miércoles, 31 de diciembre de 2008

EL GRAN AMOR DE SU VIDA

El gran amor de su vida
por José Joaquín Blanco...

la parda grulla en el erial crotora.
                                                                  MANUEL JOSÉ OTHÓN

1
Anoto esta semblanza del doctor Andrés Iturralde, eminencia filosófica de nuestra universidad desde hace décadas, casi por mera ociosidad y para que luego no se me ocurra que simplemente la ensoñé, inspirada por un trasgo socarrón en vituperio de los filósofos. La filosofía, ya se sabe, está aún más desligada de la vida diaria que las teorías matemáticas o informáticas. Yo misma, también un poco “eminencia filosófica de nuestra universidad” desde hace años, aunque no tantos como los de él, la vivo o mejor dicho la acarreo como un absurdo del que ya es demasiado tarde para despojarse.
No sé por qué me hice filósofa, sólo que no pude evitarlo: unos cursos llevaron a otros, unos grados académicos a otros, hasta que la edad me fue depositando, uno tras otro, en todos los cargos consultivos y administrativos de la Facultad de Filosofía y Letras. Sé que de nada les sirve a mis alumnos seguir machacando, como hace medio siglo, tanto Husserl, Whitehead o Wittgenstein; de nada me ha servido a mí, ni me ha resfriado en absoluto. Son meras imposiciones y atavismos del tiempo, de la sociedad, de la rutina universitaria. Ni peores ni mejores que otros. Sospecho que varios obispos piensan a ratos en este sentido de su teología. Y los doctores en Derecho.
Pero en mi caso no han sido una carga tan pesada. Nací especialmente para ser esposa y madre, los grandes gozos de mi vida; en un principio los estudios universitarios fueron una mera prolongación del liceo, y algo en qué ocuparme hasta el día de mi boda; luego, una ocupación lateral que me distraía un poco del embrutecimiento de las amas de casa; finalmente, con mis hijos ya mayores, y más o menos divorciada, una agradable ocupación en mi edad madura y, espero, en mi vejez. No me hago ilusiones: lo mismo pude haberme destinado a bióloga o a tendera. La filosofía fue un rito, un protocolo que simplemente me ocurrió, como a otros la Teología, la Poética o el Derecho.
Pero mi entrañable maestro, amigo y compañero el doctor Andrés Iturralde, él sí “eminencia filosófica” con toda la barba, pudo asumir acaso su vocación por el Logos a lo largo de un camino más áspero, con algunos abrojos trágicos. Con ello quiero decir simplemente que vivió una juventud más romántica. No lo sé ni creo que lo sepa nadie. Todo era misterio con el eminente doctor Iturralde. A estas alturas no me hago ilusiones de los méritos espirituales de ningún togado. Todos tenemos currículos suficientemente brillantes y nadie tiene Obra: esa otra superstición, esa otra impostura, sino llanamente “méritos académicos”, entre los que sobre todo cuentan, mucho más que las rutinarias ponencias a congresos y simposios que a nadie le importan sino para engrosar o actualizar esos brillantes currículos, algunas distinciones institucionales y los cargos consultivos y administrativos prestigiosos con que la edad insiste en condecorarnos.
Podría no haber filosofía ni universidad; el mundo, la cuadra de nuestras casas y el interior de nuestras recámaras serían lo mismo. Vanidad de vanidades, el conocimiento filosófico y la, je, “profesión del espíritu”. Como se atrevió a bromear nuestro querido doctor Iturralde en la clausura de las recientes jornadas heideggerianas: “Lo único concreto en la fenomenología mexicana son los tacos de canasta”.

2
Ya en plan de bromas, podría decir que lo más valioso del doctor Iturralde no es que sea, como efectivamente lo es, un gran filósofo –las bibliotecas adormecen anaqueles polvorientos de Grandes Filósofos-, sino que lo parece. No todos lo parecen. Con frecuencia nuestros Grandes Cerebros Nacionales tienen facha y barriga de expendedores de carnitas. El es alto, delgado, blanquísimo, casi pergaminoso, elegante y atildado en todos sus aspectos, con cierta moda atemporal de aristócrata de nacimiento (lo que desde luego no es: nació en Chulavista). En su apariencia, en sus costumbres, en sus palabras, en su trato, cuida sus centavos como si fueran millones, y otorga a los menores detalles la ceremonia de las cuestiones, je, torales. Pregunta si ya van a pagar la quincena como si interrogara un escolio.
Se rumora que desde jovencito le plagió la facha al finado doctor O’Gorman, de quien por cierto nunca se supo lo que era, pues los historiadores lo rechazaban por filósofo, y los filósofos por historiador, y unos y otros lo consideraban más bien un engominado abogadillo litigante que sobresaltaba las arduas deliberaciones historiográficas o conceptuales con mañas municipales de pícaro leguleyo de juzgado de segunda instancia. Siempre hallaba el detalle nimio en que apoyar su apelación y derrumbar las pirámides del conocimiento o de la teoría; siempre argüía una petición de principio, una etimología, un giro sintáctico, un pequeño vicio de procedimiento, un leve anacronismo, una errata; un inciso VIII de un artículo 24 contra el inciso XII de un artículo 432, para salirse con la suya y demostrar que cualquier cosa, ya fuese el descubrimiento de América, la evangelización, las apariciones de la Virgen de Guadalupe o la Teoría del Estado, resultaban exactamente al revés de cómo toda la academia llevaba décadas o siglos postulando.
Han pasado muchos grandes peripatéticos por nuestra facultad, pero ninguno lo ha parecido tanto como él, salvo el doctor Iturralde quien, como O’Gorman, con esa ligereza impecable de teorema o silogismo bien resuelto, se desplaza de trámite en trámite, de oficina en oficina y de cubículo en cubículo con prestancia inobjetable. Él mismo es su propia aporía. ¡Es tan “profesor inglés” el doctor Iturralde, lo que todo mundo le envidia! (aunque, naturalmente, él detesta a media voz a los decrépitos fantoches de las universidades europeas).
Aguardábamos con semblantes presbiterianos y, qué se le va a hacer, paciencia franciscana, a que un grupo de mugrosos y astrosos lumpenestudiantillos, porros más bien, acabaran de insultar al Fondo Monetario Internacional en un desasido mitin de no más de veinte escuincles a la entrada de la facultad, que tenían “simbólicamente clausurada” hasta que terminaran de perorar. Habíamos programado una junta del consejo académico con el pretendido fin de debatir ciertas reformas a los planes de estudio. Seguramente el doctor Iturralde volvería a protestar, como lo hubiera hecho medio siglo atrás O’Gorman, contra el absurdo esencial de enseñar lógica avanzada a chamacos que difícilmente resolvían operaciones elementales de aritmética o de pretender acercarse a cualquier noción neoplatónica a partir de las sacristanescas o gerundianas traducciones castellanas de Plotino. En realidad, necesitábamos presionar sobre ciertas impostergables mejoras salariales, “para que los cultores de Sofía recibieran una remuneración al menos equiparable a la de los taqueros de canasta”.
Pero los chamacos no terminaban su mitin, y ahora compensaban su raquítico público con altavoces desaforados que expelían, grabados en casette, sus slogans cavernarios, de modo de ya ni siquiera molestarse en gastar saliva mientras impedían las labores académicas. También jugaban cascarita. Los botes pateados iban y venían con peligro de todas las cabezas, a excepción de las estoicas y lumpenfolklóricas marchantas que seguían inmutables, palmeando y friendo quesadillas de sesos bajo el ceremonial busto de Dante. Los sesos del oriental zafiro.
¿Para qué posponer nuestra junta de consejo académico si al día o a la semana siguiente, a cualquier hora, podría instalarse inopinadamente un mitin o una “toma de la facultad” similares? Perfeccionamos nuestros vetustos perfiles presbiterianos: que se notara al menos la “dignidad de la crítica”, nuestra “insumisión del espíritu” frente a la autoritaria plebe bufona, y sobre todo nuestra paciencia franciscana.
En ello estábamos cuando vi demudarse al doctor Iturralde. Temí que se le hubiese bajado la presión o el azúcar, que le fallase el corazón, que un bote pateado o un quesadillazo de sesos (los del oriental zafiro) le hubiese golpeado su emérito cráneo filosofal.
-¿Está usted bien? ¿La pasa algo, doctor?
-No es nada, doctora. Ya pasará. De repente me asaltó como una visión de otro tiempo. Me sentí irreal, difunto o jovencísimo, en otro mundo o en otro tiempo.
Un mocetón vigoroso, de insolente energía cachorril y con mugre de semanas, corrió a nuestros pies. “Disculpen, maestros”, nos dijo con rencorosa sorna antiacadémica y antirruca. “¿Para qué vienen a la universidad precisamente quienes más odian la universidad?”, le había preguntado yo una noche al doctor Iturralde. “¿Y adónde más podrían ir?”, contestó entre blakiano y salomónico.
-Adelante, joven amigo, proceda usted –le dijo el doctor Iturralde, con sus cortesías de hace medio siglo, al osezno o lobato chamagoso de ojos duros y colmillos lustrosos.
El mocetón puso cara de haber sido interpelado en ruso, pero algo entendió. “Putos rucos”, habrá murmurado, y recogió de junto a los estilizados zapatos del doctor Iturralde el aplastado bote de cerveza que estaba pateando con sus ideologizados compinches entre los anafres de las quesadillas de sesos y bajo el preciso busto de Dante, al cumbiero son de injurias callejonescas contra el Fondo Monetario Internacional.
Poco después, milagrosamente, los lupenestudiantillos se fueron de pronto a dar lata en otra facultad y nos dejaron libre el acceso. Nuestro consejo académico redactó, con toda la severidad y prosopopeya del caso, una más de las nunca atendidas protestas a la tesorería sobre viáticos atrasados.
-Hoy me asustó usted verdaderamente, doctor Iturralde. Creí que se desvanecía.
-Ah, no fue nada, querida doctora. Estoy acostumbrado a estas reapariciones como a un leit-motiv. A veces, inopinadamente, irrumpen jirones del pasado. Ideas o recuerdos. Le habrá pasado a usted...
-A mí nunca me pasa eso –le contesté casi escandalizada, como si me hubiese contado un chiste indecente.
-Uno no puede controlar siempre el poso, el limo de la memoria, de la conciencia. De repente se agita y flotan excrecencias, basurillas. No fue más que eso: El gran amor de mi vida...

3
El gran amor de la vida del doctor Andrés Iturralde era una de las innumerables cosas de que no se podía hablar en la Facultad de Filosofía y Letras, al menos formalmente y en presencia de profesores o autoridades. En ningún lugar hay más tabúes, más cosas inmencionables, más asuntos sobre los que saltar como si fuesen ascuas que en una universidad. El Alma Mater es el limbo de la etiqueta y del silencio.
Pero todo mundo sabía de algún modo que, a pesar de ciertas puyas sobre sus equívocas preferencias sexuales, que los colegas suponíamos producto de mera envidia por sus buenos trajes y corbatas importados, el gran amor de la vida del doctor Andrés Iturralde había sido la doctora Margarita Olga de Noailles, también en la nómina de profesores titulares, aunque ya casi nunca se presentase por la facultad. Se la vivía de licencia en licencia, pero no dejaba de proclamar su rango de filósofa universitaria en sus famosísimas y frecuentes presentaciones en programas de televisión, donde comentaba y anunciaba sus numerosos folletos de autoayuda y de filosofía popular: Ética para comadres, Epistemología al minuto, Metafísica sin dolor, Sea usted su propio Aristóteles, Chana le dijo a Séneca...
Todavía era hermosa la doctora Margarita Olga de Noailles, a sus casi sesenta años, como una diva cinematográfica; sus ojazos azules a lo Martha Roth, el pelo rubio cenizo elegantemente descuidado, y esas piernas hermosas y larguísimas que entre filósofos considerábamos algo impropias de una aristotélica ortodoxa. ¡Ah, el sobado chiste medieval de las bellas damas que cabalgaban, impertérritas y exigentes, a sus Sócrates y Aristóteles! Julio Ruelas y Juan José Arreola han dibujado esa viñeta; también Ramón López Velarde:
Y vives la única vida segura:
la de Eva montada en la razón pura.
A Margarita Olga la filosofía le ocurrió, como a mí, sin buscarla. Su padre era un distinguido profesor universitario –con facha y barriga de expendedor de carnitas, y con todo ello llegó a director de la facultad y presidió un seminario exclusivista sobre Spinoza, que duró décadas y aun así quedó inconcluso-, de modo que ella de pronto se vio inscrita en la facultad. Heredó, se decía, toda la mente del padre, pero afortunadamente nada de su figura, sino la de su mamá, una trotamundos francesa desde luego espectacular.
Ella no parecía filósofa, sino La Filosofía, la Musa del Saber: su belleza juvenil fue todo un patrimonio universitario, que se sigue recordando cuando ya se han apolillado miles de tesis. Eran los años sesenta y aun en tal época dorada se vio como un escándalo casi cinematográfico el noviazgo del apuesto Iturralde y la diva Margarita Olga. Ambos lo tenían todo: belleza, gracia, inteligencia, conocimiento, picardía, descaro, ¿qué quedaba para los demás? Todavía, a casi medio siglo de distancia, advierto cierto rencor entre la grey astrosa ante tal pareja de favorecidos por los dioses. Su noviazgo, sin embargo, no duró mucho. Ocurrió un desastre misterioso, inmencionable, que dejó a un Andrés Iturralde melancólico y desolado, más Filósofo que nunca, y a una Margarita Olga de Noailles comprometida con un relumbrante arquitecto de vanguardia, especialista en rascacielos.
Pero tampoco ella, ni siquiera después de casada, pudo evitar el protocolo, y le fueron ocurriendo la licenciatura, la maestría y el doctorado; y luego, como es de todos conocido, el éxito popular como difusora del saber entre la supersónica plebe televisiva. Las raras veces que he visto coincidir en la universidad a estas dos estrellas, que no parecen haberse apagado sino sólo profundizar su fulgor en una misteriosa vejez seductora, ocurren unos como pasmo y nerviosismo entre todos los presentes, una como incredulidad: ellos se besan en la mejilla y se tienen las más exquisitas atenciones cortesanas, bromean con aristas que nadie comprende. Siguen fascinados con aquel travieso fuego juvenil. Todos quedamos imantados de una gracia desusada, como si de veras algo existiese por encima del cochambre universitario y municipal. Me puedo imaginar la conmoción, el azoro de quienes los vieron en su flor juvenil juguetear a los novios, al matrimonio perfecto del Filósofo con la Filosofía.
El doctor Iturralde no satiriza en absoluto los afanes o negocios de divulgación filosófica de Olga Margarita en las ventas por televisión. Nos ilustra con innumerables ejemplos de filósofos de todas las épocas y de todos los países que hicieron lo mismo. “Todos los grandes filósofos han vendido sus escolios en el mercado. La manía de producir filosofía puramente académica para puros académicos es una superstición burocrática”, afirma tajante. Aunque no muestra semejante generosidad con ningún otro filósofo, ni académico ni popular. Sólo en ella lo admira todo: una Pallas Atenea entre comerciales de lavatrastes.


4
Yo no podría reconocer al astroso mocetón que casi nos atropelló en la entrada de la facultad aquel día. Todos esos chamacos no sólo se parecen, sino que se uniforman, enemigos de la individualidad y de la personalidad: anhelan ser chusma. Recuerdo su atuendo desarrapado, el mismo de todos, su mal corte de pelo hip-hop, el mismo de todos; y si he mencionado “sus ojos duros y sus colmillos lustrosos” sólo se debe a que el doctor Iturralde me los ha vuelto a recordar muchas veces. Se diría que el doctor chochea. A ratos busca con binoculares al estudiantillo desde los ventanales de la Torre de Humanidades en cada uno de los mítines.
-¿Cómo lo va a distinguir, doctor, si todos son iguales?
-No, yo los veo a todos diferentes.
El doctor Iturralde hila muy fino entre las especies y las subespecies de las esencias, los atributos y los accidentes.
-Me recordó a un compañero de hace como cuarenta años, eso es todo, doctora. Se llamaba Nicho. Era pobre, latoso y no le interesaba para nada la filosofía, pero se había inscrito aquí a falta de otra oportunidad, mientras conseguía en que emplearse, supongo. ¿Qué habrá sido de él? Me parecía un prodigio. Nunca me imaginé cómo logró obtener sus certificados de secundaria y de bachillerato, ni entrar a la facultad y hasta al exclusivísimo seminario sobre Spinoza. No sabía nada de nada ni le importa un cacahuate... pero mal que bien siempre salía a flote no sé cómo. A su lado me sentía ridículo de estudiar tanto. “¡Mamadas, puñetas!”, contestaba Nicho a todo... Lo curioso era que a su asco y a su nihilismo intelectuales correspondían una salud salvaje, un vigor vital esplendoroso. No es que fuera precisamente bello, sino rebosante de esa vida corporal y física, digamos animal, que se empeñaba en maldecir... Algo bueno habrá conseguido pues de pronto desapareció y no volví a saber gran cosa de él. Era Nicho: Bermúdez Organza, Luis Dionisio.
Nunca me hubiera atrevido a profanar los límites de la intimidad del doctor Iturralde. Siempre ha sido norma de mi conducta aceptar lo que buenamente me quieren contar mis amistades, y más o menos creerles todo con buena voluntad. Cada quien su propia papilla existencial, me digo. Pero mi creciente afecto y compañerismo con el doctor Iturralde, unido a la novedosa circunstancia de que ya soy una venerable abuela, que puede permitirse ciertos impudores de matrona con un colega más viejo que yo, me llevó alguna tarde a preguntarle sin más ni más, a bocajarro:
-¿Y el gran amor de su vida de que me hablaba el otro día, doctor Iturralde? ¿Lo visita muy a menudo su recuerdo, como leit-motiv? Sin duda se trata de la doctora Margarita Olga de Noailles...
Me miró aterrado, escandalizado, como si se le hubiese aparecido un espectro. Trató de negarlo instintivamente, de marginar el asunto. Pero fue recordando que ya era un buen viejo tranquilo y sabio, más allá de todo; y que yo era su buena confidente, algo menor, pero que como joven abuela podría considerarme en cierta medida su coetánea... Decidió abandonarse, sin angustia:
-Claro que no, mi querida doctora. Fue Nicho. Bermúdez Organza, Luis Dionisio.
En días posteriores me fue confiando, por hilachos, con evidente resistencia interior pero con cierta necesidad de liberar por fin su secreto, la historia de una pequeña y pérfida conjura... en la que acaso no ocurrió realmente mayor cosa, sino quebrarle silenciosamente el corazón y el espíritu para siempre. Reconstruyo en mi mente su figura de un apuesto muchacho inteligente pero demasiado ingenuo y distraído, acaso un chico excesivamente cuidado y vigilado por su familia y sus maestros, que había llegado a la facultad con dos idiomas extranjeros y considerables conocimientos librescos, pero en absoluta ignorancia de su interior.
No, no fue él (me dijo) quien pretendió ni sedujo a Margarita Olga de Noailles, sino ella, quien de inmediato, desde el primer día de clases, se apoderó de él con toda naturalidad y lo condujo a su capricho, sin que desde luego Andrés Iturralde ofreciera resistencia alguna: todo lo contrario, se veía sorprendido como por un premio de la lotería de que la muchacha más guapa y brillante del grupo se fijara precisamente en él. De ella fue la idea de que se hicieran novios y de que llegaran un poco más allá (en esto sonrió con picardía, como resaboreando el alimento de los dioses)...
Entonces, sin que él lo advirtiera, entró en acción el padre de Margarita Olga, el profesor spinoziano de facha y barriga de expendedor de carnitas, futuro director de la facultad, quien tenía otros designios para su hija.
-Ese cerdo nunca dijo algo decente sobre Spinoza durante las décadas que duró su seminario; no hizo sino emborracharse y cogerse a las secretarias cuando fue director de la facultad; nunca publicó una frase coherente de filosofía... Pero era capaz de penetrarlo todo diabólicamente con sus ojos de marrano, que no sé por qué recuerdo rojos: nadie tiene los ojos rojos, ¿o sí?, entre sus párpados abotagados y llenos de carnosidades; y supo de mí lo que yo no sabía y comprendió en un instante cómo atraparme y destruirme... Sólo me fui dando cuenta meses y hasta años después.


5
Parece que hubo una riña doméstica entre el profesor y su hija a propósito del “alfeñique pretencioso” que ella insistía en querer por novio y marido. Que ella rompió cosas, le mentó la madre, amenazó con suicidarse o largarse del país o meterse de puta... Cosas de aquellos años desaforados. Estaba encaprichada con su Iturralde y por nada del mundo lo iba a dejar. A ella no lo impresionaba para nada el paternal sabio spinozista. Que se fuera mucho al carajo el vulgar expendedor de carnitas.
Entonces, taimadamente, el profesor de filosofia se fijó en Nicho, con quien por entonces Andrés no había cruzado ni siquiera una palabra. Habrán llegado a algún trato. Nicho empezó a sitiar a Andrés Iturralde con una amistad exaltada y apremiante a la que Andrés, para su sorpresa, respondió con la misma pasión. Parece que no ocurrió mucho. Paseos en bicicleta, ratos de natación, tardes en el cine, conversaciones interminables en cafés.
El doctor Iturralde recordaría por décadas el cuerpo vigoroso de Nicho en las albercas, sus ojos duros y sus colmillos lustrosos, la abundante mata de pelo rebelde, los párpados un poco sesgados. Recordaría una como salvaje arrogancia, un desprecio por todo, como de alguien que ya ha descubierto que el mundo está podrido y que no hay nada que respetar en él. Recordaría, con escándalo, las frases ignorantes, analfabetas, de un muchacho rudo que podía filosofar instantáneamente, con todo el aplomo del mundo, que todo era mierda, salvo el presente mientras durara, ¡y cuando ese presente no fuera también mierda, claro, lo que sucedía rara vez! Recordaría su ira, su rencor, sus propósitos de venganza contra toda la realidad en su conjunto, sin excepciones; su manera de ufanarse de que a él nada lo limitaba ni espantaba, que podría atreverse a todo, incluso a pegarse un tiro “ahorita mismo” porque sí... Pero en medio de ese como entusiasmo febril y soez por la nada, recordaría esos ojos duros y esos colmillos lustrosos cuando súbitamente le dijeron: “Sólo te quiero a ti, Iturralde. Quiero amarte y poseerte. Si me rechazas te mato, o me mato... ¡o que la chingada nos lleve a los dos de una buena vez!”.
A sus veinte años, Andrés Iturralde era un chamaco frágil bajo su fatuidad escolar, y rebosante de sensualidades escondidas bajo su aspecto natural de chico aparentemente bueno y sano, enterísimo. Salió a toda prisa, tropezándose, aterrado, del café. Todavía palpitaba, con fiebre, encerrado en su recamara, cuya puerta la madre quería derribar: “¿Qué te pasa, por Dios, hijo, que tienes?” Lloró histéricamente buena parte de la noche. A media madrugada supo que estaba enamorado.
Lo primero que hizo al día siguiente fue diseñar una estrategia de distanciamiento con respecto a Margarita Olga de Noailles: distracciones, desatenciones, impuntualidades, indiferencias más o menos discretas que de cualquier manera la lastimaron muy pronto, de modo que fue ella quien rompió, también discreta y amistosamente, el noviazgo. Entonces Andrés Iturralde buscó a Nicho quien ahora, a su vez, lo rehuía y desatendía, como profundamente ofendido por la repentina y torpe escapada que Andrés emprendió aquella noche en el café. No aceptaba su conversación, ni siquiera le contestaba el saludo. Lo miraba, o eso creía Andrés, con la ferocidad de un amante despechado.
Cada vez con mayor desesperación, Andrés intentó explicarse y hacerse perdonar en cartas cada vez más largas que le entregaba a Nicho entre clase y clase, y que él recibía con un mohín de repugnancia, con profundo desprecio, casi con socarronería, que Andrés entonces interpretó como señas de que todavía seguía mortalmente ofendido, y las guardaba entre las páginas de algún libro de Sartre.
-No sé cuantas cartas fueron, doctora. Más de diez. Pasaron las semanas. Luego dejó de asistir a la facultad. Ya me había dicho que andaba en busca de cualquier otra cosa...
Después de clandestinas y laboriosas pesquisas, Andrés descubrió su domicilio. Un departamento en la Colonia del Valle, por Xola y Avenida Coyoacán. Incapaz de irrumpir en el departamento de ese demonio escondido, montó guardia durante días, desde el Cine Continental, en la contraesquina, o frente a la puerta de su edificio. Cuando finalmente lo interceptó un mediodía, Nicho se le rió abiertamente en la cara:
-Fue nomás un trabajito para el profesor. Le vendí todas tus cartas...
Andrés Iturralde también descuidó un tiempo la facultad. Se dedicó a caminar por las calles, a pensar en ese ser y ese destino súbitos, que él ni sospechaba hasta que se los habían descubierto de manera tan brutal.
Evitó durante mucho tiempo a Margarita Olga, quien pronto tuvo nuevo novio. Un partidazo. Años después Iturralde se encontró a Nicho una madrugada en una cantina del centro. Era la época en que a todas horas se oía Sombras con Javier Solís:
-¿Qué pasó, filósofo, todavía quieres conmigo? Doscientos pesos el rapidín.
Andrés tuvo el suficiente aplomo para rechazarlo. Pero durante varios años se buscó por Ayuntamiento, por López, por Mesones, por República del Salvador, por San Jerónimo y Regina, muchachos de ojos duros y colmillos lustrosos que le recordaran a Bermúdez Organza, Luis Dionisio.
Solían pedirle menos, pero él les pagaba siempre más de doscientos pesos.

sábado, 27 de diciembre de 2008

BERNAL Y BEATRIZ

BERNAL Y BEATRIZ
por José Joaquín Blanco


A Rafael Pérez Gay


Beatriz era una perdedora incorregible, obsesiva. No fallaba en atraerse la desdicha, con una especie de adicción imperiosa. Nos asombraba mucho su mala suerte. Como brújula, siempre le atinaba al fracaso. Primero, claro, cuando alguien acababa de conocerla, se preocupaba por ella: "Mira, mana, no seas tonta, no seas tan terca", y esto y lo otro. Nada. Le seguía yendo mal, metódicamente. Luego sus amigas hasta nos divertíamos con sus pesares; no por maldad, pues todas terminábamos de una manera o de otra siendo sus protectoras, sus admiradoras, sino como una especie de show, de teatro. La verdad, hasta la envidíabamos. A ella sí le pasaban cosas. Emma decía que al menos Beatriz sí se agarraba a patadas con la vida y hacía que le pasaran cosas, a huevo. Ella siempre tenía mucho qué contar.

Porque de veras se necesitaba harta imaginación para fracasar tantas veces, incluso cuando todo lo tenía de su parte, cuando menos se esperaban las contrariedades. Era la chica a la que le ocurría pelearse a gritos, a insultos desaforados, con su jefe (trabajó en la Secretaría de Turismo y en una agencia de viajes: claro, con ese palmito, se conseguía puros buenos trabajos), precisamente al día siguiente de un ascenso por el que había luchado meses; y se quedaba de pronto en la calle.

Le estallaban los hornos, las lámparas, porque sí, nomás a ella; le arrebataban la bolsa en la calle, le rasgaban en el metro su mejor vestido. Los agentes de tránsito la detenían exactamente cuando no traía consigo la licencia de manejar, ni dinero para la mordida, y andaba más deprimida y encabronada que nunca en un coche ajeno, prestado, sin papeles; de modo que no podía evitar gritarles improperios en mitad del periférito e ir a dar a la delegación, con todo tipo de multas por faltas a la autoridad. Desde ahí me llamaba por teléfono: "Estos cabrones. Me quieren cobrar a mí sola el periférico entero, como nuevecito".

Me decía la Nena, aunque yo le llevaba varios años. No recuerdo cómo la conocí. Seguramente en las tocadas, en las fiestas. Lo primero que me acuerdo bien de ella fue una noche en el Estudio 54, que quedaba por la estación de Buenavista y abría toda la madrugada, pero ya para entonces nos tratábamos bastante: Beatriz estaba toda madreada, convulsa, medio borracha; me pedía bañada en llanto, como una hijita, que por favor la sacara cuanto antes de ahí, que todas las ficheras del cabaret le tenían envidia y la querían matar, y me la llevé a la casa.

Yo compartía entonces un departamentito en la Colonia San Rafael con Marta y Emma. Marta trabajaba entonces de maestra de secundaria, en una escuela de monjas: iba así por las mañanas, muy cara lavada, muy "no hice nada malo en todito el fin de semana", a enseñarles historia y literatura a las espantosas enanas uniformadas del colegio de monjas. Lo que una no hacía entonces para ganarse algún dinero. Luego la Marta mejoró, porque era muy empeñosa, terminó su carrera en la universidad y agarró chamba como periodista, en una revista de modas. Emma ya trabajaba por su cuenta, una tigresa para el comercio: vendía productos para el hogar, que Avon, que Stanhome, para damas encopetadas. Ahora hasta tiene su propia empresa, muy patrona la Emma.

Marta y Emma la aceptaron muy bien, la consolamos. Nos acomodamos ahí en el departamento las cuatro como pudimos, con harta buena voluntad. Estuvo con nosotras año y medio. No colaboraba con un solo centavo porque no tenía trabajo fijo en ese tiempo, pero siempre había amigos que le regalaban cosas, o se daba maña para robarse cosas en las tiendas. Así que a veces cenábamos nomás quesadillas o bizcochos con leche, y a veces hasta salmón y champaña, cuando Beatriz vivía con nosotras. Luego conoció a un violinista y se nos perdió dos meses. Regresó peor que antes.

Pero Beatriz se reponía de sus golpes y caídas con gran facilidad. La naturaleza era buena con ella. En sus buenos días, que eran los más, andaba alegre y rejuvenecida, muy semejante a la chiquilla traviesa de buena familia que un día, cinco años atrás, porque sí, sin que nadie se lo esperara, había armado el gran escándalo en su casa, en Córdoba, Veracruz, y escapó a la Ciudad de México con solo la ropa que traía puesta. Tenía fotos de cuanto estaba en la escuela, con su uniforme y cara de no romper ni un plato.

Beatriz era también buena para los comienzos, para empezar casi desde cero, con buena cara, seduciendo a medio mundo. Brillaba como joya. Toda la gente se volvía su mamá, su novio, su abuelita, su alma gemela, su hermano del alma. Un angelote así de este tamaño, tenía la Beatriz. La noche que conoció a Bernal estaba más bonita e inspirada que nunca. Traía un vestido caro, amarillo, que se había robado por ahí. En sus buenos momentos hasta el amarillo le quedaba bien. Antes que se vieran yo sentí el click que habrían de hacer. Era inevitable.

Bernal parecía un muchacho de revista, con los que Beatriz siempre soñaba; no solo se veía muy guapo, medio deportista, medio junior, medio "aquí yo por encima de todas las cosas y todo me vale madre"; sino que vestía, se movía, miraba, sonreía con elegancia de modelo profesional; y su ropa, sus modales, sus joyas tenían el brillo del dinero. Olía con ganas, enrarecidamente, a dinero y a juventud concentrados, y a buena vida, el Bernal. Parecía nuevecito, un cuerote alto, apiñonado, anguloso, de no sé que islas de paraíso recién desembarcado en México, ¿no? Bien fuerte pero no musculoso, sino recio y esbelto como un bailarín. Ves que los bailarines son más recios que los atletas, pero no están boludos, sino más ligeros, más ágiles. La Marta dijo luego que la hacía pensar en Montgomery Clift.

La cara no me convencía mucho. Era perfecta, claro, pero como de cromo, como de santo, que dice la canción: "Tus ojos tristes como de santo". Era semejante a todos los niños bonitos de todos los anuncios, que hasta parecen hechos con molde, en serie. Todos con nariz del David de Miguel Angel. Hasta pensé que ya lo había visto antes, en uno de esos grandes anuncios del periférico, anuncios de lociones, de trajes, de valores financieros, o en una revista de modas; o en la tele, de cantante. Pero eso ya me había ocurrido otras veces. Todos los chicos demasiado guapos se parecen entre sí, y son igualitos a los de los comerciales. Pero yo ya no era ninguna ingenua. Y además, muchos juniors, muchos chicos ricos, pues también andan así con las facciones perfectas y sus "ojos tristes como de santo". Pensé que el Bernal simplemente era un pollo fino, de raza, hijo de mamá bonita, nieto de abuela bonita --ves que a los hombres con dinero les da por casarse con puras muñecas perfectas, dizque para mejorar la raza--, como los que encuentras en las universidades de ricos, en los campeonatos de surf y de velero. Chico de "raza mejorada", pues.

Olía a dinero, a familia con dinero, a una vida regalada con harto dinero. Entonces pensé también en Beatriz: "Ahí vas otra vez, manita". Porque a todas nos encantaban los príncipes, pero las otras chicas ya habíamos aprendido, unas a los quince, otras a los dieciocho años, que los rorros y las caras bonitas y los príncipes con cuerpazos perfectos sólo traen problemas. Y los grandes príncipes, grandes problemas. Por cierto, nunca supe de dónde venía Bernal, nunca hablaba de su niñez ni de su familia.

Pero Beatriz no aprendía. Y eso que todos sus líos habían comenzando por un galán, un galán arrabalero, veracruzano, de bohío, un padrotón, José: un muñecazo amulatado que ganaba todos los concursos de baile en Córdoba, especialmente los de cumbias. Beatriz se las arregló primero para escaparse de las fiestas de sus compañeros de escuela; se disfrazaba de chica pobretona y mala, con mucho maquillaje, mucha minifalda, e iba a dar a los bailes populares, como la princesa del cuento, que todas las noches se gastaba las zapatillas en un baile misterioso. Ahí conoció al mulatazo, a quien dizque le iba mal en la vida, la gentes cabronas nunca le daban trabajo, siempre le quedaban a deber dinero... Pero José estaba ahorrando para largarse a la Ciudad de México, o de plano a los Estados Unidos. Y le prometió a Beatriz que se irían juntos de esa ciudad hipócrita y aburrida, que iban a conocer mundo, que la iban a pasar de veras super. José tenía su ilusión: ser piloto aviador; Beatriz iba a ser azafata. Los dos juntos se iban a pasar la vida dándole vueltas al mundo.

Se le ocurrió entonces a Beatriz una solución mágica. Sus papás tenían una tienda grande de aparatos electrodomésticos, Almacenes Márquez, y ella a ratos, por la tarde, ayudaba a despachar o a cobrar. Estaban de moda unas caseteras rojas, que parecían platillos voladores y tenían mucha potencia. Si alguien prendía una casetera en alguna banca de la plaza principal, la oía toda la gente que tomaba cerveza en los portales.

Su papá le había regalado una casetera roja, la primera que se vio en Córdoba, y ella la traía consigo para todas partes; en la escuela siempre se la andaban recogiendo. Nadie encontró extraño que Beatriz se la pasara todo el tiempo con la casetera a todo volumen, con canciones de José José ("¿Y qué? ¿Al fin te lo han contado, amor? Bueno: ya conoces mis defectos"), entrando y saliendo de la tienda ("Que un hombre que ha sido como yo acaba por volver a su pasado"). Pero a veces no salía con su propia casetera, sino con un aparato nuevo, que hacía pasar por el suyo, cante y cante con la canción a todo volumen ("Yo he rodado de acá para allá, fui de todo y sin medida"), y se lo daba a José, quien la estaba esperando en la plaza; José lo vendía e iban mas o menos a mitades. Así se divertían e iban juntando para el viaje.

Un sábado que su padre hizo inventario, aparecieron debajo de unos estantes, dobladitas, diez envolturas de cartón de las caseteras rojas. Error típico de Beatriz: pensó en cómo robarse las caseteras sin que nadie se diera cuenta, pero no en cómo deshacerse de las cajas en que venían, nomás las doblaba y las echaba con el pie debajo de los estantes. "¿Pero qué hiciste con el dinero? Si no te negamos nada. ¿Qué necesidad tenías de robarte esas caseteras?", le gritaba su papá, golpéandola recio y tupido por primera vez en su vida.

Beatriz decidió largarse de su casa antes de lo previsto, inmediatamente. Pero, por supuesto el mulatazo José no apareció ese día, ni los siguientes; Beatriz lo esperó casi un mes, soportando los castigos, las humillaciones y los largos interrogatorios de sus padres. Ni las luces del mulatazo. Nadie sabía de él, y ninguno de los amigos de José tenía ganas de hablar con ella. En un descuido del papá, Beatriz tomó un buen fajo de billetes de la caja de Almacenes Márquez y nadie ha vuelto a saber de ella en la pintoresca ciudad de Córdoba, Veracruz, en cuyos bailes populares ha de seguir reinando como dueño y señor de la cumbia, José, el mulatazo. Me vino a la memoria esa aventura cuando vi por primera vez a Bernal. "Ahí vas otra vez, manita".

Habíamos caído por azar en una fiesta en la que no conocíamos casi a nadie. Nos especializábamos en pescar fiestas finas, donde hubiera música decente, moderna, buena bebida y bocadillos, y no puro bailotazo en azoteas o patios de vecindad, con música de pura pinche estación de radio, con todo y comerciales; fiestas finas con galanes un poco bañaditos, ¿no?, con modales, con conversación, que supieran tratar a una dama; que siquiera se peinaran de vez en cuando, pues; porque de ligues callejeros o del metro estábamos hasta la coronilla, y luego la necesidad hace al ladrón: los chamacos que no tienen en qué caerse muertos, luego la hacen a una pagar las cuentas, o le roban a una hasta la bolsa y cosas peores.

Beatriz era la mejor en esas fiestas, porque había sido educada como niña rica, se le veía pues como dicen la cultura, y de inmediato estaba ya riendo, discutiendo, abriendo tamaños ojotes, de grupo en grupo, ora sí que moviendo como marquesa el abanico. Casi toda la gente era un poco falsa, todos se hacían pasar por cantantes, por ricos, por celebridades, con grandes modas y peinados de lujo. Yo, más o menos relegada junto a un muro, con Marta y Emma, apostaba en silencio a cuál de todos esos maniquís era auténtico, y cuáles puras secretarias y oficinistas como nosotras, representando el papel del gran mundo. Bernal tenía que ser auténtico: se veía distante, aburrido, despectivo. Solitario como un cachorrote de exposición canina. "¡Guauu! ¡Quiero...!", pensé. Vi cómo Beatriz se le acercaba, le hacía conversación, se reía con grandes aspavientos, sacudiendo su cabellera esponjada; insistía, le alisaba las solapas del saco de lino. Fracaso. El muñeco de portada de revista la dejaba hablar como quien deja caer la lluvia, y por encima de ella miraba con desencanto, casi con desaprobación, el curso que seguía la fiesta. Beatriz no fue persistente y al rato me la encontré en el extremo opuesto del salón, bailando con otro muchacho que también olía a billetes.

A mí me había sacado a bailar un estudiante de contaduría, Rolando, quien pocos minutos después me convenció de que nos escapáramos de esa fiesta de mamones. No era un precioso ni un gran partido el Rolando, más bien chaparro, ya empezaba a engordar, hasta se me hacía un poco aburrido, un poco apático; pero duramos varios meses, e incluso ahorita seríamos marido y mujer, si yo lo hubiera aceptado. ¿Pero en plena juventud colgar de plano las armas e irse a amamantar hijos a un departamentito, en una miserable unidad habitacional en plenas afueras de la ciudad, que ya entonces estaba pagando a plazos? Ni loca, dije yo: ya habrá tiempo de sentar cabeza, la juventud es lo primero. Rolando me llevó esa noche a su departamentito, un huevito con dos o tres trastes, más allá de la entrada de la ciudad, me parecía que ya estábamos de plano en Pachuca, y no me regresó sino hasta al día siguiente, que era sábado, después del mediodía. Marta y Emma estaban alarmadas, en un grito. Que Beatriz y yo éramos unas bárbaras, desaparecernos así, sin avisar ni nada; que no se querían meter en nuestras cosas, pero así desaparecer nomás, no se valía. "¡Pero si yo no sé nada de Beatriz! La dejé con ustedes, bailando".

"Dios mío, que ahora sí no le vaya a pasar nada. No se ha reportado. Ni un telefonazo", dijo Marta, la maestra, que era la más preocupona, el andarse preocupando demasiado de todo ya era como su vicio profesional. Beatriz se apersonó hasta las nueve de la noche, medio borracha, unas ojeras hasta el piso, con Bernal, a quien venía casi arrastrando, casi dormido, hecho una facha, con la boca inflamada y el saco de lino desgarrado. Entre las tres lo curamos, lo encueramos, nos lo fajamos, cagadas de risa --casi ni respingó con el merthiolate que le puso Marta en los labios heridos, de lo muerto que venía-- y lo metimos a una cama.

"Es un divino, manas, pero un atascado. ¡Si les contara todo lo que se metió! Le entró a todo: mota, coñac, coca, pastas, varias pastas. Uhhh. Anduvimos de fiesta en fiesta, en las Lomas, en el Pedregal, al mediodía estábamos en una quinta maravillosa en Malinalco. Pura gente especial. Puras estrellas, puros jefes, harto dinero. Ni parecíamos estar en México, sino en Florida, en California. Todos alrededor de la alberca tomando cocteles y platicando obscenidades, pero de las gruesas, y sin que nadie se espantara de nada, todos así como muy tolerantes, como de mucho mundo, muy intelectuales. Increíble, divino el Bernal, lleno de vida; me divertí con él como nunca". "Ten cuidado, manita", le dijimos las tres, en coro.

Entonces nos contó Beatriz que efectivamente todas conocíamos a Bernal, aunque no nos hubiéramos dado cuenta. No se parecía a nadie: era el mismo que uno o dos años atrás habíamos visto en todas partes, todo el tiempo, hasta en la sopa: en la tele, en las revistas, en anuncios. Aún quedaban fotos monumentales de él en algunas estaciones del metro. Y si nos fijábamos bien, lo podíamos reconocer en la foto estilizada que todavía traían las envolturas de los calzoncillos que anunciaba. Era el modelo exclusivo de Calzoncillos Chuza.

Corrimos a verlo otra vez, encuerado, en la cama, roncando suavemente. Era de una fragilidad casi excesiva, objetaba Emma, que tenía gustos un tanto otoñales y despreciaba a los jovencitos; prefería panzones entrecanos y casados, que pudieran enseñarle realmente algo de la vida. Ahí en la cama, perdido en su sueño pesado, parecía casi un niño. Decidimos que estaba mejor en los anuncios a color: más torneado, más bronceado, más viril. Marta opinaba que las tetillas, el pecho peludo, la cintura de atleta, la pelusilla de las piernas lucían mejor con los tonos rojizos de la publicidad. Echamos de menos los calzoncillos suaves, de colores pastel y adornos fosforescentes, que querían competir con Calvin Klein.

Nos servimos unos tequilas para celebrarlo, sentadas en la cama, a su alrededor, traviesas, muertas de risa, como brujas disolutas en torno a un pastorcito sacrificado. Lo estuvimos manoseando otro rato, dizque mientras le acomodábamos las sábanas. Apenas si gruñó un poco, sin llegar a despertarse. "No te preocupes, todo está bien, mi amor. Duérmete", le dije yo. Me acuerdo que me impresionaron sus pies, mejor arqueados, los dedos más parejitos y tersos que los de una muchacha. Hasta quise pintarle las uñas y ponerle unas medias.

No, no habían cogido, reconoció Beatriz: Bernal le había salido puto. "¡Pero claro!", gritó Emma, casi triunfal, "¡cuando se pasan de bonitos, se pasan al otro lado!". Marta lo vio más bien con ojos de lástima y comprensión. Ella leía muchos libros y admiraba a los jotos, que en ocasiones eran muy creativos, decía, con mucho talento, como compensanción de lo que les faltaba, ¿no?, y muy elegantes, muy finos, bueno, para la Marta todos los jotos eran casi como estrellas de cine.

Bernal sufría demasiado el pobre, nos contaba Beatriz. Mientras que el resto de los mortales, al ver su entrepierna fabulosa, ceñida por Calzoncillos Chuza, en un gran puente del periférico, alzaba hacia él los ojos y los deseos como hacia un artista de televisión o un semidios, decía Beatriz, allá arriba, más arriba, entre los productores y los empresarios que lo habían contratado finalmente, después de dos o tres años de hacerla de extra en telenovelas o de bailarín en coros de segunda categoría, lo trataban peor que a mujerzuela, que a esclavo. Como esclavo sexual, pues.

Le seguían pagando su buen sueldo, claro, para que su imagen no anunciara otros productos que Calzoncillos Chuza, pero no lo dejaban tan fácilmente ni cantar en un palenque (aunque cantaba mal, tipludito), ni hacer un papelito en una película (aunque tartamudeaba y se ponía tieso frente a las cámaras). Nada. Para todo tenía que pedir permiso, y hacer grandes méritos. "Y qué méritos, manas, de veras que yo no había oído de tanta maldad en el mundo", exclamó Beatriz, escandalizada. Ni siquiera le seguían tomando fotos. Le habían tomado ya como cien mil fotos.

De modo que Bernal se la pasaba entre albercas y fiestas, sobreviviéndose a sí mismo, imitando las poses de los anuncios, los labios húmedos, los ojos entre deseosos y nostálgicos, sonriendo cuando lo reconocían y le hacían chistes sobre los Calzoncillos Chuza, soñando que su oportunidad de ser una estrella vendría después, cuestión de tener paciencia. Dejándose financiar por cada ruco, por cada esperpento. Beatriz había visto cómo, en Malinalco, junto a la alberca, un productor de tele viejísimo, bien influyente, al que nombraban Ponce, ya medio podrido él, como oliendo a tumba, le ofrecía un viaje a Orlando; y cómo Bernal, más drogado e indolente que una planta, se dejaba traer y llevar y veía con ojos soñolientos cómo otros decidían por él. "Sálvame, manita, mi ángel de la guarda. Llévame de aquí, adonde sea, pero sácame de aquí, ahorita", le había suplicado a moco tendido, cuando el ruco putrefacto de Ponce lo derribó de su silla con un bofetón.

"Los cabrones no lo van a dejar salir vivo de Calzoncillos Chuza, nos dijo Beatriz. Cuando su contrato termine, ya va a estar arruinado, bofo, con los nervios destrozados, en una clínica de desintoxicación o algo así. Y sin un clavo. No ahorra nada. Con ese tren de vida, nomás junta deudas". La tragedia de Bernal era que, a pesar de su éxito como modelo, seguía siendo un buen chico, tímido y sensible, pensaba Beatriz. Entre puros tiburones podridos, vulgares. Entonces los viejos maricones empresarios, productores, directores, los mandamases de la publicidad y el espectáculo, pues, primero lo cortejaban y lo llenaban de regalos, pero luego, a la hora de cumplirles como macho en la cama, Bernal nomás no podía. "¡Pues cómo va a excitarse ningún muchacho con semejantes lagartos podridos!", exclamaba Beatriz, indignada. Entonces lo insultaban, lo acusaban de parásito, de impotente; se lo cogían, lo ponían a hacer strip-tease en las fiestas privadas, a mamar y a dejarse coger en público por lo invitados y hasta por los meseros; y luego a veces lo madreaban. Todo porque era un fraude. Un cuero de látex, de vinil, le decían.

Y Bernal no se defendía, les había agarrado pánico, les pedía perdón, trataba de congraciarse con ellos, se esmeraba para medio cumplirles como macho; tomaba jalea real, vasotes de mariscos, todo con tal de no le declararan la guerra, porque decía que cuando alguien se peleaba con uno de los podridos, era como si se peleara con todos y no le volvían a dar ningún contrato de nada. Y no alcanzaba a explicarse cómo fulano y sutano, así, fácilmente, sin ponerse nerviosos, sin asco, sin nada, les cumplían a sus podridos sin contratiempo alguno. Así, como si jugaran futbol, o se echaran una cascarita por la calle. Creyó que de veras era impotente y hasta fue a ver a un sicoanalista.

Para entonces los rucos,los podridos, ya lo habían catalogado como un falso galán que a la hora de la hora nada de nada, y lo ocupaban nada más de anzuelo. Yo pensaba que cosas así, de maldad tan elaborada, sólo pasaban en las películas viejas. Como su contrato lo obligaba a asistir a eventos sociales y fiestas en el plan de la imagen de Calzoncillos Chuza, lo hacían ir guapísimo a todos lados, a brillar, y claro que atraía a muchos chicos y chicas cuerísimos, con los que de inmediato los podridos entraban en contacto, y les ofrecían esto y lo otro.

Así reclutaron incluso a Beatriz, junto a esa alberca de Malinalco, porque te digo que en sus buenos momentos, la Beatriz era muy guapa, guapísima; no sólo bonita, sino muy hembra, caballona, de gran alzada, "yegua fina", como se dice vulgarmente. Y más cuando se lanzó como leona contra el podrido de Ponce que le había pegado al Bernal, y lo rasguñó, y lo insultó; pero mientras ella le gritaba y le pegaba, el ruco, que era bicicletón, bueno, que ya era de todo, tocho morocho, la manoseaba de lo lindo, pero hasta el fondo, con dedos y todo, y terminó ofreciéndole también a ella un contrato de modelo, ahora de una marca de pantimedias. Pantimedias Konstanze.

Beatriz decidió entonces cuidar a Bernal, acompañarlo, protegerlo. Lo adoptó como su alma gemela. Lo llevó a nuestra casa para sacarlo del medio nefasto de los espectáculos y de la publicidad. Pero al día siguiente, cuando estábamos desayunando, y le decíamos a Bernal que si de veras quería rehacer su vida y el buen camino y etcétera, podía trabajar muy bien en algunos negocios modestos, como empleado de una tienda o de un restorán, para empezar, llegó a la casa un adorno floral, enorme, carísimo, para Beatriz. Era del podrido rasguñado. "Si el señor Ponce en el fondo no es tan mala persona...", dijo Bernal, como resignándose a pesar de todo a su destino, que al menos no tenía que ver con ser empleado de tiendas o restoranes. "¿Pero cómo carajos supo nuestra dirección?", rugió Emma. Todas comprendimos, sin necesidad de palabras, que Beatriz había aceptado al lagartón. Al anochecer salió despampanante, con Bernal. No la volvimos a ver en varias semanas. Recuerdo que Bernal se veía más atractivo que nunca con su inflamación en los labios, sus manchitas rojas de merthiolate: era como el detalle vivo, sensual, que humanizaba su belleza. Hice que me besara largo en la boca con esos labios, nomás de travesura. Y me relamí el sabor del merthiolate.

Nos empezaron a invitar a algunas de sus fiestas, de sus cocteles. Actuaban como novios, y yo me preguntaba si Beatriz había conseguido reformar a Bernal, o si solamente fingían para protegerse mutuamente de los lagartos; e incluso me pregunté si la desaforada de Beatriz no había llegado al extremo de también emplearse como carnada de Ponce, reclutando ninfas y efebitos para los caimanes. No quise creerlo. De cualquier manera, seguía tremenda. Nos daba, ahora sí, bastante dinero, "a cuenta de mis deudas", decía, con su sonrisa irresistible. Y también joyas, que les robaba en las fiestas a las borrachas. Nos hicimos las tres de unos colgajos divinos. Brillaba más que nunca. Se veía más hermosa que nunca al lado de Bernal, como verdaderos príncipes de cuentos de hadas.

No llegó a aparecer su foto en ningún anuncio de las pantimedias Konstanze, pero sí, muchas veces, adorable, en la sección de sociales de los periódicos. Recorté varias. Así algunos meses. Hasta pensé que uno encuentra la fortuna donde menos lo espera, y que Bernal, a pesar de todo, era su amuleto contra su inveterada mala suerte; que ahora sí Beatriz iba a tener la felicidad que merecía. Y que Bernal también, con ella, como que contaba con quien lo defendiera. Cuando a una la asedia tan rigurosamente la mala suerte, no hay como un buen amuleto. Y ellos, felices, se habían encontrado el uno al otro, preciosos, se iban a comer el mundo mientras siguieran juntos, pensaba. Entonces, en la sección policiaca de los periódicos, apareció su foto, con Bernal: presos por tráfico de drogas.

Marta, Emma y yo la fuimos a ver una mañana de domingo a la cárcel de mujeres. Ibamos preparadas para encontrarla en medio de la desdicha, pero también a ver cómo se sobreponía a ella y de pronto la dejaba atrás, rumbo a una nueva aventura. Nos habíamos acostumbrado a no tomar tan en serio sus fracasos, era como una artista de la derrota, una trapecista de la mala suerte, que a final de cuentas, después de tantos tropiezos, todavía hacía poco tiempo la habíamos visto entera y reluciente. Por eso nos impresionó más verla amarilla, abatida, flaca, casi sonámbula. Se daba por vencida, se rendía finalmente. Nos sonrió con una mueca demacrada y no llegamos a conversar gran cosa con ella, a todo nos respondía con frases breves, mecánicas, ausentes. Era el fin.

Las acusaciones de tráfico de drogas se mezclaron muy pronto en la prensa con rumores escandalosos, que hacían aparecer a Beatriz y a Bernal como cabecillas de una banda que era a la vez una secta satánica, empapada de santería caribeña, que de los ritos de sacrificios de animales había avanzado a los sacrificios humanos, para asegurar el éxito, el vigor y la salud de sus agremiados, entre los que había banqueros, senadores, estrellas de cine. Se hallaron amuletos de huesos humanos y cadáveres mutilados en diversos ranchos y quintas de narcotraficantes, policías, políticos y gente de los espectáculos. Desenterraron la mitad de una niña en el jardín de aquella quinta de Malinalco. (Bueno, dicen: ya sabemos en México que la policía inventa las pruebas y los cargos que quiere de cualquier cosa contra quien se le pega la gana, así que yo ni creo ni niego nada.) Nuevas investigaciones sacaron a relucir fotos en las que aparecían personas famosas, y también Bernal y Beatriz, vestidos como sacerdotes de películas de horror. Así: caftanes, turbantes, cucuruchos, tiaras, cetros, collares, tatuajes. Beatriz declaró que eran fotos de una fiesta de disfraces. "Si nosotros no sabíamos nada de eso, ayudábamos a divertirse a los rucos, eso era todo, nos la pasábamos en el reventón, nada más", decía.

Otro domingo que la fuimos a visitar, la propia policía de la cárcel nos secuestró a las tres y nos encueró, nos manoseó hasta por donde no, nos fichó y nos estuvo interrogando como a sospechosas, con amenazas de tortura, casi veinte horas: Beatriz se había fugado prodigiosamente, como si los ritos satánicos la hubieran vuelto invisible. Finalmente nos dejaron ir, aterrorizadas, como escapadas de la tumba por un pelito. Marta y Emma ya no quisieron saber nada de Beatriz, y de hecho, poco después nos separamos, por muchas razones, pero sobre todo porque ya la juventud se nos estaba acabando y empezamos todas a sentar cabeza. Quién lo dijera: las tres salimos amas de casa bastante respetables. Yo de plano me casé por la iglesia y de blanco.

Pero yo nunca me creí el cuento de que así, por arte de magia, Beatriz se hubiera escapado y me sospechaba lo peor: que el podrido Ponce la hubiera mandado matar dentro de la cárcel, para que no soltara más información. Y me dolió: ves que la quise como a una hermanita. Y como soy un poco parecida a ella, en lo terca y enloquecida, un domingo, dos años más tarde, sin más me apersoné en el Reclusorio Sur para hablar con Bernal. Ahora sí iba preparada a situaciones tremendas. Había visto en mi vida las suficientes películas sobre cárceles para saber lo que les pasa a los muchachos jóvenes y guapos, sobre todo si son jotos, en una cárcel, entre delincuentes salvajes de la peor ralea que llevan años sin mujer.

Me lo imaginaba enfermo, esclavizado, denigrado, violado, obligado a todo tipo de servilismos y humillaciones, golpeado, acuchillado incontables veces por todo tipo de caníbales y orangutanes. Iba a ver la momia o el cadáver del príncipe que había sido Bernal, ora sí que lo que quedara de él. Pero lo encontré perfectamente. Claro, sin la cabellera, la ropa, las lociones, el resplandor de antes, pero sano, creo que hasta con mejor color, sonriente, tranquilo y ya como un poco afeminado, que no lo era antes. No se trataba precisamente de algún ademán o expresión nuevos, sino de una actitud totalmente femenina, como de señora de clase media. Por fortuna, me dijo, no le había tocado sufrir vejaciones de los demás presos: don Edmundo lo defendía. Se habían conocido desde antes, pero en la cárcel se habían enamorado. "El primer amor de mi vida, el único; déjame que te lo presente, Nena".

Me imaginé uno de los potentados podridos que habían destruido a Beatriz y traté de reprimir mi rabia. Pero no, a quien me presentó fue a un hombrecito moreno con pelos de púas, flaquito, humildón, casi enano, cacarizo, con bigotitos chorreados y dientes de oro; era exageradamente machito y andaba todo tieso como charro, y parecía tener gran ascendiente entre los demás presos. Le tronaba los dedos a cada preso fortachudo, le daba órdenes perentorias a cada preso gigantón.

Apenas le llegaba al pecho a Bernal, pero mi viejo amigo le rendía culto como recién casada, lo miraba con ojos de adoración, le alisaba el pelo, le cogía la mano mientras conversábamos. Lo llamaba papi todo el tiempo: "¿Verdad que sí, papi", como si para cualquier cosa necesitara su apoyo, su autorización. Don Edmundo había sido durante años el cocinero personal del señor Ponce, todavía prófugo. "¿Y qué han sabido de aquélla?", pregunté en clave, como en telenovela de misterio.

Bernal rió ampliamente, don Edmundo a carcajadas; miraron hacia todos lados y me enseñaron furtivamente una fotografía: Beatriz con uniforme de azafata de una compañía aérea europea. Se veía más hermosa que antes. Vi con envidia que Beatriz era de las muchachas guapas que no pierden nada con la edad, por el contrario, como que van ganando sensualidad, picardía, que sé yo, conforme se convierten en señoras. Porque mi diablilla ya tenía todo un porte de gran dama. En cambio yo, por más dietas que hago... "Por fin realizó su sueño", dijo Bernal, "anda dándole la vuelta al mundo; con un nuevo nombre, claro".

No pregunté más. Pero salí feliz de la cárcel. Por mí, por Bernal, por Beatriz, hasta por don Edmundo. Me llegó el tiempo de casarme y mi primer embarazo, el de mi hija Rosita. Fui a celebrarlo con mi marido a un restorán caro de Polanco, La Donna del Lago, de comida italiana; y que nos vamos encontrando a Bernal, guapísimo en su tuxedo, de parar el tráfico. De nuevo príncipe, director de orquesta, banquero en una recepción de gala. Aunque yo lo prefería, desde luego, como modelo de Calzoncillos Chuza, no hacía mal papel, me dije, como modelo de tuxedos.
"¿Pero qué estás anunciando, alma mía? ¿O que celebras, mi amor? ¿Cuándo saliste?", le pregunté a gritos, creyendo que había ido al mismo restorán a una comida de gala. A lo mejor lo estaban presentando como modelo exclusivo de una gran marca de tuxedos, o al fin había conseguido un estelar en la televisión. Bueno: era solamente --pero muy feliz-- el nuevo capitán de meseros de La Donna del Lago. Don Edmundo, el dueño, nos mandó champaña gratis.

"Por cierto, me susurró Bernal, hay noticias de aquélla. Abandonó la aviación el año pasado. Su nuevo giro son las alfombras persas: hace poco huyó de España, con pérdidas cuantiosas, pero está a punto de tomar Amsterdam por asalto."

De El Castigador, ERA, 1995

MELBA Y LA SUICIDA

MELBA Y LA SUICIDA
por José Joaquín Blanco


Cold stars watch us, chum,
Cold stars and the whores.

KENNETH PATCHEN


Meses atrás, una tarde estaba yo echada sobre la cama, frente a la tele: un programa de variedades a todo volumen en casa de Melba, la payasa vieja.

--Hay algo como indigno en ser una actriz vieja --dice Melba.

Piensa que el narcisismo y la hinchazón están bien para las jovencitas. Pero una actriz vieja es tan grotesca como una enamorada decrépita. No queda sino hacerla de bruja, de mendiga, de criada.

--Yo he hecho todas las criadas y robachicos y mendigas del cine nacional.

Tan degradante, piensa, como la vieja ninfómana que se humilla y se presta a toda bajeza para que le perdonen la vejez, y ya no que la amen, pero que siquiera le ayuden a montar teatralmente, por instantes, sus patéticos sueños de amor, que ni siquiera a sí misma se atreve a confesarse, sino perdidamente borracha; es de un patético... Puaff. Sobre todo porque otra vez se está plagiando a Bette Davis en What Ever Happened to Baby Jane?

Por eso dice Melba:

--No soy actriz, lo fui: ahora soy payasa. No me importa el ridículo. Les hago cualquier papel de payasa con tal de tener dinero para pasarla bien con mis gatos.

Tiene un gato eunuco llamado Endimión.

Melba es la única amiga que tienes, María, me dije. Ahora que has llegado al pliegue final, al rincón, a la vuelta de todo, y como fantasma indestructible, increíblemente, has sobrevivido.

No has sobrevivido, María, has vuelto (ha de pensar la Melba); apestas a resurrecta; apestas a la asepsia clínica, a la limpieza desinfectada, de las almas que vuelven; apestas a vida artificial, a la vida inmortal, ¿a museo?

--Léeme el tarot, Melba.

--No, chula. No estás ahorita para impresiones fuertes.

La única amiga que tienes, María. Tú, fantasma; ella, fantasma.

Qué lejos quedó la vida, piensas, María: la otra orilla --esos cuerpos plenos y vitales, efusivos de colorido y brillos de realidad, en la tele--; esta cacatúa, esta falsa quinceañera arrugada y medio calva con la peluca a la moda de diez años atrás, que ya ni siquiera se ocupa en arreglar, nomás se la encasqueta, descolorida y arrugada. Todo es irreal. Sólo confías en Melba desde la salida --¿falsa?-- del sanatorio.

Estás recosiendo unas calcetas de Melba (viejas calcetas de carrera de autos, Fórmula 1). Tiene algo travestido de solterón esa vieja, de descuido, de rancio, casi casi ¡hasta bigotes! Podría pasar por un maricón travestido. Le divierte el equívoco. Ya casi sólo tiene amistades entre homosexuales, como el Jirafón, a quienes divierte muchísimo, la celebran todo el tiempo.

Melba, piensas, también tuvo sus sueños de estrellita --ser admirada, respetada (amada no --ella no sufre de amor, a lo mejor nunca fue muy sentimental que digamos; pero sí sufre por no atraer, por no ser aplaudida, brillante, reconocida--) y sobrevive a las ruinas de sus sueños. Se diría que sin tragedia. Que ha recibido la farsa con agradecimiento: a final de cuentas eso es lo que sí es ella, lo que sí es lo real, lo que sí es la vida.

Melba se agita en torno a ti: payasa baratísima y lamentable, intenta divertirte con chistes y chismes patéticos, lastimosísimos. Pero te hacen reír; precisamente por su crudez, por su amargura. Ahorita no estás, te dices, para humor inocente. Ahorita, que no te cuenten chistes limpios.

No me dolía ya. Me había dolido mucho... antes. Ahora estaba ya como en la otra orilla: ahora nada tenía importancia, ni el dolor ni... Antes no podía ver a Melba sin que me pusiera mal, sin que me sublevara, rabiosa, ante tanta desdicha, tal humillación: así terminaba siempre la vida. El fracaso, la miseria, la degradación. Y uno a final de cuentas tan amante de la vida que estaba dispuesto a aceptarlo todo, a caer, a fracasar, a humillarse... con tal de seguir vivo.

Había visto antes a Melba como una promesa de mi futuro. Así iban a terminar mis ilusiones: mi juventud (mi juventud: esa arcadia casta y tímida en el espejo, ahora tan irreal, ¿te acuerdas, María?), mis amores.

"Yo, antes me doy un tiro", te dijiste, María.

No fue un tiro: tragué los nembutales.

Sobreviví.

No fue un tiro: tragaste los nembutales: sobreviviste.

Por cortesía esa tarde hacía a veces como que me sonreía con Melba. No le iba a hacer sentir que hasta como payasa ella era un fracaso: que sobre todo era un fracaso así, como fracaso. No enternecía a nadie; repugnaba. Que era un fracasote viscoso, sentimental, lastimoso.

¿Y qué, María?, me dije. ¿De qué puedes espantarte ahora: de qué puedes, ahora, decir: "Esto sí no lo puedo soportar", eh? Sabes ya que no hay nada que no se pueda soportar. Todo se soporta. Todo está bien y no tiene importancia. ¿Ante la evidencia de Melba, te dan ganas de huír? Ya no hay adonde huír.

Melba, factótum de las tablas. Princesa durante años --desde quinceañera hasta después de los 30-- de la televisión infantil. Generaciones de niños poblaron sus sueños con la manera de Melba de ser princesa: de entristecerse inolvidablemente, de ser salvada por un chico bonito pero fuerte, casi duro, que regresaba embellecido, después de enfrentarse con nobleza a los dragones de la adversidad y a los malvados, de ser claro y sincero y todo corazón en su mirada, de ganar el amor a la buena y recobrar el reino y la princesa al final, en medio de la alegría y la fiesta de todo mundo.

Melba ahora: traficante de lo que sea, profesora de todo: de tai chi, aerobics y esoterismo, fayuquera: "Mira qué chulada que me acaban de traer de la frontera"; espantapájaros, cómica, tercera, celestina, proxeneta: "¿Quién te gusta, mi amor? ¿A quién quieres que te consiga, mi vida? Aquí Mamá Cachimba velando por la cachondería de sus cachorritos"; que se veía más vieja --flaca, como correosa-- con su cuerpo de gimnasta que en privado seguía siendo todo su orgullo. Era un cuerpo bien conservado el de Melba, para su edad, que no se vería tan mal si no se vistiese como una jovencita, con esa carota arrugada; sólo los jotos la aplaudían, la urgían en las fiestas a bailar en medio de todos, a hacer el strip-tease.

Melba transísima, grillísima, la de las influencias y las palancas y las audiencias y nomás vamos a ver al licenciado, mi vida, y verás cómo todo se te arregla; chambeadora, poquitacosa pero gritona y aventada; cuando no había de otra, a esconder la cara en el maquillaje y a presumir el cuerpo en el burlesque, total ¿y qué?, ya el público ni se da cuenta de nada, chance y hasta novio se saca; traficante de lo que sea.

Pero leal, leal, leal hasta la muerte con los caídos, así como dolida y envidiosa e implacablemente venenosa con los que ascienden.

En cambio, ve a los que mima la vida con el verduzco placer de esperar su derrumbe inevitable, de constatar cómo empiezan a derrumbarse antes de que nadie siquiera lo sospeche. "Aquí los espero, parece decir; aquí nos vemos: aquí es donde se necesita talento para sobrevivir, y brillar aunque sea un poco, y no odiarse, y sacar alegría de nada cuando no hay de qué, ni remotamente, entusiasmarse".

No tiene un lenguaje tan articulado. Es lo que traduces del malévolo brillo de sus reojos, de sus sarcásticas sonrisas laterales.

Pero tú pensabas, te decías: María, qué lejano está todo, qué irreal es todo lo que me rodea, como si en realidad nada existiera; qué silencioso, como si nadie hiciera ruido; qué pacífico, como si entre los demás y yo hubieran crecido protectoras murallas de cristal; como si ni en mi mente, ni fuera, estuviera existiendo nada: nada estuviera ocurriendo: simples imágenes como juegos ópticos de video musical, delirios y pesadillas como combinaciones fotográficas pulidas, rapidísimas.

Me sentía débil. Recordaba que me habían ardido los ojos de tanto dormir. Que quería quedarme así. Que podrías quedarte así, en blanco, sin ver ni oír nada de tu alrededor.

Todo lo escuchaba como ecos.

Todo lo escuchabas como ecos.

Chorreaba el surtidor de la fuente.

El chorro de la fuente.

Había un gran patio con una fuente azul cubierta de mosaicos. De niña me gustaba correr a mojarme los dedos en esa fuente. El patio de una casa con tejas, con enredaderas. Sí: las tías, ¿las tías? Las vi acercarse a mí, sonrientes, con sus vestidos largos y oscuros, sus trenzas; me sonreían, me amaban, me protegían... venían por allá; eran casi ancianas; me decían:

--María.

¿María?

No: era Melba: se estaba echando el tarot a sí misma: se echaba el tarot para todo, hasta para decidir qué ropa había de ponerse para ir a la discotheque, como si mejorara en algo. Pero llegaba ávida, con los ojos brillantes, como esperando realizaciones ciertas, segurísimas, inmediatas. ¿Las tendría? ¿Cómo se las arreglaría? "Celestina, putavieja".

Estaba chismeando con el tarot sobre mí: le preguntaba cosas sucias, escondidas, sobre mí; chismeaba sobre mí con las cartas como una comadre a la salida de misa. Hacía sucias teorías sobre mí.

El tarot le respondía.

A mí no quería leérmelo (claro que yo no quería saber mi futuro, no me importaba, ya no había futuro, ya se había quebrado aunque yo siguiera --ah, pero el pasado: me gustaría conocerlo esa tarde, revivirlo esa tarde, porque antes... había sido irreal: conocerlo es vivirlo: es más: recobrarlo, redimirlo, modificarlo: que volviera a ocurrir, ahora en serio, en las cartas del tarot). La infancia, la fuente, las tejas, las tías ancianas y buenas que se acercaban y me decían:

--María...

--¿María?

Indudablemente ya Melba había obtenido lo que quería saber. Lo exhibía en esa sonrisita socarrona de chismosilla malévola, satisfecha: colmada. Volteó a mirarme con tal atmósfera triunfal, casi obscena, casi resplandeciente: Melba sí lo sabía todo, el tarot le había dicho todos mis secretos --mi infancia, la fuente, las tejas, las tías-- y no me los iba a confiar por lo pronto porque no quería inquietarme... ¡Puta maldita!, putavieja, putavieja: "Celestina putavieja", como ella misma gritaba con acento madrileño, cuando le daba por el autoescarnio, la Melba. Llena, hinchada de mis secretos. Ahora cambió de inmediato las facciones, Actor's Studio a la mexicana, ¡guácala! Y según ella --otro personaje, la Bella Indiferente-- no había pasado nada. Se te acercó con una solicitud de monja enfermera, que te sobresaltó:

--María...

¿María?

--¿Quieres otro tecito?

No, yo no quería ningún tecito.

Por favor, Melba, nada de tecitos.

María, por favor nada de tecitos.

En el hospital, una monja sucia, una monja fea, una monja sargento, me había querido hinchar de tecitos. Me obligaba a tragar te a todas horas. Esa misma monja me había hecho un lavado de estómago. Sin la menor delicadeza. Con brutalidad. Con crueldad. Esa monja disfrutaba. Esa monja me odiaba. No: era el propio Dios que me odiaba porque había yo querido quitarme la vida.

"Es el único pecado imperdonable", me susurraba la monja al oído.

Estabas sudando entre tu bata y mantas y sábanas y almohadas blancas, en el cuarto blanco, y la Blanca Monja te hacía sudar más, sudores helados:

--Es el mayor pecado que el hombre puede cometer... No hay peor pecado que ése...

Pero ahora era el propio Dios quien me susurraba, con un aliento podrido de dientes inmemoriales y grasas indigestas. No: eras tú misma, María, me dije: tu cadáver resurrecto pero podrido a medias, seco a medias, terroso a medias como raíces de manglar, animal a medias como cabra atarantada en mitad de las funciones del rastro; alma a medias que todavía no se despoja de los sanguinolentos lazos corporales, de los coágulos: eras tú misma, guarecida por ropas blancas de monja, la que se inundaba de un sudor que te chorreaba hasta los labios vellosos, arrugados, de anciana o de feto, de Dios o de gato humanizado; la que me ordenaba perentoriamente:

--¡Duerme!

¿O eso era Dios? ¡Eso! ¿Eso era Dios? No: tenía que ser la Monja Podrida y Blanca:

--¡Duerme!

Y ahora sí, María, me dije. Por fin la autoridad te salvaba: qué relajación obedecer: obedecer al terror, al asco. Ser nada. Sentí cómo me iba aflojando, soltando --ríos, aguas, riego, tierras con aguas espumosas, florecillas-- para desvanecerme: para morirme de una buena vez, y para siempre.

Pero no: la orden era otra. Y ahora la Monja y Dios, María, te zarandean, te jalan, te queman la boca con una hirviente medicina:

--Traga --te ordena Dios con tu rostro leproso de cadáver insepulto, semirresurrecto, cubierto con velos de monja o sábanas de paciente.

--Aquí está tu tecito, Chula --dijo Melba.

Es nomás tila con valeriana, María, me dije.

Debes ser buena niña, María. Sería una ingratitud imperdonable no darle las gracias a la buena Melba, no sonreírle (¡La Monja, Dios!), no darle un trago al tecito.

En la pantalla de tele me parecía chistosísima la cara, la figura del cantante.

--Qué visiones --exclamé.

--Sí, está cuerísimo --dijo Melba.

No, pensé, está monstruoso: monstruoso, monstruoso, y me descubrí riéndome, y Melba también reía del gusto de que yo me volviera a reír (el tarot no se equivocaba jamás), pero yo no quería reírme, no, para nada: ya ni siquiera el cantante estaba en la pantalla, sino un locutor severo y anodino, ahora se trataba del pronóstico del tiempo.

--¿Qué, estás loca, chula? --me preguntó Melba, muerta de risa.

Me dolía el estómago de tanto reírme.

--Ya, ya...

Que ya no se ría Melba, por favor, que ya no se ría, pensaba: te hace reír, que ya no se ría. Pero Melba cree que realmente lo que quieres es reír más, María, se lo dijo el tarot (debió haber salido El Loco), y te hace caras bobas y hasta quiere hacerte cosquillas en la planta de los pies; y tú ya no aguantas más, por favor, y le muerdes la manga de la chaqueta, y entonces ella cree que se trata de jugar a los perros, y te ladra, y el eunuco gato Endimión salta despavorido de entre las cobijas, María, y ríes más, se te va a desgarrar el estómago...

Tocan.

(Los médicos, la monja, Dios.)

Te aterras, María. Pero no: No puede ser la monja. Ni tu hermana Elena, que es como monja. Ni Dios. Nadie sabe que estás aquí. Ni siquiera se imaginan quién se hizo pasar por tu esposo y te sacó del manicomio...

--Orita vengo.

Ahora, por primera vez, desde la noche del intento de suicidio, quedé realmente sola; en el hospital todos te vigilaban, María: ahora estás sola, sin que nadie te esté vigilando, frente a la tele que pasa un partido de beisbol.

Subí más el volumen con el control remoto, para no escuchar ningún ruido de la sala.

No, no podía explicarme nítidamente lo que me había pasado en los últimos meses; no recordaba más que había sufrido entonces una especie de enfermedad. Era como irme haciendo menos y menos. Todo me empezó a dar miedo. Me dominaban súbitos, irreprimibles accesos de cólera.

Todo se había complicado: un divorcio, un aborto, hasta una enfermedad venérea cogida en una claudicación bochornosa --cediste para castigarte más, como para ensayar cómo asesinarte, María, me dije--, en un hotel sucio, con un casi desconocido, un clarinetista que no quiso volverte a hablar siquiera. Noche en que te tomaron como puta y te trataron como a tal, María, me dije, me digo: y todo lo agradeciste, que siquiera te miraran, eso agradeciste desde los pedazos de tu autoestima como botellas rotas.

Tú atónita, María: no, te decías, no puede ser, se trata de una confusión, estoy loca, estoy delirando, esto no me está pasando a mí, yo sólo soy espectadora como en el cine; no, nada de esto está ocurriendo en serio, no es a mí, yo no me merezco esto, a mí no se me trata así: es una broma, una fantasía.

Y no: claro que era a ti, tú eras la puta ebria que no se estimaba nada y para nada, con los ojos ennegrecidos de rimmel, encharcados de un llanto obsesivo, y al clarinetista ya lo tenías más que harto, y ya se quería largar, y tú más le suplicabas, te le arrojabas a los pies, lo abrazabas, lo rasguñabas; estabas histérica, histérica, te gritaba el clarinetista: ¿por qué le pasaba a él esto de meterse con una histérica?, y mocos el madrazo, el desgarrón de la blusa, y el te calmas o te calmas, y el ¿no que no? Así se trataba a las viejas jodidas como tú.

Y el recuerdo te lo dieron con tu prueba de sífilis positiva.

Reprodúcelo, María, me estaba diciendo a mí misma esa tarde, refugiada en casa de Melba, frente al televisor prendido en un partido de beisbol, estruendos y rechinidos, para aislarme de la visita que reía en la sala; coge una hoja de papel y escribe una carta a nadie, la rompes en seguida, pero que llegue a escribirse siquiera, por un momento tan solo.

Sí, desde el principio de la decisión. Acogiste de pronto la idea de matarte casi con alegría, hasta con triunfo. Cuando todos y todo eran enemigos y te tenían agarrada del cogote, ¡escapabas! Te pusiste feliz con sólo pensarlo, ahora sí que como loquita, ¡escapabas!, y hasta decidiste celebrarlo. Llevabas días de no comer y se te ocurrió de pronto atracarte de galletas y chuparlas por aquí y por allá, niña loca, mientras te preparabas un cocktail infalible de nembutales. Paro cardiaco, ¡hummm...!

Tu cuarto se había vuelto un tiradero, sí, y a patadas, y aventando cosas, te hiciste un sitio cómodo frente a la ventana. El último brindis, dijiste, ¡ja! Y recordaste entonces a no sé qué romano que daba gracias a los dioses supremos porque, a final de cuentas, dejaban a cada hombre su propia salida del mundo.

Como quien dice: la libertad de levantarnos de la mesa de juego, decir: "No voy más", y salir a darse un tiro. Eso me estaba diciendo, me digo.

Pero ah, los días anteriores --¿días, meses, años?--, ¿cuándo realmente empezaste a sospechar que eras tú, María, la que tan duramente enjuiciaba la realidad, quien estaba mal o al menos quien resultaba más débil, y no los demás: no los que te rodeaban, que mal que bien parecían seguir su camino ajeno sin problemas?

Reproduce, María, la sensación de caer, la experiencia del fracaso. No supiste a ciencia cierta si se trataba sólo de una caída o del desastre, hasta que ya fue demasiado tarde y te encontraste diciéndote a ti misma: "Se chingó todo".

Antes de que alguien te gritara golfa o puta la primera vez, María, ¿cómo ibas a suponer que ya lo estabas siendo? Era tan sólida la certidumbre en tu juventud de haber nacido para ser fuerte y querida en una realidad que solía amoldarse a las exigencias que le ibas imponiendo.

Te es difícil, te es imposible, María, decir que ya no existe, que ya no eres esa chica de aire fresco, ideas naturales, cuerpo seguro. Segura de agradar y de gustar. La vida estaba ahí, dorada, y había que cogerla ya, estaba bruñida en su pleno instante, entre el follaje jugoso y verde.

Reproduce, María, reproduce: de pronto estás ya en el fondo del pozo, ya no hay muchas salidas hacia arriba. Y de cualquier forma, ya no tienes fuerzas para salir. Entonces lo sabes: tú no eres de las que triunfan, ni de las que se salvan, ni de las que salen, María.

Eso ya es casi una tranquilidad; hasta encuentras fácil hacer como si te desvanecieras, ponerte en blanco: no existes más. Se acabaron los tiempos en que todo vociferaba sobre ti: Dios y la monja y los médicos y tu hermana y los vecinos y el clarinetista que te gritaba:

--¡Con un carajo, pinche histérica, cállate de una vez!

De repente, todo mundo puede hacerle mal a una tan fácilmente, constatabas; que si los otros lo hubieran sabido, hasta con un soplo entonces pudieron haberte derribado, María; cualquier cosa te dañaba; constatabas, María, que ya no podías --no era elección, era simplemente poderlo hacer o no, como poder seguir corriendo o pararse, cuando ya no se respira--, que ya no podías materialmente vivir una hora más, ni media hora, ni siquiera cinco minutos más, ni un minuto.

Habías alcanzado al fin tu propio límite, ¡y escapabas!

Pero aquí estaban las voces. No quise abrir los ojos, no. No: Otra Monja. Otra Monja, no. Cerrar los ojos, huír antes de que te dejaran nuevamente, María, como en el hospital, con la Otra Monja.

--La bella durmiente --bromea Melba, enmudeciendo la televisión.

¿Será posible, putavieja? ¿Te está vendiendo: está vendiendo tu cadáver, María? No, que va: un conecte de mota, o cartas, o una limpia, o anda comprando-vendiendo cualquier aparato. Qué no haces, Melba.

Melba, Melba, vieja sórdida, hubieras querido gritarle: qué tanto le ves a la vida, por qué andas todo el tiempo en chinga para vivir más y más, y dinero y más, y el trago y la droga y más, y los vestidos y más, a tu edad: ¿Qué haces en secreto? ¿Alquilas hombres? ¿Tienes un padrote? ¿Con qué sórdida trampa te atrapó la vida y te tiene viviendo a toda velocidad? ¿No será que en el fondo eres una madre secreta, una madre abnegada, y los domingos te disfrazas y llevas el dinero sucio a un orfanatorio, donde está tu hija, a una güerita que es un primor de Dios?

¿Para qué tanta gula de vivir, bruja? ¿Para tu eunuco gato Endimión?

Mejor dormir, María, me dije. No vas a abrir los párpados por nada del mundo. No vas a dejar de fingir la respiración acompasada.

Junté mis escasas fuerzas y me ordené: ¡Duerme!

--Por poco se nos va viva --dice Melba--; fue una suerte que la vecina sospechara: como se repetía el mismo disco... Estaba re peda.

--¿Es alcohólica? --otra voz. Desconocida. Atractiva: juvenil. Pero algo ronca. Con una especie de suavidad apagada. No, no era C. El cuerazo de C.: el Caballo de Espadas, el feroz Caballo de Espadas, el salvador Caballo de Espadas. Con sus ojos tristísimos en ese rostro de ángel duro, de mandíbulas duras y facciones bien dibujadas, casi de niño, si no hubiera tanta dureza, tanta tristeza. Tu feroz Varón de Dolores. Él te salvó del hospital. ¡Si fuera C., que sólo se queda junto a ti las horas, callado, con un te o una cerveza, pero las horas, mirándote como al vacío! ¡Si fuera mi Caballo de Espadas!, me dije.

Pinche Melba: te exhibe como monstruo de circo, María, me dije. ¡La suicida! ¿Cuánto por manosear a la insepulta? ¿Cuánto por cogerse a la resurrecta? ¿Qué verguenza, qué ira: no abrirás los párpados.

--Borracha nada más, en los últimos meses. Con la depresión... Pero eso la ayudó --sabia, doctoral, la Melba.

--¿Cómo que eso la ayudó? --Por nada del mundo vas a abrir los párpados.

La voz suena arrogante y joven, espesa, atractiva, odiosa: imaginas tu rostro como máscara de cera, un semblante patibulario, apenas fantasmagórico en la semipenumbra azulada de la televisión: ¿se verán así los rostros convocados por los mediums?; el arrogante jovencito te cree vieja y acabada, y te examina con lástima o misericordia o con curiosidad morbosa o una cortesía embarazosa...

--Estaba tan peda que vomitó buena parte de las pastillas: se había tragado toda una farmacia.

--Debió ser guapa...

--Si todavía no ha muerto, tú...

Defiende su mercancía, la Melba.

No: no estás alucinando; adviertes que con el pretexto de cubrirte con una manta, el extraño te está tocando demasiado. Prepárate para las humillaciones, te dices, María. Dios, la Monja, la Otra Monja, el Clarinetista.

Pero Melba no lo va a permitir. Melba estará de tu lado mientras estés caída. Puedes confiar en ella: es lo que te queda. Y además, María, recuerda, cálmate: ahora sabes que ya nadie puede tocarte. Ya te tocaste a ti misma. Te violaste tú misma. Cruzaste la línea de sombra. Todas las fronteras. No hay vejación que no conozcas. Ya no hay nada que perder. Que digan lo que quieran. Tú estás lejos. Estás al otro lado. En la otra orilla. Estás lejos, estás lejos. Estás. Este no es tu cuerpo. No están hablando de ti.

--¿Cómo serán sus ojos?

--Déjala en paz. ¿No ves que está convaleciendo?

--Se ve tan pura, tan misteriosa, ¿Cómo serán sus ojos?

--Que la dejes en paz. ¿No ves que está convaleciendo?

--Se ve tan pura, tan misteriosa, tan...

--Ya bájale, pinche Toño --dijo Melba--, ¿cómo quieres que se vea? Se ve como una convaleciente --y lo sacó de la habitación.

Gracias, Melba, pensé.

Poco después me quedé dormida.

(De El Castigador, ERA, 1995)

EL MANGLAR

EL MANGLAR
por José Joaquín Blanco

A Isabel Quiñónez


Llegamos a media tarde a Tecolutla y alcanzamos todavía a alquilar una lancha que nos llevara a los manglares. Toño quería que viéramos el atardecer desde ese laberinto de canales donde se entretejían las raíces y las ramas de la vegetación lodosa. Se nos hacía emocionante flotar sobre esas aguas oscuras que parecían estancadas, abrirnos paso por esa especie de túneles entre raíces, ramas, arbustos y árboles entrelazados.

El lanchero era un pescador de mediana edad, de bigotes ralos y unos ojos claros que, en su rostro amulatado, a veces resplandecían con una luz ambarina y a veces se veían casi verdes. Me costaba trabajo dejar de verlos, de averiguar realmente de qué color eran.

El lanchero nos contaba que todavía por ahí, de repente, podían verse monos, caimanes y bandadas de guacamayas, pero a los turistas se les cuenta cualquier cosa. Y más a cambio de unos tragos, que Toño le servía demasiado generosamente en vasos de plástico.

Toño había venido bebiendo durante todo el trayecto en la carretera. Pensé que los dos, el lanchero y Toño, parecían unos niños, con la cabeza llena de pájaros y visiones. El lanchero, don Gamaliel, había vivido unos meses en la Ciudad de México, pero no le había gustado: todo era tan caro, la gente tan díscola, tan cabrona; todo se hacía tan de prisa, y esos altos, larguísimos puentes de concreto llenos de automóviles.

Toño le preguntó qué tan caros eran los terrenos de la playa. Casi no se vendían, dijo don Gamaliel; eran de pescadores, de las cooperativas: ¿y para qué iba a querer alguien comprar esos terrenos? Pero de que a veces se vendían, sí se vendían; dos o tres hoteles, tres o cuatro casas de playa con albercas privadas. ¡Pero además ya para qué! Hasta el turismo estaba bajando, y la pesca ni qué decir. Por el petróleo. Cada rato llegaban manchas enormes, de kilómetros, y para limpiarlas estaba duro. Al rato ya no iba a haber pesca ni turismo de Tampico a Campeche, sino puras costras de petróleo. Eso lo decían hasta los programas de la tele.

Don Gamaliel avanzaba entre los canales con tranquilidad, con su rostro sereno y reluciente, a veces casi angelical en sus ojos luminosos, sin que sus palabras terribles se expresaran en sus facciones. Acaso ya estaba acostumbrado a decirlas a todos los turistas en todos los viajes. El comentario sobre los derrames de petróleo eran parte del paseo.

El hacía lo suyo y dejaba que el sol le sonriera en los ojos. Tal vez hasta ya estaba también acostumbrado a que se le quedaran viendo los turistas a los ojos; a lo mejor por esos ojos lo tenían comisionado o él mismo se había ofrecido para pasear turistas por los manglares.

Sus ojos le ganaban propinas, a pesar de lo poco expresivos que eran sus demás rasgos, sus labios gruesos, su nariz ancha, su piel demasiado porosa; a pesar de su barriga pellejuda, que le colgaba del tronco casi enjuto, y de sus piernas feas, casi repugnantes, cosidas de costras y cicatrices de llagas o heridas, y sin embargo fuertes, bien plantadas; era casi inevitable compararlas con las raíces y los troncos torturados de los canales que íbamos pasando en medio de un olor denso a vegetación que se pudre. Sobreflotaban en las aguas casi pantanosas hojas, flores, frutas, ramas enteras que pacíficamente, largamente, se iban pudriendo. El olor sobresaltaba a ratos, pero no era necesariamente desagradable.

Se trataba un poco de nuestro viaje de bodas. No nos habíamos casado formalmente, así de papelito y todo --Toño tenía una esposa por ahí, Laura, a la que hacía un lustro que no veía--, pero estábamos muy enamorados y pensábamos vivir juntos en su viejo, un tanto sombrío departamento de la colonia Condesa, que yo esperaba convertir en un pequeño paraíso doméstico.

Toño era unos diez años más joven que yo y, desde luego, mucho más atractivo; estaba teniendo mucho éxito como pintor. Un hombre feliz, entusiasta y lleno de vida. "¿Por qué conmigo?", me preguntaba yo a veces, y estaba segura que también se lo preguntaban quienes lo veían fresco, alegre y siempre dispuesto a pasarla bien, junto a una mujer demasiado flaca y con aires de cansansio o de melancolía.

Pero yo tenía a pesar de todo la certeza de que, entonces, me quería con una de esas sus pasiones obsesivas, y que me siguió amando así mucho tiempo después, aun cuando todo empezó a irnos mal; nunca llegué a explicármelo, y pronto dejé de andarle buscando explicaciones racionales a todo, pero una de las cosas que Toño no maldijo en la vida fue su amor por mí, con todas las vueltas y más vueltas que fuimos dando al cabo de los años.

Pero en esa época yo no salía de mi asombro: apenas unos meses atrás había caído en una depresión absoluta: me había intentado suicidar con un frasco de nembutales: no sé cómo sobreviví; sí que de pronto amanecí en un hospital más deprimida y avergonzada que nunca, y sólo esperaba escaparme para suicidarme ahora sí de a de veras. Pero no tuve mucho tiempo. Conocí a Toño en cuanto salí del hospital.

--Cuídate de ése --me recomendó Vicky, mi amiga--, le gustan las suicidas.

Yo no me explicaba todavía entonces, mientras cruzábamos en los manglares de Tecolutla esos paisajes como de película, con el rebrillo espejeante del cielo en las aguas oscuras, y luego en los ojos ahora doradísimoas de don Gamaliel (que ya de repente me miraba de reojo con desprecio donjuanesco), espantándome los mosquitos y admirando las caprichosas formas de las raíces en el agua, y hasta alguna orquídea o sepa Dios qué flor caprichosísima de una esbeltez aérea y un color intenso, como pájaro detenido entre los montones de maleza, qué jugarreta del destino era esa de dejarme caer hondo, hondo, casi tocar la orilla de la nada, el olor de la muerte, para entonces, de súbito, en un solo momento, rescatarme de un solo golpe y entregarme sin más todo lo que me había estado negando sistemáticamente los años anteriores.

No era sólo el amor, sino con él, la vuelta de las ganas de vivir, algo de autoestima, y de estima del mundo, y el humor suficiente hasta para hacer un viaje, jugar bromas, correr aventuras, hasta para reírme de cómo se creía don Gamaliel su porte de macho, cada vez que le rebrillaban los ojos acaramelados y se lucía con su barriga desnuda y sus piernas sarmentosas como otra maravilla selvática. Hasta le tomé una fotografía.

A Toño le gustaba la sensación de lodo, de río encharcado y embrollado, de laberinto pantanoso, de zahúrda botánica, con un intenso olor a vegetación que se pudre. Le parecía como un lugar para perderse, para desaparecer: la fuga perfecta para todos los embrollos de la vida, de la sociedad, de la carne.

Yo disfrutaba del aire del río, un aire fresco de aromas cambiantes, según el lanchero nos impulsaba por los pasadizos casi techados por los árboles donde todavía, en la luz del atardecer, descubríamos algún pájaro. Pasadizos que se duplicaban en el agua con un temblor irreal, como de delirio.

Desde el fondo de aguas lodosas y brillantes, graznó lleno de sol un pájaro.

--¡Miren! ¡Ése fue! --señalaba don Gamaliel.

Parecía una flor parda en un manchón verduzco, pero don Gamaliel arrojó a los arbustos una piedrita y el pájaro brotó y echó a volar.

Don Gamaliel se acercó más tarde a la orilla y cortó para mí una flor blanca, larga, aterciopelada, que yo nunca había visto; no recuerdo su nombre, sólo que regresé a tierra con ella y que tenía un perfume muy dulzón.

--¿Y no se les ha ahogado nadie aquí? --preguntó Toño, quizás cansado ya de tanta naturaleza, de tanta pureza vegetal; como buscando algo de turbiedad, suciedad o emoción humanas en el paraíso.

--Ya hace tiempo que no, a Dios gracias... pero sí es peligroso... Por eso no dejamos venir al turismo solo, no sea la de malas que se quieran meter y ya no salgan... Pero yo los llevo adonde quieran... ¿No les gustaría ir a pescar mañana?
--Con esta borrachera, no nos vamos a levantar hasta el mediodía --dije yo.

En el hotel tomamos unos kaptagones para cortarnos el efecto de los tragos. No venía al caso acabar el día a las ocho o nueve de la noche. Y nos fuimos a la playa, oscurísima, sin otra luz que la de la luna en el penacho de las olas y dos o tres fogatas distantes de turistas jóvenes.

Queríamos hablar. Llevábamos días enteros hablando y hablando, y todavía nos quedaban muchas cosas que decirnos, que contarnos. Yo esperaba entregarme completamente a Toño, a su obra --era un pintor convulsivo y dado a la desesperación: como pintor, parecía un rockero de los años gruesos--, a todo lo suyo: era él ahora el sentido de mi vida, que apenas unas semanas atrás no había tenido ya ninguno. En cierta forma yo ya había fracasado y mi vida había estado a punto de concluir, de modo que ahora me injertaba en él, casi como parte suya, como parte de él mismo.

Ahora sé que yo seguía enferma, que seguía convaleciendo todavía, pero entonces sentí que su juventud y su energía me embriagaban, y quería absorberlas más y más; quería obsesivamente seguir a Toño, imitarlo, obedecerlo, integrarme a él, desaparecer en él, ser en fin algo tan alegre y claro y vital como Toño. Olvidarme de mí; vivir en él, como en una vida nueva, como en un cuerpo liberado de mis nervios y mis angustias.

Estábamos sentados en la arena, casi dos sombras, intercambiando el cigarrito de marihuana, con una sensación de libertad y paz absolutas, con brisas de mar y de río, de pescado y de hierbas podridas, de yodo y de sal. Entonces, abrazados, casi invisibles en la oscuridad aun para nosotros mismos, me preguntó de pronto:

--¿Qué se siente?

--¿Qué se siente qué?

--Morir, estar muriendo... ¿Cómo es la muerte de cerca?

--Bueno --reí, nerviosa--, no sé: como que ya no existía, como que de hecho ya me había muerto, como que todo era irreal pero molesto, muy molesto; ya no podía soportar nada, ni un ruido, ni nada más... Ya me había pasado meses pensando y llorando hasta cansarme, ¿no? Ya no me quedaba mucho que pensar y que llorar. Todo me era indiferente pero molesto, no podía soportarlo ni un minuto más, había que apagar el aparato... Tragué las pastillas... pero al rato era mucho dolor y mucho asco y me estaban zarandeando y lavando el estómago y todo apestaba tanto a hospital...

Toño me estaba besando, me desnudaba, me hacía el amor. Qué me iba a importar que no fuera propio hacerlo ahí, que llegara gente y nos viera --aunque en tal oscuridad, quién iba a ver nada--, que se le ocurrieran a Toño esas locuras. Me gustaban sus locuras.

Raspados y sucios de arena nos fuimos luego caminando en la playa oscurísima, el aire como una densa niebla de cenizas, orientándome apenas por los lejanos puntos amarillentos de los hoteles y las casas, hasta el río; pasamos por las lanchas de los pescadores, y entramos a una fonda que nos había recomendado don Gamaliel, donde vendían, además de alimentos, monos, caimanes y guacamayas que tenían guardados en una cabaña.

--¡Miren que preciosos! ¡y baratísimos! --dijo el lanchero, que ya estaba totalmente borracho. Sus ojos turbios, rojizos, a la luz del bajísimo voltaje de los focos que pendían de cables suspendidos de los techos y los árboles.

--¿Pero dónde vamos a tenerlos en la ciudad de México? --repuse.

--Entonces, ¿no quieren ir a pescar mañana? --insistió don Gamaliel.

--No, gracias, otro día --contesté, cerrando la conversación, para seguir cenando en paz mis langostinos al ajillo. Don Gamaliel se dio la vuelta lenta y casi majestuosamente.

--Espérame un momento, tengo una idea --me dijo Toño y se levantó a alcanzarlo.

Los vi conversar animadamente un rato en plena calle, frente a una ostionería, y llegar a algún tipo de acuerdo.

--¿Y cuál era esa idea? --le pregunté a Toño.

--Ah, ya verás, unos armadillos --Toño retomó con buen apetito su grasiento plato de camarones bañados en chile, que ya se le habían enfriado.

--¡Unos armadillos! ¿Nos vamos a llevar a la Ciudad de México unos armadillos? ¿Vamos a andar cargando por media república unos armadillos?

--Están disecados, María. Tienen métodos muy antiguos para disecar armadillos. Los rellenan con yerbas. Una cosa muy tradicional.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, Toño no estaba a mi lado. Pensé primero que habría bajado a la alberca del hotel y dormí otro rato. Volví a despertarme, sobresaltada, a constatar que en el cuarto no estaba su mochila, ni las llaves del coche.

"No puede ser, pensé, estoy imaginando cosas; no me puede haber dejado botada así el primer día", pero sentía que sí, que podía muy bien haberse largado a un burdel, a una zona roja, adonde fuera. Nomás porque sí, y perderse semanas o meses. Sentí un aletazo frío, una ráfaga como las que anticipan la desesperación; bien había conocido esos signos, apenas unos meses atrás. Me eran más familiares que lo que se da en llamar la vida común y corriente; esperaba esos signos del absurdo, la torpeza o la fatalidad, casi los convocaba, me sorprendería si alguno de ellos tardaba mucho en presentarse.

--Cuídate de ése, chula --me había recomendado la Vicky--, le gustan las suicidas.

Nuestro amor no incluía ningún trato de fidelidad estricta ni de esas cosas. Recordé el acuerdo animado a que había llegado Toño con el lanchero mientras, más que dispuesta al fracaso, casi viéndome regresar a México en autobús esa misma tarde, me levantaba y buscaba más pistas.

Pero no: ahí estaban todas las maletas, buena parte del dinero... ¡Claro! ¡Se había ido a pescar! Toño, el loco. El escuincle crecidote. Don Gamaliel lo había finalmente convencido. Se habían ido a pescar --seguramente con más alcohol que anzuelos-- y solamente era eso.

Hacia las diez de la mañana estaba yo desayunando en la misma fonda de la noche anterior, en el embarcadero --donde, por lo demás, estaba estacionado el coche--, con vista al manglar, para ver regresar a Toño y a don Gamaliel, triunfales y deportivos, enarbolando unos pescados enormes.

Seguramente todos los pescadores y fonderos estaban en el secreto, porque los veía espiarme con curiosidad y cuchichearse, sobre todo los niños, que corrían por las otras lanchas, los andadores y tarimas y puentecitos de madera, las orillas del embarcadero, con iguanas y collares y cuanta baratija turística pensaran vender durante el día.

--¡Ya vienen! --gritaron los niños de pronto.

Y efectivamente, apareció la vieja lancha. Desde lejos se distinguían varias personas a bordo.

Pero no apareció Toño con los pescados, sino con una botella en la mano y unas desordenadas, mojadas, arrugadas hojas de dibujo en la otra. Venía cubierto de fango hasta más arriba de la cintura, y con una especie de guirnalda al cuello de yerbajos y raíces.

Los pescadores se reían, se hacían señas un tanto equívocas y le pedían más dinero, que él repartía ya sin contarlo, ya casi sin tenerse en pie, tropezándose en su afán de abrazarlos a todos.

Eran pescadores acostumbrados a todo tipo de excentricidad de los turistas; algunos venían casi tan borrachos como Toño, y don Gamaliel de plano se había quedado dormido dentro de la lancha. Los niños y las mujeres ya se reían abiertamente del turista loco.

Corrí a sostenerlo antes de que se cayera de bruces sobre el asfalto, a impedir que siguiera regando el dinero, que siguiera haciendo el ridículo ante el montón de niños que a coro lo arremedaban, fingiendo también traer botellas y papeles en las manos. Apenas si llegué a tiempo para arrastrarlo al coche.

--¡Chingón, María! Hicimos un paseo con antorchas por el manglar. ¿Te imaginas? ¡Antorchas! ¡El manglar! ¡Todo oscuro y sólo nuestras antorchas! ¡Uta, loquísimo! ¡Puros fantasmas en el pantano, con antorchas!

--¡Antorchas! ¡El manglar! --repitieron los niños, que rodeaban el coche, con las manos y las caras pegadas a los cristales de las ventanillas, como máscaras de hule de monstruos apachurrados. Tuve que pegarme al claxon y gritarles varias veces para que me dejaran avanzar en el coche.

--¡Antorchas! ¡El manglar! ¡Collaaaaares!, señorita --gritaban los niños.

--El río del infierno --me iba diciendo Toño a gritos pastosos, tartajosos, poco inteligibles; tuvo que gritar aun más fuerte, para hacerse oír entre los gritos de los niños, mientras arrancábamos--; la naturaleza estaba muriendo o apenas formándose, un tiradero de vísceras y cadáveres vegetales; como un rastro abandonado o un criadero de fieras... Tomé unos apuntes, mira.

Yo no vi sino puros rayones de borracho, naturalmente mojados y con lodo.

--Cuídate de ése, chula, le gustan las suicidas.

Lo llevé hasta la cama y lo dejé dormir un rato. Bajé a la playa, alquilé una silla y pensé, más bien divertirda, que nuevamente me había salido todo al revés. Mi protector había resultado un muchacho loco que más que nadie necesitaba protección. ¡En cuántos líos nos íbamos a meter! Pero tener a quien proteger ya es un poco que la protejan a una. Que me protegieran de mí misma, de mi irrealidad, del vacío... Cualquier problema exterior tenía remedio, era preferible a eso.

Me pregunté entonces, por primera vez, si era posible que de una mente tan infantil, tan inmadura, hasta tan superficial como la que revelaban semejantes ocurrencias, pudiera surgir un arte serio. Pero no me lo pregunté demasiado: no me tocaba el papel de crítica, ni de juez, sino de cómplice. Me tocaba ser parte de Toño.

Con cierta vergüenza, protegida por mis lentes oscuros, creía que todos los lugareños y turistas que pasaban por la playa estaban al tanto del turista loco. ¡Yo, la tímida, la fría, la desabrida, la aguada, haciéndola de gringa loca en Tecolutla! Hasta creí ver que me rondaban sospechosamente lugareños ya no tan niños. ¡Nada más faltaba que me vinieran a decir que si mientras el loco de mi novio dormía su mona, no quería yo ir "a pescar" con ellos, ahora! Mientras el ebrio buscaba fantasmas con antorchas en mitad del manglar, la flaca ninfómana de lentes se entretenía con los chamacos nativos...

Llegaron a la palapa vecina dos o tres familias juntas de turistas de la capital. Era increíble la vulgaridad capitalina: habían metido sus coches a la playa, y los habían estacionado precisamente frente a la palapa, para no ver el mar: ¡tenían como panorama sus propios coches y no el mar!

Ante todo, pusieron a todo volumen su casetera, obligando a doscientos metros a la redonda a todo mundo a oír sus sobrexcitadas canciones de moda. Se negaron a comprar nada en la playa: ya lo traían todo de su supermercado. Los adultos eran bofos y los niños latosísimos. Empezaron a sacar de sus bolsas de viaje una cantidad indescriptible de lociones, cremas, refrescos, licor, botanas, y hasta una parrilla portatil que no lograron hacer funcionar. Tuvieron que encargar a un puesto de antojitos de la playa, que les asaran sus bisteces capitalinos.

Entre el estrépito de las canciones y los pelotazos de los niños alcancé a escuchar algún tipo de conversación religiosa. Un hombre lechoso y desabrido predicaba el catolicismo moderno del éxito en los negocios. Una especie de mojigatería de agente de ventas, una mercadotecnia de medallitas milagrosas.

Me marea y me intimida al mismo tiempo ese tipo de gente, que siempre triunfa; no me queda sino hacerme instintivamente a un lado, dejarla pasar, hundirme. El mundo es para ellos. Está hecho de la misma sustancia que ellos, que no era para nada la mía. Ni la de Toño. Me regresó la náusea, el momento de tragar todas aquellas pastillas, el despertar entre vómitos y lavados de estómago en una clínica, como una babosa que sólo había jugado a turistear por la muerte.

Mi propia pesadilla de suicida torpe en algo se parecía, ulteriormente, a los tragos y las antorchas y rayones enlodados y mojados de Toño.

Estaba ya más que harta de los turistas, de la realidad que me había arrinconado meses atrás en el umbral del suicidio, y que ahora me seguía en mi supuesta redención, en mi supuesta luna de miel. Sólo esperé para largarme que surgieran los problemas inevitables. Seguro los turistas iban a acusar al puestero de haberles robado un trozo de carne. Y en efecto, en efecto. Una señora insolentísima, en un bikini que le quedaba grande, estaba gritando a voz en cuello:

--¡Oye Gordo! ¿Verdad que eran veinte bistecitos? ¿Que aquí dice el marchante que nomás eran dieciseis. ¿Verdad que eran veinte bistecitos, Gordo?

Era ya el mediodía. Regresé al hotel. En el camino me rodeó una palomilla de chamacos de la playa, ya adolescentes, larguiruchos y cínicos, queriéndose hacer los latin lovers con guiños soeces, de un sexo de WC:

--Señorita, ¿no quiere que la llevemos a pescar?

--Ya estuve pescando toda la noche, chicos... --les dije, pronunciando con la misma intención que ellos la palabra "pescar". Será otro día...

--¿Van a querer ir al manglar otra vez en la noche?

--No sé todavía. Dense una vueltecita por la noche.

Pero cuando Toño despertó, con el malestar y el desánimo de la cruda, rompió sus rayones y no quiso comentar para nada su paseo por el manglar. Con mala cara bajamos a comer, en el propio restaurante del hotel. Sólo después de unas cervezas y de pasear en coche un poco por los alrededores, entre los palmares y los vientos rápidos, limpísimos, recobró un poco la serenidad. Hicimos de cuenta que habíamos compartido un sueño bobo.

Y pacíficamente, como un matrimonio ideal bien avenido, nos quedamos en la terraza del hotel, mirando cómo la tarde se apagaba con sólo irse oscureciendo, sin crepúsculo ni nada.

De El Castigador, ERA, 1995