domingo, 1 de octubre de 2017

CARLOS PELLICER

CONVERSACIÓN CON PELLICER


En junio de 1976, Alba Rojo me llamó por teléfono con una invitación alarmante: Carlos Pellicer acababa de publicar su libro Esquemas para una Oda Tropical y había pedido que yo se lo presentara. ¿Quiénes más estarían en la mesa? Sólo él y yo. Acepté automáticamente, desde luego, y me quedé mirando al techo.
         Era típico de la arrogancia y del sentido del humor de Pellicer preferir un novato a los señorones de la literatura mexicana para la presentación de su libro, ¿pero qué diablos iba yo a decir? Pellicer hacía gala de su desprecio por la pedagogía y por la crítica (luego me enteré que había sido pedantísimo como profesor, como en algún curso universitario sobre Díaz Mirón, al que asistió el joven Jaime Sabines; y llegué a presenciar conferencias suyas en la Casa del Lago, donde hacía oralmente crítica literaria densísima, particularmente diestra en cuestiones métricas y sonoras), de modo que ir a leerle a la cara un ensayo me resultaba embarazoso.
         Además, Pellicer tenía mucho de un comediante socarrón, sobre todo con discípulos tímidos y embobados como yo; capaz que se me ponía a bostezar abiertamente mientras yo lo elogiaba; y si se me ocurría alguna crítica —como ya había pasado en nuestras conversaciones en su casa, junto a los pequeños Velascos que le robaron—, ¡qué tremolina de gran guiñol era capaz de armar! ¡cómo se llamaba a la guerra del fin del mundo!  
         Había visitado casi semanalmente durante más de un año a Pellicer para platicar sobre Vasconcelos, y el trato amable y generoso con que me distinguió en ese tiempo se estaba convirtiendo en una pequeña camaradería, ahora que mi libro vasconceliano estaba terminado y en trámites de publicación (lo aprobó y recomendó generosamente, pero dudo que haya leído todo el manuscrito). Me invitaba con frecuencia a platicar sobre cualquier cosa y me insistía en que le llevara poetas y escritores jóvenes. Quería “oír” sus textos. (Le daba flojera leerlos, pero podía pasarse un buen rato oyéndolos leer en voz alta. Claro que interrumpía mucho, no con observaciones sobre el texto, sino sobre la forma de leerlo en voz alta.)
         Sí escribí, de cualquier modo, un comentario sobre Esquemas para una Oda Tropical, que se publicó en Siempre! y que no le disgustó del todo. Pero urdí para la presentación una especie de entrevista arreglada. Esbocé un pequeño cuestionario, que él corrigió y aumentó, y se suponía que después de cada una de sus respuestas él leería un fragmento oportuno que yo había seleccionado. Mecanografié y fotocopié un verdadero guión de la entrevista, con los fragmentos transcritos, y lo ensayamos (a petición suya) en su casa.
         Llegamos al auditorio Gonzalo Robles del Fondo de Cultura Económica (a las 7 de la noche del 25 de agosto) con sendas copias del guión. Pellicer iba muy echeverrista, con una chaqueta clara de cuero, partiendo plaza por Avenida Universidad. Se veía fresco y vigoroso; nadie imaginó que le quedaba apenas medio año de vida.
         Y empezó el lío. Cuando le tocaba hablar, digamos, del sentido cristiano de la muerte —tema en el que él había insistido muy enfáticamente—, se podía a contar anécdotas chuscas, como aquella de la sobrina con quien Díaz Mirón quería casarlo... ¡porque, desde luego, los dos grandes poetas debían emparentar!
         Me llamé a paciencia: había que dejar jugar al viejo. Prendí nerviosamente un cigarro. Pellicer entonces suspendió la charla, con cómica cara de escándalo, una mueca casi de cine mudo, y señaló con todo el brazo el letrero rojo de “Prohibido fumar”. Más tardé en apagar mi cigarro que él en prender en suyo, tosiendo de risa: “¡Pero señor Blanco, no hay que tomar la vida tan en serio!”  Y para desenfadarme se soltó algunos alegres pronósticos sobre mi futuro literario, que todavía estoy esperando que, desde el cielo, me haga efectivos.
         Algo, sin embargo, quedó de la entrevista que tan concienzudamente habíamos planeado y ensayado. Nunca lamentaré bastante no haber llevado un diario en esos años —sí lo llevaba, pero lo rompía a cada rato, cuando se me ocurría leerlo: sólo se puede escribir un diario cuando uno se garantiza no leerlo jamás—, para recordar esa conversación. Por fortuna asistió una reportera del El Día, Cheli Zárate*, armada de grabadora, que reprodujo textualmente algunos momentos de la entrevista.
         JJB: Maestro, en la nota que encabeza el libro, dice usted: “La publicación de estos dos poemas es el testimonio de una frustración: no pude escribir la Oda Tropical de acuerdo con el proyecto de hace muchos años”, ¿nos podría contar algo de ese proyecto, de las experiencias de las que surgió y del hecho extraordinario que un poeta persiga durante casi cuarenta años un poema que le es fundamental?
         PELLICER: Hace cerca de cuarenta años concebí la construcción de un poema que se llamaría Oda tropical y que se realizaría a base de coros. Coros de los dos sexos. Entonces yo pondría los cuatro elementos en la zona tropical y de acuerdo con esos cuatro elementos habría cuatro solistas. Una soprano coloratura para el Aire. Una soprano dramática para la Tierra. Una soprano menor para el Agua. Un barítono para el Fuego. Dentro de ellos había un pequeño coro de diez personas, cinco de cada sexo, que tendrían las voces adecuadas para cada una de las partes del poema, lo que sería el color de cada uno de los elementos. Esto estaría, en principio, dirigido por mí. Había calculado el número de versos para cada elemento y los coros mezclándose a veces en una operación audiovisual... Pero me sentí frustrado. Pensé luego en un poema sobre el Valle de México, para equilibrar mi vida de escritor, entregándome a la vivencia humana en el Valle de México...
         JJB: Al final de la Primera Intención del poema, las Cuatro Voces Fundamentales se confunden con la del poeta. Maestro, ¿podrían considerarse ambas intenciones como un camino hacia la identificación de la voz humana con las naturales, de la vida personal con la vida de la naturaleza?
         PELLICER: Creo que aun cuando parezca vanidoso ante ustedes, mi convivencia con la naturaleza se dio cuando yo tenía seis años y vi el mar por primera vez. La impresión que me dio tiene un motivo de fuerza, después el bosque no alcanzó a darme la salud primera que me dio el mar. Cuando conocí el bosque mi vida espiritualmente cambió. El recinto vegetal y el agua han conformado la parte espiritual y la física de mi ser. Llegué a ser un montañista, aunque de segunda...
         Comentó la reportera: “Más que una presentación fue un diálogo. El joven poeta José Joaquín Blanco se encargó de hacer las preguntas al autor... El maestro rompió con la seriedad de las preguntas y habló de los grandes poetas castellanos y latinoamericanos, y de su convivencia con algunos de ellos, a veces sus maestros, a veces amigos, como Rubén Darío, Leopoldo Lugones, José Santos Chocano y Díaz Mirón. También se refirió a Chichén Itzá [y a algún cenote] ‘en cuyas aguas navegaba cuando vi deslizarse una serpiente llamada nauyaca, considerada como una de las más terribles del mundo’...  El interlocutor y el autor estuvieron totalmente de acuerdo en la parte final de la conversación: En una de las últimas estrofas ocurre el momento más dramático del poema: ‘El drama de la vida se hizo para verse, no para ocultarse’, del que surge un impulso de gloria y resurrección: el quetzal que retoña del árbol destruido, dejando el poema abierto a una realidad de esperanza”.
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* Cheli Zárate: “Charla entre el poeta Carlos Pellicer y José Joaquín Blanco en torno a Esquemas para una Oda Tropical”, El Día, 27 de agosto de 1976, Cultura, p. 24; JJB: Crónica de la poesía mexicana, Guadalajara, Departamento de Bellas Artes de Jalisco, 1977.


viernes, 1 de septiembre de 2017

WELLS

Wells: La soledad de los optimistas

 

Por José Joaquín Blanco


En cierto sentido, nada hay tan prehistórico como la ciencia-ficción. Toda mitología habla de viajes a otros mundos y a otros tiempos; de héroes y vehículos voladores; de la cruza de dioses, bestias y hombres y su variedad de vástagos híbridos; de superhombres y máquinas desaforadas en combates descomunales; de predicciones y adivinaciones logradas a través de técnicas difíciles y precisas; de elíxires y alimentos mágicos; de transformaciones y metamorfosis, de seres de las estrellas o de otros planetas, del fin y del origen del mundo.
Y al revés: no pocos creyentes en ovnis y extraterrestres postulan, con la cara bien dura y desde hace casi un siglo, que a los viajeros-del-espacio debemos  las más antiguas civilizaciones; que las pirámides preservan sus elaborados secretos y que retrataron sus rostros de astronauta, con todo y casco, en las cabezas monumentales de La Venta. Muchas literaturas registran tales episodios (incluso como juguetes barrocos o ilustrados en el México virreinal: el Santo Oficio procesó al anciano yucateco fray Manuel Antonio de Rivas, franciscano, por escribir, para entretenerse durante sus acedías del claustro, sobre excursiones a la luna). Ariosto y Voltaire jugaron con extraterrestres y viajes por el universo. Pero fue la explosión científica y positivista de mediados del siglo XIX la que permitió el sistema o la obsesión de una inspiración científica y tecnológica para la literatura.
Cierto criterio cronológico y pintoresco entroniza a Julio Verne como el patriarca del “nuevo” género, aunque sus amenas invenciones resulten con frecuencia meras magnificaciones del asombro de su siglo ante los globos aerostáticos, los ferrocarriles y las máquinas de vapor, sin mayores preocupaciones o consecuencias morales, filosóficas ni políticas, como en La vuelta al mundo en ochenta días (1873). ¿Por qué no a Mary Shelley, la esposa del poeta de Prometeo liberado, intempestiva autora de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818)? Pero quien en realidad dota a la ciencia-ficción de toda su fuerza mítica, de su beligerancia cultural y de su vigencia contemporánea es Herbert George Wells (1866-1946).

LA UTOPÍA DE LA CIENCIA
Desde 1870, el hebraísta e historiador del cristianismo Ernest Renán, imaginó en ciertos Diálogos filosóficos y suntuosos ensayos (El porvenir de la ciencia), que se siguen reeditando, un futuro humano cabalmente modificado y mejorado, mediante una ardua y noble planificación, por una aristocracia de científicos que gobernarían una unificada y reconciliada República del Mundo. Pero tocó a H. G. Wells convertir la ciencia-ficción en filosofía política -en mística, en sociología, en ética social, incluso en programa revolucionario rumbo a un utópico Estado Mundial, encargado de resguardar para el bien y la justicia el nuevo fuego científico-, con una docena de obras narrativas (además de múltiples ensayos), algunos de cuyos títulos no pueden sernos extraños y cuya imaginería y estremecimientos proféticos no han dejado de influir a muchas artes y formas de entretenimiento -especialmente los relatos, los cómics, el cine y la televisión-, a lo largo del siglo XX: La máquina del tiempo, El hombre invisible, La guerra de los mundos, Los primeros hombres en la luna, La isla del doctor Moreau.
Como Cristo o san Francisco de Asís, como Voltaire, Marx o Freud, H. G. Wells es muy conocido por los que no lo han leído, incluso por quienes ni siquiera reconocen su nombre. Su obra permeó no sólo la cultura sino la atmósfera de todo un siglo: sus invasiones de marcianos con armas letales de gases y calor (prácticamente láser);  sus hombres en la luna o en Venus, sus viajes al futuro de casi un millón de años, sus hombres modificados mediante alimentos científicamente elaborados para trocarlos en gigantes; sus animales modificados mediante el genio quirúrgico de doctor Moreau para que salten etapas evolutivas y alcancen casi de inmediato las habilidades racionales del hombre; sus sirenas disecadas, sus bestias fantásticas, sus orquídeas draculescas, sus modernísimos dínamos transformados en carniceros dioses prehistóricos, sus aprovechamientos funerarios de la taxidermia, etcétera, han sido el obvio modelo de miles de variaciones, lo mismo en Lovecraft (El color que cayó del cielo), Heinlein (Planeta rojo) y Van Vogt (Slan, El libro de Ptah) que en Orwell (1984), Bradbury (Crónicas marcianas) y Vidal (Kalki)... para no hablar de Supermán o de El Hombre Araña.
Pero semejante éxito descomunal implicó una catástrofe igualmente monstruosa: H. G.  Wells ha sido imitado, suplantado, precisamente por quienes menos lo han comprendido, y sobre todo por quienes lo han interpretado al revés; ha dado lugar muchas veces a una comodina ciencia-ficción anecdótica, catastrofista, truculenta (cuando no embrutecedora), totalmente opuesta a su optimista evangelio o a su aleccionador apocalipsis científico, que mediante fábulas o parábolas de ciencia-ficción aspiraban a perfeccionar el mundo, gracias a la teoría de la evolución y a los instrumentos tecnológicos del hombre moderno.
Para Wells las fantasías científicas no eran simples pesadillas ni entretenimientos de terror, sino esperanzas de “cambiar al hombre, transformar el mundo” sin violencia ni anarquía. (Frecuentó el socialismo fabiano; abanderó causas en su momento escandalosas como el feminismo, el amor libre, la libertad sexual, el sindicalismo, el antinacionalismo.) Profetizaba el asalto al paraíso, a su modo.  Pero en su utopía del progreso mediante la ciencia, Wells partía de un humanismo y de una ética amplios, que incluían a toda la especie, a diferencia de ciertos pensadores pragmáticos, como Herbert Spencer, quienes también intentaron aplicar el darwinismo a las llamadas “ciencias sociales” con algunas implicaciones racistas. Le resultaba casi increíble que la humanidad hubiera logrado tan afanosa revolución científica y tecnológica sólo para precipitar y magnificar sus propias desgracias y hasta su autodestrucción.
Y aunque Wells previó, con extraordinaria precisión, algunas catástrofes de la civilización tecnológica (las guerras con gases, aviones y tanques; el uso del bacilo del cólera como arma biológica), lo hacía un poco para advertir de los riesgos del mal uso de la ciencia. La guerra de los mundos quiso sacudir el conformismo triunfal de la Europa industrial de su tiempo: “Es posible, en los amplios designios del universo, que no deje al fin de beneficiarnos la invasión marciana; se nos ha arrancando esa confianza tranquila en el porvenir, que es la fuente más segura de decadencia”, y la arrogancia del imperial Hombre Blanco: así como un pueblo podía atormentar a otros más débiles, o como todo hombre lo hacía con los animales, podía aparecer de repente una civilización o una especie más poderosas, reducir Londres a escombros y calcinar en instantes a los mejores ejércitos del mundo como a enjambres de insectos. (No es aventurado especular que se inspiró en el Poema sobre el desastre de Lisboa, de Voltaire)
La teoría darwiniana de la evolución hablaba del mejoramiento continuo... o de la extinción de las especies incapaces de mejorar. Él soñaba con una humanidad capaz progresar, incluso mediante una evolución social minuciosamente planificada, confiada a una “aristocracia del talento” (científicos, técnicos, médicos, educadores, inventores, investigadores). En eso coincidía con Renán.  La ciencia y los científicos redimirían al mundo moderno. Se juzgó ridícula la pretensión de ambos de configurar un senado mesiánico, con puros apacibles y paternales revolucionarios científicos. Una especie de filantrópico despotismo ilustrado en manos de comités de benéficos supersabios. Pero, ¿no es más ridícula la misma pretensión “democrática” por parte de las clases políticas, que ni siquiera tienen las credenciales de conocimiento y vocación espiritual de aquéllos? ¿Y qué decir de las milenarias pretensiones similares de sacerdotes y guerreros?
Lo que diferencia a Wells de todos sus sucesores y suplantadores de ciencia-ficción es precisamente su tenaz temperamento optimista. Y eso asombra en sus obras precursoras: son algo más que juguetes terroríficos, aspiran a ser juguetes de la esperanza. A este profeta intrépido le parecía tan posible cambiar el mundo y solucionar las injusticias: la ciencia más un poco de sentido común, de buena voluntad, de razonable modestia y de buena fe... precisamente lo más difícil de cultivar en las sociedades. Diría: “Tenemos ya suficientes elementos científicos y técnicos para mejorar muchísimo el mundo, basta con usarlos bien”. Las planificaciones, sin embargo, rara vez funcionan en este planeta, siempre gobernado por las rigurosas leyes del caos: una brizna de hierba puede alterarlo todo. No hay manera de prever todas las contingencias y sus combinaciones. Ya Quevedo recordaba, con los estoicos, que rara vez se cumplen tanto nuestros mayores temores como nuestras mayores esperanzas. Basta una arenilla para desquiciar los más laboriosos y fundados proyectos. Todo resulta casi siempre de otro modo. Uno casi siempre llega a otra parte. De hecho, la manera en que la humanidad se salvó (así fuera provisoriamente) de los marcianos de Wells, menos recordada desde luego que la invasión, fue tan imprevista como natural, casi obvia: una aportación gratuita de la caótica naturaleza terrestre.
El desaforado optimismo de Wells -quien se autodenominaba “ciudadano del futuro”- lo indujo a alfabetizar personalmente a toda la humanidad. Y en cierta medida lo logró con una sola obra: Esquema de la historia (1920), una especie de compacta enciclopedia individual de toda la historia del mundo, con lo que implica de atroz contradicción de términos: un breviario del infinito, un océano en consomé, un gigante jibarizado o un resumen de proporciones titánicas, a la manera del “manual del gigante” que dijo Borges, acaso pensando en ese sucinto “tratado de todas las cosas” que vendió millones de ejemplares en todos los idiomas. Con uno de sus hijos y con su amigo Julián Huxley escribió otros evangelios científicos: La ciencia de la vida (1929), y El trabajo, la riqueza y la felicidad de la humanidad (1932). De alguna manera fue cómplice y semejante de sus compadres George Bernard Shaw y Bertrand Russell -¡vaya trío!-, con quienes se complacía en estar en sistemático desacuerdo. Alcanzó a vivir la Segunda Guerra Mundial para ver todas sus esperanzas hechas añicos.

EL REVÉS DE LA FÁBULA
El tiempo y las sociedades rescriben las obras, incluso contra el sentido explícito de los autores: díganlo Cristo y san Francisco de Asís; Voltaire, Marx y Freud. Wells se nos ha transformado en su opuesto: el precursor de morbosas pesadillas pueriles, inocuas y desde luego rockeras; de aparatosos apocalipsis portátiles con efectos especiales y musculosos y sonsos mesías de plástico. Un mero antecedente de los cómics y las películas de héroes interplanetarios.
Sin embargo, subyacente a tan irónica y catastrófica victoria, queda el voluntarioso profeta extravagante que se atrevió a ser metódicamente optimista. Y la nobleza de un hombre a quien le parecía poco –casi nada- soñar con marcianos y selenitas, animales humanizados y hombres magnificados, invisibles o voladores, tiempos y planetas remotos. Lo realmente atrevido era soñar con una sociedad que se mejoraba a sí misma paso a paso, sin violencia, mediante el sentido común, la buena fe, el conocimiento y los instrumentos de la ciencia. Pertenece al club de los utopistas radicales que tanto desprecia nuestra desengañada, conformista y rastrera “postmodernidad”.
Como Renán, Wells fue un niño pobre que alcanzó una especie de magisterio mundial gracias a su trabajo y a su talento. El origen y la razón de sus obras se ubican en su íntimo descontento ante el desorden y el absurdo del mundo. Ambos descreyeron de las soluciones violentas o formalmente políticas. A final de cuentas un científico, un mecánico, un médico, un inventor de aparatos, les parecían más nobles que un guerrero, un clérigo o un demagogo. Descubrir un bacilo implicaba mayor mérito que manipular unas elecciones. Sin embargo, la locura de ambos fue el optimismo, incluso se podría decir la arrogancia-de-la-inteligencia, que podría convertir a los hombres casi en dioses, con que sólo se apartaran de la estupidez y la mezquindad, de las pasiones bajas, de la vida mediocre y utilizaran el caudal de conocimientos modernos para mejorar la vida. Toda la obra de Wells apuntaba precisamente a ese mesianismo. Y llegó a ver como desastre, como la más atroz de las soledades, que su numerosísimo público desechara tal mensaje optimista para quedarse con unos cuantos juguetes fantásticos de máquinas para viajar al futuro, o para preverlo; de invasiones de marcianos y hombres en la luna, de toros humanizados mediante procedimientos quirúrgicos y hombres aleccionadoramente veloces (“el Nuevo Acelerador”) o voladores (una especie de paracaídas), invisibles o agigantados gracias a pócimas y dietas inventadas en laboratorios. La cáscara de sus fábulas o parábolas de ciencia-ficción.
Una cáscara prodigiosa, desde luego; una habilidad narrativa pasmosa, rápididísima, casi espontánea, hasta desmañada a ratos, para convencer de inmediato a todo mundo de lo más fantasioso e inverosímil como si se tratara de lo más natural y cotidiano, lo ha erigido en un maestro no sólo de la ciencia-ficción, sino de toda escritura de imaginación. A diferencia de otros productores de ciencia-ficción que requieren de especiosos aparatos, elaboradas teorías y cuantiosos datos científicos para cualquier episodio, él inventa las fábulas más asombrosas con dos o tres recursos sencillos.
Wells es uno de los principales maestros de Borges (quien pudo encontrar en el cuento “El huevo de cristal” una prefiguración muy precisa de “El Aleph”) y de Bioy Casares (quien escribió La invención de Morel en homenaje a La isla del doctor Moreau). Cuando, el 30 de octubre de 1938, Orson Welles transmitió por radio una adaptación de La guerra de los mundos, millones de norteamericanos aterrados creyeron que efectivamente estaban siendo invadidos en ese momento por los marcianos, como si la audaz fantasía fuese un noticiero en vivo; salieron despavoridos de sus casas, atascaron las carreteras en frenética fuga hacia ningún lado, con la radio a todo volumen. “¡Los marcianos llegaron ya!”
Ningún otro escritor fantástico ha demostrado tal eficacia. Uno de sus trucos: durante la primera parte de La guerra de los mundos no se esfuerza por inventar marcianos complicados: simplemente aterrizan de pronto varios cohetes de los que emerge una especie de torres metálicas de treinta metros culminadas en bóvedas, a manera arañas gigantes, por las que lanzan rayos y gases devastadores. El irónico discurso fisiológico vendrá muy posteriormente, cuando la invasión haya triunfado. Lo elaborado y detallista es el paisaje de la destrucción y la carnicería, el tumultuoso terror,  la desesperación, el caos, el hambre, las mezquindades, saqueos y crímenes de los ingleses atacados o fugitivos, hasta entonces confiados y tranquilos en la cima de su imperio inexpugnable, y en realidad semejantes a cualquier país invadido por fuerzas abrumadoramente superiores: v. gr. Francia por los alemanes en 1870. De hecho, algunos maliciosos vecinos británicos sospecharon que tales marcianos podrían ser franceses solapados.  A más de cien años de distancia la obra agrega ciertos humor y pintoresquismo azarosos, pues vemos que los marcianos no sólo son combatidos por modernos pero ineficientes obuses y ametralladoras, sino por simpáticos jinetes y ¡ciclistas! (En 1894 la caballería seguía encabezando el arte de la guerra y el ciclismo constituía una novedad llena de promesas estratégicas). La ulterior descripción anatómica de los viscosos y chaparrillos bichos ojones que habitan y manipulan tales torres gigantes dio lugar a toda la iconografía conocida de los extraterrestres: algo humanos, algo moluscos, algo especie-del-porvenir. Desde luego, durante su memorable estadía terrestre se nutrieron de sangre humana.
Escribió sobre su libro El alimento de los dioses:  “El libro comenzaba con una fantasía sobre el cambio de escala producido por la ciencia y concluía con la lucha heroica de los nuevos seres a gran escala contra la vida de los innumerables seres a pequeña escala de la tierra. Nadie se percató del sentido profundo del libro; algunos de mis lectores se sorprendieron, otros encontraron divertidas mis avispas y ratas gigantes, pero nadie comprendió el fondo de mi libro”. Y en efecto, hemos visto que la manipulación inescrupulosa de la ciencia, así como el desigual acceso a ella, ha introducido cambios de poder, “de escala”, casi mitológicos entre los diversos grupos humanos (milagros genéticos, prosperidad y bienestar insólitos en unos lados; ecocidios y genocidios en otros). Lo que se ha incrementado con la revolución informática: asistimos tranquilamente por la televisión, comiendo palomitas, como frente una fábula de marcianos, a una “guerra de las galaxias” sobre las tribus silvestres de las cavernas de Afganistán. Aunque se pudiera argüir que nada es necesariamente novedoso: las tropas de Cortés cayeron sobre los aztecas como plenaria invasión marciana.
Los ensayos de H. G. Wells, y especialmente su autobiografía, enriquecidos por su rápido y caudaloso genio verbal y por un humorismo muy personal, siempre sorpresivo, nos muestran la perspectiva de un hombre que sabía caricaturizarse a sí mismo. Admite con total travesura que su obsesión mesiánica de transformar el mundo nació... de un mero resentimiento social. Su madre trabajó como sirvienta de aristócratas ingleses. Ahí conoció a un cultivado y ceremonioso mayordomo que se complacía en anotar secretamente los errores gramaticales o culturales en que incurrían los estirados aristócratas británicos a quienes servía en la mesa. ¡Tal es la vocación, el sitio y el destino de los intelectuales críticos, parece sugerirnos Wells con una sonrisa socarrona! Anotar inútilmente las estupideces de los amos del mundo y tratar, también en vano, de remediarlas en un cuaderno. Sólo para lograr, en caso de éxito, una lectura tergiversada, traidora, simplista, al servicio de los intereses mercenarios o de la fatal inercia de esa sociedad tan estúpidamente dirigida. Ah, el optimismo de la escritura... 



martes, 1 de agosto de 2017

LUIS GONZÁLEZ OBREGÓN

LUIS GONZÁLEZ OBREGÓN

Por José Joaquín Blanco y Jorge Olvera Ramos

(Prólogo a la antología de los Imprescindibles, de Ediciones Cal y Arena)

I
En este volumen el lector contemporáneo de Luis González Obregón encontrará al mismo tiempo diversión y conocimiento. “Instruir divirtiendo”, como exigían los clásicos a la escritura y la enseñanza de la historia. Amenidad, humor, atmósferas literarias finas y variadas, pintoresquismo, folklore, riqueza verbal, en una prosa sencilla que recupera y recrea buena parte de la antigua historia de México, especialmente la virreinal.
A pesar de sus minuciosos, obsesivos intereses de historiador y erudito, siempre guiados por un rigor académico extremo, Luis González Obregón no intentó un discurso espeso, metódico, exhaustivo, ideológico, en sistemáticos tomos, difíciles o indigestos, sino viñetas, artículos, ensayos de erudición conversada y sabrosa, de literatura “llena de gracia”, como diría su amigo Amado Nervo.
Esta manera peculiar de escribir historia recibió sobre todo la influencia de la literatura y del periodismo costumbristas, románticos y liberales, pero también de la visión popular (tradición oral), al mismo tiempo irónica y nostálgica, lírica y cómica, que conservaban o añoraban de su pasado algunos sectores de la sociedad mexicana, especialmente en lo que concierne a su capital, y que ofrecía, en la rememoración y recreación del pasado, un campo de conocimiento fecundo para la reflexión sobre la fuerza de las tradiciones, más que un discurso teórico sobre su evolución política, social, económica o cultural.
La historiografía enciclopédica, pedagógica, polémica, discursiva, ideológica, analítica, ocupó a lo largo del primer siglo del México Independiente a otros historiadores distinguidos, desde fray Servando Teresa de Mier (Historia de la revolución de Nueva España), Carlos María de Bustamante (Cuadro histórico de la revolución de la América mexicana), Lorenzo de Zavala (Ensayo histórico de las revoluciones de México), el Doctor José María Luis Mora (México y sus revoluciones), Lucas Alamán (Historia de México, Disertaciones) y Joaquín García Icazbalceta (Historiadores de México, Bibliografía mexicana del siglo XVI, Don fray Juan de Zumárraga), hasta Vicente Riva Palacio (México a través de los siglos, El libro rojo), Manuel Orozco y Berra (Diccionario universal de historia y geografía, Historia de la dominación española en México) y Justo Sierra (Evolución política del pueblo mexicano, Juárez: su obra y su tiempo), entre muchos otros.
Aquella otra “historia viva” de la tradición floreció en la marquesa Calderón de la Barca (La vida en México), en Guillermo Prieto (Memorias de mis tiempos), en Ignacio Manuel Altamirano (Paisajes y leyendas, tradiciones y costumbres de México), en José María Roa Bárcena (Recuerdos de la invasión norteamericana por un joven de entonces), en José María Marroqui (La Llorona, La Ciudad de México), en Antonio García Cubas (El libro de mis recuerdos, además de sus famosos diccionario y atlas históricos y geográficos), etcétera.
Como se ve, en ambas corrientes, la cientificista o academicista, volcada en atlas, tratados y diccionarios, y la tradicionalista, literaria o periodística, expresada en artículos, memorias, narraciones, viñetas “leyendas” y “tradiciones”, la labor historiográfica mexicana del siglo XIX se afanó con entusiasmo y eficacia notables.
Del lado de los conversadores, narradores o “cronistas”, Luis González Obregón señala la mayor altura en este empeño de escribir la historia de México a finales del siglo XIX y principios del XX. Erudición y recuperación del pasado, al mismo tiempo documental que tradicional, atendiendo (sin menoscabo del rigor profesional) sobre todo a la sazón y a la gracia. Casi diríamos poemas historiográficos. Hay que recordar que en su origen la Historia no sólo era conocimiento, sido también arte, musa, poesía.

II
La historia de la ciudad de México domina las indagaciones de Luis González Obregón: sus personajes, edificios, calles, leyendas y tradiciones reconstruyen para el lector contemporáneo la vida colonial: una sociedad estamental altamente jerarquizada, el desarrollo económico apoyado en privilegios y concesiones, la política ordenada bajo los postulados de un vasto orden imperial, el papel protagónico de la Iglesia, la abigarrada mezcla cultural en la vida capitalina. Buena parte de los rasgos distintivos del régimen virreinal desfilan en la prosa amena y fresca de sus artículos, monografías, ensayos, viñetas.
         “Instruir divirtiendo”. En sus divertidos relatos hallamos a un investigador que derrocha conocimiento de fuentes históricas, entonces poco accesibles, muchas veces inéditas. Cita con frecuencia a Orozco y Berra y a Riva Palacio, a Francisco Sedano y a su amigo José de Agreda y Sánchez; al mismo tiempo echa mano de los archivos recónditos, conoce de libros antiguos, descubre documentos importantes o curiosos, recurre a las leyendas y a los testimonios orales.
Todo ese cúmulo de información proporciona a sus crónicas no sólo riqueza y objetividad documentales, sino que logra imprimirles, con un gusto literario jamás igualado por otros autores de temas coloniales, el aroma de la época.
El lector contemporáneo encontrará aquí todos los elementos que exige el rigor académico: fuentes precisas, argumentaciones claras, demostraciones y conclusiones eficaces que transforman el trabajo erudito  en relatos amenos, de claridad inmediata, que jamás se podrán olvidar. Buena parte de los narradores colonialistas posteriores no hicieron sino recordarlo o glosarlo (frecuentemente hasta la exageración, el fastidio, la parodia).
Cuando se vuelve a la fuente mayor de la recuperación literaria colonial,  la de González Obregón, retomamos una literatura colonialista sin los defectos de sus epígonos. Fresca y eficaz, sencilla y lírica: en él se funden la investigación profunda de los documentos, el análisis de la información y la exposición sabrosa de un prosista brillante, capaz de lograr la excelencia con una audaz economía de recursos, de inolvidables dibujos de un solo trazo rápido, que incluso se permite la coquetería literaria de hasta parecer “descuidado”. No hay petulancia ni pedantería, grandilocuencia ni aparato. La creación ardua y la expresión sencilla, como querían, y a veces lo consiguieron, ciertos clásicos españoles del Siglo de Oro: fray Luis de León, Lope de Vega, Quevedo.

III
Fue Ignacio Manuel Altamirano, el maestro de la literatura mexicana de su siglo, quien despertó la vocación histórica del adolescente Luis González Obregón en las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria. Nuestro cronista siempre lo reconoció como su principal maestro.
De ahí en adelante el joven historiador hizo suyos todos los adelantos que la historia y las ciencias sociales lograban en todo el mundo a finales del siglo XIX: la proliferación de las excavaciones arqueológicas en varios continentes, el desciframiento de los textos (persas, egipcios), el descubrimiento de vastas y variadas culturas antiquísimas en Asia, el triunfo de la etnología que planteaba la diferencia entre las diversas comunidades humanas, la crítica de las teorías deterministas que reducían la historia de la humanidad a un cartabón eurocentrista; en fin, una multiplicación de los materiales y los métodos de estudio en las disciplinas históricas y sociales. Tal avance en el conocimiento condujo, en el ámbito académico, a la aparición de verdaderas escuelas de erudición en Europa y los Estados Unidos, que la cultura mexicana se propuso emular.
         Durante este período se libró en México una polémica, no necesariamente excluyente, entre los positivistas ortodoxos, cientificistas, amantes del dato y las teorías firmes, creyentes en el progreso perpetuo, y las viejas corrientes algo conservadoras y nostálgicas, renuentes a abandonar el paraíso perdido de su esplendor novohispano: su utopía de un imbatible espíritu hispánico y católico (por más que pareciera, por el momento, en derrota frente al empuje modernizador sajón o germánico), todo ello renovado, como había ocurrido en Francia durante la Restauración, por un espíritu romántico que ennoblecía y mitificaba el pasado.
En Francia, principal inspiradora de historiadores y literatos mexicanos, destacaron Augustin Thierry, Chateaubriand, Michelet, Renan, Taine, Sainte-Beuve. “La historia tendrá su Homero, como la poesía”, se había propuesto Thierry, en su reconstrucción de la Edad Media francesa. Escritores y lectores mexicanos vieron con asombro y envidia las obras del norteamericano Prescott sobre la conquista de México y del Perú y la historia de los Reyes Católicos.
En una trinchera, los “científicos” positivistas enarbolaban la evolución histórica y el progreso; en la otra, los eruditos tradicionalistas ironizaban sobre tal evolución: había algo más brillante y valioso que el progreso, era el pasado: “¡Visiten la Catedral de la ciudad de México, y docenas de templos, conventos y palacios por todo el mapa; vayan a Teotihuacan, a las ciudades mayas!”. En todo caso, México no debía cambiar tanto, ni siquiera para progresar, pues dejaba de ser él mismo. Debía conservar su identidad antigua, incluso en los aspectos modestos y aldeanos, premodernos y anacrónicos. López Velarde se haría eco de esa corriente en La suave Patria:

Patria, te doy de tu dicha la clave: 
Se siempre igual, fiel a tu espejo diario:
Cincuenta veces es igual el Ave
Taladrada en el hilo del rosario,
Y es más feliz que tú, Patria süave.

Modernizadores y tradicionalistas combatían la improvisación y la charlatanería anteriores de los historiadores aficionados, a la manera de Bustamante, y apostaban por la investigación rigurosa de fuentes publicadas o inéditas, por el trasiego de archivos, por la excavación de ruinas. Ambas corrientes se unían en un afán nacionalista, pero aquéllos buscaban en el pasado un estímulo del porvenir moderno (afrancesado o norteamericanizado), y éstos lo miraban con ensoñación a ratos hipnótica: una Edad de Oro virreinal, sin humillaciones por parte de las potencias extranjeras.
El punto de desacuerdo mayor entre ambas corrientes, que siguió manifestándose a lo largo del siglo XX, fue el relativo al trato que los modernizadores de la Reforma y el Porfiriato dieron a muchos monumentos coloniales: el derrumbe o la incuria. Para nuestros tradicionalistas no había teoría de evolución o progreso que justificara ningún atentado contra los monumentos del virreinato: levantar palacios modernos sobre las ruinas de viejos conventos constituía un asesinato de la belleza, de la esencia, del sueño más profundo de la nación. Mientras los modernizadores construían una nueva ciudad de México, émula de París o Nueva York en miniatura, Luis González Obregón recuperaba la antigua en el museo literario e histórico de sus libros. La crueldad y la destrucción de la Revolución de 1910 acentuó tal nostalgia. En sus últimos años, nuestro cronista veía no sólo el pasado, sino el presente moderno de México con antipatía y temor, a la vez que acentuaba su culto, su mitificación del país “viejo”.
Pero en su juventud, González Obregón muestra una actitud indecisa e incluyente. Rinde culto al pasado y disfruta del auge porfiriano. No se ciega ante la Edad de Oro: critica la injusticia, la fealdad, la insalubridad, la superstición de los buenos tiempos virreinales, tan apestosos, al igual que ironiza sobre las pretensiones de nuevo rico del México progresista y modernizador, tan ridículo y falso.
Ubicado pues entre estas dos corrientes, el joven Luis González Obregón desarrolló un estilo propio y peculiar. A este periodo corresponden los ensayos de México Viejo, escritos entre 1890 y 1895, cuando el “milagro porfiriano” brillaba en todo su esplendor. En ellos encontramos a un investigador apasionado que documenta cada una de sus afirmaciones, un hombre de acción que en su obra se mantiene al margen de compromisos políticos pero sin evadir juicios sobre la situación política de su presente. Un hombre variado e incluyente caracterizado por una notable templanza, siempre sensato, plantado en un terreno seguro: el de sus estudios, sus fuentes, sus reflexiones, su prosa.
Los protagonistas de sus ensayos no son procesos de desarrollo, ni flujos demográficos ni ciclos económicos; los artífices de sus historias son el arrogante conquistador, el escribientillo de oficina, el arriero de tierra adentro, el cura beato, el mayordomo de monjas, la criada de rebozo y la señora de mantilla que con sus vidas pacíficas o sus actos frenéticos nos muestran una sociedad compleja arraigada profundamente en la tradición.
Asuntos como la disputa entre los armeros y sastres por un lugar en la procesión del Corpus, las aventuras galantes de los conquistadores o los ahorcados de Romita le permiten ofrecer al lector contemporáneo un retrato vivo del México virreinal. 
Luis González Obregón vivió también la época posrevolucionaria: de este periodo son Las Calles de México. Aquí González Obregón se muestra ya ungido con el aura del historiador profesional. Las crónicas conservan la solidez argumentativa y el estilo ameno y conversado. El espíritu de un gran curioso aún sigue ahí pero asoma cierto desencanto acerca de la dirección que la Revolución, los Tiempos Modernos, e incluso el mero avance del Tiempo (¡cómo le molesta que se cambie el nombre a una calle, como si durante la época colonial no se hubiera cambiado el nombre de todas las calles docenas de veces!), había dado a la nueva sociedad.
Por otra parte, aunque González Obregón recibió una educación positivista jamás asumió la arrogancia de los “científicos”; ejerció su profesión de historiador con todo rigor, cuidando la técnica y disciplina  de los modelos  heredados de sus profesores, pero sin permitirse la declamación ni la profecía. Simplemente recuerda, saborea, recupera el pasado de “su” ciudad, que ya ve como fantasma, como una ciudad mental, hecha de documentos, sensaciones, emociones y pensamientos.
A un siglo de distancia, cuando en las investigaciones históricas prevalece la especialización y la fragmentación del conocimiento, y el afanoso cultivo de la ilegibilidad y la pedantería académicas, el trabajo historiográfico y literario de González Obregón adquiere una dimensión y una vigencia esenciales, renovadoras. Supo escribir y pensar formidablemente la historia de México. Una historia poderosa y llena de gracia.

IV
Desde el momento de su aparición, Amado Nervo supo reconocer en el guanajuatense por nacimiento y capitalino por elección, Luis González Obregón (1865-1938), autor de México viejo (1891-1895) –libro de juventud, concluido entre sus treinta y sus treinta y cinco años-, a un historiador-poeta; a un erudito e investigador que fue al mismo tiempo un creador de prosas particularmente eficaces y conmovedoras. Una galería de estampas hermosas de la historia de la ciudad, que no la adulan ni falsifican.
Estos valores se reafirman a un siglo de distancia. En gran medida, nos acercamos a la ciudad de México en los tiempos virreinales como González Obregón quiso y supo recuperarla y reinventarla. 
         Principal figura de la tendencia colonialista en la literatura mexicana, y autor con México viejo de su principal libro, nuestro cronista porfiriano se perfila sin embargo como su mayor excepción. Su temperamento es curioso: discípulo al mismo tiempo de liberales (Altamirano, Prieto) y conservadores (Alamán, García Icazbalceta), de los modernos hombres de la Reforma y de los vetustos eruditos melancólicos del antiguo orden español de fueros y privilegios, amigo de casi todos, logró capturar una visión del virreinato ajena a partidarismos.
Aunque resulta contemporáneo y amigo de los poetas modernistas, busca una estética diferente del modernismo: la del artículo costumbrista en que habían destacado los liberales, como Prieto, Altamirano y Riva Palacio.
En ello se diferencia de la posterior corriente colonialista: no intenta restaurar poderes abolidos ni vengar los agravios de los liberales y modernos contra el México antiguo; no inventa una “fabla del habedes” (término burlesco con que Genaro Estrada se burlaba de Valle Arizpe), una prosa de arcaísmos y ritos sintácticos y ortográficos como atavismos de abolengo, aunque no deje de usarlos de vez en vez como elemento de su estilo; no idealiza la mentalidad conventual y monárquica, ni se empeña en denostarla; no decora, con tramas de ópera, folletón, santoral o melodrama, el discurrir al mismo tiempo levítico y ranchero de la ciudad de México en la época novohispana.
No recurre a la oratoria ni al do de pecho, casi ni alza la voz; tampoco rompe en llanto al deplorar el tiempo perdido. Busca, con rigor historiográfico, la verdad; y la expresa con franqueza y sencillez casi coloquiales, no exentas de humor ni de melancolía, pero a la vez armadas de un gran sentido crítico y de una serenidad poco acostumbradas frente a una época y un asunto tan polémicos como la época colonial.
Los otros colonialistas mexicanos, en cambio, siempre exageran. Buscan esplendores, pathos, grandezas, abolengos, hecatombes, infamias, suntuosidades desmedidas y poco afianzadas en fuentes históricas. González Obregón, como su maestro y amigo Ricardo Palma (1833-1919), el autor de la mayor recuperación literaria de la América española en sus Tradiciones peruanas (1872-1906), pisa siempre sobre seguro, con conocimiento y escepticismo, con devoción y cariño atemperados por el sentido común y la experiencia del México real.
A diferencia de sus antecesores y contemporáneos (Ignacio Rodríguez Galván, el Conde de la Cortina, José María Roa Bárcena, Vicente Riva Palacio –en buena medida, México viejo surge del impulso de México a través de los siglos-, Justo Sierra O’Reilly, Francisco Sosa, Juan de Dios Peza, Marroqui), o de sus seguidores (Genaro Estrada, Julio Jiménez Rueda, Francisco Monterde, Artemio de Valle Arizpe), jamás olvida el país donde vive, el México que conoce por experiencia y con el cual confronta a cada momento las imágenes del pasado. Tal era también el método de Palma.
El país todavía no había cambiado tanto: en los indios, mestizos, españoles, curas, monjas, potentados, militares, comerciantes, milagreros, libertinos, delincuentes del México porfiriano todavía se reflejaban los de los siglos anteriores. No había, en consecuencia, por qué inventar un pasado exótico: su México colonial, que iba desde luego desapareciendo, le era familiar y cotidiano, natural y vecino.
         El gran lastre de la literatura colonialista mexicana ha sido hablar de otras cosas con el pretexto del México colonial: se protestaba contra el mundo moderno, el liberalismo, la Reforma o la Revolución; se pretendía salvar al clero, a las familias linajudas, a los conventos y catedrales que la política y las guerras habían atacado o destruido, con los falibles recursos de la ensoñación o de la mitificación.
Se inventaba una extravagante edad de oro virreinal, fuera de la realidad y de la historia, con resplandores artificiales de museo o tienda de antigüedades y abalorios de ángeles y joyeros. González Obregón, como Palma, sabía que las dimensiones de su México viejo no podían ser la ensoñación ni el mito, sino la verdad histórica rastreable en fuentes escritas y monumentos, y sobre todo, todavía, en la propia sociedad.
Describe la metrópoli colonial como quien habla tranquila y sabrosamente de su pueblo entrañable, y no de alguna maqueta ni de un catálogo teatrales o museográficos. Tampoco utiliza la memoria para discutir la política contemporánea. Recobra el tiempo perdido.
Su época novohispana no es pues dorada, ni exótica, ni extravagante sino real, convincente, comprobable. La admira y añora, pero no como a una quimera, sino con la actitud franca y emotiva de quien recuerda cosas y seres de familia. Cuando comenta, en “Los anteojos del erudito”, los problemas ópticos de Sigüenza y Góngora, recuerda subrepticiamente los propios: Luis González Obregón sufrió ceguera en los últimos años de su vida.
Logra una proporción precisa, una proporción dorada, entre su escepticismo liberal y su admiración y cariño por la larga tradición conventual. Reconoce que la miseria, el despotismo, la injusticia, la fealdad, la basura existen en todas las épocas, así como sus aislados esplendores y sus múltiples, simpáticos rincones pintorescos.
Por ello no ha pasado de moda, a diferencia de sus compañeros de escuela; ni ha sido desmentido por las investigaciones históricas del siglo XX: siempre se mantuvo cerca de la verdad, con rigor invariable, y supo expresar su emotividad y su nostalgia sin alterar los hechos, los colores ni las proporciones del pasado mexicano que rescata. Es un clásico como historiador, como cronista, como narrador.
         A este rigor y a este sentido tan bien templado de la realidad, hay que añadir su modestia profesional. Otros autores quisieron rescatar a la Nueva España con gran aparato y fanfarrias: poemas, dramas, óperas, novelas o relatos ambiciosos, grandilocuentes. Sus codiciosas pretensiones fueron sus mayores enemigas y causa de su naufragio. Como Ricardo Palma, quien supo entretejer una obra maestra con breves y rápidas crónicas periodísticas –surgidas, claro, de la inmersión profunda en archivos y bibliotecas, pero también de mentideros y rumores de la calle-, González Obregón prefirió el artículo conversado, en el que logró combinar sabiamente la erudición y la charla, la crónica y la historia, la emotividad y la realidad objetiva.
Su amenidad y su eficacia, con una esbeltez desusada en obras históricas, siguen operando y sorprendiendo  a un siglo de distancia. Esta “erudición callejera” apareció en periódicos, como El Siglo XIX y El Nacional, desde 1890. Fue bien apreciada, reconocida (incluso, con grandes elogios, por el propio Palma) y remunerada (10 pesos por artículo, honorarios altos para un periodista) desde el primer momento. Su público reconocía su pasado y sus recuerdos en los escritos periodísticos que conformarían México viejo.
En 1900 apareció la edición francesa, de lujo, de este libro feliz, al que podemos considerar clásico desde su nacimiento y que se erige como enseña de toda su obra abundante, pero centrada en este título: ensayos y crónicas de asunto histórico, pintoresco y legendario, como Los precursores de la independencia mexicana en el siglo XVI (1906), Don Guillén de Lampart. La Inquisición y la Independencia en el siglo XVII (1908), México viejo y anecdótico (1909), La vida en México en 1810 (1911), Vetusteces (1917), Las calles de México (dos tomos, 1922-1927: “Leyendas y sucedidos” y “Vida y costumbres de otros tiempos”); Croniquillas de la Nueva España (1936), Cronistas e historiadores (1936) y Ensayos históricos y biográficos (1937).
Estudió en diversos libros a Lizardi (1888 y 1893), a Bernal Díaz del Castillo (1894), a Don Justo Sierra, Historiador (1907), a los novelistas mexicanos del siglo XIX (1889) y la historia de La Biblioteca Nacional de México 1833-1910 (1910); así como Las obras de desagüe del Valle de México (1901), Las sublevaciones de indios en el siglo XVII (1907)  y Las lenguas indígenas en la conquista espiritual de la Nueva España (1917).  Rescató además olvidadas obras coloniales, como las de Gaspar Pérez de Villagrá (Historia de la Nueva México) y Baltasar de Carranza (Sumaria relación).
En 1911 fue nombrado director del Archivo General de la Nación, cargo que sostuvo durante casi toda difícil década revolucionaria; siguió trabajando ahí como investigador hasta su muerte.
El ayuntamiento de la ciudad de México, eufórico con su amado cronista veraz, emocionado y ameno, le rindió honores desusados, como el de imponerle su nombre, en vida (desde 1923), a la calle donde vivía y que queda a sólo dos cuadras del zócalo; fortuna que gozaron también dos de sus principales sucesores como Cronistas de la Ciudad: Artemio de Valle Arizpe y Salvador Novo.
          
V
La ciudad de México que Luis González Obregón evoca anticipa un tanto La suave patria de López Velarde en su desconfianza ante la monumentalidad y la pompa, y su búsqueda del tono menor, modesto, pudoroso, vecinal.
No niega sus grandes trazos y perfiles, pero se asoma a las minucias y a los rincones. Rescata una ciudad íntima más que un museo conmemorativo, de ahí que leyendas, refranes, chismes y minucias de la vida cotidiana pueblen su recorrido por los mayores edificios, personajes y sucesos. Importa la ciudad viva: los marchantes, las trajineras y los léperos al igual que los palacios, los virreyes y los marqueses.
Dio forma definitiva a leyendas muy frecuentadas, como las de la Mulata de Córdoba y los crímenes de don Juan Manuel, pero no olvidó en todo su colorido –con sus hedores y su miseria- el retrato vivo de plazas, acequias, mercados y calles. Le importan mucho menos los blasones y los prestigios de los personajes encumbrados: busca en ellos la señal significativa, histórica, pintoresca, humorística y lírica.
Hay mucho humor en su ciudad melancólica, y mucha melancolía en su historia cómica de la ciudad de México; nunca pierde de vista a las masas, a la sociedad espesa y variada, ajetreada en sus labores, devociones, intrigas o negocios.
Todo ello con una voz múltiple, pero bien acompasada: al mismo tiempo irónica, voltaireana, ante la comedia de toda historia humana, que costumbrista al modo castizo de Larra y Mesonero Romanos, o romántica según las leyendas delgadas de Bécquer, siempre acordada en un tono menor enemigo de estridencias y golpes de teatro.
Las calles tienen una historia de rumores, de mercancías, de costumbres, de productos, de chismes: Donceles, Empedradillo, Parque del Conde, Mariscala, Plateros, San Francisco,  el Relox, el  Amor de Dios, el Puente Quebrado, Cordobanes, Santísima, Roldán, Mixcalco, Aguilita, San Pablo, Escobillería.
Escribió en 1927 Luis G. Urbina: “Estas Calles de México son para mí un libro de conjuros. Y como por ensalmo van desfilando en el cerebro las historietas divertidas de mi juventud y de mi infancia. ¡Deleitable hilera de trasgos!... Luis González Obregón ha llevado a cabo una gran obra de amor y de fidelidad a México, a la ciudad que se desvanece, borrada por las tolvaneras de la vida. Obra paciente, noble, lenta, que descubre con minucias delicadas y sutiles cuanto esconde la tradición en los pliegues del tiempo. En fuerza de devorar libros, de estudiar manuscritos, de oír consejas, de desentrañar fábulas, de ver piedras, de sentir ambientes, ha hecho las más deliciosas crónicas, los cuentos más exquisitos, las narraciones más interesantes. Con un estilo bien dosificado de arcaísmos, como para provocar sugestiones: con una admirable sencillez, en la que se ocultan el rasgo docto y la sabia interpretación, corren los relatos de Las Calles de México, sabrosamente, regocijando nuestra emoción y dejándonos, como cuento de abuelo, alguna provechosa enseñanza. Y todo ello porque en Luis González Obregón se da el caso adorable de que el poeta acompañe y ayude, de buen grado, al erudito.”
Su amigo Rafael López trazo su retrato de hombre embebido en los misterios y los sabores del pasado, en el siguiente soneto:

         Tras de los espejuelos de ojo oscuro y ledo
         Recela la mirada de un malicioso oidor
         Que hubiera acá venido de la antigua Toledo
         A estudiar un proceso de algún conquistador.

         Todo él es una viva leyenda. Es un remedo
         De las sombras que evoca. Y su risueño humor
         Alejara las murrias de Revillagigedo
         Con sus bellas historias de docto sabidor.

         A la hora de nona, como un viejo primate,
         Oficia en una jícara ritual de chocolate;
         Y ya en su lecho de solterón aburrido,

         Esta buena persona de arraigo y calidad
         -Mientras vuelve la hoja del libro preferido-
         Oye en la calle el paso de la Santa Hermandad...

En esta edición hemos anotado al pie algunas palabras y usos antiguos, como por ejemplo los nombres actuales de las calles. Para identificarlas hemos utilizado sobre todo la eficaz obra Planos de la ciudad de México, 1785, 1853 y 1896 con un directorio de calles con nombres antiguos y modernos, de Jorge González Angulo y Yolanda Terán Trillo (México, INAH, Colección Científica número 50, 1976).  (Nuestras notas van entre paréntesis, a fin de distinguirlas de las notas del autor.) 
    
                            JOSÉ JOAQUÍN BLANCO Y JORGE OLVERA RAMOS,
                            DIRECCIÓN DE ESTUDIOS HISTÓRICOS, INAH.


sábado, 1 de julio de 2017

MARTIN DU GARD Y LOS THIBAULT

MARTIN DU GARD Y LOS THIBAULT


Por José Joaquín Blanco

Roger Martin du Gard (1881-1958) es un misterioso emblema de injusticia literaria. Obtuvo sorpresivamente el Premio Nobel en 1937 por su serie, entonces aún inconclusa, de ocho novelas, congregadas en el título general Los Thibault, que ahora casi nadie recuerda: novelas-reportaje de un realismo atroz, sobre la vida francesa a principios del siglo veinte, que denuncian el militarismo, la guerra, la derecha cavernaria, la izquierda oportunista; las hipocresías de la familia, el patriotismo, la religión y aun la ciencia (concluye defendiendo la muerte asistida para los enfermos terminales, contra la religión, la legalidad y la tradicional “ética médica humanista”).
Hubo cierto oportunismo político e incluso cierta extravagancia cultural en tal galardón al escritor antimilitarista (eran los años de Hitler), súbitamente encumbrado por la Academia Sueca que ignoró a Proust, a Joyce, a Rilke, a Claudel, a Valéry, a Forster, a Sherwood Anderson, a Auden... como los hay en el espeso olvido que se arrojó inmediatamente después sobre esas novelas, sin duda magníficas, que siguen siendo explosivas en el siglo veintiuno (el asunto del epílogo es la detallada denuncia de un arma química: el gas mostaza). 
No se habla de Roger Martin du Gard en México, a pesar de que precisamente aquí se publicaron, en 1962 –¡eran otros tiempos!-, en dos gruesos tomos y tiraje de siete mil ejemplares cada uno, sus Obras completas (Editorial Aguilar), con la excelente traducción de Los Thibault por Félix Caballero.
Dijo al recibir el Premio Nobel el 10 de diciembre de 1937: “En estos meses de angustia que todos vivimos; cuando ya la sangre empieza a brotar por ambos extremos del globo; cuando ya, por todas partes, en un ambiente viciado por la miseria y el fanatismo, están fermentando las pasiones en torno a los cañones que se apuntan sobre sus objetivos; cuando ya un crecido número de indicios nos revela el retorno de aquel cobarde fatalismo, de aquel consentimiento general sin el cual las guerras serían imposibles; en estos momentos excepcionalmente graves que atraviesa la humanidad, deseo –sin vanidad, pero con el corazón entero comido de zozobra-, que mis libros sobre El verano de 1914 (penúltima novela de Los Thibault, que trata de los meses anteriores a la Primera Guerra Mundial), sean leídos, discutidos y que recuerden a todos, tanto a los viejos que ya la han olvidado como a los jóvenes que la ignoran o la desprecian, la patética lección del pasado”.
Los Thibault (novela-río no en balde sucesora de las sagas de Balzac, Tolstoi y Zola) representan un ejemplo cumbre de realismo crítico, implacablemente agrio (novelas escritas para no gustar), o un antecesor luminoso del pardo New Journalism. La realidad entera, documentada y analizada al destalle, a través de las vicisitudes de los dos hermanos Thibault (el sensato Antoine y el místico Jacques; el burgués y el revolucionario) sacrificados en plena juventud por esa guerra.
O de novelas-crónicas: una de ellas, titulada La Consulta, asombra por la osadía de su trama, que no es otra que un simple día en la agenda de un médico (cada enfermo es un mundo, y la gran duda sobre qué debe hacer el médico en la agonía de los enfermos terminales).
La más célebre (oscura celebridad), La muerte del padre -una de las sátiras más ásperas contra la hipocresía de la institución familiar-, resulta casi repugnante en su registro de una agonía durante la cual los médicos más parecen atormentar que ayudar al enfermo.
Salvo la Academia Sueca (hay premios que matan), tampoco en vida Roger Martin du Gard encontró muchos admiradores renombrados. Carecía de glamour (denuncia como llaga la Francia de la Belle Époque que Proust idealiza y mitifica) y aun de modernidad. En los años de las vanguardias artísticas, este novelista se asumió como reportero y retomó el realismo del siglo diecinueve. Sólo lo apoyaba André Gide. Pero ya anticipaba el existencialismo y la denuncia de una vida convertida en El Absurdo por la codiciosa y sanguinaria modernidad.
Albert Camus observó que Martin du Gard “no ha pensado nunca que la provocación pudiera ser un método en el arte. El hombre y la obra se han forjado con un mismo y paciente esfuerzo, en el retraimiento. Martin du Gard es el ejemplo, bastante raro en definitiva, de uno de nuestros grandes escritores cuyo número de teléfono no conoce nadie... el Premio Nobel le ha favorecido, me atrevería a decir, con una noche suplementaria”.
Los Thibault no impidieron, desde luego, la Segunda Guerra Mundial. Durante las semanas pasadas, huyendo de los noticieros y de los reality shows, me sumergí en esas ocho pesadas, agrias, ásperas, tremendas novelas: los atroces comienzos del siglo veinte que narran se parecen muchísimo a los del siglo veintiuno. Nada más actual que el pasado.
Sólo la pluma resulta por supuesto mucho mejor, pues, como decía también Camus, “en la época en que Martin du Gard hacía sus primeras armas literarias, se entraba en la literatura (la historia del grupo de la Nouvelle Revue Française lo muestra claramente) un poco como se entra en religión. Hoy se entra en ella, o al menos se finge entrar, como en plan de burla; sólo que se trata de una burla patética, que para algunos puede tener su eficacia. De cualquier modo, para Martin du Gard la seriedad de la literatura no tenía vuelta de hoja”.



domingo, 11 de junio de 2017

JUAN JOSÉ ARREOLA

ARREOLA: EL CONVERSADOR Y LA PROSA

Juan José Arreola celebra sus ochenta años con unas memorias extrañas en boca de su hijo: a ratos son la reconstrucción memoriosa de éste a partir de múltiples conversaciones con su padre; a ratos suenan a simples grabaciones poco editadas de la conocida locuacidad del escritor; a ratos reproducen, no sabemos qué tan cabalmente, diarios o cartas. Proliferan los chismes de intelectuales.
         El último juglar (Diana) no es un gran libro, aunque cuente con páginas interesantes; comete todos los errores que Arreola criticó en sus mejores años, como la autocomplacencia y la incontinencia: así, por ejemplo, se asesta al lector un material profuso y reiterativo sobre sus amores juveniles, casi de larga novela rosa, cuando bien sabemos que el gran narrador exigía la brevedad, la concentración y el pudor en las efusiones sentimentales.
         Pero servirá sin duda como un documento fundamental sobre el autor y su época, y ayudará a recordar al otro Arreola, no al escritor (cuya biografía es la propia obra), sino al conversador. Porque el maestro de las narraciones brevísimas podía soltarse hablando horas (incluso por televisión) sobre cualquier tema. Hombre de extremos: Sucinto en la escritura, locuaz en la conversación. Diamante y viento.
         En estas memorias se trasluce algo del gran libro que Arreola anunció en vano (como Rulfo respecto a La cordillera) durante décadas, Memoria y olvido, y que acaso no llegó a escribir de tanto desgastarlo oralmente. Escuché de sus labios, en el taller literario que tuvo en la Casa del Lago hacia 1967, partes enteras de estas memorias, que recuerdo casi idénticas a como las recupera su hijo Orso.
         Dice Arreola que fue abandonando la escritura a partir de La feria (1963), para no bajar su nivel de calidad, para no escribir textos inferiores a los antiguos. Hizo mal.  Pecó de soberbia: nadie tiene por qué ser Dante todo el tiempo ni toda la vida: a veces a los afortunados les ocurre serlo alguna vez, frente a “la zarza ardiente”, sin proponérselo con tal deliberación (se peca de hybris cuando se exige: “¡La Zarza Ardiente o nada!”); y de insensatez: los textos “perfectos” ya estaban a salvo, bien escritos y publicados: nada podía hacerles daño; había que pasar libremente, sin remordimientos, a otra cosa.
         Ciertamente el estilo arreolino más conocido, el de la ultracorrección filológica y las grandes exigencias estilísticas, se aviene más con los textos raros de Confabulario que con un relato veraz de la vida cotidiana. El “diamante” de “De Balística” o de Bestiario, con sus aspiraciones intelectuales, su culteranismo, su erizada filología, exige invenciones inusitadas. El radical artificio del estilo en consonancia con ficciones radicalmente artificiosas.
         Pero siempre estuvo ahí el Arreola oral. Ojalá él mismo se hubiera encargado de editar esa prosa conversada —concentrarla, depurarla—, que no tenía por qué desmerecer frente a la otra. De hecho, ya había avanzado buenos pasos en experimentos coloquiales, desde sus primeros cuentos. Han aparecido varios libros de sus conversaciones dictadas a familiares, amigos y discípulos: ninguno de calidad sostenida; a veces incluso algo ligeros y charlatanes.
         La feria parecía el principio y fue la culminación de este aliento oral (incluso dialectal: el habla ranchera), y nos deja sospechar lo magníficas que pudieron ser sus memorias, si las hubiera trabajado como hizo con esa novela. Pero solamente se dejó grabar.
         Se queja de que fue etiquetado, a principios de los años cincuenta, como afrancesado y culterano, en oposición a la supuesta esencia nacionalista y popular de Rulfo. Tiene razón en su queja. Temas suyos tan frecuentes como las extravagancias de la modernidad, el matrimonio, el adulterio, los fulgores y las espinas del encuentro sexual o la moral católica pueblerina, poseen tanta mexicanidad como las balas y cuchilladas de nuestra historia violenta. Por otra parte, Luis Cardoza y Aragón encontró que la esencia rulfiana de la mexicanidad partía de Knut Hamsum, y habló de Pedro Páramo como de “ese libro noruego”...
         Pero desde hace mucho tiempo se ha dejado de fastidiarlo con semejante etiqueta. Ha padecido otra, que él mismo fabricó: la del perfeccionista. Un extremista del estilo, un radical del arte de la prosa. Él tuvo la culpa por sus incontinentes prédicas entusiastas al respecto, y el público por tomarlo tan en serio cuando, con toda evidencia, se manifestaba también el otro lado de la moneda: más que cualquier otro autor contemporáneo, ha sido precisamente Juan José Arreola el gran ejemplo de la literatura improvisada, oral, conversada, algo teatral: “sobre el viento armada”. Ahí se permitía ser profuso y sentimental, declamador e ideólogo: todo lo que le prohibía al Texto con mayúscula.
         Esta etiqueta de Arreola como medalla de la prosa perfecta ha hecho olvidar, por desgracia, que sus cuentos y poemas en prosa ofrecen algo más que un extremoso triunfo estilístico. Ofrecen una buena cantidad de bromas, de sátiras, de comedias, de farsas.
         Es un autor jocundo, para morirse de risa. Un saltimbanqui de la imaginación y del lenguaje. Leer a Arreola sólo para admirar su perfección prosística significa perderse de demasiado; toda una visión satírica de la realidad mexicana asoma entre sus diamantes. Toda una fiesta de gozo en torno a los absurdos de la realidad más minuciosa, como durante un caballeroso trayecto en autobús o en su queja contra un mal zapatero.
         “El guardagujas”, extremo kafkiano, también ofrece un exacto informe del destino verificable de los Ferrocarriles Nacionales de México; y todas sus burlas a la modernidad erótica, a la vida cotidiana en pueblos y ciudades, a las aspiraciones morales del cristianismo e incluso a los trances metafísicos de nuestras pobres mentes, que a menudo se creen demasiado angélicas, y claro: desvarían.
         La vigencia de Arreola como humorista, en una literatura mexicana de monótona seriedad asnal, resulta tan asombrosa como la de su estilo escrito, tan elástico y eficiente en la lectura actual como hace medio siglo, cuando tomó por asalto nuestra narrativa con Varia invención.
         Es una lástima, sin embargo, que no haya trabajado más ese estilo oral, coloquial, de sus conversaciones. Que haya delegado en otros, así sea su hijo, la recuperación de su habla. Nos había prometido durante décadas hacerlo por sí mismo: escribir Memoria y olvido. No logró finalmente las anunciadas bodas del texto y el habla, del diamante y del viento, de la prosa y la conversación. Tal vez esperó demasiado tiempo.
         ¿O  sería que los celosos ángeles de sus severas teorías prosísticas mantuvieron a raya, con espadas flamígeras, a los traviesos duendes parlanchines de su invención oral?
         ¡Qué peligrosas y tiránicas resultan las sirenas de la perfección, las supersticiones e idolatrías del Texto con mayúscula!