domingo, 2 de noviembre de 2008

VEINTE AVENTURAS. TERCERA PARTE

VEINTE AVENTURAS DE LA LITERATURA MEXICANA. TERCERA PARTE.

¿CÓMO SALVAR A ARTEMIO DE VALLE-ARIZPE?

¿Habrá modo alguno de salvar a Artemio de Valle-Arizpe (1888-1961)? El último intento fue, hará treinta años, la antología, con un generoso ensayo de Arturo Sotomayor, que publicó la entonces prestigiosa Biblioteca del Estudiante Universitario (UNAM): Don Artemio. ¿Alguien lo lee ahora, alguien lo respeta? De repente se le reedita, pero en tomos menos dirigidos a la lectura que al obsequio prestigioso, o al adorno.
Discípulo del poeta Manuel José Othón y de Luis González Obregón (México viejo), y contemporáneo de Reyes y de Genaro Estrada, fue el más prolífico y tenaz de los “colonialistas” —escritores dedicados a reivindicar pintorescamente a la Nueva España—, de quienes ya el propio Estrada se burlaba tanto en Visionario de la Nueva España como en Pero Galín.
Produjo acaso medio centenar de títulos (la cifra es incierta, pues hay textos recopilados con títulos diferentes) que fueron muy gustados en su época: Valle-Arizpe era uno de los escasos escritores mexicanos que agotaban sus libros; y los reeditaba, a veces hasta configurar esbozos de bestsellers como Virreyes y virreynas de la Nueva España (1933), Por la vieja calzada de Tlacopan (1937), El canillitas (1941), y especialmente La Güera Rodríguez (1951), así como diversos tomos de cuentos, leyendas o sucedidos de calles o edificios coloniales, del tipo de Historias, tradiciones y leyendas de las Calles de México (1959), que fueron explotados sin piedad —ni crédito, ni regalías— por ciertos cómics, radionovelas y telenovelas durante décadas.
Hay que reconocerle méritos a don Artemio. Fue un escritor nato, no un burócrata de la historia o de la literatura, a pesar de su largo (y discretísimo) reinado como Cronista de la Ciudad (1942-1961). Escribía porque le gustaba, de lo que le gustaba, y su apoyo mayor, si no es que único, estaba principalmente en sí mismo y en sus lectores.
Tanto los historiadores como los literatos de la época lo abominaban, sobre todo a partir de los años cuarenta, cuando la literatura se pretende cosmopolita (“el mexicano universal”), y la historia se hace “científica” en la universidad y en El Colegio de México, con cierta razón... y con demasiados prejuicios.
La cierta razón: Valle-Arizpe había aprendido de González Obregón y de otros estudiosos del siglo pasado el oficio de sumirse en los archivos en la busca detectivesca de la fuente y del dato. Pero ésa era su única credencial como historiador moderno.
Era un mero abogado, toda su cultura provenía de conquistas de autodidacta (la universidad, dizque inaugurada en 1910, sólo empezó a funcionar, y pésimamente en cuestión de humanidades, hasta 1920); no sé qué aprendió en sus años diplomáticos en Madrid y Bruselas (1919-1928), salvo, desde luego, gastronomía y visitas a museos.
No sabía mucha historia general. Escribía casi de gratis y con entusiasmo para periódicos o ediciones que, en ocasiones, él mismo tenía que costear. Y alegremente mandaba a paseo a todos los teóricos modernos de la historia y a todos los “mexicanistas” (que son quienes conocen “científicamente” a México; los nativos sólo saben ideología, estatuye el Colmex).
Encontraba su dato y, a la manera antigua (digamos, de un Riva Palacio), lo transformaba en un relato, donde se permitía toda la imaginación que le viniera en gana. Un Robert Ricard, un Leonard Irving, un Karl Vossler, un Alfonso Méndez Plancarte, un Silvio Zavala, un José Gaos, un Ramón Iglesia, un José Miranda, un Edmundo o’Gorman se jalaban los pelos. ¡Pero está haciendo la anti-historia! ¡Está haciendo no-ve-las!
Como literato no le iba mejor. Su ideal de narración era el costumbrismo romántico (un José T. Cuellar, “Facundo”, perdido en La Profesa), pero ya no tan dirigido a rancheros y chinas poblanas de vecindad como a duques, espadachines, frailes y virreyes. Disfrutar la viñeta colorida, aderezada con cierto humor. Esto en la época de las vanguardias, o del realismo directo y brutal de Azuela y Guzmán.
Y escribía en la “fabla del habedes”, que Estrada ridiculizó: un castellano más bien actual y coloquial, pero adrede amanerado con multitud de arcaísmos y palabras de sacristía, para que sonara como del siglo XVII. Así, del dato extraía muy libremente una anécdota pintoresca, y nos la aderezaba con colonialismos, a manera de pátina sabrosa.
De cualquier manera, gracias sobre todo a Valle-Arizpe se rompió la ignorancia y el desprecio de la sociedad mexicana medianamente culta por la Nueva España. Quiso vendérnosla como una época llena de color y romanticismo, con cuentos macabros y óperas bufas, pletórica de vida sensorial: comida, edificios, retablos, muebles, música, puñaladas, líos de herencias, motines de monjas, ceremonias, escenas populares, efemérides eclesiásticas. Un balzaciano de Loreto y la Plaza Mayor; un proustiano de la Santa Veracruz y la Alameda.
Hizo un poco con la Nueva España lo que los novelistas europeos —buenos y malos— lograron con respecto a la Edad Media: transformarla de una oscuridad de polvosos trebejos en un escenario emocionante. Tan lo logró que se agotaban sus ediciones, e invadió —por intermedio de coautores piratas— la radio, los cómics, la tele. ¡Ah, si se le hubiera ocurrido “El jorobado de la Basílica de Guadalupe”!
Nuestros críticos de historiografía y de literatura no lo han zaherido, sólo lo ningunean por completo. Se odia algo más que un uso “demasiado insuficiente, anecdótico e imaginativo” del dato, y que ciertos rasgos “anacrónicos” al concebir y narrar un cuento. Lo que detestan los criticastros y profesorucos en Valle-Arizpe es algo más profundo. Esos ruines pecados podrían tratarse de:
1) Don Artemio es un escritor auténtico, malo o bueno, pero escritor, creador, no un cofrade de la industria académica ni de parnaso alguno;
2) que como tal, opina a su manera, que les resulta un tanto caótica, y no según escuelas, modas o tendencias; esa manera es la de un librepensador maderista (fue diputado maderista por Chiapas, 1910-1912, aunque nació en Saltillo y murió en la Colonia Del Valle) que se emociona con el pasado novohispano, pero con un sesgo harto juarista y bohemio, incluso a pesar de sí mismo, tal vez a ratos involuntariamente.
Este cantador de frailes y monjas conoce y ama la lujuria. “¡Se está cachondeando a las monjas de La Concepción!”, denunciaría algún exmarxista profesor de la Ibero. Este venerador de catedrales, y lamentador de la destrucción de los antiguos conventos, conoce muy bien de qué pie cojeaba el clero, y lo dice. “¡Está pintando a los frailes como si fueran gandules, espadachines o arrebatacapas!”, gritaría alguna lerda profesora del Colmex, quien se imagina abadesa clarisa de la Sociedad Civil.
Y 3) a la manera de un prosista del siglo XIX, no privilegió géneros especializados. Nunca dijo: ahora hago novela, ahora sátira, ahora historia, ahora ensayo, ahora cuento; hacía escritos. Escribía, ¿para qué más? Hacía su literatura. Y tenía lectores. Muchos.
Los historiadores lo encontraban demasiado literato; los literatos, demasiado historiador. A los cultos molestaban sus anacronismos de amateur o de superviviente de épocas pre-universitarias; a los populacheros, ¡tanto vocabulario, tanta cultura! A los mundanos les resfriaba tanto cura; a los clericales, tanto mundo. La izquierda decidió que la Nueva España era, sin más, una causa reaccionaria; la derecha, que su autor y sus libros eran non sanctos. (“La función del escritor verdaderamente cristiano, filosofaría el arzobispo-académico Luis María Martínez, es pintar el edificante ‘deber ser’; no el insignificante ‘ser’ de los pecadores”.) La academia susurró, escandalizada, que no eran académicos. Los diletantes, que no eran modernos. El lector común, por miles, decidió en masa leer varios de sus libros.
En suma, quienes hubieran podido celebrar su obra colonialista, compadres del PAN y de la Iglesia, gente del rumbo de los Caballeros de Colón, lo encontraban endiabladamente mundano, casi obsceno, frívolo, irónico cuando no sarcástico, con respecto a los abalorios coloniales que querían objeto exclusivo de servil veneración ideológico-religiosa. Consideraban a Valle-Arizpe casi un sacrílego que ventilaba los trapos sucios de la Iglesia con el pretexto de hacer historia colonial.
Y quienes hubieran querido combatirlo, se declaraban vencidos a las primeras cincuenta páginas de cualquiera de sus tomos, por la aparición de tanto Caballero de Santiago, tanta monja, tanto estípite, tanto alarife, tanta alcaicería, tanta cerámica y confitería, y sin ir más allá, lo condenaban al silencio de un museo. “¿Por qué no escribirá este catrín algo más moderno?”, susurraría algún asiduo vanguardista del Café París, en 1934, en el intersticio que le dejaban sus sueños de colocarse, cardenistamente, de funcionario en el gobierno.
Sólo lo apreciaba —y saqueaba, siempre con crédito y provecho, sobre todo en la tele, en sus pláticas sobre las calles de la Ciudad de México— Salvador Novo, quien nos cuenta de don Artemio cosas sorprendentes (La vida en México en el periodo presidencial de Adolfo Ruiz Cortines). Una, que era un espléndido conversador, cosa que no se nota mucho (pero a ratos se insinúa) en sus libros, pues siempre traduce su lenguaje natural a “la fabla del habedes”. Segunda, que no se le encontraba mucho en las sacristías ni en los archivos, sino cotidianamente, con puntualidad, ataviado de punta en blanco cual prócer porfiriano, con sus bigotes respingados y sus lentes redondos, perfumado y coquetón, en el cine: primera función de la tarde, siempre solo. ¿Qué prodigios caballerescos iba a buscar, solo, en los cines, a tan juvenil hora, además (supongo) de la película?
Claro que se le habría podido preguntar a Novo: y tú, cuando descubriste in fraganti a don Artemio, ¿que andabas haciendo, también solo, también muy ataviado y perfumado, en tal cine, que pasaba tan rascuache y conocida película, a esas juveniles horas de la tarde? Hélas! les cinémas d’hier!
De modo que para salvar a Artemio de Valle-Arizpe hay que empezar por considerarlo principalmente como un poeta gustosamente solitario —bueno o malo, pero auténtico— que bogaba a su propio capricho, contra las poderosas corrientes adversas de la historiografía y de la literatura de su tiempo.
Sí, se quedó fijado en la concepción juvenil, porfiriana, que se hizo de ambas disciplinas hacia 1910, y contra viento y marea trató de realizarla en su madurez y en su vejez. Eso quería. Eso hizo. Al diablo los demás.
Muy probablemente casi todos sus libros pudieron haberse escrito antes de la Revolución (que lo encuentra ya de 26 años). Ese liberalismo esencial al mismo tiempo muy crítico de las tropelías de los liberales (el fanatismo ideológico; el saqueo venal, corruptísimo, y la destrucción de bienes eclesiásticos); ese amor por la herencia religiosa colonial, a la vez muy consciente de todos los grandes pecados del clero, a ratos incluso jacobino (alguno de sus cuentos de convento habría divertido a Diderot); ese erotismo acezante, pero siempre contenido, en el umbral de fuego; ese culto por lo pintoresco, por los aparecidos y bandidos de novelas de folletón, por los adulterios y otros pecados ocultos de gente famosa o encumbrada, por la caricatura irreverente pero jamás incendiaria.
Incluso su “fabla del habedes”, su artificioso lenguaje colonialista, era una aspiración de algunos modernistas; en sentido contrario, hacia la celebración del gaucho y de la vida campirana, Leopoldo Lugones echó a perder todo un libro de relatos con una “fabla gauchista”. (Luego, Luis González y González inventó en Pueblo en vilo y otros escritos una “fabla ranchera”, no menos artificiosa y pesada, ¿pero quién le ladra a Luis González y González entre el servilismo intelectual del Colmex, de la Ibero, de la UNAM?).
Colonialista indiscreto, Valle-Arizpe nos lleva a la prestigiosa Nueva España también para hurgar o inventar en ella rincones incómodos, chuscos y pecaminosos. Busca con frecuencia la perspectiva inconveniente, sarcástica, delatora del pasado; el pícaro Canillitas, y una cocotte política: La Güera Rodríguez, amante de todo prócer, de Bolívar a Iturbide, son algunos de sus grandes aliados en su tarea de hacer de la Nueva España el centro de nuestras nostalgias, sí, pero sin olvidar sus calles apestosas con hartos puñales, pleitos a muerte por honra o por centavos en las narices mismas de la Virgen y del Santísimo, alcobas turbias de carne viva, y una casa interminable de la risa bien surtida de manjares y golosinas por religiosas pantagruélicas. Nunca han sido más tragones los novohispanos que en un escrito de Valle-Arizpe.
Mucho, muchísimo más se sabe hoy en día de la Nueva España de lo que Valle-Arizpe conoció o soñó. Se han reorganizado posteriormente los archivos; se ha becado a centenares de barbudos extranjeros e imberbes y pasantes mexicanos para trasegarlos; se ha tenido que hacer miles de tesis sobre tales documentos. Y los barbudos-de-los-barbudos espigan, doctorales, en todo el material recobrado por sus tamemes académicos, y salen con alguna seriesota y archidocumentada batea de babas summa cum laude, generalmente en honor del rey, de los virreyes, de los hacendados y mineros, y sobre todo del clero. ¡Eran tan buenos como el pan! Qué crimen de los ultras liberales ¡y masones! haberlos tocado. ¡Qué i-rra-cio-na-li-dad luchar por la independencia!
Artemio de Valle-Arizpe, con el oficio que tomó —en asalto autodidacta— de sus escasos predecesores (Del Paso y Troncoso, Marroqui, García Icazbalceta, Antonio García Cubas, Orozco y Berra, Genaro García, Luis González Obregón; además, claro, de toda la literatura e historiografía novohispanas entonces asequibles), soñó su propio sueño; independientemente, en su cuarto, a su manera, sin oportunismo mercadotécnico, académico, literario, ideológico ni político alguno. Tuvo la suerte de contar en su propio tiempo con algunos miles de lectores (que eran todos los lectores de México, y algunos más).
Siempre he leído a Artemio de Valle-Arizpe, a quien me impuso en la preparatoria, como modelo de escritor, mi maestro Arturo Sotomayor, su discípulo; algunas veces he escrito elogiosamente de él (Revista de la Universidad, mediados de 1977); otras le he ladrado. A mi manera, “artemicé” en La literatura en la Nueva España y Esplendores y miserias de los criollos (Cal y Arena).

POR LA VIEJA CALZADA DE TLACOPAN

I
La idea fue inspirada. Su eficacia continúa sesenta años después: en Por la vieja calzada de Tlacopan (1937; sigo la segunda edición, corregida y aumentada, de Compañía General de Ediciones, 1954), Artemio de Valle-Arizpe cuenta cuatro siglos de historia de la ciudad de México a través del relato de una sola calle. Nuestra Main Street, diría Sinclair Lewis.
Se trata de la que los mexicas llamaban Tlacopan, y que ahora, empezando desde las espaldas de Catedral, admite los nombres de Guatemala (solo una cuadra), Tacuba, Hidalgo, Puente de Alvarado, Ribera de San Cosme, hasta lo que fue la Fuente de Tlaxpana o “de los músicos” (porque tenía estatuas de músicos), cerca del Circuito Interior —donde una “excapilla británica” señala el sitio del cementerio para protestantes, y para los ateos, masones y descreídos a quienes les Iglesia negaba, hasta que Juárez decidió otra cosa, sus panteones.
Esa calzada (que en la Colonia se repartió en diversos nombres: Escalerillas, Tacuba, Santa Clara, Betlemitas, San Andrés, Terceros, Santa Isabel, Puente de la Mariscala, Santa Veracruz, San Juan de Dios, Alameda, San Diego, San Hipólito, San Fernando, Buenavista, San Cosme, Tlaxpana) era la calle más grande de la ciudad y, con la de San Francisco, una de las más ricas e importantes.
La recorría un acueducto de 900 arcos (que llegaba desde Santa Fe y Chapultepec —con sus dos corrientes, una de agua “delgada” (que se entubó en plomo desde fines del siglo XVII) y otra de agua “gorda”— hasta el Puente de la Mariscala, donde hoy está el Eje Central), y en ella se asentaba buena parte de los edificios más suntuosos e importantes de la ciudad: el seminario y la universidad (durante algún tiempo); Catedral, el palacio de Cortés (que “era menos un palacio que otra ciudad”), un grupo de tiendas llamado Alcaicería, diversos conventos, templos y hospitales, como los ya mencionados que dieron sus nombres a las calles; además del actual Palacio de Minería, la Alameda, el quemadero de la Inquisición, la Casa de la Pinillos o Palacio de Buena Vista [actual Museo de San Carlos], Mascarones, etcétera. De este modo, Valle-Arizpe tañe un nervio fundamental de la ciudad. Retomará esta inspiración (con mucho menor fortuna, a pesar de sus célebres páginas sobre los barberos y las tortas de Armando) en Calle vieja y calle nueva (1949), con respecto a la actual 16 de Septiembre, y en El Palacio Nacional.
Según su manera habitual de escribir, este libro es una mezcla de géneros (historia, literatura, crítica de arte, periodismo) y una mezcla de estilos. Recae en el artificio de amanerar adedre su prosa con ultracorrectismos (“redichos”, se decía antes, v. gr.: diferenciar cementerio, el sitio, de panteón, el conjunto de monumentos); con arcaísmos (“la fabla del habedes”, como en “sus amigos eran la horrura de la ciudad”, “con los baratos se ganaban amigos” y “doce hampones de los de su carpanta”); y lo que es más desagradable, con “beatismos”, para nombrar de alguna manera la imitación del estilo hagiográfico de los viejos clérigos: “Pedro López tenía alma seráfica de un santo... Lleno de bondad se dedicó solamente a hacer el bien, se puso en la obligación de repartir beneficios. No descansaba nunca en su caridad; en dondequiera se manifestaba amplísima... Más de cuarenta años trabajó con ardentísimo celo, con infatigable tesón, sin que se amenguara su constancia...”
Nos insiste continuamente, sin que le conste ni venga a cuento, que todo predicador era devoto, todo fraile de hospital un santo mártir, todo establecimiento religioso una labor angélica; y esto menos con una genuina intención religiosa que estilística: parecerse a los antiguos textos que narraban la vida y vicisitudes de las instituciones religiosas. Cuando de alguien dice que fue “un santo varón”, no está metiendo las manos en el fuego por su virtud, sino reproduciendo un rasgo de escritura hagiográfica, de la misma manera que un mal seguidor de Góngora escribiría “solitudines” por “soledades”.
Estos son sus principales escollos. Con demasiada frecuencia, cuando Valle-Arizpe quiere sonar arcaico, compartir el tono digamos de un escrito de Mendieta, Torquemada o Sigüenza y Góngora, suena simplemente beato, a predicación anacrónica. También a menudo, el lector se pregunta qué tanto de lo que está leyendo es historia auténtica, qué es simplemente leyenda o folklore eclesiástico (v.gr.: los frailes guapos que se desfiguraban con fierros ardientes la cara, para que no les hicieran ojitos las feligresas), y qué está el propio autor inventando o sobrecargando de tintas sobre la marcha.
Un ejemplo: los documentos antiguos de la edificación, consagración o reconstrucción de edificios religiosos suelen proliferar en mentiras o exageraciones sobre la virtud o santidad de sus fundadores, autoridades y benefactores. Eso es el lugar común. Habitualmente se alababa, con exageración barroca, a esas personas. Y no por ello vamos a creer que la Ciudad de México era la Ciudad de Dios; simplemente, que se solía escribir así en agradecimiento o memoria de los donantes y las autoridades, del mismo modo que en nuestro tiempo se habla en las inauguraciones, conmemoraciones y obituarios del patriotismo y la “vocación de servicio” de políticos como Echeverría, López Portillo y Salinas, o empresarios como Espinosa Iglesias, Alejo Peralta y los Azcárraga.
A Valle-Arizpe le gusta este rasgo de estilo, y nos refiere tales “vidas ejemplares” como si esos lugares comunes hagiográficos fueran hechos históricos comprobados. Los novohispanos sabían que llamar “santo varón” a alguien en tal celebración constituía una simple rutina protocolaria; nosotros sabemos tomar con pinzas los elogios del patriotismo y la “vocación de servicio” de nuestros próceres y potentados.
En otras ocasiones el novelista se apodera del historiador y nos cuenta, como si hubiera estado ahí, que tales monjas de Santa Clara de veras eran unas furibundas, y que tales maestros betlemitas de veras eran todos los días unos sádicos con los niños. ¿Unas y otros realmente fueron particularmente así, a diferencia de sus contemporáneos, o simplemente Valle-Arizpe encontró al azar alguna referencia a la que le vino en gana enfatizar? En todos los conventos de monjas hubo algún pleito a muerte por el nombramiento de alguna abadesa; en todos los colegios de niños se usaba, hasta hace muy poco, la varita de membrillo.
Hasta ahí las objeciones. Lo demás es crónica o conversación histórico-literaria eficaz. Paseamos a través de la vieja calzada de Tlacopan, y a cada paso vemos resaltar el perfil de un sitio, de un edificio o de una costumbre (el Paseo del Pendón, el salto que nunca dio Alvarado, y la no tan novohispana costumbre de quemar judas, por ejemplo), a través de los siglos, desde la Noche Triste de 1520 hasta principios del siglo XX, cuando se levantan los palacios porfirianos (el actual Museo Nacional de Arte, Correos, Bellas Artes) sobre las ruinas novohispanas.
Priva cierta superstición de que lo noble de una ciudad es no estar habitada, sino decorada: ser una maqueta sacra. Valle-Arizpe se emociona con una anticivil calle de lujosos templos, conventos y palacios, en los siglos coloniales, y se aburre con la nueva, del siglo XIX, que se dedica civilmente a la vivienda (hasta San Hipólito, que era iglesia y manicomio), y al lujo campestre (de San Fernando a Tlaxpana), con algunos antros y “tívolis” suburbanos, quintas para vacaciones y su gran estación del ferrocarril.
Sólo le dedica entonces, además de refunfuños antimodernos y antiliberales, un catálogo de “vecinos notables”, entre los que se cuentan cuatro damas famosas: la desgraciada exvirreina O’Donojú, caída en la indigencia (desatendida en México durante su viudez y odiada en España, a causa de la puntada de su marido de conceder tan automáticamente la Independencia); la criadita Josefa Ortiz, algo casquivana, que se convertiría —ya con hijos— en esposa del corregidor de Querétaro; la marquesa Calderón de la Barca, excelente autora de La vida en México, y la feúcha soprano Ángela Peralta, quien había triunfado en La Scala de Milán con la Lucia de Lamermoor. Hay próceres como el general Santa Anna (a quien el endiablado Valle-Arizpe elogia como ¡el introductor del chicle en los Estados Unidos!), el mariscal francés Bazaine, el impenitente ultraliberal Manuel Romero Rubio e Ignacio Vallarta; sabios del tipo del doctor Eduardo Liceaga, a quien la Patria agradecida convirtió en esa fea estatua, tiznadísima, que dirige tan mal el tráfico entre Río de la Loza, Avenida Chapultepec, Bucareli y Avenida Cuauhtémoc; y arquitectos como el magnífico Tolsá y Lorenzo de la Hidalga, quien otorga la rima en su apellido. Proliferan los literatos: el bibliógrafo Beristáin y Sousa (a quien le dio el torzón en pleno púlpito de catedral, por injuriar en su sermón a los insurgentes); Lizardi (no pagó la renta y se burló de su casera), Alamán, Prieto, Payno, Riva Palacio, Altamirano, Gutiérrez Nájera, Francisco Pimentel, Joaquín Arcadio Pagaza, Joaquín García Icazbalceta, Justo Sierra...

II
Todo el libro es una andanada contra los “bárbaros” que destruyeron el patrimonio colonial. Ciertamente Juárez y su generación se llevan la palma, pero Valle-Arizpe recuerda (sólo que sin énfasis):
1) Que los edificios novohispanos también eran —pobrecitos— mortales: se incendiaban, se resquebrajaban con los temblores y las inundaciones; sufrían la especulación, la violencia y los más diversos caprichos de sus propios contemporáneos: así, la mayor parte de los templos y conventos del siglo XVI y principios del XVII no fue destruida por los liberales, sino por los propios novohispanos que también tenían sus cambios de ambición y de gusto: el siglo XVIII tiró muchísimos edificios viejos para construir otros, en un nuevo estilo, con mayor opulencia;
y 2) Que, precisamente en la calzada de Tlacopan, los novohispanos olvidaron las primeras sabias ordenanzas de construcción, que tomaban en cuenta que se trataba de una zona lacustre, fangosa, donde ocurrían temblores, y recomendaban levantar sólo edificios ligeros de tezontle. Desde el propio siglo XVII se hundían los templotes, los conventones; el Palacio de Minería se hundió, recién inaugurado; el convento de Santa Isabel, donde hoy está Bellas Artes, también se había hundido muchísimo, cuando fue derribado, en parte porque ya era un vejestorio insostenible.
Pero se le olvida a Valle-Arizpe que una ciudad no es un museo eterno, una maqueta en vitrina, y menos cuando no hay turismo (no lo hubo hasta bien entrado el siglo XX). Ninguna ciudad se dedica a subsidiar miles de monumentos, a expensas de la actividad económica y social de su tiempo. No existe el París que fundó Julián el Apóstata. También Madrid y París, durante los siglos XVIII y XIX, derrumbaron buena parte de sus vejestorios para edificar novedades —y por ahí, que se sepa, no anduvo Juárez.
Tampoco convence mucho en el sentido de que todo templo o convento desaparecido, sólo por ya no existir, fuera una gran obra de arte. De muchos ni siquiera sabemos sino puras palabras —y los novohispanos, al cabo mortales, también sabían mentir—, o estampas vagas (y aun falsas: hay un óleo de la Ciudad de México que pinta una catedral concluida un siglo antes de que lo fuera en la realidad, y coronada de una enorme torre solitaria que sencillamente nunca existió). Lo más probable es que la mayoría de los monumentos religiosos desaparecidos se parecieran demasiado a los muchos que todavía infestan nuestro pobre Centro Histórico, tan escaso de estacionamientos.
Su furia, sin embargo, es razonable y auténtica. Sobre el Hospital de Terceros (para los franciscanos de tercera categoría), al que sin fundamento ostensible considera el más filantrópico del mundo —¿por qué más o menos que otros hospitales?—, nos señala que había logrado sobrevivir hasta la Reforma, cuando fue presa de la rapiña liberal. Aun así, echado a perder incluso por Maximiliano, quien se puso a modernizarlo, alcanzó la linde de nuestro siglo.
Entonces “este edificio fue demolido hasta sus mismos cimientos para construir en su lugar la actual casa de Correos. A este propósito y asimismo al del derribo que se hizo del Hospital de San Andrés para que el arquitecto italiano Silvio Contri levantara Comunicaciones [actual Museo Nacional de Arte], y al de la demolición de Santa Isabel con el objeto de que Adamo Boari, también italiano, edificara el costoso Teatro Nacional o Palacio de las Bellas Artes, recuerdo las expresivas palabras que Carlos V dijo a los canónigos de Córdoba cuando visitaba la famosa Aljama: ‘Hacéis lo que puede verse en todas partes y habéis destruido lo que era singular en el mundo’”.
¿Eran tan singulares, o simples construcciones barrocas del tipo que “puede verse en todas partes” en México, Hispanoamérica, España, regiones de Italia? Los edificios mexicas, en cambio, sí habían sido “singulares”, sencillamente porque no respondían a una cultura extendida en dos continentes, sino regional, y no hubo en la Nueva España ningún Valle-Arizpe que recordara la frasecita de Carlos V. También fueron objeto de piqueta y rapiña. Se gime tanto por “la piqueta de Juárez”, y tan poco por las de Cortés, Zumárraga, Velasco, Palafox.
Lo que ocurre es sencillo: el mundo se rige por el duro presente, no por nostalgias nacionalistas de una Edad de Oro. Así como para los españoles las construcciones aztecas eran aborrecibles porque representaban una cultura “demoniaca” y “bárbara”, que además no les servía de nada y estorbaba sus intereses, a los propios novohispanos ilustrados del siglo XVIII, a los liberales y a los porfiristas les resultaron odiosos los monumentos barrocos porque eran enormes palacios “ociosos”, “incómodos”, “insalubres”, “muertos”, “no productivos”, muy costosos de mantener, que ocupaban demasiado terreno en el suelo más caro de la ciudad.
Ellos no se distinguían por la cultura de “recuperación del patrimonio nacional” propia del México posrevolucionario, sino por la cultura de la construcción de una nación capitalista moderna. Los liberales no admiraban tanto a Satanás, sino al Barón de Hausmann, quien echó triunfalmente por tierra medio París.
“Sin ninguna necesidad de derribar tan importantes monumentos arquitectónicos, prosigue don Artemio, los edificios modernos con que los reemplazaron pudieron haberse alzado en otros sitios de la ciudad que habrían embellecido. Esas viejas construcciones y muchísimas más que han deshecho por todos los rumbos de México, debieron haberse respetado, pues son de las que dan carácter, fisonomía y estilo propio a una ciudad. El inmoderado afán de destruir es peculiar de todas las épocas en nuestro país. Se dice que es progreso”.
Muy conmovedoras palabras, pero totalmente arbitrarias. Ninguna sociedad, y menos en los siglos XVIII y XIX, tenía como prioridad dar “carácter, fisonomía y estilo propio a una ciudad”. La prioridad era económica y social. Muchos templos y conventos en una época; muchos edificios de administración, negocios y servicios civiles en otra. Y las nuevas construcciones no pudieron “haberse alzado en otros sitios” sencillamente porque la gran avenida, la rentable, la que valía la pena, era la vieja calzada de Tlacopan, la primera arteria comercial, que también descollaba en cuestiones políticas y académicas, y no Tacubaya o Santa Anita.
Los mexicanos modernos levantaron ahí el Palacio de Minería, el de Comunicaciones, el Correo, Bellas Artes, porque respetaban más a los vivos que a los muertos, y más el valor de los bienes raíces que novedosas ensoñaciones colonialistas. Habrían cambiado con gusto un buen puñado de conventos por una servicial línea de ferrocarril. ¿Pero de dónde sacar dinero para modernizarse, en un país estragado? De la especulación inmobiliaria. Al parecer, se trató además de un formidable negocio para un grupo de modernizadores, a quienes la revolución (de la Reforma) les “hizo justicia” de esa manera.

III
Nosotros podemos pensar de otro modo, por razones ideológicas: a diferencia de nuestros antepasados ilustrados y liberales, amamos “el patrimonio cultural”. Ellos amaban el futuro, el progreso. Quién sabe qué perspectiva sea más desastrosa: la sobrevaloración del pasado, o la del futuro; la codicia de bienes, o la codicia de “raíces”, “identidades”, “esencias”.
Los novohispanos no tenían este regusto enfermizo por su propia cultura. Sus templos y conventos eran casas de Dios, de tales o cuales sectores importantes de su sociedad, y cumplían funciones cotidianas precisas, y no intocables pedazos del alma nacional, de la identidad mexicanista. Con toda tranquilidad tiraban un edificio renacentista para alzar un barroco, y un barroco para reemplazarlo por uno neoclásico, si tenían plata y ganas de levantar algo más a su gusto.
Por lo demás, todo este jeremiqueo por “el pasado monumental” de la Nueva España está por acabarse. Se funda en la premisa de un gobierno dadivoso que subsidie el mantenimiento de los miles de monumentos y ruinas (hundidos, quebrados) que sobreviven. Nunca ha habido presupuesto gubernamental suficiente para mantener con decencia siquiera a una buena parte de ellos.
Y lo habrá menos, con la nueva política estatal de restringir los rubros “no productivos” del gasto. Como en otros países del mundo, muchos templos y conventos sobrevivientes se volverán hoteles, bares, salas de convenciones (ya van siendo eso: bancos, oficinas, sede de asociaciones fantasmas de profesionistas y de culti-universitarios, como San Ildefonso, que a mí todavía me sirvió de simple y querida prepa) o cualquier otra cosa. Y con respecto a los más dañados, se esperará un benéfico temblor que los eche por tierra sin violar la ley de monumentos históricos.
Sólo se podrá mantener oficialmente como museos a una selecta nómina de monumentos coloniales. La iglesia es avara: no quiere mantener ella misma suntuosas catedrales faraónicas: que las mantenga Hacienda, dicen los obispos. Se declama muy bonito que hay que conservar miles de ruinas onerosas. ¿Existe el dinero para ello? Además, hay como 20 mil zonas prehispánicas, todas con cargo al erario. ¿Quién va a pagar tanta nostalgia? Sí: toda piedra es historia. Y también los cerros. ¡Pero cuánta piedra, cuántos cerros!
Artemio de Valle-Arizpe, hombre de su época —que es la posrevolucionaria de la “revaloración del pasado mexicano”—, entregó su furia y su capacidad de ensoñar a ciertos monumentos sobrevivientes y a una asamblea de monumentos fantasmas, a los que amó sin duda más que a cualquier cosa moderna. (Aunque él era bastante moderno, sus ironías lo delatan; pero decidió, con cierto esnobismo “colonialista”, cargar con los rencores decimonónicos, antiliberales, de un reverendo Montes de Oca, de un García Cubas, de un González Obregón, sus maestros.)
Asiste con júbilo a la ruina (hundimiento, grietas) del Palacio de Bellas Artes, ese horrible —de acuerdo— intruso que destronó al convento de Santa Isabel (lo que es falso: ese convento ya estaba destruido y sus restos convertidos en talleres y vecindades). Algunos indios o mestizos y criollos indigenistas debieron, en la propia época colonial, asistir con júbilo semejante a la destrucción por temblores, fuego, inundaciones, codicia, motines y otros percances, de los arrogantes edificios coloniales que habían usurpado el sitio de las construcciones mexicas.
Debe retorcerse de ira el buen colonialista, al ver que sus horrendos villanos porfiristas, contra los que vociferaba —Museo Nacional de Arte, Correos, Bellas Artes—, por haber atracado y destruido a sus antecesores novohispanos y usurpado su sitio, se han convertido, a su vez, en glorias nostálgicas de la patria, en Identidad Nacional, en onerosas ruinas decimonónicas que hay que mantener a toda costa, porque si no se nos acaba el alma de la nación. Ahora hay nostalgia de don Porfirio, el ogro que hizo vecindades de los conventos. (¿De veras son menos importantes las vecindades que los conventos?)
Pero importa la pasión y el talento. Por la vieja calzada de Tlacopan, medio atrabiliario en sus arcaísmos y “beatismos”, en su mescolanza de historia, novela, leyenda, periodismo y hagiografía, es un libro encendido de recuperación imaginaria de la suntuosidad colonial (¿por qué sólo se recuerda lo suntuoso de escasos sitios coloniales, como esta calzada —y a trechos—, y no el yermo insalubre del gran resto del mapa? La Nueva España sobre todo era una vasta tierra baldía: lo dijeron en su propio tiempo obispos como Abad y Queipo y Antonio de San Miguel.)
Quizás don Artemio fue un hombre que amó demasiado todos esos muros, columnas, patios, altares, retablos, zaguanes, balcones, sobrepellices. Exceso de celo estético, religioso y patriótico. Pero esta demasía lo exalta y dignifica. También le da un vigor estimulante, polémico: canta los tiempos coloniales con fervores de profeta indignado.
Me gustan más (nunca demasiado: los templos y los conventos aburren; prefiero —son más gore— las piedras de sacrificios) esos Primores Novohispanos dentro de la flama iracunda de las recuperaciones narrativas de un Artemio de Valle-Arizpe, que vistos fría y razonablemente en su papel histórico, o en su humildad actual de paquidermos artríticos en mitad del tráfico. ¿Ir a misa a San Hipólito? No, gracias: que mejor me cuente Valle-Arizpe la leyenda de la extraña águila labrada en su esquina. Que está bastante fea. Pero su leyenda es curiosa: se trata de un águila que lleva en las garras no a una serpiente, sino a un indio, como emisario ante Moctezuma de que el fin de su imperio está próximo.
Para don Artemio todo edificio colonial es un personaje romántico, abrumado por la desdicha y la adversidad modernas, nimbado por una remota juventud churrigueresca de oro y pureza espiritual. Son héroes y heroínas de novela o de ópera: víctimas del progreso, atropellados por la burguesísima modernidad. Emociona su erizado destino. Las óperas y novelas sobre cortesanas son más estilizadas y dramáticas que las cortesanas de bulto.
Me gusta más leer sobre esos monumentos que visitarlos; en el libro están estimulados por esa atmósfera emotiva. Valle-Arizpe hace hablar a esas piedras, y algo dicen, sí, de ellas mismas —hay concienzuda investigación histórica—, pero más dicen de una o varias generaciones de mexicanos que se encontraron no sólo frente a un futuro incierto y peligroso (el tecnológico siglo XX), sino con un pasado derribado o a punto de derribarse a sus espaldas, al que, ilusos, calificaron de Edad de Oro.
Y dedicaron su vida, en el caso de Valle-Arizpe, a protestar, a rebelarse, a combatir ese apocalipsis bifronte: ruinas de un supuesto paraíso, probables desastres en un futuro llamado “progreso”.
A su modo, don Artemio fue un héroe de perdedores, un caudillo de palacios y templos vencidos, de tiempos cada vez más remotos, de trastes cada vez más oxidados, de ornamentos religiosos que el tiempo deshilacha metódicamente, año tras año. Pero él tuvo el coraje de elegirlos como si fueran todo lo contrario: una vida más cargada de sentido que la moderna. Cosa con la que, desde luego, incluso el lector entusiasta no tiene por qué estar de acuerdo.
Por lo demás, los libros de don Artemio no se venden en La Profesa, sino en algún Sanborn’s, en algún mall.

IV
En varios de sus libros, como en Por la vieja calzada de Tlacopan, Valle-Arizpe es más ameno que excéntrico; predominan el conversador y el periodista, y sus cultismos, arcaísmos y “beatismos” aparecen prudentemente dosificados. En otros no. En otros quiere inventarse su propio estilo, y los abigarra en páginas “artémicas”, que pueden volverse casi ilegibles, casi crucigramas a lo Lezama Lima.
Es justo que el lector aprecie tal estilo por sí mismo, en uno de sus momentos mejores, como en esta satírica descripción de la vestimenta de Guillermo Prieto (cuyas obra y trayectoria ética, por lo demás, ha destacado elogiosamente):
Don Guillermo era muy descuidado en sus ropas, mugriento, astroso. Se tocaba con un haldudo sombrero negro que tenía tanta tierra como arrabal y más grasa que una tocinería. Debajo de este sombrero puerco traía perpetuamente una mantecosa montera de lana para abrigarse la cabeza de pelo hirsuto, greñoso, que jamás se apaciguaba ni siquiera con las uñas y que estaba en consonancia con el boscaje de sus barbas aborrascadas. Las solapas de su luengo levitón eran como paletas de pintor por las manchas numerosas de todos los tonos y matices que allí aglomeraba; en el chaleco había reunido a fuerza de paciencia y constancia una completa colección de lamparones, de chorreaduras y de costras añejas de toda especie y tamaño; lo usaba desabotonado para que, tal vez, se le viese la camisa, que lucía una variada serie de churretes y salpicaduras multicolores que manifestaban bien claro de qué cosas se compuso el desayuno y la comida sabrosa. Se abrigaba el cuello con una bufanda engrasada y con pringue, o poníase una corbata viejísima, mal anudada siempre, cuyas puntas sebosas le andaban aleteando por el pecho. Sus pantalones, con flecos en los bajos, traían abultadas rodilleras, y estaban tan sobados, raídos y lustrosos como la luenga levita de faldones muy sueltos y movedizos. Sólo los zapatos los usaba limpios, muy lustrados, haciendo contraste visible de su indumentaria, siempre enemistada con la limpieza. Completaba su pergeño un garrote al que por mera condescendencia se aceptaba que le llamase bastón, y un pañuelo paliacate, colorado, grandote y muy mocoso, que por igual le servía —escribe don Luis González Obregón— para “descargar las fosas nasales, que para llevar la fruta”. Etcétera.




CONVERSACIÓN CON PELLICER


En junio de 1976, Alba Rojo me llamó por teléfono con una invitación alarmante: Carlos Pellicer acababa de publicar su libro Esquemas para una Oda Tropical y había pedido que yo se lo presentara. ¿Quiénes más estarían en la mesa? Sólo él y yo. Acepté automáticamente, desde luego, y me quedé mirando al techo.
Era típico de la arrogancia y del sentido del humor de Pellicer preferir un novato a los señorones de la literatura mexicana para la presentación de su libro, ¿pero qué diablos iba yo a decir? Pellicer hacía gala de su desprecio por la pedagogía y por la crítica (luego me enteré que había sido pedantísimo como profesor, como en algún curso universitario sobre Díaz Mirón, al que asistió el joven Jaime Sabines; y llegué a presenciar conferencias suyas en la Casa del Lago, donde hacía oralmente crítica literaria densísima, particularmente diestra en cuestiones métricas y sonoras), de modo que ir a leerle a la cara un ensayo me resultaba embarazoso.
Además, Pellicer tenía mucho de un comediante socarrón, sobre todo con discípulos tímidos y embobados como yo; capaz que se me ponía a bostezar abiertamente mientras yo lo elogiaba; y si se me ocurría alguna crítica —como ya había pasado en nuestras conversaciones en su casa, junto a los pequeños Velascos que le robaron—, ¡qué tremolina de gran guiñol era capaz de armar! ¡cómo se llamaba a la guerra del fin del mundo!
Había visitado casi semanalmente durante más de un año a Pellicer para platicar sobre Vasconcelos, y el trato amable y generoso con que me distinguió en ese tiempo se estaba convirtiendo en una pequeña camaradería, ahora que mi libro vasconceliano estaba terminado y en trámites de publicación (lo aprobó y recomendó generosamente, pero dudo que haya leído todo el manuscrito). Me invitaba con frecuencia a platicar sobre cualquier cosa y me insistía en que le llevara poetas y escritores jóvenes. Quería “oír” sus textos. (Le daba flojera leerlos, pero podía pasarse un buen rato oyéndolos leer en voz alta. Claro que interrumpía mucho, no con observaciones sobre el texto, sino sobre la forma de leerlo en voz alta.)
Sí escribí, de cualquier modo, un comentario sobre Esquemas para una Oda Tropical, que se publicó en Siempre! y que no le disgustó del todo. Pero urdí para la presentación una especie de entrevista arreglada. Esbocé un pequeño cuestionario, que él corrigió y aumentó, y se suponía que después de cada una de sus respuestas él leería un fragmento oportuno que yo había seleccionado. Mecanografié y fotocopié un verdadero guión de la entrevista, con los fragmentos transcritos, y lo ensayamos (a petición suya) en su casa.
Llegamos al auditorio Gonzalo Robles del Fondo de Cultura Económica (a las 7 de la noche del 25 de agosto) con sendas copias del guión. Pellicer iba muy echeverrista, con una chaqueta clara de cuero, partiendo plaza por Avenida Universidad. Se veía fresco y vigoroso; nadie imaginó que le quedaba apenas medio año de vida.
Y empezó el lío. Cuando le tocaba hablar, digamos, del sentido cristiano de la muerte —tema en el que él había insistido muy enfáticamente—, se podía a contar anécdotas chuscas, como aquella de la sobrina con quien Díaz Mirón quería casarlo... ¡porque, desde luego, los dos grandes poetas debían emparentar!
Me llamé a paciencia: había que dejar jugar al viejo. Prendí nerviosamente un cigarro. Pellicer entonces suspendió la charla, con cómica cara de escándalo, una mueca casi de cine mudo, y señaló con todo el brazo el letrero rojo de “Prohibido fumar”. Más tardé en apagar mi cigarro que él en prender en suyo, tosiendo de risa: “¡Pero señor Blanco, no hay que tomar la vida tan en serio!” Y para desenfadarme se soltó algunos alegres pronósticos sobre mi futuro literario, que todavía estoy esperando que, desde el cielo, me haga efectivos.
Algo, sin embargo, quedó de la entrevista que tan concienzudamente habíamos planeado y ensayado. Nunca lamentaré bastante no haber llevado un diario en esos años —sí lo llevaba, pero lo rompía a cada rato, cuando se me ocurría leerlo: sólo se puede escribir un diario cuando uno se garantiza no leerlo jamás—, para recordar esa conversación. Por fortuna asistió una reportera del El Día, Cheli Zárate*, armada de grabadora, que reprodujo textualmente algunos momentos de la entrevista.
JJB: Maestro, en la nota que encabeza el libro, dice usted: “La publicación de estos dos poemas es el testimonio de una frustración: no pude escribir la Oda Tropical de acuerdo con el proyecto de hace muchos años”, ¿nos podría contar algo de ese proyecto, de las experiencias de las que surgió y del hecho extraordinario que un poeta persiga durante casi cuarenta años un poema que le es fundamental?
PELLICER: Hace cerca de cuarenta años concebí la construcción de un poema que se llamaría Oda tropical y que se realizaría a base de coros. Coros de los dos sexos. Entonces yo pondría los cuatro elementos en la zona tropical y de acuerdo con esos cuatro elementos habría cuatro solistas. Una soprano coloratura para el Aire. Una soprano dramática para la Tierra. Una soprano menor para el Agua. Un barítono para el Fuego. Dentro de ellos había un pequeño coro de diez personas, cinco de cada sexo, que tendrían las voces adecuadas para cada una de las partes del poema, lo que sería el color de cada uno de los elementos. Esto estaría, en principio, dirigido por mí. Había calculado el número de versos para cada elemento y los coros mezclándose a veces en una operación audiovisual... Pero me sentí frustrado. Pensé luego en un poema sobre el Valle de México, para equilibrar mi vida de escritor, entregándome a la vivencia humana en el Valle de México...
JJB: Al final de la Primera Intención del poema, las Cuatro Voces Fundamentales se confunden con la del poeta. Maestro, ¿podrían considerarse ambas intenciones como un camino hacia la identificación de la voz humana con las naturales, de la vida personal con la vida de la naturaleza?
PELLICER: Creo que aun cuando parezca vanidoso ante ustedes, mi convivencia con la naturaleza se dio cuando yo tenía seis años y vi el mar por primera vez. La impresión que me dio tiene un motivo de fuerza, después el bosque no alcanzó a darme la salud primera que me dio el mar. Cuando conocí el bosque mi vida espiritualmente cambió. El recinto vegetal y el agua han conformado la parte espiritual y la física de mi ser. Llegué a ser un montañista, aunque de segunda...
Comentó la reportera: “Más que una presentación fue un diálogo. El joven poeta José Joaquín Blanco se encargó de hacer las preguntas al autor... El maestro rompió con la seriedad de las preguntas y habló de los grandes poetas castellanos y latinoamericanos, y de su convivencia con algunos de ellos, a veces sus maestros, a veces amigos, como Rubén Darío, Leopoldo Lugones, José Santos Chocano y Díaz Mirón. También se refirió a Chichén Itzá [y a algún cenote] ‘en cuyas aguas navegaba cuando vi deslizarse una serpiente llamada nauyaca, considerada como una de las más terribles del mundo’... El interlocutor y el autor estuvieron totalmente de acuerdo en la parte final de la conversación: En una de las últimas estrofas ocurre el momento más dramático del poema: ‘El drama de la vida se hizo para verse, no para ocultarse’, del que surge un impulso de gloria y resurrección: el quetzal que retoña del árbol destruido, dejando el poema abierto a una realidad de esperanza”.
————
* Cheli Zárate: “Charla entre el poeta Carlos Pellicer y José Joaquín Blanco en torno a Esquemas para una Oda Tropical”, El Día, 27 de agosto de 1976, Cultura, p. 24; JJB: Crónica de la poesía mexicana, Guadalajara, Departamento de Bellas Artes de Jalisco, 1977.



TRES ENSAYOS SOBRE NOVO

1. NOVO EN LA COCINA

¿Algún día los melómanos dejarán de desgarrarse las vestiduras por la traición de Rossini, quien de plano abandonó la ópera por la cocina? ¿Frivolidad, dandismo, contraculturalismo avant-la-lettre?
Bueno: la cocina ya estaba en Rossini, como en sus tan gustadas arias jocosas: grandes pasteles melódicos sobre nada (“Una voce poco fa”), sus ensaladas locas con todo el coro (aderezadas con la densa especie de los bajos), que exageran esa burla de la música dentro de la propia música, que había iniciado Mozart con Papageno (La flauta mágica) y Leporello (Don Giovanni). Siempre está el gordo y feliz cocinero cantando en broma sobre su cacerola, en las óperas de Rossini; digo, cuando no se mete de plano a la cava del palacio, como en La Ceneretola.
Salvador Novo no sólo abandonó la literatura, sino hasta la política, por la cocina. ¿La estufa de gas, los hornos y los refrigeradores tienen razones que no comprende la filosofía de los seriesotes? Ciertamente, la cocina ya estaba en él, en la prodigiosa confección de sus ensayos más tempranos, de sus sátiras, de sus anécdotas.
Había en Novo, como él mismo lo confiesa, “una voluntad de ruina” temprana. A cada rato lo abandonaba todo para dedicarse, ahora sí, a la Gran Obra que nunca escribió (su magnífica obra dispersa se fue escribiendo casi involuntariamente, en su periodismo, en sus versos satíricos o sentimentales). En 1946 se hizo construir un estudio en su nueva casa de Coyoacán para dedicarse a sus memorias —La estatua de sal—, que dejó inéditas y probablemente inconclusas. Muchos años antes, añoró escribir una novela sobre su juventud, o sobre un día de su juventud en la Ciudad de México.
En 1952, al concluir su tormentosa gestión como director de teatro de Bellas Artes, que lo enemistó con algunos de sus viejos compañeros de Contemporáneos, soñó independizarse del presupuesto, lanzarse en serio como empresario-director teatral independiente y como dramaturgo, y poner un petit thêatre para ricos, La Capilla. Curioso proyecto: un teatro de vanguardia para los banqueros y sus esposas, para los secretarios de estado y sus esposas, y desde luego, para la esposa de Ruiz Cortines y sus filantrópicas amigas. (Acaso no sabía entonces que la corte ruizcortinista-uruchurtista pasaría a la historia como la más mojigata del siglo.)
¿Fue el crítico o el cómplice de La culta dama? En algún momento nos sobresalta al confesar que la principal característica de su teatro vanguardista de La Capilla era no “fastidiar” a las señoronas del Establishment con escenas “morbosas”. Ah, cuando los caminos de la vanguardia y la cultura independiente desembocan en la alta sociedad... ¡Y esto en la época de Sartre, de Camus, de Genet, de Tennessee Williams, del “teatro del absurdo”, del Berliner Ensemble de Brecht! ¡Que el teatro culto y moderno no fuera a molestar a doña María Izaguirre de Ruiz Cortines!
Durante varios años, con enorme dificultad —aun apoyado por banqueros, secretarios de Estado, millonarios y el mismísimo regente Uruchurtu—, trató de sacar adelante su experimento teatral. No pudo.
Debemos convenir que, aunque no desaparece el talento del humorista en ellas, sus obras de teatro son lo menos afortunado de Novo (La culta dama, Yocasta o casi, A ocho columnas, La guerra de las gordas, Diálogos, El espejo encantado, El sofá, etcétera). Comparte con Villaurrutia y con Revueltas este no correspondido amor por las tablas.
Como director, aunque llegó a poner tempranamente en escena Esperando a Godot, de Beckett, quedó más como precursor que como fundador de nuestro teatro moderno, que prefiere reconocer su arranque definitivo en Poesía en voz alta. (De cualquier manera, “nuestro teatro moderno” no vale gran cosa.) Pero la experiencia de La Capilla no fue vana porque lo llevó adonde real pero involuntariamente quería: a la cocina.
Novo siempre fue un espléndido cocinero, amigo de cocineros y restauranteros, coleccionista de recetarios y de memorias de gourmets. Era su hobby. Y hay hobbies tremendos, más apremiantes que las pasiones. Cuando quedó más que claro que, pese a los donativos y a las altas influencias, su pequeño teatro resultaba siempre deficitario, urdió adosarle un restorán de lujo que lo financiara, también en La Capilla. Ese restorán, más que el teatro, se asentó como un centro famoso de la vida social capitalina en los años cincuenta.
Pero dejemos las anécdotas. La literatura misma lo confiesa. Muy pronto, en los artículos que escribía para la revista Mañana, que se han editado en el primer tomo —prologado por Antonio Saborit— de La vida en México en el periodo presidencial de Adolfo Ruiz Cortines, la cocina empieza a ganarle al teatro.
Mientras que las referencias a las puestas en escena, a las grillas de los actores y de los sindicatos de utileros y acomodadores, a los espectadores ilustres que asisten de incógnito o con gran cortejo, a su maternal promoción (tan exagerada) de Emilio Carballido y de Sergio Magaña, etcétera, se vuelven reiterativas e insípidas, las páginas de bravura cocinera de apoderan del prosista.
Novo sabía escribir magníficamente de cualquier cosa. En La vida en México en el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas tenemos a un analista político de primera magnitud. En otros tomos admiramos al cronista urbano, al ensayista filológico, al poeta de la modernidad. En este primer tomo de la época ruizcortinista, Novo demuestra que puede escribir —¡y cómo se divierte al presentar a las musas con delantal, entre los sartenes y las ollas!— sobre la cocina: una obra mucho mejor y más variada que la que posteriormente nos daría en un tomo que promete mucho y resulta un mero álbum apresurado de recetas y pasajes ajenos: la Historia gastronómica de México o Cocina mexicana.
Veamos este idilio-con-apocalipsis a que dio lugar una paella que preparó para Carmen Toscano, en la casa de las Lomas (estaba prevista para el rancho de Ocoyotepec, pero este día no hubo agua) [27 de diciembre de 1952]:
“Se necesitan dos horas y media de trabajo para una paella, de modo que yo pasé por Concha Sada —que fungiría de pinche— a su casa, y nos presentamos a las doce en la de los Moreno Sánchez. Que ya nos tenían todo relativamente listo: el aceite, las carnes, los mariscos, las verduras, el azafrán, el arroz; y la leña y la paila. Manuel, que evidenciaba un formidable catarro, daba órdenes a sus mozos, y sus chicos y chicas ‘se acomedían’ a allegar al jardín lo que yo iba pidiendo. El primer aceite se nos volvió un incendio, tanto porque los mozos arrimaron demasiada leña, cuanto porque yo suponía que ya estarían listas las costillas de cerdo cuando vertí el aceite —y apenas iban a descongelarlas. Hubo algún otro y menor tropiezo porque en la cocina habían amanecido sin gas, y era necesario improvisar braseros y fogatas por otros lados para contar con agua caliente y para tostar el azafrán. Pero a partir de entonces, todo fue sobre ruedas, como conviene a los tranvías [Moreno Sánchez había sido director de los tranvías], hasta el momento en que, fiado en que todo lo que quedaba por hacer era aguardar a que el arroz se cociera en paz y lentitud, asentándose por sí mismo entre los jugos de las carnes y alcachofas, me trasladé a la cocina a batir la vinagreta para la ensalada. Fue entonces cuando Concha aprovechó mi momentánea ausencia para intervenir en la paella. Juzgó que convenía meter la cuchara en aquella ebullición, y con el lego auxilio de Manuel, revolvió las carnes y los mariscos, alteró el orden apacible, estableció el caos. Cuando volví, el espectáculo era desolador. Parecía que ya se hubieran servido. Era imposible coronar la obra de arte con los pimientos morrones y con su espolvoreo de perejil. De un Velasco, aquello se había convertido en un Orozco.”
Más adelante [10 de enero de 1953] Novo confía a sus lectores la verdadera receta del pavo asado. Impartidas las instrucciones —limpiarlo, secarlo, rellenarlo y untarlo con una pasta de mantequilla, harina, sal y pimienta, “como cuando las señoras se untan su crema en la noche”, y ponerlo en el horno precalentado a 450 grados por diez minutos—, no sólo le gana la musa lírica, sino también la erótica: Después de dejarlo sobre una parrilla en el horno a 350 grados (una hora por cada dos kilos de peso bruto), “usted retira del horno una delicia dorada, cubierta por un tenue velo de campechana crujiente, y cuando a la mesa lo zaja, se ve escurrir de lo más íntimo del agradecido animal la más deleitosa esencia, el jugo más rico y natural, que ha impregnado su carne y la ha conservado tierna, húmeda y sápida, como no se obtiene por el erróneo procedimiento de extraerlo por capilaridad cuando por la ambición de conseguir una salsa insípida y sucia, se chorrea con caldo el asado durante el proceso”.
Los versos tampoco se alejaron de la estufa. Novo pretende haber leído un soneto “anónimo” en favor del menudo en un restorán sonorense de la Avenida Álvaro Obregón, cerca del cine México. Me sospecho que el anónimo poeta era el propio Novo:

¡Oh sabroso menudo, te saludo
en esta alegre y refrescante aurora
en que reclamo alimentos, pues es hora
en que tú estás cocido y yo estoy crudo!

Manjar tan delicioso, jamás pudo
colocar en su mesa una señora,
con más razón si es dama de Sonora
la tierra favorita del menudo.

Por eso te distingo y te respeto,
por eso te dedico este soneto
de tu grato sabor en alabanza.

Canten mis versos frescos y elocuentes
en honor de tus cinco componentes:
caldo, pata, maíz, tripas y panza.

2. Novo y la otra manera de vivir en México

Anda ya circulando, con comentarios de Sergio González Rodríguez y Antonio Saborit, el primer tomo de Ensayos y viajes (FCE) de Salvador Novo. En este volumen se compilan los principales libros de prosa de una de las mayores plumas mexicanas del siglo. Pero no quiero ahora hablar de la literatura de Novo, sino del paso del tiempo, especialmente con respecto a la Nueva grandeza mexicana, su mejor crónica de la ciudad.
La leí por primera vez hace treinta años. La fama televisiva de su autor me hizo comprarlo con sentimientos encontrados. Los muchachos con pretensiones culturales suelen ser moralistas; y en efecto me molestaba el papel cortesano, conformista, adulador del poder y de la riqueza, que jugaba el Cronista de la Ciudad. ¡Qué diferente de León Felipe, por entonces mi poeta favorito!
El volumen sin embargo me fascinó. Su cononocimiento pleno de la ciudad, su variedad (de la fachada del Sagrario al futbol, los sándwiches y el danzón); su sentido del humor, su atrevida manera de permitirse inmoralidades e insolencias de la manera más elegante. Y su amable naturalidad expresiva.
Novo tuvo en este libro una inspiración feliz. Lo escribió en unos cuantos días, para ganar un concurso oficial. En lugar de ponerse académico o de erigirse en museo, o de urdir revoluciones y experimentos literarios, encontró la solución perfecta: imitar una guía de turistas.
Tomó el truco de dos libros coloniales: México en 1554, de Francisco Cervantes de Salazar (un habitante de la ciudad guía a un amigo forastero por los sitios principales, y conversan) y la Grandeza mexicana de Bernardo de Balbuena (un catálogo encomiástico de asuntos capitalinos). Así, con el pretexto de pasear a un amigo regiomontano, Novo conversa sobre su manera de vivir en la ciudad de México durante unas ochenta o cien páginas.
El conversador era inmejorable. Pero nuevamente, yo refunfuñaba: ¡Cuánta autocomplacencia, cuánto triunfalismo, cuánta propaganda gubernamental! Aunque fue escrito y publicado (1946) antes de Uruchurtu, leído en 1966 parecía un himno uruchurtiano. Y ya entonces la ciudad resultaba invivible: todos los servicios estaban sobresaturados; escaseaban el agua, el empleo, la vivienda; el tráfico era infernal; todo estaba archirreglamentado, cuando no prohibido: hasta en el corte del pelo y el tipo de ropa nos andaba vigilando, regañando, amenazando el gobierno.
Probablemente desde los años cuarenta —desde siempre— la ciudad tuviera estos infiernos; a final de cuentas, la misma ciudad que canta Novo con tal entusiasmo es la que Buñuel encontró tan insufrible en Los olvidados, de 1950. El fuerte de Novo no era la crítica social... salvo para burlarse con saña del socialismo. ¿Cómo se atrevía a hablar tan bonito de la horrenda ciudad?
Sin embargo, releída ahora, a cincuenta años de su escritura, la Nueva grandeza mexicana puede sorprendernos desde otro flanco. El de combatir la obsesión tremendista sobre la ciudad, en que nos hemos enfangado desde hace tres décadas.
Más allá de todo ribete propagandístico, que los tiene, surge de una genuina actitud amorosa y de hartas ganas de vivir alegremente en la ciudad de México. Y eso se nos ha olvidado en la enorme cantidad de crónicas y novelas urbanas contemporáneas. Y en la conversación. Hasta en los pensamientos.
No se trata de negar la catástrofe de su desigualdad social, su explosión demográfica, su especulación inmobiliaria, su crecimiento truhán y desordenado, su desgobierno, su miseria, su violencia. Todo ello desde luego abunda, en proporciones ciertamente espantables. Pero la vida sigue. No nos va esperar hasta que se nos pase la muina. Y una cultura urbana que se estanca en la obsesión de la amargura no es camino de supervivencia.
Efraín Huerta nos enseñó los cantos de odio a la ciudad. Magnífico... pero ya los hemos repetido, cada vez con mayor histeria, durante tres o cuatro décadas. ¿No sería hora de asomarnos también a los cantos de amor, de relajo, de buenos ratos, que escribió Novo?
La Nueva grandeza mexicana, aunque celebra glorias oficiales (¡oh, el IMSS nuevecito de 1946!), apenas lo hace de pasada. Celebra más bien los mercados, las fondas y restaurantes, las calles, los parques, las viviendas, los cines, los teatros, las cantinas, las edificios, las costumbres, el lenguaje regional, los barrios; cómo la gente se come una torta en Chapultepec o se va de parranda a un cine atiborrado o a un cabaret de bailadores entusiastas; cómo se echa novio o una festejada; cómo la gente soporta la ciudad, ya difícil, y le saca a todo el mejor disfrute que puede.
Una actitud completamente diversa de la mientamadres que solemos tener las veinticuatro horas de los 365 días hacia nuestra ciudad. Novo, así, quien parecía el colmo del conformismo, nos invita ahora a un cambio mental, emocional. Vuelve a ser, como su temprana juventud, casi revolucionario.

3. SALVADOR NOVO Y EL ARTE DE SER NEO-PREHISPÁNICO

Sólo los nacidos antes de 1960 padecieron al Novo neo-prehispánico, al divulgador oficioso —y oficial— de la neo-prehispanología.
La neo-prehispanología es una moda surgida, para la literatura, en los años cincuenta, aunque Diego Rivera la impuso en la pintura desde los veinte, y Carlos Pellicer cantara a la Piedra de sacrificios. Consiste en lucir artificiosamente unos cuantos nahuatlismos o conceptos de la filosofía náhuatl, y en decorar los discursos y las charlas de televisión, radio y periodismo, con cultismos indigenistas. Incluso la poesía y la novela, como en algunas obras de Paz (“Himno entre ruinas”) y de Fuentes (“Chac Mool”, La región más transparente).
Novo nos regañaba en la televisión: “¡No sean ignorantes, no digan Teotihuacán, sino Teotihuaaacan!” Había quienes nos indignábamos. ¡Qué pedantería! ¿Por qué andar corrigiendo la tradicional castellanización de los nahuatlismos, ya cuatricentenaria, de una manera tan selectiva y con tal arbitrariedad? Si pretendíamos seguir escribiendo México con x, contra la norma ortográfica moderna, sólo porque así era nuestra tradición, ¿por qué ponernos a cambiar los acentos tradicionales?
Porque no íbamos a corregir diez mil nombres geográficos y otros miles de términos, trasladándolos de su aceptada degeneración castellanizada en agudos (Acatlán, Meztitlán, Pantitlán, Coyoacán) a graves (Acaaatlan, Meztiiitlan, Pantiiitlan, Coyohuaaacan), sólo por moda. ¿Y al pedir un whisky, exigiríamos que nos lo mezclaran no con tehuacán, sino con tehuaaaacan? No se trataba pues de corregir todos los nahuatlismos, sino sólo los prestigiosos, para que lucieran más y sonaran más exóticos: Teotihuaaacan, Tenochtiiitlan.
En el caso de Teotihuacán (por favor, con acento agudo, como es la tradición de los últimos casi cinco siglos) se llegó al absurdo de dos grafías y dos pronunciaciones. Para hablar cultamente de las pirámides y la cultura arqueológica, la grave, Teotihuaaacan. Y para referirnos al pueblo mestizo lleno de nopaleras y camiones de carga, moderno, la aguda de San Juan Teotihuacán, que ha sido la oficial desde el siglo XVI. (Por lo demás, no sabemos qué lengua se hablaba en Teotihuacán: probablemente fue una ciudad poliétnica, y en ella convivían varias lenguas... si es que se llamaba Teotihuacán, y no por ejemplo Tula, la verdadera Tula. No sabemos cómo se llamaba realmente, sino cómo la llamaron los aztecas, muchos siglos después de su ruina.)
El problema es que ni Novo, ni el 99 por ciento de los mexicanos letrados, sabemos náhuatl; en parte porque nunca nos lo enseñaron en la escuela —cosa imperdonable en el centro de México—, y porque no hay escuelas populares de idiomas que lo enseñen (salvo dos o tres especializadas en formar doctorales antropólogos y predicadores protestantes); y en parte porque nuestro racismo cultural inhibió en la época moderna —pues en la Colonia era otro cantar— el uso público y común del náhuatl, así fuera meramente oral, por parte de los indios.
Hubo criollos y mestizos en la Nueva España (Sor Juana, Sigüenza, Clavijero) que aprendían desde niños bastante náhuatl con sólo escuchar a sus nanas, sirvientas, o a las marchantas del tianguis, y lo que se decía en la calle; desde hace décadas las mujeres indígenas que emigran a las ciudades evitan usar públicamente el náhuatl, tratan de castellanizarse rápidamente, bautizan a sus hijas como Jennifer o Marissa, y logran aculturarse con éxito, auxiliadas por la radio, el cine y la televisión. El México moderno —con todo y sus museos de arqueología— ha sido más racista en cuestiones de cultura con respecto a los indios, que la Nueva España.
La discusión es intrincada, y materia de disputa entre especialistas. Todavía se está discutiendo, a partir de la rebelión en Chiapas (1994), el alcance cultural de los “usos y costumbres” indígenas en un país ya tan occidentalizado. ¿No debiera, por ejemplo, hablarse en náhuatl por lo menos una o dos horas al día en radio y televisión; o en emisoras dedicadas a tal idioma, y claro, según las regiones, al maya, al otomí, al zapoteco, etcétera? La propia España actual dignifica y da espacio a las lenguas regionales o “autonómicas”. En los Estados Unidos ofrecen espacios en castellano para los “hispanos” en sus medios de comunicación. Nosotros no. Como si no existieran ya los indios ni las lenguas indígenas. Nos conformamos con cambiarle el acento sólo a Teotihuacán y Tenochtitlán. Dos palabras. Dos.
Pero la moda literaria neo-prehispanológica, que es el tema de este artículo —la afectación indigenista por parte de eruditos letrados, para darse caché—, la impuso el padre Garibay en los años cincuenta, cuando se popularizaron sus grandes libros sobre literatura y poesía náhuatl, y permitieron a los no-nahuatlatos llenarse fácil y prestigiosamente de nahuatlismos.
Antes era muy difícil. Había que rastrear los conocimientos en tomos coloniales de espinosa lectura. El padre Garibay puso al día, compiló, explicó y divulgó esos conocimientos filológicos en ediciones excelentes, eficientes (La poesía náhuatl, Historia de la literatura náhuatl; y con León Portilla: Visión de los vencidos, además de sus prólogos y ediciones de autores coloniales). Todo mundo se puso a escribir del Tlalocan y de Xochipilli, del “agua quemada”, de “Nuestro señor el Desollado”, del “Dueño del cerca y del junto”, del “Atado de los años”. El primer neo-prehispanólogo fue Salvador Novo.
El gran prosista andaba de capa caída en los años cincuenta, y le urgía sacar alguna novedad al mercado de la cultura. Le pesaba su fracaso como dramaturgo y sobre todo como empresario teatral. Sus comedias se veían desairadas por los jóvenes, que andaban tras el nuevo teatro existencialista francés o inglés, y tras el nuevo teatro realista norteamericano (de protesta social, como en Arthur Miller, o de indagación sicoanalítica, como en Tennessee Williams). Diez o veinte años antes sus comedias tan conversadas, tan de “teatro de salón” de principios de siglo, habrían sido todo un éxito; pero Novo esperó demasiado para escribirlas, ocupado como estaba en sus tareas oficiales o periodísticas, y en su próspero oficio de publicista. Y cuando se decidió, ya era muy tarde.
Como empresario, su teatro de La Capilla fracasó sobre todo por la demagogia uruchurtiana de congelar los precios de boleto de los teatros y de imponer para toda tarea, incluso nomás para abrir y cerrar el telón, trabajadores sindicalizados específicos con altas remuneraciones obligatorias. Un taquillero, un utilero, un electricista, un tramoyista, un telonero, un acomodador, etcétera, aunque el público sólo constara de seis espectadores. Dizque era para proteger a las clases populares —que, desde luego, no asistían al teatro culto— y a la “clase trabajadora” agremiada en la Federación Teatral. El resultado fue que ninguna obra de modesta producción en salas pequeñas o medianas era financiable, sino sólo los espectáculos en grande para una o dos salas multitudinarias, y a veces. Sólo se podía hacer teatro subsidiado (INBA, IMSS, UNAM) o teatro privado descaradamente mercantil. Novo fue abandonando, con tristeza, una tras otra, sus ambiciones teatrales.
Entre tanto, discretamente, iba preparándose para suceder al viejo y enfermo Artemio de Valle-Arizpe, como Cronista de la Ciudad. Méritos le sobraban: nadie había —ni ha— escrito mejor sobre la ciudad de México que él, pero lo había hecho de una manera audaz, modernizante, irónica, gozosamente frívola, que no vestía lo suficiente para un cronista oficial de la corte de López Mateos y Díaz Ordaz. Tenía que lucir alguna credencial “políticamente correcta”, como diríamos hoy. Ésa fue la neo-prehispanología.
Si se compara a Novo con sus antecesores —y con sus sucesores—, se verá que en él escasea tanto el culto a los templos y conventos novohispanos, como —antes de los años sesenta— el culto indigenista; su reino es la ciudad moderna de choferes, restoranes, salones de baile, cines, teatros, carpas, radios, escuelas, oficinas, mercados, edificios de departamentos y casas con estufa de gas y refrigerador. A finales de los años cincuenta, para estallar en la televisión en los sesenta, surge el Novo neo-prehispanólogo.
Novo aprendió de Pedro Henríquez Ureña el gusto por la filología y la erudición. Siempre fue erudito, aunque se sospechaba que tanta erudición tenía maña —efectivamente, en Los contemporáneos ayer (FCE), Guillermo Sheridan demuestra que Novo saqueaba exageradamente, incluso hasta llegar al plagio, las enciclopedias—. Cosa que para su fortuna no se le demostró en vida. ¡El Maestro Novo se fusila la enciclopedia, como cualquier estudiante de secundaria que tiene prisa en terminar la tarea!
De haber sido descubierto in fraganti, sin embargo, Novo habría seguramente sacado a relucir una defensa que ya había explicitado, como curándose en salud, a propósito de Manuel Gutiérrez Nájera, otro prosista genial, que también fue bueno para el fusil (y a quien también descubrieron tardíamente —esta vez Alfonso Junco, casi un siglo después—): la premura y la mala remuneración del periodismo obligan al articulista a ciertos recursos de emergencia. Además, como dice que dijo Olavarría y Ferrari: todos los que escribimos siempre estamos copiando a alguien, al menos en las cosas que no hemos vivido en carne propia. Quienquiera que te hable de Heródoto o de Federico el Grande, está copiando a otro escritor, que copió a otro, hasta llegar al hipotético cabo de un gran cordel de fusilamientos.
Aplicó pues su disciplina de erudición, ensayada antes tan copiosamente en las literaturas castellana e inglesa, y mucho menos en la francesa y alemana, a la cultura náhuatl. Memorizó los libros de Garibay y León Portilla, sus amigos, que incluso accedieron a darle algunas clases particulares. Y todo para salir en la tele regañándonos por nuestra mala castellanización de nahuatlismos, y recitando —como si los acabara de descubrir él mismo— los hechos, anécdotas y leyendas del mundo náhuatl que había leído en aquellos autores. ¡Cómo se le llenaba la boca con su Teotihuaaacan!
Afortunadamente hizo más eso. En su último libro de ensayos: Las locas, el sexo, los burdeles (1972), a cuyo escandaloso título se atrevió quizás porque ya se sentía demasiado desengañado del gobierno (su enemistad con Echeverría era patente), y demasiado viejo como para seguir condescendiendo con la mochería oficial, espigó de la sabiduría indigenista de los misioneros y de los modernos nahuatlatos, algunos temas que éstos marginaban, y que estaban como mandados a hacer para los insolentes o “inconvenientes” ensayos de Novo. Así, doctora e ironiza sobre nahuatlismos e indigenismos gastronómicos y sexuales, con indudable gracia. (Una anécdota sobre su enemistad con Echeverría, quien diariamente se soltaba discursos de horas, como si quisiera competir con Fidel Castro. En el centenario de la muerte de Juárez, el presidente pidió un minuto de silencio. Novo escribió: “Aunque a Juárez reverencio,/ considero una utopía/ esperar de Echeverría/ un minuto de silencio”).
En ese libro, Novo nos habla de la lujuria, de la prostitución y de la homosexualidad entre indios prehispánicos y novohispanos —La guerra de las gordas, su obra de teatro, introduce un poco de Aristófanes y un mucho de humor sexual más que carpero en la historia antigua de Tlatelolco—; y compone una sinfonía del maíz; palabra ésta caribeña, de una etnia desaparecida desde el propio siglo XVI, pero que tal vez se impuso en México, sobre los términos locales, en virtud de que los españoles necesitaban un concepto genérico, único, parecido al de cereal, que no tenía el náhuatl.
No había palabra náhuatl que significara “trigo de los indios”, sino varias docenas de palabras que hablaban específicamente del elote o del grano duro, del maíz amarillo, verde o rojo; del hervido o tostado, de la tortilla, el atole, el tamal o del totopo. Los españoles querían un solo término, equivalente a trigo o cebada, y no cien. Y los hemos seguido en esto: así, decimos harina de maíz, maíz tierno, maíz pozolero, maíz verde, maíz tostado, palomitas de maíz... Sin embargo, todavía quedan algunas diferencias en nuestro castellano al respecto, como al distinguir el elote del maíz ya duro y seco, y al referirnos al nixtamal, al pinole, a los esquites, al pozole o al huitlacoche.
No podríamos pedir un atole o un tamal “de maíz”, porque todos los atoles y los tamales se hacen con masa de maíz, sino de elote, cuando queremos que además de la masa se empleen en ellos granos tiernos. Sin embargo, sobre la vieja castellanización del náhuatl se impone la nueva, la industrial. Nuestro nuevo término para designar la harina de maíz se llama maicena. Novo intenta una venganza: define los Corn Flakes como minúsculos totopos.
Se extraña de que se haya impuesto el término tortilla, en lugar de la castellanización de tlaxcalli o la definición original de “pan de indios” o “pan de la tierra”. Los españoles conocían sobre todo la tortilla de huevo, y era un poco raro asignar esa palabra a “una especie de pan”. Privó acaso la forma redonda sobre el concepto de pan. Pero ello se presta a confusiones, y a albures. Dice Novo:
“Muchos nombres nahuas relacionados con el uso del maíz perduran castellanizados en nuestro lenguaje: metate y metlepil, elote y jilote, teztal, comal, tenate, tamal, atole. Es grande lástima que se haya perdido el nombre original de la tortilla (tlaxcalli) en aras del castellano tortilla que le fue impuesto, y que suele resultar tan anfibológico como lo demuestra el hecho de que al desembarcar en Veracruz los refugiados españoles en 1939, y leer el rótulo de un ‘sindicato de tortilleras’, les haya parecido un exceso de sindicalismo”. (Ya en un poema satírico, Novo había escrito que sor Juana y la virreina Paredes de vez en cuando “se echaban su nixtamal”.)
Desde su muerte no se habían reeditado los libros importantes en prosa de Salvador Novo. Ahora por fin circulan, la mayoría de los que hizo publicar en vida —porque sus archivos periodísticos dan para otros veinte volúmenes—, en el primer tomo de Ensayos y viajes (FCE). Serán una novedad para los lectores. Seguramente recibirán la acogida polémica, pero muy frecuentemente gozosa y admirativa, que gozaron en vida de su autor.
Y sus nuevos lectores no tienen que sufrir —gracias a la política de Telesistema Mexicano de no archivar, sino reutilizar los video-tapes— sus homilías edificantes de Cronista de la Ciudad, tan falsas y pedantescas, tan diferentes de sus magníficos escritos.




LOS SIGNOS DEL ZODIACO


A finales de los años cuarenta, y durante unos quince años, ocurrió una radical transformación del teatro mexicano. Se abandonó la influencia francesa, el teatro de salón, con enfrentamientos elegantes de ideas y sentimientos (a lo Xavier Villaurrutia), y se importó súbitamente la influencia norteamericana de O’Neill, Clifford Odets, Arthur Miller, Tennessee Williams.
Más realismo y menos simbolismo; más lenguaje coloquial y menos parlamentos elegantes, “escritos”; más pulsiones subconscientes y menos historias sentimentales; más flujo callejero y menos encierros en la sala; menos rodeos simbólicos o perifrásticos y más asomos directos a asuntos sexuales, sociales, incluso políticos. Menos oratorias escenas fijas, larguísimas, y más cortes cinematográficos, con sólo cambios de luz, rapidísimos.
Los dramaturgos se asomaron a vencindades y plazas pueblerinas, inquirieron por la personalidad secreta de sus personajes; admitieron el panorama y el color locales, con la pobreza y la arcaica promiscuidad mexicanas, y trataron de ganar para la escena el lenguaje coloquial. Intentaron también el humor, incluso el humor negro. Y algo de crítica o sátira política, originaria del teatro realista norteamericano de los años treinta o de las propias carpas locales.
Dejaron obras famosas: El Cuadrante de la Soledad, de José Revueltas, Rosalba y los llaveros, de Emilio Carballido, Las cosas simples, de Héctor Mendoza, y muy especialmente Los signos del zodiaco*, de Sergio Magaña.
Poco después, hacia 1960, hubo otra transformación (muy desfavorable para el texto dramático): consistió en regresar a Europa, pero a las escuelas universitario-vanguardistas, y concederle al director todo tipo de prepotencia y de arbitrariedad sobre el texto, para montar todo el espectáculo o el circo que le viniera en gana, incluso contra el texto mismo, o fuera de él: el propio Mendoza, Gurrola, Jodorowski, Julio Castillo, etcétera.
La banalidad del show por el show mismo. Jacqueline Andere, con suéter universitario y mallas, pretendía, montada en una bicicleta fija, que era una micifuza de La gatomaquia, de Lope de Vega. Aghhh. Nomás era una parlanchina instructora de gimnasia de televisión. Lo que hizo fue anticipar una clase de aereóbics, con un Lope de Vega como música de fondo.
Raras veces me ha gustado el teatro mexicano, y esas raras veces siempre han sido obras de Sergio Magaña (n. 1924), quien despegó con mucho brío en 1951, apoyado por Salvador Novo; produjo con abundancia durante unos quince años (Moctezuma II, Los argonautas, El pequeño caso de Jorge Lívido, Los motivos del lobo, Ensayando a Molière), y luego pareció desvanecerse en los setentas, hasta su muerte (1990), con pocos destellos semejantes a los anteriores, como Santísima.
Una de mis primeras experiencias como espectador teatral fue Los argonautas, a finales de los años sesenta, en el Teatro Jiménez Rueda. Era una versión llena de ingenio y de locura sobre la conquista de México, que refería más bien a la contemporánea conquista imperialista por parte de los Estados Unidos (época Kennedy). Recuerdo a a Claudio Obregón en el papel de Hernán Cortés, y a Héctor Bonilla en el papel de Bernal Díaz del Castillo, con su tintero colgado al cuello, recitándoles a los aztecas los beneficios de “La Alianza para el Progreso”.
Más ritual y majestuosa, pero también más convencional y hasta aburrida, me resultó años después su Moctezuma II: un Javier Ruan recién salido del gimnasio, con los muslos bien aceitados bajo su vistoso taparrabo exiguo, declamaba no sé cuántas cosas “poéticas” en mitad de un coro de plañideras bien indígenas pero bien griegas, bien “euménides-troyanas” de huipil. No guardo muchos recuerdos de El pequeño caso de Jorge Lívido, que vi en la Casa del Lago por las mismas fechas, tal vez dirigido por Héctor Azar.
La reciente reposición, bajo la dirección de Germán Castillo, de Los signos del zodiaco (que Novo dirigió en su estreno en 1951), reivindica el talento de ese dramaturgo tan original como extraordinario. ¡Las cosas a las que se atrevía! Inventó una vecindad a la manera de un ágora griego, cuyo patio se extendía como resumidero de historias, con tres o cuatro intrusiones a las viviendas.
El lavadero cual coro griego. Las viviendas como cárceles que los propios habitantes se hacen a sí mismos, insertas todas en la cárcel mayor del vecindario, que comanda una portera mitómana y ebria. Sobre esta gente se abaten la miseria urbana, la mochería, la hipocresía, los atavismos y pretensiones de una clase superior (a la que no pertenecen, pero que imitan desesperadamente); la falta de amor y de esperanza en cualquier cosa, y el furibundo humor negro de Magaña. Todos contra todos en un compacto “criadero de escorpiones”. A medio siglo de su escritura, hay partes completas y muchos detalles que no han perdido su beligerancia y su oportunidad.
La obra es sumamente ambiciosa y complicada. Tiene la extensión de una verdadera novela, de modo que siempre se la representa con grandes cortes. Su reparto puede exigir veinticinco actores, más extras, lo que obliga, como en esta reciente puesta de Germán Castillo, a mezclar actores profesionales con estudiantes, y se obtiene una representación muy irregular.
Mientras Martha Aura (Ana Romana), la portera ebria y mitómana, se come brillantemente la obra, y Martha Verduzco (Lola Casarín) hace un decoroso papel como falsa diva de ópera en decadencia, al resto del reparto no se le oyen las frases completas, o las emite al ahí se va, más preocupado por atinarle a todas las maromas, aspavientos y coreografías “epatantes” (¿para qué tanto salvaje ballet de violaciones, que el texto no establece?), a las cuales lo obliga el director.
¡Qué pedantes son los directores de teatro! ¡Si presumen de filósofos, que escriban mamotretos sobre Hegel, para que se pudran pacíficamente en las bodegas, y dejen de fastidiar las humildes tablas de la escena! ¿Qué caso tenía poner la cultísima música de Silvestre Revueltas, compuesta para conciertos vanguardistas, en una vecindad que Sergio Magaña quiso que oyera precisamente swing?
¿Para qué pintarrajear a lo punk a las pobres lavanderas mexicanas de 1944, si su función de “coro griego” estaba pensada por el autor no como evidencia, ni menos como desaforado efectismo, sino como metáfora subliminal? ¿Para qué tener a oscuras toda la escena todo el tiempo, aun cuando los personajes dicen que están lavando ropa a las 9.30 de la mañana, como no sea para cansar e irritar la vista de los pobres espectadores, siempre escasos, aburridos, confusos?
¿Para qué hacer un tenebroso montaje en blanco y negro, si todos esos personajes vivían a color y ya habían visto a colores Blanca Nieves y Lo que el viento se llevó? ¡Para intelectualizar la obra! ¡Para hacerla más ritual, y universitaria y conacultesca! ¡Qué humildes, razonables y sencillos resultan los matemáticos y los metafísicos, comparados con un efectista director de teatro! Y esos chistes privados, como nombrar como gran autor de ópera a un Ignacio Toscano (autoridad del INBA) que no aparece en el texto, sino como Ignacio Romero... ¿Por qué el señor Germán Castillo no se limita a hacer sus chistes privados en su casa? ¿Ese chiste, se dirige al espectador o es un gracejo a las autoridades? ¿De veras, así, los directores “mejoran” el texto? ¡No ayuden tanto al autor, compadres!
En 1951 (aunque la obra fue escrita mucho antes), Sergio Magaña anticipa en Los signos del zodiaco la literatura de los siguientes lustros: La región más transparente, Los hijos de Sánchez, José Trigo y hasta De perfil. Su lenguaje coloquial es admirablemente efectivo, natural, y su vitriólica sátira de la clase media baja no ha tenido parangón. (Carballido se ha dedicado a recontar lo mismo de Magaña, pero con remilguitos y folklorismos, como una tía muy atorrante.) Acaso Segio Magaña fue el primero que nos indujo al vicio, ya incorregible, de una literatura mexicana actual de puros clasemedieros que trata de puras burlas y berrinches contra el clasemedierismo.
El desamparo femenino, la prostitución infantil, los encierros de la miseria, el alcohol y la lujuria; los fracasos de toda esa gente por ser de veras “clase media”, el ambiente venenoso de seres empantanados en un no-destino, en una no-salida... ¡hasta la utopía, que ahora aparece con sarcasmo involuntario, de un posible redentor, nomás porque es galán y comunista!
Se ha acusado al teatro mexicano de jamás tener algo de literatura. No es el caso de las obras de Sergio Magaña.

* Sergio Magaña: Los signos del zodiaco, México, Colección Teatro Mexicano, 1953. Puesta en escena de Germán Castillo en el Teatro Jiménez Rueda, INBA, 1997. Cf. Salvador Novo: La vida en México en el periodo presidencial de Miguel Alemán; La Vida en México en el periodo presidencial de Adolfo Ruiz Cortines.



ARREOLA: EL CONVERSADOR Y LA PROSA

Juan José Arreola celebra sus ochenta años con unas memorias extrañas en boca de su hijo: a ratos son la reconstrucción memoriosa de éste a partir de múltiples conversaciones con su padre; a ratos suenan a simples grabaciones poco editadas de la conocida locuacidad del escritor; a ratos reproducen, no sabemos qué tan cabalmente, diarios o cartas. Proliferan los chismes de intelectuales.
El último juglar (Diana) no es un gran libro, aunque cuente con páginas interesantes; comete todos los errores que Arreola criticó en sus mejores años, como la autocomplacencia y la incontinencia: así, por ejemplo, se asesta al lector un material profuso y reiterativo sobre sus amores juveniles, casi de larga novela rosa, cuando bien sabemos que el gran narrador exigía la brevedad, la concentración y el pudor en las efusiones sentimentales.
Pero servirá sin duda como un documento fundamental sobre el autor y su época, y ayudará a recordar al otro Arreola, no al escritor (cuya biografía es la propia obra), sino al conversador. Porque el maestro de las narraciones brevísimas podía soltarse hablando horas (incluso por televisión) sobre cualquier tema. Hombre de extremos: Sucinto en la escritura, locuaz en la conversación. Diamante y viento.
En estas memorias se trasluce algo del gran libro que Arreola anunció en vano (como Rulfo respecto a La cordillera) durante décadas, Memoria y olvido, y que acaso no llegó a escribir de tanto desgastarlo oralmente. Escuché de sus labios, en el taller literario que tuvo en la Casa del Lago hacia 1967, partes enteras de estas memorias, que recuerdo casi idénticas a como las recupera su hijo Orso.
Dice Arreola que fue abandonando la escritura a partir de La feria (1963), para no bajar su nivel de calidad, para no escribir textos inferiores a los antiguos. Hizo mal. Pecó de soberbia: nadie tiene por qué ser Dante todo el tiempo ni toda la vida: a veces a los afortunados les ocurre serlo alguna vez, frente a “la zarza ardiente”, sin proponérselo con tal deliberación (se peca de hybris cuando se exige: “¡La Zarza Ardiente o nada!”); y de insensatez: los textos “perfectos” ya estaban a salvo, bien escritos y publicados: nada podía hacerles daño; había que pasar libremente, sin remordimientos, a otra cosa.
Ciertamente el estilo arreolino más conocido, el de la ultracorrección filológica y las grandes exigencias estilísticas, se aviene más con los textos raros de Confabulario que con un relato veraz de la vida cotidiana. El “diamante” de “De Balística” o de Bestiario, con sus aspiraciones intelectuales, su culteranismo, su erizada filología, exige invenciones inusitadas. El radical artificio del estilo en consonancia con ficciones radicalmente artificiosas.
Pero siempre estuvo ahí el Arreola oral. Ojalá él mismo se hubiera encargado de editar esa prosa conversada —concentrarla, depurarla—, que no tenía por qué desmerecer frente a la otra. De hecho, ya había avanzado buenos pasos en experimentos coloquiales, desde sus primeros cuentos. Han aparecido varios libros de sus conversaciones dictadas a familiares, amigos y discípulos: ninguno de calidad sostenida; a veces incluso algo ligeros y charlatanes.
La feria parecía el principio y fue la culminación de este aliento oral (incluso dialectal: el habla ranchera), y nos deja sospechar lo magníficas que pudieron ser sus memorias, si las hubiera trabajado como hizo con esa novela. Pero solamente se dejó grabar.
Se queja de que fue etiquetado, a principios de los años cincuenta, como afrancesado y culterano, en oposición a la supuesta esencia nacionalista y popular de Rulfo. Tiene razón en su queja. Temas suyos tan frecuentes como las extravagancias de la modernidad, el matrimonio, el adulterio, los fulgores y las espinas del encuentro sexual o la moral católica pueblerina, poseen tanta mexicanidad como las balas y cuchilladas de nuestra historia violenta. Por otra parte, Luis Cardoza y Aragón encontró que la esencia rulfiana de la mexicanidad partía de Knut Hamsum, y habló de Pedro Páramo como de “ese libro noruego”...
Pero desde hace mucho tiempo se ha dejado de fastidiarlo con semejante etiqueta. Ha padecido otra, que él mismo fabricó: la del perfeccionista. Un extremista del estilo, un radical del arte de la prosa. Él tuvo la culpa por sus incontinentes prédicas entusiastas al respecto, y el público por tomarlo tan en serio cuando, con toda evidencia, se manifestaba también el otro lado de la moneda: más que cualquier otro autor contemporáneo, ha sido precisamente Juan José Arreola el gran ejemplo de la literatura improvisada, oral, conversada, algo teatral: “sobre el viento armada”. Ahí se permitía ser profuso y sentimental, declamador e ideólogo: todo lo que le prohibía al Texto con mayúscula.
Esta etiqueta de Arreola como medalla de la prosa perfecta ha hecho olvidar, por desgracia, que sus cuentos y poemas en prosa ofrecen algo más que un extremoso triunfo estilístico. Ofrecen una buena cantidad de bromas, de sátiras, de comedias, de farsas.
Es un autor jocundo, para morirse de risa. Un saltimbanqui de la imaginación y del lenguaje. Leer a Arreola sólo para admirar su perfección prosística significa perderse de demasiado; toda una visión satírica de la realidad mexicana asoma entre sus diamantes. Toda una fiesta de gozo en torno a los absurdos de la realidad más minuciosa, como durante un caballeroso trayecto en autobús o en su queja contra un mal zapatero.
“El guardagujas”, extremo kafkiano, también ofrece un exacto informe del destino verificable de los Ferrocarriles Nacionales de México; y todas sus burlas a la modernidad erótica, a la vida cotidiana en pueblos y ciudades, a las aspiraciones morales del cristianismo e incluso a los trances metafísicos de nuestras pobres mentes, que a menudo se creen demasiado angélicas, y claro: desvarían.
La vigencia de Arreola como humorista, en una literatura mexicana de monótona seriedad asnal, resulta tan asombrosa como la de su estilo escrito, tan elástico y eficiente en la lectura actual como hace medio siglo, cuando tomó por asalto nuestra narrativa con Varia invención.
Es una lástima, sin embargo, que no haya trabajado más ese estilo oral, coloquial, de sus conversaciones. Que haya delegado en otros, así sea su hijo, la recuperación de su habla. Nos había prometido durante décadas hacerlo por sí mismo: escribir Memoria y olvido. No logró finalmente las anunciadas bodas del texto y el habla, del diamante y del viento, de la prosa y la conversación. Tal vez esperó demasiado tiempo.
¿O sería que los celosos ángeles de sus severas teorías prosísticas mantuvieron a raya, con espadas flamígeras, a los traviesos duendes parlanchines de su invención oral?
¡Qué peligrosas y tiránicas resultan las sirenas de la perfección, las supersticiones e idolatrías del Texto con mayúscula!

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