde vive, el México que conoce por experiencia y con el cual confronta a cada momento las imágenes del pasado. Tal era también el método de Palma.
El país todavía no había cambiado tanto: en los indios, mestizos, españoles, curas, monjas, potentados, militares, comerciantes, milagreros, libertinos, delincuentes del México porfiriano todavía se reflejaban los de los siglos anteriores. No había, en consecuencia, por qué inventar un pasado exótico: su México colonial, que iba desde luego desapareciendo, le era familiar y cotidiano, natural y vecino.
         El gran lastre de la literatura colonialista mexicana ha sido hablar de otras cosas con el pretexto del México colonial: se protestaba contra el mundo moderno, el liberalismo, la Reforma o la Revolución; se pretendía salvar al clero, a las familias linajudas, a los conventos y catedrales que la política y las guerras habían atacado o destruido, con los falibles recursos de la ensoñación o de la mitificación.
Se inventaba una extravagante edad de oro virreinal, fuera de la realidad y de la historia, con resplandores artificiales de museo o tienda de antigüedades y abalorios de ángeles y joyeros. González Obregón, como Palma, sabía que las dimensiones de su México viejo no podían ser la ensoñación ni el mito, sino la verdad histórica rastreable en fuentes escritas y monumentos, y sobre todo, todavía, en la propia sociedad.
Describe la metrópoli colonial como quien habla tranquila y sabrosamente de su pueblo entrañable, y no de alguna maqueta ni de un catálogo teatrales o museográficos. Tampoco utiliza la memoria para discutir la política contemporánea. Recobra el tiempo perdido.
Su época novohispana no es pues dorada, ni exótica, ni extravagante sino real, convincente, comprobable. La admira y añora, pero no como a una quimera, sino con la actitud franca y emotiva de quien recuerda cosas y seres de familia. Cuando comenta, en “Los anteojos del erudito”, los problemas ópticos de Sigüenza y Góngora, recuerda subrepticiamente los propios: Luis González Obregón sufrió ceguera en los últimos años de su vida.
Logra una proporción precisa, una proporción dorada, entre su escepticismo liberal y su admiración y cariño por la larga tradición conventual. Reconoce que la miseria, el despotismo, la injusticia, la fealdad, la basura existen en todas las épocas, así como sus aislados esplendores y sus múltiples, simpáticos rincones pintorescos.
Por ello no ha pasado de moda, a diferencia de sus compañeros de escuela; ni ha sido desmentido por las investigaciones históricas del siglo XX: siempre se mantuvo cerca de la verdad, con rigor invariable, y supo expresar su emotividad y su nostalgia sin alterar los hechos, los colores ni las proporciones del pasado mexicano que rescata. Es un clásico como historiador, como cronista, como narrador.
         A este rigor y a este sentido tan bien templado de la realidad, hay que añadir su modestia profesional. Otros autores quisieron rescatar a la Nueva España con gran aparato y fanfarrias: poemas, dramas, óperas, novelas o relatos ambiciosos, grandilocuentes. Sus codiciosas pretensiones fueron sus mayores enemigas y causa de su naufragio. Como Ricardo Palma, quien supo entretejer una obra maestra con breves y rápidas crónicas periodísticas –surgidas, claro, de la inmersión profunda en archivos y bibliotecas, pero también de mentideros y rumores de la calle-, González Obregón prefirió el artículo conversado, en el que logró combinar sabiamente la erudición y la charla, la crónica y la historia, la emotividad y la realidad objetiva.
Su amenidad y su eficacia, con una esbeltez desusada en obras históricas, siguen operando y sorprendiendo  a un siglo de distancia. Esta “erudición callejera” apareció en periódicos, como El Siglo XIX y El Nacional, desde 1890. Fue bien apreciada, reconocida (incluso, con grandes elogios, por el propio Palma) y remunerada (10 pesos por artículo, honorarios altos para un periodista) desde el primer momento. Su público reconocía su pasado y sus recuerdos en los escritos periodísticos que conformarían México viejo.
En 1900 apareció la edición francesa, de lujo, de este libro feliz, al que podemos considerar clásico desde su nacimiento y que se erige como enseña de toda su obra abundante, pero centrada en este título: ensayos y crónicas de asunto histórico, pintoresco y legendario, como Los precursores de la independencia mexicana en el siglo XVI (1906), Don Guillén de Lampart. La Inquisición y la Independencia en el siglo XVII (1908), México viejo y anecdótico (1909), La vida en México en 1810 (1911), Vetusteces (1917), Las calles de México (dos tomos, 1922-1927: “Leyendas y sucedidos” y “Vida y costumbres de otros tiempos”); Croniquillas de la Nueva España (1936), Cronistas e historiadores (1936) y Ensayos históricos y biográficos (1937).
Estudió en diversos libros a Lizardi (1888 y 1893), a Bernal Díaz del Castillo (1894), a Don Justo Sierra, Historiador (1907), a los novelistas mexicanos del siglo XIX (1889) y la historia de La Biblioteca Nacional de México 1833-1910 (1910); así como Las obras de desagüe del Valle de México (1901), Las sublevaciones de indios en el siglo XVII (1907)  y Las lenguas indígenas en la conquista espiritual de la Nueva España (1917).  Rescató además olvidadas obras coloniales, como las de Gaspar Pérez de Villagrá (Historia de la Nueva México) y Baltasar de Carranza (Sumaria relación).
En 1911 fue nombrado director del Archivo General de la Nación, cargo que sostuvo durante casi toda difícil década revolucionaria; siguió trabajando ahí como investigador hasta su muerte.
El ayuntamiento de la ciudad de México, eufórico con su amado cronista veraz, emocionado y ameno, le rindió honores desusados, como el de imponerle su nombre, en vida (desde 1923), a la calle donde vivía y que queda a sólo dos cuadras del zócalo; fortuna que gozaron también dos de sus principales sucesores como Cronistas de la Ciudad: Artemio de Valle Arizpe y Salvador Novo.
          
V
La ciudad de México que Luis González Obregón evoca anticipa un tanto La suave patria de López Velarde en su desconfianza ante la monumentalidad y la pompa, y su búsqueda del tono menor, modesto, pudoroso, vecinal.
No niega sus grandes trazos y perfiles, pero se asoma a las minucias y a los rincones. Rescata una ciudad íntima más que un museo conmemorativo, de ahí que leyendas, refranes, chismes y minucias de la vida cotidiana pueblen su recorrido por los mayores edificios, personajes y sucesos. Importa la ciudad viva: los marchantes, las trajineras y los léperos al igual que los palacios, los virreyes y los marqueses.
Dio forma definitiva a leyendas muy frecuentadas, como las de la Mulata de Córdoba y los crímenes de don Juan Manuel, pero no olvidó en todo su colorido –con sus hedores y su miseria- el retrato vivo de plazas, acequias, mercados y calles. Le importan mucho menos los blasones y los prestigios de los personajes encumbrados: busca en ellos la señal significativa, histórica, pintoresca, humorística y lírica.
Hay mucho humor en su ciudad melancólica, y mucha melancolía en su historia cómica de la ciudad de México; nunca pierde de vista a las masas, a la sociedad espesa y variada, ajetreada en sus labores, devociones, intrigas o negocios.
Todo ello con una voz múltiple, pero bien acompasada: al mismo tiempo irónica, voltaireana, ante la comedia de toda historia humana, que costumbrista al modo castizo de Larra y Mesonero Romanos, o romántica según las leyendas delgadas de Bécquer, siempre acordada en un tono menor enemigo de estridencias y golpes de teatro.
Las calles tienen una historia de rumores, de mercancías, de costumbres, de productos, de chismes: Donceles, Empedradillo, Parque del Conde, Mariscala, Plateros, San Francisco,  el Relox, el  Amor de Dios, el Puente Quebrado, Cordobanes, Santísima, Roldán, Mixcalco, Aguilita, San Pablo, Escobillería.
Escribió en 1927 Luis G. Urbina: “Estas Calles de México son para mí un libro de conjuros. Y como por ensalmo van desfilando en el cerebro las historietas divertidas de mi juventud y de mi infancia. ¡Deleitable hilera de trasgos!... Luis González Obregón ha llevado a cabo una gran obra de amor y de fidelidad a México, a la ciudad que se desvanece, borrada por las tolvaneras de la vida. Obra paciente, noble, lenta, que descubre con minucias delicadas y sutiles cuanto esconde la tradición en los pliegues del tiempo. En fuerza de devorar libros, de estudiar manuscritos, de oír consejas, de desentrañar fábulas, de ver piedras, de sentir ambientes, ha hecho las más deliciosas crónicas, los cuentos más exquisitos, las narraciones más interesantes. Con un estilo bien dosificado de arcaísmos, como para provocar sugestiones: con una admirable sencillez, en la que se ocultan el rasgo docto y la sabia interpretación, corren los relatos de Las Calles de México, sabrosamente, regocijando nuestra emoción y dejándonos, como cuento de abuelo, alguna provechosa enseñanza. Y todo ello porque en Luis González Obregón se da el caso adorable de que el poeta acompañe y ayude, de buen grado, al erudito.”
Su amigo Rafael López trazo su retrato de hombre embebido en los misterios y los sabores del pasado, en el siguiente soneto:

         Tras de los espejuelos de ojo oscuro y ledo
         Recela la mirada de un malicioso oidor
         Que hubiera acá venido de la antigua Toledo
         A estudiar un proceso de algún conquistador.

         Todo él es una viva leyenda. Es un remedo
         De las sombras que evoca. Y su risueño humor
         Alejara las murrias de Revillagigedo
         Con sus bellas historias de docto sabidor.

         A la hora de nona, como un viejo primate,
         Oficia en una jícara ritual de chocolate;
         Y ya en su lecho de solterón aburrido,

         Esta buena persona de arraigo y calidad
         -Mientras vuelve la hoja del libro preferido-
         Oye en la calle el paso de la Santa Hermandad...

En esta edición hemos anotado al pie algunas palabras y usos antiguos, como por ejemplo los nombres actuales de las calles. Para identificarlas hemos utilizado sobre todo la eficaz obra Planos de la ciudad de México, 1785, 1853 y 1896 con un directorio de calles con nombres antiguos y modernos, de Jorge González Angulo y Yolanda Terán Trillo (México, INAH, Colección Científica número 50, 1976).  (Nuestras notas van entre paréntesis, a fin de distinguirlas de las notas del autor.) 
    
                            JOSÉ JOAQUÍN BLANCO Y JORGE OLVERA RAMOS,
                            DIRECCIÓN DE ESTUDIOS HISTÓRICOS, INAH.


sábado, 1 de julio de 2017

MARTIN DU GARD Y LOS THIBAULT

MARTIN DU GARD Y LOS THIBAULT


Por José Joaquín Blanco

Roger Martin du Gard (1881-1958) es un misterioso emblema de injusticia literaria. Obtuvo sorpresivamente el Premio Nobel en 1937 por su serie, entonces aún inconclusa, de ocho novelas, congregadas en el título general Los Thibault, que ahora casi nadie recuerda: novelas-reportaje de un realismo atroz, sobre la vida francesa a principios del siglo veinte, que denuncian el militarismo, la guerra, la derecha cavernaria, la izquierda oportunista; las hipocresías de la familia, el patriotismo, la religión y aun la ciencia (concluye defendiendo la muerte asistida para los enfermos terminales, contra la religión, la legalidad y la tradicional “ética médica humanista”).
Hubo cierto oportunismo político e incluso cierta extravagancia cultural en tal galardón al escritor antimilitarista (eran los años de Hitler), súbitamente encumbrado por la Academia Sueca que ignoró a Proust, a Joyce, a Rilke, a Claudel, a Valéry, a Forster, a Sherwood Anderson, a Auden... como los hay en el espeso olvido que se arrojó inmediatamente después sobre esas novelas, sin duda magníficas, que siguen siendo explosivas en el siglo veintiuno (el asunto del epílogo es la detallada denuncia de un arma química: el gas mostaza). 
No se habla de Roger Martin du Gard en México, a pesar de que precisamente aquí se publicaron, en 1962 –¡eran otros tiempos!-, en dos gruesos tomos y tiraje de siete mil ejemplares cada uno, sus Obras completas (Editorial Aguilar), con la excelente traducción de Los Thibault por Félix Caballero.
Dijo al recibir el Premio Nobel el 10 de diciembre de 1937: “En estos meses de angustia que todos vivimos; cuando ya la sangre empieza a brotar por ambos extremos del globo; cuando ya, por todas partes, en un ambiente viciado por la miseria y el fanatismo, están fermentando las pasiones en torno a los cañones que se apuntan sobre sus objetivos; cuando ya un crecido número de indicios nos revela el retorno de aquel cobarde fatalismo, de aquel consentimiento general sin el cual las guerras serían imposibles; en estos momentos excepcionalmente graves que atraviesa la humanidad, deseo –sin vanidad, pero con el corazón entero comido de zozobra-, que mis libros sobre El verano de 1914 (penúltima novela de Los Thibault, que trata de los meses anteriores a la Primera Guerra Mundial), sean leídos, discutidos y que recuerden a todos, tanto a los viejos que ya la han olvidado como a los jóvenes que la ignoran o la desprecian, la patética lección del pasado”.
Los Thibault (novela-río no en balde sucesora de las sagas de Balzac, Tolstoi y Zola) representan un ejemplo cumbre de realismo crítico, implacablemente agrio (novelas escritas para no gustar), o un antecesor luminoso del pardo New Journalism. La realidad entera, documentada y analizada al destalle, a través de las vicisitudes de los dos hermanos Thibault (el sensato Antoine y el místico Jacques; el burgués y el revolucionario) sacrificados en plena juventud por esa guerra.
O de novelas-crónicas: una de ellas, titulada La Consulta, asombra por la osadía de su trama, que no es otra que un simple día en la agenda de un médico (cada enfermo es un mundo, y la gran duda sobre qué debe hacer el médico en la agonía de los enfermos terminales).
La más célebre (oscura celebridad), La muerte del padre -una de las sátiras más ásperas contra la hipocresía de la institución familiar-, resulta casi repugnante en su registro de una agonía durante la cual los médicos más parecen atormentar que ayudar al enfermo.
Salvo la Academia Sueca (hay premios que matan), tampoco en vida Roger Martin du Gard encontró muchos admiradores renombrados. Carecía de glamour (denuncia como llaga la Francia de la Belle Époque que Proust idealiza y mitifica) y aun de modernidad. En los años de las vanguardias artísticas, este novelista se asumió como reportero y retomó el realismo del siglo diecinueve. Sólo lo apoyaba André Gide. Pero ya anticipaba el existencialismo y la denuncia de una vida convertida en El Absurdo por la codiciosa y sanguinaria modernidad.
Albert Camus observó que Martin du Gard “no ha pensado nunca que la provocación pudiera ser un método en el arte. El hombre y la obra se han forjado con un mismo y paciente esfuerzo, en el retraimiento. Martin du Gard es el ejemplo, bastante raro en definitiva, de uno de nuestros grandes escritores cuyo número de teléfono no conoce nadie... el Premio Nobel le ha favorecido, me atrevería a decir, con una noche suplementaria”.
Los Thibault no impidieron, desde luego, la Segunda Guerra Mundial. Durante las semanas pasadas, huyendo de los noticieros y de los reality shows, me sumergí en esas ocho pesadas, agrias, ásperas, tremendas novelas: los atroces comienzos del siglo veinte que narran se parecen muchísimo a los del siglo veintiuno. Nada más actual que el pasado.
Sólo la pluma resulta por supuesto mucho mejor, pues, como decía también Camus, “en la época en que Martin du Gard hacía sus primeras armas literarias, se entraba en la literatura (la historia del grupo de la Nouvelle Revue Française lo muestra claramente) un poco como se entra en religión. Hoy se entra en ella, o al menos se finge entrar, como en plan de burla; sólo que se trata de una burla patética, que para algunos puede tener su eficacia. De cualquier modo, para Martin du Gard la seriedad de la literatura no tenía vuelta de hoja”.



domingo, 11 de junio de 2017

JUAN JOSÉ ARREOLA

ARREOLA: EL CONVERSADOR Y LA PROSA

Juan José Arreola celebra sus ochenta años con unas memorias extrañas en boca de su hijo: a ratos son la reconstrucción memoriosa de éste a partir de múltiples conversaciones con su padre; a ratos suenan a simples grabaciones poco editadas de la conocida locuacidad del escritor; a ratos reproducen, no sabemos qué tan cabalmente, diarios o cartas. Proliferan los chismes de intelectuales.
         El último juglar (Diana) no es un gran libro, aunque cuente con páginas interesantes; comete todos los errores que Arreola criticó en sus mejores años, como la autocomplacencia y la incontinencia: así, por ejemplo, se asesta al lector un material profuso y reiterativo sobre sus amores juveniles, casi de larga novela rosa, cuando bien sabemos que el gran narrador exigía la brevedad, la concentración y el pudor en las efusiones sentimentales.
         Pero servirá sin duda como un documento fundamental sobre el autor y su época, y ayudará a recordar al otro Arreola, no al escritor (cuya biografía es la propia obra), sino al conversador. Porque el maestro de las narraciones brevísimas podía soltarse hablando horas (incluso por televisión) sobre cualquier tema. Hombre de extremos: Sucinto en la escritura, locuaz en la conversación. Diamante y viento.
         En estas memorias se trasluce algo del gran libro que Arreola anunció en vano (como Rulfo respecto a La cordillera) durante décadas, Memoria y olvido, y que acaso no llegó a escribir de tanto desgastarlo oralmente. Escuché de sus labios, en el taller literario que tuvo en la Casa del Lago hacia 1967, partes enteras de estas memorias, que recuerdo casi idénticas a como las recupera su hijo Orso.
         Dice Arreola que fue abandonando la escritura a partir de La feria (1963), para no bajar su nivel de calidad, para no escribir textos inferiores a los antiguos. Hizo mal.  Pecó de soberbia: nadie tiene por qué ser Dante todo el tiempo ni toda la vida: a veces a los afortunados les ocurre serlo alguna vez, frente a “la zarza ardiente”, sin proponérselo con tal deliberación (se peca de hybris cuando se exige: “¡La Zarza Ardiente o nada!”); y de insensatez: los textos “perfectos” ya estaban a salvo, bien escritos y publicados: nada podía hacerles daño; había que pasar libremente, sin remordimientos, a otra cosa.
         Ciertamente el estilo arreolino más conocido, el de la ultracorrección filológica y las grandes exigencias estilísticas, se aviene más con los textos raros de Confabulario que con un relato veraz de la vida cotidiana. El “diamante” de “De Balística” o de Bestiario, con sus aspiraciones intelectuales, su culteranismo, su erizada filología, exige invenciones inusitadas. El radical artificio del estilo en consonancia con ficciones radicalmente artificiosas.
         Pero siempre estuvo ahí el Arreola oral. Ojalá él mismo se hubiera encargado de editar esa prosa conversada —concentrarla, depurarla—, que no tenía por qué desmerecer frente a la otra. De hecho, ya había avanzado buenos pasos en experimentos coloquiales, desde sus primeros cuentos. Han aparecido varios libros de sus conversaciones dictadas a familiares, amigos y discípulos: ninguno de calidad sostenida; a veces incluso algo ligeros y charlatanes.
         La feria parecía el principio y fue la culminación de este aliento oral (incluso dialectal: el habla ranchera), y nos deja sospechar lo magníficas que pudieron ser sus memorias, si las hubiera trabajado como hizo con esa novela. Pero solamente se dejó grabar.
         Se queja de que fue etiquetado, a principios de los años cincuenta, como afrancesado y culterano, en oposición a la supuesta esencia nacionalista y popular de Rulfo. Tiene razón en su queja. Temas suyos tan frecuentes como las extravagancias de la modernidad, el matrimonio, el adulterio, los fulgores y las espinas del encuentro sexual o la moral católica pueblerina, poseen tanta mexicanidad como las balas y cuchilladas de nuestra historia violenta. Por otra parte, Luis Cardoza y Aragón encontró que la esencia rulfiana de la mexicanidad partía de Knut Hamsum, y habló de Pedro Páramo como de “ese libro noruego”...
         Pero desde hace mucho tiempo se ha dejado de fastidiarlo con semejante etiqueta. Ha padecido otra, que él mismo fabricó: la del perfeccionista. Un extremista del estilo, un radical del arte de la prosa. Él tuvo la culpa por sus incontinentes prédicas entusiastas al respecto, y el público por tomarlo tan en serio cuando, con toda evidencia, se manifestaba también el otro lado de la moneda: más que cualquier otro autor contemporáneo, ha sido precisamente Juan José Arreola el gran ejemplo de la literatura improvisada, oral, conversada, algo teatral: “sobre el viento armada”. Ahí se permitía ser profuso y sentimental, declamador e ideólogo: todo lo que le prohibía al Texto con mayúscula.
         Esta etiqueta de Arreola como medalla de la prosa perfecta ha hecho olvidar, por desgracia, que sus cuentos y poemas en prosa ofrecen algo más que un extremoso triunfo estilístico. Ofrecen una buena cantidad de bromas, de sátiras, de comedias, de farsas.
         Es un autor jocundo, para morirse de risa. Un saltimbanqui de la imaginación y del lenguaje. Leer a Arreola sólo para admirar su perfección prosística significa perderse de demasiado; toda una visión satírica de la realidad mexicana asoma entre sus diamantes. Toda una fiesta de gozo en torno a los absurdos de la realidad más minuciosa, como durante un caballeroso trayecto en autobús o en su queja contra un mal zapatero.
         “El guardagujas”, extremo kafkiano, también ofrece un exacto informe del destino verificable de los Ferrocarriles Nacionales de México; y todas sus burlas a la modernidad erótica, a la vida cotidiana en pueblos y ciudades, a las aspiraciones morales del cristianismo e incluso a los trances metafísicos de nuestras pobres mentes, que a menudo se creen demasiado angélicas, y claro: desvarían.
         La vigencia de Arreola como humorista, en una literatura mexicana de monótona seriedad asnal, resulta tan asombrosa como la de su estilo escrito, tan elástico y eficiente en la lectura actual como hace medio siglo, cuando tomó por asalto nuestra narrativa con Varia invención.
         Es una lástima, sin embargo, que no haya trabajado más ese estilo oral, coloquial, de sus conversaciones. Que haya delegado en otros, así sea su hijo, la recuperación de su habla. Nos había prometido durante décadas hacerlo por sí mismo: escribir Memoria y olvido. No logró finalmente las anunciadas bodas del texto y el habla, del diamante y del viento, de la prosa y la conversación. Tal vez esperó demasiado tiempo.
         ¿O  sería que los celosos ángeles de sus severas teorías prosísticas mantuvieron a raya, con espadas flamígeras, a los traviesos duendes parlanchines de su invención oral?
         ¡Qué peligrosas y tiránicas resultan las sirenas de la perfección, las supersticiones e idolatrías del Texto con mayúscula!



viernes, 9 de junio de 2017

OJOS QUE DA PÁNICO SOÑAR

Ojos que da pánico soñar
José Joaquín Blanco

A Carlos Monsiváis

¿Alguna vez el lector se ha topado con algún puto por la calle? ¿Ha sentido su mirada fija; lo ha visto aproximarse a pedirle un cigarro, hacerle conversación, sugerirle…? Mientras me embrollo con las ideas que trataré de desarrollar en este artículo, paseo por el Parque México mirando a los muchachos que me gustan con esa peculiar “mirada de puto” cuya escandalizada descripción sería insuperable para escribir un artículo amarillista. No puedo saber cómo vean mis ojos esos muchachos, salvo alguno de ellos, con quien ya hice cita; pero recuerdo que en muchas de las novelas que he leído, cuando aparece algún personaje homosexual, el autor se demora nerviosamente, intrigado por sus miradas. “Eyes I dare not meet in dreams”, escribió Eliot. Las califican como sesgadas, fijas, lujuriosas, sentimentales, socarronas, rehuyentes, ansiosas, rebeldes, serviles, irónicas, etcétera. Estos adjetivos no hablan de los ojos de los homosexuales en sí sino de cómo la sociedad establecida nos mira: somos parte de ella, sobre todo de su clase media, y a la vez la contradecimos; resultamos sus beneficiarios y sus críticos. Voluntaria o involuntariamente, al decidirnos a ser como somos, lo hacemos contra ella y colaboramos a su disolución. Sus teóricos nos definirían como microbios infecciosos que la minan, pues aunque no constituimos una clase enemiga, sí resultamos incontrolables enemigos dentro de sus propias filas y a veces colaboramos en el jaque a sus instituciones básicas. Si el lector –en algún mal sueño– viera a su cónyuge, su hijo, su padre, sus amigos, alguno de sus héroes o camaradas preferidos, mirándolo con esos ojos tan temidos, ¿de veras no querría, sobresaltado, despertar?
            Sin embargo, la homosexualidad –como cualquier otra conducta sexual– no tiene esencia, sino historia. Y lo que se ve ahora de diferente en los homosexuales no es algo esencial de personas que eligen amar y coger con gente de su mismo sexo, sino propio de personas que escogen y/o son obligados a inventarse una vida –pensamientos, emociones, sexualidad, gustos, costumbres, humor, ambiciones, compromisos– independiente, en la periferia o en los sótanos clandestinos de la vida social. (En una oba de André Gide, Teseo, los ojos que da pánico soñar fueron los de un heterosexual que, en la sociedad homosexual de Creta, se atrevió a inventarse su vida a su manera.) Y el hecho concreto de que alguien viva de otro modo –mucho más si ese alguien se multiplica en cientos, miles o millones– rompe la unanimidad imprescindible para establecer una dominación vertical en la sociedad. Los gobiernos verticales, aun los socialistas (la URSS, Cuba) han buscado exterminar la diferencia viva de los homosexuales, con recursos que no excluyen los campos de concentración. Las “democracias” capitalistas han seguido una política no menos criminal, pero más sofisticada: para domesticar a una población, no se trata ahora de imponerle normas sobre con quién hacer el amor, sino cómo hacerlo: una sexualidad hedonista de consumo, prefabricada y sobrestimulada con recursos tecnológicos, en la que el sexo se banaliza y se cosifica, y ya no importa ninguna transgresión sexual porque el sexo, como todo el cuerpo, ha dejado ahí de tener importancia.
            Dentro del negocio de la tolerancia sexual observable en esas “democracias” capitalistas, los ojos peligrosos ya no son característicos de ninguna minoría sexual tradicional, sino de una nueva minoría aún más marginal y más acosada, y acaso más solidaria entre sí: la minoría de aquellos que, independientemente del sexo de las personas con quienes amen, insisten en el sexo y en el cuerpo como formas radicales de vida, fuentes de transformación y creatividad, que irradian su energía a todos los actos cotidianos, y los vuelven más generosos, inteligentes y dignos de ser vividos. En los centros de la tolerancia sexual del consumo, por ejemplo, puede encontrarse a veces mayor marginalidad y rebeldía en una pareja a la antigüita, profunda y amorosa, que en muchas de las ahora prestigiosas “aberraciones sexuales” de plástico y en cinemascope.
            No intento decir qué es la homosexualidad –“quien quiera azul celeste, que se acueste”, dice Efraín Huerta en un poemínimo. Sólo me preocupa exponer algunos puntos de vista sobre su historia actual en la Ciudad de México, porque conviene discutirla públicamente y no sólo en la nota roja, los chismes y chistes privados; y exponerla personalmente, pues la única forma de romper la presión social abrumadora es enfrentarla individualmente en los ámbitos personales, aun corriendo los riesgos domésticos del llanto de mamá, las sesgadas sonrisitas en la oficina, las desconsoladas discusiones de familia y hasta la díscola alegría de algún rival profesional o un primo envidioso. Desde luego, mis puntos de vista no coincidirán con los de otros homosexuales –no busco polémica, sino ventilar cosas– ni se pretenden como apología ni táctica proselitista.
            Mi tesis, aún bastante vaga, es que los homosexuales mexicanos de hoy –no necesariamente los de ayer ni los de mañana– al sufrir las persecuciones, represiones, discriminaciones del sistema intolerante, necesariamente estamos viviendo una marginalidad que además de su joda tiene sus beneficios: los valientes beneficios del rebelde, que no son intrínsecos a opción sexual alguna sino a una opción política: la lucha que nos cuesta sobrevivir ha dado hermosas razones y emociones a nuestras vidas, y sería una tragedia perderlas a cambio de la tolerancia del consumo que previsiblemente –por el proceso económico y social que experimenta nuestra clase media, tan subsidiaria de las “democracias” capitalistas– pronto se impondrá en México también en los terrenos del sexo.
            Hablo de los homosexuales de clase media. No me atrevo a hablar de la homosexualidad en la miseria. Somos tan poca cosa frente a ella: esos homosexuales de barrio, jodidos por el desempleo, el subsalario, la desnutrición, la insalubridad, la brutal expoliación en que viven todos los que no pueden comprar garantía civil alguna; y que además son el blanco del rencor de su propia clase, que en ellos desfoga las agresiones que no puede dirigir contra los verdaderos culpables de la miseria: esas locas preciosísimas, que contra todo y sobre todo, resistiendo un infierno totalizante que ni siquiera imaginamos, son como son valientemente, con una dignidad, una fuerza y unas ganas de vivir, de las que yo y acaso también el lector carecemos. Refulgentes ojos que da pánico soñar, porque junto a ellos los nuestros parecerían ciegos.

*

Es preciso desmelodramatizar la discusión pública del homosexual en México. No somos, ni con mucho, los patitos feos del sistema: estamos bien metidos en él, y si hemos de ser honestos, reconoceremos que en la mayoría de los casos somos más cómplices de nuestra clase, de nuestras chambas, almacenes, prejuicios sociales, comodidades y privilegios, que solidarios con los jodidos, incluso de los homosexuales jodidos. En general, sacamos a la luz pública la vida homosexual en los momentos agudos de la represión, protestando por los abusos y exigiendo respeto a nuestros derechos civiles, aunque en el fondo sepamos que si diaria e impunemente se expolia a millones de desempleados, campesinos y obreros, difícilmente podremos lograr que se nos privilegie permanentemente con un trato de verdadera justicia que a ellos no se les da. Nuevamente, quedamos encerrados en nuestro ámbito clasemediero: como tenemos un modo de vida privilegiado exigimos un trato policíaco preferencial, como el que han conseguido más o menos los heterosexuales de nuestra clase.
            Así, tanto la opción homosexual como la heterosexual, en las civilizadas y nobles acepciones que les damos, son privilegios asequibles sólo a partir de determinado nivel de ingreso, e instituciones indispensables para situarse en un nivel de vida. Todavía hay muchísimos trabajos que son impensables para quien no tenga un hogar decente y cultive relaciones públicas con otros hogares decentes; en provincia, donde la persona no es individual sino parte de una familia, un matrimonio de determinada forma es indispensable para ocupar un lugar en esas sociedades de clanes. En muchos casos, la práctica abierta de la homosexualidad es un privilegio aún más difícil. Salvo casos de extraordinaria valentía, lo natural en nuestro país es que muchos homosexuales se nieguen a serlo, porque eso les complicaría la supervivencia al enemistarlos con sus familias, sus conocidos, sus posibilidades de trabajo, etcétera. Con el crecimiento de las ciudades el anonimato se vuelve posible, y la variedad de trabajos y de colonias quita dramatismo a la posibilidad de que de repente se la sepan a uno. Al perderse en la masa citadina el homosexual gana libertad, siempre y cuando tenga el nivel de vida suficiente para moverse sin terror en lugares clandestinos, para pagar las altas cuotas de los lugares y las costumbres toleradas mediante la extorsión evidente o velada, y sobre todo para sentirse con derecho a vivir su vida de un modo diferente. Por ello en siglos pasados, sólo unos cuantos artistas, aristócratas o burgueses pudieron darse ese lujo.
            Es harto distinto el panorama de la homosexualidad si se le considera a partir de un privilegio. Un privilegio impersonal e irreversible, el desarrollo de nuestra clase media, que de repente permite a muchas personas, que de otro modo no habrían tenido otra opción que reprimirse y acatar normas más estrechas, decidir con mayor libertad sus vidas. Cierto: se nos persigue, se nos humilla, se nos extorsiona; se nos identifica y mezcla con criminales; muchos de nosotros han sufrido razzias, vejaciones callejeras y dentro de las celdas policiacas, golpes, amenazas; han sido discriminados o cesados en sus trabajos; es frecuente el caso de que se les detenga y obligue a vestirse y a declararse según conviene a la prensa amarillista coludida con la policía, como Alarma o Alerta; que muchos pobres diablos se regocijen con la publicitada imagen denigratoria del puto para así poder sentirse los pobres, tan sin otros satisfactores de su vanidad, superiores por lo menos a un (gesto de fuchi) maricón.
            Cierto: se nos constela con todo tipo de adjetivos: cobardes, cochinos, débiles, serviles, sofisticados, asaltabraguetas, etcétera; somos víctimas cautivas de mordelones y majaderos, y a veces hasta tenemos que tragarnos la conmiseración de los “liberales”.
            No importa. Dio la casualidad que el propio proceso histórico y social nos privilegia; nos privilegiará más con el terror demográfico y el libertinaje del consumo. Somos, muchas veces sin darnos cuenta y sin haber colaborado voluntariamente en ello, más libres y más fuertes que nuestros semejantes de hace apenas diez años. La represión que sufrimos es sólo una modalidad de la que sufre la población entera, y aunque en muchos casos siga siendo brutal, en otros muchos contamos con medios de defensa impensables hace dos décadas, como una creciente población homosexual con nivel de consumo y algún peso en la opinión pública. Es predecible que nuestra “marginalidad” deje de serlo, como en Estados Unidos, y se vuelva una modalidad del conformismo imperante. Nos habrán de privilegiar porque tolerarnos será un acceso a nuestros bolsillos. Nuestros ojos no causarán pánico, sino la amabilidad de que “el cliente siempre tiene la razón”.

*

Si la homosexualidad en México se enfoca como una represión dentro del privilegio  y como una subversión dentro del conformismo de nuestra clase media, podrá comprenderse que una política de tolerancia tenderá a reforzar las posiciones de privilegio y conformismo de clase, y a eliminar los elementos subversivos de minoría nacidos durante la intolerancia persecutoria. Es decir, a acabar la diferencia política de la homosexualidad actual para trocarla en una opción igualmente cosificada y banalizada que aquélla en que se ha convertido la conducta sexual establecida. Un bello personaje homosexual, en una obra de Jean Cocteau, en cuanto se le ofrece la tolerancia se suicida, porque ningún hombre digno puede aceptar la vejación de ser “tolerado”.
            Nuestra homosexualidad nos enemistó con el modelo dominante de sociedad. Nos dio una diferencia política ante todos los aspectos de la vida, mucho más allá de la cama. Frente a la cosificación moral del matrimonio y el engendramiento, nos enfrentó con la realidad del sexo sin subterfugios. La dura realidad cruda del sexo. Nos costó años –nuestros más vigorosos años de adolescencia y juventud –deshacernos de la domesticación social y aprendernos como fisiología. Limpiar nuestros cuerpos de mierda de la moral dominante. El hogar nos expulsó, pero nos permitió también despreciar la propiedad, a veces (sin institución familiar, la acumulación de riqueza pierde mucho sentido), y los lazos sanguíneos, para encontrar familias entre desconocidos solidarios, y crear razones de vida más fundamentales que el fetiche del dinero. Nos hizo valientes: capaces de oposición y de decisiones riesgosas. El saber que la sociedad nos desprecia pudo trocarse en desprecios a sus premios y sus trampas. Nos hizo fuertes al obligarnos a forjarnos callo. En avenidas nocturnas rompimos barreras de clase, de religión, de nacionalidad y de partido. Recuerdo a Pasolini contestándoles a los sociólogos académicos: ¿ustedes, marxistas de cubículo y asambleas, me acusan de no conocer a los proletarios? ¡Si llevo treinta años acostándome con ellos, tratándolos, mientras ustedes han quedado encerrados en el estatus pequñoburgués!
            No sólo dimos la lucha contra el racismo exterior, sino contra el racismo interiorizado en nosotros mismos por la educación familiar y social, que nos hacía despreciarnos y malquerernos porque no checábamos con el modelo del dócil ciudadano convencional. Se nos convirtió en monstruos y caricaturas, y en esos bajos fondos construimos otra dignidad. Aprendimos la soledad y que la única fortaleza emotiva es el trabajo. Aprendimos también el placer y sus caídas, sin redes institucionales de protección. Sobre todo aprendimos el buen humor: al reírnos de la sociedad y también de nosotros mismos pudimos muchas veces habitar días y años inhabitables. La conciencia de nuestra joda pudo llevarnos a ser más sensibles ante la joda de otros.
            Como nuestras relaciones amorosas no se dirigían a construir un patrimonio, a erigir una institución de buena conciencia, a subir en el status social ni a colocarnos mejor en el escalafón establecido, las vivimos efímeras y muchas veces, las más, descarnadas; aprendimos a amar en el amante a otro, y no a un objeto de nuestra propiedad. En la escuela del escarnio perdimos en buena hora muchos prejuicios y vanidades tontas. Tuvimos, en fin, que explorar el infierno que se nos dio por morada, y ahí supimos amar también nuestras cavernas.
            Se nos obligó a crear un lenguaje secreto, y lo hicimos bello y divertido. Tanto que la sociedad tuvo que tomar, mediatizándolas, muchas de nuestras formas de arte y sensibilidad. Recobramos el sentido del juego y nuestra fama de ingeniosos y lúdicos se universalizó. Tuvimos que inventarnos defensas y volvernos, simultáneamente, más agudos, más refinados, más vulgares, más lúcidos, más generosos y más cabrones. En cualquier lucha de nuestro siglo ha colaborado –casi siempre desde la sombra en que nos encarcela– alguno de nosotros.
            Y bien, estos beneficios –podría llenar páginas y páginas con su letanía– se los debemos a la persecución. No habrán necesariamente de definirnos durante una política de tolerancia. Habrá una nueva norma sexual dominante: que se caracterizará por cosificar el sexo, volviéndolo un satisfactor momentáneo y banal de cuerpos de suyo cosificados, sin aventura y sin creatividad, propios de conformistas clasemedieros, que acaso se olviden por completo de los otros jodidos y de sus experiencias cuando fueron perseguidos, en cuanto la tolerancia del consumo les dé el beneplácito.
            Pero habrá también –ya la hay, salpicada por ahí entre la anónima población– una nueva minoría sexual, fiel al placer radical, a la indisoluble unión entre la cama y el trabajo, la intimidad y la política, el acto sexual y la solidaridad humana. (Ningún pobre diablo, ningún hijo de la chingada puede ser un buen amante; y ningún buen amante puede seguirlo siendo si empieza a transformarse en un mal hombre. El amor y la honestidad son vasos comunicantes.)
            Una nueva minoría de amantes radicales, ya muy visible entre jóvenes todavía “homosexuales” y “heterosexuales” (pero ya muy semejantes en muchas actitudes ante la vida, muy solidarios recíprocamente), será más valiente y dichosa, más revolucionaria, de lo que ahora somos los homosexuales de la intolerancia.
            Nuestra disidencia acaso sea sólo un precursor de esa nueva minoría, en la que deberíamos apresurarnos a participar. Homosexualidades, heterosexualidades y otros membretes desaparecerán entonces. Recobraremos el sexo polimorfo, sin trabas ni mistificaciones: el fuego sagrado de Prometeo, la fuerza que permitirá –acaso– la realización de la utopía; y por lo pronto, la fuerza formidable que nos dará una vida cotidiana capaz de alegría, generosidad y talentosa creación de nuestras propias horas. Nuestros propios, personales, importantísimos minutos.

(Publicado originalmente el 17 de marzo de 1979, en el suplemento “Sábado” del diario Unomásuno, de la Ciudad de México. Captura: cortesía de Editorial Quimera.)



lunes, 1 de mayo de 2017

MANN, EL CERVANTINO

MANN, EL CERVANTINO

Por José Joaquín Blanco


Thomas Mann, acosado por los nazis, abandonó Alemania el 11 de febrero de 1933. El 19 de mayo se embarcó a los Estados Unidos, en una gira de conferencias. Durante los diez días de viaje en trasatlántico llevó un diario en el que narraba los pormenores de la vida en el barco y sus comentarios de lectura. Iba leyendo el Quijote, en la traducción alemana, que califica de espléndida, de Ludwig Tieck.
         ¿Por qué precisamente el Quijote? Para escribir un gran ensayo. El ya nobelizado Mann, famoso en el mundo entero como novelista, traía la espina enterrada de su fracaso en el ensayo, especialmente sonado con su ultrapolítico libro Reflexiones de un hombre impolítico (1918) y diversas conferencias y escritos en periódicos y revistas.
         No es inexplicable ese fracaso. El pensamiento de Thomas Mann fue las más de las veces confuso, altanero, esnobistamente conservador (reaccionarismo chic) y escandaloso. Sobre todo confuso: a veces defendió el autoritarismo y la guerra, a veces la democracia y la paz. Arbitrariamente calificaba de “sano” o “enfermo” cuanto le venía en gana. Casi siempre dijo las cosas impropias en momentos inoportunos. Aunque tuvo el tino de prever con ejemplares claridad y pánico los horrores del nazismo, sus escritos también mostraban un odio high brow, algo anacrónico y cascarrabias, a la modernidad, al pensamiento y a la cultura del siglo XX, a las vanguardias literarias, a la izquierda y a las pasiones de su tiempo. ¡Con cuánta belicosidad odiaba a Bertold Brecht el pacifista Thomas Mann!
         Un odio tieso, aristocrático y académico. No abundaban en sus ensayos la generosidad, la compasión, el sentido del humor ni el hambre de vida de sus novelas. Quizás había dos Thomas Mann, que él luchaba por unificar: el amplio y revolucionario narrador, creador e inventor de nuevas realidades, y el estrecho ensayista, nostálgico de la ilustración de sus profesores y de la Edad de Oro del orden alemán anterior a la Primera Guerra Mundial.
         En sus ensayos, artículos, conferencias, diarios y cartas regaña, insulta, simplifica, excomulga y maldice con una intemperancia y un desprecio aristocráticos casi inconcebibles en el libérrimo inventor de Los Buddenbrook. A ratos el más que “decadente” autor de La muerte en Venecia se pone a ensalzar las buenas costumbres y el sometimiento a la moral burguesa como un rutinario pero energúmeno predicador luterano. Sospecho que lo mismo ocurría en sus conversaciones, que tan dolorosos conflictos le provocaron con su hermano Heinrich y con su hijo Klaus. Los admiradores de sus novelas preferían desconocer que existían sus ensayos.
         Pero no había contradicción de fondo. Era el mismo Thomas Mann: soberano, profundo, innovador en las novelas; y novato, improvisado en el ensayo: seguidor de la vieja tradición intelectual alemana de los dómines, e incontinente denostador de algunos rebeldes, como Nietzsche, a los que en el fondo admiraba, pero que inevitablemente lo hacían rabiar y a quienes con clic automático culpaba de todos los males de su tiempo. Baste recordar, en un mismo libro, los “intelectuales” rollazos indigestos de Naphta y Settembrini, al lado de las culminantes escenas de la tormenta de nieve o de la radiografía amorosa de La montaña mágica.
         Pero Thomas Mann intuía que, sencillamente, no le había concedido al ensayo el trabajo y la pasión que desbordaba en los relatos; que sus ensayos eran diferentes a las novelas no porque los orientara otro pensamiento, sino porque estaban menos trabajados y vividos, y se propuso aprender a ser un buen ensayista. Un ensayista que mereciera estar al lado del novelista Thomas Mann. No lo lograría, pero avanzaría mucho a partir de los años viente con sus estudios de Goethe, Wagner, Schiller, Chéjov, Miguel Ángel, Schopenhauer, Nietzsche y Freud.
         El Quijote era otra de sus ambiciones ensayísticas. Por desgracia, no escribió el gran ensayo cervantino que ambicionaba, pero sí un notable cuaderno con notas de lectura: Meerfahrt mit Don Quijote, traducido al castellano como Travesía marítima con Don Quijote (Madrid, Ed. Júcar). Diez días de un diario de lectura a bordo del trasatlántico, del 19 al 29 de mayo de 1933.
         Además, Mann buscaba en Cervantes inspiración para su nueva manera de narrar: la novela de ideas o de mitos, de José y sus hermanos, Lotte en Weimar y Doktor Faustus, y para sus intentos de una narrativa esencialmente cómica (Félix Krull el impostor; pero también pasajes de José y Lotte), y una nueva inspiración moral, la del hombre renacentista dotado de no sé qué mitologías de la bondad cristiana que ve resplandecer, más que en nadie, en ese Cervantes que ama a los desprotegidos y a los perseguidos (los moriscos) sin llamar a la guerra contra el rey ni contra la nobleza española de su tiempo. Don Quijote como un humanitario no-revolucionario, un humanitario sin incendios, que no convoca a ninguna hostilidad sino a un profundo respeto apacible y bondadoso por la naturaleza humana en toda su diversidad, asumiendo las palizas que se niega a dar otros (aunque haga la finta de arremeter contra ellos lanza en ristre: ya sabemos que resultarán molinos de viento o borregos), incluso a sus enemigos: “y precisamente en su unión psicológica, en su humorístico entrecruzamiento [de la humillación y el ensalzamiento del ingenioso hidalgo] se manifiesta en qué alto grado el Quijote es producto de la cultura cristiana, de la psicología y humanidad cristianas, y lo que el Cristianismo, pues, significa eternamente para el mundo, para la creación poética, para lo específicamente humano” y bla bla bla pum pum bla bla... ¡aghhh!
         Thomas Mann aborda algunos de los puntos centrales del ingenioso hidalgo. Por ejemplo, la modestia de su composición. Para Mann no existe un libro sistemático, sino una idea sencilla, cómica, que se fue poblando de enormes connotaciones por añadidura, sin teoría ni deliberación. No un prestablecido sistema de un Don Quijote noble, ideal y espiritual contra un Sancho o un mundo populares, reales y vulgares; sino la modesta idea cómica de ese par de deschavetados que quieren vivir la vida como si fuera una  delirante fantasía libresca, y reciben puras palizas; y luego la propia fábula va adquiriendo por sí misma todo tipo de riquezas imprevistas: “Yo considero como regla que las grandes obras fueron resultado de intenciones modestas. La ambición no debe estar al principio, no debe anteceder la obra, sino irse formando con ella, que, por su parte, quiere hacerse mayor de lo que creía el alegremente sorprendido artista; esa ambición debe estar unida a la obra y no al yo de su creador. No hay nada más falso que la ambición abstracta y previa, la ambición en sí e independiente de la obra, la pálida ambición del yo. El que así es se comporta como un águila enferma”. (¿De veras no hay un yo artístico e intelectual desorbitado ni una prestablecida teoría descomunal en La montaña mágica, en José y sus hermanos, en Doktor Faustus? ¿De veras fueron fábulas sencillitas que espontáneamente, “por sí mismas”, crecieron a las dimensiones del mito, en contra de la modestia artesanal de su “alegremente sorprendido autor”?)
         Por “águilas enfermas” Mann entiende a los niezscheanos artistas modernos que se proponen previamente crear obras para protestar contra el mundo y cambiarlo. No soporta esa pasión intelectual, que él llama engreimiento y enfermedad. Admira en cambio al sanote artista-artesano de otros tiempos que empieza escribiendo a la buena de Dios una fábula modesta que le crece sin premeditación, hasta lograr “por sí misma” esa idea de cambio o de protesta contra el mundo, y de paso, con toda naturalidad, una obra maestra.
         Esa no premeditada grandeza del Quijote lo obsesiona. En la primera parte encuentra una fábula modesta, que busca sobre todo divertir con los recursos artesanales de las situaciones cómicas, de las palizas y las comilonas, de los enredos hilarantes; ese Quijote jocoso de los batanes y los molinos de viento, de los vómitos y los excrementos, de los sesos de requesón.
         El público amaba tanto tal tipo de literatura que el Quijote se volvió instantáneamente un best-seller. Nadie veía en ese Quijote toda la enciclopedia filosófica en que lo hemos convertido. Y no lo era. Tan no lo era, que algún extraño autor, embozado en el seudónimo Alonso F. de Avellaneda, escribe tranquilamente una segunda parte que tuvo tanta aceptación como la primera de Cervantes. No se vio la diferencia, para nada.
         Nuestra lealtad al bueno de don Miguel nos ha hecho odiar sin justicia al “maldito” Avellaneda. La verdad es que el Quijote “falso” de Avellaneda no es una mala novela. Todo lo contrario. Debiéramos contarla también entre lo mejor de la narrativa mundial de su momento. Tan buena que se acusó de su autoría a los mayores escritores de su tiempo, como Lope de Vega, ¡y al propio Cervantes, más que capaz de estas travesuras-de-travesuras-de-travesuras!
         Les gustó mucho a los lectores, y provocó el pánico de Cervantes, quien precisamente para combatirla escribió su segunda parte. Yo diría más, que el Quijote de Avellaneda es más fiel al primer Quijote cervantino que la segunda parte del propio Cervantes, quien en ésta se aparta de su fábula original para escribir una historia diferente, más personal, sentida y elaborada. Ahora sí con yo y con teoría, ahora sí un “águila enferma”.
         “Cervantes había vivido el hecho de que un engendro que se presentaba como continuación de su obra hubiese también ‘corrido por el orbe’ y se leyese con la misma ansia que ella. La obra copiaba sus más toscas cualidades de éxito: la comicidad de la locura apaleada, y la gula de los campesinos; sólo con ello salía adelante; la intimidad, el arte de la lengua, la melancolía y profundidad humana de la obra estaban ausentes en este segundo libro, y, cosa aterradora, no se habían echado en falta. La masa, así parecía, no encontraba diferencia alguna”. (Verdad a medias: no fue “la masa” quien la aclamó, sino la minoría ilustrada, exactamente los mismos lectores que encumbraron a Cervantes; no es Avellaneda más “superficial” que el teatro de capa y espada de su época, y que bastantes pasajes del propio don Miguel. Sólo nos resulta “detestable” porque lo confrontamos con la ulterior divinización de Cervantes, y porque no le perdonamos haber hecho sufrir a nuestro querido manco. Pero gracias precisamente a Avellaneda tenemos la segunda parte del Don Quijote. Como en el tema borgiano de “el traidor y el héroe”, el cual estatuye que precisamente Judas permitió la redención operada por Cristo, gracias a Avellaneda se logró la proeza de Cervantes.)
         Toda la carga de humanismo, de filosofía, de dolorida autobiografía indirecta que encontramos sobre todo en la segunda parte cervantina del Quijote se debió a este azar, sin el cual ni siquiera se habría escrito. Cervantes mismo lo confiesa. Y saca a Don Quijote y a Sancho a desmentir los “embustes” de Avellaneda —aventuras bastante fieles a su primer Quijote—, y a establecer su exclusiva propiedad de autor sobre todo el quijotismo.
         Pero Cervantes no tenía razón:
         1) En esa época no privaban los derechos de autor, ni era considerado “plagio” el retomar anécdotas, estilos ni ideas de otros autores para hacer relatos propios. El propio Cervantes llena su libro de préstamos evidentes de otros autores de novelas pastoriles, picarescas, “bizantinas” (la aventura por la aventura) y de caballería. Avellaneda no cometió otro pecado que el del propio Cervantes con respecto a otros autores (Apuleyo, Luciano de Samósata, Amadís de Gaula, Jorge de Montemayor y el millón de referencias que citan los cervantinos).
         2) Cervantes mismo jugó a negarse la propiedad de la historia, atribuyéndola al moro Cide Hamete Benengeli. Él sólo traducía, glosaba, divulgaba. Y no sólo eso: en un tour de force que sigue causando pasmo, hace que sus personajes vuelvan a las aventuras ya que el mundo las ha leído en libros, tanto de Cervantes como de Avellaneda, y que discutan lo publicado. Todos son autores de algo. Sancho también es todo un autor del Quijote, pues le contradice y corrige al ingenioso hidalgo tales o cuales pasajes (y hasta llegan a una tregua: cada cual se queda con su propia versión de la identidad de Dulcinea o de la Cueva de Montesinos: cada cual es autor de su propio Don Quijote, y santa paz).
         Lo mismo los duques, los curas, los bachilleres y cuantos lectores del primer Quijote y del de Avellaneda encuentran a su paso, así como (conjeturalmente) de otras páginas de Cide Hamete Benengeli que ellos conocen, pero nosotros no, porque no todo lo que el “autor” moro escribió fue traducido por los “autores” castellanos. (Horroricemos pues a la academia: Avellaneda era un buen tipo que realizó un trabajo honrado y talentoso; su Quijote “falso” podría leerse aún con bastante placer si nos permitiéramos tal deslealtad hacia Cervantes. Lo que no haremos: estamos engagés con nuestro flaco.)
         Este curioso azar, el de que otro fuera autor de la propia obra durante sus mismos días, llevó a Cervantes a proseguir su fábula en un tono y en terrenos en los que no tuviera competencia alguna: a personalizarla. A Mann le conmueven el humanismo, la inteligencia y el “mundo vivido”, la intrahistoria cervantina, pero confiesa que en cuanto fábula, en cuanto relato, la segunda es inferior a la primera parte (y, acaso, al libro de Avellaneda). Dejó de ser mera fábula, para convertirse en otras cosa. El libro le creció al autor, desbordó su modesta, artesanal intención de divertir. “La estimación que Cervantes tiene por la criatura de su propia invención cómica ha ido creciendo de continuo durante la narración, y este proceso es quizá lo más atractivo de toda la novela; es por sí mismo una novela y coincide con la creciente estima por la obra misma, la cual fue concebida humildemente como cruda broma satírica, sin imaginarse en qué rango simbólico y humano estaba destinada a integrarse la figura del héroe. Este cambio de enfoque permite y opera una amplia solidaridad del autor con su héroe, la tendencia a igualar su categoría a la propia, a convertirle en su bocina de ideas y opiniones y a sustituir por dignidad espiritual y buena educación la más alta bizarría caballeresca, que es la extravagante, y llega a la madurez en Don Quijote, pese a todo lo lastimoso de su apariencia. Precisamente el espíritu y forma de expresión de su señor es lo que con frecuencia determina la admiración sin límites de Sancho y que otros se sientan también atraídos en grado sumo”.
         Divertido en este laberinto de autorías y en esta subversión de la novela contra el novelista, Mann acusa a Cervantes de su único error narrativo: matar al Quijote. No lo mató, dice, por necesidad novelesca, sino para estatuir que ya estaba bien muerto, de modo que nadie se atreviera a escribirle más aventuras. “Me inclino a encontrar más bien flojo el final del Quijote. La muerte opera aquí, ante todo, como medida de seguridad que preserva de futuros desmanes literarios a la figura central, y recibe por ello un tinte algo literario y de artificio, que no llega a captarnos. Una cosa es que un personaje querido se le muera al autor y otra que se le deje morir, que se disponga y anuncie su muerte para que ningún otro pueda hacerle caminar en el mundo. Es una muerte de literatura, una muerte por celos...”