jueves, 26 de marzo de 2009

LAS ROSAS ERAN DE OTRO MODO (EL CUENTO)

LAS ROSAS ERAN DE OTRO MODO
Por José Joaquín Blanco

A José Dimayuga


Malú se me murió a la mitad de la sopa, como si les dijera: se me atragantó. Estaba yo sentada hacia las dos de la tarde, como de costumbre, en mi mesa favorita del restorán del Hotel Bristol, frente al gran espejo que abarca todo el salón.
Me vi como en primer plano, ancianísima, ridículamente emperifollada con mis canas artificiales (prefiero una pulcra cabellera plateada a mis cenicientas matas naturales), atragantada, a punto de vomitar la sopa sobre el periódico recién abierto, en la esquela que anunciaba la muerte de Malú Parra, mi amiga de toda la vida.
Desde hace unos treinta años como casi siempre en el restorán del Hotel Bristol, aquí a tres cuadras, en Río Pánuco. Ha cambiado poco y ahí no se sienten tanto como en otras partes las cifras del calendario.
Vive un tiempo artificial, como yo misma, una mezcla de épocas en la que prevalecen los años cincuenta: los muebles, la decoración, la cristalería. A cada momento parece que van a entrar, del brazo, Marga López y Arturo de Córdova. Un pianista cubano mulatón, Reynaldo, que lleva medio siglo esforzándose en vano por parecerse a Bola de Nieve, toca algo de jazz digestivo y los éxitos de Dean Martin, Sinatra y Arcaraz; a veces me da la bienvenida con mi canción favorita: “Rosas rojas para una dama triste”.
Me dirige guiños donjuanescos y sonrisas llenas de dientes postizos cuando ataca “Muñequita de Esquire”. Todavía sirven old-fashioneds, tom collins, martinis y daikirís. No han desechado sus viejas licoreras, ni sus sifones, ni sus yedras de plástico, ni sus carteles de fuentes y monumentos romanos con exuberantes rubias estilizadas (todas, al parecer, inspiradas en Kim Novak).
Ahí me conocen, me consideran, me apartan la mesa. Sigo siendo para el dueño y para algunos de los meseros y de los clientes habituales (entre ellos no pocos gringos jubilados), todavía, Emma Velasco, “la periodista de la vida diaria”, con algunos ribetes de escándalo; recuerdan mi columna “Día a día” y que Dolores del Río me puso pleito por difamación, cuando le exhibí su chisme con Marlene Dietrich (la propia Marlene me lo contó, ebria, en francés, cuando la entrevisté en su suite del Hotel Reforma).
Es como detener la prisa de los años, y no me desagrada del todo su rutinario “menú continental”, que constituye mi único alimento en forma. Desayuno y ceno en casa cualquier sándwich, cualquier galleta, y así me libro de la cocina, que siempre detesté.
Desde que se casó mi único hijo y decidí vivir sola, cancelé la estufa y el refrigerador, que tengo convertidos en archiveros de mis antiguas glorias periodísticas: recortes de periódico, revistas, cartas, fotos, diplomas y hasta alguna medalla de latón con que me condecoró a toda orquesta, en Palacio Nacional, un Presidente de la República.
Salvo algún achaque de salud, que me sobreviene cada dos años, y que a la fecha no me ha provocado sino sustos e incomodidades pasajeras, me imagino que llevo eternidades envejeciendo indefinidamente, sin hacer nada. Claro que estar de ociosa todo el tiempo llega a resultar muy laborioso. Ya dice el refrán que nada cansa tanto como no tener nada que hacer. Surgen, como plaga, infinidad de detalles y minucias que cobran una relevancia inesperada. Pienso demasiado, me doy cuenta de demasiadas cosas.
Sin quererlo, me he ido enterando gota a gota, por ejemplo, de la vida, carácter y milagros de todos mis vecinos, cuyos ruidos odio a veces con una pasión furiosa, que me dura varios días. Me descubro haciendo teorías y juicios increíblemente documentados y severos sobre cada uno de ellos, a pesar de que los evito por sistema y rara vez les dirijo la palabra.
Soy la primera en descubrir manchas de humedad en el edificio, goteras, fallas en las instalaciones de plomería, electricidad y gas.
Sé demasiadas cosas de los artistas jóvenes y de la gente nueva que aparece en la televisión, como si los frecuentara. Me descubro en plena madrugada, pálida de angustia, tratando de resolver por mí misma todos los problemas nacionales: la policía, la contaminación, el desempleo, el desorden social; redactando en el aire infinidad de iracundos artículos periodísticos para mi columna “Día a día”.
Les concedo desproporcionada importancia a las películas, a todas, acaso sobre todo a las peores, y las desmenuzo y mejoro en mi imaginación. Leo poco: los libros son más intensos todavía, y me afectan los nervios; además, ¿para qué leer si no vas a platicar con nadie de tus lecturas? Es como sobrecargarte de electricidad, y quedarte temblando, en alto voltaje. Leer bien significa leer poco y recordar mucho lo leído, y no andar de tragona de libros.
Con Malú platicaba de todo. Nos peleábamos como colegialas por diversas opiniones sobre el cine, los libros, la televisión; y también como colegialas, después de habernos dirigido miradas e ironías atroces, nos reconciliábamos sin decir palabra. Nos veíamos para comer, ir al cine o de compras, visitar galerías, asistir a espectáculos, cada quince días o cada mes. Estoy en la “decena trágica” que decía Pellicer: la de los setenta años.
No me aburro. Hace siglos que dejé de aburrirme. Pero me faltan cosas que hacer. Por ejemplo: cuando era joven andaba siempre sobre la marcha, con algún amor, o criando a mi hijo, o tratando gente, o realizando mis reportajes y entrevistas de la mañana a la noche.
Entonces, si aparecían goteras o humedad en mi departamento, casi ni me fijaba, y si se tenía que caer el techo, ¡que se cayera! No le daba importancia a eso: había cosas urgentes que me llamaban, “día a día”. Cuando buenamente se me ocurría le dejaba las llaves y algún dinero al conserje, y que él se arreglara. O me esperaba a que se me presentara un rato libre. Ahora cualquier detalle me provoca aprensión y angustia.
Veo peligros en cualquier parte, ya sea porque me los invente yo misma, o porque sólo hasta ahora me haya vuelto verdaderamente consciente, responsable. La azotea de mi edificio, para mencionar un caso, siempre ha estado atiborrada de tanques defectuosos de gas. El olor de las fugas de gas ha caracterizado invariablemente el cubo de la escalera, sobre todo en los pisos altos; no me importaba. Sólo ahora me descubro palpitante, resollante, con miedo de que en unos minutos más estalle de pronto todo el edificio. Lo que mirado racionalmente es más que probable, pero lo mismo pudo haber ocurrido cualquier día de los últimos treinta o cuarenta años. Sólo ahora, cuando regreso a casa, a veces me sorprendo de encontrar el edificio en pie, y me digo con un poco de sorna: “¡Bueno, ahí está, no ha estallado todavía!”
Claro que me tienen odiada los vecinos. No puedo evitar advertirles de todos esos peligros, llamar alguna noche a los bomberos, escribir cartas enérgicas a unas autoridades, con múltiples copias a otras autoridades; ponerles cara de palo durante semanas al vecino del 303, que hace resonar durante horas el mismo disco de rock, a veces en la madrugada; o a la del 401, que encierra a sus perros en el baño y se larga todo el fin de semana: los perros no dejan de aullar ni de ladrar un segundo, y nadie duerme en todo el edificio hasta que la santa señora regresa a liberarlos.
Sé que soy una viejita maniática, y que siempre recibiré la respuesta que hace unos quince años me plantó la entonces vecina del 207, ahora ya bien podrida en su tumba: “¡Pues si no le gusta el edificio, venda su departamento y múdese a Las Lomas!”
Le respondí: “¿Y qué tal si me voy a un edificio en Las Lomas, y ahí me encuentro a otra vecina como usted?”
Porque en México no hay problemas concretos, sino un problema general: los mexicanos. Adondequiera que te mudes te encuentras a los mismos vecinos irresponsables, majaderos, del 207, del 303, del 401. Pero no quería decir esto: ya estoy escribiendo como en mis buenos años, cuando a mis espaldas me decían “perra” o “bruja” por ese estilo “ingeniosillo” de mis artículos. (“Chismorreos de niña rica armada de máquina de escribir”, me acusó un poeta comunista.) Y no estoy escribiendo un artículo. No quiero escribir un artículo, sino otra cosa. Platicarles de Malú Parra, de mis otras amigas, ya muertas o seniles, de cómo paso mis días eternos. Con discreción, sin intimidades, sólo conversar.
Así platicaba cada dos o tres semanas con Malú, y de esa manera me sigo colgando horas al teléfono con tres o cuatro conocidos. Ya sólo tengo tres o cuatro. Mi libreta de teléfonos está llena de plomeros, bomberos, electricistas, Cruz Roja, radiotaxis, médicos, el banco, la televisión por cable, los departamentos de quejas de unas veinte dependencias oficiales. Pero amigos, nomás tres o cuatro, y poco cercanos: amigos de telefonazos.
*
Mi hijo me reprocha —lleva unos veinticinco años con lo mismo— que haya dejado de trabajar en los periódicos. Fue poco después de las olimpiadas. Empecé a ver que me relegaban en Últimas Noticias. Recortaban mis artículos y reportajes, que por “razones de espacio”; los mandaban a un rincón de las páginas posteriores; los postergaban, o de plano se olvidaban de ellos.
Por primera vez en mis quince años de periodista tenía que estarme quejando todo el tiempo con el nuevo director, a quien le dio por no tomarme la llamada y esconderse tras su secretaria o un imberbe ayudante de edición que se permitía tratarme con insolencia: “Señora Velasco, lo sentimos mucho, pero tenemos tanta información prioritaria últimamente; se lo publicamos el jueves o el viernes, sin falta”.
Alguna vez no apareció mi columna ni jueves ni viernes (ni sábado ni domingo), y el lunes siguiente fui a renunciar con una carta más que claridosa, con copias para todo mundo, periodistas y políticos, hasta para el Presidente de la República.
Supuse que me habían puesto en la lista negra. Eran los años de la agitación estudiantil y proliferaban las listas negras. Nadie podía acusarme de agitadora ni de comunista, desde luego, pero en tiempos graves cualquier bobera da motivos de sospecha. Mi manera de escribir ya resultaba, lo sabía, un poco anticuada: demasiados chistes, demasiadas frases ingeniosas, insultos elegantes (nuestra ventaja como damas), detalles frívolos o impertinentes; y sobre todo, llamaba a las cosas por su nombre, sabía escandalizarme y protestar; cito textualmente: “¡Pero esto es una indignidad! ¡es un escándalo! ¿Por qué el regente Uruchurtu no abandona un ratito su cómodo sillón frente al zócalo, y se va a dar una vuelta por las ciudades perdidas de la salida a Puebla?”. Así, con todas sus letras. Ese era por lo demás el dorado estilo de los años treinta y cuarenta: de Barba Jacob, de Novo, de Rosario Sansores, de Elvira Vargas, de Magdalena Mondragón.
Tuve mucho éxito en los cincuentas. La periodista como la voz del ciudadano común, un poco más ilustrada si se quiere, pero simplemente una voz civil. En mi columna “Día a día”, por ejemplo, descubría algún asunto conocido en términos generales, pero del que nunca se hablaba como experiencia vivida; me iba yo a vivirlo, y lo narraba. Me disfracé una semana de trabajadora social para contar desde adentro la vida de un manicomio, “día a día”. Y de las ciudades perdidas en el infinito lodazal de lo que sería Ciudad Nezahualcóyotl. Alguna vez soborné secretarias y sirvientas para enterarme, “día a día”, de la vida de los famosos. López Mateos, que era gentilísimo, me contó, en exclusiva para mi columna, cómo se desarrollaba la vida diaria de un presidente.
Así con las prostitutas, las monjas que habían colgado los hábitos, los asesinos célebres, los niños que vendían chicles en los camellones, algún gigoló del hipódromo, mi amiga María Félix, los mariachis de Garibaldi. Yo no discriminaba entre pobres y ricos, débiles y poderosos. Donde había vidas intensas, difíciles o interesantes, ahí estaba yo con mi libreta de taquigrafía (no se usaban aún las grabadoras, de modo que era más difícil ser reportera.)
Cosas ciertas, vividas en carne abierta, y reporteadas con sazón y emotividad. Todo esto antes de que Elenita Poniatowska (magnífica Elenita, por lo demás, si bien algo intelectualona) me hiciera la competencia desde Novedades, aunque (siempre lo he reconocido) siguiendo las enseñanzas de las “Rutas de emoción” de Rosario Sansores.
Alguna vez estábamos Rosario y yo muy elegantes en un coctel, con nuestros sombreritos y nuestras pieles, y se acercó el pingo de Pepe Alvarado, ya más que achispado por varios “pálidos whiskies” (no los tomaba muy pálidos, por lo demás), y nos rindió una gran caravana:
—¡Ustedes sí saben de periodismo! ¡Las teorías pasan: los chismes quedan!
Le zampé ahí mismo una bofetada. Yo era joven todavía y no se me ocurrió que tales ironías pudieran ser una especie amistosa de homenaje. Los borrachines conocen formas curiosas de la amistad. Ahora me enorgullece que Pepe Alvarado —como me lo comentó después de enviarme a casa unas flores, cuando nos reconciliamos— no se perdiera uno solo de mis artículos.
Y considerado con atención, él también se ocupaba a ratos en sus crónicas más sencillas, de la misma vida cotidiana que nosotras. Sabía mucho de política y de filosofía (Pepe Alvarado era una eminencia), pero también platicaba sabroso de cosas cotidianas de la ciudad, de los barrios, de las vecindades. ¿Y qué me dicen de Renato Leduc?
Luego me encontré con que los mismos asuntos de mis “chismes”, de mi “Día a día”, se volvían tema de estudios universitarios, pero disfrazados de teoría sociológica: la “antropología” o “cultura de la pobreza” de Oscar Lewis. En las mujeres era denostado como chisme o cursilería lo que se celebraba en los hombres como “literatura popular” o “antropología urbana”. ¿Quién se acuerda ahora, por ejemplo, de Magdalena Mondragón? ¡Era una bomba!
Entonces llegaron los modernos, los pedantes, los profesores. Publicaban artículos como clases de universidad. Muchos conceptos intelectuales y técnicos, muchos datos, estadísticas; puras tasas de interés y Producto Interno Bruto. Para decir mu, como vacas. ¿Pero de veras leía alguien esas cosas? Hay intelectuales que se enorgullecen no sólo de que nadie los lea, sino de que nadie los pueda comprender: son ininteligibles.
Quedé pues como una ligera, como una platicadora caduca, entre tantos profesores. Pero me seguían teniendo consideraciones en el periódico y en los medios políticos, y me llegaban todavía muchas cartas de los lectores.
¿Por qué de pronto casi me obligaban a irme, o me degradaban a la trastienda de las notas de relleno? Alguna inconveniencia debí haber cometido, por distracción, pensé. Releí mis artículos de dos años ¡y encontré tantas denuncias, tantas impertinencias, tantos chistes —que en otra época parecían inofensivos—, que ya no atiné a descubrir en la repentina muchedumbre de mis posibles enemigos, al que de veras pudiera estarme estorbando!
—Pues vete a otro periódico, a una revista femenina —me recomendó Tere Burgos.
—¡Pero, Tere, si llevo quince años cultivando a mi público ahí! ¡Llegar a hacer méritos a otra parte! ¡Volver a picar piedra otra vez!
—Te seguirán adonde escribas.
—Soy conocida y estimada, en efecto, Tere, pero no la Simone de Beauvoir ésa que te encuentras en cuanto papel se imprime en México. Ni la Mary McCarthy ésa que me cae como migraña.
—Pues entonces vete a pelear a Gobernación y que te reinstalen con todos los honores.
Un subsecretario de Gobernación era mi amigo. Me tomó la llamada de inmediato y me citó para el día siguiente. Le pedí formalmente, de plano, que indagara por ahí en los expedientes secretos del gobierno qué decían de mí, qué pecado había cometido. Me miró sonriente, caballeroso:
—Emma, me conozco su ficha de memoria.
—¿Sí? ¿Y qué dice?
—“Emma Velasco: murmuradora peligrosa”.
Soltamos ambos la carcajada. Se ofreció a conseguirme tribuna en El Nacional o El Día, los periódicos del gobierno. Nadie los leía. Sólo escribían ahí los muertos de hambre. Dignamente decidí tomarme unas merecidas vacaciones del periodismo. No necesitaba los miserables honorarios que me pagaban. Trabajaba por gusto, para mis lectores. “Ya me buscarán”, me dije. No me buscaron.
Dejé correr la voz de que el nuevo periodismo comunistoide y economicista, sin sabor, sin gusto, sin vida cotidiana, ya no me interesaba. Me llamaron de muchas publicaciones menores, para pedirme cosillas con tema dado: “¿No podría escribirnos algo sobre el aborto o sobre el Año Internacional de la Mujer?” Me negaba. Mis quince años de rompe y rasga en Últimas Noticias, donde alegremente decía cuanto se me venía en gana sobre lo que fuera, habían terminado. Nadie me perseguía, sino el tiempo: simplemente había pasado de moda.
Me retiré como una gran actriz, cuando ya no le ofrecen estelares; mejor el silencio que andar causando lástima con bits, papeles secundarios o de carácter. Recopilé mis mejores artículos en dos antologías, para las que fácilmente encontré editor (sí, del gobierno, ¿qué otros editores hay en México?), y se vendieron bien: Novedades y costumbres (dos ediciones), Una reportera día a día (cuatro ediciones).
Mi hijo ya se había casado. Le compré una casita que él mismo escogió allá por el fin del mundo, cerca de la salida a Cuernavaca. (¿Vivir en la Ciudad de México para no vivir en la Ciudad de México? Nunca lo he entendido.) Cancelé mi estufa y mi refrigerador, y me aboné en el restorán del Hotel Bristol.
*
Déjenme contarles cómo fue que resulté periodista, un oficio que nadie me sospechaba, y menos yo misma. Ocurrió a mediados de los años cincuenta. Me harté de que mi santo marido me pusiera los cuernos con cuanta chaparra, flaca o magullada se encontrara cuando andaba borracho; nos separamos y me instalé con mi hijo en este departamento.
El edificio estaba nuevo y reluciente. Parecía destinado a gente distinguida, y no a convertirse en una vecindad vertical entre ventanales. Mi marido se vio generoso, y mis padres más todavía. Yo era enérgica, joven, hiperactiva. Me volví empresaria. En menos de un año me quemé una cuarta parte de mi fortuna en negocios fracasados.
Entonces me dijo Mari Lacunza, mi compañera del Colegio del Sagrado Corazón:
—¡Por favor, Emma, recupera el dinero que puedas: vende, traspasa, remátalo todo, e inviértelo en valores seguros! ¡Sobre todo no hagas nada, porque en dos o tres años, como vas, te quedas en la miseria!
—Acepto que soy una empresaria bastante manirrota, ¡pero cómo me voy a estar sin hacer nada todo el santo día, nomás yendo a cobrar cada trimestre mis intereses al banco! ¿No has oído que nada cansa tanto como no tener nada que hacer?
—Haz algo donde no hagas nada, donde no puedas perder el poco dinero que te queda.
—Ah no, empleaducha de checar tarjeta, no. No dejé a mi marido, quien nomás me daba lata de vez en cuando, para someterme a un puesto en la Secretaría de Industria y Comercio donde me den lata ocho horas diarias.
—Pues cásate de nuevo. No te faltan novios.
—Que se queden como novios. Segundas nupcias: palizas dobles.
—¿Hacer algo donde no se haga nada? —meditó Malú—, pues sólo la burocracia... o el periodismo.
—¡Eso! ¡Periodista! —gritó Mari—, eres replaticadora.
—Sabes escribir a máquina, y algo recordarás de taquigrafía —añadió Malú, con mayor sentido práctico.
Me compré un escritorio magnífico en una tienda de antigüedades. Anuncié que por fin iba a usar lentes, decididamente, y no de manera clandestina, como lo venía haciendo.
En una sola semana escribí tres artículos chistosos, “crónicas de color”, les decían, a la manera de los que recordaba de Barba Jacob, Novo, Mondragón y Sansores; cosas sobre la mujer y la familia, las inconveniencias y virtudes de la vida moderna, la hipocresía de la clase media mexicana, etcétera.
Un amigo mutuo me consiguió una cita con el maestro Novo, en su restorán de La Capilla, quien me mimó y aplaudió los tres artículos.
—Pero maestro, si yo jamás pensé en ser escritora. De no haber sido por las calaveradas de Joel...
—Ese Joel te salió imposible, ¿verdad? —rió el maestro.
—Grotesco, ridículo —exclamé como toda una intelectual.
—Los mayores talentos siempre están escondidos —declaró el maestro sabio—, y mucha gente ni siquiera los descubre en vida. Allá andan penando en el purgatorio: “¡Ah, pude ser esto; ah, pude ser lo otro!” Tienes suerte, muchacha —¡Muchacha! ¡A los treinta años y con un hijo!—; descubres tu talento ahora que de veras lo necesitas, y que gozas de la libertad para desarrollarlo. ¡Adelante! ¡Pero sé siempre tú misma, como lo eres ahora! ¡No te me vuelvas una marisabidilla, una existencialista, una latinparla, una profesora tediosa! Agarra y platica.
Malú sí era marisabidilla, existencialista y medio universitaria. Se lo aguantábamos desde chamacas, porque era descendiente de un tal Parra, filósofo del Porfiriato, a quien ni ella misma pudo leer jamás. Familia es destino. Le dio por las amistades intelectuales, se casó con un político comunistón (quien durante toda su vida hablaba todos los días del humanismo de Romain Rolland mientras, sin continencia alguna, firmaba edictos que desplumaban a los obreros), y enviudó felizmente para dedicarse de tiempo completo a patrocinar, con la malhabida fortuna política del marido, a poetas surrealistas y pintores abstractos. Todos malísimos.
Pero esa ya es otra historia. Lo oportuno, lo espléndido, lo increíblemente rápido, fue que me recomendó con su amigo el director de Últimas Noticias. Se trataba de un señor opaco y circunspecto que no se entusiasmó tanto con mis artículos como el maestro Novo —ni siquiera le mencioné que lo había ido a ver: Novo era el enemigo número uno de Excélsior, por su maliciosa travesura de la obra de teatro A ocho columnas, entre otras razones—, pero me los publicó de inmediato, muy destacados. Causaron furor. Sonaba mi teléfono todo el día. De la noche a la mañana me había convertido en una celebridad, en una escritora.
Sólo Malú me llevaba siempre la contraria, por la mala influencia de sus amigos intelectuales y artistas de pacotilla.
—¡Ponte a leer libros serios, Emma, por Dios! ¿Qué vas a hacer cuando acabes de contar todo lo que te decía tu abuelita, tus tías, tus compañeras del Colegio del Sagrado Corazón, tus comadres aristocráticas? Te vas a quedar sin temas. ¡Léete a Simone de Beauvoir!
Yo me lanzaba a conciencia sobre las obras que Malú me recomendaba sin haberlas leído. Simplemente me repetía como perico lo que decían sus amigos intelectuales. “Ahora hay que leer a Virginia Woolf, a Proust; ahora hay que admirar a Klee, a Brancusi” Y yo como tonta, por acomplejada, corría a ponerme al día. Quince días más tarde Malú ya no se acordaba que existieran Klee ni la Woolf; ahora me despreciaba porque no conocía yo, la pobre periodista, a Pollock ni a Truman Capote. Un cuento de nunca acabar.
Así era Malú Parra. Ahora me la ensalzan por las nubes y le confieren doctorados Honoris Causa póstumos. Hay una exposición en Bellas Artes del medio centenar de retratos que le hicieron los pintores mexicanos. ¿”Una de las mujeres más hermosas, más interesantes de las últimas décadas”, como dicen? Bueno: también la que sufrió más la chifladura de repartir dinero entre pintores principiantes, quienes en media hora embadurnaban cualquier garabato y se lo entregaban como gesto de agradecimiento:
—¿Pero eso es tu retrato, Malú?
Una especie de vísceras entre manchones de acrílico.
—Mi retrato interior, y el autorretrato del artista. No seas tan realista, Emma.
*
Total, para Malú el periodismo, y sobre todo el que yo hacía, era la cosa más vulgar del mundo. Todo el tiempo andaba regañándome: “¡Y ahora te fuiste a meter entre los greñudos de La Candelaria, para descubrir que se mueren de hambre! ¡Bravo por semejante descubrimiento! ¡Ay, Emma, lo que es no tener nada qué decir! Debías tomar unas clasesitas de Historia del Arte con el maestro Justino Fernández, o lo que sea”. Así siempre, y de viejitas peor. Cuando yo recordaba algo, cualquier minucia, resultaba que no, que para nada, que todo había ocurrido de otra manera. Nos hacíamos unas escenas, unos berrinches horribles. Murió felizmente, entre sueños.
—Cómo la envidio —me dijo Tere Burgos por teléfono—, nomás se acostó a dormir ¡y pase automático! En cambio la pobre de Chela Vallarta, ¿te acuerdas de Chela Vallarta?
—Desde luego, Tere.
—Pues se pasó toda la vida quebrándose el lomo y la cabeza para dejarles un patrimonio a sus hijos, y luego le vino esa enfermedad tan larga y tan latosa; que los médicos, los análisis, las medicinas, las enfermeras en su casa, las operaciones; cuando finalmente se le ocurrió morirse, había dejado sin un quinto a los pobres hijos, y endrogados de por vida. Mejor que jamás se hubiera preocupado por dejarles nada, y morirse más rápido, ¿no crees? Al menos no les habría heredado tales deudas.
Todas mis amigas son partidarias fervientes de la eutanasia.
—¿Supiste lo que le pasó a la pobre de Ofelia Múzquiz? —me cuenta Mari Lacunza, también por teléfono—, ¡increíble! Ves que ya andaba chiflada desde hacía tiempo, y le dio por sentirse solitaria y sentimental. Bueno: pues amadrinó a uno de los hijos de su sirvienta; lindísimo de chiquito, pero creció, claro. Para entonces Ofelia ya estaba completamente senil. Pues entre toda la familia del ahijado la secuestraron en un cuarto de la azotea; ahí le daban sus pastillas o sus inyecciones para tenerla dormida todo el tiempo, ¡y convirtieron la respetable casona de los Múzquiz en Tacubaya, ¿te acuerdas?, en un burdelazo de escándalo! Cayó la policía y ¿quién resultó la lenona? Pues Ofelia Múzquiz. Todo estaba a su nombre. Era legalmente la lenona, sin paliativo alguno. Ahí la tienes declarando ante el Ministerio Público: loca, desnutrida, desgreñada, gritando barbaridades, medio meada en su silla de ruedas... Como ya no le quedaba familia fue toda una odisea sacarla de la cárcel. La Chata Ábrego le hizo la caridad y le contrató unos abogados, pagó unas mordidas. Ahí se está pudriendo ahora en un manicomio de beneficencia. ¡Ay no, quién pudiera morirse como Malú! Dichosa Malú allá en el cielo.
Hace no muchos años estábamos todas en un banquete. La boda de algún nieto de alguien.
—Pues me voy a comer este molito para no hacer el desaire, pero de seguro me da chorrillo —dijo Mari Lacunza, poniéndose sus pesados lentes para examinar, como a través de un microscopio, los gérmenes de su plato.
—Antes, aunque fuera en un rancho, unos frijoles y ya, eran sanos, limpios; ahora todo te hace daño —añadió Tere Burgos, con un abundantísima peluca pelirroja casi indecente.
—Ya nada es como era antes —acepté, resignándome a mi papel en el coro de las Parcas.
—Desde luego —bromeó Malú—, ¡hasta las rosas eran de otro modo!
Pero la broma parecía en serio. Nos quedamos mirando como obsesas el adornito de la mesa, unas rosas flotando en un tazón de agua teñida de un azul espeso. Las tocamos. Sí, eran naturales, pero como producto de algún laboratorio. O una variedad rara. No, ninguna se acordaba de semejantes rosas en nuestros buenos años.
—Ya estamos todas más que listas para el asilo —siguió bromeando Malú, majadera y macabra.
*
Como comprenderán no pude terminarme mi sopa la tarde en que me atraganté con la noticia de su muerte. Me dio un acceso de tos. Se me bajó la presión. Y ahí estuvo lo curioso.
Reynaldo, el pianista cubano, toda su cara llena de dientes postizos, me ofreció un coñac. Me sentó bien. Hice a un lado las recomendaciones del médico y pedí cigarrillos y más coñacs. Nunca he sido bebedora, y me emborraché enseguida.
No recuerdo la reacción de los demás clientes frente a la viejilla ebria que cantaba desde su mesa los apolillados boleros que tocaba el decrépito pianista donjuanesco. No recuerdo sino la cara de Reynaldo, toda guiños y sonrisas, con sus dientes postizos por todas partes.
Debí haber dado todo un espectáculo por la calle, cuando Reynaldo y un mesero me trajeron cargando a casa. Seguramente soy, hasta la fecha, la comidilla de los vecinos. ¿Cómo le hacen los hombres para hallarle gusto a la borrachera, para soportar las crudas? Misterio. Los envidio: gracias al trago, dicen, se mueren antes.
Amanecí en el sillón de mi departamento con unas palpitaciones y unas náuseas terribles. “Ahora sí me voy a morir”, pensé. “¡Es tu culpa, Malú!”, le grité entre hipos.
Ahí a tropezones, como Dios me dio a entender, llegué a la cama, me puse solemnemente el camisón, me cepillé un poquito el pelo y me metí entre las sábanas a morirme de inmediato. Me apenó el espectáculo que se encontraría mi hijo días más tarde, pero por nada del mundo quise avisarle por teléfono, ni que me llevaran a un hospital. Todo me pareció tan fácil: cerrar los ojos y listo.
Pero no me morí durante toda la mañana infinita. Escuché, entre sudoraciones y pálpitos insoportables, todos los gritos de todos los niños del edificio; todas las alarmas descompuestas de todos los coches de la calle; todos los discos de moda de todos los hijos de los vecinos; los cláxones, los pelotazos, los timbrazos de teléfono, el estrépito de todas las aspiradoras del mundo, los taconazos de todas las señoritingas en los pasillos y la escalera.
A mediodía sonó mi teléfono: era el decrépito Reynaldo, socarrón:
—¿Cómo amaneció, Emmita? ¿No le caería bien un consomé calientito? Se lo llevo enseguida.
—¡Nada de Emmita, bribón! ¡Señora Velasco!
—¿Entonces qué, se lo llevo?
—Sea por Dios.
Llegó con un monumental traje lustroso del año de Maricastaña. Seguro se había pasado horas desmanchándolo con gasolina blanca. Sus enormes dientes postizos se veían más relucientes, como si les hubiera dado grasa, o al menos un buen trapazo. Traía un ramo de rosas, de esas rosas aterciopeladas y macizas que son de otro modo, y me hablaba con una insolente galantería, como todo un conquistador. (”¡Oh no!, pensé, suponiendo lo peor, ahora sí como en un infarto. ¡Nada más eso me faltaba!”).
—Emmita, tengo que confesarle una cosa. Ayer, ayer, ¡le robé un beso!
Reprimí el impulso de arrojarle la taza de consomé. Me le reí en la cara. Lo vi entristecerse con un gesto aún más ridículo que sus guiños de Don Juan. Sus dientes empequeñecieron, se opacaron. Tuve finalmente que consolarlo. Tuve que decirle que nos dejáramos, a nuestra edad, de payasadas.
Superada la cruda, supe que me quedaba más, todavía más tiempo por vivir. Si el coñac no me había matado, ni modo de tenerle miedo a una gripe.
Me han pedido que escriba algo sobre mis recuerdos de Malú. Lo he hecho a mi modo, personalmente: la memoria de su ausencia “Día a día”. No me toca hablar de sus méritos como mecenas ni como musa de poetas y pintores, sino de la vieja amiga que casi me arrastra consigo a la tumba.
Les decía que dejé de escribir hace veinticinco años. Siento mis dedos torpes sobre la vieja máquina Remington de mis mejores tiempos. Así siento mi relato, torpe y tentaleante. Lo que no está mal: cada estación en la vida tiene su ritmo, su temperamento. Y no me voy a poner ahora a deshacerme en flores y halagos a Malú. Los viejos no somos sentimentales.
Sigo yendo a comer, como siempre, al restorán del Hotel Bristol, donde el pobre pianista se esfuerza cuanto puede por hacer como que no ha pasado nada.
¿Los viejos no somos sentimentales? Últimamente me ha dado por pensar que, a final de cuentas, Reynaldo no toca tantas notas falsas en los boleros como se rumora. Así deben ser los boleros, un poco mal tocados; y cantados con esa especie de exageración cómica, con algo de broma en sus lamentos: el estilo de Bola de Nieve.

miércoles, 25 de marzo de 2009

MIS 50 TOP ENSAYISTAS DE CRÍTICA LITERARIA

MIS 50 TOP ENSAYISTAS DE CRÍTICA LITERARIA
1. Edmund Wilson
2. André Gide
3. Charles Augustin de Sainte-Beuve
4. Charles Baudelaire
5. Gustave Flaubert
6. Walter Benjamin
7. Jorge Luis Borges
8. G. K. Chesterton
9. Gore Vidal
10. Paul Valéry
11. Hyppolite Taine
12. T. S. Eliot
13. H. L. Mencken
14. Jean-Paul Sartre
15. Roland Barthes
16. Mario Praz
17. W. H. Auden
18. D. H. Lawrence
19. Albert Thibaudet
20. Malcolm Cowley
21. Van Wyck Brooks
22. Cyrill Connolly
23. Xavier Villaurrutia
24. José Gorostiza
25. Jorge Cuesta
26. Pier Paolo Pasolini
27. Paul Léautaud
28. Marcelino Menéndez y Pelayo
29. Ramón Méndez Pidal
30. Alfonso Reyes
31. Octavio Paz
32. Antonio Alatorre
33. José Lezama Lima
34. Alejo Carpentier
35. Luis Cardoza y Aragón
36. Virginia Woolf
37. Susan Sontag
38. George Steiner
39. Harold Bloom
40. Claudio Magris
41. Maurice Blanchot
42. José Emilio Pacheco
43. Gabriel Zaid
44. Jean Franco
45. Georg Lukacs
46. Jacques Rivière
47. André Suarès
48. Charles du Bos
49. Lionel Trilling
50. George Saintsbury

sábado, 21 de marzo de 2009

ILYA DE GORTARI (1951-2007)


Desde España, Balam de Gortari me solicitó una semblanza de su padre para una página web a su memoria; escribí esto:


ILYA DE GORTARI (1951-2007)

Por José Joaquín Blanco

Desde jovencito, adolescente, Ilya de Gortari (1951-2007) vivió el arte y la promoción cultural como una expansión natural y entusiasta.
En parte por inclinación propia, en parte estimulados por una familia y un grupo de amigos con esos intereses, los gemelos Ilya y Yuri, de quienes fui compañero en la Secundaria 3 “Héroes de Chapultepec” allá por 1966, desde chamaquillos se andaban inmiscuyendo en filmaciones, grabaciones, sesiones de fotografía, reuniones bohemias guitarra en mano, discusiones literarias y librescas.
De modo que podría decir que a Ilya siempre lo conocí artista y siempre lo vi urdiendo alguna conjura cultural.
Volvimos a coincidir en la preparatoria San Ildefonso. No sé por qué lo recuerdo como algo inclinado a las ciencias, mientras su hermano yo nos dirigíamos hacia las humanidades. Eran los años sesenta de todas las rebeldías y de todos los snobismos; de las tropas bohemias en la Zona Rosa y la “pequeña muchedumbre” –al fin y al cabo, se daba abasto un solo cine, el Roble, en Reforma, cerca del monumento a Cuauhtémoc, en una sola tarde-noche por película- cuyo centro anual de cultura eran las dos o tres semanas de la Reseña Cinematográfica, donde fulguraba la nouvelle vague francesa.
Sabíamos que Ilya dibujaba y pintaba muy bien (siempre andaba garabateando algo), pero no parecía inclinarse más por las artes plásticas que por la antropología, las artesanías, la música, la arquitectura, el diseño, cualquier cosa: su curiosidad no discriminaba rubros. Discutía sin descanso de todos los temas. Anduvimos arreglando y desarreglando el mundo trago en mano hasta el amanecer desde los quince hasta sus cincuenta y seis años.
Así también era su apariencia física, que del perfil Beatle de la secundariua avanzaba un día hacia los abrigos y sombreros del pop-op art de la reseña, o de plano hacia el hippismo oaxaqueño; sus gustos musicales, que lo mismo atinaban con las rancheras y los boleros que con el rock y el vasto espectro a gogó; su paladar siempre amistoso con los pulques, los tequilas y los platillos pueblerinos de México.
Aunque la edad le fue perfilando habilidades y experiencias, siempre encontré en el Ilya de los cincuenta y tantos años al mismo muchacho de dieciséis a diecinueve de la preparatoria de San Ildefonso y los cafetines de los alrededores, por las calles de República Argentina, Donceles y República del Brasil. Se hizo a sí mismo desde chamaquito. El resto de la palomilla no había acuñado sus modos y vocaciones con tales decisión y congruencia perdurables.
Ya estaba desde entonces su constante rebeldía, que alarmaba a quienes todavía no lo conocían y simplemente regocijaba a los habituados, por sus maneras estruendosas, sus grandes gritos, silbidos y carcajadas, su cultivo pintoresco de las palabrotas, su feroz independencia y su constante actitud de apoyar por sistema las causas más impopulares o perdidas.
Rebelde a las rutinas académicas, pronto se erigió en autodidacta contumaz; rebelde a las rutinas laborales, pronto se autoempleó como artesano (prendas de piel, como abrigos y sombreros), impresor, editor, cafetero… y hasta aprendiz de campesino…
En la Editorial Penélope alentó la nueva poesía mexicana –ahí surgieron o embarnecieron nombres que se volverían famosos-, los cómics modernos internacionales, los grupos de música más heterogéneos, el dibujo y la pintura; e incluso logró sacar a su costa el primer libro serio sobre la fotógrafa Lola Álvarez Bravo: Recuento fotográfico, con muchas fotos y textos.
Además de, en su momento, una de las empresas editoriales más independientes y atentas de la producción nueva, Editorial Penélope se fue constituyendo en un centro de actividad de varias artes y formas culturales que continuaría en Editorial Quinqué, en el café-bar Las Hormigas de La Casa del Poeta y en los dos locales de El Café de Nadie. Ahí, en todas esas empresas, se alentaron las tocadas y las cantadas, las exposiciones de arte reciente e incluso se formaron grupos de autodidactas de la pintura, con sesiones de nudismo y tequilismo mitológicos.
Por lo demás, a todas horas del día Ilya de Gortari era una especie de virtuoso y gurú de un arte que ya entonces estaba en decadencia: la conversación… Uno de los mayores encantos de sus empresas y promociones eran las conversaciones que Ilya puntuaba y estimulaba.
A primera vista, Ilya de Gortari parecía contradictorio: moderno y arcaico, sofisticado y rupestre, esotérico y sensato, rudo y dulcísimo, jovial y hosco, cultural y contracultural; en realidad, no era contradictorio porque, en principio, no creía en las exclusiones y muchas cosas le interesaban mucho.
Eso le permitió ser amigo, promotor y, en cierta manera, un centro de reunión y contacto de las personas y tribus más heterogéneas.
Se abocaba al arte ajeno como si fuera propio con totales entusiasmo y desinterés. Todo ello durante mucho tiempo, desde principios de los años ochenta, en el edificio de Penélope de la colonia Country Club, hasta los locales de Las Hormigas y los dos Café de Nadie de la colonia Roma.
A partir de los años ochenta, sin ocultarse pero sin exhibirse, guardando un perfil discreto, fue dedicando cada vez más sus horas libres a la pintura.
Dibujos decididos de frecuente vocación erótica. Continuos homenajes a la mujer, con más rasgos que color, con más fuerza que paisaje. En esos dibujos busca atisbar realidades apasionadas a través de fragmentos mínimos, de rincones, de perspectivas, de encuadres. El erotismo esplendía en un rasgo, en un botón, en una sombra, en una textura como aforismos orientales del paraíso de los cuerpos.
Dibujó y pintó mucho y fue reconocido en varias exposiciones, algunas muy originales en su momento, como cuando colgó buena parte de su obra en un andén del metro Auditorio, ante el azoro, el regocijo y algo de escándalo de ora sí que millones de espectadores: los usuarios del metro.
Fue un hombre sumamente amoroso con sus amigos, con los amigos más heterogéneos, que solían sumar multitudes: recuerdo alguna fiesta “íntima” con docenas de esos amigos: prácticamente los comensales se desbordaban, como en cómic, por las ventanas y la azotea del departamentito de la calle Álvaro Obregón. No faltaba ningún exotismo ni ninguna antigüedad, lo mismo los instalacionistas más supersónicos que un grupo de concheros exuberantemente ataviados de Quetzalcóatl-Superstars, haciendo conjuros de copal a los cuatro puntos cardinales.
Fue muy importante en la obra y sobre todo en la vida de mucha gente. De alguna manera actuaba a ratos como una especie de patriarca bíblico que a todo mundo ofrecía amparo, estímulo y consejo. Para algunos incluso fungía como una especie de Papá Ilya.
Siempre lo consideré, como a Yuri, más que un amigo; y lo frecuenté más que a un hermano. Fue alguien que siempre estuvo a mi lado durante casi cuarenta años. Tenía el signo de la fuerza y del apoyo, del entusiasmo y de la crítica.
Pero sobre todo tuvo el arrojo de la alegría y del placer de la vida. Vivió como quiso y gozó todos sus días, aun en circunstancias difíciles, a las que lograba encontrarles la diversión y el regocijo, la floración y el fruto. Ilya siempre fue pura vida.
Todos los momentos de su vida tuvieron plenitud, disfrute y sentido.
El recuerdo de sus amigos, por ello, no sólo es melancólico, sino entusiasta y regocijado, afirmativo y amoroso. Y desde luego, agradecido: hizo arte y cultura no sólo en sus propias obras; su inspiración, su fuerza, su apoyo asoman en la obra de muchos músicos, escritores, artistas plásticos.
También amó a su público, a sus parroquianos, como les decía, y que encontraban en sus cafés, bares, cocteles, eventos, reuniones, tocadas, un espacio estimulante y acogedor en aquellos años que la Ciudad de México se desgarraba. Ambos locales del Café de Nadie estuvieron rodeados de pavorosas ruinas del temblor de 1985. Y ahí se tocaba, se cantaba, se hablaba de pintura y de poesía con entusiasmo y calidez.

sábado, 14 de marzo de 2009

SILVESTRE REVUELTAS POR SÍ MISMO


SILVESTRE REVUELTAS POR SÍ MISMO
por José Joaquín Blanco



La política de indiferencia y ninguneo que en general se ha seguido, en vida y durante el medio siglo posterior, contra la música de Silvestre Revueltas, también afectó su figura; se le fabricó una mitología de excentricidad, bohemia y carácter imposible, que complementaban el olvido y el desdén por su música.

Demasiado tarde y demasiado lentamente, como puede observarse en la discografía de Eduardo Contreras Soto, se ha revalorado su obra. El volumen misceláneo Silvestre Revueltas por él mismo (ERA), recopilado por su hermana Rosaura, viene ahora --a medio siglo de su muerte-- a revelarnos una de las reflexiones más lúcidas, apasionadas y radicales sobre la cultura del México moderno, tanto más valiosa cuanto que este género de literatura es insólito en nuestro país, tan abundante por el contrario en apologías propias y en festinamientos de ocasión. No hay muchas obras que nos muestren, por así decirlo, la crónica del impacto artístico serio en la personalidad, en la vida, en las relaciones sociales, aun en la intimidad, de quien se decide frontal y valientemente por el arte y la cultura, en un país que parece tenerlo todo para impedirlo.

Sólo con rubor, con mucho rubor, podremos seguir festejando lo que hemos dado en llamar el "renacimiento cultural de México", "la cultura nacionalista moderna" y hasta "la cultura de la revolución mexicana", frente a documentos como éste, que muestran la actitud real del poder --y aquí ni siquiera hablamos todavía del alemanismo, sino de las épocas de Calles y Cárdenas--, de las instituciones culturales, de los periódicos, academias y conservatorios, de los próceres letrados, de la clase adinerada y de los sectores medios.

Compuesto en gran parte por papeles íntimos, que con gran valentía ha ofrecido su familia, y por algunos artículos, reflexiones y textos diversos, Silvestre Revueltas por el mismo gira, entre otras, en especial en torno a tres reflexiones: la dificultad de crear arte en México, la dificultad del artista dentro de la sociedad y de la cultura burguesas, la dificultad de ser libre en un mundo como construido a prueba de libertades.

Hay que señalar de antemano algunos momentos especiales del volumen, que sin duda dejarán profunda huella en la cultura mexicana, ahora que circulan abierta y aptamente: su crítica de la falsa cultura letrada y musical mexicana (los pretendidos sabios y genios a la europea en el país atrasado, que resultó que nada sabían, y que la Cultura enmayusculada de la que presumían y en la que apoyaban sus privilegios, no era sino una sarta provinciana de prejuicios, bien aderazada de servilismo y mala fe); su apasionada introspección amorosa: pocas historias de amor se han expresado más franca y enfebrecidamente, con enfebrecimientos que llegan a la tortura mental y emotiva, y sobre todo a momentos de plenitud y entrega, que la de la correspondencia de Silvestre Revueltas con su esposa; su crónica europea en la época de la guerra de España, y finalmente un texto casi inverosímil, maravilloso: su crónica de su convivencia con los locos --las locas, las locas de Cristo, las locas del Ave María-- durante aun tratamiento antialcohólico casi al final de su vida.

"¿Por qué has derramado la vida? ¿Por qué/ has vertido/ en cada copa tu sangre? ¿Por qué/ has buscado/ como un ángel ciego, golpeándose contra las puertas oscuras?", se pregunta Pablo Neruda en "A Silvestre Revueltas, de México, en su Muerte. (Oratorio menor)". Quizás no falten respuestas románticas sobre el trágico destino del talento rebelde en sociedades y situaciones que no los soportan, pero Revueltas tenía respuestas más concretas sobre "la situación económica y social de los trabajadores de la música", que los iban forzando a varias salidas desastrosas: "Equilibristas en la cuerda floja de su vanidad, dice, fácilmente vulnerables, de una enfermiza susceptibilidad, bailan desamparados teniendo a un lado el desaliento irrazonado y cobarde y a otro la rebeldía histérica e inútil. Es pues difícil manejar material tan frágil, tan poco resistente", obligado "desde tiempo inmemorial (a) solazar, entretener, endulzar con su profesión, la vida del amo, del poderoso: la sumisión complacida ante el halago y la rebeldía impotente de quienes son esclavos de la vanidad y de su miedo", o bien a rebelarse: "nos embriagamos de gritos teatrales, de actitudes desmesuradas. Puerilmente jugamos a la revolución con soldaditos de plomo. Y el hombre a quien servimos, sonríe benévolamente. El nos deja jugar. Es bueno. Y bajo su sonrisa aprieta su desprecio".

Conocemos la difícil lucha de los músicos modernos en Europa y los Estados Unidos, pero resulta casi imposible imaginar la que se dio en el México de la primera mitad de siglo, contra instituciones y sectores harto más ignorantes y poderosos, a quienes la música desde luego no importaba nada, ni siquiera sabían escucharla ni ejecutarla con propiedad, y se atenían a los más desvencijados prestigios del pasado como un mero atavismo de clase, de elegancia, de estrato poderoso, como si la música fuera vestidos o licores importados: "la burguesía intelectual semiletrada, como la llama Lombardo Toledano", gustosa de una "música hecha a base de diminutivos empalagosos"; los burócratas a quienes, dice Silvestre, "veo ir orondos y felices. Yo los veo amplificar su sonrisa por los patios, los salones y los corredores de los ministerios. Van presurosos, cargados de cartapacios. En sus cartapacios llevan nombramientos, órdenes, ceses; toda una maquinaria espeluznante y omnipotente... Yo me pregunto: ¿qué misterio insólito se encuentra oculto en los corredores de los ministerios, en los despachos ministeriales, en las estaciones de radio, en las oficinas cómodas y relucientes? ¿Qué poder mágico tienen estos orondos explotadores, inflados de vanidad, prosopopéyicos y habladores?... Ah, ¡ya sé! Esa horda tiene el poder..."

Una horda que no dejaba en paz a Beethoven, con el que anestesiaba al público "un año sí y otro también", con orquestas totalmente improvisadas, para resumirlas en ramplonas "ejecuciones espantables pero muy del agrado del adormecido auditorio... (habituado a) una lluvia de recitales de canto, de violín, de arpa, de arias, de romanzas, de óperas más viejas y vulgares que un Arco de Triunfo o un plato de lentejas, que les servían a diario --¡todavía!-- las academias particulares y el mismo conservatorio..."

Frente a tal panorama, no quedaban posiciones cómodas o razonables --lo cómodo y razonable consistía casi exclusivamente en hacerse banquero, comerciante o diputado o en irse del país--, sino arranques desaforados. Revueltas convoca a los jóvenes a mantener sus sueños y quemar sus pianos, antes que reducirse a la atroz lección predominante y a los maestros e instituciones que matan al artista "con la peor muerte: la del inválido".

Ese quemar los pianos significa, entre otras cosas, empezar a tocarlos debidamente; frente al triunfalismo de la época, que a través de la prensa o de las instituciones, con el apoyo del poder o del dinero, inventaba genios y conciertos maravillosos donde no había sino "Blof, blof, blof", se hace necesario el rigor profesional: "No hay más que dos caminos en el arte: o se hace uno virtuoso o se hace uno payaso. Digo virtuoso en el sentido de dominar su técnica y su profesión. Eso cuesta mucho trabajo; es duro. Digo payaso en el sentido de perder todo escrúpúlo profesional. Eso sería relativamente fácil para algunos, y hasta puede producir dinero. ¡A escoger!".

Los textos más privados del volumen conservan tal beligerancia crítica pero en un tono diferente, en el que priva el sentido del humor. Un sentido del humor tal vez irónico y triste, pero que muestra una mente perfectamente organizada y capaz de resistir los filos de la realidad.

Hay de pronto en él apuntes solemnes de profeta hostigador, aforismos y reflexiones de enorme dureza: "La soledad está poblada de gentes que aúllan, gritan, gesticulan", "Dios se ha vuelto una Virgen de carne poderosa y fuerte, y alegre"; "¿Por qué un artista, un creador ha de sufrir hambres y miserias? Aquí descansa, entre nosotros, el secreto del fracaso de la cultura de México como pueblo. Somos un país de descamisados y de zánganos. Se desprecia al música, al pintor, al poeta, por considerarlos como a los bufones que cabriolean en los banquetes de los burócratas. Pero es que se les hace bufones por la fuerza del hambre. Aunque muchos nos rebelemos, la rebeldía es la soledad, la soledad infecunda, el abandono, la miseria!".

Que Silvestre Revueltas haya logrado otro tipo de rebeldía, la fecunda de su obra musical, elaborada casi toda ella en los treintas, y de sus apuntes de conciencia, no hace sino enfatizar el gran problema de la cultura mexicana de su tiempo, que sigue vigente, más allá de ideologías, partidos, borracheras, bohemias y episodios anecdóticos. La obra importante, seria, noble se vuelve casi imposible; y cuando alguien puede hacerla, no es sino pagando un precio exorbitante en su felicidad, en su tranquilidad, en su salud, en su estabilidad emocional y nerviosa. En desesperación, pues, al borde de alguna madrugada fría y final.

Aunque no debemos perder de vista la importancia de una voz franca y claridosa que pone el dedo en la llaga, sin duda la riqueza, el fuego del libro está en sus altos sueños. Muchos de los cuales sí se realizaron, pese a todo.

En Madrid, cuando viajó a la República Española como secretario de la LEAR, dirigió a verdaderos músicos; tocaron sus propias obras: "Han tocado Janitzio como jamás la había oído. En el tiempo lento llegé a sentir los ojos humedecidos. ¡Cómo recordé la tarde aquella, allá en Pino Suárez, cuando la escribí! ¿Te acuerdas?", le escribe a su esposa. "Entonces, en aquel momento, te sentía más lejos que ahora, y estabas delante de mí, pero mi alma sentía el inmenso desconsuelo de tu distancia. No, tú no puedes recordarlo, no te diste cuenta. Nunca tal vez me vi más irremediablemente triste, más distante, más desamparado de tu amor. Tú estabas ausente. Después en la noche, mi exaltación por haber compuesto ese trozo; ya entonces mi orgullo, quizá mi vanidad de creador. De eso sí te acordarás, eso era más concreto: bebí desesperadamente, con una alegría inconmensurable, con un dolor por encima de tu miseria y de la mía". (1990).

***

Paul Bowles y Silvestre Revueltas.- El narrador y comppositor Paul Bowles (cuya autobiografía Without stopping ha sido publicada en castellano recientemente por Grijalbo, Sin descanso) visitó México varias veces en los años treinta y cuarenta. La primera ocasión pudo tratar a Silvestre Revueltas, gracias a una recomendación del común amigo Aaron Copland. Revueltas era profesor del Conservatorio Nacional y estaba en su mejor momento.

Bowles lo recuerda como una de las personas más cálidas que jamás llegó a conocer, "con sus brazos siempre abiertos", y a él debió el descubrir a García Lorca y a Nicolás Guillén. Revueltas llevó a Bowles al conservatorio e improvisó una orquesta para tocarle su Homenaje a García Lorca --que Bowles elogia como capaz de "conmover violentamente" y como dueño de una "luminosa textura"--, antes de conducirlo por todos los vericuetos de las cantinas capitalinas, más que hechas para impresionar al futuro autor de Tapiama y de Let it come down! (¡Qué caigan!), de tantas pesadillas nocturnas por barriadas de miseria, prostitución, violencia, alcohol y hashish.

A través de la propia casa y del barrio céntricos de Silvestre Revueltas --que representaron el mayor grado de miseria que jamás había conocido Bowles, y eso que ya había pasado por Marruecos--: sin agua, sin drenaje, sin electricidad, sin pavimiento en las calles, y con casas a medias: "De hecho, no había lo que propiamente hablando se llaman muros, entre una vivienda y otra. Las divisiones se alzaban hasta unos 2 metros con 40 cenímetros y se detenían inconclusos. El alboroto de voces, radios, perros y bebés era infernal". En mitad de la paupérrima y hospitalaria vivienda destacaba el viejo piano de pie.

Para Christopher Sawyer-Lauçanno, autor de An Invisible Spectator. A Biography of Paul Bowles (Nueva York, The Ecco Press, 1989, pp. 175 y ss), "La visita a la casa de Revueltas dio a Paul Bowles mucho que pensar sobre Revueltas como la encarnación del artista quintaesenciado, que sacrificaba la vida al arte. Extraordinariamente apasionado de la música, de la poesía, de la vida y de la política, él era el creador consumado, que veía en la existencia misma la inspiración para el acto creativo, o como Bowles escribiría de Revueltas unos cuantos años después, 'uno tenía la sensación de un organismo que alcanzaba la completa expresión en la creación de un tipo de música que era una versión exacta y muy personal de la vida que lo rodeaba en su país".

En buena medida, como artista, como actitud frente a la vida y los mundos de la vitalidad, la miseria, la aventura riesgosa, Silvestre Revueltas fue un confesado modelo del compositor (diversas óperas, ballets, cantatas, conciertos, piezas de piano, música para teatro y cine, sonatas, conciertos, una danzas mexicanas y nada menos que dos huapangos --sic-- de 1939) y novelista norteamericano, ahora tan de moda en todo el mundo (The Sheltering Sky, The Delicate Pray, A Hundred Camels in the Courtyard, etcétera).

Aunque Bowles estimaba mucho más la comodidad y las oportunidades que daba el dinero, de lo que le pareció que lo hacía Silvestre Revueltas, "tomó de Revueltas el sentido, que ya nacía ne él,no sólo de la nocesidad de abrirse a una miríada de encuentros, sino también de la importancia de transformar aquella experiencia vivida en arte. Aunque no tan dispuesto al hedonismo que afectaba a Revueltas, Bowles estaba aprendiendo por entonces una manera de usar la energía de los hechos que lo rodeaban para crear. El legado de Revueltas es principalísimo en Bowles. Las composiciones que hizo en México estpan llenas de la realidad del lugar, como si fueran transcritas de un encuentro real. En el obituario que Bowles escribió sobre Revueltas en 1941, describió este talento; las palabras asimismo se aplican a mucha de la música de Bowles inspirada en México", dice Sawyer-Lauçanno.

Las palabras de Paul Bowles sobre Silvestre Revueltas: "Revueltas sabía para qué era la música y de qué se trataba... El representaba al verdadero compositor revolucionario que en su trabajo iba directamente a la cosa que quería decir, poniendo la menor atención posible a las medios de decirlo. Como musicalmente era un romántico, lo que quería decir era generalmente lograr un efecto, más que cualquier otra cosa. No hay esas preocupaciones con la forma o el establecimiento consciente de un estilo individual que hace de la música de Chávez un producto intelectual. Con el instinto del orador, Revueltas hacía sus efectos, bárbaros y sentimentales, después de los cuales el podría haber subrayado con tranquilo orgullo: He dicho".

Los escritos de Paul Bowles sobre Revueltas están en sus comentarios autobiográficos (Without Stopping) y en el ensayo "Sylvestre Revueltas" aparecido en la revista Modern Music (volumen 18, No. 1, Noviembre-diciembre 1940, pp. 12-13). La biografía de Sawyer-Lauçanno estudia asimismo la "época mexicana" de la música y de la literatura de Paul Bowles (n. 1910, y de otras influencias contemporáneas, como la de Miguel Covarruvias. (1990).

sábado, 7 de marzo de 2009

HOTEL ACQUASANTA

HOTEL ACQUASANTA
por José Joaquín Blanco

"Se cuenta que un día un oficial de marina amigo suyo, le enseñó un manitú traido del África: una pequeña cabeza monstruosa que algún pobre negro talló en un trozo de madera.
-Es muy fea- dijo el marino-, rechazándola con desprecio.
-¡Tenga cuidado! -repuso Baudelaire, inquieto-. ¡Podría ser el verdadero Dios!"
ANATOLE FRANCE: “Charles Baudelaire” en La Vie Littéraire, III

1
Llevaba dos horas esperándome en el presuntuoso hall del hotel Acquasanta, con una Biblia en la mano para que pudiera reconocerlo. Ya se había sentado en todos los sillones y había caminado veinte veces de la recepción a la entrada, de la entrada al restorán, del restorán a los pasillos. Pero no tenía cita: yo le había aclarado, cuando llamó al programa radiofónico "Dios somos todos", que sólo estaba de paso en Tlanepantla, de prisa, agobiado por todo tipo de compromisos; que se tranquilizara, que todo tenía remedio en este mundo: que sólo su aprensión y sus temores creaban monstruos que en la realidad no existían sino como pequeños problemas de todos los días, perfectamente naturales, que afectan tarde o temprano a todos los hombres; que yo mismo lo llamaría en mi próxima visita.
Logré evitarlo al salir de la estación de radio -no sólo se las había arreglado para que me pasaran al aire su llamada sino que además averiguó en mala hora dónde me hospedaba-, pero sospeché que insistiría y me metí a un cine a matar el tiempo: más de media película de extraterrestres, para fatigarlo y desalentarlo. Mi negocio es predicar en los medios de comunicación y en conferencias de paga, en teatros y auditorios; no agotarme en consultas privadas gratuitas.
Había amenazado con aguardar toda la noche y toda la madrugada si era preciso: le urgía hablar en privado conmigo. Cumplía su amenaza. No necesité su Biblia: de inmediato identifiqué su aparatoso, grotesco, porte de atribulado. Tuve que reprimir una carcajada: me pareció otro extraterrestre.
Ahora todo mundo sabe que soy un "falso cura". El obispo de Ecatepec me armó un escándalo en la televisión y hasta intentó hundirme en la cárcel. Pero yo nunca afirmé que fuera uno de los curas de su diócesis, ni siquiera me presenté alguna vez, durante los cientos y cientos de emisiones de radio en que auxilié a los radioescuchas atribulados, como clérigo romano. Nadie tiene el monopolio de Cristo. Soy sacerdote de mi propia iglesia cristiana. Predico que Cristo somos todos.
Un gigantón deslavado, algo barrigón, con mandíbulas enfáticas y unas manazas de la Edad de Piedra. Temí que sus abrazos me descuartizaran. Un aliento fétido, bilioso. Inyectados ojos de insomne. Y sin embargo tan gentil, casi afeminado -si nos pudiéramos imaginar gorilas afeminados-, que me hizo sospechar su inexperiencia en el trato social. Probablemente un bodegonero o un trailero acostumbrado a una conducta ruda y directa, elemental, sin muchas palabras, en el brete de presentarse como refinado.
Vestía un traje con arrugas de ropero. Quizás llevaba años colgado ahí a la buena de Dios, desde la última boda familiar, entre los vestidos de juventud de su esposa. Porque semejante cuarentón era inconcebible sin una o varias esposas y un buen racimo de escuincles mocosos, majaderos, lamentables. Cherchez la femme!, me alerté para mis adentros.
Hablaba con la misma torpeza de su traje, de sus ademanes, como si tuviera que traducir a un lenguaje raro, de etiqueta, sus pensamientos burdos. No encontraba las palabras o se tropezaba con términos equivocados, que seguramente jamás había pronunciado, que se le habían pegado de algún especioso programa de radio y se había dado a la tarea de inventarles un borroso y elaborado significado, en lugar de acudir a un diccionario de bolsillo.
-Padre Terán -me dijo-, no sabe cuánto lo pronostico; desde hace meses perpetúo sus homilías, hasta he esbozado ejecutarle algunas cartas, pero soy un escrupulado neófito en las infraestructuras del Espíritu, un pobre pecador que se promete ahincar el Evangelio...
-Vamos, hombre, al grano: necesito dormir un poco y antes debo cenar cualquier cosa...
-Prométame conviviarlo...
-Prometido. Pero de una vez. En un rato cierran.
Casi lo arrastré al restorán. Pedí el platillo y el vino más caros.

2
No vayan a pensar que soy o me quiero hacer el cínico ni el rufián. No trato de escandalizar a nadie. Sin duda alguna, quien esté leyendo mi relato ya no necesita que nadie lo espante a mis costillas. Mi desprestigio ha sido total (ya se olvidará pronto, y para entonces tendré otro nombre, en otro sitio, con otros negocios), y en nada me beneficia justificarme ni flagelarme. Simplemente quiero decir que un tipo abusivo me puso de mal humor.
Ya me imagino al filantrópico lector agraviado: "¡Un cura falso, charlatán radiofónico, maltrata y zahiere -así se dice: zahiere- a un ingenuo hombre del pueblo, ignorante, inocente, crédulo, atormentado!" Evito que el lector humanitario se precipite en sus indignaciones: anticipo que el tipazo de marras era un criminal fugado de una cárcel de Michoacán; vivía en Tlanepantla con nombre y credenciales falsas; ni su reciente esposa -porque había dejado por el ancho mapa nacional regadas media docena de esposas con escuincles, todos bautizados con apellidos falsos y diversos- trasuntaba su oscura historia, perfectamente digna de cualquier salvaje.
Me enteré de ello más tarde, claro está: pero mi olfato es rápido, mis premoniciones avizoras. Indudablemente había gato encerrado. El gigantón parecía demasiado teatral, rebuscado, elaborado. No me tragaba que fuese un pobre de espíritu. Algo me quería vender, o transar, me dije. Y por el momento ataqué un pedazo de bolillo con mantequilla.
Sé que a los devotos los asusta un poco la gula de los curas. La ven poco espiritual. Cuando trabajo en serio procuro llegar a los festejos con algo en el estómago, para dar la impresión de que sólo por condescendencia admito displicentemente algún bocadillo. Pero quería advertirle al tipo que se anduviera con cuidado. Que sospechaba su juego. En realidad, hasta me asustaba un poco. Pero en mi oficio siempre se corren riesgos -espías, chantajistas, defraudadores, megalómanos-, y he aprendido a divertirme un poco hasta en las situaciones más inseguras. Mis terrores me entretienen.
-¿Y por qué me buscas precisamente a mí? -lo tuteé sin miramientos, de tahúr a tahúr-. ¿Y el párroco de tu colonia?
Se miró las manazas de tablajero, las uñas sucias.
-Los curas de barriada sólo panoraman escrupuleados pecados minutos. Hace algunos meses divagué su homilía en la radio. Usted comunicaba que había trascendido a múltiples criminales, de la ralea degenerativa, antiestrófica. Que impávido auscultaba hienas de holocausto. Y que todo lo podía condonar, que su corazón sancionaba por la pendiente exonerable a los cristos más incógnitos y nefandos en sí, de suyo. Que el asesino es Cristo y el asesinado es también Cristo, y que todos somos Cristo y santa paz amén.
-Nunca declaré tal cosa.
-Yo la consigné en una agenda, bitacoreadas están la fecha y la hora.
-¿Andas buscando confesión, el perdón de tus pecados? Pásame el guacamole. ¿Tan tremendos son? Salucita. A lo mejor sólo dije que muchas personas se imaginan más pecadoras de lo que en realidad son, nomás por orgullo, por sentirse interesantes y malditas... He encontrado tanta gente tonta que se imagina en pecado mortal porque se tragó un macarrón. Llégale a tu caldo, que se te enfría.
Trataré de resumir su jerigonza. No, no buscaba confesión ni perdón de nada. No creía mucho en eso. Por lo demás, todo ya se lo había confesado y perdonado a sí mismo. ¿Qué otra le quedaba? Uno ha de seguir viviendo de cualquier manera consigo mismo, ni modo de mudarse de pellejo. Al diablo los escrúpulos, que son más para ostentarse que para practicarse, si es que en realidad alguien ha llegado a conocerlos. Por lo demás nunca se había sentido arrepentido de nada, lo que era arrepentirse de veras, salvo cuando tenía mala suerte y las cosas le salían mal. Pero no podía llamar a eso arrepentimiento, sino coraje y pena de su mala suerte o de sus tonterías. Sin embargo, últimamente, últimamente...
-Salucita.
Últimamente no se reconocía. Después de tantos y tantos años de no espantarse de ningún muerto, de no inmutarse absolutamente ante nada, porque debía yo saber que había conocido el crimen, la crápula, la mierda, la crueldad, la miseria, absolutamente todo, desde antes de aprender a hablar, porque entre esos pañales se había criado, y todos a su alrededor eran lo mismo, y sólo parecían asombrarse de hechos semejantes las locutoras remilgaditas de los noticieros de televisión, “escrupufulosas”.
-Acábate de una vez tu caldo. Ya nos están corriendo.
-¿No aspira a degustar otra copa de licor? ¿Se la escancio?
-Ya nos están corriendo. Pide dos botellas de ron y unas cocacolas. Me resignaré a seguirte escuchando en mi cuarto. Y de una vez paga la cuenta.
No, no era una simple cuestión de dinerillo. Extrajo de la bolsa del pantalón tremendo fajo de billetes. De los más grandes, e incluso dólares. Se trataría de algo más gordo. Me podría querer de cómplice para algo de veras mayúsculo, pensé con cierto temor. Pero no se me iban a indigestar las puntas de filete recientemente incorporadas a mi epostuflante fisonomía -empezaba yo a contagiarme de su lingo-; ya he dicho que suelo divertirme un poco incluso en mitad de los episodios más arriesgados.

3
Echado en la cama, con una cuba en la mano, ya sin la menor intención de asumir una pose sacerdotal, miraba al gigantón desgarbado, neurasténico, casi fantasmal, ir y venir a grandes zancadas en el cuarto pequeño. También traía una cuba en una mano, que casi no probaba (la otra no soltaba la Biblia).
Me contaba su vida sórdida. No sé cuánto exageraba: innumerables hurtos y riñas, golpizas, violaciones, algunos asesinatos. No le dije que abundantes vidas similares se escondían en los suburbios de las ciudades y en los pueblos, incluso (o sobre todo) en zonas adineradas. La suya en todo caso resultaba un tanto cuantiosa y prolija en episodios de monótono corte policiaco. Pero cuando la vida bandolera se vuelve normalidad en toda una familia, en todo un barrio, en un estrato social y hasta en una nación, ya resulta mera cuestión de estadística el censo de los "ilícitos", como él los denominaba. La larga vida del virtuoso prolifera virtudes; la del mezquino, triquiñuelas; la del "lacra"...
-Soy un sujeto tipo lacra, padre Terán..
La del "lacra", como mala hierba, como plaga silvestre, multiplica episodios criminales. Eso lo sabía muy bien B. R. (llamémosle así) y ni se avergonzaba ni se rebelaba contra su destino. Había llegado incluso a divertirlo. Contaba algunos asesinatos más digamos entretenidos o pintorescos que otros; no conseguía dejar de sonreír (en memoria de antiguas, largas carcajadas) ante ciertos fraudes o robos más ingeniosos o novelescos que otros.
Algo de pudor conservaba (o fingía) ante ciertas violaciones, pero en su digamos estirpe "lacra", a final de cuentas, todo mundo se había cogido finalmente a fuerzas a alguien, con el expediente de unos cuantos madrazos para facilitar y amenizar el procedimiento. Él mismo había sido violado en su más tierna infancia por su propia pandilla, en una especie de rito iniciático, como novatada, cuota de ingreso o para "dejar prenda" a fin de pertenecer a ella. Fue a dar al hospital con el ano desgarrado, pero no denunció a sus agresores -que por lo demás no hubiera sido difícil rastrear entre los chamacos del vecindario con quienes se le veía en la calle a todas horas todos los días; con quienes se le siguió viendo, porque al fin y a cabo eran su "flota", su "raza", y a muchos otros les había ocurrido algo así, como a muchos otros les aguardaría su turno de iniciación, prenda o novatada, a la vuelta de los años, ahora con B. R. entre los agresores...
-No es insólito soportar el Mal, padre Terán, como usted ha epigramado en su emisión radial; consuetudinarse a él cual memoranda cotidiana, sin ínclitos desdoros, incluso sin dolor, ni siquiera disgusto intrasensorial o patológico. Así se aterriza la biografía inverecunda de los muchos, hasta que todo mundo epiloga por morirse.
No sé si me divertía más el dépaysement de su moral o el dépaysement de su florido discurso. En el fondo, todo me daba la impresión de una bufonada (me lo sigue pareciendo: escribo esto desde ahora para que en un futuro no se me ocurra que sólo lo soñé). Lo hubiese tomado fácilmente por un farsante o loco vulgar, sin creerle una palabra, si no recordara con demasiado asombro -el bulto seguía delatándose en la bolsa izquierda del pantalón- el fajo de billetes.
Y últimamente, últimamente... su universo se "desfracturaba", se "trascoyuntaba", se resbalaba como piso aceitoso bajo sus pies. Casi no podía comer: sentía hambre, pero su cuerpo se negaba a aceptar el alimento; se le atragantaba, era rechazado con espasmos y vómitos por su aparato digestivo o por sus nervios, se le contraían el cogote y las tripas, vayan ustedes a saber. Tampoco dormía mucho: se caía de fatiga pero sus nervios no le permitían abandonarse al sueño más que por periodos de diez, quince minutos, que lo agitaban y extenuaban por competo. Despertaba más cansado que antes. Llevaba meses con semejante vida fantasmal.
Todo, por otra parte, le parecía frágil e irreal, como si deambulara "en guisa de autómata" en mitad de un sueño. No creía que los muros, las sillas, el suelo, el techo, el excusado, sus propios brazos fueran reales y "objetivos, sólidos"; sino como "plasmáticos y cloroformizados", traslúcidos, gelatinosos; esa silla, por ejemplo, estaba a punto de invadir la mesa o la pared cercanas como una mancha de aceite invade el agua. Todo era como líquido, el mundo lo enclaustraba "a la manera de un acuario glauco, limoso, con medusas, algas y tiburones".
-No mames, B. R.; lo que pasa es que has escuchado demasiados programas "espirituales" de la radio. Empezaste como simple criminal, pero de tan trivial inicio has degenerado hasta el anacoluto, el barbarismo y el ripio. Existe la absolución para el asesinato y el estupro, hasta para el parricidio, ¡pero ninguna religión exonera el anacoluto!
-¿El qué? ¿Qué carajos es anacoluto?
-Nomás búscale la rima. Y entre tanto tráeme otra botellita de agua purificada. En el baño, sobre el lavabo. Estoy sudando puro ron y cocacolas; me siento más pegosteoso y gelatinoso que tus fantasmas. Y sobre todo, fácil criminal, ¡huye del anacoluto!


4
Para entonces ya era media madrugada. Nos hubiera rodeado el silencio si no nos llegaran a ratos, enfáticos, ciertos jadeos y ruidos eróticos de los canales de tele porno de los cuartos vecinos, o de los entusiastas huéspedes que los emulaban.
¿Quién de tal manera conjuraba, asediaba, visitaba, conturbaba a B. R.? ¿Era Dios o el demonio, o las rencorosas almas de los muertos; las víctimas que sólo habían esperado silenciosas tantos años para cobrarle todas sus cuentas juntas? ¿Le estaban cobrando qué, quién precisamente le estaba cobrando qué cosas? ¿Todos le estaban cobrando todo al mismo tiempo? ¿No había modo de escapar, de exorcizar a sus perseguidores, de llegar a un arreglo con ellos, de irles pagando en abonitos? Nunca antes B. R. había sentido escrúpulos ni remordimientos; en realidad, tampoco ahora los sentía; no eran pues la Conciencia ni la Culpa. ¿Qué diablos era?
-Usted debe trasuntarlo; usted que ha aforizado réprobos, palinodiado caníbales, alocucionado reos de cadena perpetua, epistolado narcosatánicos, reconciliado forajidos que se programan epitalámicamente un tatuaje por cada delito, y ya llevan todo el cuerpo cundido de escrituras y trazos omnígamos, como graffiti de bardas defeñas, en pellejudo laberinto; usted que ha imbricado a la Santa Muerte y a Changó...
-Para nada. La santería no es mi fuerte -le respondí ya algo ebrio, más divertido que asqueado-. Hay otros colegas no difíciles de localizar. Se anuncian en los periódicos y en internet...
El tablajero gigantón de pronto se vino abajo, como res fulminada; quería llorar pero el llanto no acudía a su llamado; quería seguir hablando pero no se qué contracturas del pecho le ahogaban las palabras. Babeaba, se sacudía, se le enrevesaban los ojos en blanco. Todo un endemoniado. No quedaba más remedio que exorcizarlo. ¿Pero no me estaría tomando el pelo? Dos farsantes: uno se que se hace el cura y otro el penitente.
Se imponía, pues, destrabar la comedia, o nos quedaríamos el resto de la madrugada con sus babeos y convulsiones en el suelo. Probablemente ya no tenía nada más que decirme. Agotadas finalmente sus improvisadas y baratonas dotes retóricas e histriónicas, había alcanzado su clímax. Entonces yo, el falso cura, abandoné el resto de mi trago en el buró, fingí un trance, un contacto con el Absoluto (todo ello con cierta parsimonia, sin acudir a sus recursos de teatro de feria, que no son mi estilo; ademanes y movimientos simplemente ceremoniosos, concertados, oficiales), y extraje sus demonios:
-¡Encuérate! -le ordené.
Que nadie quiera ver lascivia en mis intenciones. Nunca me han excitado los varones, y mucho menos los gigantescos panzones desgarbados de cuarenta y tantos años. Éramos dos hombres de más que mediana edad, bien gastados por la vida, sin atractivo sensual alguno. La orden surtió su efecto. Se atenuaron sus convulsiones. El llanto encontró finalmente cauce, a borbotones. Un pudor de señorita empavoreció al cínico curtido.
-¿Qué me va a hacer? -se quejó con bovina mirada plañidera, como un niñito frente a una pandilla de violadores.
Retomé mi cuba. Me raspé la garganta y atrapé al vuelo el gargajo con la mano, como a una mosca; lo embarré en una almohada.
-¡Encuérate! -repetí.
Se incorporó y se fue desnudando dócilmente, con una torpeza y una falta de gracia irremediables. La Biblia quedó abandonada junto a un zapato. Traía pistola, que dejó a mis pies, en la cama. Era una res verdaderamente repugnante y sucia, desollada. Se volvió de espaldas en un último resto de pudor, para no exhibirme de frente sus enormes genitales aguados, pero se encontró frente a un espejo que encuadró, como una fotografía, su gesto de bajarse los calzoncillos hasta los pies: los genitales como bofas vísceras en un rastro, y su mirada lastimosa, ofendida y resignada hasta la abyección.
La presuntuosa decoración modernista, lujo estridente y barato, del cuarto del Hotel Acquasanta, con sus muebles, lámparas, cuadros abstraccionistas, cortinas y demás parafernalia de colores chillones, se concentraban en el espejo claroscuro y resaltaban la fealdad de ese exangüe pedazo de animal en cueros, casi en canal.
-¿De veras crees que a alguien del Más Allá o de Cualquier Parte le interese ese esperpento?
Cayó de rodillas, con un llanto numeroso. Se imagino más humillado de lo que hubiese sufrido entre rufianes y policías, en la cárcel o durante madrizas en despoblado. Su propia mirada lo ofendía y degradaba. Que nadie me acuse de sádico. Él mismo era conjuntamente su tribunal, su condena y su retazo de infierno.
-¡Hijo del Hombre! -proseguí-. ¡Carga con tu lote de huesos, tripas y caca lo que te reste de existencia! O pégate un tiro. -Hizo ademán de tomar la pistola: por lo visto estaba dispuesto a obedecerme en todo; me alarmé, lo contuve: -Pero no aquí, Hijo del Hombre. ¡No me gusta el tiradero! Ahora ya sabes lo que hay que saber. Dios somos todos y valemos una bendita mierda, más allá de lo que en nuestra vanidad llamamos infamias o virtudes. Ahora agarra tus tiliches, vístete y lárgate sin más panchos. Déjame tres mil pesos.
Acató de inmediato, cual quinceañera que inopinadamente restaña su pudor. En dos minutos estaba fuera.

5
Dormí la mona de los justos hasta mediodía y retomé mi gira de predicaciones radiofónicas por media república. Dios somos todos. En una populosa cantina de Tamazunchale me alcanzaron las denuncias del obispo de Ecatepec. Nadie en la cantina me encontró parecido con el video de archivo que exhibía el noticiero televisivo nacional. Yo seguí jugando dominó como si nada. No era la catástrofe armaguedónica que pretendía el obispo, sino solo una contrariedad, el final de un negocio. El "falso cura Terán" o el “falso cura Garatuza”.
Mis abogados no encuentran delito qué perseguir, pues nunca me dije cura de esa diócesis ni de esa iglesia; que la gente haya pensado otra cosa no es mi problema. Aunque a la gente no le importa tanto esa formalidad, ese trámite, de haber sido o no ordenado sacerdote oficialmente por tal iglesia o tal obispo. Nunca he tenido mayor demanda que en medio de mi supuesto desprestigio. Pero mis abogados me recomiendan mesura hasta que se desinflen y apolillen todos los morosos recursos judiciales. En consecuencia, no afirmaré nada. Sólo estoy recordando mi "drolático" episodio con B. R., en el Hotel Acquasanta de Tlanepantla.
Allá ustedes si encuentran -es cosa suya- cierto temblor de reconocimiento entre el probable criminal y el cura cuestionado. Allá ustedes si se imaginan que yo también nací y me crié entre los pañales y los lodos de la miseria, la crueldad y la violencia, “tipo lacra”. Allá ustedes si me imaginan como niño recogido para criado, monaguillo y sacristán y otros poco halagüeños menesteres por algún abusivo cura formal, un cura con diploma. Allá ustedes si inducen que en alguna parte debí aprender las mañas y los resortes del negocio pastoral. Un cura con diploma que pudo llegar a obispo con diploma en Ecatepec o en otra parte.
Soy un mero pastor ambulante en un país de vendedores ambulantes, un cura informal en un país de vendedores informales. La informalidad somos todos. Dios somos todos. Todos somos todo y valemos mierda, como el buen B. R., quien seguramente se recuperó o se desengañó, pues ya no me persigue como antes por todos mis programas de radio "abiertos al público". Ojalá haya podido llevar algo de paz o de audacia a ese gigantón atribulado. Que se haya conformado con sus pardos días o se haya pegado un tiro.
"Por sus obras los conoceréis", dijo Cristo. A mí me piden que predique por medio México, en teatros y en la radio. El honorable público aplaude mis “obras”, simples palabras, a rabiar. El honorable público también es Dios. Todos somos Dios y entonces asimismo me corresponde, incluso en toda mi pequeñez y mi torpeza, ser moderadamente Cristo. Así sea.

jueves, 5 de marzo de 2009

JOHN UPDIKE: EL MAÑANA, EL MAÑANA Y ETCÉTERA





El mañana y el mañana y el etcétera
John Updike



Amontonándose, empujándose, platicando, el grupo 11D empezó a entrar en el aula 109. Por el tipo de excitación de sus alumnos, Mark Prosser supuso que iba a llover. Llevaba tres años de dar clases en secundaria y sus alumnos seguían impresionándolo: eran unos animales tan sensibles, reaccionaban de una manera tan infalible a una presión meramente barométrica.

Brute Young se detuvo junto a la puerta mientras el pequeño Barry Snyder, que apenas le llegaba al codo, risoteaba nerviosamente: su risita ronca subía y bajaba, sumergiéndose hacia algún secreto vil, que tenía que ser saboreado y resaboreado, y saltando luego como cohete para proclamar que él, el pequeño Barry, compartía semejante secreto con el grandulón de la escuela. A Barry le encantaba andar de sombra de Brute. El grandulón no le hizo mucho caso y volteó en busca de algo que aún no aparecía por la puerta, mientras la procesión que venía empujando se llevaba a Barry por delante.

Exactamente bajo los ojos de Prosser, como un crimen que de repente apareciera en un friso histórico, entre la continuidad de reyes y reinas, alguien con un lápiz le picó las nalgas a una muchacha. Ella lo ignoró arrogantemente. De un tirón, otra mano le desfajó la camisa a Geoffrey Langer. Geoffrey, un alumno brillante, no supo bien si considerarlo una broma o defenderse con ira; e hizo un débil, ambiguo gesto de compromiso, con una expresión de vaga arrogancia, que Prosser de inmediato asoció con los confusos sentimientos que a él mismo le ocurrían. A lo largo de toda la fila, en el resplandor de los llaveros y en los ángulos agudos de los puños arremangados, se expresaba una electricidad que el simple clima era incapaz de generar.

Mark se preguntó si ese día Gloria Angstrom traería puesto ese suéter de angora, de un rosa subido, prácticamente sin mangas. El factor de disturbio era la falta de mangas, y cómo quedaban expuestos al aire esos dos brazos serenos, blancos como muslos contra la delicada lana.

Su sospecha era correcta. Una mancha de un rosa vivo relumbraba entre el zangoloteo de brazos y de hombros, conforme entraba al salón el último grupito de chamacos.

—Pueden sentarse —dijo el señor Prosser—; aprisa, muévanse.

La mayoría obedeció, pero Peter Forrester, que había estado en el centro del grupo que rodeaba a Gloria, seguía demorándose con ella junto a la puerta, terminando de contarle algo, con el propósito de hacerla reír o de arrancarle un pequeño grito, él, satisfecho, meneó la cabeza, sacudiendo su pelo anaranjado, presuntuosamente peinado con una especie de copete colgante. A Mark siempre le habían caído mal los pelirrojos con sus pestañas blancas, sus caras hinchadas, sus ojos tiroideos y sus bocas con el absurdo gesto de seguridad en sí mismos. Una raza de engreídos. Prosser tenía el pelo castaño.

Cuando Gloria, caminando con movimientos deliberados y majestuosos, ya se había sentado, y Peter había llegado a su pupitre, el señor Prosser dijo:

—Peter Forrester.

—¿Sí? —Peter se levantó, buscando apresuradamente en su libro la página que tocaba.

—Por favor, diga a la clase el significado exacto de “El mañana y el mañana, y el mañana / Con rutina se desliza, de día en día”.

Peter echó un vistazo a su edición escolar de Macbeth, que estaba abierta sobre su pupitre. Una de las muchachas menos atractivas echó una risita nerviosa desde atrás del salón. Peter era popular con las muchachas; a esa edad, las jóvenes tienen mente de mariposa ciega.

—Con el libro cerrado, Peter. Recuerde usted que todos nos hemos aprendido, para hoy, este pasaje de memoria, ¿no?

La muchacha de atrás del salón soltó un chillido de placer. Gloria puso su libro abierto sobre su pupitre, de modo que Peter pudiera verlo. Peter cerró el suyo de golpe y miró en el de Gloria.

—Bueno —dijo finalmente—, creo que significa en gran medida lo que dice.

—¿Y qué dice?

—Bueno, que el mañana es algo sobre lo que pensamos muy seguido. Se desliza en nuestras conversaciones todo el tiempo. No podríamos hacer ningún tipo de planes sin pensar en el mañana.

—Bien, ¿entonces usted diría que Macbeth se está refiriendo aquí a, digamos, a la vida como si fuera una agenda?

Geoffrey Langer se rió, sin duda para agradar al señor Prosser. Por un momento el señor Prosser se sintió complacido. Pero entonces se dio cuenta de que había estado buscando risas a costa de un alumno. La paráfrasis que el profesor había hecho de la interpretación de Peter la mostraba más ridícula de lo que había sido. Empezó a retractarse:

—Bueno, admito que…

Pero Peter había retomado la palabra. Los pelirrojos nunca saben cuándo retirarse.

—Macbeth quiere decir que si dejamos de preocuparnos sobre el mañana, y vivimos sencillamente el ahora, podríamos apreciar todas las cosas maravillosas que ocurren frente a nosotros.

Mark pensó sobre esto un momento antes de hablar. Decidió no ser sarcástico:

—Ah. Sin negar que hay algo de razón en lo que dice usted, Peter, ¿cree probable que Macbeth, en esta situación, estaría expresando sentimientos tan —no pudo evitarlo— primaverales?

Geoffrey volvió a reír. A Peter se le enrojeció el cuello, y se puso a mirar detenidamente el piso. Gloria miró con dureza al señor Prosser, con la determinación de que en el rostro se le notara claramente su indignación. Mark se apresuró a remediar su error.

—No me malinterprete, por favor —le dijo a Peter—, no pretendo saberlo todo; pero me parece que todo el parlamento, hasta donde dice “que no significa nada”, está diciendo que la vida es, bueno, que la vida es un fraude. Nada hay de maravilloso al respecto.

—¿De veras Shakespeare pensaba eso? —preguntó Geoffrey Langer, con un nerviosismo que le hacía levantar el tono de la voz.

Mark vio en la pregunta de Geoffrey sus propias premoniciones adolescentes sobre la terrible verdad. Era obvio que tenía que hacer un esfuerzo. Le dijo a Peter que podía sentarse y miró por la ventana el cielo que se iba cargando, con nubes de intensidad creciente.

—En la obra de Shakespeare —empezó el señor Prosser despacio—, hay mucha oscuridad, y ninguno de sus dramas es más tenebroso que Macbeth. La atmósfera es venenosa y opresiva. Un crítico ha dicho que en esta obra es la humanidad misma la que se sofoca.

Se sintió a punto de sofocarse y se aclaró la garganta.

—Hacia la mitad de su carrera, Shakespeare escribió tragedias sobre hombres como Hamlet, Otelo y Macbeth, a los cuales su sociedad, la mala suerte, o algún defecto menor en ellos mismos, les impidieron convertirse en los grandes hombres que pudieron haber sido. Aun las comedias de Shakespeare en este periodo tratan de un mundo que se ha vuelto amargo. Es como si hubiera visto a través de la superficie pulida y brillante de sus primeras comedias e historias, y hubiera encontrado algo terrible. Y eso lo aterró, del mismo modo que algún día habrá de aterrarlos a algunos de ustedes.

En su determinación de encontrar las palabras correctas había detenido su mirada involuntariamente en Gloria; turbada, ella había inclinado la cabeza, y él, al darse cuenta, le había sonreído. Trató de hacer más amables sus comentarios, hasta modestos.

—Pero es aquí cuando creo que Shakespeare sentía una verdad redentora. Sus últimas obras son serenas y simbólicas, como si él se hubiera asomado por entre los hechos horribles, y hubiera alcanzado una esfera donde los hechos eran hermosos otra vez. En este sentido, la obra completa de Shakespeare constituye una imagen más cabal de la vida, que de cualquier otro escritor, quizás con la excepción de Dante, un poeta italiano que escribió varios siglos antes.

Ya se había alejado mucho del soliloquio de Macbeth. Una vez otros profesores, divertidos, le habían contado cómo los alumnos jugaban a hacerlo hablar y hablar. Miró hacia Geoffrey. El muchacho, indiferente, se entretenía garabateando en su cuaderno. El señor Prosser concluyó:

—La última obra que Shakespeare escribió es un extraordinario poema llamado La tempestad. Quizás algunos de ustedes quieran leerlo para el próximo reporte de lectura, que tienen que entregar el 10 de mayo. Es una obra corta.

El grupo se había estado divirtiendo. Barry Snyder estaba aventando bolitas de papel al pizarrón y volteaba a ver si Brute Young se daba cuenta.

—Una más, Barry —dijo el señor Prosser—, y se sale del salón.

Barry se puso rojo y sonrió para disimular, mirando de reojo hacia Brute. La feona muchacha de atrás se estaba pintando los labios.

—Guarde eso, Alicia —dijo Prosser—, no estamos en un salón de belleza.

Sejak, el muchacho polaco, que trabajaba por las noches, se había dormido sobre el pupitre, la mejilla (a la que la presión volvía completamente blanca) contra la madera barnizada, la boca colgando hacia un lado. Por un momento el señor Prosser tuvo el impulso de dejarlo dormir; pero ese impulso podía no ser una verdadera bondad, sino sólo la pose autocomplaciente y bonachona en que el profesor se descubría a veces. Además, un tipo de indisciplina provocaba los demás. Bajó al pasillo y fue a sacudirle el hombro a Sejak. El muchacho despertó. El bullicio crecía en la parte delantera del salón.

Peter Forrester le murmuraba algo a Gloria, tratando de hacerla reír. Sin embargo, el rostro de la muchacha era frío y solemne, como si se le estuviera ocurriendo un pensamiento; como si en su cerebro estuviera moviéndose algo de lo que había dicho el profesor Prosser. Con una fuerte sensación de intercesión caballeresca, dijo Mark:

—Peter. Ese barullo me hace pensar que tiene usted algo que añadir a sus teorías.

Peter respondió con cortesía:

—No, maestro. Sinceramente no entiendo los versos. Por favor, maestro, ¿podría decirnos qué es lo que de veras significan?

Esta confesión sincera y la pregunta, con su énfasis inesperado, sorprendieron al grupo. Una a una, todas las cabezas redondas, blancas, ávidas finalmente por comprender, volvieron hacia Mark.

—No sé —dijo él—, estaba esperando que usted me lo aclarara.

En la preparatoria, cuando un profesor hace un comentario así, suele conseguir un buen efecto. La humildad del profesor, la necesidad de intercambio creativo entre el maestro y el alumno, causaban una impresión dramática en el grupo. Pero en el grupo 11D de secundaria, que un profesor ignorara algo era tal contrasentido que equivalía a un agujero en el techo. Fue como si Mark hubiera estado jalando cuarenta cuerdas muy tensas, para tener fijas frente a sí cuarenta caras, y entonces hubiera cortado todas las cuerdas. Todas las cabezas se movieron, las miradas cayeron, las voces murmuraron. Algunos de los problemas de disciplina, como Peter Forrester, intercambiaron sonrisillas sesgadas.

—¡En orden! —gritó el profesor Prosser—, todos ustedes. La poesía no es aritmética. No existe una única respuesta. No quiero imponer mis propias impresiones en ustedes, no estoy aquí para eso.

(Una pregunta silenciosa: Entonces, ¿para qué está usted aquí?, parecía cargar la atmósfera de suspenso.)

—Estoy aquí para ayudarlos a que ustedes se enseñen a sí mismos.

Le hayan creído o no, se sometieron un tanto. Mark juzgó que podía reasumir, con seguridad, su posición de un-humano-entre-los-humanos. Se recargó en el borde del escritorio, para preguntarles informal, franca, amistosamente:

—Ahora bien, con toda la sinceridad, ¿ninguno de ustedes ha sentido algo personal sobre esos versos, su propia impresión, que quisiera compartir con sus compañeros y conmigo?

Se levantó indecisamente una mano que apretaba un pañuelo floreado.

—A ver, Teresa —dijo el señor Prosser.

Era una muchacha un tanto tímida, un tanto esnob, cuya madre era testigo de Jehová.

—Me hace pensar en la sombra de las nubes —dijo Teresa.

Geoffrey Langer se rió.

—Compórtese, Geoff —dijo el señor Prosser lateralmente, con suavidad antes de dirigirse en voz alta a la clase—; gracias, Teresa. Creo que es una sensación válida e interesante. El movimiento de las nubes tiene algo del ritmo lento y monótono que uno siente en el verso: “El mañana, y el mañana, y el mañana”. Es una línea muy gris, ¿no es así, muchachos?

Nadie dijo ni sí ni no.

Del otro lado de las ventanas, las nubes verdaderas se iban agrupando rápidamente, y secciones erráticas de luz solar resbalaban por aquí y por allá en el aula. El brazo de Gloria, doblado con gracia sobre su cabeza, se volvió dorado de pronto.

—¿Gloria? —preguntó el señor Prosser.

Ella levantó la cabeza de algo que había estado viendo en su pupitre con un rostro resplandeciente de indignación:

—Creo que está muy bien lo que dijo Teresa —dijo, mirando en dirección a Geoffrey Langer. Desafiante, Geoffrey lanzó una risita—, y tengo una pregunta: ¿qué significa en ese contexto, “con rutina se desliza”?

—Significa el trivial modo de vida en el que los días simplemente se siguen uno a otro, como el de un contador o un cajero de banco. O el de un maestro de escuela —añadió, sonriendo.

Ella no le devolvió la sonrisa. Algunas arrugas de esfuerzo mental irritaban su perfecto entrecejo.

—Pero Macbeth ha estado peleando guerras, y matando reyes, y ha llegado él mismo a convertirse en rey, y todo eso —señaló.

—Sí, pero son precisamente esos los hechos que él está condenando como nada. ¿No se da cuenta?

Gloria movió la cabeza.

—Otra cosa que me preocupa: ¿no es tonto que Macbeth se ponga a hablar consigo mismo en mitad de esta guerra, cuando apenas se ha muerto su esposa, y todo eso?

—No lo creo, Gloria. No importa qué tan rápido ocurran los acontecimientos, el pensamiento siempre es más rápido.

Su respuesta era débil, todos se daban cuenta; aun si Gloria no lo hubiera pensado, supuestamente para sí misma, sino en voz alta para que todos la oyeran:

—Parece tan estúpido.

Mark retrocedió, tocado por la espantosa claridad con que sus estudiantes lo veían. A través de sus ojos qué extraño se veía él, con las manos sucias de gis, los lentes redondos de carey, el cabello que nunca podía mantener aplacado; todo él envuelto en “literatura”, en la que, cuando las cosas se ponen duras, el rey masculla el poema que nadie entiende. De repente Prosser se dio cuenta de una terrible ternura en los muchachos, de su paciencia y de su fe aterradoras. Qué buenos alumnos eran al no sacarlo a carcajadas del salón. Bajó la mirada y se frotó las yemas de los dedos, para limpiarse el polvo de gis. El bullicio del grupo fue filtrándose hasta resolverse en una tranquilidad nada natural.

—Se está haciendo tarde —dijo Prosser finalmente—, vamos a empezar con las recitaciones del pasaje que hemos aprendido de memoria. Bernard Amilson, empiece usted.

A Bernard le costaba trabajo pronunciar, y su recitación empezó con un “al mañán, yal mañán, yal mañán”. Fue reconfortante el grado hasta el cual el grupo se esforzó por reprimir las risas. El señor Prosser puso un MB junto al nombre de Bernard en su libreta de calificaciones. Siempre le ponía MB a Bernard en las recitaciones, a pesar de que la enfermera de la escuela decía que no había nada orgánicamente malo en la boca del muchacho.

Era la costumbre, cruel pero tradicional, decir las recitaciones frente a la clase. Cuando le llegó su turno, Alicia fue reducida a un estado de indefensión por el primer dengue que le hizo Peter Forrester. Mark la dejó titubear todo un minuto, con la cara cada vez más roja, y luego la dejó regresar a su sitio:

—Alicia, al rato volvemos con usted.

Muchos alumnos se sabían el pasaje bastante bien, aunque siempre había la tendencia de saltarse el verso “hasta la última sílaba del tiempo”; y de convertir “presume y consume” en “consume y presume” o simplemente en “presume y presume. Incluso, Sejak, quien ni siquiera pudo haber visto el pasaje antes de entrar al salón, consiguió llegar hasta “y no volverá a ser escuchado jamás”. Geoffrey Langer, como de costumbre, se lució interrumpiendo su propia recitación con brillantes preguntas:

—“El mañana, y el mañana, y el mañana / Con rutina se desliza…”, ¿no debería ser “se deslizan”, profesor?

—Es se desliza. El trío está efectivamente en singular. Siga usted, sin las notas de pie de página.

El señor Prosser se había hartado de consentir a Langer. Era como si el pelo negro del muchacho, corto y tieso, quisiera parecerse deliberadamente al de una rata.

—“Con rutina de desliza de día en día/Hasta la última sílaba del tiempo/Y todos nuestros ayeres han iluminado a los tontos/el sendero de la muerte…”.

—No, no, ¡deténgase! —el señor Prosser saltó de su silla—. Esto es poesía. No la diga como tarabilla. Haga una pausa después de “tontos”.

Geoffrey se vio genuinamente sorprendido esta vez, y el propio Mark no entendió bien a bien por qué se había irritado tanto con el muchacho; mentalmente, reflexionando sobre a qué se debía, recordó los espesos, húmedos y duros ojos indignados con que Gloria había mirado a Geoffrey. Mark se vio a sí mismo en la absurda posición de estar actuando como el caballero andante de Gloria en su guerra privada contra este inteligente muchacho. Suspiró un poco, como a manera de disculpa:

—La poesía está hecha a base de versos —empezó, volteando hacia la clase.

Gloria le estaba pasando un recadito a Peter Forrester. ¡Eso ya era el colmo! ¡Ponerse a pasar recaditos durante un regaño que ella misma había provocado! Mark saltó y atrapó el puño frágil de la muchacha y le arrancó el recadito de entre los dedos. Lo leyó en silencio, dejando que el grupo viera cómo él lo leía, aunque Prosser despreciaba este tipo de gestos de escarmiento. El recadito decía:

Pete: Creo que te equivocas con el señor Prosser. Creo que es maravilloso y yo aprendo mucho de su clase. Es celestial en poesía. Creo que lo amo.

Realmente creo que lo amo. Así que ya sabes.

El señor Prosser dobló el papel y se lo guardó en la bolsa del saco.

—Espéreme después de clase, Gloria —dijo; y luego, a Geoffrey—. Vamos a empezar de nuevo; a ver, desde el principio.

Mientras el muchacho recitaba el pasaje, sonó la campana. Terminaba la clase, y era la última del día. El aula se vació rápidamente y sólo quedó Gloria. Llegaba el ruido de cómo se abrían los casilleros metálicos y en ellos azotaban los libros, entre la gritería:

—¿Quién trae coche?

—Dame un cigarro.

—No, pues ni modo de jugar en este charco…

Mark no había notado cuándo había empezado a llover exactamente, pero ahora la lluvia caía con mucha fuerza. Se puso a cerrar las ventanas y a bajar las persianas. La brisa le salpicaba las manos. Empezó a hablar con Gloria en un tono enérgico de voz que, como este truco de cerrar ventanas, servía para protegerlos a ambos de la turbación y el nerviosismo.

—Sobre el recadito —ella seguía inmóvil, sentada en su pupitre en las primeras filas de adelante; su cabello corto, cepillado para arriba, como una antorcha apagada. Por el modo en que estaba sentada, sus brazos desnudos cruzados sobre los pechos, y los hombros recogidos, Prosser sintió que ella tenía frío—, no solamente es una grosería ponerse a garabatear cosas cuando el profesor está hablando, sino que es estúpido poner lo que uno siente en un papel, donde se ven mucho más tontas de lo que hubieran parecido de viva voz.

Dejó en un rincón la varilla con la que jalaba las ventilas más altas y caminó hacia su escritorio.

—Y sobre la palabra amar. Amor es una de esas palabras que ejemplifican lo que sucede en un idioma tan viejo y agotado. En estos días, con estrellas de cine y cantantes y predicadores y psiquiatras que no dejan jamás de hablar de amor, ya no significa más que una vaga simpatía por algo. En este sentido, yo puedo amar la lluvia, el pizarrón, estos pupitres, a usted. No significa nada, ¿ve usted? Mientras que la palabra alguna vez significó algo bien explícito: el deseo de compartir con alguien todo lo que uno es y lo que uno tiene. Ya es hora de que inventemos una nueva palabra que signifique eso; y cuando usted se haga de la palabra que quiera usar para ello, le sugiero que no abuse de ella. Trátelo como algo que no puede usar sino una sola vez. Digo, ya por el bien de usted misma; o si no, por lo menos, por el bien del idioma.

Prosser llegó a su escritorio y dejó caer sobre él dos lápices, como diciendo: “eso es todo”.

—Qué pena —dijo Gloria.

Un tanto sorprendido, contestó el señor Prosser:

—No, para nada.

—Pero es que usted no entiende.

—Desde luego que no entiendo. Probablemente nunca lo entendí. A su edad, Gloria, yo era como Geoffrey Langer.

—Apuesto a que no —la muchacha estaba a punto de llorar; Prosser estaba seguro de eso.

—Ya Gloria, no se aflija. Olvídelo.

Lentamente ella acomodó los libros entre su brazo desnudo y su suéter, y salió del salón con ese paso adolescente, un como arrastrar los pies con melancolía, de modo que su cuerpo, de los muslos para arriba, parecía flotar sobre el borde de los pupitres.

Bueno, se dijo Mark a sí mismo, ¿y qué es en el fondo lo que estos chamacos están buscando? Deslizarse, decidió, lo que es en sí patinar: dejarse ir, siempre rítmicamente, siempre con frialdad, las pequeñas ruedas sonando bajo los pies, hacia ningún sitio en especial. Si el cielo existiera, así sería. Es celestial en poesía. Les gustaba la palabra cielo. Se citaba el cielo en la mitad de las canciones que enloquecían a los muchachitos.

—Ey, baja, ya no te eleves tanto

—Strunk, el maestro de educación física, había entrado al salón sin que Mark se diera cuenta; Gloria había dejado la puerta entreabierta.

—¿Ah! —dijo Mark—, del cielo cayó un ángel lleno de lodo.

—¿Y por qué estás tan contento?

—No estoy contento, sólo en trance celestial. No sé cómo es que no te das cuenta.

—Oye —Strunk recorrió un pasillo entre los pupitres, con una manerita afeminada de caminar como pato, deshaciéndose de ganas de chismear—, ¿sabes lo de Murchison?

—No —Mark arremedó el susurro de Strunk.

—Hoy le vieron la cara de pendejo.

—¿De veras?

Strunk empezó a reírse, como lo hacía siempre antes de ponerse a contar algo:

—Sabes todo lo pinche conquistador que se cree, ¿no?

—A lo mejor —dijo Mark, aunque Strunk decía casi lo mismo de casi todos los profesores de la escuela.

—¿Tú también tienes en tu grupo a Gloria Angstrom, no? —preguntó Strunk.

—A lo mejor.

—Bueno, pues hoy en la mañana Murky interceptó un recadito que ella estaba escribiendo; y el recadito decía qué pinche maravilla de hombre era Murky, según ella, y lo mucho que lo amaba —Strunk esperó a que Mark dijera algo, y como no hacía comentario alguno, continuó—: Te imaginas cómo se puso el Murky, de todos colores, cuando leyó. Pero, ¿qué te parece?, que a la hora del recreo salió a cuento que a Fryeburg le habían hecho la misma cabronada ayer, en su clase de historia —Strunk se rió y con los dedos se puso a golpear a lo tonto el escritorio—. La muchacha es demasiado tonta como para haber inventado la bromita por sí misma: todos creemos que fue idea de Peter Forrester.

—A lo mejor —aceptó Mark. Strunk lo siguió rumbo a su casillero, describiendo la expresión de Murchison cuando Fryeburg (con la mejor buena fe, ¿no crees?) le contaba lo que había ocurrido.

Mark abrió su casillero con la perilla de combinación, 18-24-3.

—¿Me disculpas por hoy, Dave? —dijo—. Mi esposa me está esperando.

Strunk era demasiado lento como para captar la rabia de Mark.

—Ahora tengo que regresar al gimnasio. Con esta lluvia no puedo sacar a las canchas a los bebitos; luego sus mamitas le mandan recaditos al profe, quejándose —siguió caminando como pato por el hall; dio vuelta en el extremo, y gritó—: No se lo vayas a contar a ya-sabes-quién.

El señor Prosser tomó su saco del casillero y se lo echó encima. Se puso el sombrero. Colocó los protectores de hule sobre sus zapatos, lastimándose un poco los dedos al ajustarlos. Sacó su paraguas y pensó en abrirlo ahí mismo en el hall, desierto, a manera de chiste, y decidió que mejor no. La muchacha había estado a punto de llorar, estaba seguro de eso.



Traducción de José Joaquín Blanco



John Updike. Escritor estadunidense. Autor de medio centenar de libros entre los que destacan Corre, Conejo, Las brujas de Eastwick y Terrorista.

Publicado en Nexos en 1983 y 2009...