lunes, 9 de mayo de 2011

BÜCHNER

BÜCHNER: LA MELANCOLÍA DEL REVOLUCIONARIO
Por José Joaquín Blanco


En cinco semanas, entre enero y febrero de 1835, un muchacho alemán de 21 años, Georg Büchner (1813-1837), escribió una tragedia en cuatro actos, La muerte de Danton. Tenía prisa: la policía había descubierto una conspiración izquierdista en la que estaba comprometido, y necesitaba dinero para huir. Volcó, en trazos veloces, una obra que llevaba algún tiempo inventando, y la envió a un editor, por intermedio del escritor Karl Gutzkow, quien no pudo conseguirle sino escasas regalías.
Los tiempos de la Revolución Francesa parecían exterminados; se vivía una feroz restauración conservadora, que incluía la restauración de la censura: Gutzkow tuvo que censurar la obra él mismo —para impedir que un censor inepto le hiciera mayor daño—; no fue llevada a la escena sino 65 años después, hasta 1902, y ha sido censurada varias veces también en el siglo veinte. El autor murió de tifo a los 23 años.
Ahora sabemos que con La muerte de Danton y Woyzeck, Georg Büchner fundó el teatro de vanguardia del siglo veinte. Entonces sólo se supo que el autor tenía una imaginación obscena, un lenguaje procaz y la desfachatez de firmar como propia una obra que no era sino la teatralización de algún capítulo de la Historia de la Revolución Francesa de Thiers.
En efecto: los personajes históricos (especialmente Danton, Robespierre y St.Just) respondían puntualmente a lo que se sabía de ellos —sin que el autor los caricaturizara ni condenara explícitamente—, y en lugar de crear alegorías heroicas, tipo Schiller, Büchner enlazaba una gran cantidad de escenas rápidas donde abundaban el pueblo menesteroso, las putas, los libertinos, los mendigos, los borrachos, los carceleros, los radicales y especialmente los prisioneros que esperaban la guillotina, con una técnica de contrastes, parodias, humor negro y reflexiones nihilistas en epigramas brutales.
Lo que al parecer nadie sabe todavía es de qué lado estaba Büchner. La muerte de Danton ha sido vista y leída como una feroz condena de la Revolución Francesa, y especialmente de la época del Terror y del Comité de Salud Pública, y en tal sentido ha ganado muchos aplausos en Nueva York. El crítico John Simon la recomendó, en los años sesenta, como antídoto para el izquierdismo juvenil: “El peligro de una revolución justa, nos advierte Büchner, no está sólo en su fracaso, sino también en su éxito”.
Pero desde 1886 La muerte de Danton ha figurado en las bibliotecas socialistas e izquierdistas de Europa y los Estados Unidos. Críticos marxistas tan serios como Georg Lukcács la consideran un estudio profundo de la mentalidad revolucionaria del siglo XVIII, mientras que gobiernos e instituciones conservadores encuentran en ella, pese a su denuncia de las matanzas, un fuerte olor a subversión. Dijo Gutzkow en 1837: “La atmósfera Sansculotte impregna la obra, bulle en ella la Declaración de los Derechos del Hombre, cubierta con rosas, pero desnuda; y el símbolo que cohesiona toda la obra es el gorro frigio”.
Danton, el héroe que también creyó y ejerció la violencia revolucionaria, cae en desgracia ante Robespierre y St. Just, que son más radicales que él, o tan radicales como él lo había sido apenas meses atrás. Hay una semana de persecución, un juicio infame y la ejecución. En torno vemos a un pueblo que en lugar de pan y vino, recibe de la Revolución una cuota cada vez más abundante de cabezas guillotinadas. Hasta aquí un Carlyle estaría de acuerdo: se trata de una Revolución de nota roja. Pero Büchner sufre, a los 21 años, la melancolía revolucionaria y escoge a Danton para expresarla. No escoge a un arrepentido, ni a un enemigo de la Revolución, sino a un antihéroe peculiar: el revolucionario que duda, que ha sido asaltado por el desánimo y el escepticismo, que ya no cree en la Revolución.
Los diálogos y monólogos de Danton, que imitan con brillantez la forma epigramática de los clásicos grecolatinos, con mucho Rabelais, Villon, La Rochefoucauld y Voltaire por añadidura, dicen que nada tiene sentido, que todo es vacío, putería y mierda, enfermedad y gusanos. El hombre y la humanidad no son mejorables: son como son, misteriosas y lamentables criaturas del mundo, y no se puede hacer en favor de ellas mejor cosa que dejarlas vivir como son, sin someterlas a ideal alguno. Así es su naturaleza, y querer mejorarla conlleva a crueldades y delirios aun peores que la propia condición humana.
Lo que aterroriza en La muerte de Danton, más que unos crímenes que lo mismo ocurren en las revoluciones que en el orden establecido, es el tremendo espectáculo de un creyente, del Gran Creyente, que ha perdido la fe. Y cuando un creyente pierde a su Dios o a su idea, nada queda en el mundo sin desesperación absoluta, sin absurdo total. La importancia de La muerte de Danton está en que se abisma en la noche oscura de todo revolucionario, de cualquier revolución.

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