sábado, 1 de diciembre de 2012

ILUSTRADOS MEXICANOS


Los ilustrados mexicanos del siglo XVIII: la búsqueda de la verdad secular, de la cultura útil y del bien común

 

(Coloquio “Movimientos sociales en la historia de México, Dirección de Estudios Históricos-INAH, del 12 al 16 de noviembre de 2012 )

 

Por José Joaquín Blanco

 

A lo largo del siglo XVIII se popularizó en la Nueva España, como en otras regiones hispánicas, el término “literato”, poco usado antes (el equivalente era “ingenio” y aludía a la invención retórica), y que en el siglo XIX se volvería peyorativo y sinónimo de “pedante inútil”, pues ya los científicos no querían ser llamados literatos, sino científicos, y los humanistas querían ser llamados poetas, dramaturgos, novelistas, ensayistas, etcétera. En realidad, la palabra literato sólo fue positiva en el siglo XVIII.

         Literato no era lo mismo que letrado, término casi sinónimo de togado y generalmente dirigido a abogados y funcionarios públicos, ni desde luego que poeta, dramaturgo, novelista, pues como es sabido la literatura artística sufrió en el siglo ilustrado su peor período en toda la historia de las lenguas hispánicas.

         Tampoco correspondía a su equivalente francés “philosophe”, que era temido en el mundo católico como sinónimo de hereje, ateo o licencioso. Resultaría un tanto exagerado emparentarlo con “científico”, pues a pesar del gran entusiasmo de la Ilustración hispánica  por las ciencias y técnicas, no alcanzó su cultivo un nivel parecido al de Francia, Inglaterra o Alemania, y mucho menos en América, salvo excepciones, pero las excepciones siempre existieron, incluso en las primeras décadas de la colonización en el XVI.

         “Literato” fue pues un término cómodo, general, vago, irrestricto, que más bien tenía que ver con un nuevo entusiasmo de aficionado por las novedades y prosperidades de la modernidad, y en el que participaron muchos tertulianos, comentaristas, sacristanes, barberos, profesores, tenderos, granjeros, comerciantes, estudiantes, abogados, médicos, militares, funcionarios y hasta curas y gobernantes.

Solían llamarse también, y tal vez sea ésta su definición más correcta, “amantes de las bellas letras”, de las letras humanas y entre éstas sobre todo las de utilidad inmediata, y ya no tanto de las religiosas a las que se seguía acatando pero a distancia; tampoco tenían que ver con las letras realmente artísticas, poéticas, “letras de ingenio” a la manera de Góngora, Quevedo o sor Juana. Ahora se querían letras sencillas y útiles, simpaticonas, bromistas, pragmáticas, dirigidas a la prosperidad y a la mejora de la comunidad, o “bien común”; letras populares y hasta populacheras que llegaran fácil y amenamente a todos con recetas, moralejas y datos de utilidad inmediata evidente: consejos morales, recetas de cocina, lecciones, apuntes sobre cultivos o máquinas, cuestiones de farmacia, comercio. Todo esto ya estaba muy cerca del periodismo, pero de un periodismo pedagógico: se buscaba educar e instruir en asuntos aparentemente nuevos, sencillos y claros.

         Se operó en la Nueva España, como en buena parte del mundo occidental, un cambio radical de código, de gusto, de intención, de intereses y de valores. Estos numerosos nuevos “literatos” producirían en castellano poca literatura siquiera comparable a la tercera fila de sus antecesores barrocos en términos artísticos, pero crearían una poderosa corriente secular, terrenal, pragmática, cívica, empresarial, moralizante que prevalece hasta nuestros días. Una persona más o menos culta de hoy en día tiene poquísimo que ver con un ingenio barroco del siglo XVII, por desgracia, pero todo con los “literatos” neoclásicos o ilustrados del XVIII. Los opinadores de la tele son calcas de los tertulianos de botica y sacristía que conocieron Veytia, Clavijero, Alzate, Ramírez, fray Servando, Hidalgo, Abad y Queipo, Bustamante, Lizardi, Lucas Alamán… En cambio, casi nadie en la edad moderna tiene mucho que ver con Sahagún, sor Juana o Sigüenza y Góngora… Lo mismo podríamos decir de sus escritos.

Tal vez los primeros signos de este cambio cultural se manifestaron desde finales del siglo XVII en los colegios de filosofía, especialmente entre los jesuitas, donde fue creciendo una enconada oposición a la anterior filosofía barroca, perdida en detalles de analogías, figuras imaginarias, profecías, y de rejuego de “autoridades” intemporales (la Biblia, los clásicos grecorromanos, los Padres de la Iglesia), que no conseguía otros resultados que imponentes discursos y sermones oratorios.

Un ejercicio: compárense dos obras de la misma autora, sor Juana: su autobiografía, clara, contundente, novedosa, encendida, con su casi incomprensible sermón teológico sobre las finezas de Cristo, el que le costaría la ruina; y se verá qué tan inútil y estorbosa se había vuelto la filosofía ya en el propio siglo XVII.

         Los filósofos jesuitas, entre ellos José Rafael Campoy, así como sus discípulos Abad, Clavijero, Alegre, Landívar, Cavo, Maneiro no impugnaban para nada la doctrina ni la ortodoxia de la filosofía escolástica, sino su estorboso, delirante aparato retórico barroco, decorativo, inútil, inabordable… Buscaban introducir en la misma filosofía ortodoxa católica los valores del nuevo código: mesura, sensatez (buen sentido, sentido común, proporción, consecuencia entre los enunciados), racionalidad, crítica sensata, revisión lógica de datos y argumentos, todo ello en un estilo más llano y sencillo, natural; lo que en gran medida, desde luego, sí terminaba transformando la doctrina y la ortodoxia milagreras y delirantes que venían usándose. Buena parte de la milagrería barroca les habría resultado ridícula enunciada en términos menos babélicos o rituales. De una barroca filosofía ritual aparatosa, hecha para el pasmo y la adoración acríticas, se transitaba ahora a una racional filosofía práctica, lógica, crítica; con las mismas verdades de siempre, que se volvían otras para los ojos conservadores, así no se tocara un solo detalle del dogma: la actitud ya secularizada, para éstos incluso arrogante, de una inteligencia crítica, era casi blasfemia. Tenían razón: el fondo es forma y la forma es fondo; simplificar y desnudar el aparato retórico implicaba dañar buena parte del propio discurso intelectual.

La reacción de los filósofos conservadores –la enorme mayoría, incluso entre jesuitas— contra estos nuevos pensadores fue brutal. Se dieron todo tipo de disputas, escándalos y castigos de claustro cuyos ecos nos llegan sólo en las biografías de los jesuitas exiliados. Se inventó una nueva herejía: la introducción de novedades. No por ser malas, sino tan solo por ser nuevas. Cualquier cosa nueva, por serlo, se volvía herética. González Casanova dedicó un libro al estudio de este “misoneísmo” o persecución oficial de las novedades culturales por el mero hecho de ser nuevas, en el siglo XVIII novohispano.

Medio siglo de tenaz, soterrada, silenciosa lucha entre filósofos jesuitas no produjo aquí mayor fruto, pues fueron expulsados de la Nueva España. En 1777 por fin se logró una victoria filosófica: el libro Elementos de filosofía moderna, todavía en latín, del padre Benito Díaz de Gamarra, quien no era jesuita sino oratoriano, pero se había formado con los jesuitas. Gamarra ya sin tapujos fustiga los vicios retóricos de la escolástica barroca, promueve el conocimiento crítico, mesurado, experimental, y se expresa con mayores contención y claridad.

Tenemos  entonces esas novedades: secularidad, bien común, mundo material, colectividad en el momento presente que busca resolver sus necesidades inmediatas o próximas; mesura, racionalidad, crítica de las fuentes, desconfianza de las autoridades o citas prestigiosas sólo por analogías o metáforas, importancia de los datos reales, comprobables, del mundo material; conocimiento experimental en cuestiones físicas o químicas; se busca la sensatez, el buen sentido o incluso el sentido común y ya no la figura metafórica o emblemática asombrosa como un retablo…

La ilustración europea, especialmente la inglesa, la francesa, la alemana, no llegaba naturalmente a los jesuitas novohispanos a través de los escandalosos herejes británicos o de los libertinos descreídos de la Enciclopedia, tan famosos. Los jesuitas tenían su propia ilustración gremial internacional: talentos menos famosos que algo tomaban de los nuevos tiempos y los adecuaban con prudencia en sus escritos, generalmente en latín. Estos ilustrados jesuitas internacionales sí llegaban a la Nueva España, y a veces hasta se atrevían a mencionar a Locke o a Voltaire. Se trataba pues de otro tipo de ilustración, que no aceptaba dañar los dogmas católicos ni la autoridad del monarca, pero sí recomendaba limpiar la metodología y la retórica en la filosofía, en las humanidades y en general en todo tipo de escritos.

Otros ilustrados católicos influyeron poderosamente no sólo a los jesuitas sino a todos los literatos hispánicos durante todo el siglo, especialmente el padre Feijoo, cuyo Teatro crítico universal, que no era sino una interminable recopilación de artículos sobre todo tipo de temas, reinó sobre toda la cultura hispánica del siglo XVIII.

Después de su auge en las décadas que siguieron a la conquista, la historiografía sufrió una política de desconfianza, de desestímulo e incluso de prohibición durante siglo y medio. La historiografía se volvió un rito: ya no un registro de lo verídico, sino el trazo de un código ritual o sacro de la divinidad, la Virgen, el demonio, las autoridades eclesiásticas. Se privilegió la evangelización, las misiones, las vidas y milagros de los misioneros, la crónica de las órdenes religiosas y de los obispados, curatos o conventos; se documentaron y exageraron los milagros y los santos locales.

         De la misma manera que en la filosofía, y con mayor suerte, este nuevo tipo de literato ilustrado, buscó generalmente en secreto, en la marginación o en el exilio, una reforma historiográfica que antepusiera los criterios de verdad, racionalidad, imparcialidad, sensatez, sentido común, lógica crítica, comprobación rigurosa de fuentes y datos, todo ello tejido en un estricto discurso metódico, a los ideales anteriores de piedad, edificación, rito, ceremonia, conmoción religiosa, ornamentación u aparato litúrgico. Recordamos sobre todo los nombres de Lorenzo Boturini, Mariano Veytia, Andrés Cavo y Francisco Xavier Clavijero.

         Una iluminación particular provino del hispano-milanés Lorenzo Boturini, quien realizó un accidentado viaje de investigación a la Nueva España en busca de fuentes y datos tanto sobre la historia prehispánica como sobre la tradición guadalupana. Boturini había aprendido de Giambattista Vico (sus Principios de una ciencia nueva aparecieron en 1725) nuevos rumbos y criterios historiográficos que trató de aplicar a México. Uno de los más afortunados fue su teoría de las tres etapas de la historia, enfocada especialmente en la grecorromana, pero que podía extenderse a otras culturas paganas. Vico distinguía una primitiva etapa de dioses, que cedía a una de héroes, ambas más o menos mitológicas, para llegar finalmente a la etapa más moderna de los reyes o caudillos. Esta teoría habría de ayudar a Clavijero a romper con los dogmas barrocos de la historia indígena como una farsa o parodia diabólica, que no admitía otra perspectiva que la conquista y la evangelización cristianas que lo borrasen todo y comenzasen desde cero, desde esa conquista y esa evangelización rumbo al regreso final de Cristo al final de los tiempos, dejando lo anterior como un infierno del diablo.

         Sin perder nada de su ortodoxia católica ni de su lealtad de súbdito español, Clavijero vio la historia de los aztecas con los ojos secularizados con que se estudiaba en la moderna Europa la historia de cualquier otro pueblo pagano, especialmente Grecia y Roma. Y encontró una nación azteca con dioses, héroes y reyes o caudillos como cualquier otra, que conformaban una civilización madura comparable a cualquiera otra nación precristiana.

Secularizó un poco pues la historia de los aztecas, la desdemonizó, aunque no dejó de reprobar los aspectos que escandalizarían a cualquier cristiano de la época. Todo ello con una fuerte crítica racional, no analógica ni ritual, con riguroso acopio y estudio crítico de todo tipo de datos y documentos concretos, muchos de ellos comprobables. Y un ideal terrenal y actual de caminar hacia la verdad sólo por el conocimiento y la razón, con total imparcialidad. Y con ello fundó la visión moderna de la historia de los aztecas, en la que ellos ya eran el sujeto de su historia, y no los combates ni los entramados de las potencias celestiales o infernales.

Además, su lógica crítica ya era plenamente ilustrada, científica, digna del debate europeo más riguroso de la época, y finalmente su idioma ya era plenamente moderno: limpio, fluido, racional, sensato en el sentido del buen sentido y del sentido común: un discurso secularizado. Incluso logra luego, como adición a su Historia antigua de México, comprometerse en unas disertaciones en defensa de los antiguos mexicanos, que echaban por tierra tanto las supersticiones culturales de la época barroca que todo lo basaban en potencias celestiales, milagros, héroes alegóricos casi divinizados y cierta negación de la plena racionalidad de los indios y su cultura, como La nuevas supersticiones ilustradas euroepas que igualmente consideraban a lo indio, lo americano, e incluso a lo español, como formas semi o subhumanas.  Escrita en el exilio, en Italia, esta historia logró el mayor monumento historiográfico, ideológico y literario de la cultura mexicana del siglo XVIII.

         A su lado, Veytia trató de introducir la investigación moderna en las antigüedades indígenas, especialmente en cómputos calendáricos, pero también interrogó con nuevos ojos los códices y monumentos, los objetos y libros antiguos que había reunido Boturini (todo un selecto museo que, en gran parte, antes había pertenecido probablemente a Ixtlixóchitl y a Sigüenza y Góngora). Con los instrumentos y con el discurso científicos de que disponía (fue un poblano criollo y acaudalado que viajó por Europa) trató de establecer un debate secular sobre un sujeto secular de una historia de este mundo fundado en fuentes ciertas, con un discurso racional de discusiones lógicas. Tuvo menos fortuna en cuanto autor que Clavijero, pero más que todos los otros historiadores de su siglo, y se distingue, incluso por encima de Clavijero, por el hecho de que tuvo ante sus ojos, al menos parcialmente, los códices, objetos y monumentos preciosos que se supone salvaron los indios sabios de Tlatelolco, quienes los heredarían a Ixtlixóchitl, de quien pasarían a manos de Sigüenza. A Boturini le fueron confiscados y aparentemente quedaron almacenados en el Palacio. Lo siguiente que sabemos, hacia la época de la intervención francesa, es que muchas de esas piezas se subastaban en París, Viena, Londres y Nueva York. Parte de las fuentes que Veytia tuvo entre sus manos forman muestra señalada de las colecciones reservadas de los mayores museos del mundo.

         Como se sabe este movimiento de literatos o “amantes de las bellas letras” o filósofos o ilustrados u hombres de ciencia: este movimiento renovador de la retórica, de los métodos, de las fuentes y de los fines del estudio cultural quedó completa y tempranamente descabezado por la expulsión de los jesuitas, sus mentores. Y entonces se produjo una gran contradicción, casi una comedia macabra, porque ante la ausencia de los jesuitas, y ante el debilitamiento y el amedrentamiento de las otras órdenes, que tal vez por miedo se volvieron mucho más conservadoras, y ante la casi total inexistencia de toda cultura fuera de los ámbitos clericales, los nuevos adalides de la nueva cultura ilustrada resultaron ser casi exclusivamente los altos burócratas borbónicos y sus ayudantes y secretarios, éstos sí muy abiertos a cualquier novedad que mejorara la minería, la agricultura o la administración pública, pero archiconservadores ante todo lo demás.

         Los escasos sabios religiosos que quedaban (frailes y curas secundones, casi clandestinos) o laicos (médicos, ingenieros, burócratas, militares, boticarios, artesanos o simplemente paisanos aficionados a comentar de vez en cuando sobre las novedades europeas) debieron contar con la cercanía, el permiso y la protección de la corte. Después de la expulsión de los jesuitas, por lo general el alto clero redobló su conservadurismo y su odio a las novedades y a todo tipo de culturalismo.  Opinaban que cualquier novedad, a pesar de las notables ventajas materiales que por ejemplo algunas máquinas ofrecían, minaba la tranquilidad de los fieles, su docilidad y su devoción, y lastimaba el orden público al secularizar la vida diaria y promover la falta de reverencia y hasta de respeto a la cultura religiosa establecida.

         Si el nuevo código de los literatos ilustrados encumbra la racionalidad y la sensatez del discurso y la claridad del estilo –a veces a grados de pedagogía machacona y pueril-, entre sus espacios de acción abandona los templos y conventos para asentarse en las tertulias seculares, las oficinas, los laboratorios, las aulas y las bibliotecas. La cultura intelectual ya casi está en la calle. Del mismo modo abandona los antiguos modos de expresión, los ritos y saraos en templos, conventos y palacios, los sermones en misa de honor, los concursos de poemas caóticos: ahora buscará expresarse en el discurso secular o cívico, en el artículo o comentario más o menos científico o técnico, en cartas, diálogos o comedietas.

Ya no se busca, como antes, sorprender y pasmar: sino educar y divertir. Los poemas difíciles ceden el paso a una versificación pueril de fabulillas o escenas más o menos cómicas que se representaban en salones o en las aulas. Aparecen como ágora de esta cultura de los literatos, las gacetas, revistas, periódicos u hojas volantes, todavía pequeños y de escasa periodicidad, pero ya antecedentes claros del periodismo moderno.

Y como un gesto de liberación del pueblo, e incluso del pueblo festivo o majadero, cunde la poesía popular callejera satírica y obscena, y cobra nuevos bríos el corrido, que ya existía en época de sor Juana, pero ahora con un tremendismo hacia lo criminal y un culto a los bandoleros bastante novedoso. Es la época de los refranes, de los catecismos laicos como una fórmula de memorizar cualquier conocimiento con el método de pregunta y respuesta breves y sentenciosas, preferentemente rimadas. Es la época de las lecciones, de las recetas y de las moralejas.

Igualmente, como signo del crecimiento de la sociedad secular si no liberada si muy agitada y alebrestada, proliferan letrillas cantables y bailables de tono festivo, satírico, obsceno e incluso sacrílego. A finales de la Colonia, en la levítica Nueva España nadie tiene peor fama ni causa mayor risa entre el pueblo que un fraile, y ya se cocina un beligerante malestar contra los gachupines. Parece que quienes peor hablaban de curas y frailes eran los propios curas y frailes, y quienes más vilipendiaban a los gachupines eran otros gachupines menos recientes. Se llamaba gachupín al español que había llegado ayer y era detestado sobre todo por los españoles que habían llegado antier.

El médico José Ignacio Bartolache, quien se ocupó de las ciencias y técnicas más variadas, generalmente desde una perspectiva autodidacta, publicó 16 números de su pequeña revista de estudios y comentarios útiles con vistas al Bien Común, o beneficio de la comunidad, llamada Mercurio Volante.

Más culto, más inteligente, éste sacerdote (aunque un cura poco clerical), José Antonio de Alzate y Ramírez, se interesaba en múltiples campos de las ciencias y las técnicas; llegó incluso a incursionar en la arqueología, con expediciones pioneras a algunas ruinas, y se atrevió a secularizar, a desdemonizar el uso de la mariguana, a la que llanamente consideró una antigua planta medicinal que, como muchos otros productos en este mundo, admitía ciertos abusos. Publicó varios periódicos pequeños, periódicos con escasa periodicidad y más escaso tiraje, especialmente sus Gacetas de literatura, que conforman uno de los principales emblemas de la ilustración dieciochesca en la Nueva España.

Es memorable que Alzate se haya tenido que enfrentar, por motivos de cultura –dimes y diretes de estudiosos-, con el caudillo cultural de su momento, el propio virrey, que era Croix, quien se creía asimismo virrey de las ciencias y de las artes, y que Alzate le haya espetado que en la “república de las letras” (por lo visto, la antigua cultura clerical ya se había vuelto un tanto republicana) no había tal virrey, sino equidad entre todos los literatos.

Antonio León y Gama, Joaquín Velázquez de León, Juan Wenceslao Barquera pertenecen a este nuevo grupo de literatos seculares y vagamente republicanos, al menos en asunto de letras, que se extiende con rapidez. Muy pronto, y a lo largo de todo el siglo XIX, todos los curas, maestros, médicos, boticarios, sargentos, tenderos, artesanos, muleros, granjeros, comerciantes se consideran a sí mismos ”literatos”, “amantes de las bellas letras”, gentes de progreso y de criterio, discutidores, y hojean y comentan periódicos donde se habla sobre todo de ciencias y técnicas, pero a partir de la Constitución de Cádiz, sobre todo de política.

El viejo ideal del literato del padre Campoy y del joven Clavijero se ha vuelto legión. El prototipo del ciudadano culto que priva incluso ahora en el siglo XXI fue el que se formó desde finales del XVII y principios del XVIII. Entre los perfiles memorables de esta tribu hay que trazar asimismo los de fray Servando, Hidalgo, Abad y Queipo, Bustamante, Lizardi, Alamán, hasta desembocar en la gran furia periodística de los liberales de la Reforma.

Tal vez el campo en que mejor se nota el contraste entre  la vieja cultura barroca y la nueva cultura ilustrada sea el de la discusión sobre temas guadalupanos. En la compilación de Ernesto de la Torre Villar, Testimonios históricos guadalupanos, encontramos los textos de toda la poca colonial, tanto aparicionistas como antiaparicionistas, sobre todo mexicanos pero con tres o cuatro ilustres españoles que participaron en el largo y encendido debate. Si los textos del siglo XVII son más estilizados, teológicos y mitológicos, y desde luego con mucho mayor valor artístico, más sermón de aparato, más poemas de ingenio delirante en los que la verdad histórica importaba poco frente a la verdad imaginaria, analógica o profética, más arrebatos emotivos, más sueños despiertos; en los textos de los “literatos” del XVIII veremos sobre todo la vocación crítica con respeto a los datos, las fuentes, los objetos, los razonamientos, las expresiones; y con los conocimientos y métodos de que por entonces podían echar mano, crítica científica y técnica sobre el material del ayate, sobre los colores, sobre las figuras, sobre las substancias, sobre las fuentes, las fechas, los sitios, los personajes y los documentos, etcétera. 

Fue el guadalupano el tema central, el tema de lujo de toda la escritura novohispana, y en el dejan ver no sólo su devoción y su opinión, sino también los cambios del tiempo, de códigos y de modos de ver la cultura y la vida. Entre los guadalupanistas dieciochescos podemos mencionar a Boturini, Cabrera y Quintero, Eguiara y Eguren, el pintor Miguel Cabrera, Veytia, Clavijero, Bartolache, los estudiosos españoles Téllez Girón y Muñoz, y sobre todo fray Servando Teresa de Mier, en quien se perfecciona y consuma el tipo de este literato ilustrado que tratamos de trazar.

Finalmente, hoy contamos con mucha literatura silenciada o perseguida, que se ha rescatado sobre todo de los archivos de la Inquisición, y que encontramos sobre todo en el libro de Pablo González Casanova: La literatura perseguida en la crisis de la Colonia. Casi no advertimos herejías ni ateísmos, tampoco modernidades enciclopedistas en ella (cuando aparece, por ejemplo, Voltaire, es como autor de un cuento fantástico, y a propósito de un viaje a la luna), ni mucha novedad verdaderamente filosófica, científica o tecnológica, pero sí un poderoso aliento terrenal y secularizador totalmente desusado hasta entonces, y que se volverá el santo y seña de la cultura mexicana del siglo XIX.

Muchas celebraciones del gozo de vivir sobre la tierra, especialmente los bailes sensuales y aun obscenos; muchas ganas de romper controles de censura, sobre todo usando y abusando del lenguaje picaresco y aun soez; un talante democrático, en burla de de los burócratas e incluso del rey, y una celebración de la mexicanicanidad criolla, mestiza o mulata callejera que creía estar a punto de tomar el poder.  Todo un viento de festejo terrenal.

Como primer grupo cultural secularizado y terrenal, amplio, con fines prácticos de vivir lo mejor y lo más gozosamente posible el tiempo presente y de mejorar las condiciones de la comunidad --utilidad, bien común, alegría, libertad, serían las nuevas enseñas--, los “literatos” ilustrados del XVIII formaron una secta que no sería contradicha sino proseguida y multiplicada, hasta el día de hoy.

 

 

 

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