martes, 11 de noviembre de 2008

LA MUJER DE PAUL, UN CUENTO DE GUY DE MAUPASSANT

LA MUJER DE PAUL , UN CUENTO DE GUY DE MAUPASSANT
TRADUCCIÓN Y NOTA DE JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

LA MUJER DE PAUL
por Guy de Maupassant

I. EL PARAÍSO DE LOS REMEROS
El restorán-mesón Grillon, ese falansterio de aficionados al canotaje, se vaciaba lentamente. Había frente a la puerta un tumulto de gritos y llamadas, y los grandes muchachos en camisetas blancas gesticulaban con los remos al hombro.
Las mujeres se embarcaban con cuidado e iban a sentarse cerca del timón, procurando no ensuciar sus claros vestidos de primavera, mientras que el encargado del establecimiento, un muchachón fuerte de barba roja, célebre por su vigor, daba la mano a las chiquillas y mantenía firmes las frágiles embarcaciones.
Los remeros ocupaban entretanto sus sitios, con los brazos desnudos y el pecho sacado, posando para la galería, una galería compuesta por burgueses endomingados, obreros y soldados acodados sobre la balaustrada del puente y muy atentos a este espectáculo.
Los botes, uno a uno, se alejaban del embarcadero. Los remeros se inclinaban hacia delante y luego se echaban hacia atrás en un movimiento regular; y al impulso de los largos remos curvos, unas barcas rápidas llamadas yoles, se deslizaban por el río, se alejaban, empequeñecían, desaparecían finalmente bajo el otro puente, el del ferrocarril, bogando hacía el balneario La Grenouillère.
Sólo había quedado una pareja. El muchacho, casi imberbe, flaco, pálido, abrazaba por la cintura a su amante, una chica de pelo castaño, tan delgada que tenía aires de saltamontes, y de vez en vez se miraban hasta el fondo de los ojos.
El dueño del mesón gritó: “Eh, señor Paul, ¿qué espera?”. Y ellos se acercaron.
De todos los clientes de la casa, Paul era el más querido y respetado. Pagaba sin regateos y al momento, mientras que a otros había que andarlos jalando de las orejas, si no es que desaparecían sin saldar sus cuentas. Además constituía una especie de propaganda viva para el establecimiento, pues su padre era senador. Y cuando algún extraño preguntaba: “¿Y quién es ese chico que está allá, el que se ve tan enamorado de su muchacha?”, alguno de los clientes habituales respondía a media voz, con un aire importante y misterioso: “Es Paul Baron, el hijo del senador”. Y el primero jamás podía evitar el comentario: “¡Pobre diablo! La chica lo tiene pero bien agarrado.”
La señora Grillon, una buena mujer que conocía su negocio, llamaba al chico y a su compañera “mis dos tórtolos”, y se mostraba completamente enternecida por ese amor tan ventajoso para su mesón.
La pareja avanzaba a pasos cortos; la yol Madelaine estaba lista para salir, pero al momento de abordarlo, ellos se besaron, lo que hizo reír al público reunido en el puente. Y Paul, tomando sus remos, partió también rumbo a La Grenouillère.
Llegaron cerca de las tres de la tarde, y el gran café flotante estaba rebosante de clientes. La balsa inmensa, cubierta por un toldo de lona sobre columnas de madera, se une a la encantadora isla de Croissy por dos pasarelas, una de las cuales penetra hasta el centro de este establecimiento acuático, mientras que la otra comunica su extremo con un islote de un solo árbol, llamado “La maceta de flores”, y de ahí toca tierra junto los vestidores. Paul amarró su barca a la orilla del establecimiento, escaló la balaustrada del café, y desde ahí tomó a su amante de las manos y la alzó; se sentaron frente a frente en el extremo de una mesa.
Del otro lado del río, por el camino de los sirgadores, se alineaba una larga fila de carruajes. Alternaban los de alquiler con los carros finos de los “gomosos”: unos pesados, con un vientre descomunal que aplastaba los resortes, tirados por algún caballo corriente, cabizbajo, con las patas maltratadas; los otros carros eran esbeltos, gallardos sobre sus ruedas delgadas, con sus caballos de patas finas y tensas, el pescuezo erguido, los frenos nevados de espuma, a la vez que el cochero, adornado con su librea, erguía sobre su cuello amplio la cabeza, sostenía inflexibles las riendas y mantenía la fusta sobre las rodillas.
La ribera estaba cubierta de gente que llegaba en familias, grupos, parejas o solos. Arrancaban briznas de hierba, descendían hasta la orilla del agua, retornaban al camino, y todos se detenían en el mismo sitio a esperar la barca colectiva. Esta barca pesada iba y venía sin interrupción de una ribera a la otra, llevando hasta la isla a los pasajeros.
El brazo del río (al que se llama brazo muerto) en el que descansa esa gran balsa-café, parecía dormir, a tal grado era suave la corriente. Flotillas de yoles, de esquifes, de périssoires, de podoscaphes, de gigs, de todo tipo de embarcaciones de toda forma y naturaleza, corrían sobre la onda inmóvil, se cruzaban, se mezclaban, se abordaban, se detenían bruscamente en un esfuerzo de los brazos de los remeros, para lanzarse de nuevo bajo la brusca tensión de los músculos, y deslizarse rápidamente como largos peces amarillos o rojos.
Llegaba gente sin cesar: de Chatou, por la parte de arriba, o de Bougival, por la de abajo; y las risas iban sobre el agua de una barca a otra, las llamadas, las interpelaciones, los gritos. Los remeros exponían al ardor del sol la carne tostada y repujada de sus bíceps; y como flores extrañas, como flores que nadasen, las sombrillas de seda rojas, verdes, azules o amarillas de las muchachas deslumbraban en la popa de las canoas.
El sol de julio brillaba al centro del cielo; el aire parecía lleno de una alegría bulliciosa; ninguna brisa removía el follaje de sauces y álamos. A lo lejos, enfrente, el inevitable Mont-Valérien ponía en escena bajo la luz cruda sus taludes fortificados; mientras que a la derecha, la adorable colina de Louveciennes, siguiendo el curso del río, se redondeaba en un semicírculo, dejando ver a trechos, a través de la verdura poderosa y sombría de los grandes jardines, los blancos muros de las casas de campo.
En los alrededores de La Grenouillère, una muchedumbre de paseantes circulaba bajo los árboles gigantes que hacen de este rincón de la isla uno de los parques más deliciosos del mundo. Las mujeres, las chamacas de pelo amarillento, con senos desmesuradamente vastos y grupas exageradas, los rostros empastelados de maquillaje, los ojos repintados de carbón, los labios sanguinolentos, llenos de listones y moños sus vestidos extravagantes, arrastraban sobre el fresco césped el mal gusto chillón de sus atavíos, mientras que a su lado los muchachitos posaban con su facha de figurines de revista de modas: los guantes claros, las botas de charol, los bastones delgados como un alambre y los monóculos que acentuaban la estupidez de sus sonrisas.
La isla se estrecha precisamente en La Grenouillère, y del otro lado, donde también funciona una barca que trae sin cesar gente de Croissy, el brazo del río, lleno de remolinos y espumas, tiene forma de torrente. Un destacamento de lancheros y estibadores, en uniforme de artilleros, acampa sobre esta orilla, y los soldados, sentados en fila sobre una larga viga, miran correr el agua.
Abundaba en el establecimiento la clientela bulliciosa y excitada. Las mesas de madera, donde los líquidos vertidos formaban pequeños arroyos fangosos, estaban llenas de vasos medio vacíos y rodeadas de gente medio borracha. Toda esta gente gritaba, cantaba, alborotaba. Los hombres, con los sombreros caídos hacia atrás, la cara enrojecida y los ojos luminosos de ebrios, se agitaban y vociferaban con una necesidad animal de armar escándalo. Las mujeres, acechando una presa para la noche, se hacían invitar copas a lo largo de su espera; y en el espacio libre entre las mesas dominaba el público ordinario del lugar, un batallón de remeros desaforados con sus compañeras en cortas faldas de franela.
Uno de ellos enloquecía sobre el piano, que parecía tocar con pies y manos; cuatro parejas brincoteaban en una especie de cuadrilla, y eran contempladas por algunos jóvenes elegantes, muchachos correctos que habrían pasado por decentes, si cierto aire vago no los delatara. Pues se respira ahí, a todo pulmón, toda la espuma y el moho del París mundano, toda la crápula distinguida, mescolanza de fonderas, comicastros, periodistas ínfimos, nobles en bancarrota, bolsistas quebrados, juerguistas sin un centavo, viejos chulos podridos; abigarrada reunión de todos los seres sospechosos, medio conocidos, medio perdidos, gente medio deshonrada a la que se saludaba a medias; pícaros, transas, alcahuetes, y atildados caballeros industriales de aspecto digno, con un aire bravucón que parecía decir: “Al primero que me acuse de bribón, lo reviento”.

II. “¡LESBOS, LESBOS!”
En ese lugar se huele la estupidez, apestan la canallería y la galantería de bazar. Tales para cuales machos y hembras. Flota el aroma del amor, y los hombres se baten en duelo por un sí o un no, a fin de sostener reputaciones carcomidas que las estocadas y los agujeros de bala no hacen sino acabar de destrozar.
Algunos habitantes de los alrededores acuden los domingos a curiosear; algunos chicos, demasiado jóvenes, se presentan una vez al año, para aprender a vivir. Y los flâneurs, en su vagancia elegante, se dejan ver; algunos inocentes los contemplan.
Con razón es llamada La Grenouillère [lugar de ranas]. Al lado de la balsa cubierta donde se bebe, exactamente junto a la “La maceta de flores”, puede uno meterse a nadar o a bañarse. Las mujeres de suficientes redondeces ahí se exhiben al desnudo y procuran conseguirse un cliente. Las otras, desdeñosas, muy amplificadas por el algodón, sostenidas por los resortes, rellenadas por aquí, modificadas por allá, miran con un aire despectivo cómo chapotean sus hermanas.
Los nadadores se reúnen en una pequeña plataforma para tirarse los clavados. Unos largos como estacas, otros redondos como calabazas; los hay nudosos cual rama de olivo, otros arrastrados hacia abajo o hacia atrás por el peso del vientre, todos invariablemente feos, saltan al agua, salpicando a quienes beben en el café.
A pesar de los árboles inmensos inclinados sobre el establecimiento y de la cercanía del agua, un calor sofocante se apoderaba del lugar. Las emanaciones de los licores vertidos se mezclaba con el olor de los cuerpos y con el de los violentos perfumes de que está impregnada la piel de las vendedoras de amor y que se evaporaban en este horno. Y sobre todos estos diversos olores soplaba un ligero aroma de polvos de arroz que a veces desaparecía, y reaparecía poco después, y siempre estaba ahí, como si alguna mano escondida sacudiera en el aire una brocha invisible.
El espectáculo era el río, donde el ir y venir de los barcos atraía las miradas. Las chicas de los remeros se acomodaban en su asiento frente a sus machos de fuertes puños, y veían con desprecio a las que se ajetreaban en la isla en busca de alimentos. A ratos, cuando una barca pasaba a toda velocidad, sus amigos de tierra la aclamaban a gritos, y todo el público, súbitamente acometido por la locura, se ponía a aullar.
En un recodo del río, hacia Chatou, se veían sin cesar barcas nuevas. Se acercaban, iban creciendo, y conforme se reconocía los rostros, brotaban nuevas vociferaciones.
Una lancha cubierta con toldo y tripulada por cuadro mujeres descendía con lentitud por la corriente. La que remaba era flaca, bajita, ajada, vestida con uniforme de grumete, y recogía su pelo rizado bajo un sombrero impermeable. Frente a ella, una rubia gorda vestida de hombre, con una chaqueta blanca de franela, se tendía de espaldas al fondo de la barca, con las piernas levantadas, que descansaban a ambos lados de la remera, y fumaba un cigarrillo, pero a cada esfuerzo de los remos temblaban sus senos y su vientre, tambaleándose por las sacudidas. Hasta atrás, bajo el toldo, dos muchachas hermosas, altas y esbeltas, una rubia y otra castaña, se abrazaban por la cintura sin dejar de mirar a sus compañeras.
Un solo grito partió de La Grenouillère: ¡”Aquí está Lesbos!”, y de pronto fue un clamor furioso, un espantoso tumulto; todo mundo, en un delirio del ruido, gritaba: “¡Lesbos! ¡Lesbos! ¡Lesbos!”. El grito circulaba, se volvía una sonoridad confusa, una especie de terrible alarido, pero resurgía de pronto, parecía ascender por el espacio, cubrir la llanura, saturar el espeso follaje de los grandes árboles, extenderse hasta las colinas lejanas, llegar hasta el sol.
La remadora, frente a tal ovación, se había detenido con toda tranquilidad. La gorda rubia acostada al fondo de la barca volteó la cabeza con un aire despreocupado, incorporándose sobre los codos; y las otras dos bellas muchachas, más atrás, se soltaron a reír y saludaron a la muchedumbre.
Entonces se redobló la vociferación, poniendo a temblar el establecimiento flotante. Los hombres alzaban sus sombreros, las mujeres agitaban sus pañuelos, y todas las voces, agudas o graves, gritaron al unísono: “¡Lesbos!” Se hubiese dicho que esta gente, este amontonadero de corrompidos, saludaba a un jefe, como las escuadras disparan el cañón cuando un almirante pasa enfrente.
La flota numerosa de las embarcaciones aclamaba así la barca de las mujeres, que siguió su rumbo soñoliento sobre el río hasta atracar un poco más lejos.
Paul, al contrario de los demás, había sacado una llave de su bolsillo y, con ella, había chiflado con todas sus fuerzas. Su amante, nerviosa, todavía pálida, lo cogió del brazo para hacerlo callar, y lo miró con ira. Pero él se veía exasperado, como sublevado por unos celos de varón, por un furor profundo, instintivo, desordenado. Balbuceó con los labios temblorosos de indignación:
—¡Es vergonzoso! Habría que ahogarlas como a los perros, con una soga al cuello.
Pero Madelaine se enfureció bruscamente; su pequeña voz aguda se volvió silbante, y habló con volubilidad, como si defendiera su propia causa:
—¿Y a ti qué te importa? ¿Ellas son o no libres de hacer lo que les plazca, ya que no le deben nada a nadie? Guarda compostura y métete en tus propios asuntos...
Pero él le cortó la palabra:
—¡Esto es cosa para la policía, y haré que las metan a Saint-Lazare [la cárcel de putas]!
Ella se estremeció:
—¿Eso harías, tú?
—¿Yo?, claro que sí. Y por lo pronto te prohibo que les hables, que las escuches; te lo prohibo.
Ella alzó los hombros, y se lo dijo con toda calma y de una buena vez:
—Mira, chiquillo, yo voy a hacer lo que me dé la gana; si no estás contento, lárgate, pero ya. No soy tu esposa, ¿o sí? Entonces cállate.
Paul no contestó y se quedaron frente a frente, mirándose con la boca crispada y la respiración rápida.
Por la otra puerta del gran café de madera entraban las cuatro mujeres. Las dos vestidas de hombre marchaban por delante; una, flaca, parecida a un adolescente envejecido, con manchones amarillos en la sienes [bajo el sombrero impermeable]; la otra, rellenando con su grasa el traje de franela blanca, abombando por la grupa el ancho pantalón, balanceándose como una oca cebada al caminar con sus enormes nalgas y sus rodillas chuecas hacia dentro. Sus dos amigas las seguían y la muchedumbre de remeros les estrechaba las manos.
Las cuatro habían reservado un pequeño chalet a la orilla del río, y ahí vivían juntas como dos matrimonios. Su vicio era público, oficial, patente. Se hablaba de eso como de algo natural, que las hacía casi simpáticas, y se chismeaba en voz baja sobre historias raras, dramas nacidos de furiosos celos femeninos, y sobre visitas secretas de mujeres bien conocidas, como algunas actrices, a la pequeña casa a la orilla del agua.
Un vecino, indignado por esos rumores escandalosos, había dado parte a la policía, y un par de gendarmes fueron a realizar una inspección. La misión era delicada, pues no se podía a final de cuentas reprochar nada a esas mujeres que no se dedicaban a la prostitución. Muy perplejo, el oficial, ignorante por completo de lo que se trataba, hizo sus preguntas al azar y redactó un informe monumental en que se concluía con la inocencia de esas damas. Lo que provocó risas hasta el Boulevard Saint-Germain.
Ellas cruzaron con pasos cortos, como reinas, el establecimiento de La Grenouillère; parecían orgullosas de su celebridad, felices de las miradas que se fijaban en ellas, se sentían superiores a esa multitud, a esa turba, a esa plebe.
Madeleine y su amante las miraban acercarse, y en los ojos de la muchacha lució una como llamarada.
En cuanto las dos primeras estuvieron cerca de su mesa, Madelaine gritó: “¡Pauline!” La gorda se dio la vuelta y se detuvo, sin soltar del brazo a su grumete hembra:
—¡Pero mira, si es Madelaine!... Ven a platicar conmigo un rato, querida.
Paul encajó los dedos en la muñeca de su amante, pero ella le dijo con un solo gesto: “Ya sabes, chiquillo, puedes largarte cuando gustes”, de modo que él se calló y se quedó solo.
Entonces las tres platicaron en voz baja un rato. Parecían decir cosas alegres. Hablaban rápido. Y por instantes Paulina miraba de reojo a Paul con una sonrisa malévola y despectiva.
No pudo él soportarlo, se levantó de pronto y se plantó junto a ellas de un paso, temblando de pies a cabeza. Tomó a Madelaine por los hombros: “Ven ya. Te digo que vengas. Te he prohibido hablar con estas mujerzuelas”.
Pero Pauline levantó la voz y se puso a insultarlo con su repertorio de verdulera. Todos reían alrededor. La gente se acercaba; había quien se paraba de puntas para ver mejor. Él se quedó anonadado bajo tal lluvia de injurias fangosas; le parecía que las palabras que salían de esa boca y caían sobre él, lo ensuciaban como si le volcaran un bote de basura; y retrocedió ante el escándalo que comenzaba, volvió sobre sus pasos, se acodó sobre la balaustrada, mirando al río, dándoles la espalda a las tres mujeres victoriosas.
Se quedó ahí, mirando el agua, y quizás, con un gesto rápido, como si se la arrancara, con un dedo nervioso secaba alguna lágrima que empezaba a formársele en el ojo.
Y es que amaba perdidamente, sin saber por qué, a pesar de sus delicados instintos, a pesar de su razón, a pesar incluso de su voluntad. Había caído en este amor como se cae en un hoyo hediondo. Dotado de una naturaleza tierna y delicada, había soñado amores exquisitos, ideales y apasionados, y de pronto esa especie de mujer-saltamontes, tonta, tonta como todas las mujerzuelas, de una tontería exasperante, y que ni siquiera era bonita, sino flaca y furibunda, lo había atrapado, cautivado, poseído de la cabeza a los pies, en cuerpo y alma. Padecía ese embrujo femenino, misterioso y omnipotente, esta fuerza desconocida, esta dominación prodigiosa, venida de quién sabía dónde, del demonio de la carne, la cual arroja al hombre más sensato a los pies de cualquier mujerzuela sin que nada de ella explique su poder fatal y soberano.
Sentía que a su espalda se tramaba algo infame. Las risas lo herían en el corazón. ¿Qué hacer? Él lo sabía muy bien, pero no podía. Miraba fijamente, en la orilla de enfrente, a un inmóvil pescador de caña. De pronto el pescador jaló bruscamente del río un pescadito plateado que se estremecía al final de la cuerda. Después trató de quitarle el anzuelo; lo retorció, le dio la vuelta, pero en vano; entonces, arrebatado de impaciencia, se puso a arrancar con rabia el anzuelo, y se quedó con la cabeza sangrienta del animal y con un montón de entrañas. Y Paul se estremeció a su vez hasta el fondo del corazón, pues le pareció que ese anzuelo era su amor y que, si intentaba arrancárselo, todo lo que él tuviera en el pecho saldría así, clavado de la punta de ese hierro torcido que llevaba encajado en el fondo de su cuerpo, y del que Madelaine sostenía la cuerda.

III. ¿Y LOS BESOS? ¿HASTA DÓNDE LLEGAN LOS BESOS?
Una mano se posó sobre su espalda, él se sobresaltó, volteó: su amante estaba a su lado. No se hablaron. Madelaine se acodó como él sobre la balaustrada, los ojos fijos en el río.
Paul buscaba algo qué decirle, pero no encontraba nada. Ni siquiera lograba dilucidar qué pasaba dentro de sí. Lo único que advertía era la dicha de sentirla junto, a su lado, de regreso; y una vergonzosa cobardía, una necesidad de perdonarlo todo, de permitirlo todo, con tal de que ella no lo abandonara.
Por fin, después de algunos minutos, él le dijo con una voz dulcísima:
—¿Quieres que nos vayamos? Estaremos mejor en la barca.
—Sí, gatito mío.
Y él la ayudo a descender a la yol, la sostuvo, le estrechó las manos con total ternura, todavía con ciertas lágrimas en los ojos. Ella lo miró con una sonrisa, y se besaron de nuevo.
Remontaron el río con mucha dulzura, cerca de la orilla plantada de sauces, cubierta de hierbas, húmeda y tranquila en la tibia atmósfera de la hora de la siesta. Apenas eran las seis cuando regresaron al mesón Grillon; así que bajaron de su yol y se fueron a pasear a pie en la isla, hacia Bezons, a través de los prados, a lo largo de las altas alamedas de crecen al borde del río.
Los campos estaban llenos de flores que brotaban entre el heno en sazón, listo para ser segado. El sol poniente los cubría con una pátina de luz rojiza, y en el calor atenuado del día que termina se mezclaban las flotantes exhalaciones de la hierba con los vapores húmedos del río, impregnando el aire de una dicha ligera como un vapor de bienestar.
Un blando desfallecimiento caía sobre los corazones; y una especie de comunión con este tranquilo esplendor de la tarde, con este estremecimiento vago y misterioso de la vida expandida, con esta poesía penetrante, melancólica, que parecía surgir de las plantas, de las cosas, dilatarse, se revelaba a los sentidos en esta hora dulce y recogida.
Paul sentía todo esto, pero ella no lo comprendía. Caminaban lado a lado, y de pronto, harta de andar callada, ella cantó. Ella cantó con su voz tipludilla y en falsete cualquier cosa callejera, un sonecillo monótono que de repente recordó, el cual rompió bruscamente la profunda y serena armonía de la tarde.
Entonces él la miró y sintió entre ambos un abismo infranqueable. Ella iba golpeando las hierbas con su sombrilla; llevaba la cabeza baja, contemplando sus pies, y cantaba, agudizando la notas, intentando los gorgoritos, atreviéndose a gorjear.
Su pequeña frente, estrecha, que Paul amaba tanto, estaba por supuesto vacía, ¡vacía! No había nada dentro de ella más que esa música de organillo, y los pensamientos que ahí se formaban por casualidad eran semejantes a esa música. Ella no comprendía nada de él; estaban más separados que si no vivieran juntos. ¿Entonces, sus besos jamás habían ido más allá sus labios?
Ella alzó los ojos hacia él y le volvió a sonreír. Él se sintió conmovido hasta las entrañas y, abriendo los brazos, en un arranque de amor, la estrechó apasionadamente. Como le ajaba el vestido, ella se separó de él, murmurando como una compensación: “Ya ya, te quiero mucho, gatito mío.”
Pero él la tomó de la cintura, y como un loco la alzó y transportó a toda carrera; y la besaba en la mejilla, en las sienes, en el cuello, sin dejar de saltar de contento. Cayeron jadeantes al pie de un matorral incendiado por los rayos del sol poniente, y antes de retomar aliento, se unieron, sin que ella comprendiera la exaltación de Paul.
Regresaban cogidos de las manos cuando, de pronto, a través de los árboles, advirtieron sobre el río la barca de las cuatro mujeres. También los vio la gorda Paulina, pues se incorporó y le mandó besos a Madelaine. Luego gritó: “¡Nos vemos la noche!”
Madelaine respondió: “¡Nos vemos en la noche!”
Paul creyó sentir de repente que su corazón se cubría de hielo.
Volvieron al mesón a cenar. Se instalaron en una de esas glorietas a la orilla del agua y se pusieron a comer en silencio. Cuando oscureció les trajeron una bujía, resguardada en un globo de cristal, que los alumbraba con un resplandor débil y vacilante; se oían en todo momento las explosiones de gritos de los remeros en la sala principal del mesón.
Hacia el postre, Paul, tomando tiernamente la mano de Madelaine, le dijo: “Me siento muy cansado, mi chiquita; si gustas, podemos hoy acostarnos temprano”.
Pero ella había comprendido la treta, le lanzó una mirada enigmática, ese mirada pérfida que aparece tan rápidamente en el fondo de un ojo de mujer. Después de haber reflexionado, contestó: “Vete a acostar si quieres, pero yo he prometido asistir al baile de La Grenouillère.”
Él sonrió de un modo lamentable, una de esas sonrisas que ocultan los sentimientos más terribles, pero repuso de una manera acariciante y afligida: “Si gustas, nos quedaremos aquí los dos.” Ella hizo un “no” con la cabeza, sin abrir la boca. Paul insistió: “Te lo ruego, mi venadita”. Entonces ella exclamó con brusquedad: “Ya sabes lo que he dicho. Si no estás contento, la puerta está abierta. Nadie te retiene. En cuanto a mi, lo he prometido y voy a ir”.
Paul puso los codos sobre la mesa, encerró su frente entre las manos, y se quedó así, pensando con dolor.
Los remeros bajaron con el alboroto de siempre. Retomaron sus yoles rumbo al baile de La Grenouillère.
Madelaine le dijo a Paul: “Si no vas a venir, decídete, para que le pida a uno de estos señores que me lleve”.
Paul se levantó: “Vámonos”, murmuró. Y partieron.

IV. EL EMBRUJO DE LA LUNA
La noche era negra, llena de astros; estaba recubierta de un hálito abrasador, de un aliento pesado, y cargada de ardores, de fermentaciones, de gérmenes vivos que disminuían la marcha de la brisa, al mezclarse con ella. La noche acariciaba los rostros con una caricia caliente, hacía respirar con mayor rapidez, jadear un poco, así era de espesa y pesada.
Las yoles se ponían en marcha, llevando por delante una linterna veneciana [farol de papel]. No se distinguían las embarcaciones, sino solamente estos pequeños faroles de colores, rápidos y danzantes, semejantes a luciérnagas en delirio, y las voces corrían en las sombras por todos lados. La yol de los dos jóvenes se deslizaba dulcemente. A ratos, cuando una barca rápida pasaba cerca de ellos, advertían de pronto la espalda blanca del remero iluminada por su farol.
Cuando doblaron el recodo del río, La Grenouillère apareció a lo lejos. El establecimiento en fiesta estaba adornado de girándolas, guirnaldas de luces y racimos de faroles. Sobre el Sena circulaban lentamente algunas barcazas que representaban con luces cúpulas, pirámides y monumentos complicados de todos colores. Guirnaldas de antorchas bajaban al nivel del agua, y a veces un farol rojo o azul, en la punta de una inmensa e invisible caña de pescar, parecía una gran estrella que se balanceara.
Toda esta iluminación expandía un resplandor alrededor del café, iluminaba por completo los grandes árboles de la orilla, cuyos troncos de destacaban en un gris pálido, y los follajes en un verde lechoso, sobre el negro profundo de los campos y del cielo.
La orquesta, compuesta por cinco artistas de barrio, arrojaba a lo lejos su música de juerga, chillona y saltarina, que puso de nuevo a cantar a Madelaine. Ella quería entrar de inmediato. Paul deseaba dar una vuelta antes por la isla, pero él tuvo que ceder.
La concurrencia se había depurado. Sólo quedaban los remeros, unos pocos burgueses y algunos muchachos flanqueados por chamacas. El director y organizador de este cancán, majestuoso en su traje de un negro fatigado, asomaba por todas partes su cabeza devastada de viejo mercader de placeres públicos en barata.
La gorda Pauline y sus amigas no estaban ahí; Paul respiró.
Se bailaba: las parejas de mujeres, frente a frente, cabriolaban con desesperación, alzando cada cual las piernas hasta la nariz de su acompañante. Las hembras, de muslos y nalgas desarticulados, saltaban en medio de un remolino de faldas, mostrando sus interiores. Y sus pies se alzaban por encima de sus cabezas con una facilidad sorprendente, y balanceaban sus vientres, agitaban la grupa, sacudían sus senos, expandiendo en torno un aroma enérgico de mujeres que sudan.
Los machos se acucillaban como sapos, hacían gestos obscenos y muecas asquerosas, se contorsionaban, caminaban con las manos o bien, esforzándose por ser ridículos, fingían maneras exquisitas. Una sirvienta gorda y dos criados servían las bebidas.
Como este café-barco estaba cubierto sólo con un toldo, y no tenía ningún tipo de muro o tabique que lo separase del exterior por los lados, la danza desenfrenada se desarrollaba frente a la noche pacífica y frente al firmamento salpicado de astros.
De pronto el Mont-Valérien, a lo lejos, enfrente, pareció iluminarse como si un incendio estallara a sus espaldas. El resplandor se extendió, se acentuó, invadiendo poco a poco el cielo, describiendo un gran círculo luminoso, una luz pálida y blanca. Después apareció algo de rojo, aumentó, un rojo ardiente como de metal en la fragua. Todo esto cuajó lentamente en un círculo, parecía surgir de la tierra; y la luna, destacándose pronto en el horizonte, subió dulcemente en el espacio. A medida que la luna se elevaba, perdía su color rojo, se atenuaba, devenía amarillo, un amarillo claro y brillante; y el astro pareció disminuir a medida que se alejaba.
Paul lo miró largo rato, perdido en esta contemplación, olvidándose de su amante. Cuando volvió en sí, Madelaine había desaparecido.
La buscó sin éxito. Recorrió las mesas con mirada ansiosa, yendo y viniendo sin cesar, interrogando a unos y a otros. Nadie la había visto.
Así erraba, martirizado de inquietud, cuando uno de los mozos le dijo: “¿Es a la señora Madelaine a quien busca usted? Se acaba de ir en compañía de la señora Pauline.” Y, al mismo tiempo, Paul distinguió al otro extremo del café, a la grumete y a las dos chicas bonitas, las tres abrazadas de la cintura, que lo miraban entre cuchicheos.
Comprendió, y como un loco se lanzó hacia la isla. Corrió primero en dirección a Chatou; pero al llegar a la llanura volvió sobre sus pasos. Se puso entonces a escudriñar en los matorrales espesos, a vagabundear desesperadamente, deteniéndose a ratos para escuchar.
Los sapos, a lo largo de todo el horizonte, lanzaban su nota metálica y corta.
Hacia Bougival, un pájaro desconocido modulaba algunos sonidos que llegaban atenuados por la distancia. Sobre los grandes trechos de césped la luna arrojaba una blanda claridad, como polvillo de algodón; penetraba los follajes, escurría su luz sobre la corteza argentina de los álamos, cernía con su luz brillante las copas temblorosas de los grandes árboles. La embriagante poesía de esta noche de otoño penetró en Paul a su pesar, atravesó su angustia enloquecida, removió su corazón con una ironía feroz, desarrollando hasta rabiar en su alma dulce y contemplativa las ansias de una ternura ideal, de las efusiones apasionadas sobre el seno de una mujer adorada y fiel. Se vio obligado a detenerse, ahogado por los sollozos precipitados, desgarradores.
Pasada la crisis, volvió a buscarla.
De pronto recibió una como puñalada. Se estaban besando por ahí, detrás de ese matorral. Corrió hasta ese sitio. Se trataba de una pareja de enamorados, cuyas dos siluetas se alejaron rápidamente a su llegada, abrazadas, unidas en un beso sin fin.
No se atrevió a llamarla a gritos, sabiendo bien que Ella no le respondería, y tenía además un miedo terrible de descubrirlas en el acto.
Los ritornelos de las cuadrillas con los solos destemplados del clarín, las risas falsas de la flauta, los lamentos agudos del violín le desgarraban el corazón, exasperando su sufrimiento. La música furiosa y coja corría bajo los árboles, a ratos debilitada, a ratos enfatizada por un soplo pasajero de la brisa.
De pronto se dijo que, acaso, Ella habría vuelto al café. ¡Sí! ¡Había regresado! ¿Por qué no? Paul habría perdido la cabeza sin razón, estúpidamente, arrastrado por sus terrores, por las sospechas desordenadas que lo abrumaban desde hacía algún tiempo.
Y dominado por una de esas singulares calmas que a veces atraviesan las desesperaciones mayores, regresó al baile.
De un vistazo recorrió la sala. Ella no estaba ahí. Dio la vuelta a las mesas, y bruscamente se encontró de nuevo frente a frente con las tres mujeres. Su cara debió tener una expresión desesperada y extravagante, pues las tres juntas estallaron en carcajadas.

V. EL ANZUELO TENAZ
Paul salió, regresó a la isla, corrió a través de los matorrales, jadeante... Después escuchó de nuevo: escuchó durante un buen rato, pues le zumbaban las orejas; pero finalmente creyó escuchar, un poco más lejos, una risita chillona que él conocía bien; y avanzó con completa dulzura, arrastrándose, separando las ramas, con tal opresión en el pecho que apenas si podía respirar.
Dos voces murmuraban palabras que él todavía no alcanzaba a distinguir. Después callaron.
Entonces sintió unos deseos inmensos de huir, de no ver, de no saber, de huir para siempre de esta pasión furiosa que lo destrozaba. Regresaría a Chatou, tomaría el tren, y no regresaría jamás, nunca la volvería a ver. Pero la imagen de Madelaine bruscamente se posesionó de él, y la vio en su mente cuando se levantaba por las mañanas, en su lecho tibio, y se le arrimaba cariñosamente echándole los brazos al cuello, con los cabellos sueltos, un poco alborotados sobre la frente, con los ojos todavía cerrados y los labios abiertos para el primer beso; y el súbito recuerdo de esta caricia matinal lo llenó de un pesar frenético, de un deseo enloquecedor.
Hablaban de nuevo; él se acercó, agachado. Después un grito ligero corrió bajo las ramas, muy cerca de él. ¡Un grito! Uno de esos gritos de amor que él había aprendido a conocer en las horas locas de su ternura. Avanzó más, a pesar de sí mismo, atraído irresistiblemente, sin conciencia de nada... y las vio.
¡Oh! Si hubiese sido un hombre, un otro, pero ¡esto! ¡esto! Se sintió encadenado por la misma infamia de las mujeres. Y se quedó ahí, aniquilado, trastornado, como si hubiese descubierto un cadáver querido y mutilado, un crimen contra natura, monstruoso, una inmunda profanación.
Entonces, en un golpe de pensamiento involuntario, recordó el pequeño pescado al que había visto cómo le arrancaban las entrañas... Pero Madelaine murmuró: “¡Pauline!” en el mismo tono apasionado con que ella decía “¡Paul!”, y le acometió tal dolor que huyó a la carrera, con todas sus fuerzas.
Chocó contra dos árboles, cayó sobre una raíz, siguió corriendo y se encontró de pronto frente al río, frente al brazo rápido iluminado por la luna. La corriente torrencial hacía grandes remolinos donde jugaba la luz. La orilla alta dominaba el agua como un acantilado, dejando a sus pies una gran franja oscura donde los remolinos se entendían entre sí bajo la sombra.
En la otra ribera, las casas de campo de Croissy se escalonaban en plena claridad.
Paul vio todo esto como en un sueño, como a través de un recuerdo; no pensaba nada, no comprendía nada, y todas las cosas, su existencia misma, le parecían vagamente lejanas, olvidadas, acabadas.
El río estaba ahí. ¿Comprendió lo que hizo? ¿Quiso morir? Estaba loco. Se volvió sin embargo hacia la isla, hacia Ella; y en el aire tranquilo de la noche donde danzaban todos los sones y estribillos debilitados y obstinados de la juerga, lanzó con una voz desesperada, sobreaguda, sobrehumana, un grito espantoso: “¡Madelaine!”
Su clamor desesperado atravesó el largo silencio del cielo, corrió por todo el horizonte.
Después, en un salto formidable, en un salto animal, se lanzó al río. El agua saltó y volvió a cerrarse, y del lugar donde Paul había desaparecido partió una sucesión de grandes círculos, que ensancharon hasta la otra orilla sus ondulaciones brillantes.
Las dos mujeres habían oído. Madelaine se incorporó: “¡Es Paul!” Surgió una sospecha en su alma. “Se ha ahogado”, dijo. Y se lanzó hacia la orilla, adonde fue a alcanzarla la gorda Pauline.
Una pesada barca tripulada por dos hombres iba y venía sobre un mismo punto. Uno de los lancheros remaba, y el otro hundía en el agua una estaca larga como buscando algo. Pauline gritó: “¿Qué hacen ustedes? ¿Qué pasó?” Una voz desconocida respondió: “Un hombre se acaba de ahogar”.
Las dos mujeres, apretadas una contra la otra, trastornadas, seguían las evoluciones de la barca. La música de La Grenouillère retozaba a lo lejos, y parecía acompañar con su cadencia los movimientos de los pescadores sombríos; y el río, que ahora ocultaba un cadáver, se arremolinaba, iluminado.
La busca se prolongaba. La espera horrible hacía temblar a Madelaine. Finalmente, después de al menos media hora, uno de los hombres anunció: “¡Ya lo tengo!” E hizo subir dulcemente su larga estaca. Entonces apareció algo grande en la superficie del agua. El otro marinero quitó las ramas, y entrambos, uniendo sus fuerzas, jalando la masa inerte, la arrastraron dentro de su barca.
Luego se acercaron a tierra, buscaron un sitio bajo e iluminado. En el momento en que atracaban, llegaron las mujeres.
Desde que lo vio, Madelaine retrocedió horrorizada. Bajo la luz de la luna, ya parecía verde, con su boca, sus ojos, su nariz, su ropa llenos de limo. Sus dedos cerrados y tiesos causaban espanto. Una especie de capa líquida y negruzca cubría todo su cuerpo. El rostro parecía hinchado y por sus cabellos embadurnados de limo corría sin cesar un agua sucia.
Los dos hombres lo examinaron:
—¿Lo conoces? —dijo uno.
El otro, el remero de la barca colectiva de Croissy, dudaba: “Sí, me parece que he visto esta cabeza, pero, bueno, así como está, no se le reconoce bien”. Luego, de pronto: “¡Pero si es el señor Paul!”
—¿Quién es el señor Paul? —le preguntó su camarada.
El primero repuso:
—El señor Paul Baron, el hijo del senador, ese chico que estaba tan enamorado.
El otro añadió filosóficamente:
—Pues bien, ya se le terminó la fiesta. ¡Pero qué lastima morir siendo rico!
Madelaine se había tirado al suelo, y lloraba. Pauline se acercó al cadáver y preguntó: “¿Está muerto de veras, digo, del todo?”.
Los hombres alzaron los hombros: “¡Claro, después de todo este tiempo, seguro!”
Después preguntó uno de ellos: “¿Se hospedaba en el mesón de Grillon?”.
—Sí —contestó el otro—, hay que llevarlo hasta allá, habrá buena propina.
Volvieron a su barca y partieron, alejándose lentamente a causa de la adversa corriente rápida; y mucho tiempo después de que ya no se les veía desde el sitio donde se habían quedado las mujeres, se escuchaba caer en el agua los golpes regulares de los remos.
Entonces Pauline tomó entre sus brazos a la pobre Madelaine inconsolable, la acarició, la abrazó durante un rato largo, la consoló: “¿Pero qué hacer? No fue tu culpa, ¿verdad? No se puede evitar que los hombres hagan idioteces. ¡Él lo quiso, peor para él, después de todo!”. Luego, levantándola: “Ven, querida, ven a dormir a nuestra casa. No puedes regresar esta noche al mesón de Grillon.” Ella la abrazó nuevamente: “Ya, ya, nosotras te vamos a consolar”.
Madelaine se levantó y, sin dejar de llorar, pero con un llanto más débil, la cabeza en el hombro de Pauline, como refugiada en una ternura más íntima y segura, más familiar y confiada, echó a andar a pequeños pasos.


NOTA: Guy de Maupassant (1850-1893), el discípulo de Flaubert, escribió seis novelas, múltiples crónicas y artículos, y 300 cuentos. Algunos de ellos, como “Bola de sebo”, “La Maison Tellier” (alguna vez traducido al castellano como “La casa non-sancta”), “Yvette”, “La herencia”, fueron considerados obras maestras de la narrativa moderna desde el momento mismo de su aparición.
Su estilo eficaz, sus dones de observación y de ironía, sus temas y perspectivas desusados cuando no rotundamente originales, la vivacidad de sus personajes y la intensidad de sus atmósferas, no sólo lo encumbraron como uno de los mayores narradores de su siglo, sino que lo convirtieron en un autor para muchedumbres. Fue un best-seller desde el principio, a la manera balzaciana, que escribía narraciones en los periódicos para miles (a veces docenas y hasta cientos de miles) de lectores. Raro caso donde la excelencia se alió a la popularidad.
Su maestría ha sido elogiada desde Flaubert, Turguenev, Verlaine y Zola hasta Pound y Hemingway. Pero es difícil apreciarlo en castellano: su temprano triunfo provocó rápidas y aun inmediatas traducciones, muchas de finales del siglo pasado, apresuradas y “castizas”, que siguen reeditándose cien años después, con erratas y polvo acumulados. Se hace indispensable traducirlo de nuevo.
“La mujer de Paul” es uno de sus cuentos más característicos como cronista de los amores de París a finales de siglo. A Maupassant le gustan los amoríos en las lanchas, balnearios y restoranes del Sena, entre muchachos semidecentes y chicas semigalantes, que consumen rápidamente una juventud ansiosa de alegrías y sensaciones. Es el mundo de su conocida novela Bel-Ami, la hilarante épica de un chulo.
Este cuento ofrece, además, un temblor nuevo: la aparición beligerante de las lesbianas, que aquí lucen un esplendor literario de novedad, de estreno, de pioneras en la vida social y amorosa del París que también estrenaba los bulevares y la luz eléctrica. Para algunos era un vicio; para otros, una modernidad. Se publicó por primera vez en 1881.
Medio siglo antes Balzac había pintado, con todos los asombros del mito, su retrato de La muchacha de los ojos de oro; treinta años después, Proust cantaría A la sombra de las muchachas en flor. Más modesto, más cercano a la crónica que a la mitología, más comprensivo de los llanos apetitos de la pasión que de las teorías sexuales, Maupassant cuenta socarronamente una aventura de balneario, de lanchas en el Sena, y del terror de un galán que, en mitad de la fiesta de sus sentimientos, encuentra rivales de peligro donde menos se lo esperaba. (La crueldad socarrona de Maupassant castiga aquí al bisoño galán; la crueldad moralista de Henry James, castigará a la lesbiana en Las bostonianas).
El balneario (con algo de café, cantina, salón de baile y centro de ligues y amores) La Grenouillère, sobre el Sena, que sirve de escena a este cuento, es el mismo que pintó Renoir en al menos cuatro de sus cuadros famosos, según nos informa Louis Forestier en su edición de Contes et nouvelles, t. I, de La Pléiade. En ciertas líneas se advierte un colorismo “impresionista” (la luna sobre árboles y follajes oscuros; los faroles en el agua), y hasta un olfatismo igualmente “impresionista” (todas las fermentaciones del río), hallazgos que serán imitados por Proust y por varios narradores japoneses (Akutagawa, Tanizaki). Hay preciosismos de ritmo narrativo, como el pez terco y el cadáver que extraen del río los pescadores.
En este cuento de erotismo enardecido y desesperado, de muchachos embrujados por “el olor de las mujeres que sudan”; de muchachas francamente incómodas porque los galanes les exijan tanto (¡hasta la fidelidad, hasta el alma!) por tan poco; de buenos compadres que beben y hacen el oso durante la juerga y de valientes chamacas sin calzones que desdoblan sus faldas y alzan el pie, en los cancanes furiosos, por encima de la cabeza; en este balneario dominical de amores sospechosos, laterales o furtivos, Maupassant narra con una plenitud sensorial y nerviosa extraordinaria, un extravío de amor por el que no han pasado los más de cien años que lleva, tan campante, este texto tan excelente como delicioso.
Para facilidad de los lectores de esta versión en Crónica dominical [donde se publicó originalmente], he dividido el cuento en cinco capítulos (divisiones que, desde luego, puede saltarse el lector que prefiera disfrutar el cuento de un solo golpe.)

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