domingo, 1 de julio de 2018

NAPOLEÓN Y LA HISTORIOGRAFÍA

NAPOLEÓN Y LA HISTORIOGRAFÍA

Por José Joaquín Blanco

Aunque no fue sino hasta tiempos modernos que la libertad intelectual se convirtió en ideal e incluso en obligación de la creación cultural (Alzate, por ejemplo, se sintió obligado a enfrentarse, en cuanto escritor, al virrey), siempre anduvo rebullendo en todos los autores, desde tiempos clásicos.
         Los autores casi siempre eran “siervos” o cortesanos de los poderosos, escribían para complacerlos, para ganarse la vida o algunos favores, o la llana supervivencia, pero a la vez siempre, en cuando el poderoso se descuidaba, iban a más, y buscaban la verdad, la fama, la belleza, la utopía y establecer su propia visión de los hechos.  Había que mantenerlos, sí (a pocos poderosos les gusta hacer el arduo trabajo intelectual por sí mismos: el estudio, la reflexión, la composición de las obras), pero mantenerlos bajo estrecha vigilancia.
         Una extraña paradoja ocurre cuando el autor libertario se fascina y hasta identifica con el mandón e incluso con el tirano.  Se diría que el poderoso es el verdadero autor, el que escribe directamente en la realidad, con hechos sólidos, lo que el escritor apenas finge con sus palabras. Muchos autores, y entre ellos no pocos excelentes, consideraron a Napoleón como el gran autor de realidades concretas, del libro de la vida de todos, de toda la nación, del mundo entero: el gran historiador en vivo y en sólido, el mayor poeta en el mundo objetivo.
         Voltaire se había fascinado con Luis XIV; infinidad de autores del siglo XIX escribieron sobre Napoleón no sólo para revivir y apoyar su memoria y su leyenda, sino para sentirse un poco él, una parte suya, ecos verbales de su realidad práctica.
         Napoleón cortejaba a los autores y a los poetas: Chateaubriand, Goethe, Fontanes. (Sainte-Beuve: Portraits littéraires —capítulo “M. de Fontanes”—, Ed. Gérald Antoine, Éditions Robert Laffont, París, 1993.) Desde luego, como todos los tiranos, cortejarlos era una forma rigurosa de someterlos. Pero más sutil e inteligente que otros poderosos, Napoleón los envolvía, los confundía, los dispersaba, le impedía a cada cual entender qué función y qué peso tenía en el conjunto de la revolución cultural y artística que se proponía establecer en su milenio. Eran tuercas que desconocían la máquina global en que servían.
         Los autores favorecidos por Napoleón vivían en continuo asombro. A veces recibían elogios y favores desmedidos, inexplicables, y en ocasiones se enteraban de que precisamente las ideas, las tendencias y las personas más antagónicas obtenían iguales estímulos, o asimismo, lo que también era frecuente, semejantes desprecios, indiferencias o velados castigos.  Según Sainte-Beuve, la política literaria de Napoleón, aparentemente atrabiliaria y contradictoria, consistía en mantener a todos los literatos, entre sí, en continuo jaque. Unos a otros se impedían, se limitaban, se estorbaban. Involuntariamente, cada autor era una manera de tener en jaque a los otros. Cada cual el contrapeso, el antídoto, el policía del otro.
         Las oficinas de Napoleón no se ocupaban solamente de batallas ni de leyes. Dedicaban mucho tiempo a las letras, especialmente a la escritura de la historia. Para él, la historiografía no era algo que escribían los historiadores, sino algo que al emperador le tocaba mandar e inspirar. Y se inspiraba y mandaba todo el tiempo, hasta en los detalles.
         Por ejemplo: en Burdeos, el 12 de abril de 1808, ordenó a su ministro del interior que el bibliotecario Halma continuara una antigua historia oficial francesa, el Abregé chronologique de Hénault, que se había quedado en el capítulo de Luis XIV.  El ministro, muy moderno, puso reparos: no era asunto político, dijo, sino cultural, y había que dejarlo en las manos de los hombres de letras. Napoleón “prendió fuego”, dice Sainte-Beuve, y le contestó a su ministro en una “nota secreta”:  Había que continuar esa historia clásica, dijo, y ya, y en manos del señor Halma, porque era “de la mayor importancia asegurarnos del tipo de espíritu” en que se escribieran los hechos históricos.
         “La juventud, dice Napoleón, no puede juzgar suficientemente los hechos sino según la manera en que se le presenten. Engañarla al redibujar los recuerdos es preparar los errores del porvenir”. Enseguida encargó a sus ministros, incluyendo al ministro de la policía, continuar todas las obras historiográficas importantes que se habían quedado en la época dorada del Rey Sol: “Es necesario que este trabajo no se confíe solamente a los autores de talento verdadero, sino también a los funcionarios públicos (des hommes attachés), que presentarán los hechos bajo su punto de vista verdadero, y que prepararán una instrucción sana”.  Ninguna tarea la pareció a Napoleón más importante que ésa.
         A continuación dictó sucintamente cómo debían narrarse cada hecho y cada reinado, y para obtener qué tipo de emoción en los lectores y estudiantes (por ejemplo: “Se deben pintar las matanzas de septiembre y los horrores de la Revolución con el mismo pincel que a la Inquisición”). Se trataba sobre todo de reconciliarse (pero no mucho) con el pasado general de Francia, sin privilegiar facciones, en busca de la unidad nacional, pero mostrando que todo el pasado había sido pesaroso “de modo que se respire al llegar a la época en la que se goza de los beneficios debidos a la unidad de las leyes, de la administración y del territorio”: la tierra prometida del propio Napoleón.

         “No hay trabajo más importante”, insiste.  Hay que propiciarlo para orientarlo, para inspirarlo, para hacerlo posible, y para impedir que gente ajena se inmiscuya en este asunto, toda vez que en cuanto la obra esté terminada y publicada por quien el propio poderoso ha nombrado, instruido y vigilado (“bien hecha y escrita y en una buena dirección”), ningún otro autor “tendrá la voluntad ni la paciencia” de hacer otra por su cuenta, dice un emperador conocedor de la gran debilidad humana de los escritores; nadie querría ni podría escribir otra historia, “sobre todo, porque lejos de ser estimulado por la policía, sería desestimulado por ella”.

viernes, 1 de junio de 2018

MARTÍN LUIS GUZMÁN

¿POR QUÉ NADIE LEE LAS MEMORIAS DE PANCHO VILLA?

Desde su aparición ruidosa y polémica, se supo que dos novelas de Martín Luis Guzmán (1887-1976), El águila y la serpiente (1926 en El Universal, 1928 en libro) —más bien, una colección de vigorosas estampas épicas y trágicas de la Revolución— y La sombra del caudillo (1929) —el relato de las vendetas del poder posrevolucionario en la época de Obregón y Calles—, se erigían no sólo como obras superiores de la narrativa en castellano, sino como títulos de interés mundial: fueron apreciadas en sus traducciones inglesa, francesa (por Gide, por Malraux), alemana, italiana (por Sciascia).
         Quedó para los enterados y los exigentes la ponderación de Muertes históricas (escritas en 1938, publicadas en forma de libro en 1958) —los relatos de cómo murieron Carranza y Porfirio Díaz—, en las que hay quien ve el mejor momento de la prosa directa, clara, precisa y aguda —dramática y severa, noble y majestuosa—, capaz de impresionantes efectos con una extremada economía de recursos, de Martín Luis Guzmán. Tal paralelo fúnebre entre dos héroes culmina la semejanza, que sus contemporáneos formados en “la afición de Grecia” señalaron, entre el novelista mexicano y el historiador clásico Plutarco, el de Vidas paralelas.
         En cambio, el desconcierto predominó desde el principio, cuando en 1936 empezaron a publicarse las Memorias de Pancho Villa, los domingos, en El Universal (la mayor parte del texto actual apareció en los cuatro volúmenes de Editorial Botas, entre 1938 y 1940; y sólo una última sección se añadió en 1951 a la edición definitiva). Hubo quien consideró esta obra como un monumento literario sin equivalente en el mundo y exigía para Guzmán, sobre todo por ese libro, el Premio Nóbel (recuerdo al cuentista caribeño José Luis González); y quienes la consideraron un mamotreto indigerible o un monumento propagandístico obsesivo, muralístico. Nadie le creía a Ermilo Abreu Gómez (para entonces completamente desprestigiado, después de tanta pifia) que él sí lo hubiera leído “completo”.
         El resto de sus libros ha tenido escasa repercusión (La querella de México, Mina el mozo, Filadelfia, paraíso de conspiradores; Islas Marías, Academia, Crónicas de mi destierro, Necesidad de cumplir las leyes de Reforma, etcétera). Se diría que la obra de Martín Luis Guzmán, la cual incluye el periodismo, el ensayo político, la biografía, la crónica cultural (incluso, pioneramente, de cine), se concentra en aquellos dos títulos afortunados, emitidos uno tras otro, cuando el autor andaba sobre los cuarenta años; y que el resto pende como un voluminoso apéndice de ellos, salvo las antológicas Muertes históricas y las misteriosas Memorias de Pancho Villa, de finales de los años treinta.
         Incluso se permitió la boutade de titular todo un libro Otras páginas, como si aceptara que las verdaderas eran aquéllas, en las que su misión de autor se cumplía oportunamente, de una buena vez; de hecho, escribió obras poco ambiciosas después de 1940, durante las últimas cuatro décadas de su vida, en las que se dedicó al periodismo (su revista Tiempo, aunque oficialista, fue modelo de profesionalismo informativo de 1942 a 1977), a las empresas culturales privadas (su cadena de Librerías de Cristal, su editorial Empresas Editoriales, S. A,) y a la política (director de los Libros de Texto Gratuito, senador).
         Su trayectoria anterior es conocida: Miembro del Ateneo de la Juventud, político maderista, revolucionario villista, periodista en Estados Unidos y España durante sus exilios en las épocas de Carranza y Calles; participó, asumiendo brevemente la nacionalidad española, en el gobierno español republicano.

II
Desde los años cuarenta las Memorias de Pancho Villa fue un libro fácilmente localizable en hogares ilustrados: era un buen regalo, y un detalle patriótico, como los cinco tomos de México a través de los siglos. Pero sus ejemplares se mantenían intonsos, sólidamente vírgenes, inertes, inmunes a la lectura y aun a la curiosidad, con garantía a prueba de lectores. Nadie pasaba de las primeras páginas, ni para ganar una apuesta.
         Eran motivo más bien de guasas, por su obesa y alarmante apariencia. ¡Mil cerradas páginas sobre las “memorias” de Villa! ¿Nomás para competir con los 8 mil kilómetros en campaña de Obregón? Vasconcelos, Azuela y Reyes intercambiaban codazos, guiños y chistes. Torri sonreía, aéreo. Novo ironizaba sobre alguna antología titulable como 3 toneladas de poesía noruega.
         Los lectores y la crítica eludían comentarla; se hablaba de esta “novela”, lateralmente, con veneración —los prestigios del autor y del tema— e ironía —la extralimitación literaria y política: el memorioso Villa duplicaba los recuerdos de Ulises y de todos sus compañeros, tanto los de la Ilíada como los de la Odisea, y se postulaba a competir, en grosor, con la Biblia, el Quijote y el entonces escueto directorio telefónico—; para pasar de inmediato a El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, que sí eran obras perfectamente conocidas, incluso al detalle, por los mexicanos ilustrados.
         El desconcierto sembrado en el público, la crítica y la academia a propósito de las Memorias de Pancho Villa es culpa en primera instancia del propio autor, por sembrarlas de expectativas desmesuradas.
         Nunca son las verdaderas memorias de Pancho Villa, sino las imaginarias de Martín Luis Guzmán a propósito de Villa. ¿Por qué no decirlo desde el título: el Villa que yo conocí, que imagino, que admiro? Desde el título hay una exageración, una usurpación desaforada. El lector se desilusiona pronto de no estar oyendo a Villa, sino a un escritor travestido en Villa. El lector acudía a su cita con el héroe brusco, y era recibido solamente por su atildado plenipotenciario, quien acaso lo defiende con exceso. Es un libro rotundamente apologético y unilateral. Acaso el propio Villa habría aceptado más pecados, errores y defectos, de los escasos y veniales que Guzmán le permite, y siempre en contextos exculpatorios.
         ¿Si no son las verdaderas memorias de Villa, qué son: una novela, una biografía, un reportaje? Todo al mismo tiempo, pero de cada género apenas aparecen unos cuantos recursos tentativos. Carece de la libertad imaginativa y de la maquinaria dramática de una novela: hay simplemente un monólogo de mil páginas, escritas siempre en el mismo tono. Tampoco ofrece el análisis, la documentación contrastada, la crítica del ensayista o reportero.
         En este monólogo se aprovechan recuerdos reales de Villa tal como se supone que los relató a otro periodista, Manuel Bauche Alcalde, y otros documentos, pero desde luego el noventa por ciento del texto proviene de otras fuentes, principalmente el conocimiento de primera mano que tuvo el autor con respecto a su personaje y sus hechos.
         Es un reportaje de reconstrucción biográfica que nadie supo, y probablemente Martín Luis Guzmán menos que nadie, por qué llegó a tan excesiva extensión. Pudo haber sido doblemente larga, o tres veces más corta, al gusto del reportero. Episodios similares (batallas, enfrentamientos, miserias, discusiones) proliferan al infinito en el mismo tono. Impacienta un libro tan reiterativo y monótono. Sofoca su univocidad, la monopólica voz del protagonista. Habría sido incomparablemente más eficaz reducido a unas 300 páginas, que sólo mostraran momentos representativos de su héroe, en lugar de seguirlo minuciosamente en la monotonía de su gran rosario de batallas. Y contar con otras perspectivas (voz del autor, puntos de vista de otros personajes reales o imaginarios) que formaran el claroscuro y el contrapunto, que dramatizaran y calificaran la trayectoria del héroe desde perspectivas variadas. Se necesitaba debate dramático. Drama.
         Tanto más cuanto que el Villa de Guzmán, como hombrón guerrero y silvestre, no se permite confidencia alguna. No abre su intimidad. Es un personaje de exteriores. Confiesa solamente hechos públicos bien conocidos en estas memorias. Incluso cuando susurra, está hablando para el ágora. Pero Guzmán no quería el drama revolucionario (que ya había narrado en sus dos libros célebres), ni sus matices o escondrijos íntimos, sino un sólido monumento totalizante, aleccionador, definitivo. Un perfil labrado directamente en la roca.
         Por lo demás, Guzmán endosa a Villa sus propias obsesiones.  Por ejemplo: la claridad y la tendencia liberal positivista (fe en el progreso). Quizás el intelectual odiaba más el lenguaje “nebuloso” que el guerrero; quizás el intelectual creía más en el futuro, que ese hombre bien metido en sus propios días que fue Villa.
         No tienen por qué definir al Centauro, aunque sí a estas memorias, los preceptos intelectuales y literarios que Guzmán se impuso: a) creo, dijo, “en el amor de las ideas claras y en el horror de las nebulosidades con que a menudo se pretende suplantar el verdadero conocimiento. Álgebra y geometría...”; b) “En mi modo de escribir lo que  más influjo ha ejercido es el paisaje del Valle de México. El espectáculo de los volcanes y del Ajusco, envueltos en la luz diáfana. Deseo ver mi material literario como se ven las anfractuosidades del Ajusco en un día luminoso...”

III
Ya que es un relato no completamente ficticio, pero sí fabricado, reporteado, de Pancho Villa, tal como se supone que a él le interesaría contarlo, Guzmán prescinde de infinidad de recursos que podrían enriquecerlo y dramatizarlo. No va Pancho Villa a elogiarse, a espantarse ni a considerase a sí mismo como personaje novelesco. Todo lo contrario. Se trata de un héroe y de un libro antidramáticos de principio a fin. Es altivo y contenido, como un prócer grecorromano. No busca que admiremos, por ejemplo, su toma de Ciudad Juárez (primera vez), a la que describe perentoriamente en unas cuantas líneas, sino aleccionarnos sobre la perfidia del antihéroe Pascual Orozco. La segunda vez que toma Ciudad Juárez, con el ingenioso recurso de los vagones carboneros, dedica menos espacio a la batalla que a exculparse ante la posteridad por ciertas ejecuciones y saqueos, por lo demás inevitables en toda revolución, dice. Se trata casi de un alegato de explicaciones y rectificaciones a sus injuriadores y a sus críticos. Su colosal apología, más que sus memorias.
         La hybris, la desmesura de Guzmán en este libro, es que quiso convocar plenariamente el alma de Pancho Villa por razones ideológicas, sentimentales y ¡estéticas! Y no cesó de convocarlas durante mil páginas, lo que ya es una confesión de parte con respecto a la escasa fortuna evocadora del médium.
         Para tal convocatoria al más allá contaba Guzmán con unos cuantos documentos insuficientes u objetables; con su profundo conocimiento personal de la persona y los hechos; con su ira frente al desprestigio que sobre Villa había tendido “la contrarrevolución” (para Guzmán, en los treintas, esto significa la alianza de los porfiristas con los sonorenses, unos y otros evocadores de Villa sólo como una bestia atrabiliaria, salvaje, saqueadora y sanguinaria); con su muy particular posición frente a la Revolución Mexicana, que le endosa, completa, a Villa (una viril y pura insurgencia del pueblo inocente y explotado contra la banda de ricos corruptos, cobardes y estúpidos del porfirismo; insurgencia noble y patriótica, así estuviera manchada por involuntarias escenas de crueldad, propias de seres elementales, no educados). Contaba con su personal amor por Villa, en quien vio a no sé qué concentrado de la pureza humana incluso en sus contradicciones y grandes tropiezos, y en quien embutió solapadamente su propia visión del mundo... ¡y con su amor por la literatura española del Siglo de Oro!

IV
Y aquí entramos al gran experimento literario de la composición de las Memorias de Pancho Villa, que ofrecían tan pomposamente expectativas de un Joyce mexicano, de la creación en laboratorio de un nuevo lenguaje: popular, puro, revolucionario. Villa como paradigma linguístico del mexicano.
         Indignado ante la falsificación del lenguaje de Villa que habían pergeñado sus primeros reporteros, al traducir sus expresiones campiranas a un modo de hablar catrín, escolar, porfiriano, Martín Luis Guzmán se creyó capaz de reconstruir —y durante mil páginas, de un monólogo unívoco— el habla de Villa, su alma misma hecha palabra, con sólo dos recursos: a) la familiaridad del autor con el habla del héroe y de muchos soldados norteños, y b) la peregrina tesis —apoyada, sin embargo, en observaciones de ciertos filólogos— de que el pueblo pobre de México, el campesino, el pueblerino, hablaba no un español incorrecto, sino el purísimo castellano arcaico y lacónico del Quijote y de los cronistas de Indias. (De esta observación, por lo demás, deriva también el estilo de Rulfo.)
         Así, recordando la manera de hablar de la tropa de la División del Norte, y añadiéndole arcaísmos cosechados de la lectura de los clásicos españoles —la Celestina, el Quijote, el Refranero, Bernal—, se lograría una fabla villista, tan propia del siglo XVI como del México campesino del XX: pura en su falta de escolaridad, de modernidad, y de contaminación letrada o urbana.
         ¡Años de insubordinaciones lingüísticas: Valle-Arizpe inventaba una prosa virreinal, colonialista; Guzmán una prosa iletrada de soldado ranchero, por no decir abigeo; Reyes un castellano internacional, llano, purgado de dialectismos, aspirante a un común denominador hispanoamericano; otros pretendían defender la norma castiza (Salado Álvarez, Gamboa, Monterde, Junco, O’Gorman), o se empeñaban en un castellano indigenista (Médiz Bolio, Abreu Gómez, Henestrosa, finalmente el Juan Pérez Jolote de Pozas); campesino (Azuela, De la Cabada, Rojas González, Rulfo), pueblerino (José Rubén Romero, Ramón Rubín, Luis González y González), o lumpenurbano (Azuela, Revueltas, finalmente Oscar Lewis, Poniatowska), o urbanísimo (Novo, Fuentes, Del Paso, “la Onda”); o bien una prosa estética, engreída en su factura artística, europeizada, libresca (Contemporáneos, Paz, Arreola, García Ponce, Elizondo, Melo, Pitol); finalmente, el spanglish chicano! De Los de abajo (Azuela, 1915) a De Perfil (José Agustín, 1966) hubo una verdadera disputa no sólo temática, sino estilística e incluso lingüística, en la narrativa mexicana.
         Pero en las Memorias de Pancho Villa fallan el experimento y las expectativas literarias. Los arcaísmos que efectivamente se encontraban entre campesinos iletrados en México eran fundamentalmente lexicológicos. Vocabulario. Palabras y frases hechas antiguas. Pero sólo lexicológicos. No la sintaxis, no el discurso, no el estilo. Funcionan en refranes, en dichos, en cuentos y leyendas breves, en corridos, no en novelones de mil páginas que exigen un monumental ejercicio retórico. Es decir, Guzmán no crea un nuevo lenguaje: simplemente usa arcaísmos, refranes, imitaciones del coloquialismo de los pueblerinos norteños, pero no su discurso, ni su sintaxis, que siguen siendo los propios de un Martín Luis Guzmán letrado, gustador de Galdós, Valle-Inclán y Baroja, pero sobre todo fascinado por el lenguaje rápido y contundente del periodista o del orador parlamentario del siglo XX.
         Guzmán redacta su largo monólogo iletrado y arcaizante con razonamientos de escritor modernísimo, lógico, conocedor, hábil, polemista. Es capaz de seguir una idea por el laberinto de frases subordinadas a otras frases subordinadas... a veces hasta la tercera o cuarta potencia. Triunfa en una espléndida economía de verbos y adjetivos. Brilla en la preparación y la selección de la expresión justa. Desconoce el fárrago, el tanteo, el balbuceo, las frases confusas o rotas, la mente desorganizada, las dudas. ¡Cuánta claridad del Valle de México va a dar a las sierras norteñas; cuánta álgebra y geometría distinguen la expresión de Villa!
         Guzmán calibra un adverbio sonoro como José María Velasco introduce en el lugar exacto una pequeña pincelada de color vivo en un conjunto ocre. Jamás se aparta de Aristóteles. Su memoria es diáfana, correcta y oportuna. Elude cacofonías, rimas, repeticiones. Evita, estilista severo, abusar del que como conjunción. Si aparece algún barbarismo, es por su regusto campestre, popular, como una cita bien sazonada. Nos vemos pues no frente a un Villa conversador, sino frente a un virtuoso de la escritura coloquial “iletrada” como género literario: un esmerado concierto “en iletrado Do coloquial mayor”. Jamás una nota desafinada o fuera de lugar. Su misma perfección lo imperfecciona.
         Tenemos pues el discurso acerado de un escritor de mente sumamente organizada, bien experimentada en las lides del pensamiento y de su expresión verbal, con magnífico entrenamiento oratorio y periodístico, con una retórica más sabia y experta que la de la mayoría de los principales literatos de su tiempo, disfrazado de espontáneo monólogo semialfabeto de un ranchero o abigeo arcaizante.
         (Sería un magnífico experimento de literatura comparada el enfrentar el largo monólogo popular de laboratorio que fabricó Guzmán, con el auténtico de Bernal Díaz del Castillo; anticipo algunos contrastes: Bernal conversa, Villa recita; Bernal habla sobre todo del mundo y de otras gentes, Villa de sí mismo; Bernal tiene sentido del humor, Villa jamás; Bernal desvaría con frecuencia, Villa siempre va al punto, con estrategia literaria inapelable; Bernal comete muchos errores de composición —para no hablar de gramática, que las ediciones modernas corrigen—, mientras que Villa, a pesar de arcaísmos y modismos populares y norteños selectos, podía darles clases de redacción incluso a los mayores prosistas de 1936 en México, como Reyes y Novo; Bernal es nebuloso, Villa diáfano; Bernal duda a ratos, Villa nunca; Bernal es pasional y caótico, Villa resulta por el contrario “ático”, escultórico, sereno.)
         El resultado: las memorias de Villa no son verosímiles dramáticamente como tales. No reconocemos en ellas, en conjunto, ni siquiera en largas tiradas, a su personaje —histórico o mítico—, sino al ensayista Guzmán. Su mano de escritor siempre es visible. Digamos que el gran suspenso de todo el libro sería: ¿y ahora qué nuevo recurso inventará Guzmán para sonar como Villa? No inventa nuevos recursos. Son los mismos desde las primeras páginas. Prosigue el concierto virtuosista con los mismos elementos iniciales. Nunca suena mal, pero siempre estamos oyendo el mismo disco, una y otra vez, hasta la página mil.

V      
Si a esto se añade que Villa, por razones de honra y altivez heroicas, elude dramatizarse, quejarse, desahogarse o ensalzarse y cuenta su vida con distancia olímpica, como si en realidad nada importante hubiese hecho, más que la hazaña moral de servir lealmente a Madero y a su patria de desprotegidos, y vengar a los humillados; que no colorea ni enfatiza sus episodios, comprendemos la tremenda grisura de este largo monólogo inconvincente. No suena a Villa, sino a un actor letrado que recita tras su máscara, cuando dice, por ejemplo:
         “Aquella casa, que hoy es mi propiedad, y que he mandado edificar de nuevo, aunque modestamente, no la cambiaría yo por el más elegante de los palacios. Allí tuve mis primeras pláticas con Abraham González, ahora mártir de la democracia. Ahí oí su voz invitándome a la Revolución que debíamos hacer en beneficio de los derechos del pueblo, ultrajados por la tiranía y por los ricos. Allí comprendí una noche cómo el pleito que desde años atrás había yo entablado con todos los que explotaban a los pobres, contra los que nos perseguían, y nos deshonraban, y amancillaban nuestras hermanas y nuestras hijas, podía servir para algo bueno en beneficio de los perseguidos y humillados como yo, y no sólo para andar echando balazos en defensa de la vida, y la libertad, y la honra. Allí sentí de pronto que las zozobras y los odios amontonados en mi alma durante tantos años de luchar y de sufrir se mudaban en la creencia de que aquel mal tan grande podía acabarse, y eran como una fuerza, como una voluntad para conseguir el remedio de nuestras penalidades, a cambio, si así lo gobernaba el destino, de la sangre y la vida. Allí entendí, sin que nadie me lo explicara, pues a nosotros los pobres nadie nos explica las cosas, cómo eso que nombran patria, y que para mí no había sido hasta entonces más que un amargo cariño por los campos, las quebradas y los montes donde me ocultaba, y un fuerte rencor contra casi todo lo demás, porque casi todo lo demás estaba sólo para los perseguidores, podía trocarse en el constante motivo de nuestras mejores acciones y en el objeto amoroso de nuestros sentimientos. Allí aprendí por primera vez el nombre de Francisco I. Madero. Allí aprendí a quererlo y reverenciarlo, pues venía con él su fe inquebrantable, y nos traía su luminoso Plan de San Luis, y nos mostraba su ansia de luchar, siendo él un rico, por nosotros los pobres y oprimidos”.
         Tres o cuatro arcaísmos léxicos aparte, se trata de un párrafo ejemplar de oratoria moderna (la secuencia retórica “Allí...”, que incrementa su intensidad hasta el clímax de aplausos en el Congreso), de complicada sintaxis, de arisca poesía (“eso que nombran patria, y que para mí no había sido hasta entonces más que un amargo cariño por los campos”, que se parece al Borges que declara su amor por Buenos Aires, etcétera). Pero tampoco suena al Guzmán, ya lírico, ya macabro, ya caricaturesco, siempre expresionista, de El águila y la serpiente y de La sombra del caudillo.
         No es de asombrar que las Memorias de Pancho Villa desilusionaran, aburrieran, fueran abandonadas por el lector en los primeros capítulos, ni que durante décadas se haya tenido tan poco qué comentar sobre ellas. (¡Años de intimidatorios librotes tan admirados como poco leídos o comentados: los Episodios nacionales de Salado Álvarez; la Estética para no hablar de la Ética, la Lógica, la Metafísica, la Todología (sí: la teoría del todo) de Vasconcelos; del Deslinde de Reyes!) Reiteraciones, monotonía, grisura; un monólogo heroico letrado y complejo, decorado a ratos de arcaísmos y modismos populares y norteños encontramos en las Memorias de Pancho Villa.
         Pero se trata a la vez de una obra trabajada, ardua, ambiciosa: una especie de biografía de la Revolución Mexicana. Impresiona. Es difícil, de cualquier manera, dejar de respetarla, de admirarla. Debajo de la corriente monótona del fluir de una vida entre batallas y peripecias en despoblado, reiteradas en espiral, desarrolla un amplio proyecto épico, mítico, que acaso explica —si no justifica— su vasta extensión. No en balde Guzmán fue celebrado —acaso por Alfonso Reyes, antes que por nadie— como “escritor romano”, del tipo de Plutarco.
         Valle-Inclán señaló tempranamente en El águila y la serpiente, que se trataba de escenas, sí, violentas, brutales, pero a la vez profundamente edificantes, en su perfil “estoico”. Digamos que en Las memorias de Pancho Villa, lo que Guzmán está litigando, para lo que necesitó mil páginas y acaso le faltó espacio, es la ética de la Revolución, su alma moral: el perfil filosófico de sus héroes, la identidad del pueblo revolucionario o revolucionado.
         Esto en los años treinta, antes de que apareciera la bizantina historiografía de los profesores y researchers, cuando toda la discusión sobre ese inabarcable conjunto de hechos y de ideas que llamamos Revolución Mexicana era pura y felizmente ideológica, autobiográfica, política (Vasconcelos, Cabrera, Sotelo Inclán); antes de convertirse en la espantable y babélica momia académica del Colegio de México (Colmex Hall) y sus industrializados historiadores —pero jamás escritores— más bien catrinescos (y, desde luego, cantinflescos).
         Guzmán estaba luchando por su Revolución Mexicana contra la Revolución Mexicana de sus adversarios, bajo el pretexto de estudiar a Pancho Villa, cuando las cenizas de todos los muertos todavía humeaban. Se trata de un escritor diverso del de El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, tan ácidas, tan desengañadas, tan oscuras y sangrientas (tan pre-revueltianas). Ahora es sereno, clásico.  Orozco se está convirtiendo en Rivera; los monotes fársicos y sanguinarios, en murales nobles, idealizados...
        
VI
Se diría que en las Memorias de Pancho Villa, siguiendo la tradición revolucionaria de “la paz creada por el guerrero” y “la civilización parida por la barbarie”, Martín Luis Guzmán —ya no el narrador expresionista de antes, sino “ático”, “latino”, clásico—, nos cuenta, como Plutarco, la historia de los grandes héroes primitivos del tipo de Hércules o de Teseo, que han fundado una nueva nación, una civilización optimista.
         Toda la moraleja del libro sería esta:
         —No se espanten de Villa, ese protohéroe más que superhéroe, ese héroe raigal, como no nos espantamos de los primitivos héroes que fundaron las ciudades de Grecia y Roma. Todo Hércules es así; de esta manera, y de ninguna otra, se limpian los Establos de Augias. Esos bárbaros civilizadores son profundamente éticos, aunque sus excesos de guerra, sangre y amores, naturales en un fundador primitivo, revuelvan nuestros estómagos de pacíficos civilizados (es lo que opinaba Racine de Teseo, en Fedra). Hay que beber inspiración moral en Villa: las fuentes originales de la moral social.
         La nación debía aprender en Villa, no sólo sus hechos, sino su alma. Tenía en consecuencia que hablar mucho, para que su enseñanza ética lo permeara todo. Sus enseñanzas son las conocidas como filosofía natural: valor, arrojo, lealtad; instintos y reflejos primitivos, físicos, hacia el bien o hacia el mal, claramente contrastados; espontaneidad, inocencia; aborrecimiento del poderoso, alabanza del abajado; inteligencia intuitiva, habilidad física, caridad, amistad, furia, control de sí; desprecio de la vida, del dolor, de las miserias y penurias propias; nobleza de ánimo, arrogancia frente la adversidad, la enfermedad, la muerte; altiva humildad con cara al destino absurdo y trágico. (Incluso sus luchas interiores, contra sus propias furias: se niega siempre al alcohol; durante un tiempo, incluso a comer carne, para refrenar su natural iracundo; el sexo, las escasas veces que es mencionado, parece más una pesada carga masculina que un placer o un vicio: “porque es lo cierto que después de tanta cárcel ya sentía yo el vigor recreciéndose en todo mi cuerpo, y necesitaba desgastarme según es ley que se desgasten todos los hombres”.)
         No hay minucioso episodio de su vida, que el Villa de Guzmán no califique con un refrán o con un aforismo moral “estoico” (aburre que cada pasaje sea coronado por una moraleja filosófica). ¿De dónde habrá sacado tanto Epicteto, tanto Séneca, tanto Marco Aurelio? Y su ética aparece tanto más esencial, cuanto que pretende presentarse como brusca y silvestre, no aprendida ni cultivada; se diría que llano sentido común:
         “De todo el oro salido de los pilares del Banco Minero de Chihuahua yo no había cogido ni una sola moneda para mí.  Es lo cierto, además, que yo no la quería coger. Porque estaba yo viendo que ya muchos hombres revolucionarios empezaban a desviarse del sentimiento de la verdadera lucha del pueblo, y que algunos consideraban aquella lucha, que era la pelea de los pobres contra la injusticia y la miseria, como el buen azar de su vida para encontrar riquezas y atesorarlas. Y reflexionaba que aquél era un mal camino, y que había que enmendarlo con otros ejemplos, y que yo, Pancho Villa, y los otros jefes principales que mandábamos los ejércitos de la Revolución, teníamos el deber de mostrar a todos nuestro desinterés, para que nuestro movimiento por la libertad y la justicia no se enturbiara”.
         Se respira una como ceremonia de consagración de un héroe en este libro solemne, adusto. Más que griego o romano, en su voluntarismo épico, suena a las exaltaciones heroicas del siglo XVII en Francia: Corneille y Racine celebraban de tal modo a sus civilizadores bárbaros, al Cid, a Teseo. Suenan a pulidos alejandrinos clásicos los párrafos del norteño semialfabeto.
         Así, héroe trágico, reflexiona que su premio por ganar para Madero Ciudad Juárez, fue ser destituido de sus tropas, víctima de una intriga de Pascual Orozco; y luego, su salario por vencer la rebelión de éste contra Madero, el sufrir prisión en el Distrito Federal por una intriga de Victoriano Huerta. (El premio por ganar la batalla de Zacatecas sería ¡que ascendieran, por encima de él, a sus rivales!, como Pablo González y Obregón, que no habían ganado nada equivalente.)
         Aún más: piensa que si su azarosa vida comenzó al rebelarse contra la prepotencia de un hacendado que quería robarle a su hermana, por lo menos entonces, en la mala justicia porfirista, sus enemigos no habían podido meterlo a la cárcel, en la que estaba ahora, preso y con riesgo de su vida en manos precisamente de los amigos y correligionarios, a quienes él, con sus hazañas guerreras, había llevado al poder.
         Se impacienta con el juez que lo acosa con interrogatorios en la Penitenciaría, a fin de fundamentar alguno de los múltiples cargos que se le han levantado, por órdenes de Victoriano Huerta:
         “Creo yo, señor juez, que ya van siendo demasiadas preguntas tocante a esos delitos. Usted sabe de sobra que no existió la insubordinación ni que sea verdad que yo desobedeciera. ¿En qué lo mortifico yo a usted para que de este modo trate de comprometerme? ¿Es usted representante de la justicia o amigo de mis enemigos? Porque yo no reclamo su favor, señor juez, ni el del Gobierno, ni el de nadie, pero sí exijo la justicia que se me debe.  Y me parece a mí que con sus providencias, usted, que es hombre de honor, está manchándome a mí, que también soy hombre honrado, y eso resultará un día en desdoro de su persona.
         “Oyendo aquellas palabras mías, y mirándome de manera que yo conocí la verdad de su ánimo, me respondió él:
         “Amigo Villa, no sabe usted cuánto deploro que su causa haya venido a mis manos.
         “Yo le dije:
         “Pues no lo deplore, señor. Siendo un hombre honrado, limítese al cumplimiento del deber.  Creo yo que la justicia, como la guerra, ha de guardar horas amargas para quienes la hacen. Cuando así sea, el amargor de la vida no está en perder con los actos de la autoridad o de las armas, sino en perder mal, es decir, en perder sintiendo la desazón de ánimo que sufrimos delante del deber no cumplido.
         “Pero como yo comprendiera, por aquellas palabras del juez, que muchas influencias ocultas se movían en mi contra, decidí, lleno de tristeza, no volver a declarar. Es decir, que renuncié a defenderme. Pensaba que acaso se cobijara en mi destino que yo, que no había sucumbido bajo las balas de la tiranía ni en los combates de la guerra, hallara mi perdición abandonado a la nombrada justicia de ahora, que era igual a la de siempre.
         “Lo que me dolía mucho era la ingratitud" (1).

VII
Acaso en sus primeras ediciones las Memorias de Pancho Villa cumplieron un objetivo del que ha sido relevado: constituirse en la voz histórica de Villa. Muchos historiadores, de entonces a la fecha, han rastreado todo tipo de archivos y de informantes, para construir una visión “científica”, académica, “objetiva”, que suele serle desfavorable, sobre todo en los aspectos éticos de bandolero mesiánico, de bárbaro civilizador, de alma bruscamente pura. Sufren las Memorias de Pancho Villa este fracaso actual como documento histórico, y quedan incómodamente relegadas, se diría que casi refugiadas, en el anaquel literario y novelesco.
         Ya sabemos que para los historiadores revisionistas de los últimos lustros, la Revolución “no ocurrió jamás”, sino una conjunción de desórdenes y revueltas sin afinidad alguna, unidos sólo en los viejos libros oficialistas por su casual coincidencia cronológica. Los historiadores revisionistas jamás tomarán en serio —acaso llevados por rigor académico, pero también por un esnobismo modernizante y por un claro sesgo ideológico— la escueta definición de Villa: “la pelea de los pobres contra la injusticia y la miseria”. De este modo, el libro de Guzmán ha pasado de moda en cuanto explicación histórica.
         Y hay algunos reparos que, en efecto, se le pueden formular como estudio histórico a las Memorias de Pancho Villa. Hay incongruencias políticas, como el escabroso papel que muchas veces jugó Villa en su tiempo (por ejemplo, su aprobación de la invasión norteamericana a Veracruz), y que Guzmán resuelve desde la perspectiva ulterior de los años treinta, con habilidad jurídica y retórica, siguiendo la línea liberal con que se disculpó a los reformistas del Tratado McLane-Ocampo: ¿Para qué hacer tanto ruido al respecto, si no pasó a mayores: no hubo guerra? ¡Ni la patria ni la soberanía nacional estuvieron nunca en peligro! (¿De veras, en 1914, con los norteamericanos en Veracruz, no pasaba nada: no había entonces peligro alguno?) Y ciertas alianzas, contra el carrancismo, con el viejo ejército federal.
         E incongruencias militares: v. gr. en su tiempo Villa fue acusado de sacrificar vidas humanas en abundancia, con extravagancia, para ganar las batallas difíciles —las batallas “imposibles”— a cualquier costo, cosa que a cada rato desmiente, con sola su palabra —digo, la de Guzmán— echándoles la culpa de sus desproporcionadas matanzas a la tontería o la politiquería de tal o cual jefe, a la cobardía de tales o cuales tropas, a cierto accidente, a algún azar; y no a la codicia de ganar tal tremendísima batalla pero de inmediato y cueste lo que cueste. Dedica más tiempo a disculparse de ello que a narrar las batallas en sí. ¿Dice la verdad? No hay modo de probarlo muchas veces. ¿Sostenía Villa eso en vida, en todos los casos? Otros testigos ofrecen versiones diferentes, y de cualquier modo todos los testigos de la época eran voces interesadas, comprometidas y deformadas por el sesgo de su posición personal o partidaria. Dicen que Villa solía ser prepotente, arbitrario y furibundo también cuando hablaba. Sólo en estas “memorias” lo tenemos imperturbablemente sereno, ponderado, justificatorio, siempre a la defensiva. Sólo aquí es Thésée.
         No hay fuentes sólidas para gran parte de su discurso. ¿Por qué vamos a creerle a Guzmán —sin pruebas— que Villa dijera tanta cosa: mil páginas? A veces decididamente no se le puede creer. Me consta que Guzmán, como historiador, fue por lo menos una vez un narrador tramposo; que llevó el agua a su molino; que usó a Villa para sus propios propósitos, incluso deshonestamente.
         El ejemplo que me consta: a partir de rivalidades literario-políticas y de cierto lío de faldas, narrado por Vasconcelos en La tormenta, surgió entre ambos escritores, grandes amigos de juventud, una animosidad furibunda, que se trasladó a sus escritos. Vasconcelos se burla abiertamente de Guzmán como intelectualillo y rivalucho de amores, pero honradamente, bajo su propia firma; éste, más alevoso, hace que Villa acuse a Vasconcelos de cobarde, de adulador, de orate (“lo había yo visto fallo de modos de cordura en todo aquel cúmulo de sus palabras”), de traidor ¡a Villa! (Vasconcelos nunca fue villista), y de abogaducho ratero desde los tiempos del maderismo. Ahora bien: no hay prueba alguna de que Villa (quien pudo, desde luego, expresarse mal de él en privado alguna vez, aunque tuvieron también sus épocas de amistad) lo haya acusado precisamente de tales cosas (2).
         Sospecho que muchas malquerencias de Guzmán se ven infamadas por este Villa literario, quien acaso también se ve en este libro obligado a ennoblecer, el pobre, algunas tendencias, situaciones y perfiles que no le gustaban tanto en la vida real, o que ni siquiera conoció bien, pero en las que Guzmán tenía puesto su cariño, su pasión política u otros intereses. Por ejemplo, su jacobinismo.
         Es curioso el ateísmo jacobino de este Villa, tan parecido al de Guzmán y al de su padre, el integérrimo coronel don Martín Luis Guzmán Rendón (a ratos sospecho que Guzmán está hablando “en mármol” de su padre idolatrado, también militar, más que del silvestre Doroteo Arango). Pero éstos eran liberales cultísimos, venían de Voltaire y del positivismo; tenían una sólida construcción ideológica, casi una religión al revés (“Estar cerca de Dios” —considerado a la manera deísta, como ser abstracto—, “y lejos de sus ministros”), que les permitía plantarse metódicamente en un mundo sin Dios (Cf. Necesidad de cumplir las leyes de Reforma). Pero Villa, que no estaba lleno de filósofos ni de poetas, ¿por qué habría de ser integralmente ateo y jacobino? ¿De veras lo era? ¿No se trataría de que simplemente no pensaba mucho en eso, ocupado como estaba de sus propias acciones? Puede haber matacuras espontáneos en días de guerra, pero un verdadero ateo liberal, sistemático, es cosa de mucho estudio, de difíciles reflexiones. Bueno: el Villa de Guzmán resulta el gran héroe moderno que no consiguieron Dostoyevski ni Nietszche: el gran hombre sin Dios, el único héroe al que Dios jamás le hizo ninguna falta. Me gusta desde luego este Villa-sin-Dios, pero dudo que en la realidad haya sido, de veras, posible tanta belleza. El jacobinismo era la idea fija de Guzmán, más que de Villa.

VIII  
Por otra parte, la gran tragedia de Villa —ahí sí un asunto para Sófocles— no se desarrolla dramáticamente en las Memorias, sólo se registra en detalles. Invariablemente el guerrero heroico es incomprendido y victimado precisamente por sus superiores civilizados, llámense Madero, Huerta o Carranza; inevitablemente se ve (en el libro de Guzmán) temido, aborrecido, injuriado y execrado por el mismo pueblo que está redimiendo. Incluso por sus amigos, por su mujer. Siente ese odio aun en la muchedumbre que lo aclama en las calles, cuando entra victorioso a tal o cual ciudad. Los hombres a quienes fusila, piden como último deseo el poder mentarle la madre en el paredón; cosa a la que él generosamente accede. Ciertamente concita la euforia de sus dorados y un entusiasmo legendario, pero episódico, mientras que el horror a esta “bestia de la Revolución”, el salvaje, el enorme homicida, el violador, el saqueador, el bárbaro, se cierne espeso sobre él en todo momento. Y cuando llegan las grandes desavenencias de la Convención de Aguascalientes, Carranza, González y Obregón lo insultan públicamente con tintas, cargos y conceptos más infamantes de los que habían dedicado a Porfirio Díaz, Victoriano Huerta o Pascual Orozco. Sólo Zapata llega a ser tan formalmente insultado y acusado de tantos horrores y crímenes como Villa.
         Su sombra de criminal, que no de redentor, fue siempre mayor que la de otros generales, salvo acaso Zapata. Gran tragedia considerarse paladín del bien, y ser ampliamente temido u odiado como todo lo contrario. A tal incomprensión o enrevesamiento de su figura suele contestar estoicamente. Es parte de su destino el verse invariablemente incomprendido o desfigurado por los ricos, los políticos, los letrados, los extranjeros. Sólo él sabe su verdad. Nadie más. Ni siquiera un Dios, al que nunca menciona. Otro infierno heroico que le está destinado: ser el conocedor solitario de su virtud y de su verdad esenciales. El hombre más solo sobre el mapa; y como no hay Dios, sobre todo el universo. A diferencia de Zapata, no cuenta con una base étnica ni regional en la cual arraigarse, como en una familia; su grupo es vasto, desasido y móvil: desarrapados, aventureros, intelectuales jacobinos dispersos. Y siempre, un grupo castrense. Sólo en plena batalla ve Villa a “los suyos”; después de las batallas, se le pierden y disgregan. Qué soledad del guerrero fuera de sus batallas.
         Apenas señala la amarga injusticia de que los “civiles”, a la manera Carranza y los “políticos chocolateros” de su corte, queden como almas puras sólo porque a ellos no les toca físicamente matar a nadie, ni conseguir con sus propias manos el dinero y las riquezas que necesitan los ejércitos; sólo ordenan que los guerreros maten, destruyan, saqueen y tomen violentamente (para aquéllos) las riquezas, y que además de las fatigas y riesgos de las batallas, carguen con las culpas de sangre, destrucción y saqueo. Tanto mata el que manda bombardear y fusilar, como el pobre soldado que obedece, bombardea y fusila, dice.
         “—Muchachito, no lucha nada el señor Carranza. Él sólo pasa a lo barrido, mientras nosotros nos morimos o nos desangramos, y aprovecha nuestra sangre en beneficio de sus hombres favorecidos y de los panoramas políticos que se forja para cuando nuestra causa termine”.
         Pero en fin, más allá los aspectos militares y políticos que pueden consultarse en otros libros sobre el villismo, este interminable monólogo heroico de las Memorias de Pancho Villa, sin embargo, deja asomar a ratos, si bien de manera adusta y ceremoniosa, el carácter, los nervios, la cotidianeidad y la verosimilitud humana —quiero decir apeada de su solemne pedestal de Centauro del Norte—, en episodios memorables.
         Recuerdo en este sentido, el de un Villa más cotidiano, dramático, novelesco o anecdótico del que se conoce a través de otras fuentes, algunos pasajes. Del primer tomo, “El hombre y sus armas”, que llega a la muerte de Madero: su juventud errante de abigeo entre los montes, matando reses para traficar con la carne seca, y la tribulación en sus cárceles capitalinas, cuando debió sobreponerse a lo que parecía su fracaso definitivo y su inminente ejecución, sólo apoyado por la lectura de ¡Los tres mosqueteros!
         Del segundo tomo, “Campos de batalla”, donde narra su campaña contra Victoriano Huerta hasta la complicada toma de Torreón (segunda vez, la grande), asombra su sorpresa al encontrarse desvalijado por su propia esposa, Juana Torres, la bandida del bandido: el alguacil alguacilado.
         En el tercer tomo, “Panoramas políticos”, el del gran Villa, el del supergeneral revolucionario triunfador que va cosechando plazas, de la toma de Torreón a la de Zacatecas, se contraponen dos historias o corrientes antagónicas: el crescendo militar glorioso, y el tono patético bajo la superficie: los signos furtivos, pero insistentes, de que su suerte ya ha sido echada, y perdida; que Carranza ha decidido su ruina, para que no los estorbe ni a él ni a sus generales, como Obregón y Pablo González; y que sus verdaderos enemigos son ya su jefe y sus propios compañeros revolucionarios.
         Sabe que cada victoria, y con mayor profundidad cuanto más espectacular sea, suma en su contra. Asciende su colosal montaña de triunfos rumbo a su propia ruina. Entre tanto procura divertirse: se deja agasajar por los catrines, y les pone un buen hasta aquí, en Saltillo, a los jesuitas y los curas extranjeros.    
         En el cuarto tomo, “La causa del pobre”, se relatan sus desavenencias con Carranza hasta la Convención de Aguascalientes, y vemos que en dos ocasiones tiene a Obregón en su poder, metido en su trampa: cosa de fusilarlo y ya. Como un gran gato vacilante deja las dos veces escapar al ratón. Se le diría fascinado, como ante un presentimiento caótico, por la mirada de su futuro verdugo. Y su gran orfandad fuera del campo de batalla, en los laberintos civiles de oradores y leguleyos de la Convención de Aguascalientes.

IX     
El quinto tomo, curiosamente titulado “Las adversidades del bien”, parte de la ocupación de la Ciudad de México por las tropas de la Convención a las desastrosas batallas de Celaya y a la víspera de la de León. Es la crónica de su derrota militar y política en manos de los carrancistas, especialmente del general Obregón. Como en una obra clásica, el héroe empieza a perder la razón antes de caer físicamente. Explica en mitad de sus desastrosos asedios a Celaya:
         “Puedo perder la batalla, sí, señores, y otras muchas que le presente a Obregón, mas vivan seguros que con una sola que le gane se salvará la causa del pueblo, y que ninguna le ganaré si espero dominarlo con la superioridad de mis recursos, no con el valor y la furia de mis hombres... Y me oían ellos [los otros generales] quitando de sobre mí sus ojos, como para significarme que no me entendían en mi razón”.
         Y luego, antes de la batalla de León, cuando Felipe Ángeles le explica que carecen de tropas y municiones para tomar la delantera, y que les conviene más retroceder a Aguascalientes y seguir ante Obregón una estrategia defensiva:
         “—Señor general... piense que todos los moradores de León y Silao me guardan su fe. Si después de los cuatro o cinco días que ya llevamos peleando me retiro de frente al enemigo y me encierro aquí, según usted me aconseja, ¿quién levanta luego el ánimo de estas tropas, que todavía tienen la herida de lo que les aconteció en Celaya?... ¿Qué quedará de ellas si yo mismo les inculco, encima el quebranto que traen, la idea de que ya sólo pueden defenderse, y que si fracasan en su defensa ya no les queda más que rendirse o dispersarse? ¿Qué ayuda recibiré del pueblo que me sigue si mi conducta le hace pensar que por haberme derrotado una vez Álvaro Obregón, ya no soy el hombre revolucionario que sale al encuentro del enemigo, sino el militar que teme la derrota porque sólo cuenta con sus armas, y que por eso se atrinchera? Yo soy un hombre que vino al mundo para atacar, señor general Ángeles, aunque no siempre mis ataques me deparen la victoria; y si por atacar hoy, me derrotan, atacando mañana, ganaré”.
         El enemigo se va apoderando de él primero por dentro: se debate entre desastres que súbitamente se multiplican; la fortuna le da la espalda, y él increpa a la fortuna; su fuerza ya es sobre todo un delirio, una idea fija, una fe ciega en su propia estrella, a la que debe seguir incluso al abismo.
         Aumentan sus caprichos (v.g. para vengarse del desaire de una mesera, secuestra a la gerente francesa del hotel; para evitarse entonces las reclamaciones del cónsul francés, quiere comprar todo el hotel con la moneda que él mismo emite); sus crueldades (“castiga” con el tiro de gracia a un compañero, y arroja el cadáver desde el tren en marcha) y sus desmesuras: se erige en autoridad civil, nombra ministros, emite rapidísimos decretos ultras, trata de imponer a las potencias extranjeras todo un nuevo derecho internacional. Aumentan sus problemas fronterizos con los Estados Unidos, país que antes lo favorecía y ahora le obstaculiza los suministros militares. Los más leales lugartenientes de Villa empiezan a ser derrotados, se pasan al enemigo, o se esfuman (3). Al sur, Emiliano Zapata parece “amilanado y sin acción” (sus simpatías por el zapatismo son meramente morales y estratégicas; Villa no respeta a Zapata como militar). La capital padece el desabasto y los rigores de todos los contendientes.
         En el estilo de las Memorias poco se nota de este cambio: el monólogo sigue siendo fundamentalmente contenido, tranquilo, ex-cathedra, “ático”, salvo que los momentos de ira y de melancolía se hacen más frecuentes. Y el asombro, casi la incredulidad, ante la suerte y el poder del enemigo, y la mala suerte y las desventuras propias. ¿Cómo es que el triunfo, mi compañero de siempre, me abandona de pronto?
         Desde el punto de vista de un poema épico, se trata de la rapsodia del héroe en su final batalla suicida contra el destino fatal. Un Villa tan fascinado ahora ante a su abismo, como en otro tiempo frente su alta estrella.
         Guzmán es lo suficientemente cariñoso con Villa como para no hacerle contar sus memorias de los últimos ocho años infaustos. Se le ahorran el dolor y la pena que contarnos cómo es derrotado nuevamente por Obregón en el Bajío, y cómo también lo humilla Calles, en Agua Prieta; cómo se disuelve su amada y brillante División del Norte; cómo los Estados Unidos apoyan a sus enemigos y le congelan el dinero que tenía en el banco de Columbus. No pasa el trago amargo de narrar él mismo su demente fanfarronada de invadir aquel inerme pueblito norteamericano, ni la expedición militar norteamericana de Pershing, que se introduce en territorio nacional para perseguirlo (en vano).
         Guzmán le evita a su Villa la amargura de contarnos cómo debió regresar a su punto de partida, de fugitivo guerrillero lugareño, en Chihuahua. No tiene que narrarnos cómo se acogió humildemente a una amnistía y aceptó una merced de sus enemigos —la hacienda Canutillo— , para convertirse en un efímero hacendado relativamente filantrópico. Ni cómo quiso volver a pelearse con Obregón y Calles, apoyando a Adolfo de la Huerta. Ni, claro, su asesinato en Hidalgo del Parral, en 1923.
         Guzmán suspende su relato en el Bajío, la víspera de la batalla de León. Lo deja todavía montado en su caballo y dueño de sus ferrocarriles, en un imposible suspense voluntarista: ¿Se recobrará Villa? ¿Volverá y repetirá sus triunfos? La historia real nos dice que no. Pero el libro deja el relato abierto. De cualquier manera, es un jinete todavía entero rumbo a su abismo.
         Las Memorias de Pancho Villa no contienen una sola cita de un corrido villista; ellas son el gran corrido prosístico en alabanza de Villa, de unas mil cuartillas de longitud. Ningún otro héroe revolucionario recibió semejante homenaje de la literatura (un homenaje multiplicador, pues a partir de los libros de Guzmán siguieron publicándose relatos villistas hasta los años setenta.)
———
NOTAS:
(1) Este Villa de Plutarco y de Racine, este Villa de mármol, agradó a la familia del jefe de la División del Norte. Su hijo Hipólito Villa Rentería escribió el siguiente pésame a la muerte del escritor (Tiempo, 3 de enero de 1977, p. 11): “En sus Memorias de Pancho Villa, Martín Luis Guzmán se aferra naturalmente a la verdad: no creo que la verdad pueda ser de otra manera. Se apega históricamente en el relato que hace. Tuve la suerte de conocerlo; cuando era niño, mi madre Austreberta le entregó todos los documentos del archivo de mi padre, que Martín Luis Guzmán trabajó con su gran calidad de escritor, utilizando el lenguaje de nuestro pueblo. En lo personal, pienso que era un hombre muy humano, con un pensamiento siempre abierto para actualizar situaciones. La familia Villa pasa realmente momentos de dolor”.
(2) Ni desde luego de que Vasconcelos fuera culpable de ellas: tuvo sobrados enemigos gubernamentales durante décadas, que le levantaron todo tipo de cargos, pero nunca el de andarles robando dinero a los presos por homicidio, con el señuelo de conseguirles la libertad mediante turbias influencias políticas. Su supuesto acusador, aparte de un Martín Luis Guzmán travestido en Villa para este efecto, sería un hampón excéntrico —zapatista ¡en Sinaloa!—, que había sido procesado por asesinato tanto en tiempos de Díaz como en los de Madero; fue asesinado en 1919, en un ajuste de cuentas, por un coronel-diputado en la pastelería El Globo: Juan Banderas, “el Agachado”.
         Sin embargo, en 1973 me encontré en La revolución interrumpida, de Adolfo Gilly, que la digamos travesura o venganza “literaria” de Guzmán era asumida por el historiador como “hecho histórico” inobjetable, establecido por las tropas de la Revolución —¡el Agachado!— y sancionado al pie de la letra por el propio Villa en sus “memorias” (Cf. Libro V, Cap. VIII-X), lo que además le permitía a Gilly tragarse con todo y pelos el hamponesco fariseísmo del “Agachado” —había que liquidar a Vasconcelos desde 1914 para que no fuese a pervertir a los niños con escuelas para ladrones—, y pontificar contra su gestión educativa de los años veinte como obra deleznable de un gángster farisaico.
         Estaba yo trabajando en mi libro Se llamaba Vasconcelos, y perdí varios meses en 1974 buscando cómo documentar tales escandalosos “datos” de Villa (del “Agachado”, más bien, pues Villa ni siquiera dice haberlos investigado), sólo para encontrar que carecían de todo fundamento.
         Los rencores del gran novelista eran muy cosa suya, ¡pero no había derecho de ponerlos en boca de Villa y hacerme perder tanto tiempo con ese embuste! ¿Y cómo Gilly dio valor de documento histórico a una obra novelesca?
(3) El propio Martín Luis Guzmán —él sí con engaños— huyó a los Estados Unidos. Curiosa lógica: Guzmán hace que Villa califique a Vasconcelos de cobarde y traidor por haber huido, ante la ruina del gobierno convencionista, ¡unos cuantos días antes que hiciera otro tanto el propio Martín Luis! Sólo que Vasconcelos no era villista, sino aliado del expresidente Eulalio Gutiérrez, también fugitivo, mientras que Guzmán acababa de ser nombrado secretario particular de Villa. Quien sí traicionó a su patrón entonces fue el propio Guzmán (L. V, Cap. XIII).




martes, 1 de mayo de 2018

VICTOR HUGO

VÍCTOR HUGO: EL EMPERADOR DE LA BARBA FLORIDA
Por José Joaquín Blanco


En El principio poético, Edgar Allan Poe estatuye que no hay tal cosa como el “poema largo”, expresión que considera una flagrante contradicción de términos, pues la intensidad que requiere la poesía no puede durar mucho tiempo.
         Sus primeros lectores debieron haberse muerto de risa: para empezar, sí han existido en todas las literaturas poemas enormes, de Homero y Virgilio, pasando por Dante y Milton, a Goethe y Lord Byron; además, nunca se le ha exigido a la poesía una invariable incandescencia: existen ritmos, como en una sinfonía, no todo es crescendo; finalmente, la poesía jamás se ha dedicado exclusivamente a las sensaciones intensas: hay poemas descriptivos, filosóficos, épicos, cómicos, con una enorme variedad de recursos y objetivos.
         Pero a Charles Baudelaire se le ocurrió tomar en serio la ocurrencia de Poe. Su estética, a diferencia de la Poe (cuyos poemas, aunque breves, no siempre son muy intensos), sí exigía la concentración. E impuso el modelo moderno del breve poema sin desperdicio emotivo ni verbal. Sólo que su condena del poema largo no impidió que Víctor Hugo, Walt Whitman, Longfellow, Verlaine, Rimbaud, Lautréaumont, Browning, Tennyson, Swinburne, Wilde, Rubén Darío, Amado Nervo, Tablada, Yeats, Rilke, Claudel, Valéry, Eliot, Pound, Auden, Huidobro, Gerardo Diego, Cernuda, Pellicer, Neruda, Paz, Sabines, Ginsberg, escribieran poemas larguísimos. Quizás nunca el poema largo haya gozado de mayor salud que después de ser declarado extinto por Poe y por Baudelaire.
         Baudelaire y Gautier, con todos los simbolistas, declararon también difunta la monstruosidad o “anomalía” artística de la poesía épica. La poesía moderna debía alejarse de los grandes temas, y concentrarse en matices y esencias. No acababan de pronunciar su dictamen cuando se vieron contradichos por La leyenda de los siglos (1859-1883), de Víctor Hugo, que ambos se apresuraron a celebrar con profunda admiración y habremos de suponer que con objeciones también enormes.
         Casi todos los poetas simbolistas reaccionaron contra Víctor Hugo, en quien reconocían a uno de sus fundadores. La abundancia, la desmesura, la oratoria, la ampulosidad, la exageración, la indiscriminada variedad de asuntos, el aliento cívico; las libertades, los prosaísmos y el desparpajo artísticos; la autopromoción del ego poderoso, la convocatoria a la popularidad los escandalizaban. Pero siempre existieron puntos de unión. Víctor Hugo ofrecía, en su poesía voluminosa, muchísimos versos, estrofas, poemas enteros capaces de competir con éxito en rigor, imaginación, música, novedad y belleza con los de sus insubordinados y exigentes discípulos. No se le podía dejar de admirar. Fueron celebrados por todos los bandos libros como Odas y baladas, Las orientales, Hojas de otoño, Los castigos, Las contemplaciones, El arte de ser abuelo, etc.
         Pero sobre todo había instaurado un mito del poeta como vidente, como esotérico ser sumergido en los enigmas, que duraría hasta el surrealismo. Baudelaire y Rimbaud no querían ser profetas del Antiguo Testamento como Hugo, sino oráculos delirantes de los misterios de Delfos, pero compartían la estética del vidente. Mallarmé hablaba de dar “un sentido más puro a las palabras de la tribu”. Paul Claudel, el reaccionario, admiró en algunos poemas del ultraliberal Hugo, como Dios y El fin de Satán, esta potencia religiosa.
         Interrogado sobre quién era el mejor poeta francés, André Gide tuvo que responder: “Victor Hugo, hélas...!” “Víctor Hugo, ¡por desgracia...!”. Esa frase se ha aplicado también a Whitman y a Neruda. Hugo escribió un cuarto de millón de versos —cuatro grandes tomos de hasta 1,500 páginas cada uno, en letra pequeña, según la edición de Bouquins (Ed. Robert Lafont, París, 1985)—, en los que puede encontrarse (como de hecho, en cualquier clásico voluminoso) material para justificar casi toda objeción, y espigar momentos y textos abundantes de calidad extraordinaria.
         Curiosamente, ha tenido mala suerte editorial en castellano. Hay pocas traducciones de su poesía —viejísimas, descuidadas—, lo que es extraño, pues no se trata de textos más difíciles de traducir en verso libre que los de otros poetas franceses, y sí de poemas nada crípticos que generosamente ofrecen en otra lengua, a pesar de perder la música, la mayor parte de sus asuntos, ideas y fábulas, y muchas imágenes.
         En todas las publicaciones periódicas de lengua española del siglo pasado y principios de éste abundaron versiones “poéticas” de Hugo, en metro y rima, que con frecuencia no hacían justicia ni a la música ni a los asuntos, fábulas e imágenes del original. Y se trataba de poemas sueltos. Pocas veces se dio al público un libro completo, o una antología suficiente de la poesía de Víctor Hugo en castellano. Lo que acaso no fuera una enorme tragedia en aquellos años en que los lectores literarios conocían bastante francés. Dirían: “¿Para qué traducirlo? En verso libre, se pierde la música; en metro y rima, ¿quién se atreve?”. Víctor Hugo fue la mayor influencia francesa en la poesía hispanoamericana durante toda la segunda mitad del siglo XIX, y lo conocemos mucho a través de sus discípulos modernistas, como Díaz Mirón, Darío, Nervo o el primer Tablada. Sus novelas siguen vendiéndose bien en todas las lenguas, y han dado lugar a varias películas. Ahora lo tenemos también en los dibujos animados de Walt Disney.
         Han aparecido recientes traducciones de partes de La leyenda de los siglos: la de J. M. Losada Goya (Editorial Cátedra, Madrid, 1994), que sigo en esta nota, y la de Mercedes Tricás Preckler (Ed. Bosch, Barcelona, 1987), que permiten reconsiderar ese enorme poema épico-metafísico. Lo primero que viene a la mente es su analogía con El anillo del Nibelungo, de Wagner: vastas mitologías proféticas y arbitrarias, que siguen conmoviendo aun cuando la verdad mítica en la que creían sus autores, y muchos de sus contemporáneos, no pueda ser compartida en nuestra época. Incluso cuando acierta, como en sus célebres profecías —Julio Verne con una lira— del trasatlántico y del avión o del zepelín, lo hace de un modo ajeno a la historia real: el progreso técnico no elevó al hombre moralmente como sus textos de ciencia-poesía, o de “poesía de anticipación”, señalaban (“las previsiones de Newton montadas sobre la oda de Píndaro”, dice en “El siglo veinte”).
         Víctor Hugo escribió esta historia universal en verso creyendo en tales profecías: un tremendo canto al progreso y a la liberación de la humanidad, desde el Génesis hasta los revolucionarios de su época y la civilización industrial, pasando por las culturas antiguas y por las orientales, completamente convencido de su papel de vidente. En parte, lo sigue siendo, pero ya no como un mensaje unitario y deliberado, sino como cantor de ciertos mitos y episodios particulares, que no pierden su grandeza ni con el paso del tiempo ni con el traslado a otro idioma, y justifican para el lector actual el enorme prestigio poético que tuvo durante tanto tiempo en medio mundo.
         Por necesidad dramática, para crear la lucha de antagonistas, más que por un maniqueísmo moral, Hugo enfrenta a sus amados oprimidos (que van desde los gigantes, los titanes, los esclavos, los débiles, los pobres, los “miserables”) contra los opresores que son tanto los dioses del Olimpo como los tiranos, en un impulso mesiánico que caprichosamente recoge y mezcla aspectos de las religiones más variadas, de la Biblia y Pitágoras al espiritismo.
         Las sorpresas son frecuentes y mayúsculas: Caín y el diablo, por ejemplo, en su condición de oprimidos por Dios, reciben el trato más solidario que se pudiera imaginar, en tanto que la Edad Media, época especialmente amada por el temperamento romántico de Hugo, recibe una celebración poco afín al progresismo del siglo XIX, que sólo veía en ella  una cueva tenebrosa. Se canta indistintamente a Dios y al demonio, al progreso y a la Edad Media, al primitivismo y a la civilización. Pero buscar doctrina congruente en este fresco monumental, como pedírsela a la tetralogía de Wagner, sería la mejor manera de perderse la riqueza de esta obra; es posible, en cambio, leerla como una fábula totalizadora, dueña de un impulso infatigable y de muchos momentos luminosos. Algunos aspectos fundamentales:
         * La fuerza erótica. La celebración de Eva, de la carne de la mujer como limo de la tierra, arcilla amasada por Dios: “Barro en el que se ven los dedos del divino estatuario... Fango augusto que pide el beso y el corazón... Estrechar esa belleza es creer que a Dios se abraza”. El erotismo elevado al rango de energía sagrada.
         * La “simpatía por el diablo”. Caín huye de la mirada de Dios, llega al fin del mundo, construye altas ciudades para ocultarse, debe encerrarse en una tumba adonde el ojo de Dios también lo sigue, y el lector se solidariza con ese sufridor, con ese moridor absoluto. En un texto canta los dolores del diablo: “Satanás, ese cazador furtivo del bosque de Dios”; en otro, Dios confiesa al final que no odia tanto al demonio. El mal sólo es rechazado en cuanto opresor, de otra manera: “El mal estaba ligado al bien/ Como están dos vértebras ligadas entre sí”.
         * El gran poema “Boz dormido”, uno de los mejores de todo su siglo, canta el idilio entre un octogenario y una jovencita con una sencillez deslumbrante (“Este anciano poseía campos de trigo y cebada;/ Aunque era rico sentía inclinación por la justicia./ No había nada de fango en el agua de su molino;/ No había nada de infierno en el fuego de su forja”. Duerme en la tienda de la tribu, cerca de la muchacha que él aún no sabe que amará, y sueña que a su alta edad ha de tener descendencia; se despierta: “¿Cómo es que una raza llegará a nacer de mí?/ ¿Acaso podría ser que yo ahora tuviera hijos?/ Porque cuando el hombre es joven tiene mañanas triunfales;/ La luz sale de la noche como una gran victoria;/ Pero un anciano se estremece como abedul en invierno;/ Yo soy viudo y estoy solo, y sobre mí cae la tarde...”
         Vuelve el anciano a dormir, la madrugada se llena de olores nupciales y oscuros vuelos de ángeles: “era la hora tranquila en que los leones van a beber”. Rut, la segadora de trigo, despierta, mira la luna creciente en el cielo estrellado y se pregunta: “Inmóvil, abriendo a medias los ojos bajo sus velos,/ Qué Dios, qué segador del estío eterno,/ Yéndose, habría tirado con negligencia/ Aquella hoz de oro en el campo de las estrellas.”
         * El cantor de hogar. El futuro poeta del arte de ser abuelo celebra en una estampa del Cid el sencillo amor filial. Llega un jeque que ha conocido al Cid en toda su gloria, y lo ve, como peón, bañando a un caballo. En la casa de su padre el Cid sólo es el buen muchacho Rodrigo.
         * La crueldad, el efectismo truculento. Más famoso como impugnador de tiranos y liberador de oprimidos, como cantor de la vida fresca y recta, Víctor Hugo tiene sus Las flores del mal, sus Cuentos extraordinarios. Su sensibilidad abarcó el culto al horror de sus sucesores. En “El sultán Mourad”, compendio imaginario de tiranos, en el que Hugo reúne los mayores crímenes de varios siglos de sultanes, hay dos anécdotas.  Una casi borgiana, propia de la Historia universal de la infamia: Su tributario el boyardo Vlad se rebela, asalta la embajada, mata a todos los funcionarios turcos y los deja empalados al borde de un camino. Mourad invade Tarvis, el reino de aquél, lo incendia, hace veinte mil cautivos y los empareda vivos en las murallas, sobre las que escribe un letrero: “De Mourad, picapedrero, a Vlad, plantador de estacas”.
         La otra es el encuentro del tirano más poderoso del mundo con un “impuro” cerdo a medio sacrificar: el pescuezo acuchillado, desangrándose, lleno de moscas, bajo el sol ardiente. La única piedad que se le conoció al sultán Mourad fue esta: “Mourad inclinó su frente hacia la bestia leprosa,/ Y la empujó con el pie a la sombra del camino,/ Y, con aquel gesto altanero y sobrehumano/ Con que ahuyentaba a los reyes, Mourad espantó a las moscas...”
         * El medievalista, o “emperador de la barba florida”, como lo llama Darío. Recoge los cantares de gesta, los romances, las crónicas, las historias de reyes y caballeros de toda Europa —el auge folklorizante del romanticismo descubrió e hizo circular muchísima literatura medieval a lo largo de todo el siglo XIX—, para cantar (con elementos primitivistas de esos textos) a los “caballeros errantes”, o andantes, de la Cristiandad; su civilización elemental de hombres rudos, de héroes morales a caballo que han de defender altos principios con la espada (y si no hay espada, con piedras, como Roldán al final de “El pequeño rey de Galicia”). Sus escenarios provienen también del medievalismo de Walter Scott, se aproximan al “terror gótico” (la sala de los caballeros fantasmagóricos de “Eviradnus” es casi Poe) y se encaminan al Parsifal de Wagner. La imitación de la rudeza medieval lo hizo modelo estilístico de los simbolistas, como en el verso “La tierra bebe la sangre mejor que un fauno su vino”, que Rimbaud y Mallarmé imitaron.
         Desde luego, La leyenda de los siglos no es El cantar de Roldán, sino un conjunto de novelas en verso (a veces, más de mil alejandrinos por texto) del autor de El jorobado de Nuestra Señora.  Hay primitivismo artificioso, exotismo, idealización romántica, incluso melodrama; también fábulas emocionantes y bien tramadas cuyos versos tienen la soltura y la rapidez de la prosa, y corren como agua. Sólo a los nuevos versificadores exigentes (Gautier, Baudelaire) aburrían las tiradas de versos de Hugo; los lectores las amaban. La primera edición de La leyenda de los siglos, de 6 mil ejemplares, se agotó en meses, como si fuera novela.