jueves, 1 de julio de 2010

COCHINADAS ILUSTRADAS

COCHINADAS ILUSTRADAS: LA LITERATURA LIBERTINA EN ESPAÑA. SIGLO XVIII

Por José Joaquín Blanco

Y ya que en 1989 andábamos de fiestas y celebraciones, conmemoremos --unísonos y ceremoniosos-- la Pornografía, que también cumple su segundo centenario, sin tener que pedir tantas disculpas como la Revolución Francesa.
Siempre ha existido, desde luego, literatura sensual y aun obscena: Ovidio, Petronio, Suetonio, las muchachas procaces y brujeriles denunciadas por la iglesia en el siglo IV (obscenis turpibusque canticis... maxime mulieres, qui festis ad sacris diebus... ballando, verba turpia decantando, choros tenendo et ducendo...), los soldados, los goliardos y demás monjes y estudiantes licenciosos de la Edad Media; ello aumentó en el Renacimiento, con la invención de la imprenta, que propició por primera vez la producción de una literatura popular que explotara la truculencia y el sensacionalismo con propósitos de venta (Umberto Eco).
Uno piensa, en nuestra lengua, en las varias Celestinas, en La lozana andaluza de Francisco Delicado, y en múltiples letrillas obscenas anónimas. Pero esta escritura todavía no era pornográfica: era sana, plenamente sana y burlesca, con fines de risa franca y esparcimiento cómico. No fue sino hasta el Siglo de las Luces, cuando una aristocracia y una burguesía letradas se dieron a producir y a consumir "cochinadas" con fines artificiosa y claramente sensuales.
A veces este clima de una criptoescritura licenciosa llegó a la literatura: el Marqués de Sade, Choderlos de Laclos, el "Monje" Lewis tan admirado por Artaud. Casi siempre, se quedó en mera pornografía, sin aspirar a nada más ni a nada menos que a su tan necesario oficio en inviernos y tardes lluviosas. Buena parte de las Luces fueron pornográficas; las grandes figuras de la corte ilustrada leían sobre todo libros secretos.
Durante mucho tiempo se pasó por alto esta área importante de las bibliotecas dieciochescas, condenándola al benévolo olvido con otro tipo de basura libresca (sermonarios, epistolarios, autobiografías, memorias, discursos, "pensamientos", libros de viajes); de un tiempo a esta parte, se la ha mirado con menos inocencia.
España, que llegó tarde a tantas manifestaciones científicas, filosóficas y políticas de la Ilustración europea, no se quedó dormida en asuntos pornográficos. Mario de Pinto ha estudiado "lo obsceno burgués" en España (I codici della trasgressivitá in area ispanica, Verona, 1980); algunos de sus hallazgos se reproducen en el tomo 4, correspondiente a Ilustración y Neoclasicismo, de la Historia y crítica de la literatura española (ed. Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1983). Así nos enteramos de que aquella "literatura obscena y soez (que) manchó y afrentó aquel siglo", según Menéndez y Pelayo, era bastante abundante, siempre secreta y generalmente manuscrita.
Iniciada como un lujo más de un sector aristocrático ya de alta burguesía que podía permitírselo todo, siempre que cuidara las apariencias, se volvió al poco muy peligrosa, pues atentaba contra el nuevo orden social de una burguesía mediana en rápido fortalecimiento, que aspiraba a normas de comportamiento mucho más severas, más puritanas, de las que jamás se hubieran observado en España en los siglos anteriores. Los aristócratas e intelectuales ilustrados "cochinos" aparecen entonces como rebeldes, inmoralistas demoniacos, capaces de gustar y hasta escribir, por ejemplo, El arte de las putas de Moratín padre y de las "fábulas verdes" que proliferan en todo un Jardín de Venus de Samaniego, hasta convertir a la filosofía en un "recetario e instructivo de indecencias", a la manera de las Fábulas filosóficas de Leandro Fernández de Moratín.
La puritana Ilustración produjo una literatura libertina de manolas y curros, abates y marquesas, soldados y canónigos de lupanar. Llegó hasta a la propia recámara de Carlos IV, con el diestro Godoy en el lecho de la reina; bajó a las escenas populares que documenta Goya; produjo la reivindicación del desorden escatológico de Quevedo, la "pesadilla social" de Villarroel, como forma de expresar el moderno "mundo al revés" de esta escritura secularizada, que le perdía el miedo a los calzones, lo que era desde luego un avance, pero que asimismo pescaba una veneración por la majadería zarzuelera, lo que ya no lo era tanto.
Dice di Pinto: "El siglo XVIII, bajo la máscara de una doble verdad impuesta por la represión inquisitorial y por los comportamientos burgueses, esconde en su propio irreductible y convicto escepticismo, las raíces de una cultura esencialmente laica y atea. Y ello comporta diversas consecuencias, como la de un sensible cambio en las relaciones de la pareja: la mujer deja de verse, o ya no se ve tan sólo, como un instrumento, se convierte también en una protagonista del placer, activa y partícipe en primera persona. El feminismo (ay, episódico) característico de la época hacía que alguna que otra escritura cultivase el género con 'epigramas obscenos', como aquella condesa de Montijo, del círculo de Godoy, que un siglo más tarde todavía escandalizaba al pobre don Marcelino".
Es curiosa --por franca-- la reacción del Santo Oficio contra la pornografía ilustrada. El Arte de las putas de Nicolás Fernández de Moratín es censurado por la inquisición (1797), no sólo como inmoral, sino como subversivo en un sentido más amplio: "con sabor a ateísmo y politeísmo", por más que el lector actual no encuentre sino coplas bienhumoradas: "La Isidria que ostenta vanidosa/ por su cotilla aquel gran mar de tetas/ donde la vista en su extensión se pierde/ y mueve a tempestad en las braguetas".
Las cochinadas ilustradas "igualaban con la vida el pensamiento", según la clásica recomendación de la Epístola moral a Fabio, de una manera más puntual y minuciosa que la poesía sacra del Barroco. Hacia 1778, por ejemplo, ocurrían efectivamente algunas orgías en un círculo aristocrático llamado la "Bella Unión", y dejaban testimonio en coplas: las damas libertinas tenían que compartir, seguramente sin demasiados problemas, el sitio con las prostitutas, en las fiestas de los señoritos juerguistas, pues seguían siendo insuficientes las damas "finas" audaces y de pensamiento "avanzado".
"La obscenidad se culturizaba en un juego elitista y malicioso, una moda de salón y burguesa que quedaba fuera de la rígida moral contrarreformista, pero que se alimentaba del placer de transgredir estas mismas normas. Era lo mismo que habían hecho algún tiempo atrás los libertinos franceses" (Di Pinto).
Porque, también aquí, la naturaleza imitaba al arte, y cuando las cosas se hacían de bulto, no se dejaba de pensar en modelos literarios, en coplas o comedias que inmortalizaran las nuevas habilidades adquiridas. En una comedia inédita de la época, el Diálogo-cómico-tragico-femenino de Valladares, se inaugura formalmente el strip-tease masculino (¡y colectivo!) en la literatura castellana: "Pues sí; el día de mi santo/ tuvimos diversión grande/ sobre mesa. Se dijeron/ cosas vivas y picantes./ Vicente Ramos principio/ dio a la escena honesta y grave./ Se me antojó ver sus cosas/ más ocultas, y el vergante,/ como es tan corto de genio,/ las manifestó al instante./ ¿Pero creeréis que aunque es gordo/ y lo que le sobra es carne,/ donde tener más debía/ es donde menos se halla?/ Solamente una cosita/ se le advierte, que es bastante/ sólo para distinguirle/ de nosotras; pero nadie/ de nosotras la querría/ ni aun para desayunarse./ ¡Vallés sí que es brava pieza!/ Y tiene todas las partes/ necesarias para dar/ alimento a cualquier hambre./ En fin, ninguno quedó/ sin pasar por el examen/ de mis ojos. ¡Qué gran rato/ tuvimos allí! Hasta el fraile/ hizo públicas sus cosas:/ por cierto que eran bien grandes..."
La aristocracia y la burguesía novohispanas no fueron tan atrevidas como las metropolitanas, ni con mucho, pero el pueblo novohispano sí, como se muestra en la literatura popular y satírica procesada por la inquisición a finales del siglo XVIII, y que estudian Pablo González Casanova en La literatura perseguida en la crisis de la Colonia (Secretaría de Educación Pública, 1986) y Enrique Florescano en Memoria mexicana (Joaquín Mortiz, 1987).
Moratín padre enseñaba a hablar a los mojigatos españoles de su época: "Ni tampoco tu boca obscena diga/ si no es muy precisa coyuntura/ jocara, derjo, nescojo, ni ñoco/ (trasposición se llama esta figura)."

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