domingo, 2 de noviembre de 2008

VEINTE AVENTURAS. SEGUNDA PARTE

VEINTE AVENTURAS DE LA LITERATURA MEXICANA. SEGUNDA PARTE.

DESTELLOS DEL NIGROMANTE

Nervo, Reyes y Novo maldijeron a los máistros liberales de la Reforma, a quienes consideraron, con cierta fatuidad, menos cultos, cosmopolitas y refinados que ellos mismos. ¿De veras? Haciendo a un lado la fatal obviedad de que la cultura de 1850 ha de diferir de la de 1890 o de la 1950, los liberales de la Reforma no resultan ante los ojos del siglo XXI tan astrosos: simplemente un poco fechados, al igual que van envejeciendo sus infatuados y maledicentes sucesores.
El atildamiento estético del modernismo, por ejemplo, no tenía por qué prevalecer desde 1840-1880, cuando arrasaban las pasiones y las catástrofes políticas: estaba precisamente esperando a Nervo -ya en la paz porfiriana-, quien por cierto lo recibió en gran parte de Gutiérrez Nájera, discípulo de Altamirano, casi hijo de Ramírez, El Nigromante (1818-1879), a quien Prieto veneraba. De tal modo, la genealogía literaria de Nervo también pasa por (o comienza en) Ramírez. Reyes admitió, a su vez, el magisterio de Nervo. Y Novo volvió a las libertades y gracias de las viejas crónicas de Guillermo Prieto. ¿Para qué tanto escupir hacia arriba?
Los liberales creían en otra retórica, que murió con su siglo: la oratoria de gran formato (v gr.: se nos recrea la creación del mundo, con estallidos de lava y todo, a propósito del Grito de Dolores) y la poesía musical. Es difícil reproducir la fuerza que en su tiempo detonaron los discursos de Ramírez, que ahora pueden sonarnos ampulosos o episcopales: el Dios Pueblo, los Infames Traidores, Clericales, Invasores o Monárquicos; la Diosa Patria, la Diosa Ley, la Diosa Libertad; hasta la Diosa Beneficencia (“que el poder público no sea otra cosa que la beneficencia organizada”, Obras completas, Ed. David Maciel y Boris Rosen Jélomer, México, Centro de Investigación Científica Jorge L. Tamayo, 3 t., 1984-1985; t. III, p. 9. Cf. Maciel, David E.: Ignacio Ramírez, ideólogo del liberalismo social en México, UNAM, 1980).
Buena parte del periodismo de Ramírez constituye simplemente un espinoso comentario a la Constitución de 1857, a las leyes de Reforma y a las administraciones de Santa Anna, Juárez, Lerdo y Díaz, fatalmente encerradas en debates fechados. Ofrece muchos esquemas pedagógicos del positivismo de Comte y del novedoso Libre Mercado. O discusiones políticas y legalistas, elementales y pragmáticas, algunas incluso borrosas pues se han perdido los referentes de sus denuncias y bromas. En cierto momento Ramírez se compara, por dizque cerril y principiante, y por agotar (y agotarse en) sus agitados días laicos y locales, con otro escritor callejero, cotidiano y “vulgar”: Lizardi (OC, III, 88-93). Ambos se ocuparon alegremente de todo tipo de asuntos y disciplinas: era una época incipiente de la cultura nacional en que unos cuantos debían improvisarlo todo. Los especialistas llegarían, cuando llegaron, mucho después.
Así, otra parte de su prosa conforma una larga, generosa y paciente divulgación –Ramírez fue sobre todo un maestro la mayor parte de su vida- de conocimientos de cultura y ciencia clásicas y contemporáneas. Fue iniciador en tales caminos, inaugurador de cátedras. Existen los testimonios de sus discípulos. Y no falta, finalmente, desde luego, un buen sazonado racimo de explosivas expresiones anticlericales y antirreligiosas de jabobino al rojo vivo, con toda la barba, que Voltaire habría inudablemente aprobado; a las que por cierto ningún otro mexicano se atrevió de manera tan franca y frontal, para intentar sacudirse un poco el atarantamiento levítico de siglos.
Por lo demás, los liberales tenían otra información histórica y científica: la ideología de la ciencia y del capitalismo salvaje, pero lleno de telégrafos, barcos, bancos, fábricas y ferrocarriles. Parecían divinidades novedosas y pródigas, casi cuernos de la abundancia. (“El ferrocarril es el ensueño de todos los partidos, cuando dejan dormir sus divergencias en la política”, OC, III, p. 49).
Esos artículos y discursos, a ratos, admiten mejor una lectura metafórica que literal o ideológica: por ejemplo, El Nigromante trata de crear una Patria Nueva desde cero, nacida de un parto de fuego –como mural de Orozco-: las bodas de Hidalgo con la plebe airada (“la vil muchedumbre”, “las turbas envilecidas”) para engendrar el Ciudadano, la Libertad, la Ley, la Dignidad y el Progreso, que si bien no se sostiene mucho como historia ni como ideología, cabe en la tradición hispánica de los autos sacramentales (OC, III, pp. 10-26; 53-61).
Anticura supercura, laico predicador, santo luciferino, Ramírez expropia el mito católico de que una humanidad a la que perdió una meretriz (Eva, a propósito de la serpiente) había sido redimida gracias a una Virgen María sin mácula; los mexicanos, así, a quienes perdiera la Malinche, “barragana de Cortés”, se vieron rescatados por la impoluta y peinadísima Corregidora (OC, III, pp. 19-20). Llega a comparar a la revolución (de la Reforma) con el amor sagrado a una mujer, y lo quiere como un buen matrimonio: honradísimo, robusto, prolífico.
Tales figuras enfáticas, contratastadas, duras –con su belicosa oposición innegociable de héroes y villanos; paraísos y cataclismos- resultaban oportunas para una sociedad criada entre púlpitos y retablos; de ahí su extraordinaria eficacia: hasta hace unas pocas décadas, casi toda la oratoria oficial y escolar se inspiraba en dos o tres discursos de Ramírez.
Al paso del tiempo el loco azar antologa los textos. Ahora preferimos las crónicas pintorescas de Prieto a sus poemas populares y patrióticos, muy estimados en su tiempo; y de Ramírez, además del legendario perfil sobre sus audacias ateas, su generosidad hacia “la vil muchedumbre”, los oprimidos y los vencidos (así se tratase de Maximiliano, cuya ejecución condenó), y su justiciera, irrefragable y colérica honradez...; ahora que ya no podemos digerir debidamente sus discursos, ¿qué preferir de Ramírez?
Fue un escritor muy admirado por su prosa dura, que casi se ha descarapelado, y se le recuerda más por su poesía. Involuntariamente, como jugando a imitar a Voltaire en la saga del viejo raboverde tras jóvenes ninfas, ha dejado en muchas antologías dos poemas tardíos que no eran probablemente la herencia que él prefería.
La vejez rococó del fauno en “Al amor”:

¿Por qué, amor, cuando expiro desarmado,
De mí te burlas? Llévate esa hermosa
Doncella tan ardiente y tan graciosa
Que por mi oscuro asilo has asomado.

En tiempo más feliz, yo supe, osado,
Extender mi palabra artificiosa
Como una red, y en ella, temblorosa,
Más de una de tus aves he cazado.

Hoy, de mí, mis rivales hacen juego,
Cobardes, atacándome en gavilla,
Y, libre yo, mi presa al aire entrego;

¡Al inerme león el asno humilla!
Vuélveme, Amor, mi juventud, y luego
Tú mismo a mis rivales acaudilla.

Y una galantería cuyo éxito proviene de su desaforada exageración en el álbum de la ninfa Rosario de la Peña:

Ara es este álbum: esparcid, cantores,
A los pies de la diosa, incienso y flores.

El Nigromante fue, en sus mejores momentos, un supremo retórico: un manipulador pasmoso de efectos; así logró la “declaración de odio” más fragorosa de nuestra lírica que, bien mirada, sólo es una hábil acumulación de efectos verbales extremos: “Venganza de los mártires de Tacubaya”

Guerra sin tregua ni descanso, guerra
A nuestros enemigos hasta el día
En que su raza detestable, impía,
No halle ni tumba en la indignada tierra.

Lanza sobre ellos, nebulosa sierra,
Tus fieras y torrentes, tu armonía
Niégales, ave de la selva umbría;
Y de sus ojos, sol, tu luz destierra.

Y si impasible y ciega la natura
Sobre todos extiende un mismo velo
Y a todos nos prodiga su hermosura;

Anden la flor y el fruto por el suelo,
No les dejemos ni una fuente pura,
Si es posible ni estrellas en el cielo.

En otro lado, cierra una cadena de tercetos fúnebres con cierta altivez estoica, casi un epitafio romano, del hombre que ha elegido el desnudo escepticismo como rumbo de su vida:

Madre naturaleza, ya no hay flores
Por do mi paso vacilante avanza.
Nací sin esperanzas ni temores,
Vuelvo a ti sin temores ni esperanza.

LECCIONES DE MATUSALÉN
Buena parte de los escritores de finales del siglo XIX y de todo el siglo XX padecieron la obsesión de enterrar o desterrar a los liberales románticos como a mastodontes, que recuerda la de éstos al ignorar a los coloniales y a los prehispánicos. A Ramírez le fastidiaban tanto las antiguallas virreinales como las ruinas prehispánicas que andaba ajetreando Orozco y Berra: por ahí dice algunas torpezas sobre la literatura náhuatl y sobre sor Juana. Por lo demás, tampoco le gustaba mucho el romanticismo, al que calificaba de mera histeria y sentimentalismo: se asumía tal vez como un estoico griego o romano, anacrónico y perdido en el Anáhuac.
En los discursos y artículos periodísticos del mastodonte Ramírez admiro sobre todo su vocación de brusquedad satírica. No quiso ser dandy, moderado, diplomático y gentil. Todo era tropel de búfalos.
Se ha perdido aquel célebre ensayo juvenil (hacia 1837) que presentó a la Academia de Letrán, y cuyo escándalo no ha cesado, al grado de que en 1947 una horda de terroristas católicos irrumpió en una sala del Hotel del Prado para mutilar el mural “Sueño de una tarde de domingo en la Alameda central”, donde Diego Rivera recordaba al Nigromanye y su frase “Dios no existe”, y que fue obligado a modificar poco antes de su muerte, en 1956, bajo amenaza de nuevos atentados (a pesar de la disposición militante de asociaciones, uniones o sindicatos de pintores izquierdistas, de restaurarlo cuantas veces fuera preciso) con una mera alusión a las Leyes de Reforma. (Cf. Novo, Salvador: La vida en México durante el periodo presidencial de Miguel Alemán, La vida en México durante el periódo presidencial de Adolfo Ruiz Cortines, México, CNCA, 1994 y 1996; y México, Barcelona, Ediciones Destino, 1968).
Guillermo Prieto e Hilarión Frías y Soto recuerdan que ese ensayo comenzaba con: “No hay Dios; los seres de la Naturaleza se sostienen por sí mismos”. Sin embargo, al discutirse en lo general la Constitución en la sesión del 7 de julio de 1856, se permitió una impertinencia –para la sociedad semilevítica de entonces- igualmente memorable:
“El proyecto de Constitución que hoy se encuentra sometido a vuestra soberanía... se funda en una ficción: ‘En el nombre de Dios... los representantes de los diferentes estados que componen la República de México... cumplen con su alto encargo...’ La Comisión, por medio de estas palabras, nos eleva hasta el sacerdocio; y colocándonos en el santuario, ya fijemos los derechos del ciudadano, ya organicemos el ejercicio de los poderes públicos, nos obliga a caminar de inspiración en inspiración, hasta convertir una ley orgánica en un verdadero dogma... Yo bien sé lo que hay de ficticio, de simbólico y de poético en las legislaciones conocidas; nada ha faltado a algunas para alejarse de la realidad, ni aun el metro; pero juzgo que es más peligroso que ridículo suponernos intérpretes de la Divinidad y parodiar, sin careta, a Acampich[tli], a Mahoma, a Moisés, a las Sibilas... Señores, yo por mi parte, lo declaro, yo no he venido a este lugar, preparado por éxtasis ni por revelaciones; la única misión que desempeño, no como místico, sino como profano, está en mi credencial [de diputado constituyente], vosotros la habéis visto, ella no ha sido escrita como las tablas de la ley, sobre las cumbres del Sinaí entre relámpagos y truenos. Es muy respetable el encargo de formar una constitución para que yo comience mintiendo” (OC, t. III, pp. 3 y ss.)
Este Padre de la Patria mestizo pero con todos los rasgos físicos indígenas detestaba furibundamente a los aztecas, en quienes sobre todo encontraba esclavitud, fanatismo religioso y barbarie militar. Sólo quería indios modernos: ciudadanos, jornaleros sanos con agricultura e industria, salarios dignos, alfabetizados y totalmente independizados del curato.
Insulta a Juárez como a “un bárbaro de la Mixteca” (OC, II, 97). Así de rudo se llevaban los indios con los aindiados, si bien en otro lado generaliza: “En la República Mexicana todo mundo es tapatío... no hay quien deteste cordialmente a un jalisciense como otro jalisciense”.
Los historiadores del siglo XXI podrán corregir los datos históricos sobre los aztecas que Ramírez expuso en un artículo de 1871, pero ¿cómo no asombrarse de su brusco anti-indigenismo cultural, cuando ya algunos poetas románticos cantaban la vuelta gentil y florida al folklorismo de Moctezuma? Seguramente Ramírez no conocía la frase que acababa de escribir Rimbaud: “Es necesario ser absolutamente modernos”, pero tal inspiración mueve su definición satírica de las pirámides aztecas como “parodias de los cerros”, y este latigazo al prehispanismo folkórico-sentimental:
“El primer emperador mexicano se comió a su esposa en la noche de sus bodas, y ante el sol del siguiente día la convirtió en diosa; todos los actos de la vida se sujetaban a ceremonias político-religiosas; el terror adormecía el cuerpo social; se inventaron hechiceros, y los bufones fueron los consejeros de los reyes; todo en este sistema, nos descubre el tipo a que desean acercarse los modernos admiradores de la teocracia y del cesarismo...” “Las pirámides, que tanto cautivan la atención, ya por su altura, ya por sus adornos, sepulcros, aras o fortalezas, no fueron construidas para el servicio de los particulares sino para satisfacer la pública magnificencia... el lujo era privilegio de la autoridad, mientras que los particulares sólo recibían de mano de la arquitectura, chozas de tal suerte deleznables, que la tierra ha desdeñado conservar sus cimientos: cuantos escombros existen, están marcados con el sello del poder; la multitud no nos ha dejado sino algunos utensilios domésticos” (OC, t. II, p. 23), etcétera. Ya vendría Brecht a preguntarnos “en cuál de los palacios de la dorada Lima vivían los albañiles que los construyeron”.
A los españoles no les fue mejor. En su respuesta a Emilio Castelar, quien se quejaba de la ingratitud hispanoamericana hacia la Madre Patria, escribió sin desperdicio:
“Renegamos los mexicanos de la patria de usted, señor Castelar, del mismo modo y por las mismas razones que usted reniega de ella... ¿Imitaremos la España actual, donde usted, admirable escritor, es visto como un paria? No; usted no canoniza el robo de guano, ni los asesinatos de Santo Domingo, ni la esclavitud de Cuba: llamándose usted demócrata, ha dicho sobre la España de hoy: ¡anatema! ¿Imitaremos la España que Carlos II El Hechizado, una especie de Maximiliano por derecho hereditario, abandonó como un cadáver a los buitres de Austria y Francia?... La España que usted ama no existe, ni ha existido jamás; el talento de usted la engendra en su alma aristocrática; la ve usted en el porvenir; la dota usted con las prendas de su propio carácter... Una sola gota de sangre española, cuando ha hervido en las venas de un americano, ha producido los Almontes y los Santa Annas, ha engendrado los traidores; y no es extraño este fenómeno, porque para darnos su sangre no han venido a América los Quintanas ni los Castelares, sino los frailes que ustedes han asesinado y los galeotes que ustedes cargan de cadenas... Los españoles no han hecho en nuestros puertos sino una cosa buena: salir por ellos... ¡Que ruin sería la América a los ojos de nuestro ilustre antagonista si no aspirara sino a remedar a España!... En España no es Castelar sino el bastardo de la opinión pública, aquí en México es, desde hace tiempo, uno de nuestros hermanos” (OC, II, 382 y ss).
Como se sabe, el triunfo de la Reforma logró no reemplazar sino digamos apenas ampliar la antigua aristocracia ranchero-militar, con una nueva clase político-militar liberal, generalmente de orígenes modestos y recientes, pero que rápidamente se asentó en el poder y en los negocios y se asumió como una casta profesionalmente patriótica que debería monopolizar el gobierno para siempre: la dictadura de Juárez-Lerdo-Díaz (1857-1910).
Como ocurriría durante la Revolución de 1910 y las décadas del PRI, el joven arriero liberal, pasando por soldado y funcionario menor, trepó a un buen cargo (que además le permitía sucios pero jugosos negocios particulares con los bienes del clero, de los pueblos indígenas, de los conservadores o “traidores” y del erario), y devino por arte de magia un prudentísimo marqués que empezó a hablar de los peligros del populismo, de la anarquía y de los cambios en la vida pública. El partido de los políticos debía gobernar invariablemente para y por los políticos –en ese momento juaristas-lerdistas- y desconfiaba de la inmadurez o la barbarie del pueblo, que podía arruinarle el negocio.
“Mi amigo el lerdista me saludó, preguntándome con melosa voz:
-¿Dónde vive ese pueblo soberano cuyo triunfo pretende usted asegurar en las elecciones?
Comprendí su atroz ironía, le contesté:
-Vive en las casas de vecindad, donde usted pasó sus primeros años, llevando ya un jarro de atole, ya un jarro de pulque a su familia; vive en los modestos jacales, único abrigo de mi cuna; vive en las cárceles, donde usted y yo hemos completado nuestros estudios políticos; vive en los talleres y en los campos de donde brota el alimento de ocho millones de habitantes; en ese pueblo se contaron nuestros padres, en ese pueblo se verán nuestros hijos. A ese pueblo debe usted su inesperada y dudosa riqueza” (OC, II, p. 51).
Ministro (breve) tanto de Juárez como de Díaz, Ramírez fue un crítico brutal de ambos; combatió asimismo la corrupción liberal (“Don Benito permite hacer negocios a sus altos empleados en Hacienda, para que no roben...” OC., II, 46)
Para Ramírez, Juárez es el Gran Dictador, el Asesino, el Protector de la Rapiña, el Intrigante, el Despreciable, el Claudicador que se reconcilia con el Arzobispo. Ese gran ideólogo del Plan de Ayutla y ministro del primer juarismo dice de Juárez en 1871:
“El sistema de subvenciones, corrompiéndolo todo, ha venido a centralizarlo todo. Hoy, don Benito, en las horas de lucha electoral, puede, desde su silla, merced al telégrafo, derramar sobre las urnas hasta hacerlas rebosar, torrentes de oro con una mano y con la otra torrentes de sangre” (OC, II, 68).
¿Para qué conservar la Constitución en papel si ya contábamos como dictador con el “Hombre Necesario”?: “Si ya tenemos al Hombre-Constitución don Benito ¿para qué disputar por un cuaderno de papel?” (OC, II, 87). “¿Qué cosa puede saber Juárez que no sepan mil, diez mil, cien mil, en la nación? En Guerra, tiene un ejército costoso y turbulento; en Hacienda, despilfarra los dineros y embrolla las cuentas; en Fomento, se deja engañar por extranjeros que prometiéndole capitales ingleses, se llevan más allá del Atlántico los de la nación; en Justicia, no sabe sino matar sin figura de juicio; en Gobernación, ensaya el centralismo; en relaciones extranjeras compromete con igual facilidad los recursos del erario y vastas regiones de nuestro territorio.”
Y más adelante lo acusa de usufructuar méritos ajenos:
“Abolió Juárez los fueros. Los fueros estaban abolidos en la segunda época de la federación [Gómez Farías]. Santa Anna los reestableció. El Plan de Ayutla declaró nulos todos los actos de Santa Anna. Juárez no tenía libertad para deliberar; dio una ley que hubiera expedido hasta el más refinado conservador si hubiera admitido el ministerio. Dio las leyes de Reforma. Éstas habían sido iniciadas por la Constitución y por Comonfort; la revolución las hizo inevitables. Juárez resistió el expedirlas, se le anticiparon en Zacatecas; entonces, para no caer, se improvisó en reformista. Se fue al Paso del Norte [Ciudad Juárez] cuando la invasión francesa. ¡Sí! Comenzó por tratar con los enemigos; puso a Zaragoza en lucha con los franceses y con las órdenes suspicaces de Doblado; no mandó un buen ejército de observación sobre Forey; abandonó la capital antes de tiempo; disolvió catorce mil hombres en Querétaro; desorganizó otras fuerzas; introdujo la guerra civil en muchos estados; se aseguró de no despreciables cantidades, y aprovechó el triunfo ajeno para darnos la convocatoria. ¡Otros fueron los que lucharon!” (1871, OC, II, pp 96-97).
Alcanzó a decepcionarse de Díaz, pero no a escribir mucho contra él, como lo había hecho contra Juárez, pues murió pronto (1879), a excepción de esta carta privada al ya presidente don Porfirio, cuando se enteró de que había ordenado destituir a todos los maestros que no se hubieran adherido al Plan de Tuxtepec: “Usted es casi omnipotente como lo son en México todos los triunfadores. Puede quitar sus grados a todos los generales y dárselos a otros sujetos que no hayan peleado nunca; puede abolir la Federación; unir la Iglesia y el Estado, nombrar diputados a los sujetos que le plazca, restituir los fueros, imponer el sistema monocamarista o bicamarista y hasta acabar con las cámaras. Pero hay cosas que no están en su mano y que yo deploro no estén, porque me duele que sea limitado el poder de los generales triunfadores; por ejemplo, hacer que dos y dos sean nueve, cambiar el curso de las estaciones e improvisar sabios, aunque sean tan modestos como los que tenemos” (OC, III, pp. 188-189: al parecer, esta carta no existe en los archivos de Díaz; azarosamente se publicó en Excélsior el 27 de mayo de 1927).
Ramírez subvierte la superstición centenaria de la “sólida” historia de bronce de las gestas liberales. Ese Panteón Liberal, que para él no es sino una arribista, oportunista “tribu de héroes” (OC, t. I, p. 13), no desconoció en el Nigromante la más arisca autocrítica. Lo que no es pequeña lección para ninguna literatura.
Como las “lascas” que dijera Díaz Mirón, los destellos de la obra que -demasiado humilde o altivo para promoverse como autor-, se negó a recoger en libros durante su vida, y que son mera recopilación de lo que buenamente reunió Altamirano en una edición póstuma, o sobrevive en las hemerotecas, recuerdan su verdadera labor: encabezar la lucha colectiva por una cultura liberal, de la que, sin embargo, empezó a desengañarse desde el momento de su triunfo sobre Maximiliano.
O desde el momento mismo de discutir la Constitución, cuando dice “pero en el siglo de los desengaños, nuestra humilde misión es descubrir la verdad y aplicar a nuestros males los más mundanos remedios” (OC, III, p. 9), a falta de los divinos, que él supo admitir muy temprano que no existían.
Nacido tres años antes de la consumación de la Independencia, toda la vida de Ramírez transcurrió entre experimentos políticos, guerras y discordias civiles. Acaso desde niño se hizo la pregunta que pronunció en otro discurso de 1856: “¿Qué debemos hacer para rehabilitarnos ante nuestros mismos ojos?” (OC, III, p. 13). Acaso la recordó a sus sesenta años, al acercarse “sin temores ni esperanza” a la muerte, que por cierto le fue suave: se fue extinguiendo como en “un sueño agradable”, según lo vio Altamirano.



EL ARCHIVO MÁGICO DE MANUEL PAYNO


A sus ochenta años, poco antes de morir en su idílico San Ángel, Manuel Payno (1810-1894), escribió desde Francia y España, donde ocupaba cargos consulares, uno de los tabicazos más queridos de toda la novela mexicana, a solicitud de un editor español: Los bandidos de Río Frío (1889-1891), que originalmente apareció por entregas. Durante mucho tiempo circuló en una edición de cinco tomos.
Es la coronación y el mausoleo mexicanos del género narrativo del folletín, iniciado en Francia por Alexandre Dumas (1802-1870) y Eugène Sue (1804-1857), y que trataba de ganar para la lectura a las masas semiletradas, con relatos de escritura pretendidamente sencilla y tramas sobrecargadas de efectismos para “apasionar y azorar” todo el tiempo, buscando el suspenso y el pasmo en cada episodio.
Novelones como El conde de Montecristo y Los misterios de París encumbraron este género durante medio siglo. La mayoría de los folletines no lograron sólo ser simples, sino sobre todo pueriles y reiterativos –así como sus derivados electrónicos: radionovelas, telenovelas. Pero algunos se sostuvieron en el gusto de los lectores, y aun novelistas con ambiciones estéticas e intelectuales admitieron algunos de sus métodos y efectos: Balzac, Dickens, Víctor Hugo, Tolstoi y Dostoyevski. De hecho, casi toda la novela moderna, incluso la más estetizante o intelectual, resiente la herencia del folletín.
Para 1891 casi todos los compañeros de Payno, su época misma, estaban más que muertos, y también el tipo de novela en que creyeron: el folletín romántico, que fue el oportuno reino soberano de Vicente Riva Palacio (y su celebrado “realismo mágico” novohispano de Martín Garatuza, Memorias de un impostor; Monja y casada, virgen y mártir, etcétera), y que Antonio Castro Leal, en el prólogo de Los bandidos de Río Frío (Porrúa), declara extinto desde los años setenta del siglo XIX. Ya se leía en todo el mundo a Tolstoi y a Turguenev; a Flaubert, los Goncourt y Zola; a Stevenson y a Henry James. Y los nuevos novelistas mexicanos –Delgado, Rabasa- buscaban un realismo más riguroso, crítico y atemperado, dirigido por exigencias estéticas precisas.

EL ARTE DE NO CAMBIAR
El viejo Payno mostró ante todo una gran lealtad literaria consigo mismo y con su generación. No hizo caso de modas, escuelas ni cronologías. Acaso ni siquiera las entendió (habla del “naturalismo” como de un mero realismo truculento). No se sintió aludido por los flaubertianos y demás críticos de la novela-fárrago. Incorregible, prediluviano lector de “el buen Sterne”, Sue, Dumas y Dickens, entre otros ídolos, escribió el tremendo novelón a su antigua manera, en la línea de sus novelas previas El fistol del diablo (1859) y El hombre de la situación (1861) –treinta años antes de Los bandidos de Río Frío-; es decir a saltos y tropezones, con sermones, discursos didácticos y melodramas y terrores embrolladísimos, “astracanescos” y algo ridículos, reiterativos y digresivos, como solía hacerse antes de que los genios europeos de la novela de la segunda mitad del siglo XIX hubieran puesto orden en el género y publicado modelos inexpugnables.
Un supuesto corresponsal anónimo, que pudiera parecerse a su amigo Guillermo Prieto (1818-1897), le dice al final de la novela: “Todo en ti se reduce a plática, y lo mismo un discurso en el Congreso, que una novela o que una charla insustancial en un café. No te ofendas por esto, pero de nada te ha servido leer a los clásicos... de todo el mundo. Tú has quedado el mismo, sin aprender de nada y sin corregirte de tus defectos...”
En efecto, la locuacidad incontenible de Payno no se arredra ante las exageraciones burdas y el trato chusco, casi esperpéntico, de algunos de sus episodios; ni ante la prosa sentimental más azucarada y trillada en los pasajes líricos y melodramáticos. En 1891 sigue en la situación folletinesca de 1859. Folletín y crónica, teatralidad y realidad se entrelazan: asesinatos hoooorribles y encendiiiiidos amoríos; coincidencias descabelladas, crímenes, batallas, asaltos, descuartizamientos, epidemias, naufragios; maldades inauditas, filantropías prodigiosas; vertiginosas vueltas de la fortuna de un puñado de personajes pintorescos, que se extravían y reencuentran a cada paso en sus episodios con cierta artificialidad teatral que permite todo tipo de avatares a su elenco de protagonistas.
Toda una variedad de mestizos, criollos y españoles; indios norteños (comanches) y mesoamericanos, asimilados a la civilización española o macehuales silvestres de etnias ignotas; arrieros, capataces o administradores y magnates; militares, diplomáticos, rebeldes alborotadores con fines de robo o contrabando; divas de ópera, catrines adoradores de las divas de la ópera; tahúres, ministros, gobernadores, políticos logreros, abarroteros, rateros y beatas.
Una frutera bellísima e inteligente, medio cacica; una familia de rancherillos que pretende descender de Moctezuma II y reclamar del nuevo gobierno independiente todo el vasto imperio de aquel, sin excluir a los ínclitos volcanes; un conde colérico y un marqués manirroto; muchos puesteros, pepenadores, chaluperos, trajineros, hierberas milagreras, artesanos, atoleros, leguleyos, jueces, rancheros, criadas. Un amorío secreto entre una condesita y un militar, con casi dos décadas de aventuras rocambolescas de su ilegítimo vástago extraviado desde bebé. Un ebanista terriblemente criminal, como para competir con los Endemoniados de Dostoyevski. Criadas enterradas vivas en cofres llenos de onzas de plata y millonarios catalépticos que parecen resucitar cuando cae y revienta su ataúd durante el entierro. Un valiente periódico que sabe corromperse todo el tiempo por todos lados; la soldadesca de la leva y hasta las fieras y alimañas de la naturaleza salvaje.
Es un cronista-titiretero, al mismo tiempo disparatado y convincente, de infernales tiraderos de basura, apestosas acequias, canales y lagos atareados y peligrosos, comilonas folklóricas suculentísimas; tianguis y ferias regionales (San Juan de los Lagos) más elaborados que el propio caos. Motines callejeros, caídas de ministerios, rebeliones; pleitos en cantinas; recauderías, hospicios, pasillos y antesalas gubernamentales, cárceles, tribunales y comisarías; charrerías y balacera. Asesinos devotísimos y curas expertos en escopetazos.
Los bandidos de Río Frío ofrece duelos de oligarcas fanfarrones de capa y espada y plebeyos ladrones con caretas de cartón, como de teatro de la legua; heroínas delirantes de ópera, calcadas de la Lucia de Lammermoor: desmelenadas y aullantes, corriendo hacia ninguna parte entre los bosques en sus “arias de locura”; redes de espías y contra-espías desde la esquina del mendigo hasta el dorado despacho presidencial de Palacio.
Así ajusticia la tropa a algunos bandidos:
“Los soldados afanosos, riendo y contentos, como si se hubiesen sacado la lotería, pasaron unas reatas al cuello de aquellos cadáveres con los ojos todavía abiertos y vidriosos, y brotándoles sangre por una parte y por otra, los arrastraron hasta el pie de los oyameles, echaron en los brazos [ramas] más gruesos las reatas, tiraron del otro lado de ellos e izaron los cadáveres flexibles y descoyuntados, que se balanceaban y movían las piernas con el chiflón de viento que venía de cuando en cuando de las cañadas de la montaña” (p. 361).
Un desfile judicial:
“Al indio enmascarado lo sacaron arrastrando por los pies... Al salir del agujero tropezó la cabeza... con una piedra y se le rasgó más la herida profunda que le había hecho Pantaleona en el cuello. Siguieron tirándolo de los pies, y la cabeza monstruosa iba dando saltos al chocar con las piedras redondas de la calle. Así llegaron hasta donde estaban las escaleras [de palo, que servían de camillas]. Lo amarraron en una de ellas por los pies y por el pecho y lo recargaron contra la pared del patio. La cabeza, chorreando sangre todavía, colgaba y pendía de un pedazo de pellejo. En seguida sacaron al remero [otro cadáver] con los retazos de cachetes y de nariz colgándole, y empapado en agua sangrienta, lo colocaron y lo amarraron de la misma manera en la otra escalera y lo arrimaron a la pared junto al otro muerto... -¡Tápenlos bien donde se debe y amárrenlos fuerte, no se vayan a voltear en el camino; tengan cuidado con la cabeza del indio, que ya se le cae y es necesario que llegue entero al juzgado!... Delante, un piquete de soldados; en seguida, las dos escaleras con los muertos... Así caminaron por la Santísima, Santa Inés, la Moneda y costado de Palacio. El cadáver del remero iba dejando un rastro de agua sanguinolenta e infecta que chorreaba, que atraía a los perros callejeros que entraban y salían por entre la gente y las filas de los soldados, y que iban olfateando y se retiraban a poco, como con un visible disgusto, haciendo gestos y levantando las narices para que les entrase el aire y disipase los miasmas que habían respirado. La cabeza [del primero] tanto colgaba de un lado como de otro, siguiendo el movimiento y compás del menudo trote de los que cargaban la escalera; al fin, en uno de esos meneos lúgubres y amenazadores que asustaban y hacían retirar del balcón a las niñas curiosas que salían al escuchar el rumor insólito de la calle, la cabeza se desprendió del último pellejo que la sostenía y rodó por el suelo con una especie de violencia y de rabia, como si todavía tuviera vida y quisiese vengarse de Pantaleona. Enfrente al baluarte de Palacio se detuvo la procesión... La cabeza... fue perseguida en su fuga, agarrada por los cabellos erizos y cerdosos, colocada sobre la barriga del cuerpo con unos cordeles que le arrebataron a uno de los cargadores que estaban en la esquina...”, etcétera (pp.408-409).
Una novela fundamentalmente regionalista (aunque con notas de pie de página para los lectores españoles) y periodística: asienta en el curso del relato que su principal interés no es ella misma, su historia, sino sólo rescatar al filo de la pluma, según buenamente vengan a la mente del autor, a tiempo o a destiempo, cuadros de costumbres que supone casi desaparecidas, propias de principios de ese siglo XIX mexicano, en los que campea el espíritu del periodista raudo y polémico, exagerado y sensacionalista, sentimental y sermoneador, efusivo de opiniones sobre todo tipo de disciplinas y asuntos.
Pero a la vez con la gracia de un conversador probado que termina por ganarse con todo tipo de trucos al auditorio. Su modo de narrar, en opinión de Guillermo Prieto: “zurcía una leyenda fantástica, y llena de sal, de un estornudo, del alarido de un comanche o del suspiro de una monja desesperada”. Desde luego, tal magia no puede operar de manera continuada a lo largo de dos mil cuartillas a vuela pluma y se llena de paja, repeticiones, chistes, comentarios digresivos. Acaso ni el propio autor tuvo siempre claras la extensión ni la arquitectura de su obra, y se limitaba a enviar a su editor buenamente capítulo tras capítulo, a fin de que se fueran publicando y vendiendo por entregas. Temía no vivir lo suficiente para terminarla.
No falta quien lo haya definido como un escritor-archivo (Alejandro Villaseñor): en sus novelas y relatos siempre encuentra la manera de ensartar coloridamente hechos de su tiempo y fragmentos extensos de sus propias Memorias (CNCA). Por otra parte, el supuesto corresponsal tan parecido a Prieto, así como Luis González Obregón (en su prólogo de 1928) y José Lorenzo Cossío trataron de identificar a las personas en que se inspiraban algunos personajes de Los bandidos de Río Frío. Aunque Payno permite todas las libertades a su imaginación guasona, siempre de algún modo reportea: de suerte que tenemos un archivo en parte real y en parte mágico.
Y tal vez debamos a esa magia, a esas bromas y exageraciones, a su tendencia de sobrecargar incluso lo macabro y lo chusco, el que se tomen tan de buena gana descripciones del México de su tiempo que –semejantes en los datos básicos- hemos olvidado en los libros más sobrios de otros autores, incluso en otras obras menos desmesuradas del propio Payno.
La magia funcionó. A pesar de que durante el siglo XX predominó una crítica severa a las facilidades discursivas e imaginativas del XIX, y de que tanto los tradicionalistas como los vanguardistas abominaron de la “escritura fácil” o charlatana y de las tramas chuscas, simplonas o teatrales, muchas generaciones de lectores, estudiosos e incluso novelistas modernos (Mariano Azuela) han perdonado de inmediato, casi ni siquiera las han tomado en cuenta, las múltiples ofensas literarias y novelísticas del terco autor démodé, folletinesco a destiempo, de lectura tan fatigosa y a ratos exasperante. Se quedan con el populoso panorama –crónica, fantasía y farsa a la vez- de la vida popular de las primeras décadas del México independiente: de su memorioso archivo mágico, teatralizado, casi carnavalesco, con fondo lamentable o macabro pero en un estilo frecuentemente jocoso.
El mamotreto “ilegible”, “descabellado”, “eterno”, ha recibido una estimación escolar y popular sin interrupciones, como ha ocurrido también con algunas novelas de Riva Palacio. Por caduco y desmesurado que resulte el sistema del folletín, les permitió a ambos un despliegue de la materia narrativa y un registro de la realidad social –incluso del habla y las costumbres- mayores que otros géneros novelísticos más prudentes y circunspectos. Se diría que el propio exceso folletinesco, en su libertinaje teatral, en su desbocada facilidad expresiva, en su cúmulo de licencias, protege y preserva de alguna manera la esencia social e histórica que estos dos novelistas atraparon en sus redes artificiosas. Hay que añadir su célebre habilidad como conversadores. Por lo demás, no es casual que ambos novelistas, y especialmente el viejo Payno de Los bandidos del Río Frío, hubiesen sido protagonistas de sus tiempos y conociesen su país al detalle: el folletín les permitió desbordar, pero a borbotones, su conocimiento abundante y auténtico de la antigua sociedad mexicana.
Así, no es fortuito, para señalar uno entre muchos asuntos, que precisamente el exministro de Hacienda Payno narre tan convincentemente cómo se falsificaba la moneda, se introducía el contrabando; se fabricaban joyas nuevas con las piedras preciosas desmontadas de joyas antiguas robadas; cómo se lavaba dinero, se defraudaba en los casinos, se filtraba la información sobre la circulación o el escondite de las riquezas. O bien cómo ciertos hacendados astutos (Escandón, los Peña) preferían entenderse amistosamente con bandidos “honrados” a que los protegiera bárbara y catastróficamente el “buen gobierno”.

LA TRADICIÓN DE LA NOSTALGIA
Sobre el talento propiamente novelístico –la invención de personajes, tramas y episodios; el discurso narrativo- predomina en Payno el genio periodístico de la crónica y la caricatura (de Daumier o Iriarte a ciertas prefiguraciones de Posada). Ciertas convenciones del folletín tuvieron que imponerse: por ahí aparece un presidente idealizado (nada menos que Santa Anna, pues se trata de representar la Autoridad Suprema de la Nación), o un viejo Juez Incorruptible y Angélico (Don Pedro Martín de Olañeta), ya que de otro modo nadie desataría los nudos espeluznantes de los Malditos.
Sabemos que Payno no juzgaba tan maniquea ni tan mesiánicamente los embrollos de sus tiempos, pero el género folletinesco exigía tales convenciones de tramoya; así como la inocente, lírica locuacidad erótica ante ciertas heroínas (Casilda, Cecilia, Lucecilla). El folletín se proponía excitar eróticamente al lector mediante la reiteración infinita y directa de sus exuberancias; acaso el novelista juzgó que ahorrarse algo de sus encendidos piropos tan reiterados iría en detrimento de la historia. La economía, la oportunidad y la perspectiva de los recursos narrativos serían una lección de autores posteriores.
Novela “naturalista, humorística, de costumbres, de crímenes y de horrores”. Así la quería, como cuarenta años antes; además, sin “pasar los límites de la moral y de las conveniencias sociales, y que sin temor podrá ser leída aún por las personas más comedidas y timoratas” – asegura a fin de no limitar su mercado popular, aunque en realidad no se autocensura demasiado: insinúa socarronamente cuanto le viene en gana, especialmente en cuestiones eróticas (incluso alguna fantasía necrofílica con mención del Marqués de Sade y todo). De hecho, resulta un poco voyeur en ciertos episodios de baño o cuando quedan desnudas las damas asaltadas.
El afortunado título no lo escogió Payno. Él pretendía algo más general: las “Cosas de otro tiempo”, que sugiere el supuesto corresponsal anónimo, un “largo estudio de las costumbres mexicanas”, como dice él mismo (p. 544). Quería ofrecer no una mera sucesión de asaltos a diligencias, casonas y haciendas, sino todo un cajón de sastre del pasado santanista. El editor encontró más comercial la referencia a los temidos bandidos de Río Frío, a quienes, de hecho, no vemos entrar en acción sino ya que ha transcurrido una tercera parte del intimidatorio novelón “inacabable”, como lo califica el propio autor.
Payno se demora en personajes de casi dos décadas que de alguna manera terminarán en bandidos o tuvieron relación con ellos, obsedido por su gran tema circular: la persecución y el castigo oficiales del crimen suelen ser administrados por los propios criminales. Cuando parece que la justicia “ahora sí” funciona, sólo se trata de un montaje de farsa macabra (con ajusticiados inocentes, azarosos) para disfrazar con mayor eficacia la delincuencia organizada desde las cúpulas. No ha perdido actualidad el argumento central, tomado de la nota roja más sonada de 1839: la más temida banda de criminales del país en esa época, apoderada de los montes boscosos de Río Frío (y en realidad de buena parte de la nación), desde dónde cómodamente asaltaba las diligencias del principal camino del país (México-Puebla-Veracruz), estaba astuta y documentadamente dirigida desde el propio Palacio Nacional por un coronel muy bien situado en los altos mandos del régimen de Santa Anna: Juan Yáñez, a quien Payno hace llamar Relumbrón -y quien por cierto aparece de pronto en Panzacola, por Chimalistac, como recurso emergente de prestidigitador, hasta el último tercio de la novela, para reanimar la trama extenuada.
De hecho, este cripto-bandido oficial o presidencial obsesionó a toda la generación de Payno y dio lugar a una variada bibliografía; ya cuarenta años antes de Los bandidos de Río Frío, en 1851, Pantaleón Tovar lo había trabajado en Ironías de la vida –título que por cierto Payno retoma, como un guiño, en uno de sus capítulos-; según testimonio de Altamirano, también Tovar buscaba que la trama sólo fuese un pretexto para pasearse por el bullicioso laberinto popular de México a la manera de Los misterios de París.
Estorba un tanto al armatoste folletinesco, tan populoso y extravagante que le conviene al lector ir tomando nota, al margen, de los datos de los principales personajes y enredos, pues todo se revuelve a cada capítulo. Pero la perspectiva desoladora de una sociedad entera prácticamente desgarrada y enfangada en la picaresca, la truhanería, la indigencia y el llamado de las cavernas (v. gr.: sacrificios humanos de bebés a la Virgen de Guadalupe) habla mucho del país real que surgió de las guerras de Independencia. Esa sociedad harapienta, pulquera y cuchillera, jalonada por la barbarie y la superstición, el horror y el desmadre, que trataron de civilizar desde cero los liberales, así fuesen los liberales heterodoxos, “tibios” o “traidores” (como se llegó a acusar a Payno durante las guerras de la Reforma y el Imperio): “esa especie de barbarie que todos toleran y a la que se acostumbran los mismos individuos a quienes daña” (prólogo). Un México delirante, sanguinario y cómico, en el fondo inmune a los cambios históricos o ideológicos, que anticipa muy claramente los paisajes y personajes de las revoluciones y revueltas del siglo XX (Guzmán, Azuela, Rulfo; las películas del Indio Fernández...)
Manuel Payno temía que el desarrollo porfiriano y los ferrocarriles hubiesen modificado tanto el panorama, como para ya no reconocerlo: “Tenemos que repetir a cada momento que México, en un período de diez años [1880-1890], ha cambiado de una manera tal que el mismo autor de esta obra, ausente hace años, si regresase creería que era otra nación distinta”. En realidad el lector mexicano actual lo reconoce no pocas veces al detalle, aun o sobre todo en el melodrama y el esperpento, y hasta con guiños familiares y risillas nerviosas -qué pena pero qué risa-; y hasta se siente convocado a la nostalgia por la “patria espeluznante” que dijera López Velarde.



LOS CUENTOS DE AMADO NERVO

NERVO Y LOS FILISTEOS
De la misma manera que su poesía, la prosa narrativa de Amado Nervo (1870-1919) representa un afanoso compromiso entre el exigente arte modernista y las restringidas luces del público al que el autor se dirigía en los últimos lustros del siglo XIX y los primeros del XX.
Era un público mayoritariamente femenino, con escasa escolaridad pese a sus pretensiones de mediana o mayor riqueza, a caballo entre la cultura católica más tradicionalista (provinciana, pacata, conservadora) y las novedades escandalosas de la cultura francesa del fin de siglo (positivismo, sensualidad, diabolismo, espiritismo y teosofía, lujos y leyendas orientales, adulterio y amor libre: “decadentismo”), introducidas por el periodismo literario y las novedades editoriales importadas de París.
La obra de Nervo es muy vasta y variada, a pesar de su muerte temprana, hacia sus cincuenta años (su angustia ante la Revolución Mexicana y la Primera Guerra Mundial, así como algunos desgastes, enfermedades y desgracias personales parecen envejecerlo desde los cuarenta años: cuesta trabajo aceptar que sus fastidiosos poemas de acedía y resignación a la Nada, sus “muero porque no muero”, sus despedidas del mundo -“¡Vida nada te debo, Vida estamos en paz!”- y sus verbosos desagrados de la carne fueron escritos por un hombre todavía bastante joven), y ofrece argumentos para todo tipo de tesis.
Su conjunto, sin embargo, señala a un autor mucho menos “heroico” (en el sentido de combatir la cultura tradicional) o radical que Darío, Lugones o Tablada, y mucho más preocupado por agradar a su público. Suele ser menos “raro”, menos exótico, menos esteta que otros modernistas; se acerca más a las ideas comunes en su época de la religión, de las buenas costumbres, del patriotismo, de los sentimientos meramente románticos, incluso de las modas: automovilismo, deportes chic, cine mudo, subconsciente, trastornos psíquicos, espiritismo. De hecho, abjuró en su última década incluso de los rasgos estetizantes de su juventud modernista, en busca de un estilo más simple y de un pensamiento más acorde con el de la clase media hispánica. Abjuró de las “extravagancias”, diabolismos y “mallarmeísmos” modernistas (como se ve en muchos de sus ensayos críticos, especialmente en Juana de Asbaje, 1910), y con ello de casi todo su arte literario, en busca de una dudosa “elevación” metafísica expresada en los términos más llanos y fáciles.
Dice bien Manuel Durán en el prólogo regular a su mala selección de Cuentos y crónicas de Amado Nervo (UNAM, 1971): “Nervo escribe, pues, no sólo para los iniciados, sino también para los filisteos”. (“Filisteos” es un anglicismo para “burguesotes”; Nervo los llamaba “emburguesados”.) No lo hizo por mera inmoralidad o venalidad –a pesar de sus enormes éxitos literarios, de sus comisiones periodísticas (financiado por Rafael Reyes Spíndola, de El Imparcial) y educativas (gracias al ministro Justo Sierra, previo acuerdo con Porfirio Díaz) y de sus puestos diplomáticos (con Carranza), ganaba poco y vivió casi en la pobreza-, sino por la ambición de ser un escritor profesional, un escritor con público, y no un anacoreta estético (aunque como tal guste posar en sus poemas).
Esa ambición exige rendir grandes concesiones a los prejuicios y modas del público, como lo vemos en casi cualquier autor “de arrastre” de nuestro siglo. La moralina católica y el pacato, mustio decentismo pequeñoburgués, pesan más en Nervo que en cualquier otro gran escritor mexicano, López Velarde incluido. Hasta en el Nervo más osado hay todo un minucioso reglamento de buenas costumbres, un protocolo del comme il faut. Es también un efusivo adulador de los poderosos y los potentados.
En sus artículos críticos, representa con frecuencia el papel de un malhumorado prefecto conventual que se impacienta y regaña ante cualquier inquietud, cualquier travesura: quiere, por ejemplo, que los gobiernos ¡prohiban oficialmente las zarzuelas, tandas y sketches del “género chico”, porque corrompen las costumbres y el idioma! ¿Quiénes conformaban los gobiernos hispanoamericanos hacia 1910? Casi puros tiranos terribles.
De ahí que haya resultado, especialmente en su poesía, pero también en ciertas narraciones, ensayos y artículos, uno de los autores más populares de su época en toda Hispanoamérica. Y expurgando algunos textos temerarios, por lo general poco divulgados, como los seleccionados por Pacheco en su Antología del modernismo, devino uno de los poetas más “convenientes”, más aprobados por padres de familia, curas y maestros de escuela. (En tal sentido, como el poeta que se portaba muy bien y rezaba con constancia y devoción, salvo deslices perdonables, lo elogia el padre Alfonso Méndez Plancarte en el prólogo a sus Poemas completos). Hasta la fecha, según afirma Luis Miguel Aguilar en su Poesía popular mexicana, representa el autor que mayor cantidad de poemas ha legado a nuestra memoria popular... y a la declamación en ceremonias y medios de comunicación, al estudio en las escuelas primaria y secundaria tanto clericales como oficiales. (Por lo demás, Nervo defendía precisamente ese tipo de poemas como parte esencial de la educación pública, como se ve en los “informes” sobre los sistemas educativos europeos que rendía al ministro Justo Sierra: fue pues ejemplarizante, sermoneador, oratorio y didáctico adrede).
Por ello mismo, al menos desde los años veinte, Nervo empezó a resentir el desprecio de los pequeños sectores más ilustrados y modernos del público, y por supuesto de los nuevos escritores. Chocaban su frecuente chabacanería, sus golpes de pecho frente a unas trenzas de mujer, sus poemas que casi o sin el casi imitaban plegarias u oraciones religiosas, su simplismo expresivo y mental. Sus bodas “blancas” de Baudelaire con Ripalda. (Entre indignado y lastimero, dio acuse de recibo a estos reproches desde 1910, en un párrafo de Juana de Asbaje.)

EL BACHILLER
Siempre se ha sabido, sin embargo, que hay varios Nervo; que tiene textos difíciles e inteligentes, de notables audacias culturales y estéticas. Uno de estos “otros Nervo” es el narrador de muchos cuentos y “novelas”, en realidad relatos largos, como “El bachiller”, “El donador de almas”, “Pascual Aguilera”, etcétera.
Aunque estos cuentos también se dirigen principalmente al gran público (con frecuencia se publicaron en revistas, periódicos y ediciones importantes), y no a minorías muy avanzadas, muestran a un Nervo más complejo, culto y divertido que el de los poemas famosos. Trata de ser libertino, espiritista, diabolista, sarcástico, decadentista y algo “inconveniente”. Todo un mundo sensorial y mental, que se interesa incluso en la ciencia y en la ciencia ficción (una operación quirúrgica concede al paciente la posibilidad de ver el futuro, lo que le echa a perder la vida, en “El sexto sentido”).
“El bachiller”, por ejemplo, narra la aburrida historia del seminarista que se debate entre la castidad y el deseo de mujer, sólo que se resuelve con un final desaforado: el seminarista trata de escapar de su conflicto con el recurso del teólogo Orígenes: la castración. Pero a diferencia de otros modernistas, que encontrarían en la mutilación de los genitales una gran oportunidad para muchas “misas negras” (dirigidas al deleite exclusivo de iniciados, en revistas y libros marginales), Nervo recuerda que está escribiendo para un amplio público asustadizo, y narra elípticamente el hecho. Tenemos al seminarista asaltado por los besos de la mujer deseada:
“Había caído de sus rodillas, con sus ropas, el cuaderno que leía, y la palabra Orígenes, título del capítulo consabido, se ofreció a un punto de su mirada. Una idea tremenda surgió entonces en su mente... Era la única tabla salvadora... Asunción estrechaba más el amoroso lazo y dejaba su alma en sus besos. El bachiller afirmó, con el puño crispado, la plegadera, y la agitó algunos momentos, exhalando un gemido. Asunción vio correr a torrentes la sangre...”, etcétera.
“El bachiller” fue uno de los primeros escritos famosos de Nervo, y acaso el único que atizó el escándalo público en quien se creería ahora el menos escandaloso de nuestros autores.

AVES DEL PARAÍSO
A caballo pues entre las audacias de la nueva cultura francesa y del más radical modernismo hispanoamericano, por una parte, y la cultura social (parroquial y espesa) de su público, por la otra, Nervo publicó miles de páginas. Es mucho más abundante su prosa que su poesía (de cualquier modo muy voluminosa, especialmente en la última década, cuando dijo que sólo deseaba el silencio). E indudablemente mejor, aunque la memoria popular haya privilegiado durante un siglo una veintena de sus poemas más religiosos, patrióticos o románticos.
Mucho le ayudaron, en México, el canto a los héroes; y en el extranjero, la tragedia lírica de su viudez, como el Orfeo en busca de La amada inmóvil, así como sus pretensiones de filósofo popular, al mismo tiempo católico y budista: buena parte de los poemas de su última década son lecciones simplificadas de filosofía estoica, indostana y cristiana para el lector sencillo que no podía descifrar tratados.
“Mejor” la prosa, porque en relatos y crónicas Nervo se siente más libre y encuentra mejores oportunidades de desarrollar sus preocupaciones e intereses intelectuales y estéticos. No iban a ser necesariamente memorizados por las señoritas de buena sociedad, quienes de cualquier manera se asomarían a ellos, por lo que habría que tenerles cierta consideración, pero limitada. En muchos de sus poemas, en cambio, jamás se apartaba de su vista, en primer plano, el inmenso coro de escolares o señoritas de buena sociedad a punto de memorizar “un nuevo poema de Nervo” para la próxima ceremonia o tertulia. Quizás aspiró también, en su última etapa, a compartir el prestigio de los devocionarios, de los Ejercicios espirituales o La imitación de Cristo de Kempis: escribir poesía de edificación devota. Lo logró durante muchos años.
La verdad es que, a pesar de todo, siempre resulta un escritor excelente. El don de la lengua literaria se le dio con esa naturalidad abundante y precisa, casi biológica, que vemos en Reyes o en Paz. Así como le fluye, límpida y memorable, la versificación, deja correr la prosa con una musicalidad y una exactitud sorprendentes, incluso o sobre todo cuando escribe de prisa y sobre casi nada, en crónicas y artículos. Sencillamente no sabe escribir mal:
“Para escribir un artículo no se necesita más que un asunto: lo demás... es lo de menos. Hay en esto del periodismo mucho de maquinal. Lo más importante es saber bordar en el vacío, esto es, llenar las cuartillas de reglamento con cualquier cosa. El periodista que es hábil en su métier [oficio], de nada, como Dios, hace un mundo de artículos... Prometedme un asunto diario, y en nombre de mi conocimiento del ‘oficio’ os prometo un artículo diario; advirtiendo que no se necesita un gran asunto. Dénmelo ustedes mediano, grande o pequeño, que el artículo saldrá... Desplúmese, por curiosidad, un ave del paraíso, y véase lo que queda. Así, exactamente, son muchos artículos de esos que divierten y aun encantan: aves del paraíso multicolores. Arranquen ustedes las plumas y hallarán... nada entre dos platos”.
Lo dicho: como si nada, al correr de la pluma, “aves del paraíso multicolores”. Tal es la prosa de Nervo, y el placer de su lectura, intenso frente a la página, y luego difícil de explicar o analizar en un comentario crítico. Su gran tema es su gran lenguaje. Y cuando hay que “fusilarse” parcialmente otra obra, lo hace con toda tranquilidad, sin correr el trámite de mencionar la fuente: que el lector enterado disfrute el juego; así, por ejemplo, retoma el fusilamiento trucado de Tosca, y con título y todo “La novia de Corintio” de Goethe. Hay muchos préstamos de Verne y Wells en sus incursiones de ciencia ficción aplicadas a la conciencia humana, a los viajes en el tiempo, a la inmortalidad, a existencias o personalidades múltiples o paralelas.
Resulta uno de los prosistas de su tiempo que menos ha envejecido, acaso por esa inestable distancia hacia el lenguaje preciosista del modernismo, por esa relativa fidelidad al habla común del público (como publicaba mucho en España, su prosa se llenó de españolismos, como los “magüer” o los “la habló, la dijo”); por su deseo de claridad y de amenidad: por su compromiso parcial con el público “filisteo”, que le impidió las extravagancias estetizantes del modernismo que muy pronto pasaron de moda. No suena hoy tan fechado como el Azul de Rubén Darío o La guerra gaucha de Lugones.
Como estos autores, sin embargo, influyó más en el verso que en la prosa por su extraordinario oído para el metro y su empeño y su facilidad para reciclar y combinar todos los metros conocidos en la versificación española y algunos de otras lenguas romances; tanto más si se considera que fue el modernismo hispanoamericano el último momento en que la poesía castellana otorgó prioridad a la música: al metro, al ritmo y a la rima, disciplinas en que Nervo resultó un artífice prodigioso. Después de él, el culto de la-metáfora-por-la-metáfora-misma tiranizó la poesía, como se observa ya en sus sucesores inmediatos: Ramón López Velarde y Alfonso Reyes. Lo mejor de Nervo era la suntuosidad sonora; de ahí la pobreza de los poemas últimos en que se despojó de la artesanía del metro.
Su periodismo –“aves del paraíso, fuegos fatuos”- es aun mejor, a ratos, que la prosa de los cuentos, y revela al hombre cultísimo (Zola, Mallarmé, Wagner, Nietzsche, William James, Bergson, D’Annunzio, Maeterlinck, Francis Jammes, H. G. Wells, incluso Picasso y Eldgar) que intenta esconder en la mayor parte de su poesía “simple”.
El prosista formidable, hoy en día sólo para iniciados, es uno de los “otros Nervo” que el lector puede encontrar en las Obras completas, Ed. de Francisco González Guerrero y Alfonso Méndez Plancarte, con sendos ensayos preliminares (Editorial Aguilar). (Entre los estudios de su obra está el clásico de Alfonso Reyes: Tránsito de Amado Nervo, en sus Obras completas, Fondo de Cultura Económica; y la revisión académica de Manuel Durán: Genio y figura de Amado Nervo, Buenos Aires, Eudeba, 1968).

EL DONADOR DE ALMAS
“El donador de almas” figura como uno de sus relatos más risueños. Entreveo en esta broma astrológica y hasta cabalística la sonrisa “zumbona” de Anatole France (que se delata aún más claramente en “El ángel caído”). Es uno de los varios relatos espiritistas, que incluso podríamos llamar fantásticos, erigiendo así a Nervo en un caso raro dentro de una literatura, como la mexicana, tan sometida al realismo.
Un hombre, médico de profesión, se enamora del alma de una mujer. La mujer está físicamente recluida en un convento, pero cae dormida y su alma escapa y va a enamorarlo. El hombre la entretiene un día demasiado, de modo que el cuerpo de la recluida muere en el convento, y queda el alma flotando en el espacio, urgida de otro cuerpo en qué sustentarse, o se desvanecerá sin remedio. No hay cuerpo a la vista donde alojar al alma amada y desesperada. El hombre le ofrece entonces la mitad de su cerebro.
¡Por fin se consuma el Arquetipo! El Andrógino platónico, el Hermafrodita original, el hombre-mujer, la pareja en una sola entidad, la unión perfecta. Pero empiezan a aparecer ciertos inconvenientes: por ejemplo, la tentación de realizar físicamente ese amor, pero en un solo cuerpo. El “místico” Amado Nervo se encuentra en el brete de narrar estas “dos almas en un solo cuerpo”, que se regodean en la vulgar e innombrable masturbación. Habrá que contarlo todo con prudencia y elipsis. A Nervo nunca le falta ingenio:
“No hay manera de expresar el contentamiento y deleite de los dos hemisferios del cerebro del doctor. ¡Se amaban! ¡Y de qué suerte! ¡Como a nadie que no sea Dios le ha sido dado amarse en toda la extensión de los tiempos y en toda la infinidad del Universo mundo! ¡El doctor era, en efecto, como un dios! ¡Se amaba de amor a sí mismo! [...] Cierto, algunas veces, tales y cuales miserias fisiológicas ruborizaban al doctor por ministerio de su semicerebro”.

NARRACIONES Y POEMAS EN PROSA
El Nervo narrador gravita en torno a Maupassant (v. gr. el adulterio como surtidor de diversiones, en “Una mentira”), a Anatole France, y hasta, por desgracia, a Paul Bourget (la manía de “psicologizar” a sus personajes, mediante meros juegos de palabras, algo pedantescos).
Pero es un conversador fascinante y humorístico. No se adivina tal vocación por la travesura, los juegos impropios, las ironías libertinas en sus “tan sentidos” poemas. Por ello gana en los relatos largos. Cuenta incluso con relatos históricos: “Mencía”, en ciertas ediciones titulado “El sueño”, que es al mismo tiempo un juego calderoniano sobre el trueque de sueño y realidad, un viaje al pasado o desde el Toledo del Greco y Felipe II al siglo XX, y un alarde de erudición y virtuosismo en filología y cultura hispánicas; con curiosas invenciones de algún Mefistófeles dedicado al bien como “acto gratuito” (“El diablo desinteresado”); con apologías del peligro como “El diamante de la inquietud”, donde se postula que toda la dicha humana reside en su precariedad: el goce seguro y durable no constituye felicidad alguna, sino ennui, spleen; y extrañas incursiones en los terrenos de la personalidad o conciencia doble o múltiple (“Amnesia”).
En los relatos largos, que llama novelas pero que son cuentos que el lector alcanza cómodamente a disfrutar de una sola sentada, puede permitirse todo tipo de ires y venires verbales; y se desvanece un tanto en los cortos (Cuentos misteriosos, así como “poemas en prosa” dispersos en varios títulos misceláneos), más restringidos a la viñeta simbólica o fabulesca, más próximos a sus poemas, o las parábolas de un Nietzsche, de un Tagore, de un Gibrán Jalil Gibrán, de Pierre Louys, o del Gide de Los alimentos terrestres, con sus aires de profundidad a ratos dudosa mediante enigmas preciosistas.
“Prosas poemáticas”, dirían los académicos cursis. Son las que Manuel Durán, pasándose de listo, privilegia en su fastidiosa “antología” de Cuentos y crónicas de Nervo, que parece compuesta adrede para ahuyentar a los lectores. Error: Nervo es mejor narrador cuando poetiza menos: cuando construye anécdotas y crea personajes enteros, y trama, describe y bromea sobre material menos lírico o simbólico. Como en tantos simbolistas y surrealistas, también en él la “prosa poética” se antoja a ratos una forma pretenciosa de la charlatanería espiritualoide. Also sprach Nervo. (“Metafisiqueos” la llamaba él mismo.) Y por lo demás, no la necesita en cuanto narrador: sabe contar muy bien una historia propiamente dicha, y tiene una decena de relatos largos excelentes. Queden las parábolas y viñetas simbólicas para su poesía “espiritual y profunda”.
De cualquier modo, en todos sus textos narrativos, como en sus artículos y crónicas, fluye numeroso y feliz el genio de la lengua, como no se había visto antes en la literatura mexicana, salvo Gutiérrez Nájera.

PASCUAL AGUILERA
“Pascual Aguilera” me parece el relato más logrado. Sus escenas rancheras asombran por su facilidad. Retratos al natural precisos y rápidos. Se acercan al ideal, tan buscado en el siglo XIX, de narrar como idilio la vida de un rancho o de una hacienda. Aquí se permite Nervo dos momentos escabrosos.
Ha muerto el hacendado, dejando como herederos a un muchacho de incontrolable lujuria y a la viuda devota, aún joven, su madrastra. Como un anticipo de Allá en el Rancho Grande, el chamaco hacendado trata de arrancarle la primicia a una preciosa ranchera que está a punto de casarse con un trabajador de la hacienda. La muchacha se defiende y salva su honor, pero luego, recordando los forcejeos furiosos del fallido violador, conoce a solas su primer orgasmo, en plenas vísperas de su boda:
“Refugio volvió a la cama y se echó en ella sollozando. Diría todo a Santiago [su novio]... Pero no se lo dijo. ¿La hubiera él creído ilesa? Ya libre de todo riesgo, sola ya, su carne se rebeló empero de un modo extraño, y el recuerdo de la brutal audacia que estuvo a punto de hacerla víctima, fue un excitante poderoso. Si en aquellos momentos hubiera vuelto Pascual, habríala poseído. Sus deseos indefinidos de virgen tumultuaban por el brusco sacudimiento despertados... Las repugnancias que Pascual le inspiraba desaparecían. Continuaría odiándole mañana, mas ahora le deseaba; revolcábase en el húmedo lecho, dolorida y anhelosa, paseando por su cuerpo las manos temblorosas con suaves e inconscientes caricias. Y aquella noche Refugio tuvo la primera revelación del amor...”
El novio de la chica era un ranchero fornido, guapote, casi Tito Guízar. No había modo de enfrentarlo físicamente. La viuda virtuosa, además, se interponía como la fiel protectora de Refugio. Pascual Aguilera debió asistir, impotente y pálido, a toda la boda ranchera, minuciosa y magníficamente narrada, con platillos regionales, jaripeos y jineteadas, jarabes y zapateados.
Pero en la noche, desde su ventana, Pascual divisó la cabaña semialumbrada donde se consumaba la boda; y fuera de sí, rabioso de lujuria y despecho, loco y ciego, asaltó a la única mujer a la mano: la viuda virtuosa, su madrastra. No le quedó a Nervo otro recurso, después de este arrebato, que matar al lujurioso, quien sucumbió en cuanto consumó sus furias nada menos que por toda “una hemorragia cerebral con inundación ventricular, ocasionada por alguna intensa conmoción fisiológica debida a la histeria mental”, y dejar a la viuda llorando a mares en el confesionario.
Probablemente Amado Nervo jamás escapará de los emblemas, tan simplotes y tan queridos, de la veintena de poemas popularísimos que toda Hispanoamérica ha memorizado y declamado durante un siglo. Pero en sus gruesas Obras completas nos aguardan los “otros Nervo”, sorpresivos y estimulantes. Menos devotos y sermoneadores. Menos recitadores de Kempis. Con menor turismo teosófico. Menos cerradores de ojos ante la vida por “miedo de amar con locura, de abrir mis heridas que suelen sangrar”. Menos llorón o azucarado y más capaz de sonrisas y hasta de carcajadas mefistofélicas. Mucho más complejo y terrenal. En su prosa no aparece tanto ese “melancólico caballero del Greco”, como pretendía definirlo Tablada, sino un jocundo aventurero de muchas vidas.
Se alza, sin duda, como uno de los autores más dotados de toda nuestra historia literaria. Acaso ya sea tiempo de que la opinión culta le levante el castigo o el ninguneo con que se le ha cobrado su desmesurado, ciertamente abusivo, éxito popular. Pocas veces la lengua castellana se ha visto más rica y feliz en México que en los variados escritos, desde luego siempre sujetos a polémicas parciales, de Amado Nervo.




¿POR QUÉ NADIE LEE LAS MEMORIAS DE PANCHO VILLA?

Desde su aparición ruidosa y polémica, se supo que dos novelas de Martín Luis Guzmán (1887-1976), El águila y la serpiente (1926 en El Universal, 1928 en libro) —más bien, una colección de vigorosas estampas épicas y trágicas de la Revolución— y La sombra del caudillo (1929) —el relato de las vendetas del poder posrevolucionario en la época de Obregón y Calles—, se erigían no sólo como obras superiores de la narrativa en castellano, sino como títulos de interés mundial: fueron apreciadas en sus traducciones inglesa, francesa (por Gide, por Malraux), alemana, italiana (por Sciascia).
Quedó para los enterados y los exigentes la ponderación de Muertes históricas (escritas en 1938, publicadas en forma de libro en 1958) —los relatos de cómo murieron Carranza y Porfirio Díaz—, en las que hay quien ve el mejor momento de la prosa directa, clara, precisa y aguda —dramática y severa, noble y majestuosa—, capaz de impresionantes efectos con una extremada economía de recursos, de Martín Luis Guzmán. Tal paralelo fúnebre entre dos héroes culmina la semejanza, que sus contemporáneos formados en “la afición de Grecia” señalaron, entre el novelista mexicano y el historiador clásico Plutarco, el de Vidas paralelas.
En cambio, el desconcierto predominó desde el principio, cuando en 1936 empezaron a publicarse las Memorias de Pancho Villa, los domingos, en El Universal (la mayor parte del texto actual apareció en los cuatro volúmenes de Editorial Botas, entre 1938 y 1940; y sólo una última sección se añadió en 1951 a la edición definitiva). Hubo quien consideró esta obra como un monumento literario sin equivalente en el mundo y exigía para Guzmán, sobre todo por ese libro, el Premio Nóbel (recuerdo al cuentista caribeño José Luis González); y quienes la consideraron un mamotreto indigerible o un monumento propagandístico obsesivo, muralístico. Nadie le creía a Ermilo Abreu Gómez (para entonces completamente desprestigiado, después de tanta pifia) que él sí lo hubiera leído “completo”.
El resto de sus libros ha tenido escasa repercusión (La querella de México, Mina el mozo, Filadelfia, paraíso de conspiradores; Islas Marías, Academia, Crónicas de mi destierro, Necesidad de cumplir las leyes de Reforma, etcétera). Se diría que la obra de Martín Luis Guzmán, la cual incluye el periodismo, el ensayo político, la biografía, la crónica cultural (incluso, pioneramente, de cine), se concentra en aquellos dos títulos afortunados, emitidos uno tras otro, cuando el autor andaba sobre los cuarenta años; y que el resto pende como un voluminoso apéndice de ellos, salvo las antológicas Muertes históricas y las misteriosas Memorias de Pancho Villa, de finales de los años treinta.
Incluso se permitió la boutade de titular todo un libro Otras páginas, como si aceptara que las verdaderas eran aquéllas, en las que su misión de autor se cumplía oportunamente, de una buena vez; de hecho, escribió obras poco ambiciosas después de 1940, durante las últimas cuatro décadas de su vida, en las que se dedicó al periodismo (su revista Tiempo, aunque oficialista, fue modelo de profesionalismo informativo de 1942 a 1977), a las empresas culturales privadas (su cadena de Librerías de Cristal, su editorial Empresas Editoriales, S. A,) y a la política (director de los Libros de Texto Gratuito, senador).
Su trayectoria anterior es conocida: Miembro del Ateneo de la Juventud, político maderista, revolucionario villista, periodista en Estados Unidos y España durante sus exilios en las épocas de Carranza y Calles; participó, asumiendo brevemente la nacionalidad española, en el gobierno español republicano.

II
Desde los años cuarenta las Memorias de Pancho Villa fue un libro fácilmente localizable en hogares ilustrados: era un buen regalo, y un detalle patriótico, como los cinco tomos de México a través de los siglos. Pero sus ejemplares se mantenían intonsos, sólidamente vírgenes, inertes, inmunes a la lectura y aun a la curiosidad, con garantía a prueba de lectores. Nadie pasaba de las primeras páginas, ni para ganar una apuesta.
Eran motivo más bien de guasas, por su obesa y alarmante apariencia. ¡Mil cerradas páginas sobre las “memorias” de Villa! ¿Nomás para competir con los 8 mil kilómetros en campaña de Obregón? Vasconcelos, Azuela y Reyes intercambiaban codazos, guiños y chistes. Torri sonreía, aéreo. Novo ironizaba sobre alguna antología titulable como 3 toneladas de poesía noruega.
Los lectores y la crítica eludían comentarla; se hablaba de esta “novela”, lateralmente, con veneración —los prestigios del autor y del tema— e ironía —la extralimitación literaria y política: el memorioso Villa duplicaba los recuerdos de Ulises y de todos sus compañeros, tanto los de la Ilíada como los de la Odisea, y se postulaba a competir, en grosor, con la Biblia, el Quijote y el entonces escueto directorio telefónico—; para pasar de inmediato a El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, que sí eran obras perfectamente conocidas, incluso al detalle, por los mexicanos ilustrados.
El desconcierto sembrado en el público, la crítica y la academia a propósito de las Memorias de Pancho Villa es culpa en primera instancia del propio autor, por sembrarlas de expectativas desmesuradas.
Nunca son las verdaderas memorias de Pancho Villa, sino las imaginarias de Martín Luis Guzmán a propósito de Villa. ¿Por qué no decirlo desde el título: el Villa que yo conocí, que imagino, que admiro? Desde el título hay una exageración, una usurpación desaforada. El lector se desilusiona pronto de no estar oyendo a Villa, sino a un escritor travestido en Villa. El lector acudía a su cita con el héroe brusco, y era recibido solamente por su atildado plenipotenciario, quien acaso lo defiende con exceso. Es un libro rotundamente apologético y unilateral. Acaso el propio Villa habría aceptado más pecados, errores y defectos, de los escasos y veniales que Guzmán le permite, y siempre en contextos exculpatorios.
¿Si no son las verdaderas memorias de Villa, qué son: una novela, una biografía, un reportaje? Todo al mismo tiempo, pero de cada género apenas aparecen unos cuantos recursos tentativos. Carece de la libertad imaginativa y de la maquinaria dramática de una novela: hay simplemente un monólogo de mil páginas, escritas siempre en el mismo tono. Tampoco ofrece el análisis, la documentación contrastada, la crítica del ensayista o reportero.
En este monólogo se aprovechan recuerdos reales de Villa tal como se supone que los relató a otro periodista, Manuel Bauche Alcalde, y otros documentos, pero desde luego el noventa por ciento del texto proviene de otras fuentes, principalmente el conocimiento de primera mano que tuvo el autor con respecto a su personaje y sus hechos.
Es un reportaje de reconstrucción biográfica que nadie supo, y probablemente Martín Luis Guzmán menos que nadie, por qué llegó a tan excesiva extensión. Pudo haber sido doblemente larga, o tres veces más corta, al gusto del reportero. Episodios similares (batallas, enfrentamientos, miserias, discusiones) proliferan al infinito en el mismo tono. Impacienta un libro tan reiterativo y monótono. Sofoca su univocidad, la monopólica voz del protagonista. Habría sido incomparablemente más eficaz reducido a unas 300 páginas, que sólo mostraran momentos representativos de su héroe, en lugar de seguirlo minuciosamente en la monotonía de su gran rosario de batallas. Y contar con otras perspectivas (voz del autor, puntos de vista de otros personajes reales o imaginarios) que formaran el claroscuro y el contrapunto, que dramatizaran y calificaran la trayectoria del héroe desde perspectivas variadas. Se necesitaba debate dramático. Drama.
Tanto más cuanto que el Villa de Guzmán, como hombrón guerrero y silvestre, no se permite confidencia alguna. No abre su intimidad. Es un personaje de exteriores. Confiesa solamente hechos públicos bien conocidos en estas memorias. Incluso cuando susurra, está hablando para el ágora. Pero Guzmán no quería el drama revolucionario (que ya había narrado en sus dos libros célebres), ni sus matices o escondrijos íntimos, sino un sólido monumento totalizante, aleccionador, definitivo. Un perfil labrado directamente en la roca.
Por lo demás, Guzmán endosa a Villa sus propias obsesiones. Por ejemplo: la claridad y la tendencia liberal positivista (fe en el progreso). Quizás el intelectual odiaba más el lenguaje “nebuloso” que el guerrero; quizás el intelectual creía más en el futuro, que ese hombre bien metido en sus propios días que fue Villa.
No tienen por qué definir al Centauro, aunque sí a estas memorias, los preceptos intelectuales y literarios que Guzmán se impuso: a) creo, dijo, “en el amor de las ideas claras y en el horror de las nebulosidades con que a menudo se pretende suplantar el verdadero conocimiento. Álgebra y geometría...”; b) “En mi modo de escribir lo que más influjo ha ejercido es el paisaje del Valle de México. El espectáculo de los volcanes y del Ajusco, envueltos en la luz diáfana. Deseo ver mi material literario como se ven las anfractuosidades del Ajusco en un día luminoso...”

III
Ya que es un relato no completamente ficticio, pero sí fabricado, reporteado, de Pancho Villa, tal como se supone que a él le interesaría contarlo, Guzmán prescinde de infinidad de recursos que podrían enriquecerlo y dramatizarlo. No va Pancho Villa a elogiarse, a espantarse ni a considerase a sí mismo como personaje novelesco. Todo lo contrario. Se trata de un héroe y de un libro antidramáticos de principio a fin. Es altivo y contenido, como un prócer grecorromano. No busca que admiremos, por ejemplo, su toma de Ciudad Juárez (primera vez), a la que describe perentoriamente en unas cuantas líneas, sino aleccionarnos sobre la perfidia del antihéroe Pascual Orozco. La segunda vez que toma Ciudad Juárez, con el ingenioso recurso de los vagones carboneros, dedica menos espacio a la batalla que a exculparse ante la posteridad por ciertas ejecuciones y saqueos, por lo demás inevitables en toda revolución, dice. Se trata casi de un alegato de explicaciones y rectificaciones a sus injuriadores y a sus críticos. Su colosal apología, más que sus memorias.
La hybris, la desmesura de Guzmán en este libro, es que quiso convocar plenariamente el alma de Pancho Villa por razones ideológicas, sentimentales y ¡estéticas! Y no cesó de convocarlas durante mil páginas, lo que ya es una confesión de parte con respecto a la escasa fortuna evocadora del médium.
Para tal convocatoria al más allá contaba Guzmán con unos cuantos documentos insuficientes u objetables; con su profundo conocimiento personal de la persona y los hechos; con su ira frente al desprestigio que sobre Villa había tendido “la contrarrevolución” (para Guzmán, en los treintas, esto significa la alianza de los porfiristas con los sonorenses, unos y otros evocadores de Villa sólo como una bestia atrabiliaria, salvaje, saqueadora y sanguinaria); con su muy particular posición frente a la Revolución Mexicana, que le endosa, completa, a Villa (una viril y pura insurgencia del pueblo inocente y explotado contra la banda de ricos corruptos, cobardes y estúpidos del porfirismo; insurgencia noble y patriótica, así estuviera manchada por involuntarias escenas de crueldad, propias de seres elementales, no educados). Contaba con su personal amor por Villa, en quien vio a no sé qué concentrado de la pureza humana incluso en sus contradicciones y grandes tropiezos, y en quien embutió solapadamente su propia visión del mundo... ¡y con su amor por la literatura española del Siglo de Oro!

IV
Y aquí entramos al gran experimento literario de la composición de las Memorias de Pancho Villa, que ofrecían tan pomposamente expectativas de un Joyce mexicano, de la creación en laboratorio de un nuevo lenguaje: popular, puro, revolucionario. Villa como paradigma linguístico del mexicano.
Indignado ante la falsificación del lenguaje de Villa que habían pergeñado sus primeros reporteros, al traducir sus expresiones campiranas a un modo de hablar catrín, escolar, porfiriano, Martín Luis Guzmán se creyó capaz de reconstruir —y durante mil páginas, de un monólogo unívoco— el habla de Villa, su alma misma hecha palabra, con sólo dos recursos: a) la familiaridad del autor con el habla del héroe y de muchos soldados norteños, y b) la peregrina tesis —apoyada, sin embargo, en observaciones de ciertos filólogos— de que el pueblo pobre de México, el campesino, el pueblerino, hablaba no un español incorrecto, sino el purísimo castellano arcaico y lacónico del Quijote y de los cronistas de Indias. (De esta observación, por lo demás, deriva también el estilo de Rulfo.)
Así, recordando la manera de hablar de la tropa de la División del Norte, y añadiéndole arcaísmos cosechados de la lectura de los clásicos españoles —la Celestina, el Quijote, el Refranero, Bernal—, se lograría una fabla villista, tan propia del siglo XVI como del México campesino del XX: pura en su falta de escolaridad, de modernidad, y de contaminación letrada o urbana.
¡Años de insubordinaciones lingüísticas: Valle-Arizpe inventaba una prosa virreinal, colonialista; Guzmán una prosa iletrada de soldado ranchero, por no decir abigeo; Reyes un castellano internacional, llano, purgado de dialectismos, aspirante a un común denominador hispanoamericano; otros pretendían defender la norma castiza (Salado Álvarez, Gamboa, Monterde, Junco, O’Gorman), o se empeñaban en un castellano indigenista (Médiz Bolio, Abreu Gómez, Henestrosa, finalmente el Juan Pérez Jolote de Pozas); campesino (Azuela, De la Cabada, Rojas González, Rulfo), pueblerino (José Rubén Romero, Ramón Rubín, Luis González y González), o lumpenurbano (Azuela, Revueltas, finalmente Oscar Lewis, Poniatowska), o urbanísimo (Novo, Fuentes, Del Paso, “la Onda”); o bien una prosa estética, engreída en su factura artística, europeizada, libresca (Contemporáneos, Paz, Arreola, García Ponce, Elizondo, Melo, Pitol); finalmente, el spanglish chicano! De Los de abajo (Azuela, 1915) a De Perfil (José Agustín, 1966) hubo una verdadera disputa no sólo temática, sino estilística e incluso lingüística, en la narrativa mexicana.
Pero en las Memorias de Pancho Villa fallan el experimento y las expectativas literarias. Los arcaísmos que efectivamente se encontraban entre campesinos iletrados en México eran fundamentalmente lexicológicos. Vocabulario. Palabras y frases hechas antiguas. Pero sólo lexicológicos. No la sintaxis, no el discurso, no el estilo. Funcionan en refranes, en dichos, en cuentos y leyendas breves, en corridos, no en novelones de mil páginas que exigen un monumental ejercicio retórico. Es decir, Guzmán no crea un nuevo lenguaje: simplemente usa arcaísmos, refranes, imitaciones del coloquialismo de los pueblerinos norteños, pero no su discurso, ni su sintaxis, que siguen siendo los propios de un Martín Luis Guzmán letrado, gustador de Galdós, Valle-Inclán y Baroja, pero sobre todo fascinado por el lenguaje rápido y contundente del periodista o del orador parlamentario del siglo XX.
Guzmán redacta su largo monólogo iletrado y arcaizante con razonamientos de escritor modernísimo, lógico, conocedor, hábil, polemista. Es capaz de seguir una idea por el laberinto de frases subordinadas a otras frases subordinadas... a veces hasta la tercera o cuarta potencia. Triunfa en una espléndida economía de verbos y adjetivos. Brilla en la preparación y la selección de la expresión justa. Desconoce el fárrago, el tanteo, el balbuceo, las frases confusas o rotas, la mente desorganizada, las dudas. ¡Cuánta claridad del Valle de México va a dar a las sierras norteñas; cuánta álgebra y geometría distinguen la expresión de Villa!
Guzmán calibra un adverbio sonoro como José María Velasco introduce en el lugar exacto una pequeña pincelada de color vivo en un conjunto ocre. Jamás se aparta de Aristóteles. Su memoria es diáfana, correcta y oportuna. Elude cacofonías, rimas, repeticiones. Evita, estilista severo, abusar del que como conjunción. Si aparece algún barbarismo, es por su regusto campestre, popular, como una cita bien sazonada. Nos vemos pues no frente a un Villa conversador, sino frente a un virtuoso de la escritura coloquial “iletrada” como género literario: un esmerado concierto “en iletrado Do coloquial mayor”. Jamás una nota desafinada o fuera de lugar. Su misma perfección lo imperfecciona.
Tenemos pues el discurso acerado de un escritor de mente sumamente organizada, bien experimentada en las lides del pensamiento y de su expresión verbal, con magnífico entrenamiento oratorio y periodístico, con una retórica más sabia y experta que la de la mayoría de los principales literatos de su tiempo, disfrazado de espontáneo monólogo semialfabeto de un ranchero o abigeo arcaizante.
(Sería un magnífico experimento de literatura comparada el enfrentar el largo monólogo popular de laboratorio que fabricó Guzmán, con el auténtico de Bernal Díaz del Castillo; anticipo algunos contrastes: Bernal conversa, Villa recita; Bernal habla sobre todo del mundo y de otras gentes, Villa de sí mismo; Bernal tiene sentido del humor, Villa jamás; Bernal desvaría con frecuencia, Villa siempre va al punto, con estrategia literaria inapelable; Bernal comete muchos errores de composición —para no hablar de gramática, que las ediciones modernas corrigen—, mientras que Villa, a pesar de arcaísmos y modismos populares y norteños selectos, podía darles clases de redacción incluso a los mayores prosistas de 1936 en México, como Reyes y Novo; Bernal es nebuloso, Villa diáfano; Bernal duda a ratos, Villa nunca; Bernal es pasional y caótico, Villa resulta por el contrario “ático”, escultórico, sereno.)
El resultado: las memorias de Villa no son verosímiles dramáticamente como tales. No reconocemos en ellas, en conjunto, ni siquiera en largas tiradas, a su personaje —histórico o mítico—, sino al ensayista Guzmán. Su mano de escritor siempre es visible. Digamos que el gran suspenso de todo el libro sería: ¿y ahora qué nuevo recurso inventará Guzmán para sonar como Villa? No inventa nuevos recursos. Son los mismos desde las primeras páginas. Prosigue el concierto virtuosista con los mismos elementos iniciales. Nunca suena mal, pero siempre estamos oyendo el mismo disco, una y otra vez, hasta la página mil.

V
Si a esto se añade que Villa, por razones de honra y altivez heroicas, elude dramatizarse, quejarse, desahogarse o ensalzarse y cuenta su vida con distancia olímpica, como si en realidad nada importante hubiese hecho, más que la hazaña moral de servir lealmente a Madero y a su patria de desprotegidos, y vengar a los humillados; que no colorea ni enfatiza sus episodios, comprendemos la tremenda grisura de este largo monólogo inconvincente. No suena a Villa, sino a un actor letrado que recita tras su máscara, cuando dice, por ejemplo:
“Aquella casa, que hoy es mi propiedad, y que he mandado edificar de nuevo, aunque modestamente, no la cambiaría yo por el más elegante de los palacios. Allí tuve mis primeras pláticas con Abraham González, ahora mártir de la democracia. Ahí oí su voz invitándome a la Revolución que debíamos hacer en beneficio de los derechos del pueblo, ultrajados por la tiranía y por los ricos. Allí comprendí una noche cómo el pleito que desde años atrás había yo entablado con todos los que explotaban a los pobres, contra los que nos perseguían, y nos deshonraban, y amancillaban nuestras hermanas y nuestras hijas, podía servir para algo bueno en beneficio de los perseguidos y humillados como yo, y no sólo para andar echando balazos en defensa de la vida, y la libertad, y la honra. Allí sentí de pronto que las zozobras y los odios amontonados en mi alma durante tantos años de luchar y de sufrir se mudaban en la creencia de que aquel mal tan grande podía acabarse, y eran como una fuerza, como una voluntad para conseguir el remedio de nuestras penalidades, a cambio, si así lo gobernaba el destino, de la sangre y la vida. Allí entendí, sin que nadie me lo explicara, pues a nosotros los pobres nadie nos explica las cosas, cómo eso que nombran patria, y que para mí no había sido hasta entonces más que un amargo cariño por los campos, las quebradas y los montes donde me ocultaba, y un fuerte rencor contra casi todo lo demás, porque casi todo lo demás estaba sólo para los perseguidores, podía trocarse en el constante motivo de nuestras mejores acciones y en el objeto amoroso de nuestros sentimientos. Allí aprendí por primera vez el nombre de Francisco I. Madero. Allí aprendí a quererlo y reverenciarlo, pues venía con él su fe inquebrantable, y nos traía su luminoso Plan de San Luis, y nos mostraba su ansia de luchar, siendo él un rico, por nosotros los pobres y oprimidos”.
Tres o cuatro arcaísmos léxicos aparte, se trata de un párrafo ejemplar de oratoria moderna (la secuencia retórica “Allí...”, que incrementa su intensidad hasta el clímax de aplausos en el Congreso), de complicada sintaxis, de arisca poesía (“eso que nombran patria, y que para mí no había sido hasta entonces más que un amargo cariño por los campos”, que se parece al Borges que declara su amor por Buenos Aires, etcétera). Pero tampoco suena al Guzmán, ya lírico, ya macabro, ya caricaturesco, siempre expresionista, de El águila y la serpiente y de La sombra del caudillo.
No es de asombrar que las Memorias de Pancho Villa desilusionaran, aburrieran, fueran abandonadas por el lector en los primeros capítulos, ni que durante décadas se haya tenido tan poco qué comentar sobre ellas. (¡Años de intimidatorios librotes tan admirados como poco leídos o comentados: los Episodios nacionales de Salado Álvarez; la Estética para no hablar de la Ética, la Lógica, la Metafísica, la Todología (sí: la teoría del todo) de Vasconcelos; del Deslinde de Reyes!) Reiteraciones, monotonía, grisura; un monólogo heroico letrado y complejo, decorado a ratos de arcaísmos y modismos populares y norteños encontramos en las Memorias de Pancho Villa.
Pero se trata a la vez de una obra trabajada, ardua, ambiciosa: una especie de biografía de la Revolución Mexicana. Impresiona. Es difícil, de cualquier manera, dejar de respetarla, de admirarla. Debajo de la corriente monótona del fluir de una vida entre batallas y peripecias en despoblado, reiteradas en espiral, desarrolla un amplio proyecto épico, mítico, que acaso explica —si no justifica— su vasta extensión. No en balde Guzmán fue celebrado —acaso por Alfonso Reyes, antes que por nadie— como “escritor romano”, del tipo de Plutarco.
Valle-Inclán señaló tempranamente en El águila y la serpiente, que se trataba de escenas, sí, violentas, brutales, pero a la vez profundamente edificantes, en su perfil “estoico”. Digamos que en Las memorias de Pancho Villa, lo que Guzmán está litigando, para lo que necesitó mil páginas y acaso le faltó espacio, es la ética de la Revolución, su alma moral: el perfil filosófico de sus héroes, la identidad del pueblo revolucionario o revolucionado.
Esto en los años treinta, antes de que apareciera la bizantina historiografía de los profesores y researchers, cuando toda la discusión sobre ese inabarcable conjunto de hechos y de ideas que llamamos Revolución Mexicana era pura y felizmente ideológica, autobiográfica, política (Vasconcelos, Cabrera, Sotelo Inclán); antes de convertirse en la espantable y babélica momia académica del Colegio de México (Colmex Hall) y sus industrializados historiadores —pero jamás escritores— más bien catrinescos (y, desde luego, cantinflescos).
Guzmán estaba luchando por su Revolución Mexicana contra la Revolución Mexicana de sus adversarios, bajo el pretexto de estudiar a Pancho Villa, cuando las cenizas de todos los muertos todavía humeaban. Se trata de un escritor diverso del de El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, tan ácidas, tan desengañadas, tan oscuras y sangrientas (tan pre-revueltianas). Ahora es sereno, clásico. Orozco se está convirtiendo en Rivera; los monotes fársicos y sanguinarios, en murales nobles, idealizados...

VI
Se diría que en las Memorias de Pancho Villa, siguiendo la tradición revolucionaria de “la paz creada por el guerrero” y “la civilización parida por la barbarie”, Martín Luis Guzmán —ya no el narrador expresionista de antes, sino “ático”, “latino”, clásico—, nos cuenta, como Plutarco, la historia de los grandes héroes primitivos del tipo de Hércules o de Teseo, que han fundado una nueva nación, una civilización optimista.
Toda la moraleja del libro sería esta:
—No se espanten de Villa, ese protohéroe más que superhéroe, ese héroe raigal, como no nos espantamos de los primitivos héroes que fundaron las ciudades de Grecia y Roma. Todo Hércules es así; de esta manera, y de ninguna otra, se limpian los Establos de Augias. Esos bárbaros civilizadores son profundamente éticos, aunque sus excesos de guerra, sangre y amores, naturales en un fundador primitivo, revuelvan nuestros estómagos de pacíficos civilizados (es lo que opinaba Racine de Teseo, en Fedra). Hay que beber inspiración moral en Villa: las fuentes originales de la moral social.
La nación debía aprender en Villa, no sólo sus hechos, sino su alma. Tenía en consecuencia que hablar mucho, para que su enseñanza ética lo permeara todo. Sus enseñanzas son las conocidas como filosofía natural: valor, arrojo, lealtad; instintos y reflejos primitivos, físicos, hacia el bien o hacia el mal, claramente contrastados; espontaneidad, inocencia; aborrecimiento del poderoso, alabanza del abajado; inteligencia intuitiva, habilidad física, caridad, amistad, furia, control de sí; desprecio de la vida, del dolor, de las miserias y penurias propias; nobleza de ánimo, arrogancia frente la adversidad, la enfermedad, la muerte; altiva humildad con cara al destino absurdo y trágico. (Incluso sus luchas interiores, contra sus propias furias: se niega siempre al alcohol; durante un tiempo, incluso a comer carne, para refrenar su natural iracundo; el sexo, las escasas veces que es mencionado, parece más una pesada carga masculina que un placer o un vicio: “porque es lo cierto que después de tanta cárcel ya sentía yo el vigor recreciéndose en todo mi cuerpo, y necesitaba desgastarme según es ley que se desgasten todos los hombres”.)
No hay minucioso episodio de su vida, que el Villa de Guzmán no califique con un refrán o con un aforismo moral “estoico” (aburre que cada pasaje sea coronado por una moraleja filosófica). ¿De dónde habrá sacado tanto Epicteto, tanto Séneca, tanto Marco Aurelio? Y su ética aparece tanto más esencial, cuanto que pretende presentarse como brusca y silvestre, no aprendida ni cultivada; se diría que llano sentido común:
“De todo el oro salido de los pilares del Banco Minero de Chihuahua yo no había cogido ni una sola moneda para mí. Es lo cierto, además, que yo no la quería coger. Porque estaba yo viendo que ya muchos hombres revolucionarios empezaban a desviarse del sentimiento de la verdadera lucha del pueblo, y que algunos consideraban aquella lucha, que era la pelea de los pobres contra la injusticia y la miseria, como el buen azar de su vida para encontrar riquezas y atesorarlas. Y reflexionaba que aquél era un mal camino, y que había que enmendarlo con otros ejemplos, y que yo, Pancho Villa, y los otros jefes principales que mandábamos los ejércitos de la Revolución, teníamos el deber de mostrar a todos nuestro desinterés, para que nuestro movimiento por la libertad y la justicia no se enturbiara”.
Se respira una como ceremonia de consagración de un héroe en este libro solemne, adusto. Más que griego o romano, en su voluntarismo épico, suena a las exaltaciones heroicas del siglo XVII en Francia: Corneille y Racine celebraban de tal modo a sus civilizadores bárbaros, al Cid, a Teseo. Suenan a pulidos alejandrinos clásicos los párrafos del norteño semialfabeto.
Así, héroe trágico, reflexiona que su premio por ganar para Madero Ciudad Juárez, fue ser destituido de sus tropas, víctima de una intriga de Pascual Orozco; y luego, su salario por vencer la rebelión de éste contra Madero, el sufrir prisión en el Distrito Federal por una intriga de Victoriano Huerta. (El premio por ganar la batalla de Zacatecas sería ¡que ascendieran, por encima de él, a sus rivales!, como Pablo González y Obregón, que no habían ganado nada equivalente.)
Aún más: piensa que si su azarosa vida comenzó al rebelarse contra la prepotencia de un hacendado que quería robarle a su hermana, por lo menos entonces, en la mala justicia porfirista, sus enemigos no habían podido meterlo a la cárcel, en la que estaba ahora, preso y con riesgo de su vida en manos precisamente de los amigos y correligionarios, a quienes él, con sus hazañas guerreras, había llevado al poder.
Se impacienta con el juez que lo acosa con interrogatorios en la Penitenciaría, a fin de fundamentar alguno de los múltiples cargos que se le han levantado, por órdenes de Victoriano Huerta:
“Creo yo, señor juez, que ya van siendo demasiadas preguntas tocante a esos delitos. Usted sabe de sobra que no existió la insubordinación ni que sea verdad que yo desobedeciera. ¿En qué lo mortifico yo a usted para que de este modo trate de comprometerme? ¿Es usted representante de la justicia o amigo de mis enemigos? Porque yo no reclamo su favor, señor juez, ni el del Gobierno, ni el de nadie, pero sí exijo la justicia que se me debe. Y me parece a mí que con sus providencias, usted, que es hombre de honor, está manchándome a mí, que también soy hombre honrado, y eso resultará un día en desdoro de su persona.
“Oyendo aquellas palabras mías, y mirándome de manera que yo conocí la verdad de su ánimo, me respondió él:
“Amigo Villa, no sabe usted cuánto deploro que su causa haya venido a mis manos.
“Yo le dije:
“Pues no lo deplore, señor. Siendo un hombre honrado, limítese al cumplimiento del deber. Creo yo que la justicia, como la guerra, ha de guardar horas amargas para quienes la hacen. Cuando así sea, el amargor de la vida no está en perder con los actos de la autoridad o de las armas, sino en perder mal, es decir, en perder sintiendo la desazón de ánimo que sufrimos delante del deber no cumplido.
“Pero como yo comprendiera, por aquellas palabras del juez, que muchas influencias ocultas se movían en mi contra, decidí, lleno de tristeza, no volver a declarar. Es decir, que renuncié a defenderme. Pensaba que acaso se cobijara en mi destino que yo, que no había sucumbido bajo las balas de la tiranía ni en los combates de la guerra, hallara mi perdición abandonado a la nombrada justicia de ahora, que era igual a la de siempre.
“Lo que me dolía mucho era la ingratitud" (1).

VII
Acaso en sus primeras ediciones las Memorias de Pancho Villa cumplieron un objetivo del que ha sido relevado: constituirse en la voz histórica de Villa. Muchos historiadores, de entonces a la fecha, han rastreado todo tipo de archivos y de informantes, para construir una visión “científica”, académica, “objetiva”, que suele serle desfavorable, sobre todo en los aspectos éticos de bandolero mesiánico, de bárbaro civilizador, de alma bruscamente pura. Sufren las Memorias de Pancho Villa este fracaso actual como documento histórico, y quedan incómodamente relegadas, se diría que casi refugiadas, en el anaquel literario y novelesco.
Ya sabemos que para los historiadores revisionistas de los últimos lustros, la Revolución “no ocurrió jamás”, sino una conjunción de desórdenes y revueltas sin afinidad alguna, unidos sólo en los viejos libros oficialistas por su casual coincidencia cronológica. Los historiadores revisionistas jamás tomarán en serio —acaso llevados por rigor académico, pero también por un esnobismo modernizante y por un claro sesgo ideológico— la escueta definición de Villa: “la pelea de los pobres contra la injusticia y la miseria”. De este modo, el libro de Guzmán ha pasado de moda en cuanto explicación histórica.
Y hay algunos reparos que, en efecto, se le pueden formular como estudio histórico a las Memorias de Pancho Villa. Hay incongruencias políticas, como el escabroso papel que muchas veces jugó Villa en su tiempo (por ejemplo, su aprobación de la invasión norteamericana a Veracruz), y que Guzmán resuelve desde la perspectiva ulterior de los años treinta, con habilidad jurídica y retórica, siguiendo la línea liberal con que se disculpó a los reformistas del Tratado McLane-Ocampo: ¿Para qué hacer tanto ruido al respecto, si no pasó a mayores: no hubo guerra? ¡Ni la patria ni la soberanía nacional estuvieron nunca en peligro! (¿De veras, en 1914, con los norteamericanos en Veracruz, no pasaba nada: no había entonces peligro alguno?) Y ciertas alianzas, contra el carrancismo, con el viejo ejército federal.
E incongruencias militares: v. gr. en su tiempo Villa fue acusado de sacrificar vidas humanas en abundancia, con extravagancia, para ganar las batallas difíciles —las batallas “imposibles”— a cualquier costo, cosa que a cada rato desmiente, con sola su palabra —digo, la de Guzmán— echándoles la culpa de sus desproporcionadas matanzas a la tontería o la politiquería de tal o cual jefe, a la cobardía de tales o cuales tropas, a cierto accidente, a algún azar; y no a la codicia de ganar tal tremendísima batalla pero de inmediato y cueste lo que cueste. Dedica más tiempo a disculparse de ello que a narrar las batallas en sí. ¿Dice la verdad? No hay modo de probarlo muchas veces. ¿Sostenía Villa eso en vida, en todos los casos? Otros testigos ofrecen versiones diferentes, y de cualquier modo todos los testigos de la época eran voces interesadas, comprometidas y deformadas por el sesgo de su posición personal o partidaria. Dicen que Villa solía ser prepotente, arbitrario y furibundo también cuando hablaba. Sólo en estas “memorias” lo tenemos imperturbablemente sereno, ponderado, justificatorio, siempre a la defensiva. Sólo aquí es Thésée.
No hay fuentes sólidas para gran parte de su discurso. ¿Por qué vamos a creerle a Guzmán —sin pruebas— que Villa dijera tanta cosa: mil páginas? A veces decididamente no se le puede creer. Me consta que Guzmán, como historiador, fue por lo menos una vez un narrador tramposo; que llevó el agua a su molino; que usó a Villa para sus propios propósitos, incluso deshonestamente.
El ejemplo que me consta: a partir de rivalidades literario-políticas y de cierto lío de faldas, narrado por Vasconcelos en La tormenta, surgió entre ambos escritores, grandes amigos de juventud, una animosidad furibunda, que se trasladó a sus escritos. Vasconcelos se burla abiertamente de Guzmán como intelectualillo y rivalucho de amores, pero honradamente, bajo su propia firma; éste, más alevoso, hace que Villa acuse a Vasconcelos de cobarde, de adulador, de orate (“lo había yo visto fallo de modos de cordura en todo aquel cúmulo de sus palabras”), de traidor ¡a Villa! (Vasconcelos nunca fue villista), y de abogaducho ratero desde los tiempos del maderismo. Ahora bien: no hay prueba alguna de que Villa (quien pudo, desde luego, expresarse mal de él en privado alguna vez, aunque tuvieron también sus épocas de amistad) lo haya acusado precisamente de tales cosas (2).
Sospecho que muchas malquerencias de Guzmán se ven infamadas por este Villa literario, quien acaso también se ve en este libro obligado a ennoblecer, el pobre, algunas tendencias, situaciones y perfiles que no le gustaban tanto en la vida real, o que ni siquiera conoció bien, pero en las que Guzmán tenía puesto su cariño, su pasión política u otros intereses. Por ejemplo, su jacobinismo.
Es curioso el ateísmo jacobino de este Villa, tan parecido al de Guzmán y al de su padre, el integérrimo coronel don Martín Luis Guzmán Rendón (a ratos sospecho que Guzmán está hablando “en mármol” de su padre idolatrado, también militar, más que del silvestre Doroteo Arango). Pero éstos eran liberales cultísimos, venían de Voltaire y del positivismo; tenían una sólida construcción ideológica, casi una religión al revés (“Estar cerca de Dios” —considerado a la manera deísta, como ser abstracto—, “y lejos de sus ministros”), que les permitía plantarse metódicamente en un mundo sin Dios (Cf. Necesidad de cumplir las leyes de Reforma). Pero Villa, que no estaba lleno de filósofos ni de poetas, ¿por qué habría de ser integralmente ateo y jacobino? ¿De veras lo era? ¿No se trataría de que simplemente no pensaba mucho en eso, ocupado como estaba de sus propias acciones? Puede haber matacuras espontáneos en días de guerra, pero un verdadero ateo liberal, sistemático, es cosa de mucho estudio, de difíciles reflexiones. Bueno: el Villa de Guzmán resulta el gran héroe moderno que no consiguieron Dostoyevski ni Nietszche: el gran hombre sin Dios, el único héroe al que Dios jamás le hizo ninguna falta. Me gusta desde luego este Villa-sin-Dios, pero dudo que en la realidad haya sido, de veras, posible tanta belleza. El jacobinismo era la idea fija de Guzmán, más que de Villa.

VIII
Por otra parte, la gran tragedia de Villa —ahí sí un asunto para Sófocles— no se desarrolla dramáticamente en las Memorias, sólo se registra en detalles. Invariablemente el guerrero heroico es incomprendido y victimado precisamente por sus superiores civilizados, llámense Madero, Huerta o Carranza; inevitablemente se ve (en el libro de Guzmán) temido, aborrecido, injuriado y execrado por el mismo pueblo que está redimiendo. Incluso por sus amigos, por su mujer. Siente ese odio aun en la muchedumbre que lo aclama en las calles, cuando entra victorioso a tal o cual ciudad. Los hombres a quienes fusila, piden como último deseo el poder mentarle la madre en el paredón; cosa a la que él generosamente accede. Ciertamente concita la euforia de sus dorados y un entusiasmo legendario, pero episódico, mientras que el horror a esta “bestia de la Revolución”, el salvaje, el enorme homicida, el violador, el saqueador, el bárbaro, se cierne espeso sobre él en todo momento. Y cuando llegan las grandes desavenencias de la Convención de Aguascalientes, Carranza, González y Obregón lo insultan públicamente con tintas, cargos y conceptos más infamantes de los que habían dedicado a Porfirio Díaz, Victoriano Huerta o Pascual Orozco. Sólo Zapata llega a ser tan formalmente insultado y acusado de tantos horrores y crímenes como Villa.
Su sombra de criminal, que no de redentor, fue siempre mayor que la de otros generales, salvo acaso Zapata. Gran tragedia considerarse paladín del bien, y ser ampliamente temido u odiado como todo lo contrario. A tal incomprensión o enrevesamiento de su figura suele contestar estoicamente. Es parte de su destino el verse invariablemente incomprendido o desfigurado por los ricos, los políticos, los letrados, los extranjeros. Sólo él sabe su verdad. Nadie más. Ni siquiera un Dios, al que nunca menciona. Otro infierno heroico que le está destinado: ser el conocedor solitario de su virtud y de su verdad esenciales. El hombre más solo sobre el mapa; y como no hay Dios, sobre todo el universo. A diferencia de Zapata, no cuenta con una base étnica ni regional en la cual arraigarse, como en una familia; su grupo es vasto, desasido y móvil: desarrapados, aventureros, intelectuales jacobinos dispersos. Y siempre, un grupo castrense. Sólo en plena batalla ve Villa a “los suyos”; después de las batallas, se le pierden y disgregan. Qué soledad del guerrero fuera de sus batallas.
Apenas señala la amarga injusticia de que los “civiles”, a la manera Carranza y los “políticos chocolateros” de su corte, queden como almas puras sólo porque a ellos no les toca físicamente matar a nadie, ni conseguir con sus propias manos el dinero y las riquezas que necesitan los ejércitos; sólo ordenan que los guerreros maten, destruyan, saqueen y tomen violentamente (para aquéllos) las riquezas, y que además de las fatigas y riesgos de las batallas, carguen con las culpas de sangre, destrucción y saqueo. Tanto mata el que manda bombardear y fusilar, como el pobre soldado que obedece, bombardea y fusila, dice.
“—Muchachito, no lucha nada el señor Carranza. Él sólo pasa a lo barrido, mientras nosotros nos morimos o nos desangramos, y aprovecha nuestra sangre en beneficio de sus hombres favorecidos y de los panoramas políticos que se forja para cuando nuestra causa termine”.
Pero en fin, más allá los aspectos militares y políticos que pueden consultarse en otros libros sobre el villismo, este interminable monólogo heroico de las Memorias de Pancho Villa, sin embargo, deja asomar a ratos, si bien de manera adusta y ceremoniosa, el carácter, los nervios, la cotidianeidad y la verosimilitud humana —quiero decir apeada de su solemne pedestal de Centauro del Norte—, en episodios memorables.
Recuerdo en este sentido, el de un Villa más cotidiano, dramático, novelesco o anecdótico del que se conoce a través de otras fuentes, algunos pasajes. Del primer tomo, “El hombre y sus armas”, que llega a la muerte de Madero: su juventud errante de abigeo entre los montes, matando reses para traficar con la carne seca, y la tribulación en sus cárceles capitalinas, cuando debió sobreponerse a lo que parecía su fracaso definitivo y su inminente ejecución, sólo apoyado por la lectura de ¡Los tres mosqueteros!
Del segundo tomo, “Campos de batalla”, donde narra su campaña contra Victoriano Huerta hasta la complicada toma de Torreón (segunda vez, la grande), asombra su sorpresa al encontrarse desvalijado por su propia esposa, Juana Torres, la bandida del bandido: el alguacil alguacilado.
En el tercer tomo, “Panoramas políticos”, el del gran Villa, el del supergeneral revolucionario triunfador que va cosechando plazas, de la toma de Torreón a la de Zacatecas, se contraponen dos historias o corrientes antagónicas: el crescendo militar glorioso, y el tono patético bajo la superficie: los signos furtivos, pero insistentes, de que su suerte ya ha sido echada, y perdida; que Carranza ha decidido su ruina, para que no los estorbe ni a él ni a sus generales, como Obregón y Pablo González; y que sus verdaderos enemigos son ya su jefe y sus propios compañeros revolucionarios.
Sabe que cada victoria, y con mayor profundidad cuanto más espectacular sea, suma en su contra. Asciende su colosal montaña de triunfos rumbo a su propia ruina. Entre tanto procura divertirse: se deja agasajar por los catrines, y les pone un buen hasta aquí, en Saltillo, a los jesuitas y los curas extranjeros.
En el cuarto tomo, “La causa del pobre”, se relatan sus desavenencias con Carranza hasta la Convención de Aguascalientes, y vemos que en dos ocasiones tiene a Obregón en su poder, metido en su trampa: cosa de fusilarlo y ya. Como un gran gato vacilante deja las dos veces escapar al ratón. Se le diría fascinado, como ante un presentimiento caótico, por la mirada de su futuro verdugo. Y su gran orfandad fuera del campo de batalla, en los laberintos civiles de oradores y leguleyos de la Convención de Aguascalientes.

IX
El quinto tomo, curiosamente titulado “Las adversidades del bien”, parte de la ocupación de la Ciudad de México por las tropas de la Convención a las desastrosas batallas de Celaya y a la víspera de la de León. Es la crónica de su derrota militar y política en manos de los carrancistas, especialmente del general Obregón. Como en una obra clásica, el héroe empieza a perder la razón antes de caer físicamente. Explica en mitad de sus desastrosos asedios a Celaya:
“Puedo perder la batalla, sí, señores, y otras muchas que le presente a Obregón, mas vivan seguros que con una sola que le gane se salvará la causa del pueblo, y que ninguna le ganaré si espero dominarlo con la superioridad de mis recursos, no con el valor y la furia de mis hombres... Y me oían ellos [los otros generales] quitando de sobre mí sus ojos, como para significarme que no me entendían en mi razón”.
Y luego, antes de la batalla de León, cuando Felipe Ángeles le explica que carecen de tropas y municiones para tomar la delantera, y que les conviene más retroceder a Aguascalientes y seguir ante Obregón una estrategia defensiva:
“—Señor general... piense que todos los moradores de León y Silao me guardan su fe. Si después de los cuatro o cinco días que ya llevamos peleando me retiro de frente al enemigo y me encierro aquí, según usted me aconseja, ¿quién levanta luego el ánimo de estas tropas, que todavía tienen la herida de lo que les aconteció en Celaya?... ¿Qué quedará de ellas si yo mismo les inculco, encima el quebranto que traen, la idea de que ya sólo pueden defenderse, y que si fracasan en su defensa ya no les queda más que rendirse o dispersarse? ¿Qué ayuda recibiré del pueblo que me sigue si mi conducta le hace pensar que por haberme derrotado una vez Álvaro Obregón, ya no soy el hombre revolucionario que sale al encuentro del enemigo, sino el militar que teme la derrota porque sólo cuenta con sus armas, y que por eso se atrinchera? Yo soy un hombre que vino al mundo para atacar, señor general Ángeles, aunque no siempre mis ataques me deparen la victoria; y si por atacar hoy, me derrotan, atacando mañana, ganaré”.
El enemigo se va apoderando de él primero por dentro: se debate entre desastres que súbitamente se multiplican; la fortuna le da la espalda, y él increpa a la fortuna; su fuerza ya es sobre todo un delirio, una idea fija, una fe ciega en su propia estrella, a la que debe seguir incluso al abismo.
Aumentan sus caprichos (v.g. para vengarse del desaire de una mesera, secuestra a la gerente francesa del hotel; para evitarse entonces las reclamaciones del cónsul francés, quiere comprar todo el hotel con la moneda que él mismo emite); sus crueldades (“castiga” con el tiro de gracia a un compañero, y arroja el cadáver desde el tren en marcha) y sus desmesuras: se erige en autoridad civil, nombra ministros, emite rapidísimos decretos ultras, trata de imponer a las potencias extranjeras todo un nuevo derecho internacional. Aumentan sus problemas fronterizos con los Estados Unidos, país que antes lo favorecía y ahora le obstaculiza los suministros militares. Los más leales lugartenientes de Villa empiezan a ser derrotados, se pasan al enemigo, o se esfuman (3). Al sur, Emiliano Zapata parece “amilanado y sin acción” (sus simpatías por el zapatismo son meramente morales y estratégicas; Villa no respeta a Zapata como militar). La capital padece el desabasto y los rigores de todos los contendientes.
En el estilo de las Memorias poco se nota de este cambio: el monólogo sigue siendo fundamentalmente contenido, tranquilo, ex-cathedra, “ático”, salvo que los momentos de ira y de melancolía se hacen más frecuentes. Y el asombro, casi la incredulidad, ante la suerte y el poder del enemigo, y la mala suerte y las desventuras propias. ¿Cómo es que el triunfo, mi compañero de siempre, me abandona de pronto?
Desde el punto de vista de un poema épico, se trata de la rapsodia del héroe en su final batalla suicida contra el destino fatal. Un Villa tan fascinado ahora ante a su abismo, como en otro tiempo frente su alta estrella.
Guzmán es lo suficientemente cariñoso con Villa como para no hacerle contar sus memorias de los últimos ocho años infaustos. Se le ahorran el dolor y la pena que contarnos cómo es derrotado nuevamente por Obregón en el Bajío, y cómo también lo humilla Calles, en Agua Prieta; cómo se disuelve su amada y brillante División del Norte; cómo los Estados Unidos apoyan a sus enemigos y le congelan el dinero que tenía en el banco de Columbus. No pasa el trago amargo de narrar él mismo su demente fanfarronada de invadir aquel inerme pueblito norteamericano, ni la expedición militar norteamericana de Pershing, que se introduce en territorio nacional para perseguirlo (en vano).
Guzmán le evita a su Villa la amargura de contarnos cómo debió regresar a su punto de partida, de fugitivo guerrillero lugareño, en Chihuahua. No tiene que narrarnos cómo se acogió humildemente a una amnistía y aceptó una merced de sus enemigos —la hacienda Canutillo— , para convertirse en un efímero hacendado relativamente filantrópico. Ni cómo quiso volver a pelearse con Obregón y Calles, apoyando a Adolfo de la Huerta. Ni, claro, su asesinato en Hidalgo del Parral, en 1923.
Guzmán suspende su relato en el Bajío, la víspera de la batalla de León. Lo deja todavía montado en su caballo y dueño de sus ferrocarriles, en un imposible suspense voluntarista: ¿Se recobrará Villa? ¿Volverá y repetirá sus triunfos? La historia real nos dice que no. Pero el libro deja el relato abierto. De cualquier manera, es un jinete todavía entero rumbo a su abismo.
Las Memorias de Pancho Villa no contienen una sola cita de un corrido villista; ellas son el gran corrido prosístico en alabanza de Villa, de unas mil cuartillas de longitud. Ningún otro héroe revolucionario recibió semejante homenaje de la literatura (un homenaje multiplicador, pues a partir de los libros de Guzmán siguieron publicándose relatos villistas hasta los años setenta.)
———
NOTAS:
(1) Este Villa de Plutarco y de Racine, este Villa de mármol, agradó a la familia del jefe de la División del Norte. Su hijo Hipólito Villa Rentería escribió el siguiente pésame a la muerte del escritor (Tiempo, 3 de enero de 1977, p. 11): “En sus Memorias de Pancho Villa, Martín Luis Guzmán se aferra naturalmente a la verdad: no creo que la verdad pueda ser de otra manera. Se apega históricamente en el relato que hace. Tuve la suerte de conocerlo; cuando era niño, mi madre Austreberta le entregó todos los documentos del archivo de mi padre, que Martín Luis Guzmán trabajó con su gran calidad de escritor, utilizando el lenguaje de nuestro pueblo. En lo personal, pienso que era un hombre muy humano, con un pensamiento siempre abierto para actualizar situaciones. La familia Villa pasa realmente momentos de dolor”.
(2) Ni desde luego de que Vasconcelos fuera culpable de ellas: tuvo sobrados enemigos gubernamentales durante décadas, que le levantaron todo tipo de cargos, pero nunca el de andarles robando dinero a los presos por homicidio, con el señuelo de conseguirles la libertad mediante turbias influencias políticas. Su supuesto acusador, aparte de un Martín Luis Guzmán travestido en Villa para este efecto, sería un hampón excéntrico —zapatista ¡en Sinaloa!—, que había sido procesado por asesinato tanto en tiempos de Díaz como en los de Madero; fue asesinado en 1919, en un ajuste de cuentas, por un coronel-diputado en la pastelería El Globo: Juan Banderas, “el Agachado”.
Sin embargo, en 1973 me encontré en La revolución interrumpida, de Adolfo Gilly, que la digamos travesura o venganza “literaria” de Guzmán era asumida por el historiador como “hecho histórico” inobjetable, establecido por las tropas de la Revolución —¡el Agachado!— y sancionado al pie de la letra por el propio Villa en sus “memorias” (Cf. Libro V, Cap. VIII-X), lo que además le permitía a Gilly tragarse con todo y pelos el hamponesco fariseísmo del “Agachado” —había que liquidar a Vasconcelos desde 1914 para que no fuese a pervertir a los niños con escuelas para ladrones—, y pontificar contra su gestión educativa de los años veinte como obra deleznable de un gángster farisaico.
Estaba yo trabajando en mi libro Se llamaba Vasconcelos, y perdí varios meses en 1974 buscando cómo documentar tales escandalosos “datos” de Villa (del “Agachado”, más bien, pues Villa ni siquiera dice haberlos investigado), sólo para encontrar que carecían de todo fundamento.
Los rencores del gran novelista eran muy cosa suya, ¡pero no había derecho de ponerlos en boca de Villa y hacerme perder tanto tiempo con ese embuste! ¿Y cómo Gilly dio valor de documento histórico a una obra novelesca?
(3) El propio Martín Luis Guzmán —él sí con engaños— huyó a los Estados Unidos. Curiosa lógica: Guzmán hace que Villa califique a Vasconcelos de cobarde y traidor por haber huido, ante la ruina del gobierno convencionista, ¡unos cuantos días antes que hiciera otro tanto el propio Martín Luis! Sólo que Vasconcelos no era villista, sino aliado del expresidente Eulalio Gutiérrez, también fugitivo, mientras que Guzmán acababa de ser nombrado secretario particular de Villa. Quien sí traicionó a su patrón entonces fue el propio Guzmán (L. V, Cap. XIII).

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