sábado, 25 de abril de 2009

CARTA DE UNA CHICA TECHNO A "EL GALLO PITAGÓRICO"

CARTAS DE UNA CHICA TECHNO A “EL GALLO PITAGÓRICO”
por José Joaquín Blanco

“GALLO.- ¡Pardiez!”
(De cierta traducción española de El gallo de Luciano de Samosata).
“GALLO.- ¡Sí, conozco a ese chato, chaparro!”
(De cierta traducción mexicana de El gallo de Luciano de Samosata).

I
Estaba una chica techno —traje negro, piercing en argollitas y yugos por nariz, labios y párpados, y maquillada con negros, verdes y violetas; el pelo aborrascado en pajar y embadurnado de aceite para dar sensación de suciedad laboriosa— haciendo larga, infinita cola en un antro de rock de moda.
Aunque papá podía pagarle universidad privada, la naturaleza no había cooperado demasiado y había crecido chaparrita, morenita y menudita como tradicional estudiante de sociología de la UNAM. Para acabarla de amolar usaba lentes y brackets.
El cancerbero del bar sólo dejaba entrar inmediatamente a las guapísimas y a los tipazos, y hasta mucho después de la una de la madrugada, cuando el local ya estaba a reventar, y las dos o tres “estrellas” de la noche habían partido, se permitiría conmoverse, por democracia, ante unos cuantos aspirantes poco ligables, pues a un buen antro lo califica el aguayón de primera de su clientela, y no las patitas de pollo de subdesarrolladas aspirantes a dueñas de la noche. Pero que no se dijera que no entraban por ahí ningún chaparro(a) ni feo(a). Dos que tres “étnicos” y ya a punto de cerrar.
Nuestra chica techno estaba furiosa. Era feminista y en cualquier lado habría armado toda una profesión clamorosa de sus derechos femeninos, civiles y humanos, pero no frente al cancerbero de un antro de moda. Una reclama todos y cada uno de sus derechos frente al gobierno, frente a papá, frente a los novios mandilones, no frente a un guarura de un antrazo. A ése se le respeta. Sobre todo lo respetan invariablemente las feministas y los demócratas.
Por lo demás, esas quejas revelarían lo que ella más intentaba esconder: aunque de universidad privada, había resultado toda una intelectual. Y hacía sus tareas. Y solía sacar diez. Y se había resignado, mientras esperaba, a imaginar su próxima monografía para la clase de historia sobre Juan Bautista Morales, “El Gallo Pitagórico” (1788-1856). De hecho, le importaba más la monografía que el antro donde la ninguneaban; insistía en ir por orgullo, por no resignarse a que le atropellaran sus derechos.
De modo que le susurraba a su mínima grabadora portátil, escondida en su chamarra de cuero, tupida de estoperoles, como si estuviera cantando o hasta “componiendo” —desde que se inventaron las grabadoras de bolsillo proliferaron los cantautores— la siguiente misiva:

Pinche Gallo:
Lo primero que puedo decirte es que eres un plagio de Borges y un argentinismo. Ya sé que Borges nació más de un siglo después que Juan Bautista Morales, pero al fin y al cabo dizque eres Pitágoras y entre tus mañas bien puede estar la de brincarte los tiempos convencionales.
¿A quién se le ocurre que el alma de Pitágoras, indignada de andar reencarnado en ingleses, franceses o norteamericanos, vino ¡a México!, donde encontró más digno reencarnar ¡en un gallo! que en militares, jueces, médicos, abogados, clérigos, periodistas, comerciantes, cotorronas, diputados, etcétera?
Eso es un cuento del tipo de “fui un poeta llamado Homero, un soldado en Ecbatana, un cónsul romano, un mendigo judío que asistió a la crucifixión del Nazareno, un monje de la Tebaida, un cruzado, un conquistador de América, un historiador barroco de ese conquistador de América”, etcétera.
¿Y por qué, Pitágoras, la arrogancia nacionalista de escoger México? Borges inventó que había una esferita donde cabía todo el universo, incluyendo otra esferita donde cabía también aquélla, y muchas más donde, como en cajas chinas, cabrían ésta y las sucesivas... ¿Pero dónde estaba la tal esfera, El Aleph? ¡Pues en Buenos Aires, dónde más! Ni modo que en las insignificantes ciudades de Londres, Nueva York, París o Roma. ¡Qué arrogancia argentinista! Hasta suena a ese chiste sobre que la mayor prueba de la humildad de Cristo fue la de ir a nacer en Belén, pudiendo nacer en Buenos Aires... ¿A quién se le ocurre que Pitágoras vendría a reencarnar en un gallo en México, y precisamente junto al apestoso, pero folklórico, Canal de la Viga?
Sea. Eres Pitágoras y estás dentro de un gallo mexicano, trigarante, diciendo puras pestes sobre el México postindependentista. Poco fustigas a tu nuevo supuesto pueblo y a tu nuevo supuesto tiempo, pues lo mismo se ha leído en Juvenal y en Quevedo y en Molière y en cuanto satírico clásico contengan los libros de texto; abusas del Quijote, de los refranes y de fray Gerundio. Un asco, Gallo. Y eso para no salir con la obviedad de que calcas a Luciano de Samosata en cierta traducción gerundiana de un tal Maldonado, aghhh!
Tampoco pudiste asombrar mucho a tus pretendidos contemporáneos, pues lo que escribiste ya estaba demasiado escrito —¡cómo se repetía ese hombre, por Dios!— en las obras de Lizardi, el Pensador Mexicano, quien no tuvo que andarse improvisando como Pitágoras para fastidiar con quejidos de pobre a los burócratas corruptos y militares correlones. Ni la armó tanto de tos por una temporada en el infierno de la cárcel. ¡Con ese tema, Gallo, hasta te pusiste a cantar la ópera! ¡Qué pancho!
Por cierto, ¿por qué Pitágoras? ¡Nomás por la reencarnación! Leíste mal a Quevedo, pinche Gallo: Pitágoras, según el Petit Larousse, algo intuyó de matemáticas, de música y de metafísica, pero no de ética social. Si querías regañar a la gente por sus costumbres te equivocaste de griego: te correspondían mejor Epicteto, Diógenes, Antístenes o de perdida Platoncito.
Pero antes de que te hagan mal mole poblano (los falócratas gallos sirven menos en la cocina que sus explotadas, hostigadas y abusadas gallinas), quiero decirte que en realidad nomás eras un bilioso, y que usaste de cualquier pretexto para escupir tu amargura.
¿Tan mal te fue en la vida? Ya eso de escoger reencarnar en gallo de la Viga y no en faisán o pavorreal de algún palacio europeo u oriental deja mucho que sospechar. Ora sí que ni Dolores del Río en Las abandonadas quiso ser gallo ni gallina del canal de la Viga; putita y luego mendiga del centro, nomás.
Aunque luego quieras convertirlos en ratones o en hormigas, eso de crear toda una República de Gallos suena algo quiquiriqueante. Que Santa Anna, el Coq-à-clef: Cola de Plata; que la empleomanía y las revoluciones, los congresos y las constituciones. Que te entiendan tus contemporáneos, querido.
Para ser un simple gallo resultaste demasiado políglota (los romanos, Tasso, Metastasio) y operómano. ¿De veras pretendes que me ponga a entender cada una de todas las arias de todas las óperas que mencionas y citas (y que desde luego no alcanzaste a escuchar en Mexiquito: pura lectura de papel pautado), para descubrir después qué demonios estabas queriendo decir con tanta cita?
¿Tanto gorgorito para que un Presidente de la República nomás se escape con el erario?
Los clásicos no son negocio. Toda la semana con tu pinche libro para ¿qué? Desplúmate,
Ana María (la Wendy)

II
La techno Wendy miró con rabia, con bilis gallopitagórica, al cancerbero del antro, un razota de bronce fisico-constructivista lleno de teléfonos celulares, walkie-talkies, bipers y ganas de romperle la cara a cuanto güerito pretencioso pero suplicante de la Alta Clase Media se le pusiera al brinco, mucho más a los “étnicos” pero billetudos, probablemente enriquecidos mediante secuestros o cadenas de tortillerías, y que se querían colar como primermundistas... Pero de pronto: ¡Ya estaba dejando pasar flacas y chaparritas, hasta a algunas que estaban formadas detrás de ella! ¡Habría que sobornarlo otra vez!
Wendy y sus dos amigas, ataviadas con la misma tijera, habían jurado ya no sobornar más a los cancerberos. Por dignidad. O en todo caso, esperar al último momento, cuando los cancerberos de los antros aceptaban sobornos módicos. Por economía.
Continuó preparando su tarea nuestra erudita chica techno: su mamá, de la generación hippie, también hacía sus tareas, sacaba diez (pero en la UNAM, que ahora se cotizan a 3 en el ITAM, ¡y sobre Martha Harnecker!), y llevaba su morral atiborrado de todo tipo de libros, lo mismo el tarot, el Manifiesto comunista y El origen de la vida. También era menudita y morenita, por lo que le sentaban bien los vestidos amplios y decorados, la mata esponjada y las sandalias con plataformón: en aquellos dorados años verse muy “étnica” era estar in.

Pinche Gallo:
Haces decir a tu Erasmo: “Te responderé á lo Sancho Panza: Ande yo caliente, y ríase la gente”.¿Qué tiene qué ver aquí Góngora con Sancho? Ya confirmé tu pifia con la maestra de Españolas. Húndete.
Y de plano, jurisprudente señor Morales, alias Gallo: ¿no que el Partido Liberal apoyaba la superación y las libertades de la mujer? Ninguna monja oscurantista de los siglos pasados se habría atrevido a evacuar tanta sandez misógina como la caca de gallo que usted arroja lo mismo sobre muchachitas y viejas, casadas y solteras. Luego luego se nota que resultan más misóginos quienes, como los gallos, no tienen valor ni chiste propios, sino el de vivir de sus gallinas, digo mujeres.
Ana María (la Wendy)

III
Y techno Wendy aprovechó el brillo indignado de sus ojos para escarmentar al guarura de la puerta: en vano. Ya casi no dejaba entrar a nadie. “¡Está lleno, tienen que esperar a que salga más gente!” “¡Llevamos cuatro horas aquí!” “¡Todo lo que hay que sufrir por entrar a un lugar de verdadero ambiente”, dijo una de sus compañeras. “¡Mejor vámonos a la chingada, a otra parte!”, propuso Wendy. “¿Estás looooocaaaa?”, exclamó la fila entera: “¡Adonde hay que estar es aquí!”
Wendy se ruborizó tanto como si la hubieran descubierto haciendo mentalmente la tarea. Siguió como autista, bisbiseando en su minigrabadora portátil, como teléfono celular:

Pinche Gallo:
Y no te me andes carcajeando de verme aquí molida y aterida por las simples ganas de conocer y, chance, ligar, un chico cool, porque el resto de la patria está pletórico de machines antediluvianos nalgasmeadas. Ni sigas con tu cantaleta de poetas latinos de que todo pasado fue mejor. Se ligaba peor en tus gallináceos tiempos. (Transcribir los ligues de paseos en burro, en coche, en trajineras).

Transcripción (cortesía del E., ortografía de la edición original):
“Otras ocasiones, observando la táctica filantrópica, efecto del progreso de las luces del siglo, no se baten los ejércitos [de enamorados] dentro de la capital, sino en los campos de Tacubaya, San Ángel, Talpam, Churubusco, Miscoac, &c., en donde los lomos de los burros forman el teatro de la guerra. Un paseo en burros es oro en polvo para los enamorados. ¡Cuántas oportunidades para el ataque no presenta! Que se espantó el burro, que no quiere andar, que tropezó: ¡Ay! ay! ¡Que se resbala Conchita! Señores, por Dios, ¡que se resbala! —Buen susto hemos llevado. Si no llega Pachito tan á tiempo se hace pedazos la cara Conchita contra las piedras.— Todavía no vuelve en su color.— Pachito, a ver si hay en uno de esos jacales un vaso de agua.— Aquí está.— Bébela, mi alma.— ¿Se te pasó el susto?... En la Viga y en sus islas adyacentes, Santanita, Jamaica, Ixtacalco, &c. Se embarcan en el puente del embarcadero á las cuatro de la tarde: los músicos ocupan la popa del barco, Conchita y las demás niñas en medio: Pachito está muy disimulado allá lejos: se despliegan las velas y comienza la navegación: llegan a Ixtacalco: Pachito, á fuer de caballero cortés y comedido, salta el primero á tierra para dar la mano á las señoras: llega su turno a Conchita ¡qué resbaloso está el suelo! ¡ay! ¡que me caigo! Por poco va á dar al agua: si Pachito no la saca de la canoa casi en brazos, se ahoga infaliblemente; pero ya pasó el susto... A embarcar.— Cuidado, niña, no te vuelvas a caer.- Si ya sabe V. mamá que soy muy inútil para brincar.— Dicho y hecho.— Allá va el resbalón... Siéntase Conchita junto a Pachito...” Etcétera.

Nota de Wendy: “Agggh”.

Momentos más tarde:

Pinche Gallo:
En cuanto desapareces, tu confidente Erasmo Luján se vuelve más loco. De seguro, el pobre jamás se había trepado a un globo, ni había intentado el alpinismo, pues cree que desde las alturas del Popocatépetl se ve todo el mapa de México, con sus divisiones políticas trazadas con crayón, como un mapa. ¡Qué ganas de chillar había en 1843, eh! Todo el tesoro mexicano, esa nación surgida para superar y deslumbrar a todas las demás del orbe, andaba desgarrada en hambre y matazones. No quedaba ni un alfiler de siglos de riqueza minera.
Ok. Ok. También Alamán lloraba a moco tendido —ya me tragué el ricino de esa tarea el semestre pasado—, sobre todo cuando se trataba de hacer sumas y restas de la riqueza nacional y la deuda externa. En lo que no se mide tu anagrama, Erasmo Luján, es en sus recursos de ciencia ficción. ¡Alabemos a la humanidad que no conocía a Poe, a Verne ni a Wells!
Erasmo Luján no inventa máquinas del tiempo ni del espacio, alephs ni microscopios, ¡ni siquiera un globo aerostático! De plano un huevón. Se atiene a lo de siempre, en cuestión de vuelos. Simplemente llama al dios Mercurio, para que lo trepe a las alturas de los cielos, donde previamente ha convocado a todos los dioses grecorromanos (que resultan desde luego los mismitos que los aztecas pero con otros nombres, por fortuna menos complicados), y empieza el juicio tremendista contra el país que los propios mexicanos han deshecho por completo entre 1808 y 1843. ¿Te dolió la Guerra de Texas, eh, Gallo?
Aquí superas (Erasmo o tú, da lo mismo) en blablablismo y confusión al mismo Lizardi: lo único que queda claro es que se trataba de una nación de pendejos.
¿Cómo voy a escribir mi tarea sobre un rollo de los dioses en el cielo en el que no se explica juiciosamente, con un argumento sólido, ni un ribete de tanto desbarajuste? ¡Nomás los acumulas! Que el de acá robó al de allá, quien mató al de la derecha cuando ahorcaba al de enfrente; suegro a su vez de quien prendió fuego a toda la hacienda... ¿Tanto Pitágoras para eso, Gallo? ¡Y más gorgoritos de ópera!
Ana María (la Wendy)


IV
Por fin, cuando ya han salido los bellos y famosos, ingresan al antro los (las) morenos(as) y menuditos(as) a raspar la cazuela de la noche. La hora de los “étnicos”.
La chica techno tiene alma de mártir, de santa: como una nueva Santa Teresa, olvida sus piernas molidas de cuatro horas de espera y le entra al bailongo... con una de sus compañeras de la larga cola. Los príncipes han desaparecido por completo, salvo algunos derrumbados en las sillas o en la barra, a punto de vomitar de un solo hipo la noche entera. Ni galanes ni sapos: todos espantables o más que borrachos.
Wendy sintió que se le había podrido tanto su parranda que bien podía endosársela al Gallo Pitagórico, de quien se refiere textualmente este diálogo:

“Erasmo.- ¿Qué es esto, Gallo mío? ¿De dónde vas saliendo tan desplumado, tan flaco, que parece que te han chupado las brujas?
Gallo.- No me han chupado las brujas, pero me han arañado los zopilotes...”

miércoles, 8 de abril de 2009

JEAN FRANCO: LAS MISTÉRICAS

JEAN FRANCO: LAS MISTÉRICAS
Por José Joaquín Blanco



En la época barroca de la Nueva España floreció una escritura involuntaria e iletrada: la de las monjas místicas y/o histéricas (mystériques, les dice Luce Irigaray) a quienes sus confesores tiránicos (como Antonio Núñez de Miranda y el obispo Manuel Fernández, que fastidiarion a sor Juana) ordenaban contar sus experiencias religiosas, a fin de que la jerarquía clerical pudiera estudiarlas y aprovecharlas como materia prima para la educación de otras mujeres y monjas, y para dotar a su patria criolla de alguna santa, que era por entonces el gran prestigio internacional que más se ambicionaba.

Es difícil saber cómo leer --si es que realmente se puede leer-- ese material al mismo tiempo rutinario y extravagante, por lo demás totalmente adulterado (los confesores traducían a su lenguaje escolástico y hagiográfico --abstracto, académico, pío, teologal, sermoneril-- el habla iletrada e ingenua de las monjas místicas, y no nos queda más que la lectura y la interpretación masculinas --burocráticas, teologales-- que la jerarquía clerical hizo de ellas, salvo aisladas citas que tampoco ofrecen muchas garantías de pureza textual. Los confesores son los autores de los escritos de las mistéricas, que así devienen mero asunto de sus amos espirituales que las deforman y contrahacen).

La estupenda hispanista inglesa Jean Franco --autora de un estudio sobre Vallejo y de varias historias de las letras hispanoamericanas-- dedica a estas monjas, "escritoras a pesar de sí mismas", el primer capítulo de su sugerente libro Plotting Women. Gender and representation in México (Londres, Verso, 1989). Se ocupa principalmente de las poblanas sor María de Jesús Tomelín (1574-1637) y de sor María de San José (1656-1736), y de la capitalina del convento de San Jerónimo, sor María Magdalena Lorravaquio Muñoz (1576-1636). (Habla en otros capítulos de sor Juana, de las "ilusas" y de la interpretación femenina de la realidad mexicana de épocas posteriores).

Las monjas novohispanas --casi todas ellas blancas, hijas legítimas, ricas o favorecidas de los ricos-- pertenecían a una sociedad que no estaba para nada interesada en ampliar el sector blanco dirigente de su población, y que destinaba buena parte de sus mujeres al convento. Aunque muchos conventos no eran sino cómodos edificios de condominios donde las religiosas no pasaban tan mal su vida terrestre en cuanto a comodidades, lujos, caprichos y golosinas, en prácticamente todos ellos --salvo incidentes aislados, que fueron vistos precisamente en su propio tiempo como excepcionales, como pleitos y hasta algún asesinato por la elección de las abadesas-- reinaba una estricta disciplina cultural, moral y religiosa. Los cerebros y la sexualidad de las monjas estaban bien sometidos a la autoridad y a la cultura masculina de los prelados y confesores, que las examinaban continua y minuciosamente, para prevenir estallidos que pusieran en peligro el dominio de la jerarquía sobre ellas. (Las leyendas de la disolución moral o del romanticismo de las monjas dentro de los conventos aparecen hasta el siglo XVIII en Europa, y más como armas anticlericales de un Diderot o de un Monje Lewis, que como fiel reflejo de una realidad religiosa. En la Nueva España, las monjas no fueron famosas como expertas en libertinajes.)

En muchos casos, sin embargo, la imaginación y la sensibilidad --sobre todo en lo inconsciente, lo involuntario o lo inadvertido-- de las monjas no pudieron ser dominadas tan estrechamente por la cultura clerical institucional ni por sus intelectualizados confesores. Algunas pobres mujeres, a su pesar, no pudieron prescindir de su capacidad de interpretar ellas mismas su mundo, así fuera mediante intensidades emotivas e irracionales y a partir de los desechos de la predicación de los frailes (todos sus viajes, raptos y visiones, no son sino sobrexcitadas versiones inocentes de los puntos de los Ejercicios Espirituales: "contempla alma mía el infierno y cómo se cuecen las carnes a fuego lento... contempla alma mía a la Virgen en su Trono de Gloria... Contempla alma mía las llagas de tu Creador", etcétera). Lo que dicen --lo que sus confesores les hacen decir-- no importa mucho a grandes trazos: sí la forma en que lo dicen y lo que de ellas se escapa, entrefiltrado, en el discurso dominante.

Es ahí donde Jean Franco ve algunos fragmentos del rostro de esas mujeres novohispanas, despojadas de la cultura letrada --no debían leer latín, ni saber escolástica, ni podían predicar o polemizar o escribir por sí mismas--, y arrojadas a una cultura sin letras ni conceptos, de pura emoción: una cultura inefable que las arrebataba como una embriaguez y que luego no podían expresar en palabras. Ahí hablan del terror de una cultura católica que siempre se siente, en el fondo, dominaba por el demonio; de cuerpos sexuales a los que la religión sobrexcita con espasmos terroríficos.

Esta cultura era tolerada --algo había que dejarles a esas pobres mujeres a las que todo se negaba, pues de otro modo explotaban-- pero a la vez muy vigilada: las jerarquías persiguen siempre todo tipo de cultura y expresión individual, letrada como en el caso de sor Juana o iletrada como en el de las mistéricas, por lo mucho que acarrea de independencia al individuo el ser capaz de interpretar por sí mismo al mundo, ya sea en categorías, ya sea en afectos y raptos.

Las místicas voluntariosas, malportadas, arrogantes, presumidas, ruidosas o soberbias eran de inmediato reprimidas: sólo se permitía el misticismo a las calladitas; tampoco debían ser marisabidillas: una mística con algo de teología de inmediato embrollaba las cosas y salía hereje: sólo se permitía el misticismo a las tontitas. Y a cambio del don de poder interpretar creativa y personalmente su vida y su mundo, se les exigía una mayor modestia, continuos castigos corporales, y obediencia irrestrica a los confesores, que las usaban de materia prima para producir muy bien pagadas y exitosas obras de orgullo religioso novohispano.

"La vida de la mística, dice Jean Franco, tendía a ser una sensación constante. No sólo Dios le comunicaba secretos, sino que las transportaba a lugares distantes (un santo paralelo con el vuelo de las brujas); ella veía visiones y alucinaba. Cuando su gratificación llegaba al colmo, perdía todo sentido del ser y de los límites. No sentía necesidad alguna de comunicar este "derretimiento" a los otros, sino cuando Dios le ordenaba hacerlo. Sólo signos exteriores --profundos suspiros, un estado de trance, señas en el cuerpo-- revelaba al mundo exterior lo que estaba ocurriendo. ¿Era esta jouissance particularmente femenina lo que, como mantiene Luce Irigaray, también feminizaba a los hombres que en ella participaban?". En aquellos siglos barrocos, el hombre místico parecía algo maricón; el verdadero macho barroco era más bien ascético, no veía visiones, se latigaba duro y sabía obedecer las reglas establecidas.

Cuando esta vía individual, iletrada, corporal se escapaba de los conventos y caía entre mujeres del pueblo, producía las "ilusas", perseguidas casi como brujas por la Inquisición --un misticismo escatológico de vómitos, sangrados menstruales, sexualidad pública (que no excluía la masturbación, el lesbianismo, el trato con menores)--, que amenazaban con quitarle la chamba a sus confesores, al erigirse como semichamánicas poseedoras de trato directo con Dios, hacedoras de milagros, profetizas, sibilas en trances y éxtasis, como en el caso de Ana Rodríguez de Castro y Aramburu. (Este tipo de precipitada sabiduría callejera y heterodoxa de estas mujeres --alumbradas, iluminadas, encendidas o llanamente prendidazas-- ha recibido la atención de Josefina Muriel, Solange Alberro, Dolores Bravo, Claire Guilhem). (1990).

miércoles, 1 de abril de 2009

LUIS GONZÁLEZ Y GONZÁLEZ: NACIDOS PARA TRIUNFAR

LUIS GONZÁLEZ Y GONZÁLEZ: NACIDOS PARA TRIUNFAR
Por José Joaquín Blanco



Parecen referirse a nuestros días algunas de las observaciones que Luis González hace del México de finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX: "A periodos de fe en las riquezas efectivas y potenciales del país, en la aptitud física o intelectual de sus hombres y en su ejército, suceden etapas de melancolía, de una profunda sensación de inferioridad étnica y geográfica, sentir contra el que se reacciona enseguida para caer otra vez en actitudes de engreimiento y sobrestimación... Las etapas de nacionalismo ufano suelen darse en épocas de bonanza económica, innovaciones culturales y concordia social, y generalmente concluyen en sacudimientos contra cualquier dependencia, en luchas emancipadoras. Las etapas de depresión nacen en horas de crisis, esterilidad y desasosiego y pueden concluir en peligrosos entreguismos."

Recopilado, como otros ensayos dispersos, en el volumen Todo es historia (Cal y Arena), "El optimismo inspirador de la independencia" estudia un factor siempre pasado por alto en las investigaciones históricas, sobre todo en las dadas a la superstición cientificista: lo que se da en llamar factores difusos o subterráneos, "el espíritu del tiempo", la psicología de la historia, que en muchos casos resulta no sólo pertinente sino aun indispensable. Es necesario aceptar a veces que grandes o importantes hechos surgieron sin la finalidad que ulteriormente les han asignado las generaciones posteriores, y con otro tipo de matices y características.

La arrogancia criolla: he ahí, en gran medida, el origen de nuestra nacionalidad y de varios desastres, del 16 de septiembre y de la derrota ante los Estados Unidos, de muchas constituciones y de todavía más abundantes golpes de estado, hasta que vino la generación de la Reforma a desplazar a los criollos como Casta Elegida.

Aunque la arrogancia criolla se remonta al siglo XVI (las pretensiones franciscanas de lograr en las Indias una iglesia mejor que la europea, la infatuación criolla de la riqueza y de la fertilidad americanas) y produce en el siglo XVII, como lo documenta Francisco de la Maza en El guadalupanismo mexicano, algunos de los títulos más fanfarrones concebibles, entre los profetas criollos que ya ven a su patria desplazando a Roma y a Jerusalén como capital religiosa del mundo, y a España y demás países europeos como potencia imperial, es en el XVIII cuando expresa su energía más convencida y espontánea.

A esta sobrestimación nacionalista se deben, en parte, defensas encendidas admirables como la de Clavijero, o las bibliográficas de Eguiara y Eguren y Beristáin y Souza, pero también supersticiones como la de que México era un cuerno inagotable de abundancia --quizás complementarias del auge minero borbónico, pero no del panorama general del país-- que probablemente los vanagloriosos novohispanos contagiaron a Humboldt, y no al revés, como se había venido diciendo.

González nos documenta que nunca, como a fines del siglo XVIII, en vísperas de la independencia, se gritó más sonoramente el desplante de "¡Como México no hay dos!", y con resultados más catastróficos: los arrogantes criollos sacaron al país a la moderna palestra mundial, creyendo que todo sería un desfile y que ningún carro alegórico recibiría más vítores que el suyo, y lo hicieron enfrentarse a guerras internacionales, al comercio y a la tecnología adversos del capitalismo vigoroso, y a sus propios intereses y disenciones internos, que lo desgarraron con no menor violencia que las adversidades extranjeras.

Terrible consejera es la arrogancia, tanto la de la infatuación del dinero y del poder (hace apenas diez años, estábamos "administrando la abundancia" petrolera del San Jacinto lopezportillista), como la otra, no menor, de la ideología, el berrinche y la mística: el voluntarismo político que, cegado frente a la realidad, erigido en vanidoso mesías de tambores fanáticos, termina por funcionar como inmejorable aliado de sus propios enemigos.

Los padres de la independencia soñaban sueños de oro: "Sin embargo, no se quiere demostrar que el engreimiento haya sido el factor determinante de las guerras de independencia. La lectura de muchas páginas conduce simplemente a creer que la élite de la sociedad novohispana dieciochesca, sin su fe, caliente e ilusa, en las riquezas del subsuelo patrio, en la inteligencia y buena disposición de sus compatriotas, en las costumbres de su pueblo, en el vigor del brazo militar y en el auxilio manifiesto de la providencia divina, factores todos que aseguraban una próspera vida independiente..., la separación de España no habría sucedido ni del modo ni en el tiempo de todos conocidos".

Los ilustrados mexicanos consideraban a su patria:

"Admiración del universo",

"Primera potencia del mundo",

"El mejor país de todos cuantos circunda el sol",

"El más dilatado y fecundo de todos los países del globo",

"Perla de la corona española",

"Niña bonita de España",

"Blanco a quien dirigen sus tiros las naciones extranjeras",

"México, a sus frutos propios como la grana y la vainilla, reune las producciones de todo el mundo, hasta el te, idéntico al de China" (Fray Servando).

"Opulento reino, rico país",

"Ricos, dilatados y fértiles dominios",

"El país más opulento del mundo"

Podrían añadirse ejemplos de sor Juana ("Pues yo, señora, nací/ en la América abundante,/ compatriota del oro,/ paisana de los metales;/ adonde el común sustento/ se da casi tan de balde,/ que en ninguna parte más/ se ostenta la tierra madre"), de Sigüenza y de docenas de poetas novohispanos, resumidos todos en las tres más optimistas, compendiosas y emblemáticas líneas patrióticas --heráldica triunfal-- de nuestra literatura. Así resume México Bernardo de Balbuena:

Es todo un feliz parto de fortuna
y sus armas un águila engrifada
sobre las anchas hojas de una tuna.

En otro ensayo de Todo es historia, Luis González parece sugerir que un gran pecado de la historiografía mexicana ha sido el desdén de la dimensión de la pobreza mexicana, que es desde luego asunto de desigualdad e injusticia, pero también de pobreza real, de pobreza a secas. (En su opinión, Cosío Villegas fue el primero en demostrar en que el territorio no era, para nada, ningún cuerno de la abundancia.)

Y en efecto, buena parte de nuestros más emprendedores cálculos políticos, desde los ilustrados independentistas, cuentan en su contra el defecto común de haber supuesto que disponían de un capital material, humano y espiritual (religioso o ideológico) infinitamente superior al real, y con esos cálculos exorbitantes desde luego que no hay modo de evitar ninguna catástrofe.

Debe recordarse que a principios de la guerra con los Estados Unidos abundaban los criollos ilustrados y poderosos que festinaban la victoria mexicana como algo inmediato y facilísimo; así López Portillo iba a vencer a las usurarias finanzas internacionales: en un dos por tres.

La superstición mexicana en las riquezas totales (la plata, el petróleo), y en esas otras riquezas no menos volátiles e impresionantes: el apoyo total y personal de entidades celestiales (la Virgen de Guadalupe), del genio de los caudillos (sobre todo si son presidentes) o de la irrupción liberadora de las masas (de Monte de las Cruces a la manifestación de hoy), no son fibras menores en el tejido nervioso de nuestra historia.

Y estas arrogancias van unidas, desde luego, como Quetzalcóatl a Tezcatlipoca --y que diga Moctezuma cuál fue más funesto--, como Cosme a Damián --y hay que preguntarle lo mismo a Abad y Queipo--, a la furia autodenigratoria: al "Como México no hay dos... afortunadamente; nada tiene remedio; ¡qué país! ¡mexicano tenía que ser!; No somos nada; Pura mugre y corrupción; ¡Maximiliano, sálvanos! U.S. Army...; Pobre México: tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos; El lado erróneo de la frontera; Lo mejor de México es Veracruz, porque por ahí se sale" (atribuido nada menos que a Ignacio Ramírez).

Porque México conoce también los abismos vertiginosos del desprecio y del odio de sí mismo.

Nuestra tensión trágica: el tironeo neurótico de posturas tan extremadas.

Recordemos ahora las cuentas felices de los mexicanos antiguos, los criollos que se creían los reyes de todo el mundo: dice González: "Según la intelectualidad novohispana, México, 'la bolsa donde la Providencia derramó a manos llenas el oro, la plata, los ingenios, la fidelidad y la religión' ofrecía indicios de ser ahora la nación escogida (sobre todas las del mundo, para mandarlas y dirigirlas). Se veía claramente el favor de Dios en la imagen guadalupana, aparecida mediante milagro. En la Virgen de Guadalupe vio el criollo de la última centuria colonial la particular preferencia divina por México, el único país a donde se envió de embajadora a la madre de Jesucristo, el Dios-hombre".

La Virgen de Guadalupe compartió --comparte-- esta dualidad funesta, al cabo la guerrera Inmaculada del Apocalipsis: es la madre de quienes nada tienen y también de quienes tienen demasiado, o pretenden tenerlo.

Dijo el Cura Hidalgo: "Realizada la independencia, se desterrará la pobreza, se embarazará la extracción de dinero, se fomentarán las artes y la industria. Haremos uso libre de las riquísimas producciones de nuestro país, y a la vuelta de pocos años disfrutarán sus habitantes de todas las delicias de este vasto continente".

Cuando la euforia petrolera, Henry Kissinger exclamó: "Mexico is condemned to success!".

También estaba condenado al éxito, gracias a la Virgen, durante la independencia, según profecía de Morelos: México "espera, más que en sus propias fuerzas, en el poder de Dios e intercesión de su santísima madre, que en su prodigiosa imagen de Guadalupe, aparecida en las montañas del Tepeyac para nuestro consuelo y defensa, visiblemente nos protege".

También condenaron al éxito a nuestro país el progreso liberal, el libre mercado, el espíritu moderno laico, el orden republicano, el capitalismo de Estado, el Estado benefactor, el corporativismo postrevolucionario, el Tercer Mundo, el petróleo, la plata, el henequén, el turismo, la restauración capitalista mundial de los años ochenta... (1989).