lunes, 16 de noviembre de 2009

MORLEY CALLAGHAN

CALLAGHAN: EL LIBRO Y EL RING

Por José Joaquín Blanco

Durante décadas, casi todos los autores "creativos" y muchos críticos fastidiosos ("nuevos críticos", estructuralistas, etcétera) que niegan en la obra artística los yos del autor y del lector, los relativismos históricos y subjetivos, las aportaciones del azar o de la analogía, y creen que la obra artística --como el terrible Dios impoluto e irrepresentable de los hebreos-- no tiene nada que ver más que consigo misma --y con los representantes de ese "consigo misma", los profesores de semiótica o filología--, se han venido peleando con los periodistas literarios, los predicadores y unos cuantos críticos "impertinentes", sobre la importancia de la biografía, de los datos biográficos o de los asuntos "extraliterarios" en la discusión de la literatura.
Aquéllos niegan absolutamente lo biográfico, lo ideológico, lo psicológico, lo inconsciente, lo involuntario, lo fortuito, los lapsus, lo azaroso, lo casual, lo analógico, en fin, lo misterioso, vago, no definido o susceptible de combinaciones y contaminaciones en la obra literaria; éstos muchas veces abusan de todos estos datos secundarios y los vuelven protagónicos (hay quien habla más de la sordera que de la música de Beethoven, más de la ceguera que de los cantos de Homero, más del heroísmo que de las estrofas de Martí, más de las drogas que de los versos de Baudelaire; más de la política que de los escritos de Víctor Hugo, Neruda, Brecht, Pound, Lukács, Sartre, Mailer, Baldwin; más del alcohol que de los cuentos de Poe, más de la homosexualidad que de la estética de Wilde, más de la mente perturbada que de las novelas de Dostoyevski, más del corazón que de las rimas de Bécquer, etcétera).
Aquéllos dicen que el yo y lo otro no existen en literatura, sólo el sujeto literario, la Obra; el yo y las condiciones y azares no son sino agentes eventuales que desaparecen tras su objeto: la obra, que se basta a sí misma y rechaza todo dato externo; éstos muchas veces jalan demasiado de las orejas el sabio conejo que a la letra dice: "El estilo es el hombre".
Me parece una polémica tan absurda, tan atenida en el fondo a nominalismos elementales, como la de "forma" y "contenido" --igual bobería es afirmar que existen, como negarlos: son simples categorías convencionales sin otra función que la de instrumentos ni otra justificación que la del consenso de hablantes. Su momento estelar ocurrió con la rabieta de Proust contra Sainte-Beuve (el buen crítico fue, desde luego, Sainte-Beuve), aunque ya está muy clara --e impecablemente resuelta-- en Flaubert.
Aquéllos (los escribas, los adoradores de la Obra-en-sí) querrían que "sólo la obra" importara --pero nunca han explicado cómo la aislarían en laboratorio químico o campana de cristal del tejido terrenal de situaciones, analogías e interpretaciones, sobre todo de las propias, y de los supuestos, prejuicios y nociones desapercibidas e inconscientes--, y que todo lo demás (biografía, chismes, política, sociología, moral y, desde luego, esa entidad subjetivísima y extraliteraria, el propio lector) quedara fuera. Y caen en su propia trampa: jamás, al hablar de la obra-en-sí, están hablando realmente de la obra, sino del modelo teórico o paradigma que han metafísicamente extraído de ella, como una fórmula algebraica en el pizarrón del aula.
La obra-en-sí es una abstracción metafísica, como el ser-en-sí y cualquier-cosa-en-sí: en este mundo pecador todo tiene siempre que ver con todo.
Comparto, sin embargo, la rabieta proustiana de los lectores honestos contra la reducción o falsificación ideológicas, políticas, martirológicas, pornográficas o ejemplarizantes de las obras... pero la Obra-en-sí-misma no existe jamás, ni siquiera puede ser imaginada como entidad especulativa: las obras sólo existen leídas, pensadas, contaminadas de todo lo real e imaginario del mundo.
Y por tanto no hay dato ajeno o impertinente a la crítica. A quien diga que la obra es la "única" biografía del artista, podríamos responderle, de plano, que no hay biografías únicas de nadie, ni nada único de nada. Y que en todo caso, el mundo entero es la biografía de cada persona.
La obra-en-sí, la "lectura del texto" (como abstracta fórmula de laboratorio) no ha llevado sino a organigramas filológicos --¡S/Z!--, lo que en sí es una manera de reducir obras múltiples a pésimos chistes profesoriles. ¿El Río. Novelas de caballería es H2O?
Quienes leen todo y contaminan de todo cada texto hacen crítica mejor, si hay erudición talentosa y conversación honesta, apasionada y sensata; aun los errores de perspectiva y de opinión pueden ser grandes momentos de interpretación --esto es, de lectura, de colaboración literaria en la existencia de las obras, que sólo viven en contaminación con quienes las leen--: Voltaire, Fénelon, Buffon, Diderot, Rousseau, Johnson, Addison, Pope, Swift, Hazlitt, Lamb, Coleridge, Poe, Baudelaire, Matthew Arnold, Wilde, Taine, Sainte-Beuve, Renán, Stevenson, Chesterton, Shaw, Mencken, Eliot, Valéry, Gide, Reyes, Borges, Benjamin, Sartre, Cernuda, Edmund Wilson, Villaurrutia, Lezama Lima, Cardoza y Aragón, Susan Sontag, Gore Vidal... He aquí una lista de lectores para los cuales todo existe. La crítica no tiene puertas cerradas.
Sin embargo, se ha hablado mucho del "daño" que las biografías, los datos biográficos, sociales, psicológicos o misteriosos y varios, los asuntos "extraliterarios" hacen a las obras: que por andar indagando esto o lo otro sobre Milena no se lee bien a Kafka, que por contarle las erecciones a Lawrence o a Baudelaire no se llega al texto en sí.
Muy cierto. Pero no busquemos sólo en la metodología los crímenes de la ignorancia y de la tontería. Lo real es que siempre se buscan --desde los remotísimos comentarios de textos griegos, hebreos o hindúes-- elementos adicionales para ampliar, precisar, comentar el misterio nunca agotado de las obras. Y el más intransigente filólogo textualista en cuanto se baja del "puro" pizarrón de sus paradigmas, se pone a contar chismes sobre el autor estudiado a su colega de cubículo. Ah, se ven tantas cosas...
Pero ahora quiero contar otro cuento: el del gran "daño" que las pérfidas Obras-en-sí hacen a las desprotegidas biografías, a los humildes chistes biográficos y a los pobres asuntos extraliterarios.
Había una vez un señor llamado Ernest Hemingway, a quienes algunos miles de lectores admiraban por sus libros "en sí" y muchos millones de personas amaban por su personaje y sus trucos publicitarios, por sus desplantes, por sus gestos y por sus libros "no-en-sí", sino bien envueltos en la parafernalia "extraliteraria".
Una de sus poses más fotografiables era la de boxeador. Desde luego en los años treinta de este siglo Hemingway no era un gran, ni siquiera un pequeño boxeador, sino un joven autor importante que se las daba de anti-intelectual y anti-elitista en obsequio de los aspectos, je, "viriles" y, je, "vitalistas", de su gran público.
En 1929 la prensa mundial reportó que el Héroe Hemingway había sido alevosamente noqueado en un ring informal por un maligno escritor envidioso, intelectualizado y elitista --y ni siquiera estadunidense, sino del simple Canadá--, llamado Morley Callaghan, boxeador ese sí --el indigno-- "profesional", en París, cuando el Héroe Hemingway estaba cosmogónicamente borracho, ante la desesperada impotencia de Francis Scott Fitzgerald, que la hacía de réferi.
Bramaron los fans antilibrescos del escritor de libros, los fans anti-intelectuales del intelectual anti-intelectualmente vestido de boxeador. El Héroe Hemingway fue más querido y vendió todavía más millones de ejemplares de sus antielitistas y anti-intelectuales novelas, y la estrella de Morley Callaghan declinó casi para siempre.
Posteriores correcciones, testimonios y aun libros enteros sobre "aquel verano en París" no han desvanecido el mito. Los hechos no fueron tan hemingwayianos. Callaghan y el Héroe Hemingway eran muy amigos y semejantes en el estilo y en gustos: compartían la afición y los atavismos de la "cultura popular" y el deporte. Se llevaban muy bien con Scott Fitzgerald, Miró y demás tropa bohemia de la "orilla izquierda". De estudiantes ambos habían practicado el box, sólo que los campeonatos de box estudiantil los había ganado Callaghan, quien no rivalizaba literariamente con el Héroe, sino que lo admiraba y enriquecía (Morley Callaghan fue quien influyó y benefició a Hemingway y no al revés; como todo autor eficaz, el Héroe tomaba sus recursos de donde fueran: Mark Twain, Kipling, Anderson, Stein, Scott Fitzgerald, Callaghan, el cine, la zarzuela, los sermones evangélicos, etcétera.)
Todo empezó con el tedio del verano: "¿Qué? ¿Vamos al teatro o nos ponemos los guantes?", dijo una tarde Hemingway. Callaghan, más sereno y menos fantoche, explicó que había amateurs menos amateurs que otros, y que él boxeaba mucho mejor, y que no tenía caso andarse con payasadas; ambos sabían que ante cualquier profesional del box, el boxeador más humilde, no eran sino "just clowns".
Hemingway insistió (¿previendo ya los reportes de la prensa internacional?), Scott Fitzgerald la hizo de réferi y pelearon demasiado en serio, pero no tanto como para que de veras corriera sangre ni hubiera ningún verdadero K.O. Apenas algunos golpes serios recibió el Héroe, y más por culpa del pasmado Scott Fitzgerald, que en su consternación por ver al Prócer en problemas, se quedó pasamado y dejó correr demasiado el tiempo cuando el Inclito estaba llevando la peor parte. Y el único "noqueado" fue un mirón presuntuoso que, en seguida, trató de enseñarle box al propio Morley Callaghan. Ambos combatientes por lo demás siguieron siendo amigos algún tiempo todavía y hasta volvieron a calzarse los guantes otras veces (en alguna, el réferi fue Miró.)
Pero el chisme llegó a la prensa. Todos los chismes de Hemingway llegaban siempre oportunamente a la prensa. Y ni aun con buena fe, los reporteros ni los lectores pudieron ver el hecho sucinto, "en sí", sino como novela hemingwayiana: el bien aquí, el mal allá; la nobleza del ánimo contra la maña erudita y el profesionalismo; el rasgo trágico del ídolo, más ídolo cuanto más "virilmente" caído; la cercanía de la sangre y de la muerte en los ojos purísimos del Joven Inocente; el alcoholismo del Héroe como preparación para el sacrificio, etcétera. La prensa, demasiado influida por las novelas de Hemingway, interpretó y difundió un hecho real como si fuera parte de ese tipo de novelas.
Ernest Hemingway, al principio, se indignó (hizo como si se indignara) de que se dijese que alguien lo había noqueado y exigió que Morley Callaghan desmintiera a la prensa. Callaghan lo hizo.
Pero la desprotegida anécdota, corrompida por la ideología de la obra; la inerme biografía falsificada por las "impurezas", je, de la Literatura, no admitió correcciones. Se necesita un "encuentro moral" hemingwayiano: héroe y antihéroe, final trágico, intenciones aviesas, entrega apasionada y noble del antilibresco autor de best-sellers.
Hemingway creció como Héroe Caído y Morley Callaghan inició su carrera como "el novelista más injustamente olvidado del siglo" (Edmund Wilson).
Tal es la perversa influencia de la literatura sobre lo extraliterario.
Y Callaghan y Hemingway estaban "just kidding"; eran "just clowns". Muchos contemporáneos de ambos han comentado el hecho; el propio Morley Callaghan lo refiere en That Summer in Paris.

domingo, 1 de noviembre de 2009

LAS INCREÍBLES AVENTURAS DE LA CHINA POBLANA

LAS INCREÍBLES AVENTURAS DE LA CHINA POBLANA

Por José Joaquín Blanco

Don Felipe de Beaumont, más castizo que las alubias a pesar de su apellido y su peluca franceses, llegó con mal pie y peor paso a la Nueva España en 1720. Al parecer, venía en misión oficial a recabar ciertos informes de contabilidad y minería, ¿pero acaso todos esos informes no estaban ya en la corte de Madrid? ¿Para qué sufrir los gastos y tomarse el trabajo de tan largo viaje?, se preguntaron los novohispanos.
Algo grave y reservadísimo debía traerse entre manos, sospecharon, sobre todo cuando se supo que tanto el virrey como el arzobispo y los inquisidores lo recibieron con la mayor dignidad, y le organizaron juntas secretísimas así en la ciudad de México como en Puebla.
Como se sabe, se habían abatido tiempos malos sobre la “colonia”, como novedosamente decía el ilustrado y moderno Beaumont, palabra que escocía a los criollos que consideraban a la Nueva España como todo un “reino”: sequías, inundaciones, motines, piratas, epidemias... Pero tales desastres no interesaban tanto al linajudo visitante, se decía, sino las riquezas de los jesuitas.
Pronto corrió la voz de que se trataba de un espía del rey y de Roma para perjudicar a la Compañía de Jesús. Pero ¿acaso desde hacía buen tiempo, casi un siglo, desde el escándalo de la excomunión que lanzó alegremente el obispo de Puebla, don Juan de Palafox, contra todos los jesuitas, no estaban atiborrados los archivos de Roma y de Madrid de innumerables denuncias contra los jesuitas de la Nueva España? ¿Para qué sufrir el gasto y tomarse el trabajo de tan largo viaje, en lugar de despacharse cómodamente unos cuantos legajos reiterativos en Europa?
Medio siglo después (cuando la expulsión de los jesuitas de todos los dominios de España) se develó el secreto, y se publicaron fragmentos de la correspondencia de don Felipe de Beaumont con las autoridades peninsulares y papales.
Resultó que ni Madrid ni Roma podían creer ya en los informes que oficialmente se les dirigían. Parecían cosa de broma, o de farsa, como si todos los novohispanos conspirasen para burlarse de las autoridades supremas, las cuales recibían todo tipo de noticias y relatos fabulosos y extravagantes, como para morirse de risa. ¿A quién se le quería tomar el pelo?
Los obispos, provinciales y funcionarios españoles, por su parte, lo desestimaban todo de un plumazo: “Engreimiento, ignorancia y tontería de criollos visionudos a fuer de ociosos; se diría que los mitos seudocristianos que inventan ahora superan en descabellados a los de los indios de su gentilidad. Llamarían a espanto y a ejemplar escarmiento si no se tratase de boberías y ostentación pueriles. Todos los días se les aparece un Cristo o una Virgen de palo (verdes, amarillos o rojos) dentro de cualquier maguey”.
La política del papa y del rey hacia los novohispanos había sido hasta entonces severa y sucinta: no creerles casi nada y prohibirles casi todo. Pero incluso el ridículo tenía sus límites, aunque proviniera de los cuenteros mexicanos, los “entes” más cuenteros del mundo (¿dejaban acaso de fastidiar un instante con “su” Virgen de Guadalupe, autorretratista notable?); y ahora tanto el rey como el papa estaban al mismo tiempo estupefactos e indignados frente a la campaña jesuítica de canonización de una... ¡China pero poblana!
¿Por ventura se proponía la Compañía de Jesús convertir el santoral católico en un sueño de burlas de don Francisco de Quevedo? Ya existían antecedentes. Los jesuitas querían llenarse de santos provenientes de sus dominios mundiales, desde África y el Japón hasta la Nueva España. Y entre más extravagantes e inverosímiles, mejor: más celestiales. Las “prodigiosas relaciones” de varias docenas de nuevos “santos” jesuíticos al año atacaban de risa a los cardenales. Existía, según su decir, un aborigen del Mar del Sur, parcialmente evangelizado pero chimuelo por completo, a quien le reaparecían todos los dientes, macizos y formidables, cuando rezaba el credo en latín; de modo que aprovechaba la oración para comer: versículo y mordida, versículo y mordida...
Beaumont informó que la tal “china” había sido una indigente esquelética, baldada y delirante, con sueños “místicos” desde sus harapos en una pocilga de la ciudad de Puebla. (Pocilga que al día de hoy ostenta un letrero: “Aquí vivió la China Poblana”).
Había muerto, muy anciana, en 1688. Y ni tardos ni perezosos, los jesuitas, sus confesores y padrinos, la habían proclamado de inmediato la Gran Santa de los Gentiles, pues al parecer provenía de algún litoral o isla de Asia, donde en su juventud la habían capturado unos piratas; y después de variadas peripecias, había sido finalmente vendida como esclava en la Nueva España –por conducto de la Nao de China, por supuesto- a unos potentados poblanos, deseosos de lucir una criada “china”.
Le aparecieron dos exaltados biógrafos, los dos confesores suyos: el jesuita Alonso Ramos, quien en tres volúmenes (1689-1692) divulgó Los prodigios de la omnipotencia y milagros de la Gracia en la vida de la venerable sierva de Dios Catharina de San Juan, natural del Gran Mogor, difunta en esta imperial ciudad de la Puebla de los Ángeles de la Nueva España; y el bachiller José del Castillo Grajeda, autor del Compendio de la vida y virtudes de la venerable Catarina de San Juan (1692).
Aquélla, decía Beaumont, la monumental de Ramos, tuvo demasiada suerte: tanta, que la prohibió el Santo Oficio "por contenerse [en ella] revelaciones, visiones y apariciones inútiles, inverosímiles", a la vez que se perseguían los retratos, grabados en madera, de la beata (desde 1691): el exceso de celo y la ortodoxia desorbitada, risibles, en la vida religiosa, volvían a la sociedad novohispana un tanto herética de puro disparatada, opinaba Beaumont; la segunda, de Grajeda, que no pretendía ser sino un resumen cauto de la primera, fue tolerada. Y hasta reeditada un siglo después.
No se trataba propiamente de una “china”, puntualizó Beaumont, sino más bien de una mujer proveniente de alguna zona del norte de la India. Se hablaba en los libros del Gran Mogor como su patria de origen y de Cochín como el punto intermedio, antes de llegar a Manila, donde fue bautizada por los misioneros jesuitas que ponían nombres de santos a los esclavos que vendían los piratas. Pues no era muy cristiano eso de vender ni comprar esclavos que no fuesen previamente bautizados.
Para mejorar su hagiografía, los jesuitas la consideraron “hija de reyes” de algún reino asiático, pero lo maravilloso residía en que desde sus grandes tiempos de “princesa” oriental soñaba que la Virgen se les aparecía a ella y a su madre para hacerles beneficios, y profetizarles que la traería a un reino cristiano a gozar de su verdadera, única y santa religión. Y la “princesa china” añoraba el momento de ser atrapada, esclavizada y vendida, para morir finalmente en la santa indigencia.
A la muerte de su amo-potentado, Catarina pasó a manos de un clérigo, quien la casó con otro esclavo “chino”; todas las potencias celestiales conjuraron para que no perdiera la castidad la nueva casada, quien logró mantenerse virgen en el lecho de su esposo, con el poderoso recurso de instalar un crucifijo en las sábanas, entre ambos. De algún modo desconocido, recobró la libertad poco después, cuando murieron oportunamente tanto su amo clérigo como su marido.
Si hubiese que creerles a los jesuitas, Catarina de San Juan ayudaba a los pobres y a los enfermos, desde su absoluta indigencia; y hasta habría que admitir que llegó a liberar de la esclavitud en los obrajes a algún desdichado, misericordia costosa aun para los potentados.
Azotaba y castigaba sus carnes. Ayunaba y se cubría de una montaña de harapos para no ver ni que la vieran, ni tocar ni que la tocaran, ni siquiera sus ancianos confesores, cuando ella ya era una vieja ciega y paralítica.
Pero lo realmente importante resultaban sus visiones y su muy particular trato con Dios, con la Virgen y los santos, continuaba Beaumont. Los veía a cada rato y obtenía de ellos cualquier cosa que quisiera.
Alguna vez la Virgen del Socorro la vio tan desnutrida y castigada por los ayunos, que le ofreció, sin más trámite, sus propios pechos sagrados para alimentarla. Hemos de suponer que al menos en esa ocasión se alimentó muy bien.
Otra vez vio a los ángeles distribuirse por las nubes en una especie de bailables o procesiones a todo lujo, con banquetes e iluminaciones de fiesta de gala en un palacio real, sólo para su delectación.
Le era concedido ver en sus sueños “místicos” a otros seres, vivos o muertos, salvos o condenados, y sobre todo en el purgatorio. Por lo demás, Jesucristo la usaba de mandadera, a ella, que ni siquiera alcanzaba a dominar el castellano, para que transmitiera secretos y terminantes mensajes en latín a ciertos clérigos descarriados.
Se peleaba de bulto, de a de veras, con todos los demonios, y terminaba arañada, azotada, apedreada, pateada. Sufría además de una permanente comezón en todo el cuerpo, que ni rascándose con “olotes bien secos” se le quitaba.
También ejercía, prosigue Beaumont, los milagros relativamente modestos de hacer aparecer monedas en los bolsillos necesitados y los más espectaculares de salvar de los piratas -o al menos presenciar, en visión santa, el salvamento- de las flotas españolas que tan azarosamente llegaban a Veracruz o a Acapulco.
Cristo se le presentaba hermoso o rumbo al calvario, en apuesta forma varonil o sudando sangre sobre la madera de una estatua del crucificado.
Poseía entre sus no tan escasos trebejos un célebre "fragmento de unicornio", buenísimo para otro tipo de milagros. Fue muy estimada su intercesión tanto para producir lluvias como para detenerlas.
Malvivía de cocinar hostias para los jesuitas, y el resto de su tiempo apenas le alcanzaba para atender a su Cristo y a su Virgen y a sus ángeles. Era la más pobre y humilde del reino, y por su extrema bajeza había sido escogida como la única comadre poblana por todas las potencias celestiales.
Esta "aunque indina bestia caballo", cita Beaumont las palabras recogidas por sus biógrafos; esta que se dice: "¿Qué soy sino un terra, un polvos, un muladar, un basura?", una perra y demás linduras, viajaba al firmamento más que ningún otro aventurero del cielo y la tierra, y con más facilidades.
Hablaba el bachiller Grajeda, informa Beaumont, a ratos citándola como quien desconoce el castellano, y a ratos como canónigo que se luce en el púlpito: "Y así estoy entendiendo que, a causa de remontarse tanto en esta virtud [de la fe], le hizo el Señor muchos favores, especialmente una noche que habiéndose recostado en su camilla en prosecución de los actos heroicos de fe que estaba continuando [o sea, repitiendo toda la noche jaculatorias de dos o tres palabras: “¡Jesús, María y José!”], la asió Cristo de un brazo y la colocó en el cielo, mostrándole toda su gloria y desde ella manifestándole todo el mundo. Así me lo refirió esta sierva del Señor diciéndome:
-Una noche, Padris, que con muy buen fe hablaba yo para mi Dios, llevó Cristo para mí en el celo, y vi todo acá y allá.
"Como si dijera: Una noche que estaba mi alma toda embebida en tiernos y continuos actos de fe y en dulces coloquios que yo repetía a mi Dios y mi Señor, vi de repente que me asió Cristo de un brazo y me llevó al cielo, haciéndome patente toda la gloria, y desde él me enseñó y me manifestó toda la redondez de la tierra.
"Absorta pues Catarina de tan grande maravilla y postrada ante el supremo Juez de cielo y tierra, embebida toda el alma ante tal presencia, estaba cuando la dijo Cristo: ‘Ea, vuélvete, Catarina’, a lo cual respondió con la sinceridad que siempre le hablaba:
-Eso no, Señor, vuélveme tú, que has traído para mí, que está muy hondos de aquí a mi cama y podré caer y lastimar para mí.
"Como si dijera: Yo le respondí a su Divina Majestad: Señor, de aquí a mi lecho hay mucha distancia; vuélveme tú pues que tú me has traído, que yo si me quiero ir sola podré caer y podré lastimarme, siendo como ves la profundidad que hay de aquí a mi aposentillo tanta."
Santa santa pero nada tonta la China Poblana.
"A esta su sencilla respuesta, sonriéndose Cristo la volvió a coger del mismo brazo dejándola en el puesto donde la había arrebatado..."
A su muerte, concluye don Felipe de Beaumont, se llenaron todos los templos de Puebla, y se celebraron oficios en todas las iglesias y colegios de jesuitas de toda la Nueva España.
“De modo que nadie ha querido burlarse de los grandes ministros del rey ni del papa en los informes y relatos oficiales que se envían a Madrid y a Roma, concluía Beaumont en 1720. En la Nueva España proliferan mitos como éstos. He escuchado incluso algunos bastante peores. En esta colonia no abunda el ingenio: cualquier barbaridad se cree ciegamente. Y tales burradas no privan sólo entre la plebe, sino sobre todo entre la gente más alzada y orgullosa de esta tierra, que suele ser de jesuitas o de personas formadas o avecindadas con jesuitas. ¡Que Dios nos libre de la soberbia y de la ignorancia de un mexicano con dinero y ciertos tratos con la Compañía de Jesús!”
***
Un siglo después de su muerte, pese a los desdenes de Roma y de Madrid, y a la prohibiciones del Santo Oficio, seguían publicándose biografías e imágenes de la China Poblana. Con total descaro, se le rezaba y se le rendía culto público.
Se ignora en qué momento preciso (entre la expulsión de los jesuitas a mediados del siglo XVIII y las guerras de Independencia) abandonó Catarina de San Juan sus ilegales altares, permanentemente prohibidos por la Inquisición y (al parecer) permanentemente tolerados, para transformarse en un tipo de zarzuela avant la lettre: imaginemos La verbena de la Poblana:

¿Dónde vas con enaguas zanconas,
dónde vas zarandeando los pies?
Yo me voy a bailar el jarabe
Con un payo que sepa beber.

Pues lo que nunca intuyó el linajudo don Felipe de Beaumont, ni los jesuitas, ni los novohispanos, ni Madrid, ni Roma, fue el último milagro de esta asiática indigente: convertirse ella, la fea, la apestosa, la beata, en una trigarante mestiza de cascos ligeros en la época independentista. Compañera de soldados al bailar el jarabe, ataviada con tricolores enaguas profusamente bordadas en lentejuelas y con una blusa de algodón muy escotada, además de un rebozo que la tapaba menos de lo que le servía para farolear y contonearse en las festejadas civiles o militares. Y con las trenzas llenas de listones, como arbolito de navidad.
Quizás a esta última, más que “china”, habría que llamarla la chinaca poblana, pareja del charro. Y nada jesuítica.
Sin duda el ilustrado Beaumont la hubiera encontrado más simpática; aunque su recargado vestido regional algo herede de lo visionudo de su lóbrega antecesora, habría añadido su esposa, la madama Beaumont, muy estricta en cuanto a la moda se refiere.